La Cenicienta de las bestias

Resumen: Cenicienta era la esposa perfecta, pero le faltaba el príncipe.

 

La Cenicienta de las bestias

Por algún capricho literario la llamaron Cenicienta, y desde que los senos le crecieran fue de mal a peor. No era que le atraían los chicos de botas oscuras y cigarrillo a mano, bebedores de cerveza y mirada aviesa. Ella siempre supo evitar malas compañías, al menos desde afuera. Salía con estudiantes sobresalientes, futuros empresarios y más adelante con verdaderos empresarios. El tipo era siempre el mismo: la sonrisa blanca y ganadora, el seguro apretón de manos, el mentón poderoso erguido en pos de dirigir al mundo. Gente carismática y amabilísima que sabía meterse en el bolsillo a casi cualquier persona. Siendo justos, resultaba comprensible por qué Cenicienta fuera tras ellos. ¿Quién va a prestarles la suficiente atención para ver las pequeñas cosas, esas minúsculas frustraciones que se hospedan como garrapatas bajo la piel y esperan, en perfecto control de su estado, el momento ideal para estallar una vez se acumulan? Nadie, sino un acosador y la mujer que invariablemente acababa viviendo con ellos. Pero ni siquiera el acosador se quedaría tanto tiempo. Si lo hiciera probablemente habría acabado llamando a la policía.

Verás, para nosotros no era ningún secreto que el candidato a diputado nacional era el peor de todos. Ni tan joven ni tan viejo. Cabello abundante y bien peinado. Sutiles líneas de risa a cada lado de los ojos. El hombre donaba dinero y ropa a la caridad, iba a la iglesia él mismo para hacer las donaciones y asistía a la misa a los domingos. ¡Iba a la misa los domingos! De no creer.

Incluso yo, que he estado ahí desde el inicio, desde la primera cachetada de aquel estudiante de medicina hasta el sexo rabioso con el abogado, casi no podía creerlo cuando vi el primer moretón a la mañana siguiente. Estaba justificado, desde luego. Cenicienta no había cocinado bien el pollo, por eso Ceniciente se ganó el apretón. Los hombres poderosos no suelen ser fuertes, no sé si se han dado cuenta. Son bajos, gordos, viejos y de algo más deben carecer para poder compensarlo con poder. Por eso se empeñan tanto en conservarlo u obtener más. Pero este, como ya dijimos, era un caso aparte.

Ella desde luego no se lo dijo a nadie. Estaba harta de escuchar los consejos de mamá sobre que debía tener paciencia y seguro era el estrés por las próximas elecciones. O porque se acercaba un gran examen. O porque estaba con amigos bebiendo y ya sabes cómo son los hombres cuando beben con amigos. Y definitivamente no quería meterse en otra pelea con papá sobre por qué quería arruinar la vida de un hombre con una denuncia, qué iba a ganar molestando así, como una histérica de mierda. ¿Moretones? Por favor, de pequeños a él y sus hermanos les dejaban el culo morado si se portaban mal y todos resultaron bastante bien. ¿Qué tanto problema se hacía ella por tan poca cosa? Cenicienta estaba cansada.

Pero entonces él llegó con flores, chocolates, un enorme oso y se dijo que a lo mejor sí era el estrés. Parecía tan sincero en su cariño y disculpas que en serio, en serio podría haber sido sólo el estrés. Pero no lo era. Cenicienta no lo supo hasta el día mismo en que anunciaron los resultados. Él no ganó, como se pueden imaginar. Por muy poco, por un tantito. Cenicienta se compadeció de él.

Le hizo una cena con su comida favorita (cuidando de cocinarla en su punto justo), postre incluido, y una champagne que pensaba abrir como sorpresa en caso de que ganaran. Lo esperó por dos horas, hasta que la bebida se calentó y los platos se enfriaron. Iba a guardar todo para disfrutarlo mañana cuando él apareció. No estaba borracho, porque al menos en ese sentido él nunca perdía el control, pero hubiera dado lo mismo. Insistió en comer la cena, sin dejarle que ella fuera a recalentarla como pretendía, y luego, en una de esas incoherencias típicas de los humanos, se enojó porque no estuviera caliente.

En el mundo animal se ven escenas así todo el tiempo. Uno que se alza y comienza a hacer los ruidos particulares de su especie, en un tono especial, para hacer saber a quien sea que tenga en frente que es el alfa y nadie va a dominarlo. El otro tiene dos respuestas posibles: se somete o se revela. En caso de revelarse, el primero acabará sometiéndose o sucederá una batalla mortal para decidir quién es el jefe. Si se somete lo demostrará en la forma que acostumbra su especie. Bajará el nivel de su propia voz, descenderán cabezas, se ofrecerá el cuerpo en la forma más vulnerable posible para demostrar su inferioridad. ¿Cuántas veces lo ha visto Cenicienta en Animal Planet, con perros domésticos, gorilas, lobos salvajes y leones?

Quizá ella no vea la relación cuando oye su propia voz disminuida y el resto de su cuerpo se encoge sobre sí mismo. Mientras pronuncia palabras de disculpas y busca protegerse con los brazos. Ya es más una costumbre que un instinto en ella. La primera vez que lo hace con él, de hecho, y lo disgusta todavía más hasta que él no encuentra de qué otra manera librarse de su rabia que agarrarle el cabello y llevarla así, cual cavernícola, hasta el salón. El paso de la evolución se ha dado media vuelta en este lugar, pero nadie va a hacer un documental al respecto como sucedería si nos encontraramos al que sí parece un elemento perdido de la cadena. Nada más que gente moderna aquí. Gente moderna sacándose los cinturones para castigar.

No es una lección. No se pretende enderezar una conducta desviada. Ya sabemos quién hizo mal (y ese alguien tenía un celular perfectamente funcional para avisar que llegaría tarde) y qué hizo mal. ¿Pero qué importa eso? ¡Perdimos las elecciones, mierda!

Cenicienta, Cenicienta, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué te cubres la cabeza llena de cosas inútiles y dejas que despellejen tus brazos? Lo cuales serán un poco más gordos de lo que te gustaría, pero aun así no merecen esto. Vos sabes lo que pasa cuando te empujan al límite. Vos sabes que yo no puedo evitarlo. Vos sabes que en ese momento las puertas se abren y yo tengo que salir, y no me gusta salir porque siempre se deja todo un estropicio…

¡Ay! ¡Duele, mierda! ¡Al menos avisa! ¡Y deja de gritar, imbécil! ¿Quién te has carajo te has creído que sos, pendejo? ¡Ah, ahora te sorprende que tome el maldito cinturón! ¿Te parece gracioso golpear a una mujer que no puede defenderse? ¿Es divertido acaso? ¿Esto te parece divertido? ¿Y esto? ¿Y esto? ¿Adónde carajos quieres ir, pelotudo? ¡No he terminado contigo!

Sí, llora, pendejo. ¡Llora, llora como fingiste hacer mientras te dolías por los niños muertos en ese incendio, durante la conferencia de prensa! ¡Eso también aparece en Animal Planet! ¡El niño que levanta el auto para salvar a mami, el perro que se mete en la casa en llamas por su dueño! ¡Cuando un animal (y todos somos animales, querido, todos, en especial vos) es atacado puede sacar fuerzas de lugares ocultos para defenderse! ¡Pues bien, de ahí nací! ¡Por peligros y amenazas como vos es que estoy aquí! ¡Porque de otra manera Cenicienta estaría muerta! ¡Yo soy el ratón ayudante cantarín, yo soy los azulejos que le arman el vestido! ¡Yo soy quien limpia todo antes de que ella regrese!

No te preocupes. Cuando termine vos no aparecerás en ningún noticiero. Las fotos de lo que quede no se venderán al mejor postor de los medios de comunicación. No ha pasado por ninguno de los otros y no voy a empezar contigo. Ahora cierra la puta boca. Va a doler, pero consuelate así: Cenicienta todavía tendrá tiempo para ir al baile.

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