Inspiración

Género: ciencia ficción.

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En frente del mar Gabriela lo vio por primera vez. Se había sentado en la arena para recuperar el aliento tras su primera caminata, con el sudor cayendo de sus mejillas coloradas, la coleta insuficiente para impedir que el cabello le estorbara y un pulsante dolor en el pecho. Condiciones miserables para conocer a cualquier hombre aunque, en verdad ¿quién se espera semejante imagen a esa hora en que el sol daba sus primeros guiños en el cielo? Pensaba en los kilómetros que le faltaban por recorrer antes de volver a casa y tomarse una interminable ducha, todas las que faltaban antes de la llegada del verano y el momento de lucir traje de baño, cuando alzó la cabeza.

Era hermoso. Hermoso en el sentido que le daban las mujeres a los hombres con los que indefectiblemente sueñan pero sólo las niñas creen que encontrarán un día. Una fantasía compuesta de deseos infantiles de protección, actores guapos en papeles de románticos y príncipes de películas animadas. Sólo lo vio de espaldas al principio. Una ancha y bronceada espalda falta de las más mínimas imperfecciones esperables, a saber; lunares, cicatrices, pigmentación desigual, hasta vello. Hombros fuertes, potentes, conectados a unos brazos en los que daría gusto acurrucarse y provocaría ronroneos en la más frígida.

Para colmo, encima de ese monumento a las fantasías frustradas, el ideal que debió inspirar a un autor anónimo (o autora) la creación de un joven llamado Adonis, el cabello negro relucía como seda sobre la cabeza mojada. Pero nada así podía ser verdad, su vida no era una novela romántica barata pretenciosa, por lo que casi se sintió aliviada al ver el elemento discordante de aquel cuadro. Sí, tenía un físico espectacular. Sí, su perfil sólo podía ser de un héroe épico. Sin embargo, el hecho de que a partir de su cadera siguiera una larga sucesión de escamas azul verdosas acabadas en una cola y brillantes como lentejuelas de cristal podía romper algunas burbujas.

La aparición duró unos instantes, los suficientes para que el ser marino tomara el sol deseado y viera el amanecer, antes de que volviera a sumergirse con un burbujeante chapoteo. Gabriela, escritora casada felizmente con la ciencia ficción, empezó a fabular acerca de una raza subterránea de hombres perfectos que debieron resignarse al fondo del mar cuando se dieron cuenta de que ninguna mujer (u otro hombre) iba a dejarlos en paz hasta obtener su absoluta belleza para ellos solos. Como vasijas, como carros, como juguetes sexuales exóticos. Celosos, posesivos, incluso agresivos y controladores. En un principio habían sido seres humanos, pero con antiguas ciencias hoy desconocidas de una civilización perdida consiguieron la fórmula para vivir donde ya no fueran más molestados y los únicos que podrían llamarse sus dueños serían ellos mismos.

Las mujeres más bellas (porque no es justo sugerir que sólo la belleza masculina atontaba) habrían hecho lo mismo, pero volviéndose en mujeres pájaro, viviendo en las altas montañas donde sería sencillo deshacerse de intrusos (e intrusas) desalmados. La historia cobró color, vida, olor, sentido mientras el sol naciente daba un apropiado brillo inspirador en sus ojos castaños. De pronto se levantó y volvió a correr, pero directo a su hogar para anotar de inmediato semejante idea. Iba con la sonrisa en los labios porque por primera vez en mucho tiempo volvía a sentir ese “algo”, el impulso furioso y apasionante de una novela (o cuento, todavía no sabía) desesperada por salir.

En la costa opuesta de la playa, alguien bajó unos prismáticos mucho más potentes que cualquiera que se encontrara en las tiendas. Su compañero, un muchacho de lentes que continuamente debía acomodar, controlaba a distancia al hombre sirena que volvía a ellos. Una vez el robot salió a la superficie, el joven revisó una pantalla táctil que le salía del brazo, tecleó unas cosas con dedos ligeros y leyó la información recibida:

-Disfunción temporal arreglada. Gabriela Pérez, escritora ganadora del premio Nébula, revolucionará los próximos años de ciencia ficción, lo que acabará influyendo de manera indirecta en la manipulación genética de seres humanos como método de supervivencia. Cuando se le pregunte qué le inspiró a escribir semejante obra dirá, con una sonrisa indescifrable, “una alucinación mientras ejercitaba después de quince años de inactividad, nada más que la de un hombre sirena en la playa”.

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