El caso del dios triste. 18

Epílogo

Hacía una mañana tranquila y despejada. Pero Nishijima Minana no tenía tiempo para percatarse. Con su esposo durmiendo luego de su interminable turno en la comisaría, rompiendo la costumbre, sólo quedaba ella para encargarse de que los niños se levantaran y tuvieran todo listo antes de irse. Por poco y no despertaba ella misma, lo cual propició que empezara el día de malhumor. Después de vestirse apresuradamente entró en las habitaciones de sus hijos y les susurró, dulcemente, como cuando eran niños, que si no los veía fuera de sus camas en los próximos cinco segundos los haría estallar con ellas. Sólo su hija, insoportablemente parecida a ella aunque tuviera el color del cabello igual al que de su padre, no salió de un salto y permaneció en su sitio, murmurando que ya se levantaría en cinco minutos.

-Cielo, no tenemos cinco minutos -le siguió hablando suavemente, procediendo a quitarle el cubrecamas de encima. La muchacha, de 13 años y en camisón azul estrellado, le hizo un puchero perezoso que fue inútil contra su madre-. No me hagas esas caras y apresúrate si quieres tener algún desayuno.

En el camino a la cocina recogió unas cuantas prendas desperdigadas en las dos habitaciones y las juntó en un montón sobre el cesto de la ropa sucia. La pila ya casi le llegaba al pecho, tendría que ponerse a limpiar todo a la tarde. Justo lo que le hacía falta. Mientras esperaba el salto de las tostadas, sacó las ensaladas de fruta que Nishijima había preparado antes de salir, para que las tuvieran como postre en el almuerzo, y agregó un par de pequeños bentos llenos con lo primero que encontró, que fue arroz mezclado con salmón y algunas verduras, porque los chicos debían comerlas para estar sanos. A ella nunca le habían preparado un bento, por lo que no tenía idea de cómo era uno tradicional, pero le pareció que lo hecho estaría bien. No mejor que lo que solía preparar su esposo, pero bien.

El reloj en la pared le hizo fruncir el ceño. Maldita sea. El chofer ya estaría abajo y, si no se apresuraban, en cualquier momento se le ocurriría subir a tocar el timbre. Despertaría a Nishijima y este no podría descansar de nuevo, con lo que iría somnoliento a su siguiente turno a la tarde. Necesitaban ese dinero extra para pagar aquel nuevo rifle que se le ocurrió encargar desde Estados Unidos.

En cuanto la cabellera morada de su bostezante hijo mayor apareció por el pasillo de la escalera, Minana agarró las tostadas todavía calientes, les echó una cucharada de mantequilla y se la embutió en la boca abierta mientras le entregaba la bolsa del almuerzo.

-No hay tiempo. Confórmate con eso -le dijo a su mirada de protesta. Al ver a su hija restregándose los ojos, le dejó el desayuno en las manos-. ¿Ya tienen sus mochilas listas? ¿No les falta nada?

Los hermanos asintieron, cabeceando. Minana pellizcó la mejilla de su hijo.

-¿Seguro, Kamatso? Una llamada en la mitad de la mañana para llevarte los libros sería muy inconveniente.

-Sí, mamá -respondió el enfurruñado muchacho de 14 años, echándose atrás para soltarse-. Cielos, eso sólo fue una vez.

-De todos modos hoy sólo tenemos tres clases -comentó su hija, abriendo la nevera.

-¿Qué crees que haces, Akira? -preguntó Minana.

-Tengo sed.

-¿Acaso no me han escuchado? ¡No hay tiempo! Recojan sus cosas y vayan de una vez.

Minana le quitó de las manos la jarra de jugo y volvió a guardarla. Luego la empujó a ella y su hermano hacia la puerta, donde les dio los bolsos que estaban sobre el sofá. Antes de abrir la salida, les dio un beso rápido a cada uno. Kamatso, acostumbrado, no dijo nada pero Akira simuló mucha molestia, limpiándose la mejilla.

-No seas cursi, mamá.

-Soy tu madre, tengo derecho a ser cursi -le dijo, preguntándose, no por primera vez, de dónde había sacado esa actitud. Nishijima decía que era una fase típica de los adolescentes. Ella sólo sabía que de ningún modo habría reaccionado de esa manera ante una muestra de cariño de sus padres-. Ahora lárguense y dejen impresionados a sus maestros.

-Sí, mamá -contestaron al unísono, saliendo del departamento.

Una vez volvió a ajustar la media docena de dispositivos de seguridad en la puerta, Minana descorrió las cortinas y observó a la calle. Como se lo imaginaba, ahí estaba el chófer, parado al lado del usual vehículo celeste brillante. El joven de cabello rubio teñido y ojos azules se apoyaba indolente contra la puerta, masticando quién sabe qué dulce. Le dedicó una inclinación de cabeza como saludo. Minana se lo devolvió, recordándose que además de conducir a los niños a su destino también daba clases. De todos los profesores era el más serio y exigente, nunca perdonándoles una tarea faltante.

La mujer siguió en esa posición hasta ver a sus hijos saludar al chófer y meterse en el auto. Este la despidió con un gesto de la mano antes de ponerse tras el volante. Unos momentos más tarde el automóvil se adelantaba por la calle. Luego, a punto de cruzar la esquina, sin más, desapareció. Lo hacía cada mañana y esa visión no le sorprendía. A ese tipo de cosas debía una acostumbrarse cuando alguien de su familia era inscripto en una escuela de otra dimensión.

El Colegio Divino era un edificio al que nadie podría llegar por los medios comunes. Sólo el chófer (en otra vida conocido como Hatake Kenshi) conocía la manera exacta. Luego de pasar por el asombro de ver que el interior del automóvil era lo bastante amplio para albergar a una treintena de persona (e incluso más, si el dueño quería), se encontraba en la entrada a un parque frontal cuyo camino de piedra blanca llevaba al establecimiento. Una cúpula de energía permitía un libre visión de las nubes, entre las cuales se movían, pero impedía que la menor gota de lluvia los empapara innecesariamente o que incluso recibieran una saludo agresivo por parte del sol.

El lugar en sí era enorme, tanto como un internado, aunque los únicos que realmente vivían ahí eran los cuatro únicos profesores. Los estudiantes tenían para sí una cafetería, una sola aula para las clases teóricas, un laboratorio y sala tecnológica. Minana creía que deberían llamarla sala de computación y ya, pero en su primera tour para padres vio que de computadoras nada. Lo que tenían era una sala de realidad virtual donde, según le explicaron, los estudiantes deberían enfrentarse a ciertas situaciones para pasar a la siguiente etapa. Ahí no se concentrarían en exámenes escritos, sino en verdaderas acciones llevadas a la prácticas. Minana nunca le vio el sentido a aprenderse un montón de datos a un libro de texto que no iba a servirle de nada en su día a día, por lo que encontró aquello de lo más apropiado. Sobra decir que fue una de las pocas persona y de hecho la única madre en verlo así.

Tenían ocho materias en total, según sus hijos le informaban. Cada uno de los profesores se encargaba de un par, acorde a su propia experiencia. Así, el chico que antes le hacía de niñero y nunca parecía demasiado extrañado por nada, enseñaba Lógica y Efecto. Shuei (que para ella siempre sería Yukiteru, le gustara o no), al frente de Causa y Consecuencias. Un muchacho en sus veinte y que supuestamente encarnó al caos del universo una vez enseñaba, desde luego, acerca del Caos y el Orden. Finalmente, Hatake, el estricto, el que nunca sonreía a menos que Caos se le sentara al lado en la cafetería, daba Ser y Equilibrio. Ella creía que eso último tendría que ver con ser acróbatas o ponerse a meditar sobre un tronco, pero sus hijos decían que era acerca del bien y el mal, cómo a veces una cosa que parece mala es buena y viceversa. Entonces recordó brevemente las veces que tuvo que robar comida y dinero con tal de poder sobrevivir, los asesinatos cometidos a gente que sólo representaban estupideces que jamás la ayudaron, por lo que tampoco tuvo ninguna queja al respecto.

Eran 25 alumnos en total. Dos chicas más que los chicos. Todos de diferentes razas y culturas alrededor del globo, de entre 13 y 16 años, supuestamente escogidos siguiendo incomprensibles criterios del ex-niñero. Nadie sabía cuándo terminaría el período escolar, aunque igualmente tenía sus vacaciones y días feriados como las escuelas normales. La idea era encontrar al dios del nuevo mundo, por lo que cabía suponer que sólo entonces acabarían las lecciones. A Minana, desde luego, le gustaría creer que sus hijos voladores destacaran como los mejores entre el resto, pero, por lo que le habían contado, sería imposible decir quién sería dios al final viendo a sus compañeros.

Estaba aquel niño de China, cuyo oído perfecto le permitía copiar cualquier melodía en prácticamente cualquier instrumento y encima era muy modesto al respecto. También la niña africana, una pequeña y menuda criatura que era un prodigio matemático y escribía las mejores composiciones. Un muchacho de un país en América del Sur que parecía un oso de tan fuerte, pero era muy tímido y se desvivía por ayudar a sus compañeros. A su manera, todos poseían cualidades aceptables. No por otra razón estaban ahí.

A ella no le había hecho ninguna gracia la idea. Aceptó que fueran sólo porque Akise Aru vino a decirle que sus hijos tenían derecho, por los poderes de Deus, y cumplían los requisitos que habían previsto para los estudiantes.

-No me digas. ¿Y se puede saber qué requisitos serían esos?

Akise Aru (uno más alto y de cabello más largo del que conociera antes) no vaciló ni un segundo.

-Una infinita capacidad para el cambio, tanto respecto a sí mismos como los demás -Y sabiendo o intuyendo que sus palabras sólo agregaban más oscuridad al asunto, agregó con una sonrisa-: En cierta forma son como Shuei.

Ahí ella lo entendió en seguida y una sonrisa, algo orgullosa, se deslizó por sus laios.

-¿Podrían evadir cualquier Dead End incluso sin proponérselo? Porque, siendo honestos, esa era la mayor habilidad de Yukiteru durante el juego.

-Afortunadamente nosotros no recurriremos a Dead Ends para nuestra selección. Pero es así en esencia.

Minana podía pensar en los pequeños hechos en la vida de sus hijos que le darían esa impresión al joven, pero al final decidió no darle demasiadas vueltas. Fiel a su costumbre, aceptaría las cosas como se le presentaran, y si por alguna razón había engendrado a dos dioses potenciales, ¿por qué no darles la oportunidad de probar? De todas formas, como Akise se apresuró en clarificar a un preocupado Nishijima, los chicos seguirían asistiendo a clases regulares y teniendo una vida normal. Arreglarían los horarios para que no chocara con el de las otras escuelas de los estudiantes. Si antes conseguían notas aceptables no existiría ninguna razón para que no siguieran haciéndolo mientras asistían al nuevo colegio. Sería como asistir a un curso extracurricular o tomar clases de baile.

-Excepto que de ahí saldrá el dios del nuevo mundo -comentó Nishijima, todavía asimilándolo.

Akise sólo le había dado esa molesta sonrisa cortés que no quería decir nada. Por entonces Minana pensó para sus adentros que ni siquiera ellos estaban del todo seguros de lo que saldría de todo eso. Pero si a los chicos no les perjudicaba, ellos no deberían preocuparse por pagar una cuota a fin de mes, y sobretodo podían aprender algo que luego les fuera útil en su vida diaria, al final los dos dieron su consentimiento.

Tres meses después, el primer chico era expulsado por haber causado una pelea en la que se discutía quién sería el próximo dios. Empezó como una discusión sólo algo subida de tono (por lo que le contó Akira) hasta que el chico se levantó y comenzó a gritar que él sería el elegido, que ninguno de ellos sabía por lo que había pasado. Todos sabían que en la Tierra se la pasaba de refugio en refugio, sin un techo fijo en el cual vivir. Le propinó un puñetazo a un chico y habría seguido de no ser porque el profesor Hatake salió a sostenerlo. La expulsión fue inmediata, sin posibilidad de discusión. El profesor Tenshi, luego de hablar con el profesor Akise, se había puesto en frente de todos y les dijo que nadie debería seguir el ejemplo de ese muchacho. Nadie estaba ahí para competir sino para aprender. De eso era lo único de lo que tenían que preocuparse porque dependiendo de qué tan bien lo hicieran los tomarían en cuenta para la selección. El profesor Tenshi tenía una expresión inusualmente seria en el rostro que a nadie se le ocurrió dejar de tomar en serio sus palabras. De todos los profesores, él era el preferido de la mayoría. Disturbios así no volvieron a sucederse desde entonces, o al menos no de esa magnitud.

Minana descubrió, por la cantidad de detalles que su hija le daba sin que se lo pidiera, que a quien Akira realmente prefería era al profesor Akise. Una vez le llegó a comentar que todas las chicas lo consideraban sin excepción como el hombre más guapo, y la manera en que insistió en que todas eran unas tontas superficiales que sólo se fijaban en el exterior causó que su hermano, quien sólo estaba de paso buscando algo que comer, dijera:

-Lo que le pasa es que está celosa porque lo quiere sólo para ella.

La cara de su hija se volvió de un rojo furioso.

-¡No te metas cuando hablo con mamá!

Kamatso se había encogido de hombros, sacando de un estante un paquete de galletas.

-Algunos de los chicos también están prendados de él. No es sorpresa que sea tu primer amor.

-¿D-de qué diablos estás hablando? ¿Quién dijo algo sobre amor? Yo no soy como el resto de esas chicas. No digas estupideces.

-No entiendo la necesidad de negarlo. Es normal que te guste un profesor, sobretodo a tu edad.

-¡Si ya dije que a mí no me gusta!

-¿Entonces dirías que es desagradable el profesor Akise?

-El hecho de que no lo considere el hombre más atractivo del mundo no quiere decir que me desagrade -argumentó Akira, muy erguida.

-En ese caso sí te gusta.

El rojo, que se había atenuado, volvió a encenderse.

-¡Deja de poner palabras en mi boca que no he dicho!

Minana, riéndose para sus adentros, decidió que ya era hora de que cumpliera con su rol de madre y le dijo a su hijo mayor que dejara en paz a su hermana. Se reía porque no podía creer que cosas como el desagrado por el romance fueran también hereditarias. Ninguno de los dos sabía que el motivo de su pequeña disputa una vez llegó a cambiar los pañales de Kamatso y estuvo en la sala del hospital donde Akira por primera vez vio la luz. Yukiteru le había dicho, y ella estaba de acuerdo, en que no necesitaban saber toda la historia. Algún día sabrían que su madre era una terrorista de otro Mundo y que los poderes que aún tenían no era mera característica de su familia, pero por ahora estaban bien en la ignorancia. Tampoco quiso mencionar, ni entonces ni después, que el profesor Akise y el profesor Tenshi compartían algo más que una estrecha amistad.

Si Yukiteru había creído conveniente que los estudiantes no supieran que eran dos parejas homosexuales las que llevaban adelante el colegio, no sería ella quien fuera con la boca floja.

¡

Una vez fue su sueño contemplar las estrellas. Cuando era ese niño feliz con sus padres se imaginaba viéndolas por el telescopio, la mano de papá sobre el hombro de mamá y los dos a su espalda, admirando el mismo paisaje. Por entonces ni siquiera hubiera podido soñar en que se hallaría en el centro mismo de ese escenario infinito, de pie, sin nave espacial ni traje de astronauta. Las estrellas, esos focos intermitentes, parecían las actrices principales de una obra que él dirigía. Se movían siguiendo los gestos de sus manos, formando nuevas figuras.

Desde hacía realizaba aquel trabajo y esa noche, finalmente, podía verlo a punto de ser terminado. Una sonrisa de anticipada satisfacción se extendía por su rostro en tanto conseguía manipular el universo. Sólo unos pocos detalles, un poco de luz allá, algo de oscuridad ahí. La idea de su mente se evidente para el mundo. Sería el sueño de alguien más o el objeto de estudio para unos cuantos.

Por fin, cerró la mano y se quedó viendo el resultado. La sonrisa se le amplió al darse cuenta de que no quería cambiar nada, que estaba bien así.

-¿Terminaste? -dijo una voz a sus espaldas.

Shuei se volvió. Aru se le acercaba flotando, el largo cabello blanco flotando detrás de él. La palidez de su cuerpo era casi irreal cuando llevaba sus ropajes oscuros, como era el caso. Cuando lo veía así, rodeado de la oscuridad, Shuei creía que más que un fantasma parecía una fantasía sobre cómo deberían ser los ángeles. Abajo de ellos, iluminado por la luna, el Colegio Divino descansaba en calma. Kenshi y Caos ya deberían estar durmiendo. Eran los únicos que realmente lo necesitaban.

Asintió sin palabras, sonrojándose un poco. Nunca había hecho nada tan grande ni de lo que pudiera sentirse tan pleno como en ese momento. Aru se detuvo a su altura y contempló la nueva obra.

-Explícamela, Shuei-kun.

Shuei no se sintió ofendido. Para cualquiera sólo sería un montón de puntos unidos. No tendrían forma a menos que uno la buscara y él todavía no había arreglado los detalles para que todos los reconocieran.

-Son las Constelaciones de los Doce. Cada una los representa a su manera -Shuei elevó su mano mecánica y las indicó-. Ahí está la Constelación John, poderosa y de brazos alargados hacia el resto. La Constelación de la Justicia, algo torcida pero recta y abierta. La Constelación de Cuidador, grande y rodeada de pequeñas estrellas. La Constelación de la Madre, el hongo que parece proteger al mundo desde su lugar. La Constelación de los Amantes, iguales y paralelas entre sí. La Sacerdotisa, un gran ojo que nos observa. La Constelación Élite, la más pequeña y de forma infantil. La del Padre, una bala lanzada al cielo. Por último, la Constelación de la Sangre, una simple mancha que quiere llegar a todos.

-Empezó con una, ¿no es cierto?

-Sí -Shuei señaló hacia su primer trabajo. A su señal, las estrellas correspondientes brillaron, opacado el resto, mostrando una formación de intrincadas redes rodeando un círculo. Algunas partes de la red brillaban más que otras, engañando a la vista para que hacer creer que desaparecían-. La Constelación Yunokiteru. La más complicada que se ha hecho. Casi imposible de descifrar a primera vista. Es una sola, aunque parezcan dos que de casualidad convergieron en el espacio.

Ese sólo fue el inicio, aunque entonces no lo sabía. Ni siquiera pretendía mucho a partir de ella. Le pareció que era lo corrector, lo que le debía la figura de cabello rosa a la que conoció.

-¿Esos serían Gasai y tú?

Shuei le sonrió. Lo conocía ya lo suficiente para saber lo que ocultaba su voz neutra.

-No, esos serían Yukiteru y Yuno. Mira aquella.

La última formación lucía como un solo rizo en el cielo. Hacía falta fijarse bien para saber que en realidad eran dos hebras entrelazadas. Lo que en realidad sucedía era que el brillo blanquecino de una opacaba al de la otra. Estaba apartada de las otras, al final.

-Es ahí donde todo culmina. La Constelación Shueiru. ¿Qué opinas?

La mirada de Aru se abrió en sorpresa. Luego se suavizó y su mano blanca buscó la morena suya.

-Es hermosa.

———————————————

Nosotros alumbraremos la noche,

vagando por el sueño de una corta noche de verano,

sin saber nada, sin escuchar nada…

Y cuando finalmente nos despertemos,

agregaremos a la canción

que habla del nuevo final.

-The song of a certain truth.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s