El sacrificio

Género: horror, fantasía.

Nota: Tercera y última parte de la serie “Los hombres sombra”, compuesta por los cuentos Los hombres sombra (primero) y El escarabajo de jade (segundo)

El sacrificio

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La luna comenzó a llenarse cuando Noir le habló a su tutor de entrar al Museo cuando nadie hubiera cerca. Habían pasado el suficiente tiempo para que Noir aprendiera a detectar las emociones enterradas en lo profundo de ese rostro anodino. Era bueno en la escuela porque sus padres eran muy insistentes al respecto, pero lo que él de verdad quería era salir de la casa y pasarla afuera como otros adolescentes. Una oportunidad para ser rebelde. Para salirse de las reglas y hacer lo inesperado. Costó convencerlo de que  entrar y dejar a las momias cubiertas de papel higiénico no iba a costarles mucho tiempo, mucho menos una reprimenda, pero al fin lo consiguió. Fijaron la fecha.

Mientras él vigilaba en busca de guardias de seguridad, Noir dejó que la oscuridad consumiera y deformara su mano hasta el punto en que parecía una larga cola de rata, lo suficientemente versátil para meterla por la cerradura de la salida de emergencias. Entraron. Arrojaron tanto papel como pudieron y, cuando su amigo le dio la espalda, Noir agarró una estatuilla para darle un golpe a la nuca. No pretendía matarlo y no lo mató, pero quedó inconsciente en el suelo. Con esa misma antigüedad rompió el cristal que protegía al escarabajo, tomándolo de su lecho de terciopelo. Un guardia con linterna amenazó disparar si no lo bajaba. Noir levantó las manos, subió un pie detrás de la pierna contraria y a través de la oscuridad permitida por su propia sombra llegó hasta el tobillo del hombre, haciéndolo caer. Le cortó el cuello de un rápido movimiento de su mano transformada en espada.

Empleando una fuerza que ni siquiera hubiera creído posible unos meses atrás, cargó a su amigo hasta las minas. La luna estaba en su punto más alto. No tenía mucho tiempo que perder. Dejó su carga en el suelo y presentó el escarabajo a la familia.

-Con esta ofrenda, me ofrezco como su portador –Se acercó a su viejo tutor, quien recién entonces despertaba. Al principio debió tomar como un sueño la transformación que se sucedía frente a sus ojos-. Su vida por el privilegio de llevar las suyas. La llave entre su mundo y este será mi cuerpo. Para llevar adelante con nuestra raza, para perpetuarla hasta el fin de los tiempos.

-Oye, oye ¿qué estás haciendo? ¿Qué pasa?

Padre se lo había enseñado. Las palabras, los gestos. Por ese único detalle final fue que protestó en el pasado, pero se resolvió cuando padre le aclaró que pasaría a agrandar a la familia. Técnicamente no era matarlo. Nunca dolía durante tanto tiempo como se temía. Sólo un verdadero hijo podía llevar el ritual a cabo. Las sombras saltaban por las paredes y se agitaban por la excitación. ¡Habían esperado durante tanto tiempo para volver a ver la luz del día y empañarla a esa maldita asesina! Estaban cerca de la extinción y ahora volvían a estar a salvo.

-¿Qué es lo que sucede?

Noir vaciló un segundo viendo su rostro pálido, la perfecta indefensión que manifestaba a través de cada músculo en su cuerpo, arrojado en el piso. Deseó decirle que iba a ser un placer tenerlo como hermano, pero acabó sabiendo que ese sería un comentario inútil, sin el menor significado para él. No tenía tiempo para hablar. Lo mató rápidamente y en silencio, agradeciéndole por la ayuda dada esa noche.

El incendio del orfanato empezó en la madrugada. Nadie pudo salvarse, pero aún hubo quienes dijeron que fue una suerte. Todos los cuerpos aún estaban en sus camas al momento de encontrarlos, eso sin contar a los que se vieron movidos cuando el segundo piso, específicamente la habitación de los niños, colapsó sobre el comedor. La teoría era que debieron morir aspirando el humo negro, sin jamás enterarse de lo que sucedía. Cuando acabaron de contar vieron que, en efecto, eran todos. De haber querido podrían haberse fijado que en la cama designada a Albert Guillier las medidas del cadáver eran superiores a las registradas en su historial médico, pero no había ningún motivo para semejante expedición. La tragedia, sumada a la inexplicable ausencia de un joven al que ni una vez se le vio salir de su casa tan tarde, tuvo a la ciudad angustiada y preocupada durante casi un año entero. La vida continuó, como suele hacerlo, y la gente acabó olvidándose del asunto.

En torno a las ruinas oscuras se levantaron nuevas leyendas, pero ahora sólo servían para espantar a los más pequeños. Los hermanos mayores les decían que mejor mantuvieran una luz prendida en la noche y no abrieran la ventana, no fuera que un monstruo oscuro viniera a llevárselo. Eso era absolutamente absurdo, desde luego.

Noir y su familia nunca tuvieron predilección por los niños. ¿Pero tú, que ya dejaste atrás la infancia? ¿Tú? Es difícil saberlo.

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