Cera caliente

Género: terror.

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Rafael se consideraba un masoquista, pero incluso a la gente que compartía esta etiqueta le habría sido difícil entender el deseo más profundo de su vida entera. Él quería morir. Pero no como se solía pensar, con la simple pérdida de la vida, un hecho tan vulgar e insignificante que sucedía a cada segundo, sino de un modo bastante específico. Primero, debía doler; segundo, debía ser accidental.

Formaba parte de una fantasía con la que creía haber nacido. En esos momentos de contemplación introvertida cuando el profesor esperaba en silencio que acabaran algunos ejercicios matemáticos, y él tenía los suyos completos, la misma imagen venía a plantear el imaginario éxtasis que acompañaría sus horas finales. Morirse en medio de una monumental corrida mental, en la que cada fibra de su cuerpo chillara y se retorciera, en la que su cuerpo se hubiera vuelto el infierno hecho carne, inflamaba tanto sus ansias que debía reemplazarla sino quería andar exhibiendo su erección en el recreo. En la intimidad de su cuarto se entregaba, ya sin culpa ni remedio, a este juego suyo.

En su adolescencia, cuando aún creía que a lo mejor su mente calenturienta exageraba y en realidad sería suficiente con la muerte, intentó conseguirlo por su cuenta. Sin embargo, los resultados fueron más que decepcionantes. El ahogamiento por bolsa de plástico sólo le reportó picazón en la nariz. Ahorcarse con un cinturón atado al picaporte de una puerta a la que luego cerraría tardaba demasiado y era más desesperante que otra cosa. El cortar venas, vertical u horizontal, le dio sueño. Las pastillas no resistieron en su estómago. Un único brazo roto por su caída de las escaleras. Y lo que decían en Internet demostró ser cierto: era imposible ahogarse uno mismo en agua. No importaba el mucho empeño que uno le pusiera, el cuerpo se negaba a permanecer en su sitio. Era como un constante anticlímax que finalizaba una y otra vez con una aburrida visita al hospital, donde las enfermeras hacían apuestas entre ellas para ver cuánto tardaba en regresar.
Él decía que todo se trataba de accidentes desafortunados y sus padres, prefiriendo un torpe a un demente suicida, se lo tragaron. Sus intentos fallidos fueron las únicas causas de disgusto que tenían respecto a él: sacaba excelentes notas en la escuela y tanto los profesores como sus compañeros tenían buena opinión de él. Tenía amigos con los cuales hacía voluntariado, se anotaba en clases extracurriculares que le ayudarían a escoger buenas universidades e incluso una novia de buena familia, quien nunca sospechó que hacer beber a su conductor designado fue un acto absolutamente premeditado.

Se hallaba frustrado, inconforme y la rápida pérdida de su virginidad en el baño no había hecho más que recordarle ese otro placer que le era negado, ese que creía tan cerca pero fuera de su alcance. Invitar al muchacho a una cerveza tras otra, diciéndole que no había problema, que esas eran sin alcohol, había sido una farsa, como arrojar una moneda a la fuente de los deseos pidiendo porque se borraran todas sus deudas. Él no esperaba un real beneficio obrando así, pero costaba tan poca cosa, una moneda, un vaso, que pensó que no perdía nada intentándolo.

Milagrosamente, se equivocó. El viaje en zigzag por la calle abandonada, con las chicas divirtiéndose demasiado para dar cuenta de cada giro que las empujaba de un lado a otro y los chicos gritándole vocales entusiasmadas al aire nocturno, le tuvo con el pantalón a punto de reventar. En cada oportunidad en que un codo o rodilla chocaba contra su persona, Rafael decía “no hay problema” con la voz ronca, imaginado lo que sería si esos huesos llegaban a clavársele más profundo, hasta perforar la carne y haciendo estallar algún órgano importante. Cuando en un curva pensó en que sería su estómago, sintió la deliciosa necesidad de encogerse en su asiento. Cuando al doblar la esquina, tumbando un tacho de basurero, pensó en sus riñones aplastados percibió un leve cosquilleo por su uretra. Cuando visualizó sus pulmones rotos contuvo la respiración en un gemido ahogado.

-¿Te pasa algo? -le preguntó su novia, y esas serían sus últimas palabras.

Rodaron fuera del camino al querer evitar el encuentro con otros vehículos que se les acercaba. Nadie llevaba cinturón, por lo que fueron tres giros de locura en la que todos acabaron en sitios completamente diferentes a los que estaban al inicio y en un estado completamente diferente. Rafael despertó dos horas más tarde en la camilla de la ambulancia. Había sido el único sobreviviente y sus pantalones estaban manchados con algo más que sangre ajena. La pérdida iba a entristecerlo y le pesaría, pero mientras durara la bendita insensibilidad producto del shock se dio a pensar qué había hecho bien esta vez. Al tercer despertar de entre los somníferos lo descubrió.

Necesitaba verdaderos accidentes. Cosas más allá de su control. Su plena cooperación en el hecho arruinaba cualquier ilusión, mataba la pasión, hacía trizas su alegría. Pero la vida ordinaria era muy impredecible. Mañana podía ser atropellado por un automóvil. Un meteorito del tamaño de un dedo podía descender del cielo en el ángulo exacto para atravesarle el corazón. Cualquier día una araña letal podía escabullirse en su cama y darle besos mortales mientras dormía. Estas eran ideas consoladoras, excepto por dos detalles: la espera, para la cual él no tenía paciencia, y la inexactitud. ¿Cómo podía saber que ese auto lo mataría y no sólo lo plantaría en una silla de ruedas? ¿Cuáles eran las reales posibilidades de que no sólo un meteorito llegue a la tierra, sino que sea tan preciso y letal como una bala? ¿Quién le aseguraba que esa araña le daría la medida justa de dolor? ¿O siquiera que algo de ello le pasara a él y no a cualquier otro?

No. Si quería alcanzar la felicidad tal como su cuerpo y mente le exigían, debería salir a buscarla. Nadie se la iba a entregar en bandeja de plata. Con este nuevo destino impulsándole como ninguno lo había hecho antes, Rafael pasó por el proceso de recuperación en tiempo récord, sorprendiendo doctores y parientes por igual. Al salir del hospital sin ayuda se sentía listo para devorar el mundo y eso fue exactamente lo que hizo.

Pretextando una recién descubierta vocación por la fotografía, inició sus viajes alrededor del globo. Debido a la belleza de los lugares a los que terminaba parando y daba a conocer a través de su cámara, contaba con el dinero suficiente para seguir tentando su suerte. Le fue tan sencillo encontrar variadas posibilidades que a veces pensaba que debía haber otros como él con sus mismas apariciones. La única diferencia era que ellos habían sabido disimular su particular fetiche excusando propiedades curativas, ritualistas o mera adrenalina.

Después de cansarse con los métodos típicos (escalar, correr a la orilla de montañas, salto bungee de puentes, voluntariado en refugios para leones salvajes), decidió irse por el lado de la comida riesgosa. Probó serpiente de cascabel en Indonesia y bebió el veneno ofrecido en una copa, pero el líquido mortal jamás tocó su torrente sanguíneo. Ahorró su dinero para comer en una mesa suspendida en el aire junto a otros 21 comensales y, excepto por el tenedor de una señora, nada se cayó desde los 50 metros de altura. Comió fugu en restaurantes japoneses de dudosa calidad y, para su desgracia, resultó que los cocineros conocían el correcto modo de prepararlo. Devoró escorpiones chinos encontrándoles un mínimo sabor apetitoso. Insectos en México, quesos de Cerdeña servidos con larvas en su interior, sangre cruda y sopa de murciélago en el sudeste asiático, pulpos bebés crudos en Corea del Sur que se negaron a pegarle sus ventosas en el cuello y darle la anhelada asfixia. También consideró asistir al lugar de hamburguesas de Chandler, Arizona, donde las camareras se vestían de enfermeras sexys y todo se te ofrecía gratis si pesabas más de 150 kilos, pero le acabó dando demasiado asco sus famosas by-pass burgers, ni hablar de las cuádruples. Por no mencionar la idea de morir de forma tan patética, ahogado por su sebo natural.
Cosechando decepción tras decepción, Rafael estaba comenzando a perder la esperanza. ¿No habría sido una simple locura después de todo? ¿Una fantasía sin sentido como la de otros niños lo era volar sin necesidad de aviones? A lo mejor lo que en verdad necesitaba era una urgente cita con un psiquiatra y no atentar contra su vida por simple excitación sexual. Había gente que vivía perfectamente feliz sólo con imaginación y una mano constante. Quizá debería conformarse con ponerse trajes de cuero y aceptar de una vez que hombres con bigotes le azotaran con látigos mientras le gritaban obscenidades a la cara, mudo por el juguete de turno. Donde a una sola palabra todo se acabaría y el sujeto encargado le liberaría de sus ataduras, le preguntaría si estaba bien, qué necesitaba y le procuraría el mejor servicio disponible para evitar un hecho irreparable. Argh. Sólo de pensar en tanta seguridad se sentí adormilado.
Pero un día, tras hartarse de su porno favorito (las infames películas snuff), encontró un video que pretendía desde el título dar a conocer la muerte más dolorosa que el género humano pudiera disfrutar. Lo escuchó atentamente, sintiéndose excitar cuando el narrador se explayaba en los tormentos sufridos al ser prendidos en llamas, algo que ya había considerado y descartado por ser de difícil ejecución accidental, hasta que oyó la música dramática que acompañaba el anuncio a la respuesta a todos sus problemas: ser hervido vivo. La descripción de tan antiguo método de ejecución, difundido en varias partes del mundo, le hizo estremecer de deseo encima de su asiento. A medida que oía los gritos pregrabados que venían como ejemplo, se podía visualizar fácilmente a sí mismo dándolos igualmente. Incluso agregó una escena surrealista propia de película de terror: él levantando la mano, incrédulo por la situación en la que había caído, y en lugar de su conocida palma encontraba un grupo de huesos con músculos apenas sosteniéndolo junto. El brillo de la carne expuesta, perfectamente visible a pesar del vapor, daría cuenta de cuán real era su fin. Todo en su ser, hasta la más mínima porción, chillaría de dolor hasta quedarse afónica. Probablemente entrara en shock antes de que sus órganos se vieran afectados de forma directa. De entre los materiales disponibles para la dulce tortura podía escoger el agua (muy lenta), el aceite (muy difícil), alquitrán (costoso) o cera (¡perfecto!).

Ahora bien, tocaba pensar cómo lograrlo. Como se iba a tratar de algo que iba a durar su tiempo, casi media hora, debía asegurarse de que el desenlace sucediera mientras estaba solo y sin nadie que pudiera frustrarlo antes del final. Conseguir dónde hervir cera se le hizo bastante sencillo. Con su dinero dado por las fotografías compró un pequeño establecimiento y lo convirtió en un salón de belleza para mujeres, con los variados servicios que estas requerían de un sitio así. Hizo preparar una habitación sólo para contener la cera caliente para la depilación.

Consistía en una amplia caldera de hierro negro (para que se asemejara a las usadas en la Edad Media para hervir a los falsificadores de dinero) elevada hasta la altura de su cintura y con un canilla en la parte inferior que permitiría llenar los tarros necesarios. Abajo del mismo el suelo había sido ahuecado para albergar asas que se mantendrían ardientes durante todo el día. A los curiosos les inventó que esa era una manera conocida en un spa de Tailandia que permitía una mujer eliminación de los vellos, por no mencionar una mejor economía, porque siempre podían volver a utilizar la cera sobrante sólo echándola a la burbujeante superficie. Las primeras cinco empleadas eran mujeres apacibles y serviciales que ya tenían experiencia en sitios así, por lo tanto no necesitaban de ninguna asesoría. Una vez contratadas, aceptó al hombre más desagradable que se presentó al puesto de encargado de mantenimiento. La entrevista iba bien hasta que Rafael le preguntó, con absoluta calma, si aplicaba en un sitio de mujeres porque le gustaba recibir polla por el culo.

En lugar de actuar confundido, dándole la oportunidad de corregir lo que sin duda era un error de juicio, el hombre había reaccionado a la defensiva, poniéndose casi morado mientras reclamaba por semejante insulto. La mirada que le dio parecía la de un loco dispuesto a destrozarle la cara. Rafael, cuya experiencia en las personas le había preparado para una respuesta semajante, logró calmarlo diciendo sólo era una broma para ver con qué clase de hombre estaba tratando y que sin duda era a un hombre bien derecho como él al cual quería a cargo. No tenía tiempo ni tolerancia para maricones que se dejaban pisotear fácilmente, demostrando una despreciable falta de carácter. No. Lo necesitaba a él.

A pesar de esa primera tentativa, Rafael se aseguró de que cada día su salón necesitara la visita del hombre. Una cañería tapada, una luz parpadeante, un mosaico destruido. Cualquier excusa justificaba una llamada. Con el tiempo la vaga sospecha de unas segundas intenciones indecentes comenzó a nacer en la mente de su empleado, pero como Rafael actuaba de forma normal, pagándole más que en su anterior trabajo, se limitaba a hacer lo que le correspondía manteniendo una conveniente distancia. Rafael percibía lo mucho que le incomoda que ambos se quedaran solos en una habitación, razón de sobra para conseguir que sucediera lo más seguido posible. Percibía cerca el momento de actuar.

La noche antes de la gran conclusión, se aseguró de poner sus asuntos en orden. Dejó establecido en su testamento que, en caso de que algo le sucediera, el salón quedaría en manos de su empleada de mayor confianza y que el resto de sus ahorros fueran distribuidos a diversas obras de caridad destinadas a la mejora de la calidad de vida humana. No tenía deudas ni pagos pendientes desde hacía años.

Citó a su encargado de mantenimiento de emergencia una noche. Una tubería había estallado en la habitación de la cera y necesitaba de su ayuda antes de que el sitio se le indundara. No podía dejar que el agua llegara a la caldera. El hombre, sabiendo que una reparación así no podía ser barata, se presentó en poco tiempo llevando su infaltable caja de herramientas. El tubo de metal había atravesado la pared y para evitar que la fuente de calor se empapara, Rafael había dispuesto una fila de toallas para mantenerlo apartado. Después de reemplazar las partes dañadas, el hombre preparó una mezcla para cubrir el hoyo en la pared. Fue ahí que Rafael se le acercó por detrás y le susurró cosas oídas en películas gays por Internet.

-Hey, papi, ¿no me quieres cubrir otro hoyo?

La pelea fue instantánea. El hombre le apartó de un empujón, pero como este no fue lo bastante fuerte, Rafael volvió a intentarlo.

-No te hagas, cariño, yo sé que te gusto. ¿A qué le tienes miedo?

-¡Lo sabía! ¡Lo sabía, hijo de puta! ¡Eres igual a todos ellos, sucios maricones de mierda! ¡Deberían irse al infierno todos ustedes a que los coja el demonio!

“Eso intento hacer” pensó Rafael dejando caer sus pantalones, mostrando que lo único que tenía era una tanga roja demasiado delgada para cubrir nada. En otra vida, de ser otra persona, eso le habría excitado pero estaba completamente blando.

-No te preocupes, cielo. Yo no se lo diré a nadie si tú no lo haces.

El puñetazo llegó justo a tiempo por el lado izquierdo. Rafael se dejó conducir por la fuerza del golpe hasta pisar de mala manera en una de las toallas mojadas y, como era de esperar, resbaló. Su cintura golpeó el borde de hierro negro (caliente, caliente) y como sus piernas parecían incapaces de ponerse de acuerdo para mantener el equilibrio, acabó cayendo de cabeza en el interior del recipiente. El efecto inmediato le hizo abrir la boca, pero su grito se vio ahogado por más cera que llegó a tragar y quemarle la laringe durante todo su descenso al estómago.

En cierto momento, en medio de esa dulce agonía, sintió que tiraban de su mano y, por un momento, la mitad de su cuerpo logró emerger de entre la cera. Tuvo una visión borrosa del hombre con un hoyo negro abierto donde debería tener una boca y deseó, con la pura fuerza de la desesperación, poder informarle que ya podía darse por despedido. ¿Cómo se atrevía ese bruto a tratar de sacarlo? ¡Se suponía que era una bestia, un imbécil egoísta y egocéntrico que creía que su ombligo era la cosa más interesante de la tierra! Un hombre tan estrecho de mente que si veía a un maricón morirse en frente de sus narices, probablemente porque temía demasiado que sacaran a la luz su propia homosexualidad latente, le dejaría hacerlo sin importar cuánto este se retorciera pidiendo ayuda. ¡No, este no era el hombre que él creía, este inútil que trataba de arrebatarle su sueño!
Rafael, con sus piernas desarrollando ampollas y sus músculos vibrando en angustioso éxtasis, empujó contra el interior de la caldera para volverse a meter. Afortunadamente, logró liberarse, para consternación de su ex empleado, y esta vez se sumergió a cuerpo entero con los ojos abiertos. El líquido hirviente deshizo sus globos oculares como si fueran frágiles huevos. Continuó su camino por las cuencas vacías, llegando a envolver la parte frontal de su cráneo, la nariz por dentro y por fuera.
Todavía llevaba la camisa, lo que fue molesto, pero la tanga casi inexistente sirvió de ayuda para que el estímulo llegara hasta las zonas más íntimas de su cuerpo. Estaba en el paraíso del diablo. Ni siquiera le importó que su miembro se disolviera antes de poder correrse apropiadamente.
La ambulancia llegó diez minutos más tarde. Para entonces la sonrisa, junto al resto de su rostro, se había deshecho en cera roja.

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