Una última noche

Cuento erótico (y quizá un poco de suspenso, no estoy segura) que participa en los Juegos de Otoño del blog Cuentos íntimos.

JdO_2013 (4)

Un hombre solo, sentado en un banco del parque, podía ser fácilmente malinterpretado. Esa era la única razón por la que Alexander Waterlok tiene un libro entre manos, porque la mera idea de leer apenas flotaba en su mente como las hojas amarillentas a su alrededor, sin lograr arraigarse de ningún modo. Desde que se sentara, las paginas abiertas en un número aleatorio y sin importancia, no había dejado de revisar el reloj en su bolsillo, jugueteando con la cadena en los momentos en que no lo hacía.

Le habían dicho que esperara, y no tenía otra opción que esperar, pero quería recibirlos ya. Acabar con la expectativa de una vez. Había arreglado su horario entero sólo por ese momento. ¿Dónde estaban?

Cuando ya llevaba una media hora aguardando, un hombre vino a sentarse al lado. Al principio Alexander intentó de verdad leer, abstraerse en la experiencia de las letras, pero finalmente sucumbió a la tentación: le había parecido un hombre joven, en buena forma y una asquerosa, insistente, necesidad dentro de él le urgía a comprobarlo. Así que lo hizo. Y quedó atónito.

No fue por el brillante cabello negro cuidadosamente peinado en un moño rojo bajo la nuca. Tampoco el traje azul de tres piezas, impecable y que elegantemente enmarcaba la silueta juvenil que cubría. Ni siquiera la suave piel, blanca y cremosa que hacían resaltar de forma escandalosa el rosado de sus labios bien delineados. Los ojos verdes, profundos y meditabundos, cual hojas recién caídas del árbol más sano y destinadas a nadar la corriente todo el camino hasta el ancho mar, tampoco fueron la razón. Notó todos esos detalles, e incluso más, por supuesto, pero ninguno le mereció tanto impacto como lo fue la flor que sobresalía del bolsillo en su pecho, sujeta junto a un pañuelo de seda negra doblado. Reconoció inmediatamente el color morado de los pétalos y los pequeños tubos verdes de puntas blancas que salían desde el centro.

El hombre esperó unos segundos después de asegurarse de que tenía su atención, y luego se puso de pie, alejándose con las manos en los bolsillos. Alexander entendió que el joven no iba a ir más lento por él y se dispuso a seguirlo. Como tenía recomendado, caminó cuatro pasos detrás, lo suficiente para que nadie pensara que estaban relacionados.

La caminata duró hasta el frente de un modesto hotel al que estaba seguro ninguno de sus conocidos iba. Fue un alivio. El joven se volteó un momento y movió los largos y delgados dedos en el aire un segundo, indicándole que lo siguiera al interior. Incluso mantuvo la pesada abierta para que pasara. Alexander había llegado a un punto en el que no tenía literalmente la menor idea de qué esperar.

La recepción estaba casi vacía. La mayoría de los clientes se marchaban o, los menos, continuaban su té en el comedor de puertas abiertas. Después de intercambiar unas pocas palabras con el encargado tras el mostrador, el joven se le acercó de nuevo con una llave en mano. Habitación 234 estaba escrito en el ovalo de madera oscura que colgaba de su puño.

—Vamos —dijo él, casi un murmullo, y subió las escaleras.

Alexander fue justo detrás. Tristemente, a medida que pasaban las puertas cerradas, se dio cuenta de que el hotel parecía un lugar bastante agradable y le habría gustado conocer su interior en mejores circunstancias. Los colores rojos, dorados antiguos y naranja suaves lucían apropiadamente cálidos, acogedores. Una vez adentro de la habitación, decorada sin grandes pretensiones pero con una sencilla elegancia, la impresión sólo se reforzó.

No era un mal sitio, no en verdad. Un poco de la aprensión con la que había estado conviviendo los últimos días se disolvió. Pero todavía no podía estarse del todo tranquilo.

—Creí que iba a ser ella quien lo hiciera —dijo mirando la ventana cerrada, cerrada hasta que el joven abrió las cortinas y las ató a un lado con el grueso cordel destinado a ello—. Nadie me dijo que sería otra persona.

El joven se sacó la chaqueta de encima y la dobló con parsimonia sobre una silla. Sus anchas espaldas, resguardadas por un chaleco azul sobre una camisa blanca, lo tuvieron, a su pesar, pendiente del movimiento de sus músculos durante la acción. Se movía con una gracia desvergonzada, fresca y falta de complejos, completamente cómodo en su envoltorio. Ni por un momento creyó posible que el otro no fuera consciente, no supiera lo cautivador que podía ser. Sería como Narciso olvidándose de su propio rostro.

—Normalmente así sería —dijo el joven con despreocupación, mirando la calle. Al volverse, sus ojos le hicieron dudar de seguir llamándolo joven. Bien podía estar cerca de los treinta como él mismo y sólo resultaba que los llevaba como adorno, libremente, en lugar de verlos como carga—. Pero se decidió que esta sería una mejor manera.

Alexander miró un rincón del cuarto. Más que nada porque ahora se estaba quitando el chaleco.

—¿Te importa si rezo antes de empezar? Ya que no tengo permitido ir a confesión…

—Adelante.

—Gracias.

Alexander tomó la silla frente al tocador y lo llevó al punto donde por poco las cortinas enrolladas no tocaban la pared. Se arrodilló en el suelo, dándole igual el estado de sus pantalones y juntó ambas manos apoyando los codos sobre el asiento. Mientras estaba ahí, apenas murmurando mecánicamente para sí las palabras tantas veces repetidas, tuvo un fuerte acceso de pánico, de terror por lo que le esperaba. Pensó que daba igual las Ave María recitara, ninguna podría compensar el hecho de que se había anotado voluntariamente para esa situación. Pero también sabía con la misma certeza que era demasiado tarde para arrepentirse, lo que sólo le obligó a apretarse a sí mismo en un patético intento de conservar el control sobre su propio cuerpo para no salir corriendo de ese hotel y gritar.

Recordó que los días que había pasado en espera, contando los días para ese encuentro. Cuando entró por primera vez a la imponente mansión donde supo que se alojaba la Orden luego de que los rumores le hicieran dar vueltas por la ciudad. Cómo esperaba ver una casona en ruinas, espantosa a primera vista, y se encontró con un sitio que el linaje de su familia difícilmente podría permitirse. Estaba seguro de que al final de su búsqueda lo esperaban astutos maleantes de sonrisas llenas de dientes negros o faltantes, ropas de baja calidad y siempre jugando con un cuchillo, sólo para demostrar que presumir de que podían hacerlo. Se preparó mentalmente para discutir precios, condiciones y en cambio dio con su persona en un estudio opulento, tras pasar un salón elegante y ser conducido por un sirviente de modales perfectos.

Detrás del escritorio, para más sorpresa, estaba una dama que parecía bastante acostumbrada a hallarse ahí. El vestido rojo y el apretado corsé negro resaltaban la pureza de la piel albina, envolviendo con elegancia las curvas femeninas de su cuerpo. Alexander jamás hubiera creído que una persona con semejante condición pudiera ser hermosa, no antes de haber visto el abundante cabello de rubio claro envolviendo el rostro de facciones afiladas. Los ojos celestes era como bolas de algodón, suaves, acogedores, pero una mirada más atenta revelaba que no entregaban nada a cambio.

—Señor Waterlok —dijo ella desde su asiento. Su sonrisa era la imagen perfecta de la inocencia y cordialidad—, por favor, tome asiento. Mi nombre es Lady Maribelle Weston. Siento que mi esposo no pueda atenderle pero ahora mismo él está haciendo unos encargos en Asia y, en su ausencia, sólo quedo yo para encargarme de sus asuntos. Espero que no sea una molestia para usted.

—En lo absoluto.

Se le hizo un poco raro tener que depender de una mujer, pero ¿molestarle, al punto de protestar y pedir una prórroga hasta que el marido regresara? No realmente. Siempre que pudiera cumplir con la idea que lo llevó hasta ahí, estaba dispuesto a aceptar lo que le dieran.

—Me alegra escucharlo. Algunos hombres se sienten cohibidos, como usted comprenderá, y vuelven muy complicado el avanzar hacia ningún lado. En esta clase de situación lo mejor es ser honesto desde el principio para evitarme a mí y a otros futuros inconvenientes. ¿Cree estar dispuesto a hacer esto, señor Waterlok?

Alexander cruzó las piernas y se tomó de la rodilla con las dos manos porque no sabía qué hacer con ellas. Entendió que el asunto no sería tomado a la ligera y eso por un lado lo alivió, mientras que por el otro sintió que tomaba un matiz demasiado real e indiscutible. Lo que decidiera hacer en ese momento no le permitiría volver atrás.

—Sí.

—Supongo que usted por su cuenta habrá pensado mucho al respecto, pero, aun así, es mi deber preguntarle si tiene plena consciencia de a lo que se somete viniendo aquí.

—Créame, lo he hecho y estoy dispuesto a seguir adelante.

—Señor Waterlok —dijo Lady Maribelle sin sonrisa, viéndolo con gravedad—, usted vino aquí a ser asesinado. Ahora bien, nosotros no aceptamos a ninguna persona aquí sin antes haber investigado sus antecedentes. Todo lo que alguna vez se pudiera conocer respecto a usted o su familia lo hemos averiguado, y déjeme decirle que con un apellido como el suyo no ha sido nada difícil. Su familia tiene una larga historia vendiendo metales por todo el continente y la fortuna que han conseguido los pone, socialmente hablando, casi al mismo nivel que la realeza. Con un futuro tan brillante y prometedor, tantas posibilidades delante de usted, no puedo sino preguntarme por qué alguien así querría acabar con su vida —Tras unos segundos en silencio, en los que Alexander sólo pudo contemplar el escritorio, Lady Maribelle continuó—: Usted no es el primero de su clase que recibimos aquí, eso es cierto. Pero los motivos suelen saltar a la vista fácilmente. Una deuda demasiado grande, eliminación de la competencia, depresión. Incluso hemos recibido a uno quien dijo estar aburrido. Usted no encaja en ninguna de esas explicaciones, a menos que sea tan extraordinario actor que debería darle mis felicitaciones.

—¿Importa acaso…?

—Importa, señor Waterlok. A nosotros, a diferencia de tantos otros que le prometen una absoluta indiferencia, y quizá le entreguen un trabajo inferior, nos importa que usted tome la decisión correcta. Queremos ser su última opción, no sólo la que se le ocurrió en medio de una noche ociosa. Sólo así estaremos moralmente preparados para actuar. ¿Lo comprende?

—Sí, pero, lady Maribelle, le aseguro que este no un capricho pasajero. Le he dedicado mucho tiempo a la idea y esta realmente ha sido la única posible para mí.

—Bien —La sonrisa regresó, ligera y comprensiva—. Entonces no tendrá ningún problema en convencerme de sus razones.

Alexander seguía dudando pero, una vez habló de sus problemas, resultó sencillo seguir hasta ese punto. Empezó en el internado londinense donde sus padres lo enviaron al cumplir los quince años. Buenas notas, buenos amigos y relaciones de cordialidad con sus maestros, la mayoría viejos amigos de sus padres. Los primeros dos años los pasó atravesando los mismos problemas y pequeños dramas que todos sus compañeros, excepto en una sola materia: las chicas. A Alexander le parecía que sus compañeros estaban obsesionados con el tema, que lo bebían como si fuera su primera bebida alcohólica y quisieran dedicarse al oficio del borracho. Hablaban de ellas en las comidas, en los recreos, en los paseos escolares, cuando no hacían los deberes y mientras los hacían. En murmullos si podían oírlos los maestros, en voz alta y entre risas cuando estaban solos. Sus cartas iban dirigidas a ellas. Sus ideales y deseos tenían nombres femeninos.

Nunca pensó que las mujeres de por sí tuvieran algo malo. Eran hermosas y elegantes. Los perfumes que usaban eran siempre mejores que los de los hombres. Amaba a su madre como cualquier muchacho lo haría. Pero, por más que se esforzaba, no podía hablar del tema con el mismo entusiasmo que los demás. Si la conversación duraba más de cinco frases significaba un gran esfuerzo mental por su parte.

Hasta que cumplió los diecisiete años no tenía idea de cuán diferente lo hacía su falta de interés. Ese fue el año en que se inscribió en el equipo de fútbol y conoció a Ted Brooks, quien casi de inmediato se volvería su mejor amigo en el campus. Su amistad fue tal que acabó alejándose lentamente de sus viejos amigos sin darse cuenta, pues cuando no estaba con él sólo de él podía hablar. Pasando de los celadores que vigilaban los pasillos, solían meterse en la habitación del otro hasta horas más allá de las permitidas. La transición de los chistes privados a la intimidad física sucedió en una sola noche tormentosa en la que estaban hasta el tope con deberes. Como solía sucederles, se olvidaron de los trabajos pronto para concentrarse en los nuevos secretos en el cuerpo ajeno.

Todas las ideas de las que había estado disfrutando en la soledad de su mente se vieron eclipsadas por la mera visión de ese pecho ancho, más de hombre que de muchacho, y las manos que lo guiaban para tocarlo de la forma que a él le gustaba. Para Ted nada de aquello era nuevo, pero supo conducir sus precipitadas ansias de forma que resultara pleno, satisfactorio y memorable para ambos. Unos meses más tarde se graduaban. Mientras él iba a Oxford como padre lo hizo una vez, Ted se fue por otro camino y perdieron el contacto.

Fue doloroso darse cuenta de que todo se había terminado. Creyó que sería un recuerdo enterrado, olvidado entre las pequeñas historias inconfesables de la juventud, pero pronto entendió que sus fantasías no acababan ahí. Ted no había sido el final, sino el principio de una obsesión particular incapaz de compartirse.

Visitó lugares secretos. Aprendió contraseñas que nadie sabía y conoció sabores de pieles de todas las tonalidades. Dominó el arte del placer propio y ajeno, hundiéndose en el humo agrio de opio e incienso sobre cojines rellenos de plumas. Leyó Teleny o El reverso de la medalla, atribuida al maravilloso Oscar Wilde, mientras jóvenes de ensueño se dedicaban a frotarle los pies con aceites importados. Era como un niño disfrutando de su nuevo escondite, curioso e insaciable.

JdO_2013 (1)

Cuando veía señores respetables con más edad que su padre en esos círculos estaba seguro de que no quería aceptar eso como su futuro. Resultaba repulsivo y vergonzoso verlos, con sus pieles arrugadas y escasas canas, pidiendo favores de los muchachos disponibles. No había nada digno en ellos, sólo patetismo y fragilidad. Sabía que todo no eran más que juegos en un espacio imaginario. El mundo real estaba ahí afuera y lo esperaba para que tomara su lugar correspondiente.

Eso era hasta que tuvo la desgracia a aquel estudiante que apareció junto a un señor distribuidor de pieles. El susodicho caballero se lo entregó sin complicaciones, confesándole que ya estaba empezando a cansarse de él. No entendió cómo era posible algo así. Se enamoró como un idiota y, cuando al muchacho se le acabó el dinero del mercader, pensó que sería ideal invitarlo a quedarse en su casa hasta que se recuperara. Padre, cuya casa sólo la separaba una calle, acabó descubriendo la naturaleza de sus relaciones pero no se lo dijo directamente. En su lugar, arregló que el muchacho fuera expulsado del instinto adonde iba y que no le quedara otro remedio que regresar a la casa familiar.

Padre le dijo que debería estarle agradecido de que se hubiera tomado tantas molestias por arreglar el problema de forma tan discreta. ¿Acaso no tenía idea de lo que podría pasar si la gente se enteraba de en qué clase de aberraciones andaba? Un escándalo social sería el menor de sus problemas cuando los clientes se negaran a tener tratos con una familia de enfermos. Podría haber contratado gente para que quitaran al muchacho de en medio de una forma más definitiva. Gente que ni siquiera permitiría que alguien supiera qué fue de él. Los conocía y podía contactar con ellos en cualquier momento. Pero a fin de cuentas se dijo que los padres podrían empezar a averiguar cosas y mejor evitarse los imprevistos.

Alexander escuchó el sermón sin acertar a tener otra idea que la enorme vergüenza que significaba tener a su padre enterado del asunto. No se suponía que nadie nunca lo supiera ni que llegara al extremo en que alguien, su padre entre todas las personas, tuviera que intervenir. Inmediatamente después de aquella reunión decidió cortar sus relaciones secretas de una tajada.

—Pero no sirvió de nada —le dijo a Lady Maribelle, cuya expresión impertérrita era la misma desde el inicio. En ningún momento le había interrumpido ni pedido aclaraciones, como si nada de aquello la desconcertara—. Los deseos continuaban ahí. Probé con prostitutas, incluso logré por unos meses sostener algo parecido a un romance con una mujer que mi madre ya había etiquetado como mi esposa. Ella se dio cuenta de que no tenía sentido para mí y me dejó. Ahí fue que entendí que esto seguiría así mientras yo siguiera con vida. Cuando me padre murió hace unos meses, revolviendo entre sus cosas encontré los documentos que me permitieron localizarlos. Ustedes y el servicio que pueden ofrecerme son la única solución que me queda. ¿Aceptarán mi pedido?

—Veo cuál es su disyuntiva —dijo la dama tranquilamente—, pero no comprendo todavía por qué necesariamente esta es la respuesta. Usted podría haber viajado a otro sitio, cambiar su apariencia, tomar otro nombre y sería libre de vivir su vida como le placiera sin pensar en las consecuencias que tendría para terceros. Sé de cierta gente que…

—Si quisiera vivir una mentira hacía tiempo me habría casado —repuso Alexander, irguiéndose por primera vez desde que llegó—. ¿No tengo derecho a irme en paz, sin tener que recurrir más que a una última artimaña? ¿No entiende que ya estoy harto del secretismo? Es suficientemente complicado vivir una vida, ¡pero vivir dos es inaguantable! Tarde o temprano una de las dos acabará imponiéndose y si la mía lo hiciera no beneficiaría a nadie.

Alexander se dejó hundir en la silla, recuperando el aliento. Lady Maribelle lo observó hacerlo en silencio. Al fin, Alexander habló de nuevo:

—Lo lamento… ese fue un exabrupto de mi parte.

—Sí —concordó la dama, cruzando ambas manos sobre el escritorio—. Sí, lo fue y lo disculpo, pero que no se vuelva a repetir. No me gusta hablar con gente propenso a ellos. Es imposible tener una conversación civilizada si todos nos la pasamos gritando.

—Lo siento. Pero ¿ve por qué no tengo otra salida? Haga lo que haga, siempre estaré fingiendo. Quiero acabar con el acto de una vez.

—Es muy noble de su parte.

—¿Lo es? —Alexander se rió—. No, yo sé que es por mí. Sé de qué manera sería feliz y que no la conseguiré aquí. Los orientales creen que después de la muerte uno sólo regresa bajo una nueva forma. Quizá yo vuelva como una mujer y entonces no tendría problema en casarme.

—Nunca se sabe —aceptó Lady Maribelle en tono neutro.

A continuación sacó unos pergaminos de los cajones y le indicó dónde firmar. Le dijo en qué parque esperar, la hora y día en la que debería esperarlos. Al finalizar Alexander se dio cuenta de que todavía no sabía nada acerca de cuánto le costaría. Cuando se lo preguntó, ella volvió a esbozar su sonrisa de amistosa bienvenida y dijo:

—¿No lo sabía? Nosotros nunca aceptamos dinero a cambio. Podría decirse que esta es la segunda vida que manejamos. Nuestra única recompensa es el placer tras un trabajo cumplido.

Alexander estuvo a punto de recriminarle hablar como si les encantara matar a la gente, pero a último momento mantuvo la boca cerrada. No tenía derecho a protestar si fue él quien vino a ellos voluntariamente, quien se ofrecía para el sacrificio. Irónicamente se dijo que al menos su muerte sería de provecho para alguien. Lo lamentaba por su madre, pero su familia era amplia y la consolarían.

—Listo —dijo, levantándose del suelo. Cincuenta Ave Marías consecutivas deberían ser suficientes—. Lamento haberte hecho esperar tanto tiempo.

—Está bien.

Alexander se volvió. El joven se había librado del moño que sostenía su cabello y este yacía esparcido por sus hombros. La camisa, sin chaleco, estaba abierta mostrando el pecho musculoso. También se había quitado los zapatos y balanceaba los pies desnudos en el borde de la cama. Cuando vio que acababa, se puso en pie y se le acercó. Era apenas un poco más bajo que él.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

—No entiendo.

El joven tomó su mano, más áspera y ancha, llevándola a su rostro. Abrió la boca para alojar en su interior el dedo índice, sobre la suave y rosada lengua. Cerró los labios alrededor del segundo falange y chupó la piel hasta la punta de la uña.

En esa soleada tarde de otoño el ambiente había sido fresco. De pronto fue como un día de verano.

—No es tan complicado. Lady Maribelle creyó que esta sería la mejor manera de pasar tu última noche —Le cogió la otra mano y la colocó sobre su cadera, encima del cinturón de cuero negro. En el proceso había dado otro paso—. Puedes hacer conmigo todo lo que quieras. Esta será tu despedida del mundo.

—¿En serio?

A Alexander le pareció demasiado bueno para ser verdad. El joven era deseable, de eso no cabía duda, pero la idea de tener paso ilimitado a su cuerpo, aunque no sería el primero, le resultó atemorizante. El último de todos. El final.

—Sí —Le puso ambas manos a los lados de su rostro y lo bajó a la altura de su boca. No lo besó por muy poco—. Soy todo tuyo hasta la medianoche.

Alexander tragó.

—Entiendo —dijo, rodeando la espalda bajo la camisa. La piel caliente resultaba sedosa al tacto. Sentía su respiración relajada como el ronroneo de un gato satisfecho—. ¿Cómo te llamas?

El joven sonrió.

—¿Cómo quieres llamarme?

—¿No puedes darme un nombre?

Los hermosos ojos verdes lo miraron.

—Llámame Morfeo.

Alexander también sonrió. Sonaba apropiado.

—Está bien, Morfeo —Le rodeó ambos hombros con las manos y le sacó la camisa de encima. La completa figura era atlética pero delgada. Arrojó la prenda sobre la silla que le sirviera momentáneamente de iglesia—. Seguro que sabes lo hermoso que eres. Hazle saber a Lady Maribelle que agradezco su amabilidad.

—Lo haré —Morfeo tiró de su corbata marrón para besarle en el cuello.

Mordió ligeramente la piel y la dejó ir, lamiendo la sutil marca de sus dientes. Mientras él continuaba con su tarea de hacerle saber el control perfecto sobre sus labios, Alexander maniobró cual experto para abrirle los pantalones, haciéndolos deslizarse por las largas piernas. Palpó el centro de la entrepierna y su peso cálido, las formas redondeadas acabaron de calentar cada fibra en su cuerpo. Morfeo se libró de los pantalones con una sola patada y procedió a desnudarlo.

Chaqueta, chaleco, corbata, camisa, calcetines, ropa interior. Al final todo se reunió en el mismo rincón.

—¿No te molesta un poco de desorden? —preguntó Morfeo.

Alexander se tomó un segundo para apreciar la visión al descubierto del último regalo que tendría en el mundo. El muchacho, consciente de sus pensamientos, lo complació elevando los brazos, dando una lenta vuelta que exhibiera las firmes nalgas blancas.

—No, está perfecto así.

Alexander lo llevó a la cama, la cabeza recostándose sobre la amplia almohada roja. Recorrió de arriba abajo el juvenil cuerpo, embriagado por la fragancia que exudaba. Había sido tanto tiempo desde la última vez que probara a un hombre, que casi había olvidado el imposible magnetismo que tenían sobre él, la insoportable necesidad de sentirlos, besarlos, beberlos hasta el fin. Una vida sin ellos era impensable, como pedirle a la monja que no rece o al artista que haga a un lado el pincel.

De verdad no se había equivocado al escoger ese camino, pensó Alexander probando los pequeños pezones y ganándose un encantador sonido a cambio. No le importaba si era natural o aprendido porque de por sí era fácil de disfrutar, justo lo que pensaba hacer. Sin preguntas, sin dudas, sin preocuparse por el futuro. Por primera vez desde que padre metiera las narices, volvía a sentirse libre.

Morfeo se agitó un poco. Alzó el rostro para hacerle saber que el arte de besar a profundidad no era en lo absoluto desconocido. Alexander se sintió como si hubiera bebido de un trago un vaso de whisky. Atontado, estuvo a punto de perderse el sentido de las palabras que el joven susurró sobre su oreja.

—Quiero probarte.

—Sí, sí.

Alexander lo vio deslizarse rápidamente bajo su cuerpo y sus manos impulsándolo a acostarse en la cama. Desde su posición, el mentón apoyándose sobre la clavícula, vio a Morfeo coger su parte más sensible y repetir la misma acción que realizara con su dedo. Los ojos verdes se le clavaron encima con descaro, chupando y lamiendo, chupando y lamiendo, como si quisiera asegurarse de que no se perdiera el menor detalle. La habilidad con que se manejaba hizo olvidar a Alexander que en otras oportunidades esa manía la consideraba vulgar, por lo tanto desviaba la vista al instante, avergonzado por cuanto mayor era su excitación.

Esa noche observó claramente los restos de saliva sobre su piel de tono más oscuro que el resto de su cuerpo, la forma en que las venas relucían de goloso deleite en la luz antes de desaparecer. Los juegos de lengua y justa presión de los dedos le retrotrajeron a sus primeros encuentros, cuando él era el virgen inexperto y sólo estaba ahí para ser maravillado. Habían pasado varios años desde entonces y, sin embargo, resultó de lo más fácil sentirse de nuevo en aquel cuerpo menos desarrollado, en aquella mente más ingenua. Su mente estaba llena de ilusiones y fantasías imposibles. Creía que podría durar por siempre, que debía hacerlo para que la vida mereciera la pena seguirla adelante.

Se entregó a Morfeo (qué apropiado) como si fuera un alumno ansioso de aprendizaje y Morfeo lo tomó con displicencia, conociendo la mejor manera de guiar sus más potentes impulsos. Exhalaciones cuyo sonido se había olvidado que podía realizar salieron espontáneamente antes las múltiples caricias, rompiendo sin piedad cada capa de monotonía en su mente. No obstante, cuando el joven amenazó con abrirle las piernas y Alexander percibió el roce de su nariz todavía más abajo, su cuello se tensó al erguirse.

—No hace falta…

—¿No quieres que lo haga?

Ante la ausencia de respuesta, Morfeo separó con suavidad sus carnes y sumergió su boca en el centro. El impacto del contacto húmedo obligó a Alexander a jadear, a apretar los dedos de manos y pies y ver la cabecera de la cama. Una cabecera circular con el centro lleno de flores talladas sobre la superficie de madera, barnizada y brillante. Mientras sus dientes se le hundían en el labio inferior, creyó, demente, que las flores estaban vivas y ellos no estaban ahí, en una habitación cualquiera de un hotel sin ningún renombre, sino en un campo floral bajo el sol. Las flores no se marchitaban porque se hallaban en plena primavera. En cuanto Morfeo forzó un poco más el músculo, empezando a abrir el camino, se olvidó de esa imagen y volvió a pensar en hojas de vibrante verde.

Era bueno. Era excelente, divino. Ningún placer que creyeran sentir los santos podía compararse a esa sensación de inminente disolución. Pero aún recordaba algo de antiguos encuentros y supo reconocer el deseo preciso que satisficiera su voluntad. Balbuceando las palabras, expresó con una claridad nada digna de un caballero lo que pretendía del joven. Morfeo se detuvo en sus atenciones. Dejó que la gravedad pusiera en su lugar lo que había mantenido movido y se alzó sobre él como un sol negro sobre una nube. Los sedosos mechones le rozaron las mejillas.

Alexander agarró sus carnes, las apretujó y mimó hasta sus miembros alcanzaban mientras el joven se ponía en posición. Siguió extasiado el pequeño ritual de ensalivarse los dedos para facilitar el proceso. Cada movimiento suyo era un reto, un desafío a su tranquilidad, a su cordura, a la realidad de todos los días. Alexander tenía las manos ahí para dirigir el lento, tortuoso descenso hacia el placer, pero percibió claramente que a Morfeo no le hacía falta. El recibimiento fue caluroso y abierto, como un encuentro deseado entre dos amigos que ni siquiera sabían lo mucho que se extrañaban hasta que estuvieron cara a cara por casualidades de la fortuna. Alexander se mantuvo a la expectativa de cualquier muestra de descontento, una mueca o algo semejante, pero el sonrosado rostro de Morfeo sólo reveló una breve incomodidad, apenas un parpadeo, antes de esbozar una sonrisa de diablo provocador. Alexander deseó besarlo, pero refrenó el deseo y en cambio se concentró en lo perfecto que las piezas encajaban juntas, frotándose apenas después de un segundo para aceptar el ensamblaje.

—¡Oh Dios!

Alexander se oyó y pensó que jamás había llamado al Creador con el mismo fervor en ninguna iglesia. Probablemente acabaría en el infierno por esa idea, si es que no estaban ya esperándolo ahí por poner su firma en el pergamino de Lady Maribelle. De cualquier manera lo hecho, hecho estaba y de momento se le había sido concedido esa entrada al paraíso.

Morfeo tenía piernas de músculos flexibles. Acostumbrado al ejercicio de ellos, moverlos con ritmo no parecía representarle ningún esfuerzo. Alexander sabía de compañeros que se cansaban de ser jinetes y debían ser montados en su lugar, obligándolo a una frustrante interrupción de sus actividades. Abrazó el joven cuerpo y, mientras Morfeo se valía de un magnífico control sobre su cintura para hacer el exquisito roce, se dedicó a mordisquear la curvatura de los hombros, besar los músculos duros de los brazos y reseguir con la lengua las venas hinchadas del cuello.

Aunque fuera una impresión claramente errónea, se sentía nuevo. Un ángel pronto a caer por someterse a los pecados de la carne, antes desconocidos para él. Lo que deseaba más que nada era morderlo, morder tan fuerte que la marca que dejaría en su piel permanecería como un recuerdo de su existencia entera, un testimonio de que sí había estado en esa parte del mundo. Otros hombres lo verían y Morfeo también en el espejo. Dejaría de ser un lienzo en blanco para siempre.

—Déjame a mí —dijo el joven empujándolo de los hombros de vuelta a la cama.

Colocó ambas manos a los lados de su cabeza e hizo la peor cosa posible, apretando las paredes de su interior y forzando, de golpe y porrazo, una morosidad de movimientos que a Alexander finalmente le permitió recuperar el aliento a cambio de sentirse succionado a una trampa de arenas movedizas. Duro, suave, ligero, brutal. Tuvo tiempo de ver realmente lo que sucedía en el punto de unión de sus cuerpos. Se fijó en el brillo de la luz sobre la frente despejada y la dilatación de su nariz al dejar escapar el aire.

Los verdes aparecían y desaparecían en cada parpadeo como luces defectuosas, a punto de dar su última chispa. Pero los focos siempre estaban fijos en su persona y, aunque fuera su cuerpo el ultrajado y estuviera cumpliendo un deseo ajeno, resultaba absurdamente claro quién ostentaba el control en la habitación. No debía tener más de veinticinco años, pero comprendía los sutiles mecanismo con los cuales opacar la voz de la edad, algo que él sólo había logrado imitar tras mucho ensayo y error, tras mucho olvidarse de lo que más deseaba.

Algunos entraban para ser seducidos y otras entraban para seducir. Desde sus primeros juegos de adulto Alexander no tenía dudas sobre en qué categoría caía. Probó aun así, convencido de que sólo así podría obtener una experiencia plena en ese nuevo mundo. O Lady Maribelle había intuido correctamente o incluso hasta ahí habían llegado sus averiguaciones. En cualquier caso, no podía estar más agradecido con el regalo.

La culminación final apareció sin aviso. En medio de las continuas olas de fuego que consumían sus entrañas, el orgasmo surgió y estalló contra ellas, sobrecogiéndolo con su intensidad. Antes ducho en el tema, recordó de pronto cómo hurgar en ese trueno voraz y ahogarse en su centro, haciendo vibrar sus venas hasta el punto en que creían que iban a romperse. Un viejo conocido de aquella época solía decir “si al final no crees que habría valido la pena entregar la vida, no vale la pena en lo absoluto”.

Disfrutando del estremecimiento dejado atrás, viendo con una sonrisa embobada al Morfeo que le daría su último sueño, Alexander pensó que sí, sí, lo valía totalmente. Cuando el joven le levantó la mano para ayudarlo a llegar al mismo puerto, Alexander brindó su asistencia lo mejor que pudo y su cuerpo todavía templó con suavidad cuando recibió la ardiente recompensa sobre su estómago. Dibujó tres líneas sobre su ombligo al recogerlo en sus dedos para llevárselo a la boca. El sabor ligeramente dulce le encantó. Continuó degustándolo hasta acabar con la última gota.

Después de darse un baño cada uno y volver a arreglarse, Alexander preguntó qué pasaría ahora.

—Nada especial. Lo que tú debes hacer es volver a casa como harías en un día normal. Nosotros nos encargaremos del resto.

Alexander asintió en silencio. Era una noche estrellada afuera y cierta brisa se colaba en la habitación por la ventana. Desde cualquier punto de vista, era un buen momento para pasear.

—¿Puedo pedirte algo? —dijo, volviéndose al joven.

Morfeo estaba arreglándose el moño para sostener el cabello todavía reluciente, pero se giró para demostrarle que tenía toda su atención.

—Dime.

—Es sólo… que no quiero sufrir. Sea lo que sea que tengan planeado no me opondré pero deseo evitarme el dolor.

Morfeo cabeceó, serio y circunspecto. Entendía, o al menos simulaba entender, la importancia de semejante petición.

—Así será.

Alexander salió del hotel donde Morfeo decidió quedarse. Las agujas en su reloj le indicaron que era pasada la medianoche. El aire lo recibió con una claridad inesperada, bienvenida. Era extraño pero percibía al mundo con mucha más intensidad que antes. Todos los olores de la calle, sus sonidos, colores, se le presentaron a su paso en un nuevo grado de intensidad capaz de hipnotizarlo. Contemplar el trote de los caballos conduciendo los coches nunca le había parecido tan llamativo antes, tan lleno de poderío secreto y elegancia natural.

“¿Es esto lo que se siente estar a punto de morir?”, pensaba, fascinado con su ambiente. “Debe ser, porque de otra manera no puedo explicarme descubrir sólo ahora semejante belleza”.

A una acera de su casa, notó por el rabillo del ojo a un hombre cubierto por una capa negra atravesar la calle a toda velocidad. La luna llena le mereció una mayor dedicación. Parecía especialmente grande, tan próxima que estaba seguro de poder identificar las manchas de cráteres que la rodeaban. Iba con la nuca inclinada hacia abajo cuando el hombre, caminando despacio, se puso a un paso de sus espaldas y sacó un arma de entre sus ropas, apuntando precisamente a aquel punto.

Morfeo había tenido razón, al fin y al cabo. No dolió. Alexander oyó un estallido, muy breve, y luego un empujón rápido. No se enteró de otra cosa más allá de la visión del suelo viniéndosele encima.

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2 pensamientos en “Una última noche

  1. Hermoso pero muy triste a la vez. El erotismo solo es un acento al drama de la historia. El dilema de Alexander Waterlok es muy realista y comprensible. Dadas las circunstancias, es casi entendible que el “asesinato consentido” haya sido su unica salida para algo que era tormento y placer.

    Muy buena historia, as usual.

    Besos!

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