Voces huecas. 6

cyber_freak

Emma nunca hubiera imaginado que sería tan fácil. Todos eran diferentes entre sí, pero contaban con ese diseño único que les permitía arrojarse al precipicio cuando un botón específico en su interior era presionado. No había discriminación entre razas, géneros o edades; al final eran igualmente reducidos a un nuevo cuervo en el cielo.

 

 

-¿Por qué aves? -le preguntó a Lilliand mientras volvía a casa del metro.

 

 

Las conversaciones entre ellos se habían vuelto una costumbre. En algo tenía que ocupar el tiempo mientras esperaban el momento adecuado para obrar sobre los objetivos.

 

 

-Creo que es la manera en que la gente decide despedirse -respondió el hombre-. Los cuervos eran animales ritualistas de una inteligencia inusual. Cada vez que uno de los suyos moría le ofrecían una especie de velatorio en respetuoso silencio antes de alzar el vuelo. Asumo que esa es la razón por la que se reúnen así ahora-Vio la extrañeza en la cara de Emma y cerró los ojos, como si se hubiera dado cuenta de su error, antes de aclarar-: Los velatorios era como se llamaban a la reunión antes del funeral. Supongo que no debería sorprenderme de que la palabra hubiera caído en desuso si hoy en día la gente pasa directo a entregar las cenizas.

 

 

Se quedaron en silencio unos minutos. Emma miraba a través de la ventana los tubos de luces unidos al túnel. Comentarios así le ponían incómodo por el simple hecho de que le recordaban una vez más que no sabía ni siquiera qué tan viejo era ese sujeto. Por su cara parecía que recién estaba rozando los cuarenta, pero su elección de palabra y cierto modo de comportarse le hacía chirriar su sentido, como si los dos fueran asuntos aparte. De todos modos no era su problema y no iba a indagar.

 

 

Le sería difícil reconocerlo, pero en realidad le daba miedo la respuesta.

 

 

-¿Qué opinas de ellos? -escuchó que de pronto le preguntaba Lilliand.

 

 

Emma elevó los ojos al techo, como si tuviera los lentes especiales de rayos X que los niños de siete años solían comprar en su máxima potencia.

 

 

-Si querés que te diga la verdad -dijo, reclinándose-, creo que me gustan.

 

 

Cuando era chiquito todos animales callejeros (que en las películas acerca del pasado aparecían inundando cada rincón y esparciendo enfermedades) habían muerto ya. No recordaba un tiempo en que el cielo no contuviera algo más que nubes contaminadas o un anuncio publicitario (ni siquiera los aviones), de modo que ver ese movimiento de alas repentino resultaba un cambio agradable. Le agregaba vida al ambiente, incluso si se tratara de gente… bueno, eso.

 

 

-Ya veo.

 

 

“Si vos lo decís”, pensó el joven. Un melodioso silbido les hizo saber que estaban llegando a la estación. Lilliand se levantó para sostenerse de la agarradera. Emma lo observó de reojo, sin tener idea de qué buscarle, y en cuanto la pierna enfundada en otro traje oscuro pretendió desplazarse, le envió una certera patada a la pantorrilla opuesta.

 

 

-Hey -protestó el hombre, con evidente sorpresa. No “che”, sino hey, lo que le sonó extraño al oído-. ¿Era necesario?

 

 

Emma había visto el ceño contraerse de dolor. Le había dolido el golpe. Los robots no sentían dolor, por eso era tan preferibles en la composición de las fuerzas de la ley.  Por un momento casi se avergonzó, pero luego se dijo que lo más probable fuera mejor prevenir que lamentar. Al menos ahora sabía con qué no estaba tratando.

 

 

-Sí -dijo, adelantándose a la salida, calmadamente-. Vamos.

 

 

Al cabo de unos segundos Lilliand le siguió por atrás. Emma medio se esperó un golpe de revancha que jamás llegó. Se sonrió para sus adentros. “Demasiado arcaico”, clasificó, aunque la palabra debería haber sido “maduro.” Lilliand era demasiado maduro para caer en ese juego.

 

 

——–

 

 

Cuando por fin perdió de vista al rubio en la entrada de su edificio, Emma no se esperaba en lo absoluto encontrar, nada más abrir la puerta, con la esposa del portero. La señora era como su papá, vieja sin disimularlo, delgada hasta el punto en que sus codos parecían listos para disparar cuchillas letales y una cara de cansancio tal que decía a las claras lo mucho que le habría gustado acabar con todas sus incontables obligaciones de una vez. Emma sabía que esa era su expresión normal, por lo que no se tomó muy apecho el reproche sobre que ella no estaba para hacerle de buzón a nadie a esas horas de la noche.

 

 

-Perdone -dijo, bajando la cabeza.

 

 

-Para la próxima decile a tus amigos que te lo den a vos. Yo no los pienso recibir. ¡Mirá si yo voy a andar esperando hasta que al señor se le ocurra volver, con lo mucho que les gusta a los jóvenes andarse quién sabe dónde!

 

 

-Lo lamento, señora -dijo en el mismo tono humilde.

 

 

Le ayudaba la experiencia para conocer el mejor modo de manejarse con ella una vez su voz alcanzaba cierto volumen. Y así, tal como esperaba, la señora pareció calmarse con un gesto de desestimación antes de meterse en su departamento y salir para alargarle una caja metálica.

 

 

-Que sea la última vez, pibe -advirtió de forma cansina, ignorando o sin importarle la expresión estupefacta del otro.

 

 

A pesar de la sorpresa, Emma tomó el paquete.

 

 

-Gracias -Era ligero y completamente negro-. Disculpe las molestias. Que descanse.

 

 

La vieja desapareció en su vivienda sin otra palabra. Emma esperó unos segundos y le sacó el dedo medio a la puerta cerrada antes de subir por las escaleras. De vuelta al asunto que le correspondía, ¿quién podría enviarle algo? Papá le habría avisado antes de tiempo. Vio que a un costado tenía un recuadro de identificación. Una vez adentro de su departamento, presionó el pulgar el tiempo que le indicaban por encima. Por un punto de luz roja salió un holograma con su foto, señalándolo como el receptor. Luego, cuando la información acabó de cargarse, surgió la foto de Abel con el cabello azul echado hacia atrás y sin tatuaje de mariposa a la vista. Ese había sido el emisor.

 

 

Emma se sentó en el sofá frente al televisor, apagándolo a este para poder escuchar el mensaje en video incluido. La cara de Abel surgió encima de la reportera de un programa de chismerío, en el cual se discutía el enorme peso que la tecnología tenía en sus vidas. “Es la evolución…” alcanzó a decir un hombre gordo y cabellera frondosa antes de que lo reemplazara la grabación.

 

 

-¡Hola, Emma! -dijo Abel. Estaba sentado en frente de un escritorio en un sitio que debía ser su habitación y estaba libre de adornos, por lo que el mechón azul casi le cubría el ojo tatuado en negro-. ¿Te acordás de mi amigo Proxy, el que te dije nos consiguió los ID? Bueno, el otro día, ayer más bien, le pedí a él si no les sobraba un par de LOST para que pudiera darte y así nos vemos en el Estado Beta.  Él no podía creerse que nunca antes te hubieras metido, pero, en fin, hizo lo que pudo. Lo único malo es que sólo pudieron ser modelos viejos, del año pasado, por lo que no están tan actualizados como los de ahora. Cuando estés ahí, búscame y te muestro el sitio, ¿te parece? Nos vemos.

 

 

Otra sonrisa y la discusión acerca de cuán imprescindible era ahora mantenerse conectado volvió a su volumen original.

 

 

-Apagado -ordenó, viendo que la caja se abría sola.

 

 

Adentro encontró un pequeño proyector alargado con bandas verdes. Lo puso en la mesita frente a la pantalla y accionó el botón rojo. A lo largo del aparato surgió una luz verde y, arriba, el manual de instrucciones de los Lentes de Ondas Superficiales Theta (o LOST 8.2), el método más confiable y seguro para acceder al Estado Beta desde el 2250.

 

 

Emma no había estado tan desconectado del mundo para no saber lo que era ese sitio. Por lo que había oído decir a sus compañeros de clase durante todo el secundario se trataba, básicamente, de una forma más personal de conocer la Internet. Una realidad virtual mejorada respecto a los anteriores prospectos con los cuales sólo se podía jugar antes. La noche del concierto, cuando Abel le preguntó cuál era el nombre de su cuenta en LikeLife, la mayor red social dentro del Estado Beta, no tuvo idea de qué decirle. No había sido porque creyera que iba a empeorarle la jaqueca que no tenía una, sino porque nunca se encontró con valor de pedírselo a papá, quien de todos modos le habría inquirido para qué quería eso teniendo ya una laptop y Anon disponibles.

 

 

Los precios de los nuevos modelos seguían haciéndole difícil ponerse al tanto con su propio crédito, por lo que cuando Abel mencionó que conocía a alguien y se encargaría de solucionar “el problema” Emma no le dio mayor importancia. Ni siquiera recordaba bien de qué Proxy le había hablado, pero debía ser uno de muchos recursos para haber permitido que el dispositivo acabara en sus manos. Si es que encima un modelo obsoleto funcionara iba a ser demasiado para su credibilidad.

 

 

El aparato, tal como las imágenes publicitarias, recordaba a los lentes Anon que uno utilizaba como extensión del aparato principal, sólo que completamente negros y más grandes. Tenían una banda de plástico suave y ajustable para rodear toda la cabeza. A un lado se veía el nivel de energía lleno, por lo que estaba recién cargado y listo para usarse. Leyó por encima las instrucciones básicas y lo bajó sobre sus ojos.

 

 

Nada. Absoluta oscuridad.

 

 

Encontró el botón de encendido cerca del sitio donde empezaba la banda. Vio que a un lado de su visión se estaba elevando una barra hecha de cuadros verdes, elevándose cada vez más a medida que el aparato se preparaba para su funcionamiento. En el manual estaba explicitado que justo antes de entrar el usuario iba a sentir un pinchazo eléctrico en las sienes y la sensación de que se estaba cayendo de espaldas, razón por la cual era tan importante entrar acostado en un sitio seguro o sentado en un cómodo asiento donde el cuerpo no se viera comprometido en un súbito abandono consciente. A Emma, a pesar de haberlo visto, le tomó por sorpresa ambos aspectos pero por fortuna estaba en el sofá, listo para servirle de improvisada cama. Su cabeza quedó cerca del apoyabrazos mientras su brazo izquierdo se extendía en dirección a la caja que acababa de dejar caer.

 

 

A cualquier testigo le parecería que acababa de rendirse a un merecido sueño, tan constante y relajada era su respiración. Sin embargo, él, la parte consciente de su cerebro, se sentía del todo alerta dentro de una habitación negra con gráficos en 3D de vivos colores y fuente de diario oficial inglés preguntándole qué prefería: escoger un avatar para andar por los diferentes espacios o ir con su imagen registrada. No estaba parado sobre nada que clasificaría como un suelo, los pies colgándole al final de su cuerpo sin la aparente necesidad de un soporte. Podía girar de lado a lado moviendo las caderas, con las opciones siguiéndole en cualquier dirección, pero era incapaz de girar hacia adelante o atrás. Era como si el arriba o abajo hubieran dejado de existir.

 

 

Se preguntó si algo así sería nadar en el mar.

 

 

Cuando se cansó de juguetear en el espacio, tocó con su mano la opción de permanecer tal como era. A derecha e izquierda suya aparecieron otra vez la columna de cubos verdes, llenándose cada segundo hasta llegar un punto muy superior a su cabeza. Por más que movió piernas y brazos, Emma no pudo ver ese límite. Finalmente se detuvieron y comenzaron a titilar, obligándole a cerrar los ojos. Para cuando volvió a abrirlos estaba en lo que parecía el lobby de un hotel muy lujoso. Él era la única persona presente cuando un cartel se materializó en el centro.

 

 

“Estás en la sala de chat general. ¿Deseas entrar a la conversación o no?”

 

 

No quería, así que rozó el no que colgaba abajo. Las letras se desintegraron para dar paso a un nuevo mensaje.

 

 

“¡Bienvenido al Estado Beta! Registramos que eres nuevo en el sitio. ¿Hay algo o alguien en especial que estés buscando?”

 

 

La imagen de Abel sonriéndole desde su mensaje grabado pasó por sus ojos. Dio el sí y se acercó a teclear en el espacio blanco a su disposición el nombre de su compañero, sin olvidarse de aclarar en una casilla diferente que se trataba de un quién perdido y no un qué. Unos segundos más tarde el programa le presentaba una larga lista llena de Abel Catalejo (con sus diferentes variantes), pero le fue sorprendentemente sencillo encontrar aquella del cabello azul en medio, incluso sin la mariposa. Por último, llegaba el momento de escoger el nick que llevaría adentro del Estado Beta. Debía tomar en cuenta de que una vez elegido el seudónimo sólo podría cambiarlo otras dos veces, por lo que debía procurar hacerlo bien. El sistema le sugirió algunos con su nombre completo y su fecha de nacimiento al final, para destacarse entre todos los Emma, Emmanuel o Manuel Mártiz ya elegidos. Fue por la opción del fondo con cierta desgana y por fin le informaron que pronto le ubicarían junto a su búsqueda.

 

 

No tenía idea de qué esperar a continuación, pero de todos le sorprendió ver sus pies desplazarse rápidamente por el suelo sin tocarlo. Cerró los ojos, pero ningún viento se daba contra su cara y los objetos, que en la vida real significarían obstáculos invencibles, ahí los atravesaba como si no existiera. Le era imposible distinguir nada. Vio un ambiente rosa, otro amarillo, uno que parpadeaba y finalmente se detuvo en la parte superior de un edificio hecho, al parecer, totalmente de plata. Alguien se aproximaba en su dirección.

 

 

-¡Llegaste!

 

 

Emma tardó unos segundos en entender que se trataba del avatar elegido por Abel. Una especie de criatura etérea pintada de blanco puro llena de líneas negras tatuadas desde el principio del miembro hasta la punta de los dedos, tanto en el caso de sus piernas como brazos. En la cintura, sostenida por la magia de la tecnología, colgaba un aro de luz rosada que jamás llegaba a rozarle la piel, cubierta por una malla plateada con reflejos multicolores en cada movimiento. Los ojos eran grandes, las pupilas como de un gato y los rasgos en general más alargados que como los tenía en la realidad. El mojicano en su cabeza continuaba ahí, ahora más frondoso, largo y conteniendo un muy completo arcoíris imposible de delimitar a simple vista.

 

 

Parecía una de esas criaturas fantásticas que la gente del pasado veía cuando alteraban demasiado su consciencia. No podía dejar de verlo, ni siquiera cuando este le tomó de la mano y dijo algo que él ni siquiera lograría pillar hasta más tarde.

 

 

-Vení. Te quiero presentar a los otros.

 

 

Ya era demasiado tarde cuando cayó en cuenta. Esa era una zona de deslizadores con obstáculos que incluían a la ciudad entera. Desde lo alto de los edificios iniciaban rampas por las cuales los interesados se dejaban deslizar para acabar haciendo maniobras imposibles en el aire. En un rincón, sentados en el suelo o apoyado contra el borde, los avatares de los amigos de Abel les miraron.

 

 

Todos tenían detalles en negro. Sin embargo, ahí se acababan las semejanzas. Uno de ellos incluso tenía una cabeza que recordaba a los de un toro de pelaje morado, mientras otro llevaba orejas de conejo entre pinchos de cabello rojo furioso. Este último se levantó para chocar su mano. Al tocarse, Emma logró ver el seudónimo escrito con letras parecidas a truenos sobre su cabeza.

 

 

MasterProxy0.2 dijo:

 

 

-¿No has tenido problema con la cosa entonces?

 

 

-No, ninguno -respondió Emma. Recordaba su asombro porque hubiera podido dar con un modelo viejo y una parte de sí se sentía intimidada. Quería saber cómo podía haberlo conseguido y en su lugar salió-: Este lugar es increíble.

 

 

-No me puedo creer que realmente nunca hayas venido aquí -dijo Proxy, cruzándose los brazos. Tenía puesta una chaqueta negra cuyo final curvado siempre se agitaba como si la estuviera acariciando el viento aunque no lo hubiera-. ¿Qué pasó? ¿Te tenían atado a un poste o algo así? -Emma se encogió de hombros, incómodo-. Bah, no importa. Pero si podés conseguite uno de los nuevo y así vas a tener una mejor definición de imagen, transmisiones sensitivas más potentes y otras cosas. Te va a hacer más fácil así.

 

 

No veía cómo era posible tal cosa. Esa realidad virtual tal como la percibía en ese momento se sentía igual a un sueño en el cual no recordara haberse dormido.

 

 

-Emma tiene una guitarra -intervino Abel. Al verlo Emma se sorprendió de encontrarlo flotando cabeza abajo y las piernas cruzadas, las manos puestas sobre sus pantorrillas como si estuviera sentado en una silla cualquiera-. Está aprendiendo a tocarla.

 

 

Eso pareció captar la atención general.

 

 

 -¿De verdad decís? -preguntó WolfgangVtoven, según el nick que centelló en chispas rojas sobre su cabeza al ponerse de pie-. ¿O un hack virtual?

 

 

-De verdad -aclaró Abel.

 

 

-¿Y eso de cómo? -inquirió ahora con una voz en la que se mezclaba envidia y admiración juntos.

 

 

Emma tuvo vagamente la impresión de que creía que lo había robado y, además, la idea no le causaba el menor rechazo sino todo lo contrario.

 

 

-Era de mi abuelo. Me la llevé de la casa de mi viejo porque él no sabía qué hacer con ella.

 

 

-¿Cómo suenan las cuerdas para vos? ¿Hacen un rechinido cuando las tocas?

 

 

Emma rememoró las veces en que rasgueó en el instrumento, dando sus primeros pasos cautelosos en la ciencia de la afinación, sólo teniendo claro que no conseguía dar el sonido preciso.

 

 

-No me parece. A mí me suenan bien.

 

 

-Mirá vos -dijo Wolfgang, impresionado.

 

 

-Deben ser cuerdas de tripas -acotó el que tenía avatar con cabeza de toro. Las letras erráticas de su seudónimo deletrearon Iupiter-. Antes se hacían con animales justamente por eso, porque duraban más que las sintéticas. Se la había dejado a la costumbre de lado pero cuando el gobierno empezó a joder con que el arte debía ser regulado, se regresó a ellas para uso casero. Vacas, caballos, yeguas. Hasta gatos y perros si los apuraban. Mientras se pudiera destripar, servía.

 

 

Emma lo miró incrédulo. ¿Había estado tocando tripas todo ese tiempo? Recordó los hologramas educativos para la clase de biología. El sistema digestivo. ¿Cómo esas cosas rosadas y gruesas podían alargarse en líneas incoloras? No podía imaginar algo así.

 

 

-Buenísimo, hombre -dijo Wolfgang sacándose el deslizador de la espalda. Una calavera en llamas negras y rojas se veía en la superficie mientras la colocaba en el borde, listo a dejarse a caer-. Cuídala bien a esa cosa. Fijo que cualquier día de estos te la confiscan.

 

 

Era lo mismo que le había dicho la anciana en el ómnibus. Emma no pensaba hacer oídos sordos. Incluso si nunca aprendía a tocar una melodía agradable al oído, no iba a entregar el instrumento tontamente a manos desconocidas para jamás ser tocada por nadie en lo absoluto. Esa idea se le hacía insoportable.

 

 

En tanto su horario le permitía estarse conectado, Abel lo puso al tanto de las ventajas básicas del Estado Beta: podía crear la zona que quisiera con sólo seleccionarlo en el lobby de recepción, al cual podía volver sólo escribiéndolo en el aire el comande “regresar”. Podía escogerse las habilidades (como el flotar suyo) que quisiera. Podía entrar en juegos de combate online o desafíos mentales solitarios. Podía ir a cualquier tienda que quisiera, donde su crédito, al convertirse en BetCoins, de hecho valía más que en el mundo real. Excepto si eras un hacker experto, claro está, porque entonces podía conseguirlo gratuitamente.

 

 

-Y esto -le dijo el albino virtual alargando la mano. Le pellizcó una mejilla y, aunque veía que lo hacía con fuerza, Emma lo sintió como un ligero tirón, casi agradable-. Sólo en los modelos más nuevos podés sentir dolor si quieres. No sé por qué. Está bueno para las parejas a distancia.

 

 

Una hora más tarde, habiéndose despedido de un bostezante Abel, Emma se dio cuenta de que habían sido de los últimos del grupo que quedaban. El sistema le recomendó en un recuadro a su derecha si le gustaría ser agregado a las listas de contactos de las personas que lo habían buscado con anterioridad. Tenía todo un universo de posibilidades para compartir con ellos. Escogió que se lo recordara más tarde.

 

 

Todavía había usuarios saltando y haciendo maniobras, pero esos ya no tenían relación con él. Se quedó mirándolos fanfarronear entre ellos hasta que sencillamente se aburrió de lo mismo y pensó en desconectarse de una vez. Estaba en la mitad de escribir el comando “regresar” cuando un ululato (un sonido totalmente nuevo para él) sonó a sus espaldas.

 

 

Al volverse encontró una especie de ave gris con ojos de villano animado que le alargaba un correo electrónico. Emma, incluso antes de presionar la X para abrirlo, se hacía una idea de quién podía habérselo enviado por ese medio en particular.

 

 

“¡Hola, Emma!

 

 

Lilium ha solicitado el placer de tu presencia. ¿Asistirás a él a su zona El castillo de Lord Byron?”

 

 

Abajo las clásicas casillas del sí y el no. De no haber sido por la fotografía que apareció al presionar sobre el seudónimo (confirmándole que estaba en lo correcto), Emma habría negado sin más. Todavía consideró rechazar la invitación después de haber visto el rostro tras el avatar, sin embargó, acabó encogiéndose de hombros. ¿Por qué no, realmente? En cuanto su mano recayó sobre su respuesta, un contador reemplazó el mensaje anterior y la frase “cierre los ojos mientras es transportado” apareció debajo. Él, intrigado, lo hizo.

 

 

Cuando volvió a ver, por un segundo se olvidó de respirar. Estaba en el borde de un bosque en plena noche, cerca de una montaña anteponiéndose a un círculo de blancura manchada por cráteres. Un castillo enorme, terrible, majestuoso se erguía claro por el puro contraste. Con una sensación súbita de marea, Emma se dijo que eso que veía titilar de vez en cuando eran estrellas. En frente de él se extendía un lago brillante y azul, no verde, con suaves ondas a punto de acariciarle los pies. Dio un paso atrás, casi espantado.

 

 

 

De pronto oyó un aleteo arriba y al elevar la cabeza vio descender a un joven pelirrojo, vestido con una simple camiseta y jeans negros. De su espalda, moviéndose grácilmente a medida que llegaba al suelo, surgían un par de alas largas y negras, brillantes. “Alas de cuervo”, pensó Emma. El joven, de ojos celestes tan claros como los suyos verdes, sonrió con la mitad de su boca a modo de saludo. Coronándole, el nombre Lilium.

 

 

-¿Sos vos? -preguntó Emma, dubitativo.

 

 

No se esperaba verlo usando un avatar. Y menos uno que parecía apenas un poco mayor que él.

 

 

-Puedes preguntarme algo que sólo el verdadero Lilliand sabría si quieres comprobarlo -propuso, divertido.

 

 

A Emma no le hizo falta. Esa forma de hablar lo delataba donde fuera.

 

 

-¿Qué hacés acá?

 

 

-Pasar el tiempo, ¿qué más? -Lo vio de arriba abajo, llevando todavía la exacta misma ropa que la última vez que se vieron. Emma se percató de que quería comentar algo al respecto, pero en su lugar prefirió decir-. Esta es la zona que creé hace un tiempo. ¿Qué te parece?

 

 

Emma observó la luna imperfecta como nunca la había visto antes, porque la real vivía siendo consumida por las nubes de contaminación. Vio las estrellas infinitas y brillantes que ni siquiera salían ya en las películas de ambientación arcaica porque los cineastas temían crear falsas expectativas sobre algo que, después de todo, desconocían. Se giró a ver los árboles, llenos de marcas naturales en su corteza, imperfectos e imponentes en su pasiva existencia, fuera de los refugios naturales donde afuera se los encontraba. Dio unos pasos y se agachó para tocar el agua prístina, pura, que no le mojaba nada pero sí transmitía una vaga sensación de frialdad que era casi reconfortante.

 

 

Identificó, casi echándoselo a la cara, los minúsculos y millones de píxeles contenidos en una sola gota sobre su palma. La tierra bajo él, dura pero manejable en un puñado como el metal nunca podría serlo.

 

 

Todo falso. Únicamente disponible ahí, en el Estado Beta. Fuera de su realidad, fuera de su alcance.

 

El castillo era lo peor de todo. Era viejo y hermoso. Sublime y completamente extinto. La idea le dejó una sensación extraña, indeseable, en el pecho.

 

 

-No me gusta -dijo, casi ofendido, casi irritado, sin idea del por qué, dejando caer los terrones aplastados.

 

 

Estos regresaron a su lugar automáticamente.
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