Voces huecas. 3

capitulo 3

El cumpleaños de papá era ese día. Emma no lo hubiera sabido de no ser por el aviso de su siempre confiable Anon. Inmediato al mensaje salía la opción para llamar o no al contacto cuya fecha de nacimiento había accionado su recordatorio.  Acababa de salir de su turno en el trabajo. Anon no iba a molestarlo con algo así en medio de él. Decidió escribirle algo rápido. No sabía qué iba a decirle a papá si lo veía de repente en la pantalla.

Tampoco supo qué escribirle una vez se le apareció el teclado. Su mente estaba tan en blanco como la pantalla sin usar. Acabó enviando una tarjeta virtual, de colores cálidos y sin brillos, apropiados para provenir de un vástago a su padre. Este todavía no habría salido del trabajo, de modo que ni siquiera lo vería hasta más tarde.

En frente de los edificios más altos una pantalla gigante mostraba la entrevista que le hacían a Nina, la súpermodelo latinomaericana más cotizada del mundo. Acababa de volver de la filmación de una película en Londres y todos deseaban saber qué tal había sido su experiencia en el extranjero. Para oír realmente lo que se decían uno tenía que acercarse y levantar la cabeza. Emma pescó una breve visión de las piernas cruzadas de la modelo cubiertas por una falda esponjosa verde limón y el destello de sus largas uñas decoradas con piedrecillas preciosas antes de cruzar la calle, perdiéndola de vista.

A él no le gustaba la Nina mediática. Parecía que siempre estuviera modelando, fijando en cada persona a la que se dirigía esa mirada fría y directa que le ganó su reconocimiento, cada movimiento perfectamente calculado para dar una justa impresión de control, elegancia y belleza indiferente. La imagen del abandono ideal, decían. Como un maniquí detenido en el viento.

Emma, aun así, tenía una imagen suya pegada en la pared de su casa, cerca de la cama. Ahí los cuatro Visual Points le permitían ver, de forma ampliada, la fotografía de la famosa figura un momento antes de ser maquillada. Ya ni siquiera recordaba en ocasión de qué debían maquillarla. Podian ser miles de cosas, incluso la firma de su ebook autobiográfico. Los medios se dieron un festín a partir de ella porque evidenciaba uno de los crímenes más imperdonables de las celebridades: salir al natural. Claro que no había mucho de lo cual burlarse.

Nina era una hermosa joven de 24 años con aspecto de 17 años, cosméticos o no. Ni siquiera llevaba lentes de contacto cuando la atraparon teniendo un almuerzo rápido a base de barras sabor pizza al aire libre, por lo que cualquiera podía llegar a apreciar el aburrido color castaño de sus ojos. Aparentemente un hábil cazador había llegado al extremo de instalar una mini cámara en el edificio del frente, previa investigación del lugar donde el evento se llevaría a cabo, por lo tanto ella no llegó a enterarse de que la estaban viendo. Ahí todavía se notaba la maquinación (las mejores modelos lo integraban a sus sistemas de forma inherente, era inevitable), pero estaba atenuada en la sección del rostro. Había estado con hambre hasta entonces y se notaba el placer que sentía por poder llenar su curvilíneo cuerpo. El cabello negro y de mechas celestes se le iba al rostro continuamente, por lo que ella debía emplear su otra mano en apartárselo y esto le generaba un cierto deje de irritación al final de la boca.

Su inexpresividad era su marca, el ideal por las que todas que le venían atrás sólo aspiraban. Ahí dejó ir demasiadas cosas para lucir alguien completamente distinta; una chica más del centro y no un alien magnífico salido del espacio sólo para encantarlos. Las cirugías, accesorios, arreglos y ropa costosa seguían ahí pero ya no se salía de lo normal. Aquel desafortunado segundo entre un mordisco y el siguiente por poco le costaba la carrera, pero en cuestión de semanas todos pretendían anmesia. No había necesidad de manchar a uno de los grandes, al menos no tan públicamente.

La polémica resultante fue algo que pasó sin que Emma se interesara demasiado. Se contentó con mantener el recuerdo cerca, para cada vez que viera a la modelo por la pantalla. Prefería conservarla de ese modo y con eso le bastaba.

No recibió respuesta hasta que llegó a su departamento. Se deshizo de la mochila, la campera e iba a pedir que se encendiera la pantalla principal cuando un tono de música legal salió de su bolsillo.

-Encendido -dijo, mientras sacaba el dispositivo y veía el mensaje.

Un escueto gracias seguido de la pregunta opcional de si quería llamarlo o no, como el emisor había indicado que deseaba. Presionó la casilla del si, viendo que la entrevista de Nina continuaba. Cambió de canal con un ademán, resultando en las noticias. El Anon y la pantalla estaban conectados: el volumen bajó para que pudiera hablar tranquilamente.

Papá contestó al tercer timbrado. Hablaron poco, más que nada poniéndose al tanto de los pequeños detalles en la vida del otro, y quedaron en verse el sábado. Allá en la empresa tenía mucho trabajo pendiente. No estaría libre hasta entonces. Emma aceptó que iría para el almuerzo antes de colgar.

Los reporteros del canal 23 informaban de un hecho particular sucedido anoche. Un hombre en sus cuarentas se había lanzado del edificio de oficinas en que trabajaba, con obvios resultados. Mostraban una secuencia de la calle en que había sucedido y a los paramédicos llevándose lo que parecía un maniquí destrozado bañado en pintura. Decían que era un verdadero milagro que no hubiera golpeado a nadie o algo. La entrada del edificio se vislumbraba a un costado. Emma lo reconoció y supo que fueron más de 20 metros de caída libre. Siendo así no era de extrañar que apenas quedara algo de la cabeza para recoger. Pedacigos de hueso y sesos hacían una espiral desigual alrededor de la cual se juntaban los curiosos. Más de uno tenía el Anon a mano y buscaba acercarse lo más posible sin que los vigilantes lo notaran. Al final estos siempre lo hacían, volviéndolos a empujar para dejar a los profesionales hacer su trabajo de limpieza.

Comenzó a buscar en la cocina algo de comer. La minúscula barra que agarró en la sala de recarga de poco le había servido.  Sacó una olla y la llenó de agua, poniendo cerca al sobre de sopa saborizada. Apretó el botón en el cuadro de mando para encender la hornalla más cercana. Se volvió con la mano en alto para cambiar el canal a cualquier cosa menos aburrida, quizá música aprobada por el Ministerio.

Por poco se perdía la foto del muerto antes de morirse. Un segundo más y se habría perdido la imagen del viejo arcaico luciendo lo mejor posible. Correcto, formal, bien peinado. Lo único que faltaba era la corbata estrellada.

La ciudad de Buenos Aires era una ciudad de recursos. Hacía cuarenta años, cuando el presidente de la Nación fue informado de que el terreno desigual dificultaba la libre conducción de los automóviles voladres que cada vez llegaban en mayor cantidad, causando continuos accidentes traducidos en raspaduras y algún que otro golpe, se resolvió utilizar la elevación a su favor como un punto de despegue. La estación de omnbibus presidía el punto más alto y se veía como una serie de escalones saliendo de una misma pared. En cada escalón se detenían los vehículos para que los pasajeros pudieran subirse. Con tal de garantizar la seguridad y comfort de los conductores indivuales, ellos se mantenían elevados sobre el nivel de la calle, alcanzando los cinco metros sobre el suelo. Cada omnibus era cuidadosamente controlado para no entremeterse en el camino de otro. Sin tráfico ni luces rojas que valieran un pimiento para el conductor, aquel era el medio de transporte más rápido, eficiente y preferible después del subterráneo.

En la época en que todavía vivía con su padre, Emma debía tomar uno para el camino de casa a la escuela y viceversa. No le divertía en lo absoluto el trayecto, si al final siempre debía contenerse las náuseas. El más mínimo balanceo le mareaba igual que si alguien lo tomara de los hombros y lo sacudiera sin cesar. Pero eso era antes de la pastillas blancas.

Con ellas, Emma incluso llegó a disfrutarlo. Se llamaban ómnibus porque era una denominación conveniente, pero esos vehículos podían pasar por hoteles móviles en cualquier momento. Amplios pasillos para caminar, bancos cerca de una fuente de bebidas e incluso una pequeña sección donde las personas podían trabajar encima de escritorios. De ser día de semana ahí habría por lo menos dos o tres estudiantes tratando de completar sus tareas antes de llegar a destino. No hacía mucho Emma los veía, reconocía algunos rostros, pero sólo desde la distancia. Ahora eran gente mayor, trabajando o sólo manteniéndose conectado por más tiempo. En un sábado a la mañana los jóvenes preferían conectarse desde sus casas.

Los asientos estaban cómodamente separados uno de otros y, si uno quería, podía conjurar una pantalla de televisión a la que también podía programar para continuar la lectura de un ebook. Los altoparlantes y conos de silencio evitaban que otros pasajeros se vieran molestados por la elección de entretenimiento ajeno, bastante variado debido a su conexión con la red y la posibilidad de bajarse lo que fuera.

Muchas personas no veían afuera, por considerarlo un paisaje rutinario o tener vértigo de verse tan alto, el mundo todavía moviéndose justo debajo de ellos. Para él fue una experiencia totalmente contemplar esa escena y percibir el gentil movimiento del vehículo. Cuando finalmente llegaron a la otra estación, lamentó que no hubier durado más tiempo.

Pagó su salida y bajó por los amplios ascensores. A estos lo habían cambiado desde la última vez: ahora eran cajas de cristal pintadas de un suave rosa que dejaba ver el estacionamiento y las baldosas blancas, casi espejos, del suelo. Un limpiador automático daba vueltas alrededor de una fuente de luces láser, dejándola impecable antes de proseguir hacia la zona comedor. No había mucho por limpiar a esas horas.

Antes de traspasar las últimas puertas se volvió a poner encima la campera. Afuera no había ambientadores electrónicos que le evitaran un resfriado seguro. Por lo menos Anon decía que no habría lluvias de momento.

La antigua casa donde vivieron dos generaciones de Mártiz había sido demolida hacía un par de años. Papá se encargó del hecho. No tenía que hacerlo, nadie se lo mandó, pero se puso al frente porque dijo que sería mejor así. No quería que un boludo cualquiera viniera a derribar su hogar. Si no quedaba de otra, prefería hacerlo él mismo. Su hogar era una de las pocas casas con terrazas que quedaban en la cuadra. Al final fue la última antes de que la reemplazara una tienda de reparaciones electrónica.

Desde entonces papá vivía en un departamento cerca de la Plaza Platina, a tres calles del mismo centro. Estaba muy bien ubicado para conseguir cualquier cosa que deseara. Los dos se mudaron prácticamente al mismo tiempo, por lo que Emma nunca tuvo oportunidad de dormir o quedarse demasiado ahí. Al ser una zona de mayor eficiencia, la entrada era una sólida y pulcra pantalla táctil que reconoció de inmediato su impresión digital. Tras presentarle una imagen de su fotografía, tal como aparecía en su registro social, le preguntó si quería llamar a la única persona con la que tenía relación directa en el edificio. Emma presionó el círculo del número de su papá y miró el cielo amarillento mientras esperaba una respuesta. No sabía por qué, pero tenía la impresión de que era mucho más claro ahí que en su barrio.

El rostro de papá apareció en un recuadro. Estaba ya más allá de los cincuenta y ni una vez quiso dejar de aparentarlos. Arriba de las cejas y al lado de la boca se juntaban las arrugas más profundas. Verlas de repente traía una sensación de incredulidad inicial, como si sólo fuera un maquillaje bien elaborado y no algo que sólo sucedía cuando uno ni siquiera lo intentaba. Emma no quería pensar que ese podía ser su futuro. Las cremas anti envejecimiento no costaban tanto después de todo.

-¡Eh, Emma! -dijo el viejo, sonriente. Los dientes postizos no se diferenciaban de los reales; ahí la apariencia era perfecta-. Pasá, pasá. Te espero arriba.

Sin más la pantalla se oscureció y Emma oyó un suave timbre encima de su cabeza. La puerta de cristal le dejó pasar al amplio vestíbulo. En una de las paredes una pantalla mostraba diferentes obras de arte oficial. La última vez que Emma visitó el lugar era una representación épica de Anonymous rodeando al mundo bajo su manto protector. Ahora resultaba en una serie de circuitos que, a la distancia, simulaban un rostro humano perfectamente asimétrico y género indefinible. Ahí nunca vería obras sencillas y nostálgicas como las de las Ranas de Tierra, pensó con una nota de pena. Y si de casualidad aparecían, seguro las borrarían. Una cámara de vigilancia plana arriba del arco de la entrada se encargaría de ello.

Indicó al ascensor que lo llevara al cuarto piso. El espacio era dos veces más grande que el de su edificio y su movimiento absolutamente discreto. Lo único que no le gustó fue la música oficial que parecía salir del mismo aire.

-Silencio.

Dicho y hecho. Mucho mejor. De vez en cuando esa clase de música estaba bien cuando se tenía la cabeza tranquila. Otras eran un simple incordio. Se quitó la campera y se la colgó al hombro como si fuera un amigo borracho que llevara a casa. Su reflejo se partió por el medio, dejándole ver el pasillo. Ante una puerta a la izquierda, vestido con su camisa celeste claro y pantalones jeans en perfecto estado (es decir, sin la menor intención de seguir la moda del centro), papá lo saludó. Le sacaba una cabeza de altura y varios de centímetros de costado, por lo que tuvo que inclinarse para chocarla mejilla contra la suya. Olía a colonia para después del afeitado y un poco a sudor limpio. No debía haber programado bien al ambientador o este andaba mal.

-¿Cómo has andado, pibe?

Emma sonrió.

-Bien, perfecto. Feliz cumpleaños, pá -Se descolgó la mochila del hombro y sacó su regalo envuelto en papel de camaleón.

Era rojo cuando lo sacó, verde cuando se lo entregó a papá y azul cuando los dos entraron al departamento. Dos habitaciones, una cocina separada por una puerta, sala de estar. Colores apagados y poco interesantes, decoración nimia, pero las cosas en su sitio. Casa de viejo, en otras palabras. No tenía nada que ver con cómo era la casa que antes tenían. Mamá solía bajarse las e-magazines del momento para darle al hogar un toque animado aunque modesto. Inútil y estúpido preguntarse qué se le habría ocurrido hacer con ese sitio.

Emma dejó la campera y mochila colgando en un armario antes de ir a sentarse al sofá. La última vez lo había detestado porque dejaba hundirse demasiado al trasero, requiriendo un indeseable esfuerzo sólo para poder ponerse a gusto. Ahora lo encontró cómodo, apropiado para echarse a hacer el vago.

Papá sostenía su nuevo kit de respuesto para herramientas electrónicas en la mano, el papel roto sobre la mesa. Los colores siguieron cambiando contra la superficie metálica. Emma vio que la imagen de la TV estaba detenida en un partido de fútbol virtual, justo en el momento en que el monigote de uno de los jugadores iba a hacer saltar la pelota por encima de la pierna derrapada de su oponente. Las expresiones de ambos eran caricaturas de rabia. A saber si los jugadores las tenían en realidad.

-Eh -dijo papá, alargando la vocal para expresar su entusiasmo-, buenísimo. Esta marca es una de las más confiables. Gracias, pibe.

No tenía idea de marcas. Sólo escogió el modelo más económico.

-Me alegro de que te guste.

Papá le dio una palmada a la cabeza, desarreglándole el peinado.

-¿Has comido algo ya? Estoy haciendo sabor a carne.

-No, nada. Andaba esperando para venir a aprovecharme -agregó con inusual buen humor. Pero desde la pastilla todo le parecía inusual. Más simple, más claro, más ligero. Incluida esa visita.

Papá no dio cuenta del cambio. A Emma no le importó. Mientras tomaban la sopa caliente en la mesa del comedor frente a la pantalla, papá quiso hacer conversación durante las pausas para avisos comerciales. Sólo hubo dos: lo suficiente para decir que su trabajo estaba bien y Miguel, el único compañero que papá conocía, jodía con el estudio pero estaba bien. Por lo que respectaba a papá, eso ero lo único nuevo para contar en su vida y de por sí papá no tenía ningún motivo para mencionar un hombre con corbata estrellada. Fuera de eso, su conversación no pasó de las veinte palabras. El resto del tiempo lo pasaron observando el juego, siguiendo los movimientos de los monigotes como la cámara decidía mostrárselos. Cada vez que daban una patada especialmente fuertes brisnas de césped artificial flotaban en el ambiente, creando un gran efecto dramático.

El equipo de papá perdía por tres puntos. Aburrido, sin nada más en lo que concentrarse, Emma acabó siguiéndolo con el mismo interés que él aunque continuó sin compartir cada muestra de descontento por una falta. Papá casi golpeó la mesa un par de veces, pero se detuvo como si alguien le hubiera agarrado el brazo. El mueble no era de simple madera como La Cacerola, hubiera excedido sus posibilidades.

La programación estaba en modo acuario. Pequeños y grandes peces de colores giraban en torno a sus tazones vacíos. Ligeras ondas marítimas los acompañaban en sus giros. Emma se pregunto si papá lo había escogido o sólo no quiso cambiar el que venía de fábrica. También se preguntó lo que sería conocer el mar realmente. Parecía bonito, colorido, aunque desgraciadamente resultaba difícil siquiera hacerse ilusiones al respecto. Ni ahorrando toda su vida sería capaz de visitar los pocos refugios marítimos que quedaban. En los últimos años era así.

Pero el agua no le era del todo desconocida. Cuando no toda porción de tierra era controlada para manejar la escasez de alimentos y la gente todavía vivía en los campos, ellos iban a visitar a los hermanos de papá, rodeados de un verde diferente al que veían cada mañana. Sólo dos veces Emma estuvo ahí y, mientras sus primos y sobrinos jugaban al fútbol o salían a caballo, él se escabullía en la zona de árboles hasta un pequeño lago verdoso. Su tía le había hablado de él, advirtiéndole que ni se le ocurriera beber nada sin antes haberlo pasado por un termo filtrador, pero no le adelantó lo grande que sería. Abarcaba por lo menos tres calles dobles y era tan largo como su vieja casa. La contaminación todavía no había pegado tan dura en el agua o al menos eso pensó en un primer momento. Estaba verde, no el marrón claro que le habían hecho ver en la escuela para explicarles cómo eran las cosas antes de que el gobierno se decidiera a actuar con firmeza. La zona alrededor estaba resbaladisa e inestable, pero algún modo Emma se las arregló para llegar a la orilla y, a pesar de que su tía no lo aprobaría (la mandó a la mierda en verdad, a ella y su voz irritante preguntándole si seguía mal), se hizo un cuenco de las manos para recoger una porción. El líquido le dejó ver el color moreno de sus manos, aunque en un tono más oscuro, y una visión movediza de su ojo. La dejó escurrir entre sus dedos. No le detectó ningún color propio durante su caída. Su piel permaneció limpia, al menos a simple vista. El mayor verde provenía del cielo.

Deseó hundirse y dejar que el frío le calmara, pero no lo hizo. El agua contaminada había matado a miles de millones de argentinos, toda una estadística presentada por números rojos en una diapositiva digital le disuadía. De todos modos, era un lugar tranquilo, lejos del ruido humano. Algún bicho zumbaba, una rana croaba y pájaros pequeños piaban. Debajo de ellos, nada. Se entretuvo escuchando música y tirando puñados de tierra al lado para generar las suaves ondas, mientras podía disfrutarlo. No fue hasta la caída de la noche que se dieron cuenta en la casa que él faltaba. Vio cada faceta del cielo mirando hacia abajo hasta que la vibración del Anon se hizo demasiado molesta. Unas pocas estrellas titilaron como guiños maliciosos mientras aseguraba por la línea que no estaba tan lejos, que ya iba a volver. Habló dos frases antes de caer en cuenta de que no era papá a quien le hablaba, sino su tío. Se disculpó antes de colgar, vigilando las luces. Justo cuando quiso levantar la cabeza y contemplarlas directamente por primera vez (la ciudad nunca dejaba ver ni una) ya no estaban.

-¿Querés más? -le preguntó papá.

Emma se irguió bruscamente. Observó que en la pantalla pasaban un nuevo comercial.

-No, ya estoy bien -Los peces se dispersaron por la mesa en cuanto dejaron de tener los tazones como puntos de referencia. Ni siquiera sabía de qué tipo eran. Quizá no existían.

De pronto deseó irse a casa.

La pantalla a un lado de la puerta empezó a sonar. Alguien llamaba a papá. Antes de que Emma acabara de salir de la silla para atender, papá volvió a salir de la cocina y presionó su dedo en la parte superior del cuadrado. Un punto rojo se encendió arriba; se estaba cargando. Tres segundos más tarde estaban viendo la cara de un hombre en sus cincuenta años. Tenía la melena abultada típica de quienes abusaban de las pastillas pro-crecimiento capilar.

-¡Augusto, feliz cumpleaños, hombre!

-Martín, qué alegría verte. Vieras que aquí estoy con Emma -Emma hizo un ademán de saludo a la pantalla en cuanto su padre se volvió a él-. Acabamos de comer nosotros. ¿Qué te cuentas?

Emma buscó un canal para ver mientras los dos amigos hablaban. No podía subir el volumen, de modo que siguió una serie estadounidense sin nada más que los subtítulos y las imágenes. Era bastante parecido a cuando usaba la música para no concentrarse en las jaquecas. Llegaba a la mitad del episodio, por lo que seguro se estaba perdiendo de mucho, pero por lo que pudo entender se trataba de un vagabundo que empleaba diferentes tretas para hacer creer al hombre que le gustaba que vivía en el centro. O quería secuestrarlo.

“El secreto está en los ojos” le decía un aparente amigo al vagabundo. “Ellos te delatan sin importar nada.” Fue entonces que papá dijo su nombre en voz alta, como si ya lo hubiera dicho antes.

-¡Emma!

-¿Qué? -Emma miró la pantalla detrás de papá: otra vez en negro-. Perdona, me distraje. ¿Qué?

-Te preguntaba si querés venir conmigo y unos amigos. Vamos a la casa de Martín a bebernos algo.

Gracias a los caramelos anti-resaca la gente podía beber a cualquier hora del día. Eso si a uno le importaba no parecer un borracho o no tenía el mínimo crédito disponible.

Emma conocía a los amigos de papá. Las veces que habían ido a la casa donde vivía mamá y se ponían a hablar todos de temas en los que no entendía. Sus voces golpeándole con preguntas acerca de la escuela y si seguía con aquel problema suyo. La intermitente compasión hacia él o a su padre. No tenían la manía del contacto físico como Miguel, pero tampoco su indiferencia. No podía escuchar música en su presencia. Lo ideal era quedarse quieto, verlos a la cara y dar señales de haberlos oído hasta que sus bocas (enmarcadas por arrugas) se cerraban. Querían poseer toda su atención y reclamar si sentían que esta flaqueaba.

Emma no los soportaba. Si no fuera por papá, que no se daba por enterado, nunca habría compartido espacio con ellos. Ni con nadie, sinceramente, porque todo mundo era odioso cuando se estaba mal a cada rato. Incluso papá llegaba a irritarle en ocasiones. Aun así, la idea de ir a hacerlo con esos viejos ahora, libre de dolor, no se le antojó meramente soportable. Más bien como un inmenso tedio que se alargaría más horas de las que decía el reloj. ¿Malgastar su tiempo de cabeza sana así? No, gracias.

-No, me parece que no. Andaría muy embolado en medio. Andá vos tranquilo.

-¿Seguro?

Emma observó el rostro de su padre. Este no lo miraba, ocupado en comprobar la temperatura en su Anon (un modelo más nuevo que el suyo, debió haberlo comprado hace poco) y sacar una campera del armario. Como si creyera que su hijo de nuevo se había perdido sus palabras, repitió:

-¿Seguro de que no querés venir?

-Sí, está bien.

-Bueno, como quieras. Podés quedarte aquí mientras tanto y tomar una siesta, la pieza está lista. Ya sé que a vos no te gusta hacer todo el viaje hasta aquí y de vuelta.

Papá no lo dijo con tono de reproche pero no importaba. Emma pensó: no es que no me gustara, es que viajar me ponía enfermo, con ganas de botar el almuerzo. Y mentalmente remarcó la palabra “ponía” con rojo brillante. El pasado era el pasado.

-Eléctrico -dijo, parándose de la silla. Dibujó una sonrisa como si estuviera en el restaurante-. Es tu cumple, aprovechá para pasarla bien.

-Eso ya veremos -Su padre ya estaba abriendo la puerta. Se ajustó el cuello de la campera y acomodó sus mangas-. Hay comida en el refri. Comé lo que quieras. Nos vemos a la tarde probablemente.

-Eléctrico -expresó de nuevo.

-Gracias de nuevo por el regalo, pibe. Me encantó.

-De nada, papá.

En menos de un segundo la espalda del hombre había desaparecido.

Considerando sus visitas anteriores, esa salió bien. La novela de la televisión dejó de parecerle interesante pero no se molestó en apagarla mientras curioseaba por el departamento. Papá no la había programado para doblaje automático, de modo que Emma oía de fondo incomprensibles diálogos en inglés.

Encima de una cómoda había hologramas familiares. Una foto de él solo en la graduación, papá detrás de la cámara. Otra del tipo con la melena junto a otros viejos alrededor de una mesa blanca, sin adornos. Del edificio donde trabajaba durante la fiesta celebrada cuando Anonymous absorbió la compañía. De sucesos que no significaron nada para él, pero algo para papá. Sólo al fondo distinguió una imagen de ellos tres en el tiempo en que eran tres. Mamá sonreía con una mano haciendo pantalla sobre su rostro, casi ocultando sus ojos verde claro. Segundos antes había estado frotándose la sien izquierda con un ligero fruncimiento de cejas y, para no delatar el gesto, prefirió cubrirse de las luces en el nuevo centro comercial. Habían salido a comer fuera por su cumpleaños número siete. Sólo él lo había notado. Todo en ella le hacía pensar en cosas suaves y cálidas. La forma en que le revolvía el cabello por una buena nota, en que se reía por un chiste que le contaron en el trabajo, en que se quejaba por la gestión actual o el precio de la comida, arrugando la nariz. Después, a excepción de su cama cuando más sueño le agarraba y debía salir a trabajar, no recordaba haber encontrado lo mismo de nuevo.

Quizá la jaqueca era la mayor responsable de ello. A lo mejor ahora se hallaba más capaz para percibir de esa manera. No lo sabía.

También había imágenes de sus abuelos y tíos, de los cuales pasó para ir al pasillo. Dos puertas enfrentadas, deslizadoras para que uno perdiera el tiempo buscando picaportes en la mañana. Un paso le reveló el cuarto de papá. Otro le hizo ver la cama donde podía recostarse si quería. Era la primera vez que entraba y observó las paredes con curiosidad. En lugar de Puntos de Vista, para colgar imágenes papá prefirió recurrir a los más costosos, aunque mejor vistos y más dinámicos, Proyectores Dirigidos. Pequeños focos debajo de cada imagen de arte oficial simplón capaces de cambiar el color, la luz, el tamaño y el objetivo. Una pequeña tablet al lado de la cama servía para controlarlos.

Las paredes, el piso, los muebles y las sábanas poseían el mismo beige monocromo. Era tranquilo, relajado. Impersonal. Emma se sentó al borde del colchón. La pantalla de TV se encendió en el mismo programa de la sala al instante. Las luces se atenuaron suavemente. La casa quería atenderlo como mejor sabía.

-Apagado -dijo, claro, y la iluminación original se restauró.

El armario reaccionó igual a su toque, abriéndose nada más percibirlo Ahí papá guardaba lo que no sabía dónde más colocar. Claro, sin invitados frecuentes no había razón para guardar espacio. Hasta su altura se elevaban dos filas de cajas metalizadas, las etiquetas digitales en blanco. Emma abrió la que tenía más a su alcance y encontró viejos camisones de mamá. Olían a polvo y encierro. Mamá también se quejaba de que los perfumes nunca duraban tanto como quería. Hermosos y estimulantes pero efimeros como una exhalación. Apenas llegaban a la nariz ya se habían ido.

El resto debían ser recuerdos similares. Si papá no los había vendido ya, podía ser que hubiera algún juguete suyo. Iba a sacar la caja para continuar buscando cuando su mirada recayó sobre una superficie oscura contra un saco gris. La luz se reflejaba en un costado de la figura, fragmentada en pequeños puntos a lo largo de una larga cremallera. Emma no recordaba haberla visto en años.

La guitarra acústica de su abuelo debería estar en un museo. El estuche de tela negra estaba deshilachado en los bordes y la costura se salía en la parte superior. No la habían sacado en mucho tiempo, desde que su abuelo muriera nadie supo tocarla, y sin embargo parecía un milagro que siguiera de una pieza. Tomó el asidero de un lado y descubrió que estaba roto. La agarró con las dos manos, llevándola a la cama. No era pesada y aun así tampoco tan ligera como se habría imaginado. Más grande que las guitarras eléctricas de los videos musicales, seguro. Y sucia. Podía ver claramente las huellas de sus dedos constrastando entre el negro puro y el impuro.

Encontró el carril por el lado alargado y lo deslizó acompañado de un breve siseo. Al dejar caer la tapa vio a las partículas esparciéndose en el aire, destacando contra el pacífico beige. Luego habría que cambiar las sábanas si es que se pretendía tenerlas listas para alguien, pero de momento lo que más le importaba era la guitarra. Era de una madera oscura otrora brillante, mancillada con varias marcas de manos. Antiguas marcas de manos. Diferentes tonos de marrón, líneas blancas, negro y el plateado de las cosas para girar arriba. Visualmente resultaba decepcionante. Pero su significado, saber lo que había sobrevivido, la volvía extraña de una manera fascinante.

Si mal no recordaba, ni siquiera era de su abuelo en realidad. Antes de que la madera se volviera un recurso altamente preciado, durante la época en que el dueño de La Cacerola mandaba a hacer sus mesas y sillas, por lo tanto no le costaba toda su fortuna, un amigo del abuelo se había parado en su casa de camino a un viaje que tomaba en su propio vehículo. Sacaron copas, la pasaron bien y al siguiente día, sin pastillas anti-resaca a las que echar mano, el amigo se fue dejando la guitarra junto a algunas prendas de ropa. El abuelo llamó más tarde a su amigo para advertirle y éste prometió que se pasaría por ahí para recogerla. De verdad necesitaba su guitarra, el abuelo no entendía cómo pudo olvidarla. Pero jamás llegaría a tocarla de nuevo de esa manera que los volvía loco a todos. En su lugar tuvo un accidente en el coche (coche no volador, terrestre, arcaico) contra un loco que andaba distraído. No pasó de los diez minutos tras el choque. El abuelo esperó a que llegaran parientes o algo así para hacer el reclamo, pero nadie apareció. De modo que en las fiestas familiares volvía a contar la historia justo antes de ponerse a tocar unas melodías simples en frente de todos. A Emma le hubiera encantado que le enseñara, pero había muerto antes de que aprendiera a formular las palabras para pedírselo. Papá nunca se interesó por el tema de modo que el instrumento, una rareza actual, quedó como una mera reliquia de familia.

Intentó tocarla por su cuenta, cuando era apenas un quinceañero y descubrió los “bunnys”, los programas especiales que la gente usaba para saltarse las restricciones en la internet, de manera que pudiera descargarse cualquier cosa no oficial que deseara, música en su caso. Fascinado con aquellas nuevas melodías, pronto se le formó en la cabeza la idea de que él también podría realizar esos sonidos extravagantes con sólo aprender a descifrar los secretos de la guitarra. Llegó a tener un cancionero básico, suministrado por un estudiante en la Universidad de Arte, especialidad Música, anónimo, pero el dolor en sus dedos, sumado al hecho de que el mínimo error sonaba horrible y que la caja vibraba contra su cuerpo, agitándole el cerebro, hicieron que desistiera de sus ideales de verse protagonizando un concierto, gritando todas las razones por las que odiaba ir a la escuela. La gente vociferante estando con él en su ira, compartiendo su frustración, haciéndole sentir que todos eran él y él parte de ellos. Cuántas horas perdía con esas películas mentales, incluso después de haber renunciado. Incluso ahora, al oír esas letras en las que apenas comprendía una o dos palabras, podía imaginarse como la garganta de donde salían.

Se sentó en la cama y ubicó el instrumento en su regazo, la mano izquierda sobre la parte más larga. No recordaba cómo formar ninguna nota, no sabía lo que era afinación, años de escuchar música fuerte le habían estropeado un poco el oído, pero le gustó la sensación de tener la guitarra así, en sus manos, a su disposición. La madera parecía increíblemente suave y cálida, una bienvenida tácita a quien la quisiera cuidar. Deslizó los dedos por las cuerdas y notó su vibración, las vio volverse difusas contra el negro hoyo debajo por la velocidad a que se movieron y dejó que el sonido se muriera lentamente. Nada. Ni la menor molestia le aquejaba. Estaba perfecto y acababa de tocar por primera vez en años un instrumento de verdad. El principio de toda música.

Limpió rápidamente la humedad obstinada en sus ojos. No bastó con una sola vez. Sabía que nadie lo estaba viendo pero no podía evitar la sensación de verguenza, como si fuera una completa estupidez emocionarse por una cosa así de simplona y él el peor tonto por caer en ella. Apenas tuvo de nuevo la vista despejada, regresó la guitarra a su estuche. Esta vez iba a aprender a tocarla. De una manera o de otra lo haría y al carajo con las putas ampollas. La idea de que se quedara con papá acumulando polvo le parecía injusta y horrible, un verdadero desperdicio de sus posibilidades.

En La Cacerola la madera de las mesas era oscura y gruesa. Tenían miles de marcas por todos los clientes a los que han servido a lo largo de los años, pero eso estaba bien, era parte del tradicional toque humano. Se podían limpiar sólo con un trapo húmedo fácilmente. Sin duda eran diferentes de la madera empleada para la guitarra y Emma no tenía idea de cuál debía ser el tratamiento para ella, por lo cual se limitó a usar el trapo de la cocina para devolverle su negrura natural al estuche. Mientras lo hacía pensaba en pedirle a Anon que le buscara un sitio donde pudieran mejorarla, donde vendieran un barniz nuevo o cera o lo que fuera que le haría falta al instrumento y luciera lo mejor posible otra vez. Lo más probable es que fuera bastante caro pero iba a valer la pena, estaba seguro.

Llamó a papá desde el ascensor, después de haberle ordenado a este silencio. Le era imposible apartar los ojos de su reflejo, de él con la guitarra colgando de su hombro, esperando que la tocara, ningún obstáculo impidiéndoselo. Podría haber sido un estudiante de Música cualquiera regresando a casa. Podría haber sido el protagonista de una película en la que acabara siendo el más famoso compositor de música oficial de su tiempo. Ya no creía que ese sueño fuera posible (demasiada vida tenía encima), pero el espejo no lo sabía y él se veía bien de cualquier modo.

-Papá -dijo apenas le atendieron.

Se oía de fondo las voces de los viejos conversando y riéndose. Papá hizo un ruido parecido a un suspiro. Acababa de dejar su cerveza de lado cuando dijo:

-¿Qué pasa, pibe?

-Nada, sólo te aviso que me vuelvo a casa. Me ha empezado a doler la cabeza de nuevo y…

-Mierda, ¿seguís con eso todavía? Creía que se te había pasado ya.

“Nunca más”, pensó Emma con satisfacción, la misma que vio en su reflejo. La guitarra se veía estupenda.

-Tranquilo, con que me tome unas pastillas que tengo se me pasa. Yo de puro pelotudo no las traje conmigo. ¿La estás pasando bien allá? -preguntó para evitar que le preguntara por la milagrosa medicina.

-Sí, sí, aquí todo bien. Héctor se ha traído un vino de no sé dónde que sabe riquísimo -De fondo se oyó a alguien diciendo algo incomprensible para Emma-. De Colombia había sido, qué hijo de puta. Dos huevos te habrá costado.

-Como si alguien fuera a querer los huevos de este viejo bueno para nada -comentó entre risas otro viejo, el mismo que habló por la pantalla.

Martín, se dijo Emma en un breve buceo mental, sólo para probarse que era capaz de hacerlo. Su papá ya estaba comenzando el proceso de embriagarse y era evidente que se trataba de un proceso feliz.

-Bueno, entonces nos vemos en otro momento. Si podés no vendas la casa para comprar esas medicinas -Se rió de su propia broma.

-Claro -respondió Emma, borrada la sonrisa.

Cortó sin molestarse en agregar más. Así era como empezaba e ir por ese camino llevaba a ese tipo de conversaciones que no quería tener en ninguna circunstancia, en las cuales el volumen podía ser el mismo del inicio pero las palabras ganaban más y más peso sin llegar a nada. Se consoló sabiendo que a papá no iba a molestarle la grosería en ese estado. Las pastillas anti-resaca permitían a la gente regresar con bien a sus trabajos después de un merecido descanso, pero no restauraban las vivencias que el alcohol diluía. Lo que una botella rompía, roto se quedaba. Sólo el causante disfrutaba con la ignorancia.

Volvió a ver la guitarra. Había pensado en el departamento que ya no sentiría tanta inclinación por las letras negativas, de ritmos potentes y sonoros, pero quizá, dolor de cabeza o no, todavía encontrara algo de utilidad en ellas. Salió al exterior y, aunque respiró hondo, no volvió a sentirse tan ligero como antes.

En el omnibus ponían tres opciones de película: romántica, suspenso o comedia. Eligió la de suspenso caprichosamente, apoyando el mentón sobre la parte más alargada de la guitarra y la ambombada entre sus piernas. Estaba siguiendo el tecleo frenético de un hacker para descubrir el código de una compañía maligna cuando dos horribles golpes hicieron estremecer el cono a su alrededor. Frunció al ceño hasta que se dio cuenta de que se trataba de una vieja buscando llamar su atención. Era una vieja “al natural”, canosa y pelo corto bien arreglado, las ropas mostrando una gama de rosa en tonos suaves. Debía vivir muy lejos del centro. En cuanto vio que la observaba, agitó una arrugada mano en forma de saludo.

Suspirando para sus adentros, puso en pausa el video y ordenó al cono que se elevara. La señora señaló la guitarra.

-Perdona, pibe -dijo con una voz que, aunque firme, sonaba a gastado-, ¿eso es tuyo? ¿Tenés la licencia de permiso?

A Emma no le gustó esa forma de entrometerse, pero de todos modos respondió:

-Sí, es mía. Era de mi abuelo.

-Ah, ya veo. Pero no tenés la licencia de permiso para tocarla, ¿o sí?

Se le quedó viendo sin saber de qué hablaba.  Él no era estudiante de ninguna universidad de Arte, no necesitaba el permiso.

-Ya me parecía -dijo la viejita y le puso una mano en el brazo. Tenía dedos delgados y un toque demasiado confianzudo para el gusto de Emma. Quiso apartarse de ella-. Vos sos igual que un chico de mi cuadra. Él también había heredado un instrumento de su familia, un violín. Precioso, una lindura, y lo tocaba de una manera que te hacía pensar que estaba enamorado de la música. Era una cosa hermosa sólo verlo, pero oírlo era divino -La vieja sonrió, recordando. Sus dientes falsos parecían una serie de ladrillos amarillentos de plástico grueso-. Estaba con problemas de dinero el pobre, de modo que, lógicamente, pensó que podría hacer crédito tocando para las personas en el centro. Pero pasaba que él no tenía la licencia de permiso y lo arrestaron a la media hora de haber empezado. Le incautaron ese bonito violín que tenía y a su familia la hicieron pagar una multa imposible. Casi los dejan en la calle. ¿Entendés lo que te quiero decir, pibe?

A Emma seguía sin gustarle la vieja, pero se sintió casi avergonzado por su rechazo inicial. Aferró la única asidera sana del estuche con la mano del brazo que la vieja tocaba.

-Sí, ya veo. Gracias.

La vieja le dio unas palmaditas antes de erguirse. O erguirse todo lo que pudiera, dada su edad. Algo en su cara le recordó a la escritura que iba a desayunar a La Cacerola y le agravaba las jaquecas casi como si fuera a propósito. No supo qué era, pero sí identificó la tristeza y malhumor en en sus ojos mientras volvía a hablar.

-Tené mucho cuidado con esa guitarra y de dónde la tocás, pibe. Mucho cuidado. Y por si las dudas tampoco la andes llevando de aquí para allá, no sea que un día se les ocurra decir que eso es tráfico ilegal.

Le pareció que eso último era una exageración innecesaria y, sin embargo, consiguió ponerlo incómodo.

-Elec… Sí, señora.

La vieja asintió, volvió a sonreír y se regresó a su asiento al otro lado del vehículo. Emma bajó de nuevo el cono, pero no logró concentrarse del todo en la película. Pensaba en que tendría que olvidarse de aquella imagen donde él tocaba bajo el cielo amarillento a los pies de un árbol artificial del centro.

 

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