Voces huecas. 5

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Lo habían contratado al muchacho una semana atrás para reemplazar a Alejandro (al final este prefirió dedicarse de lleno al estudio), pero era la primera vez que lo tenía tan cerca.

-Hola.

Desde entonces habían compartido un sólo turno a la mañana otras palabras que el saludo obligatorio del primer encuentro, cuando se lo presentaron. Era de un nombre corto que no recordaba haber oído antes junto a un apellido que le sonaba extraño, más propio de la invención que de la realidad.

-¿Te llamás Emma, no?

Era más bajo y delgado que él, aunque por poco. Miraba hacia arriba con unos grandes ojos azules impuros. El gel que utilizaba en el mojicano azul en su cabeza, peinándolo hacia atrás, desprendía brillos cada vez que movía la cabeza. A los lados el cabello negro se mantenía corto y lo bastante abundante para cubrir el color del cuero cabelludo. A pesar de los agujeros en los lóbulos no había piercings colgando.

-Te he visto el otro día por el centro, pero no me animaba a saludar. Andabas llevando una guitarra. ¿Sabés tocar?

Abel Catalejo. A quién se le ocurría, había pensado.

De pronto cayó en cuenta de que quería conversar.

-No -dijo, un poco perdido.

Era una situación nueva para él y no estaba seguro de cómo seguirla. Hubo un momento de silencio, que Emma decidió aprovechar para terminar de abotonarse la camisa. Justo cuando creía que el otro ya había perdido interés, volvió a hablarle.

-¿Y entonces para qué tenés la guitarra?

No sonaba como si le estuviera reclamando la incoherencia de poseer algo que no se sabía utilizar o como si estuviera decepcionado. Sonaba a una duda genuina que acababa de nacerle. Debía ser menor por un año o algo así. Dudó de la conveniencia de decirle la verdad antes de decidir que probablemente daba lo mismo.

-Para aprender.

-¿Ya sabes cómo?

-Más o menos -respondió Emma, para no mencionar que se había pasado una buena cantidad de minutos buscando una nueva cartilla clandestina para estudiante de la Universidad de Arte, especialidad Música, lo cual estaba seguro le costaría por lo menos una multa. O las restricciones en la red se habían endurecido, a pesar de los bunnys, o no recordaba lo complicado que era encontrar ciertas cosas.

Acabó de colocarse el uniforme y se dirigió al espejo para que le arreglara la maldita corbata de moño. No importaba las veces que viera el proceso, el nudo correcto era algo que siempre escapaba de sus manos. Cuando vio su reflejo de frente se dio cuenta de que atrás le seguía el chico Abel.

-Che, ¿querés ir a un concierto?

Emma pensó en la lista guardada en su Anon. La casilla blanca que podría marcar con una X negra. Lo vio a través del espejo y por primera vez se percató de que el muchacho era guapo, con una cara de expresión abierta que lucía incapaz de ocultar nada. Resultaba obvio por qué Eva lo había contratado.

-Sí, claro -Le sonrió.

——-

Quedaron de verse en la casa de Abel. Vivía en un barrio en las fronteras del centro, aunque era evidente que la vivienda así era antigua; dos pisos elevados sobre una escalera corta de cemento, flanqueada por un pasamanos de hierros ondulantes, y formas ovaladas en la división exterior. A diferencia de la mayoría de los edificios, plagados de ángulos rectos y transpirando eficiencia, en los costados se le veían grietas y manchas de diverso origen.

Tal como habían acordado, Emma se detuvo en la acera y le envió un mensaje al Anon del joven para decirle que ya lo esperaba afuera. Al cabo de unos segundos recibió las palabras “ya salgo” seguido de una carita feliz, la cual no era nada más que una versión caricaturesca de Abel sonriendo. Según lo que le había dicho, el señor Catalejo solía trabajar hasta tarde en la computadora y siendo así, lo mejor que podían hacer era salir sin más ceremonia, ya que le daba por hacerle demasiada conversación a quien sea que invitara. Incluso con el efecto de las pastillas en pleno apogeo, a Emma seguía sin hacerle gracia entretener a un viejo, por lo que no tuvo inconvenientes en aceptar el arreglo.

Mientras esperaba, se apoyó encima de la reja y vio el cielo. Esa noche el cielo morado permitió ver con toda claridad un trío de figuras oscuras en el borde de una casa cercana. Ahora sabía que eran ellas las que aleteaban en sus sueños sin hacer otra cosa y por Internet había averiguado que eran una especie de extinta hacía diez años de aves paseriformes, familia de los córvidos. El nombre común que recibían era cuervo. Los había visto posarse encima de las mesas de las personas en los puestos de comida sin que estas dejaran de comer, por lo cual acabó llegando a la conclusión de que, por alguna razón, sólo él podía verlos. Era la única explicación lógica considerando el poco revuelo que ya no sólo un montón de presuntos muertos, sino la existencia de cualquier animal callejero, generado por aquellos. Se podría haber sentido desconcertado e incluso asustado de semejante visión, pero en cierta forma le reconfortaban. Decoraban el ambiente de una manera que los árboles artificiales del centro o las estatuas móviles no podían conseguir, aunque todo lo que hicieran fuera permanecer estáticos, juntos como en una reunión secreta, antes de abrir las alas y perderse de vista.

Posiblemente fuera un efecto secundario de la medicina de Lilliand pero ¿de verdad era tan malo? Las aves no le hacían daño, no le ordenaban hacer las cosas que el hombre por su cuenta le pedía y no veía necesidad de hacer partícipe de semejante delirio a nadie, como tampoco pensaba hacerlo respecto a los sonidos salidos de la nada en medio de la más alta tensión, cuando pensaba que alguien se ensañaba con su cerebro para joderle la vida. Lo único que hacían era estar ahí y por él estaba bien así.

Cuando Abel finalmente abrió la puerta de su casa, el trío emplumado echó a volar. Todo lo que debían compartir entre sí, fuera lo que fuera, había sido compartido. Emma se volvió a su compañero de trabajo, que llevaba una mochila sujeta a los fijadores metálicos en su remera de terciopelo negro azulado. La porción de cabello azul caía libre y lisa a un lado de su rostro, debiendo recogérselo detrás de la oreja continuamente.

-Hola -dijo, adelantándose para besarle la mejilla-. Perdoná la espera, mi papá se puso pesado -Lo tomó del hombro y lo volteó a la luz para ver mejor la ropa que llevaba.

Emma esperó pacientemente. La única indicación que había recibido respecto a la ropa fue que mejor encajaría de negro, de modo que a ese color recurrió, tanto en la elección de una camisa tan larga como un vestido con mangas anchas como en los pantalones jeans sostenidos en sus caderas. La prenda superior estaba rasgada a los lados de su pecho, como branquias en el cuello de un pez, dejando ver la camiseta gris perla debajo.

-Te queda bien -aprobó el muchacho al fin.

-Repetime adónde es que vamos -pidió Emma-. No lo encontré en la red y ni idea de dónde queda.

-Ah, no muy lejos de aquí -Abel revisó la hora en su Anon. La carcaza del aparato estaba cubierta de calaveras multicolores, todas sonriendo sin motivo-. Sólo se puede llegar si te invitan. Lo viven cambiando por el tema de la música.

Asintió. Tenía sentido. Los dos comenzaron a avanzar por la calle, aunque más bien se trataba de Emma siguiéndole la pista a Abel en silencio. El corazón se le había subido hasta la garganta, haciéndole sentir su palpitar bajo la manzana de Adán. No podía dejar de tocarse los dedos sudorosos dentro de los bolsillos. Iba a ser la primera vez en un largo tiempo que compartiría espacio con una multitud y no sería por ningún otro motivo que para oír música en vivo. Trató de imaginar qué clase de aspecto tendría la banda, pero no consiguió si no era como los payasos de arcoíris que aparecían en los videos oficiales. Conocía sus voces potentes, las notas violentas que llegaban de pronto a asaltar el oído y hacer estremecer el cuerpo en un arranque de energía desconocida, pero no sabía nada de los rostros detrás de esas creaciones.

Esperaron en una parada de colectivo nocturno, ni la mitad de cómodo que los diurnos. La luz hacía ver a Abel mucho más pálido de lo que era, casi enfermizo, mientras este tecleaba en la pequeña pantalla. El balanceo de sus piernas hacía sonar las hebillas en sus botas.

-Che… -empezó Emma- ¿hace mucho que vas a estas cosas?

-Un par de años. En la primera aparecí casi por casualidad y, como vieron que me gustaba, siguieron invitándome. Vos vas a ser el primero al que invite yo.

-Ah -Emma se preguntó si correspondería dar gracias en ese caso.

En ese momento llegó el colectivo, liberándolo de la cuestión. Como era de esperar, el vehículo estaba prácticamente vacío y no tuvieron problema en encontrar un par de asientos al final, donde el ronroneo del motor que los mantenía por encima del nivel del suelo enviaba unas ligeras vibraciones desde sus traseros hasta la coronilla. En otros tiempo, justamente ese inconveniente había mantenido a Emma lejos de aquel medio de transporte en particular, pero con el efecto de las pastillas en su apogeo (cortesía de un tal Julio cuya fotografía necrológica fue sacada de su red social favorita), el movimiento se le hizo relajante y atractivo.

Había olvidado lo rápido que iban los colectivos nocturnos para compensar la falta de lujos. Seis minutos después de ver pasar como líneas brillantes las ventanas de las casas todavía encendidas, Abel se alzó en su asiento y tomó la agarradera del techo, esperando la detención absoluta. Pagaron la cuota de salida presionando la aplicación correspondiente aparecida en sus Anon antes de salir a una calle completamente diferente, donde abundaban las casas echadas a perder y algunas incluso ostentaban los rastros antiguos de grafitis anteriores a las reformas que los habían mantenido alejados de otras viviendas. Emma no tenía idea de dónde estaba, pero se imaginaba que era un lugar mucho más alejado incluso que el callejón con el holograma de la mujer en tacones. Por lo menos allá los edificios estaban limpios y cuidados. Lo que se estropeaban eran las personas. Ahí parecía que tanto uno como otro desmejoramiento iban de la mano.

Hacía frío esa noche.

-¿Por dónde? -preguntó Emma, ignorando la intranquilidad que quería picotearle el pecho.

Abel, como si no importara el ambiente, revisó las indicaciones en su Anon y señaló hacia la otra calle.

-Por allá.

Avanzaron hasta un edificio que algún día debió ser una casa preciosa de tres pisos, pero ahora sólo tenía para mostrar un techo faltante, ventanas rotas y las variadas erosiones de la materia causadas por muchas lluvias ácidas en caída libre. De haber sabido exactamente lo que significaba la palabra siniestra, Emma habría creído que iba perfecto con ese sitio. Parecía absolutamente abandonado y la idea de que eso fuera todo lo que iba a presenciar estuvo a punto de desanimarlo.

-Aquí -dijo Abel señalando el callejón entre la vivienda fracasada y una gemela con peor suerte. Cual si le diera igual adentrarse en terrenos oscuros, el muchacho se metió por ahí. Emma siguió el brillo de su pantalla-. Nos están esperando -anunció sin volver vista.

-¿Quiénes?

-Llegamos -dijo Abel, deteniéndose en el jardín trasero, si es que semejante minúsculo rectángulo de cemento podía ser llamado como tal.

Enfrentaba una puerta metálica que salía del suelo. Después de cierto esfuerzo mental, Emma recordó películas viejas donde la gente guardaba cosas en los sótanos y tenían entradas así. Pero sin duda en aquellas memorias hechas ficción, cuando un chico tocaba tres veces en determinado tono, no iba a abrirse por la fuerza de un asiático fortachón con los labios brillando en la oscuridad. El fortachón permaneció en su sitio mientras Abel volvía a teclear el Anon y cuando este le mostró una imagen, invisible para Emma, se hizo a un lado para permitirles pasar. La escalera era estrecha y oscura. La humedad se pegaba el cuerpo casi reclamándolo para sí.

Descendieron por más tiempo del que hubiera esperado, finalmente llegando a otra puerta metálica. En el camino, respondiendo a su muda curiosidad, Abel le explicó que esa clase de sitios habían sido los refugios antes de los protectores de la lluvia ácida. Ante el grave aumento del desempleo y el hambre, un presidente como parte de su campaña decidió ampliar esos lugares secretos para que sirvieran como comederos voluntarios. Cuando la economía comenzó a mejorar y vieron que mantener esos sitios gratuitamente no beneficiaba al bolsillo de nadie importante, los abandonaron al capricho de la gente. Había varios por la ciudad y todos se encontraban en varios así, olvidados y desiertos sino para los más desesperados.

-Y nosotros, obvio –agregó Abel con una nota de humor que Emma no alcanzó a compartir.

Una vez abierta la entrada, fue como si entraran en un ambiente completamente diferente. La música se oyó golpear en las paredes y traspasarles los cráneos antes de perderse más arriba. Era un remix de un tema oficial en el que habían decidido dar prioridad a las notas graves sobre las agudas, con una voz distorsionada de la cantante original en la que prometía en un bucle infinito que la alegría estaba cerca, la alegría estaba ahí. De vez en cuando estallaban solos de batería electrónica para dar dinamismo a la melodía, aunque lo hacía con una frecuencia al azar destinada a tomar por sorpresa.

Los primero que se veía era un pasillo gris en el que la luz había sido apagada. A un lado estaban las puertas los baños, a los cuales Abel se dirigió, y al fondo la sala donde en efecto se desarrollaba una algarabía de siluetas negras contra las luces láser de diferentes colores y puntos de origen. Los tubos luminiscentes penetraban los cuerpos, centellando en algún accesorio metálico o de plástico brillantes antes de desaparecer segundos más tarde.

-¿Me podés esperar un rato? –preguntó su acompañante.

Emma tuvo un breve vistazo del baño, tan limpio y blanco que casi le lastimó la vista, antes de que la puerta volviera a cerrarse. Se apoyó en contra de la pared cruzado de brazos, sin tener idea de qué más hacer. Le alegraba que sus jaquecas usuales hubieran desaparecido, aunque con tanto retumbo empezaba a sospechar que igualmente le acabaría dando una. Trató de vislumbrar una pista de adónde se hallaba el escenario, a lo mejor hasta de los artistas sin título que tocarían, pero era inútil.

Diez minutos pasaron hasta que volvió a ver al del mojicano, y para entonces había visto claramente la vestimenta que parecía regla en ese sitio. Eran hombres con crestas tan altas como un antebrazo en la coronilla y coletas hechas de tubos fosforescentes en la nuca. Chicas de cabezas como el arcoíris y puntos de metal titilando en sus rostros en cada sonrisa de labios negros. Cadenas, mallas, plástico, botas peludas, faldas plisadas encima de pantalones. El negro imperando sobre aquella fama de excéntricas combinaciones. Era la primera vez que alguna vez a nadie usando semejantes trajes. Se sentía dividido entre la más plena extrañeza y fascinación abstraída. Estaban tan arreglados en su característica manera, similares y sin embargo diferentes entre sí, que ni siquiera le parecían verdaderas personas. Poseían un aire propio que estaba a un nivel distinto a los movimientos perfectos y ausentes de los supermodelos.

-¿Qué te parece?

Emma se volteó a la voz familiar y tuvo que parpadear más de una vez para creer realmente lo que veía. Abel, por lo visto, sólo había esperado el momento de llegar al sitio secreto para ponerse a su gusto y lo demostraba con el cabello azul arreglado por gel brillante para formar un arco elevado por encima del nivel de su cabeza, dejando una sutil flecha dirigiéndose hacia una de sus cejas. Las orejas, antes desnudas, estaban decoradas con unos aretes con las cadenas colgando. El labio inferior atravesado por un aro de plata. Pero el cambio más evidente, el definitorio para hacer dudar por unos segundos de su identidad, se veía en el ojo derecho, ahora cubierto de una gruesa sombra negra, y el izquierdo, de cuya orilla salían un par de alas de mariposa en color azul eléctrico. Por alguna razón se le hacía más pequeño que antes pero mejor definido.

Emma lo miró de arriba abajo, dándose cuenta de que Abel encajaba perfectamente con esa clase de ambiente.

-Me gusta -comentó.

Abel sonrió.

-¿De verdad?

-¿Qué te has hecho? -preguntó, encontrando increíble que hiciera un trabajo tan preciso en tan poco tiempo.

A lo mejor la industria del maquillaje había avanzado tanto que se podían aplicar diseños nada más con ordenárselo a una pantalla. Sus cabezas se hallaban muy cerca una de otra en su intento de hacerse oír por el otro a pesar de la música.

-Es un tatuaje. Me lo cubro con maquillaje en casa y el trabajo. Mi papá se pone imposible cada vez que lo ve. ¿Querés bailar?

Emma estuvo a punto de decir que no tenía idea de cómo llevar el ritmo hasta su cuerpo (una cosa era verse hacerlo en su mente y otra llevarlo a la realidad), pero acabó mordiéndose los labios y asintiendo en su lugar. Quería experimentar lo que era estar en un concierto con todo lo que eso implicara, inclusive el riesgo de pasar un momento embarazoso porque desconocía los pasos. Abel lo llevó de la mano hasta el centro de la pista, esquivando los dos como les era posible la cantidad de pies y brazos en movimientos. Mientras más lo veía de cerca, más se creía Emma una especie de visitante en un mundo extraño donde los vivos colores modernos de afuera serían recibidos con malos ojos, tal como probablemente esos seres oscuros iban a serlo de salir.

Abel se detuvo debajo de un foco en el techo por el cual salían los láseres disparadas y se le enfrentó comenzando a mover la cabeza mientras elevaba los brazos. Emma se balanceó de un lado a otro, tratando de hacer una imitación de su compañero y sospechando que nadie notaría la menor diferencia en ese ambiente. Apenas podía distinguir rostros y algunas lentillas fosforescentes. Cada uno parecía inmerso en su propio baile para poner la menor atención al suyo, pero de alguna manera no se sentía como una exclusión o indiferencia sino como una aceptación implícita de la independencia ajena.

A un costado de la pista, en una zona invisible desde el pasillo de entrada, se elevaba un escenario que ocupaba la pared entera. Las luces de tonos oscuros centradas ahí permitían ver sombras de un cuarteto de personas acomodando lo que esperaba fueran instrumentos musicales. Dos de ellos sostenían lo que sin duda reconoció como guitarras y a través de una correa se las estaban haciendo colgar del hombro. Otro debía estar manejando una especie de teclado y un tercero movía diferentes círculos negros en un soporte magnético, lo necesario para arreglar una batería eléctrica.

-Se llaman Apple Black -le dijo Abel al oído-. ¿Los oíste antes?

Emma hizo un gesto vago con la cabeza, abierto a interpretación. Aunque se había pasado años descargando música no oficial, la verdad era que nunca se había aficionado a una banda o artista en particular. Para él sólo eran fuentes de ruido sin nombre ni apellido, una barrera segura entre él y el mundo hostil. Algún tema podía escucharlo con más frecuencia que otro y eso era todo.

Finalmente, cuando las luces más claras del escenario se encendieron, revelando a los artistas, la multitud de seres parecieron concentrarse en el unísono para darles la bienvenida de la manera más ruidosa posible. Abel, a su lado, saltaba y animaba con grandes gritos que Emma no dudaba le dejarían la garganta completamente jodida más tarde. Fueran quienes fueran los miembros de Apple Black contaban con un sólido grupos de fanático en ese mundo subterráneo. El que parecía el líder del grupo, un sujeto con una chaqueta transparente llegándole hasta las rodillas y mojicano verde, el micrófono como una corta línea atravesándole la mejilla, dio las gracias por la presencia de tantos esa noche y el apoyo brindado a la banda. Su primer tema, un personal favorito, sería “Disparo a Anonymous a la medianoche”. Esperaba que les gustara.

“A la mierda” pensó Emma. ¡Esos tipos no se andaban con sutilezas! El hecho de que cantaran en español en lugar del más seguro inglés hablaba espectacularmente bien de cuán seguros estaban que no serían descubiertos o, por el contrario, lo poco que les importaba serlo. De cualquier manera que fuera, cuando el guitarrista, con los pinchos rojos de su cabello agitándose como si le diera cabezazos a alguien, empezó a rasgar los primeros acordes, Emma se encontró riendo y de verdad emocionado por primera vez desde ya no recordaba cuánto. El peligro inminente era parecido a la sensación que le provocaban los dibujos en la estación del metro, pero mucho más envolvente y dirigido a todo su cuerpo. Así no tuvo que mirar a nadie para bailar, la necesidad de moverse nacía de él mismo.

La voz del cantante rugía como el de una bestia extinta o celosamente protegida, otorgándoles un justo poder a cada una de sus palabras.

“Envuelto en llamas irracionales,

nadie escucha al iletrado.

Construimos a Babel en seis días

y lo derrumbaremos al séptimo.

Una sola noche clara es lo que pido,

dicen los tontos con sus máscaras de oxígeno”

Cuando pasaron a una canción más suave, entonando una melodía agridulce con tintes rabiosos, Emma afianzó sus manos en las caderas de Abel, disfrutando de esa cercanía. No tuvo idea de quién inició el beso o si fueron dos caminos convergiendo en un mismo punto, pero de alguna manera sus labios acabaron uno encima al otro y él no tuvo el menor inconveniente en prolongar ese contacto olvidado.

-¿Querés ir arriba?

——-

Emma se estremeció al volver a sentir el frío exterior. El asiático guardián se quedó mirándolos ascender los tres escalones hacia la puerta trasera de la casa arruinada. Una vez se aseguró que penetraban en su interior él volvió a sumergirse en los escalones, cerrando la entrada al comedor fracasado. El abismo entre el ambiente que acababan de abandonar y aquel ese nuevo fue tal que Emma se preguntó si no tendrían nada que ver entre sí. Aunque las paredes en sí habían conseguido mantenerse de pie, el suelo del segundo piso había desaparecido del todo, dejando ver el cielo morado arriba de sus cabezas. Había por lo menos una simple docena de personas y, a pesar de que no había música discernible en el ambiente, algunos bailaban en el centro de la estancia con movimientos lentos, casi como si estuvieran en mitad de un sueño sonámbulo.

Abel lo guió hasta un rincón donde habían dejado caer un montón de pufs para el trasero de quien quisiera sentarse. “Espérame aquí, ya vuelvo”, dijo antes de encaminar a una de las dos únicas puertas completas que separaban las habitaciones. Emma se hundió, contento de poder ser un mero observador para variar. El zumbido en sus oídos y la ligera capa de sudor en su frente le servirían de recuerdo para el concierto, el primero en su vida. Unos instantes más tarde Abel reapareció con dos latas de gaseosa. Su boca seca agradeció el líquido dulce descendiendo por su pecho agitado hasta el estómago. También llevaba un par de auriculares deportivos (de esos que a los se les podía programar la música a oír y se ajustaban perfectamente a la oreja, haciendo imposible su caída) en su regazo.

-¿Para qué es eso? -preguntó.

-¿Has probado el ID antes? -inquirió Abel antes.

-¿El qué?

-ID, I-doser -Abel sonrió de lado, como si aceptara su ignorancia como prueba definitiva de que su respuesta era un no-. Estos están programados con un efecto ácido ligero. ¿Querés probarlos?

Emma volvió a dirigir su mirada sobre los bailarines. Todos tenían los ojos cerrados y las luces de sus propios auriculares titilaban en el centro de sus orejas. Algunos tenían visibles sonrisas de encantados como si estuvieran flotando en una realidad alterna de en sueño. El hecho de que no hubiera sabido la abreviación moderna de la droga virtual no quería decir que jamás la hubiera tenido sonando para sí. Es más, de haber contado con el crédito suficiente hacía tiempo habría pagado para borrar el recuerdo de esa experiencia de su mente.

Había sido en la fiesta después de la graduación en casa de uno de sus compañeros. Se vio obligado a ir con tal de evitar el regreso a casa, donde sabía que nada más lo esperaban los amigos de papá celebrando el haber conseguido su diploma cuando ya casi lo daban por perdido. Creyó que con quedarse hasta la medianoche sería suficiente y, mientras nadie intentara empujarlo a una charla o cualquier otra actividad, podría pasársela tranquilamente en un rincón solitario del hogar. El problema era que adonde fuera que mirara, ahí había invitados divirtiéndose mientras tomaban de vasos que apestaban a vómito fermentado para Emma, quien siempre lo relacionaba con la cerveza. Quedarse quieto en un rincón, tratando de no ser notado, tampoco era una opción. El ruido de la gente y su movimiento constante lo irritaban hasta un punto en que él mismo se daba cuenta que era una exageración, pero la consciencia no eliminaba el hecho. Fue entonces que decidió subir al segundo piso y se encontró a un grupo notablemente más tranquilo en la habitación de los dueños de casa. Todos estaban ahí, sentados o echados en la cama, compartiendo un par de auriculares entre sí para ponerse a escuchar.

-¿Sos boludo o qué? -le dijo el chico que organizó el evento-. Cerrá la puerta, pendejo.

Emma lo hizo, metiéndose él en el cuarto. Esperaba que alguien lo mandara a salir (después de todo, la relación entre él y sus compañeros no era precisamente amistosa), pero al ver que eso no sucedía, tomó asiento en una porción del suelo cerca de la mesita de noche. Ahí nadie tenía necesidad de reírse, gritar o ser parte del revuelo de abajo. El aire se sentía menos tenso. Suspiró de alivio. Al fin podía estar en paz.

Una chica, acurrucada con su novio, ambos apoyados contra la pared, le pasó el transmisor de I-doser con una media sonrisa que hacía brillar sus ojos como si estuviera a punto de llorar y sin hacerlo. Emma recordaba haber pensado que a lo mejor la cura secreta para su jaqueca, esa que a él y su papá se les vivía escapando a pesar de las consultas médicas, era ese mágico sonido que decían separaba la mente del cuerpo de la forma más agradable posible, permitiéndole a esta viajar a rincones imposibles de imaginar para los cobardes que no lo intentaran.

Al principio sólo oyó una tonada simple, aburrida, a la cual se le hizo imposible de seguir el ritmo. Cerró los ojos como veía hacían los otros, a ver si así conseguía un mejor efecto. Comenzó a sentirse pesado y ligero a un mismo tiempo, como si estuviera en el terremoto más gentil de todos. Increíblemente el palpitar en sus sienes comenzó a remitir poco a poco. Ahí estaba, pensaba. Todo lo que tenía que hacer era drogarse y problema solucionado. Con razón nadie había llegado a esa conclusión antes. Fue cuando volvió a ver que se dio cuenta del error inmenso que había cometido.

La habitación estaba en llamas.

Llamas azules, moradas, grises y de un verde enfermo impregnaban las paredes, lamiendo los cuerpos descoloridos e indiferentes. Le tomó unos segundos de terror paralizante darse cuenta de que aunque presenciaba claramente las puntas crepitantes, estas no desprendían calor de ningún tipo ni le hacían daño a las personas. Una alucinación, creyó. Quién no le decía que eso era lo mismo que le tocaba a todo mundo y se les hacía tan fascinante que no podían esperar a repetirlo. Se relajó un poco ante la idea de que no era tan malo, por lo menos no lo hería como el estar en medio de la fiesta… y ahí fue cuando las llamas parecieron correr hacia él y ahogarlo. Desde cada rincón donde estaba, el fuego le estrujó el pecho como si fuera una enorme bolsa de cemento. Gateando, porque no podía mantenerse sobre sus piernas, tuvo que salir dejando los auriculares en la cama. Afuera el ambiente era peor, agresivo y hostil, con chispazos de estática que llegaban a él acompañados de cualquier expresión de humor sonora. Ver adónde carajo debía correr se estaba volviendo imposible y en la escalera tropezó, golpeándose la rodilla contra el suelo antes de dirigirse a la sala por medio del tacto en las paredes. Se dejaría caer en el patio de entrada, luchando por volver a respirar, empapándose del aroma a sintético del césped hasta que el efecto de la maldita cosa se desvaneciera y sólo quedaran las jaquecas. Nunca se había alegrado tanto de volver a percibirlas, como un regreso al menor de sus males.

Al volver a casa no se le ocurriría una mejor respuesta a la pregunta de papá sobre cómo le fue que el consabido, simple e inalterable “bien” que usaba incluso desde antes que se le anunciara que ya no podían permitirse más pruebas médicas. La idea de contárselo a alguien ni siquiera se le pasó por la mente, prefiriendo creer que era algo que le pasaba a la gente, y tampoco se le ocurrió hacerlo en ese momento en que Abel lo miraba con la cabeza ladeada, preguntándose por qué la espera.

-A ver, dame -dijo, quizá un poco bruscamente, tomando el par de aparatitos.

Las manos le temblaron un poco en su regazo y él las presionó contra sus piernas, tratando de calmarse. El efecto de las pastillas le había dado noches de sueño enteras, tardes de cine e incluso había soportado la música subterránea sin problemas. Quizá también lo ayudaba con eso y descubría de una vez por qué su vecina tenía tantos clientes fieles. Se colocó los auriculares, cuya música ya estaba en proceso y se echó atrás sobre los pufs, repitiéndose que era muy pronto para achacarle a la droga su pulso acelerado.

-¿Estás bien? -le preguntó Abel, recostándose a su lado.

Emma tomó un par de profundas bocanadas antes de volverse hacia él. Entonces lo vio envuelto en una suave capa de agua azul con manchas moradas en la zona de su rostro. Levantó su propia mano y esta, igual que su brazo, brillaba en un tenue verde manchado con morado. Al mover los dedos se generaban unas minúsculas olas que parecían desplazarse lentamente en al ambiente antes de volver a los contornos de su piel. No daba miedo sino calma y sosiego. De pronto era como si tuviera ningún problema y pudiera quedarse así la vida entera.

-¿Vos lo ves? -preguntó.

Abel giró la cabeza a su mano y elevó la suya a la misma altura, poniéndola contra el cielo infinito.

-Sí… -dijo, empezando a sonreír-. Eso somos nosotros. Energía en el aire.

Emma observó las olas de sus cuerpos chocar entre sí, fundirse en una sola pequeña explosión y luego volver a su estado natural.

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