El asesino que temía estar solo

Resumen: El agente Carlson creía que por fin tenía apresado al responsable de la muerte de veinte jóvenes.

El agente de policía apoyó ambos brazos sobre la mesa. El hombre al otro lado no estaba vestido como un criminal, aunque lo era. Ser atrapado mientras trataba de estrangular a su víctima en un parque público a plena luz del día lo convertía, además, en un criminal de lo más idiota. Un par de adolescentes informaron del hecho esa tarde, ubicándolo detrás de unos arbustos, con lo cual asumieron en un principio que sería una pareja dándose el gusto. Al acercarse para confirmar sus sospechas, ambos se asombraron de ver que a un sujeto fornido de cabello rubio, completamente vestido, tratando de cortarle el aire a otro sujeto con un cordón de zapato. El cordón ni siquiera era suyo; se lo quitó a su víctima después de dejarlo inconsciente de un batazo.

Apenas habían pasado dos minutos desde que el desgraciado dejara de respirar cuando ellos llegaron y aprehendieron al agresor. Lo llevaron inmediatamente a la estación para tomarle declaración pero estaba resultando ligeramente más complicado de lo que esperaban. Tenían sus datos, o al menos los datos que el hombre decidió darles, porque resultó que estos eran robados de gente desaparecida y el nombre que dio ante la insistencia resultó inexistente en su base de datos. El criminal, de momento llamado David Nelson, a su vez dijo ser el asesino de más de veinte hombres jóvenes desaparecidos en la ciudad. ¿Lo andaban buscando? Pues ahí lo tenían.

El agente Carlson había estado a cargo del caso desde el inicio. Desde hacía un mes que no dormía bien sabiendo que uno de los ausentes era vecino del departamento de su hijo menor, que tan fácilmente como fue el blanco aquel podía ser él el próximo. De modo que cuando lo llamaron para hablarle de un sospechoso que conocía los detalles del caso que nunca revelaron a la prensa (tales como las marcas de cuchillos y dientes en las partes de los cuerpos encontrados), el agente Carlson tuvo que ir de inmediato para confirmar o descartar la validez de la confesión. En sus más de veinte años de servicio, Carlson había aprendido que las primeras impresiones, aunque no vitales, importaban. Eran el primer mensaje enviado por su cerebro inconsciente y si éste no era favorable, por algo sería.

La primera impresión que tuvo de Davil Nelson era de cansancio. Bostezaba y se frotaba los párpados constamente, aunque su piel bronceada permanecía tan fresca como si acabara de despertarse en el inicio de un buen día. Por su aspecto general le habría dado 28 años, más o menos. Llevaba lentes de marcos gruesos que deberían contrariar el rapado militar pero no lo hacía. Al verlo llegar le dedicó una sonrisa pesada, perezosa, e incluso se levantó para estrecharle la mano. Su mirada, a primera vista de un novato, transmitía calma y timidez. La ropa, una camisa celeste dentro de los pantalones beige de raya impecable, hablaban de alguien serio y responsable, puede que un poco mojigato, pero decente a fin de cuentas. Lo suficiente para mantener los zapatos marrones brillantes y bien cuidados mientras cometía un asesinato. Pero, a pesar de esas señas, a pesar de que lo que podría estar buscando en sus ojos, en sus gestos, en el tono de su voz, el agente Carlson convirtió en su marca característica esa primera idea: estaba cansado.

En ningún momento mostró resistencia. Esa era la razón por la que no estaba esposado: decía que le hacía sentir “claustrofóbico” percibir el metal en sus muñecas.

-Muy bien, señor Nelson -dijo el agente Carlson, sabiendo que los estaban grabando a sus espaldas-, aquí estamos. Creo que tenía usted algo que confesarme.

-Así es -confirmó el criminal, acomodándose en la silla. Parpadeo lento-. ¿Qué hora es?

-Las ocho y media. ¿Por qué? ¿Tiene una reunión pendiente?

Carlson se dio cuenta de que tardaba un poco en responder.

-No, no, para nada -Una sonrisa burlándose de sí mismo-. Sólo era curiosidad, disculpe.

-¿Por qué no empieza por el principio? Dice que es usted responsable de la desaparición de veinte hombres este mes, veintiuno si contamos al chico del parque. Si me lo pregunta a mí, es una cantidad impresionante. Debió costarle mucho trabajo.

-Sí, a veces lo hacía pero qué se le va a hacer.

-¿Qué se le va a hacer? -El agente Carlson no sabía si indignarse o reírse-. Lo dice como si esa fuera la forma en que se gana la vida, hombre. Seguro que el asesino podría haber pasado sus noches de otra forma que no fuera agarrar a esos pobres chicos de los bares gays y las calles para hacerles quién sabe qué antes de desmembrarlos.

Otra vez un segundo de silencio. O puede que dos. Luego un suspiro de agotamiento, de alguien que preferiría mil veces echarse en la cama a seguir hablando.

-¿Quiere que le hable de los asesinatos?

Carlson se irguió al tiempo que juntaba sus gruesos dedos.

-A eso vine.

——-

El primero de los veinte hombres no fue su primera víctima. Sólo lo fue en esa ciudad. El número en total era uno al cual David Nelson ya había perdido de vista hacía años. La cuenta empezó un día después de Navidad, una deprimente Navidad que sólo le sirvió para recibir una camiseta de sus padres y el recordatorio de que en realidad no tenía a nadie. Era un chico de dientes torcidos pero blancos, sonrisa encantadora. Lo conoció en un bar de Nueva Orleans y una hora más tarde se encontraban en su casa, luego en su cama, donde pasaron juntos el resto de la noche.

David se despertó por una presión de su vejiga a la que fue a aliviar al baño. Al volver al cuarto vio a su compañero dándole la espalda, las sábanas cubriéndole la curvatura de su trasero desnudo, la musculosa pierna morena estirándose debajo. Podría empezar a acariciarlo para divertirse una vez más, puesto que todavía no salía el sol, pero junto a esa tentación surgió una idea que ya había tenido: el día de Navidad se había ido pero aún quedaba Año Nuevo y de ahí al Día de los Enamorados no faltaba mucho. El joven no estaría hasta entonces, ni siquiera quiso decirle su nombre. David no era de ilusionarse como un idiota y sabía que apenas se despertara, con sol o sin él, volvería a quedarse solo. Volvería a oír a los borrachos por la calle y las celebraciones por la televisión, sin nadie que le aliviara el frío doloroso en su pecho. No podía pasar por eso otra vez.

El joven usaba una corbata negra simple. Le había parecido que le quedaba bien en su ancho cuello e incluso en el bar se imaginó su pecho al descubierto, dividido por la tela. La estiró entre sus dos manos, subió a la cama, cuidando de no mover demasiado el colchón, y lo estranguló. El otro intentó luchar, lanzó patadas, le dejó marcas de sus uñas en los antebrazos, pero David era más grande y logró reducirlo hasta que los ojos permanecieron cerrados. Le dio un momento por si acaso pero no fue necesario, como se dio cuenta tras una segunda mirada. Entonces le pareció mucho más atractio que antes.

De hecho, todo fue mejor a partir de ese punto. En alguna parte del mundo existía un sujeto que compraba costosas muñecas de tamaño natural hechas de silicona.  Las adoraba, les daba nombres e incluso decía estar casado con dos. Se preocupaba de que tuvieran celos una de la otra, por lo cual procuraba dedicarles equitativa atención, y tenía conversaciones que llenaban sus días. David lo vio sentado en el sofá al lado de su amigo. Él, por su parte, no creía en la poligamia o los celos como signos de una relación saludable (por lo segundo fue que su última relación fracasó), por lo que se consideró más que satisfecho con su compañía actual.

Antes había que esperar a que llegara el momento adecuado para los besos, arrumacos o el sexo. Si el otro estaba cansado, irritado, frustrado o simplemente había tenido un mal día, se quedaba con las ganas, un poco dolido, y a la vez debía adaptarse si el del problema era él pero era el único que se enteraba. Aparecían discusiones que ni sabía bien de dónde salían, la necesidad de drama para suplir su sentimiento de insignificancia, dolores cabeza por el estrés de pensar que todo estaba muerto y sólo vigilaba a un cadáver apestoso. No se había dado cuenta de cuántas limitaciones e inconvenientes planteaban la mayoría de las relaciones hasta que empezó esa nueva etapa de su vida.

Finalmente tuvo que dejarlo ir, porque la vida y la muerte eran iguales en ese sentido, pero pronto llegaron otros. Morenos, rubios, pelirrojos, jovencitos que ni siquiera cumplieron la mayoría de edad, prostitutos, droagadictos sin hogar. Al final poco importaba si todos conseguían convertirse en sus acompañantes durante el tiempo que sus cuerpos sirvieran.

Los labios que besaba no se movían contra los suyos. Las manos que movía sobre su cuerpo estaban frías y duras. Los pechos permanecían quietos bajo sus caricias. Y todos ellos, a pesar de sus diferencias físicas, eran perfectos. Cuando el olor era demasiado intenso los troseaba con un cuchillo eléctrico y hervía las cabezas, manos y pies, de manera que se deshicieran con muchísima más facilidad al calor de una hoguera en el patio trasero. Los vecinos y otros curiosos sólo veían arder hojas, diarios y basura corriente. Los que quedaba entero lo destruía de un rastrillazo.

Llevaba seis compañeros en su casa aguardándolo cuando conoció a aquel muchacho de ojos de dos colores: primero lo vio de perfil, uno blanco con la pupila negra en el centro, y cuando volteó hacia él descubrió el verde claro que completaba su mirada.  David había visto un perro callejero exactamente igual de niño y le asombró descubrir que una condición así también existiera entre humanos, pero le gustó enseguida. Era un toque interesante en un rostro que podría ser común de otro modo. No parecía tener más de diecisiete o dieciséis años.

Dijo que estaba sufriendo de un ataque de apoplejía y arrastraba una pierna como si así fuera. Resultaba evidente, por el estado de sus ropas y cuerpo, que hacía tiempo no tomaba un buen baño o comía un plato completo. Lo invitó a pasar mientras llamaba a una ambulancia. Sus compañeros estaban bien resguardados en el armario de su cuarto. Le preguntó su nombre y edad pero sólo recibía meneos de cabeza nerviosos, un murmullo vago, por lo que pronto lo dejó en paz. Al cabo de media hora la ayuda llegó y David no quiso subirse con los enfermeros en la ambulancia. Odiaba los hospitales, su abuelo había muerto en uno. Esa noche ni siquiera volvió a pensar en el joven más que para enviarle un buena suerte mental antes de disfrutar el resto de la noche. Era el aniversario número tres desde que su primer compañero llegara. Merecía una celebración.

Encontrarlo un par de días después esperándolo frente a la puerta de su casa le recordó nuevamente a aquel perro, al cual él llegó a alimentar una que otra vez antes de que lo atropellara un irresponsable acelerado. El perro lo buscaba y seguía a todas partes porque era prácticamente la única persona que acariciaba su cabeza sin miedo, reproches de mamá aparte. Nadie parecía entender que era manso y mimoso, además de callejero. Lloró una semana entera por ese animal. Eso fue antes de que el abuelo muriera. Luego no recordaría derramar una lágrima más por ningún motivo.

Invitó al muchacho a entrar y, a pesar de que no tenía veintiún años, lo invitó a unas cervezas. El alcohol, y puede que su propia necesidad de ello, le hizo soltar la lengua bastante. Habló de cómo sus padres le habían echado de casa cuando sus padres se enteraron de que se la chupaba a hombres en el parque para conseguir el dinero que cubiera ciertas necesidades (se entendía: drogas, alcohol, agujas) y cómo previamente lo tenían enloqueciendo con que debía ir al psiquiatra, al psicólogo, a un montón de sujetos calvos y viejos que le daban pastillas asquerosas cuyos efectos se sentían como los de la peor marihuana posible. Como si lo encerraran en una de esas habitaciones acolchadas que se ven en las películas, pero todo en su mente y sin siquiera tener el consuelo de rebotar cuando quería correr hasta atravesar la pared irrompible, siempre irrompible y solitario y feo. Continuó hablando hasta la madrugada y, no bien se acabó su cuarta cerveza, cayó rendido sobre la mesa. David se le quedó viendo hasta oír el primer vibrante ronquido.

Entonces buscó una corbata en el armario, encima de una cabeza rubia, y regresó para ahorcarlo. El muchacho peleó en sueños sin llegar a abrir los ojos. Los movimientos espasmódicos causaron que la cerveza se derramara. David se encargó de limpiar ese estropicio antes de arrastrar a su nuevo amigo al baño para darle la limpieza que desde hacía tiempo venía necesitando. Estaba delgado, penosamente delgado pero tenía la misma expresión serena que el resto y eso era lo importante. Después de dejarlo oliendo a jabón, lo arrastró al estante bajo el lavabo junto a tres compañeros. Ver al rubio le había hecho decidirse por él esa noche. Un joven cuya desaparición todavía mencionaban en las noticias, el único, de hecho, al que se estaba buscando. Saber eso y tenerlo consigo le agregaba un extra del que carecían los otros. Le encantaba ver la presentación de sus fotografías en la televisión tomándole de la mano, imaginando que todas esas situaciones divertidas, donde se evidenciaba la alegría y buen humor del rubio, las habían vivido juntos, lado a lado.

A la noche siguiente no veían las noticias, sino un programa cualquiera de comedia estadounidense, cuando el muchacho salió caminando de la cocina, frotándose el cuello, y le preguntó cuántos más tenía.

—-

-No lo había matado -resumió el agente Carlson, preguntándose si no habría tenido que rematarlo después y por eso era que no tenían ninguna noticia de un sobreviviente.

De no ser así, el muchacho podía estar en cualquier parte tras su escape.

-Oh, no, lo hice -Nelson sonrió de lado sin mucha gana-. Fui médico en el ejército y reconocí su estado. Lo que yo no supe hasta más tarde fue que el chico nunca estuvo vivo para empezar, por lo menos desde que yo lo conocí. En algún momento debió estarlo, pero no ahora -Nelson se inclinó hacia adelante y cruzó los brazos sobre la mesa. Para Carlson, esa expresión relajada y tranquila fue casi una cachetada. No daba ninguna idea de cuánta locura encerraba, lo cual indicaba lo profunda que ésta debía ser-. Lo lamento, sé que quería atraparme pero me temo que olvidará todo esto en unos minutos. Esta es la cuarta vez que creen atraparme.

Un escalofrío en lo absoluto coherente quiso subir por la espalda del agente.

-¿De qué está hablando?

-A él le gusta mirar -siguió diciendo Nelson, volviéndose a acomodar-. Le gusta tanto que a veces los escoge él mismo. No quiere que me detenga, al contrario. Una vez llegué a entregarme personalmente en Atlanta, porque quería un respiro, pero pronto entendí que era inútil. Las grabaciones, filmaciones, las fotografías e incluso el registro de los testigos, todo, se desvaneció apenas regresó él despertó de su siesta. No sé cómo lo hace. Yo creo que es un demonio, aunque él mismo dice no estar seguro. ¿No pensaría usted igual, agente Carlson, si de pronto alguien llegara a cumplir todos sus deseos y nunca le permitiera pagar las consecuencias por ellos? Eso ciertamente no es un trabajo de ángeles, ¿cierto?

El agente Carlson levantó un dedo. El ligero fruncimiento de sus cejas sugería que le había tocado una vena interior y ahora quería contratacar, quizá recordándole que estaba arrestado definitivamente por esa ocasión. Lo que fuera que quisiera salir, no tuvo oportunidad de expresarlo. Sus labios se detuvieron antes de acabar de abrirse. David miró más allá del agente, hacia el espejo falso. Un sonrisa de resignación cruzó su rostro.

-Hola.

—-

El agente Carlson se volvió, confuso. ¿Adónde era que quería ir? Casi volvía a la comisaría cuando lo recordó: la sala de interrogaciones. La pequeña habitación de paredes azules estaba tan vacía e intimidante como siempre. ¿Para qué era que quería ir ahí? Se quedó pensándolo hasta que la visión de la mesa en el centro le dio la respuesta.

O más bien, la visión del celular que se le había olvidado. Lo recogió en su mano, todavía no del todo satisfecho. Algo fallaba ahí. No recordaba haber llevado el celular a la sala. Es más, no recordaba haber entrado ahí en todo el día.

-Bah, viejo olvidadizo -se dijo antes de salir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s