Siempre se vuelve a Buenos Aires

Resumen: El día en que Lilliand descubrió a un nuevo vacío.

A Lilliand nunca se le habría ocurrido seguir al muchacho de no ser por aquel incidente. Los diarios electrónicos amarillistas, sin los cuales la sociedad parecía incapaz de vivir, advertían que cada vez se estaban volviendo más máquinas que humanos, menos en contacto con la realidad real que la virtual. Mostraban, estudios, estadísticas y se sacaban expertos de distintos expertos para avalar sus palabras. Inútil. La gente no dejaría su estilo de vida por una pérdida que ni siquiera notaban, que, para ellos, ni siquiera era perjudicial.
 
Julio Agustín Benítez (cuyo nombre no supo hasta más adelante) iba dictándole mensajes al Anon (esos celulares esenciales para la subsistencia hoy en día) sin apenas mover los labios. Sólo uno de sus ojos estaba cubierto con el cristal virtual que le permitiría ver lo escrito, el otro miraba al frente sin mucha atención. A su lado iba una mujer que hacía exactamente lo mismo. Era una mujer exitosa, de traje dorado con parches negros como estaba de moda, cabello azul hasta los hombros y ojos de relumbrante plata.
La piel estirada hacía ver sus pómulos como cuchillas y a la nariz como una flecha lista para señalar imperfecciones inexcusables. Los tacones delgadísimos volvían no sólo un arte el acto de caminar, sino toda una proeza. Era a ella a quien buscaba porque, no contenta con todo aquello, detrás de la mujer iba la cuna flotante Anonymou 304 llevando a un bebé dormido, cuya semejanza con una cápsula que un gigante se tomaría para aplacar la acidez estomacal resultaba literariamente apropiada. La cápsula le advertiría si el bebé se despertaba, si tenía gases, si la capacidad de absorción del pañal era sobrepasada, por lo que no había motivos para perder de vista el trabajo mientras se salía a tomar un paseo.
El celular, aprovechando esa fantástica forma de mosca que lo caracterizó desde su creación, aleteaba las alas a centímetros de su cabeza para no perderse palabras. Julio, por su parte, lo llevaba enganchado al suyo al pecho, sujeto a la correa de una mochila. Ni una vez miraron al otro o al resto de las personas. Estaban muy lejos de ahí aunque compartieran la acera.
El holograma verde que permitía el libre paso de los vehículos voladores cambió a un rojo intransigente. Las personas, incluyendo a Julio y a la madre trabajadora, avanzaron. Estaban en Buenos Aires, la ciudad que se enorgullecía de decir que tenía una de las calles más grande del mundo. El tiempo en que se tardaba en cruzarla era casi exacto al momento en que las luces variaban. No era problema en lo absoluto, porque por lo general a la gente no se le ocurría sólo perder el tiempo cuando tenía otros sitios a los que ir. La madre trabajadora escuchó un suave pitido cerca de su oído y creyó que sería la cuna transmitiendo al receptor en su oído, pero al volverse lo encontró sereno y pacífico como si nada. Lo que encontró, en su lugar, fue la ausencia de la mosca.
El celular yacía en el suelo tras haber caído. Había emitido su señal de que la batería se le estaba agotando, pero la madre trabajadora no le hizo caso hasta que se volvió demasiado insistente. Él observó, desde la esquina opuesta, a que corriera hacia donde estaba a esperar un momento más fortuito para agarrarlo. Incluso si los automóviles le pasaban por encima, el aparato estaría bien. Lo esperaba, como la gente esperaba que los políticos con buenos y convincentes discursos no fueran corruptos, pero no lo creía realmente.
 La ligera lástima era por el bebé, obligado a seguir al chip instalado en el cinturón de su madre. Ella se volvió y agachó lo mejor que pudo. La estrechez de la falda no le permitía abrir mucho las piernas, por lo que tuvo que doblar las rodillas y así se volvía complicado mantener el equilibrio. Cuando por fin sus dedos de uñas tatuadas con códigos binarios rodearon el Anon, ella estiró la otra mano hacia la cuna flotante para ayudarse a erguirse. No lo hizo a tiempo.
Los resultados arrancaron uno o dos gritos de la multitud. La mayoría permaneció demasiado sorprendida, demasiado estupefacta para entender de dónde venía esa explosión de rojo y dorado impermeable. El conductor, que dijo llegaba tarde a una reunión, no se detuvo sino hasta dos cuadras más adelante. Primero llamó a las oficinas para hacerles saber a sus jefes que iba a retrasarse y luego salió. Estos detalles los reuniría al día siguiente el diario sensacionalista El desconectado, llamado así por un grupo radical del 2080 que se negó rotundamente a la utilización de Anonymous y fueron finalmente suprimidos.
 La cuna flotante no sufrió casi ningún daño, pero el movimiento brusco no le hizo ningún favor a su carga; su madre no le había puesto las correas, ignorante siquiera de que las tenía. Las imágenes claras de los restos y lo que se veía a través del cristal irrompible de la cuna llenaron las pantallas a todo color, haciendo acercamientos al pequeño peluche de mosca que estaba al lado del niño y el Anon que se quería recuperar, partido al medio.
¿La respuesta de Anonymous? Garantizar que el próximo modelo tendría una batería más duradera y los sistemas anti-choques en la inteligencia artificial vehicular iba a ser mejorada. Un desafortunado accidente. Poco más.
Julio Benítez ni se enteró de nada hasta que sintió que lo empujaban para ver a sus espaldas. Se volvió. Observó junto a la multitud con el rostro vacío de toda emoción. Lentamente, su mano se hizo con su propio Anon, sacándolo de su gancho. Tomó fotografías, utilizó el zoom, puso filtros para destacar el rojo sobre el blanco de la calle reflectante y la envió a todas sus redes sociales con un sólo gesto. Vio a través del cristal la respuesta de su público y sonrió.
Lilliand tomó nota de la felicidad infantil que iluminó sus ojos por saberse espectador de un hecho verdaderamente notable. En vivo, en directo, acababa de vivir algo que valdría la pena adornar y contar más tarde, cuando las novedades recientes en la red se hubieran agotado. Mientras los curiosos continuaban filmando o inmortalizando todavía más el momento, diciendo pobre, irresponsable, puta egoísta, por qué carajo no se salió del camino y otras muestras de afectación, enviándose lo conseguido, reflexionando sobre ello ya sea en voz alta o por escrito, Julio continuó su camino.
Los primeros minutos de especulaciones y la pronta llegada de las autoridades fue divertida al principio. Cuando empezaron a limpiar, hablar con los testigos y condenaron al conductor a una fianza que pagó esa misma noche, él hacía tiempo se había alejado del sitio.
Unas calles más adelante en dirección al centro, la expresión del joven volvía a ser la misma antes del accidente, algo aburrida. La mancha de sangre que cubría la mochila en su espalda seguramente también acabaría siendo fotografiada y enviada para la curiosidad ajena. Lilliand comenzó a escribir en su libreta negra, justo al lado de los datos que tenía acerca de la madre trabajadora.  Eliminada ella y agregado aquel, tenía a cuatro vacíos en la ciudad marcados. Uno, un posible futuro ayudante encargado de empujarlos al precipicio ante el cual ya oscilaban sin saberlo. Todo tras sólo cinco meses de estadía, cuando en otros sitios podía tomarle seis certificar y descubrirle el truco a uno. Incluso él estaba sorprendido.  
 
Siempre se vuelve a Buenos Aires a buscar esa manera melancólica de amar…”, pensó recordando un tango que nadie recordaba, mirando las nubes contaminadas de color amarillo bilis. “Lo sabe sólo aquel que tuvo que vivir enfermo de nostalgia, casi a punto de morir.”
 
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Nota: El tango del cual habla Lilliand es “Siempre se vuelve a Buenos Aires“, escrito por Eladia Blázquez en 1989.
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