Medidas extremas

Género: ciencia ficción.

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Blick repasó lo que sabía. ¿Dónde estaba? En el maldito desierto de Marte. ¿Cómo llegó ahí? El cochino Concejo Líder lo exilió. Abrieron las compuertas y lo arrojaron como si no importara. Menos mal que tenía las ventosas aerodinámicas propia de su especie o qué linda mancha habría dejado sobre la dura piedra. Pero al caso. ¿Por qué estaba ahí? Porque tuvo que hacer caso de los discursos razonables y lógicos de su compañero astral, Borr, para liberar a los humanos capturados en los Centros de Almacenamiento hasta que estuvieran aptos para “servir a la nutrición” de Rangot. Borr siempre había sido un suave.


Desde que su vecino tuviera la brillante idea de adquirir un bebé mutante humano (pequeño tamaño, autonomía aceptable) como mascota y la horrenda criatura le posara encima sus minúsculos ojos rosados, Borr le había estado dando vueltas a la situación de esa especie. No de los idiotas y retrasados que destruían su preciosa Tierra, cuya situación realmente le importaba un pimiento a nadie, total, era su culpa, sino de los que eran cazados anualmente por los exploradores. Blick percibía cada vez que tocaba las escamas de su cuerpo. La conexión entre ellos incluso le permitía a Borr percibir su creciente aburrimiento del tema, así como a él saber de su decepción.
Le habló de las terribles condiciones en que eran capturados, de que los pocos humanos que salían libres luego acababan heridos en sus frágiles psiques por toda la vida. La única cura que encontraban era llenarse hasta el tope con sustancias modificadores de la conducta o enterrar el recuerdo en lo más profundo, generándoles más desórdenes mentales de los que originalmente deberían tener. La mayoría de los Rangotianos no tenían ni idea del impacto que la caza había tenido en ellos. El sufrimiento por el cual sus suaves carnes (tan deliciosas con los correctos condimentos) pasaban antes de pasar a su plato. ¿Tenía una idea del estado mental en que estaban siquiera antes de ser degollado? El suicidio dentro de los Centro de Almacenamiento era el pan de cada día para sus trabajadores.
-Mejor para nosotros, ¿no? Nos ahorramos el tener que matarlos –dijo fríamente.
Y al final Borr ganó. Blick llegó a convencerse de que la liberación era la movida más apropiada a realizar. Ellos que presumían de haber superado la moral como un inútil impedimento para el avance de su civilización, ¿cómo podían mantenerse coherentes si promovían la matanza de seres estúpidos e inofensivos cuando no era necesario? Eran un aperitivo en las reuniones informales, un almuerzo ligero para los niños, eventual desayuno. ¡Nada de eso les hacía falta! Si con las plantas Logarts de Venus tenían más suficiente. Borr le atacó donde más le dolía para bajar sus defensas: en su completo desprecio por lo que no fuera absolutamente útil y necesario.
La penetración en los Centros fue sencilla contando con la pareja de cambiaformas, Ren y Funk. La evasión de los sistemas de seguridad a cargo de los androides orgánicos de Plutón. Destruir las jaulas provino de él. Borr y el resto del grupo lograron sacar a la mayoría de los humanos cuando estos, tomándolos por sus prisioneros, decidieron amotinarse. No podían comprender sus ondas mentales y ellos desconocían el arcaico lenguaje oral al que estaban habituados. Esos eran estudios especializados que no les competían en sus respectivos campos.
Los que habían guardado armas hechas con utensilios de comida o cepillos de dientes los sacaron. Los que tenían dientes fuertes los utilizaron. Los más altos y gruesos entre ellos usaron los dedos. Golpeaban fuerte esos idiotas. Incluso en medio del caos Borr le decía que no se preocupara, que era culpa de los malos tratos recibidos. Así era como sus primitivas mentes creían defenderse de futuros malos tratos. Aunque más bien estuvieran arruinando la última oportunidad que tenían.
El escándalo formado por ellos atrajo a los guardias. La sentencia fue inmediata y él no podía sino sumergirse en un bucle de frustración y molestia, repitiéndose la desagradable serie de circunstancias anteriores a su forzado aterrizaje. Era lo único que podía pensar sin degenerar en una visión innecesariamente oscura de su situación, aunque no tenía idea de cómo eso podía ser posible.
Bajo cualquier punto de vista estaba perdido. Sin Borr sus habilidades psíquicas eran prácticamente inexistentes, por lo tanto no podría armar refugios con su mente ni encontrar partículas de agua aptas para beber. Si quería cualquiera de las dos cosas debía recurrir a su cuerpo físico, algo impensable para él desde hacía eones. El colmo ya era el hambre. El fuerte y consumidor hambre. La hinchazón de su cuerpo ya había llegado hasta sus tres pies, dejando huellas tres veces más grandes de lo que eran al llegar.

 
Necesitaba comer pronto o su cuerpo se volvería una bola incapaz de moverse por su cuenta. Las células de su cuerpo, intentando proteger su interior, se multiplicarían aceleradamente, volviendo su piel dura y pesada. Finalmente el polvo lo cubriría. Pasaría el resto de su existencia como un elemento más del ambiente hasta que su mente, hastiada a más no poder, se resignara a la anulación de la consciencia. Ni él podía saber cuánto tiempo pasaría antes de llegar a ese punto.

 
Encontró la nave de pronto, sorpresivamente. Ni siquiera creyó que sería una nave a primera vista. El diseño era demasiado grande y parecía pesado. ¿Y dónde quedaba la zona que debería iluminarse cuando los protones se encendían? Al acercarse más vio un símbolo de colores primarios en un costado. En los Centros uno de los humanos dispuesto a apuñalarle llevaba el mismo en un hombro, por lo que debía ser un modelo muy antiguo de transporte espacial humano.

 
Más adelante, en una zona lisa limitada por colinas, una pequeña comunidad de humanos calentaban un par de extremidades frente a un mechero alimentado por un tanque verde. Los trajes que llevaban, negros y ajustados, también sostenían los tanques conectados a los protectores esféricos que envolvían sus encéfalos diminutos. Sus desagradables rostros estaban contraídos y a veces castañeaban los dientes.

 
En este estado primario resultaba muy difícil creer que de verdad fueran una de las fuentes de nutrición más populares. Sólo su aspecto era asqueroso, pero encima tenían todas esas células muertas cayendo constantemente de ellos, dejando la apestosa esencia de sus vidas por donde fuera que pasaran. Más les valiera tener un buen sistema de ventilación dentro de sus trajes o no se explicaba cómo podían soportarse a sí mismos. Los Centros de Almacenamiento por lo menos ofrecían un aire constantemente limpio. Deberían estarles agradecidos por enviarlos ahí.

 
Sus tres estómagos silbaron. Ya no podía ver sus ocho dedos. La capa protectora estaba comenzando a formarse en la parte más baja. Los vio de vuelta interactuar con las bocas en movimiento, mirándose con sus limitados receptores de luz. Se imaginó la peste que desprenderían. Horrible. Asqueroso.

 
Sacó las largas garras propias de su especie, sacando el par de brazos extra de emergencia en su espalda. Estaban brillantes y más ligeras que sus manos. Desde la infancia no las había visto. Se sorprendió por su aspecto… eficiente. Extremadamente útil dadas las circunstancias. Se irguió utilizando su cola. Le ayudaría a moverse rápido, más rápido que sus débiles reflejos.

 
Una vez alimentado, se animó, estaría en mejores condiciones de decidir su próximo movimiento.

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