Microcuentos volterianos o algo así

Género: fantástico, terror.

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Visionarios
El Profeta salió a las calles en calzoncillos, gritando que el demonio había nacido en la casa de sus vecinos. Dio negativo en drogas y alcohol. Pero como seguía insistiendo en que debía matar al bebé y esparcir sus partes en los cuatro rincones de la Tierra, lo internaron. Adentro conoció a Otro Profeta que dijo creerle y le prometió ayudarlo a cumplir su misión.


La solución fue incendiar la cafetería en plena cena. Nadie prestó atención a las dos figuras fundiéndose en la noche. Al llegar a la casa noquearon a la madre y se llevaron al niño. Listo estaba el Profeta para hundir el cuchillo cuando el Otro Profeta le golpeó con una roca en la nuca. Libre al fin para llevar a cabo su sueño de toda la vida, tomó al niño en brazos y huyó.

Contra la oscuridad
Cada noche encendía las mismas velas que cercenaron la oscuridad en los ojos de sus abuelos y le rezaba al dios cornudo. Olía horrible, como gordas ratas hirviendo, pero lo hacía, aunque sus enemigos seguían vivos y nadie impidió que lo echaran de su casa. Para él era suficiente el hecho de que las velas (rojas, brillantes y que a veces dejaban caer astillas de huesos desconocidos) aparecieran intactas para el siguiente ritual. Su fe era tan modesta como las cajas en que dormía.
El diablo, que veía al apuesto vagabundo desde su nacimiento, casi lamentaba no poder cumplir ninguno de sus sádicos deseos dado a que su contrato expiró al morir la madre. Pero aun así le daba un buen uso a los cuerpos de los adictos desposeídos cuando los faros de la policía se apagaban en la distancia.

La víctima
Nadie entendió que ese idiota lo había estado acosando, dejando su pestilencia desesperada en los rincones de su hogar y encima le enviaba cartas reprochándole cada vez que lamía unos huesos sangrantes ajenos a los suyos. Nadie entendió que llegó a sentir miedo al encontrar enterrado en su pecho (a centímetros del corazón) una flecha de plata con una nota en la que le exigía una unión eterna y perfecta, lejos del aburrimiento normal en la que lo habían enclaustrado injustamente. Donde acotaba que si no se la daba él, la buscaría en otra parte, para luego aclarar que sólo lo quería a él, el asesino de su padre pedófilo. Sólo despertó una noche y no pudo bostezar a causa de un cuello rígido encajado en su mandíbula.
Nadie creyó su versión de la historia. Sencillamente era demasiado para creer.

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