Ojos

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Su color no importa. Párpados pesados o ligeros como el viento, me da igual. Sólo me gustan los ojos, aunque yo mismo no tenga. Sé que alguna vez los tuve, recuerdo algunos colores y formas, pero ahora son huecos que si me empiezo a tocar me paso el día entero tratando de rascarme. Debo comerme las uñas para no sangrar más de la cuenta cuando lo hago. Las veinticuatro, contando las que no puedo alcanzar. A veces me las como enteras y me quedo saboreando la carne expuesta, encontrándole un sabor a rancio al que ya estoy acostumbrado. No me queda de otra sin vendas.

Vivo en un lugar abandonado. Es oscuro. La gente que viene por aquí lo dice y actúa conforme a ello. Los escucho tropezar contra los muebles y tantear las paredes, todos los dedos en acción. Una vez se lo rocé a un muchacho joven. Fue un accidente. Me había despertado con hambre y de pronto tuve una mano cayendo sobre su rostro, rozándome los colmillos expuestos. Dejé escapar un sonido de sorpresa y deleite. Eran unas manos de alguien que no ha trabajo duro con ellas ni un día de su vida. Manos de príncipe sudoroso. Aquí no hay nadie que toque con algo así. Pero él interpretó de otra manera mis intenciones y echó a correr. Fui tras él para tratar de advertirle que por ahí el suelo era frágil, no era sitios para correrías, pero no me hizo caso. Escuché a la madera agrietándose, chillando por el maltrato, y luego un crujido… bastante… delicioso. Como si tu propia madre te hiciera tu postre favorito. Pensaba agarrar ratas para cenar (o almorzar o desayunar, no tengo idea), aprovechando que ellas siempre venían por aquí, pero… bueno, no iba a dejarlo que se desperdiciara, ¿no?

Algunos llegan acompañados, a algunos hay gente esperándolos afuera. Por este chico nadie entró y, si no lo hacía yo, se encargarían de hacerlo desaparecer las ratas, cucarachas y gusanos. De modo que me dejé caer por el hoyo dejado por él y llegué hasta el fondo (rompiéndome una pierna en el proceso hasta sacarme el hueso, ¡les dije que estaba alto!). La comida, polvorienta y llena de hormigas, me sienta bien, me ayuda a recuperarme más pronto. Su ropa era demasiado pequeña para servirme de nada, así que la tiré a una habitación vacía donde ya se estaba formando un buen montón. Cada tanto tengo que incinerarlas para evitar que llenen todo el cuarto. Es fácil, presiono un botón y llamas salen del techo, reduciendo toda la basura en cenizas. La tengo cerrada porque estos visitantes míos se meten, y como no responden a mi llamado, acabo rostizándolos sin darme cuenta. No me gusta la carne quemada, es muy seca. ¿Pero qué se puede hacer si son ellos justamente los que no quieren que sepa dónde están?

Me gustaría que dejaran de venir. Ya me he dado cuenta de que viajo constantemente. Mi hogar… o más bien el sitio donde me dejaron a mi suerte, no se queda en un mismo lugar. Es un bosque, o al menos eso creo por la presencia de árboles y el silencio general, pero son diferentes cada vez. Nunca puedo hacerme un mapa mental de mis alrededores porque en algún momento debo volver y cuando lo hago, adiós, estoy en otro sitio. Uno pensaría que así sería difícil encontrarme. Imposible. ¿Cómo dar con lo que no permanece estático, que cambia con el capricho de fuerzas desconocidas?

No lo sé. De verdad, no sé cómo lo hacen. Me gustaría sentarme con ellos y hacerles miles de preguntas. ¿Cómo luzco yo? Tengo la vaga noción de que una vez fui bello. Era placentero verme al espejo. Había gente que me quería a mi alrededor. ¿Dónde estamos? ¿Cómo se llama esta nueva localización? ¿Quién les dijo la manera de llegar aquí? ¿Cómo lo hicieron? Y también otras cosas. ¿Qué guerras vivimos ahora? ¿Quién es el cantante del momento, el ídolo por el cual vale la pena desesperarse y los padres no aprueban? Sí, yo lo sé, yo fui como ustedes. Yo también tenía mis tirantes rojos y mis zapatos brillaban al principio del día, para acabar llenos de tierra al final de este. Pero de repente, de un día para el otro, no tengo ojos y estoy aquí, todos mis amigos y familia se fueron, tengo hambre ¡y por favor, háblame!

Es inútil. Nadie me hace caso.

Huyen, gritan, como unos completos estúpidos, y por supuesto acaban mal. No conocen este sitio como yo, no tienen idea de cómo evadir sus trampas. ¿Mi voz ha cambiado tanto desde mi llegada? ¿Acaso ellos entienden algo diferente a las advertencias y ruegos que oigo en mi mente? Estoy creyendo que así es. Pero incluso si me detengo del todo, cierro la boca y trato de parecer lo más inofensivo posible ¡ellos continúan huyendo de mí! ¿Qué es lo que quieren entonces? ¿No entienden que no soy yo quien los hiere sino su propia estupidez?

No tengo muchas cosas porque no necesito más que comida y un tiempo para dormir. Puedo dormir donde sea, incluso en el suelo rocoso, para mí es una cama tan buena como cualquiera. Pero sí tengo algo inútil, un mero capricho, y si mis visitantes lo vieran, y vivieran para contarlo, ya no volvería a lidiar con ellos jamás. No puedo permitir que vean la pequeña habitación en el fondo del sótano. Aunque sean una molestia, me dan comida y compañía. Sin ellos estaría completamente solo.

Y no es como si yo no entendiera la impresión que causa ver estantes y estantes de ojos en frascos. Sé que no debería, pero no puedo evitarlo. Se siente hermoso tenerlos entre los dedos y aplastarlos casi hasta el límite de su capacidad. Contra mi lengua y boca los nervios ópticos me recuerdan a la goma de mascar. Son mi pequeño y secreto vicio, que ellos no tienen por qué conocer.

Invariablemente todos caen. La estancia más larga fue la de una chica de voz muy aguda, quien después de un susto seguía su grito con una larga carcajada en la que participaba su nariz. Era lista, podía decirlo por la manera en que se manejaba por mi hogar. Estaba comenzando a agradarme cuando, de improviso, nos encontramos de frente. Ella fue quien salió de pronto. Me vio y, como de costumbre, se dio media vuelta para salir corriendo. Yo, el incorregible iluso, quise decirle que estaba bien, felicitarla por durar tanto cuando nadie más lo había hecho, no tenía por qué irse, podía quedarse todo lo que quisiera. La única respuesta que recibí fue una larga retahíla de una sola frase que, a menos que el oído me fallara, se resumía en:

-Es un videojuego es un videojuego es un videojuego sólo un videjuego un videojuego. HOLY FUCKING SHIT!

Acababa de encontrar la trampilla en el suelo, la cual llevaba directo a un fozo lleno de lanzas, oxidadas por la sangre y el tiempo. Estuve un rato olfateando el desparrame de sus jugos internos y el destrozo de sus huesos. En mi interior se sumó una nueva pregunta que jamás encontraría oportunidad de responder.

¿Qué es un videojuego?

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