Kindermord

Género: terror, fantasía.

o

No se sentía bien esa mañana, pero no dijo nada. Por fin se había librado de la venda que según los doctores le mantenía el cerebro en su sitio y en lo único que podía pensar, en la que quería pensar, era en agregar una nueva copa de plata a su colección de victorias. Casi podía visualizar el grabado, 21 de abril de 1918. Los detalles estaban aún por darse a conocer.

El clima era perfecto. Un día claro con apenas nubes en el cielo, sólo las suficientes para que el sol no representara un estorbo directo. El viento se presentaba suave y amistoso, dispuesto a darles una mano apenas se la pidieran. Después de un desayuno ligero se llenó los pulmones con el aire fresco, fingiendo entusiasmo; sin embargo, las palpitaciones de las sienes y la sensación de torpeza sobre sus pies continuaron intactas. Se dijo que no tenía importancia. Era un soldado aéreo, no de las trincheras, no necesitaba caminar bien como tal. Una siesta tras la batalla lo dejaría como nuevo.

Nuevamente su hermano Lothar le preguntó acerca de su estado y de nuevo le dijo que se dejara de tonterías. ¿Acaso creía que por una simple herida iba a dejar que otro dirigiera su Circo Volante, su respetado Jasta 11? Él no había cambiado la fuerza de los caballos en infantería para ver su trabajo volar de entre sus dedos. Prácticamente era una traición que resultara ser su propia sangre la que sugiriera semejante agravio. Como si los años en que se la pasaban fantaseando seguir los pasos de su padre, el barón von Richthofen, no hubieran sucedido.

Eso sin mencionar el simple hecho de que él era nada menos que el Barón Rojo. Llevaba sobre sus hombros el nombre de Alemania y la estimación de sus compatriotas, suyas para poner en frente de sus enemigos frente a esa guerra inaudita. Renunciar, aunque sea por un sólo día, representaría despreciar todas las esperanzas puestas en él, incluidas las propias. Daban igual los mareos nocturnos. No importaban las jaquecas. Volaría y su enemigo lo vería venir.

Con el tiempo, su gente entendió que ninguna palabra le convencería de lo contrario. Lo dejaron ser a condición de que si presentaba síntomas se pusiera de inmediato bajo el cuidado de los doctores. No les mencionó las visiones que solían asaltarle. Manfred tenía claro que ya lo tomaban por un suicida sin necesidad de agregar loco a la lista. Además, la emoción del combate parecía ser una medicina mucho más efectiva que cualquier líquido suministrado los primeros días. Encima de su querido Fokker Dr.I la cabeza se le despejaba como por arte de magia y lo único que sus ojos pescaban subrepticiamente eran los intentos de sus oponentes de tomarlo por sorpresa. El cielo le pertenecía sólo a él.

Las figuras indefinidas de vivos colores que veía en momentos al azar en tierra se quedaban ahí. La primera vez que las vio fue lo bastante tonto para ir con los doctores para una consulta. La cantidad de preguntas, exámenes y medicamentos que le pusieron al frente, sólo como precaución, le disuadieron de buscar su ayuda otra vez. Si no tenía cuidado hablarían directamente con sus superiores y pasaría por la vergüenza de ser dado de baja. Tuvo suerte de que se tragaran su cuento de que se asustó por la sombra de un hombre pasando en medio de la noche en frente de su tienda. Pero él sabía muy bien que se trataba de algo más, aunque no tenía idea de qué.

Tenían formas vagamente humanas, de sexo indefinido, y solían cambiar a capricho en el aire. Verde, rojo, azul. ¡Incluso seres multicolores venían a presentársele en medio de su día a día! A veces hablaban en un idioma incomprensible para él y sus estados de ánimo se percibían como ondas de energía suave. La furia era su estado más frecuente. Era dura y áspera como unas manos que no han conocido el agua en años, y lo ponían tenso e inquieto, con unas inexplicables ganas de rechinar los dientes. Una de las preguntas que más le rondaban era furia dirigida contra qué o quién, porque si bien identificada la emoción le era imposible saber el motivo de esta.

Su hermano, quizá por estar mucho más acostumbrado a la constancia en su carácter desde la niñez, era el único que notaba el leve cambio que se producía en él de pronto y él raudo debía achacarlo a una baja resistencia al calor del ambiente. El calor, el frío o la inactividad eran prácticamente sus únicas quejas respecto al lugar donde se hallaban.

Manfred sospechaba que en parte debía ser la guerra afectándolo. El constante peligro de la muerte, aunque para su consciencia imperceptible, podía estar influenciándolo de forma inconsciente. Entre los soldados que luchaban en las trincheras comenzaba a hablarse de un trauma de la mente, entre cuyos síntomas principales se hallaba la falta de sueño, pesadillas y una carga de estrés insoportable para el cuerpo. Los afectados saltaban al mínimo sobresalto, siempre alertas respecto a un nuevo ataque. Incluso los que ya abandonaron el campo de batalla seguían dando cuenta de este mal.

No había oído todavía a nadie que tuviera imágenes como las suyas, despierto y a plena luz del día, pero eso no significaba que en alguna parte no hubiera desgraciados atormentadas por ellas, quizá incluso peores. Sin darle especial importancia en apariencia, seguía muy de cerca tales testimonios, esperando a aquellas palabras que le aseguraran que no estaba solo, pero lo más cercano eran casos de soldados que disparaban contra su familia o amigos tomándolos por el enemigo. Nada de lo cual le servía.

Durante toda la noche habían estado rondando por su habitación, murmurando, traspasando los límites de su tienda como si no existieran, sin prestarle a él, su único oyente, la más mínima atención. Se divertían a causa de algo. La sensación era fresca y suave como una manta en un día de otoño. Les había perdido el miedo hacía tiempo. Cobijado en el bueno ánimo ajeno, se dio el lujo de disfrutar una buena noche de sueño. Creyó que todo volvería a la normalidad al despertar.

Fue peor.

No sólo era que las figuras continuaban ahí, sino que ellas habían adquirido mayor sustancia durante la noche. A ratos se veían tan sólidos que él sentía la obligación de apartarse de su camino, pero a tiempo se convencía de que con ese actuar sólo conseguiría despertar sospechas. Aguantaba con un revoltijo estomacal el traspaso de los seres por su propio cuerpo. Podía distinguir brazos extendiéndose en el aire como para dar la bienvenida a un viejo amigo y pies desapareciendo en el aire antes de acabar un paso.

La guerra, el peligro de muerte, incluso una falta alimenticia. ¡Cualquier excusa antes que ese condenado disparo de suerte a su cabeza! Por lo menos no había rastro de puntos borrosos y distinguía con claridad los árboles más lejanos del bosque. Su vista podía funcionar con demasiada eficacia, pero le serviría para cumplir su deber.

Se colocó el traje de piloto y subió al triplano rojo como todos los días. Los hombres a su cargo estaban igualmente listos para darle la bienvenida a lo que sea que sus habilidades les depararan. Dejó que el orgullo fuera lo único que ocupara su mente y, al volver a pensar en la repisa llena de copas de plata grabadas, el dolor de cabeza se redujo al mínimo. La vibración del motor le masajeó el cuerpo entero. En pocos segundos se encontró despegando en el aire, su verdadero elemento.

Ningún caballo, por bueno que fuera, podía siquiera compararse con esas impresionantes máquinas. No tenía nada que envidiarle a ave alguna con sus manos al control. Alrededor no se oía otra cosa que el rugido de varias hélices girando al mismo tiempo, excediendo por mucho las más ambiciosas fantasías de los hermanos Wright. Observó por el costado los campos bajo sus pies y la difusa mancha de su sombra siguiéndole. ¿A quién en su sano juicio se le ocurriría renunciar a semejante maravilla teniéndola a su disposición? Sólo entonces creía entenderlo todo, su vida, su pasado, su futuro. La vida tenía sentido si podía experimentar eso.

Podría haber continuado regocijándose en su burbuja de pensamientos existencialistas, de no haber visto al enemigo acercándose con sus propios triplanos por el frente. Entonces desterró las ideas accesorias y sólo se situó en el presente. Con su querido rojo por bandera, derribó al poco tiempo a dos aviones mientras sus hombres hacían lo propio. Muy pronto los redujeron de número y el suelo se salpicó con los fuegos de los caídos. El humo negro desprendido no llegaba a tocarlos por una caricia del viento.

Ellos también sufrieron bajas, por supuesto. Ningún enfrentamiento que valiera el esfuerzo podía suceder sin cobrarse sus víctimas de ambos bandos. Era una dura lección que ya tenían aprendida. Manfred se alegró de ver que su hermano seguía metafóricamente en pie aéreo. Luego volvió a fijarse en su blanco propuesto y la sonrisa orgullosa desapareció.

El cielo… ¿cuándo se había vuelto de noche? ¡Deberían estar en pleno mediodía! ¿Y a qué se debía esa extraña tonalidad morada en las nubes? Para colmo, de pronto, su ametralladora el apuntaba a la nada. Giró la cabeza sólo para constatar una idea que el perturbador silencio ya le hacía sospechar. Estaba completamente solo en el aire. Sin importar la dirección en que buscara, parecía el único piloto que buscara.

De pronto, de entre el morado surgió la fachada de un edificio contra el cual, de no ser por la habilidad de Manfred, habría chocado sin remedio. Dobló a la justa distancia de ver un reflejo de sí mismo en el espejo de las ventanas. La visión de su propia expresión desconcertada le siguió hasta que finalmente llegó al final del camino y recuperó la estabilidad normal. Pero la siguiente visión frente a sus ojos no sirvió en lo absoluto para tranquilizarlo.

Era una ciudad, aunque al principio no se lo pareció. Acostumbrado a los palacios, casas, tiendas y chozas, al principio no tuvo idea de cómo llamar a esas construcciones monstruosas llenas de luces claras y metal tan brillante que casi lastimaba los ojos. Las imágenes en movimiento a su alcance, de gente bebiendo cosas y sonriéndole a nadie, por poco provocaron un nuevo choque contra una escultura desecha de algo semejante a una mujer pero con dos alas en forma de hojas saliéndole de la espalda.

No entendía nada, pero eso no era lo importante. Se estaba quedando sin gasolina y no podía simplemente dar vueltas por un sitio claramente desconocido. Manfred buscó un sitio lo bastante abierto para permitirle aterrizar y, gracias al cielo, lo encontró en lo que se asemejaba a un parque aunque sin árboles ni fuentes. Tuvo que girar varias veces, pues el espacio no era el suficiente para desgastar la velocidad del triplano, y al final lo consiguió. Bajó, por primera vez sin ayuda de nadie. El césped era un verde demasiado intenso y claro para su gusto. El suelo diferente a la tierra que solía percibir. Lucía y se sentía antinatural, pero no podía imaginar tampoco por cuáles medias se podrían crear semejante imitación.

Después de meditar los pros y contras de dejar al Fokker Dr.I en ese extraño parque, Manfred exploró su espacio. Conforme pasaba el tiempo más se daba cuenta de aquel lugar poseía varias viviendas desocupadas hace mucho tiempo. Veía escombros, inclinaciones antiestéticas y ventanas rotas en cada paso del camino negro y liso bajo sus botas. A su nariz llegaba un aroma parecido al polvo humedecido, aunque si era así debía de ser un polvo tan antiguo que ya no conservaba rastros de su pasado.

Justo cuando creía que ahí también era el único presente, de pronto escuchó un arrastre de pies. Volteó a tiempo de atrapar la visión de unos tacones negros desapareciendo por una esquina. ¿Una mujer? ¡Gracias a Dios! Incluso si no hablaban el mismo idioma quizá ella le podría dar una idea de dónde estaba y, más importante aún, cómo podía dejarlo.

Corrió todo lo que pudo (curiosamente la cabeza no le dolía en lo absoluto) y la vislumbró de espaldas entrando en un portal oscuro. No estaba sola y no era una mujer. Su cuerpo en general lo era pero, incluso así en la distancia, distinguió claramente las diferencias. Las garras amarillentas al final de unas manos demasiado grandes para cualquier dama o incluso cualquier hombre. El tono de la piel, azulada con venas venosas visibles en la superficie. Las orejas puntiagudas y largas sobresaliendo de entre la mata de cabello revuelto. Y por encima de todas las cosas, las alas negras que se agitaban suavemente a sus espaldas, sumado al hecho indiscutible de que los tacones que llevaba jamás tocaban el suelo. El grupo de seres, todas de espaldas a él, pasaron encima del cordón de terciopelo plateado que protegía la entrada y desaparecieron en su interior.

Manfred no había llegado tan lejos en su carrera militar dudando de lo que veían sus ojos. Lo que estos le transmitían a su cerebro solía tomarlo por verídico. Debía hacerlo para no perder el rastro de sus enemigos más escurridizos. Pero el recuerdo de que su cabeza había recibido un daño considerable y de que se suponía que él no debería volar de ninguna forma para una completa recuperación le hicieron dudar no sólo de ellos, sino del resto de sus sentidos. ¿Y si no olía lo que creía estar oliendo? ¿Y si no había oído lo que pensaba haber oído? A lo mejor estaba en mucho peor estado de lo que pronosticaron los doctores y su mente, de por sí perturbada por la batalla, le hacía juegos cruelmente verosímiles para menoscabar hasta el último rastro de su confianza.

Sin embargo, pronto estuvo sacudiendo la cabeza, espantando esas ideas. La situación se le presentaba clara como el agua y él no ayudaba a la causa creándose más problemas de los necesarios. Estaba ahí. Su máquina estaba ahí, Y unas extrañas criaturas semejantes a mujeres, pero que no lo eran, acababan de penetrar en un sitio. No llevaba más que un cuchillo en la bota para protegerse, pero si era lo bastante discreto quizá ni siquiera le haría falta. Todavía no estaba en condiciones de decir si estaba a salvo.

Cruzó la calle y entró en lo que creyó sería un hotel, aunque con un diseño totalmente vulgar y exagerado en comparación a la sobriedad usual. El vestíbulo estaba vacío e iluminado por unos candeleros que desprendían luz azul hacia cada rincón. Colgaban del techo sin que cadena o cuerda alguna las sujetara. Se escabulló entre las zonas en penumbra hasta el otro sitio iluminado a su alcance. Ahí reconoció sin conveniente la naturaleza del lugar; un salón bar.

Sólo que no había bar o escenario donde una sensual cantante los deleitaría con su voz femenina. Puras mesas, cada una con una lámpara de luz azul encima, y alrededor curiosos y jugadores de cartas sentados intercambiaban palabras. Manfred se detuvo cuando se dio cuenta de que entendía perfectamente lo que decían.

-50 millones -dijo una especie de ogro peludo y pelado a partes iguales. Dos de sus manos estaban ocupadas en sostener las cartas frente a sí y un tercer brazo se encargaba de apartarle los mechones flacos del rostro, cuya expresión parecía la de un cerdo con el paladar partido- entre civiles y soldados.

-En Rusia no hay tantos soldados -le contestó con bravuconería una combinación espantosa entre lagarto y hombre-. ¿Es que eres idiota? Si un aliado llegara a mandarles esa cantidad ni siquiera cabrían en el maldito país. Tendrían que dormir en las calles. Yo digo 30 millones, sólo soldados.

Manfred se aproximó un poco para ver con qué clase de cartas utilizaban. No reconoció más que los números en ese diseño nuevo. En el espacio entre los curiosos vislumbró lo que aparentemente se utilizaba como moneda de apuesta; un carrete de hilo dorado que parecía desprender su propia luz. Supo que estaban hablando de la guerra civil rusa, pero ¿con qué fines?

-Los dos se equivocan -intervino una cosa con cabeza de lobo y cuerpo humano. Él era el único que fumaba y lo que expulsaba del hocico era un humo amarillo. Apestaba a sudor sobre cuero-. Rusia está dividida desde el interior, pelean adentro, no es una sola fortaleza. Debería ser un número más modesto, más comprensible… 9 millones. Entre civiles atrapados en medio y soldados.

-Ya veremos -dijo el lagarto deforme.

Entonces todos pusieron sus cartas en el centro de la mesa y las revolvieron con las otras en círculos. En un momento iban en el sentido de las agujas del reloj, al siguiente iban al revés. Manfred seguía la maniobra tratando de dilucidar cómo diablos se decidía a un ganador con ese método. El trío de monstruos entonces agitaron las cartas por toda la superficie, sin mirarlas ni importarles que varias cayeran al suelo.

-¿Listos? -dijo la cabeza de lobo humeante.

-Listo -dijo el ogro.

-Uno… -continuó el lobo-. Dos…. ¡Tres!

Cada uno tomó una carta al azar y la levantó. La mostraron al resto. El ogro tenía una carta con un 9. El lagarto otra con un 5 y el cabeza de lobo 3.

-El 9 es mío -anunció con tono alegre este último.

Mientras el lagarto hacía chasquear su larga lengua en el interior de su boca, el ogro partió por la mitad la carta en sus manos y esta se deshizo en un polvo blanco que esparció sobre la lámpara azul. Esta brilló con algo más de intensidad por un segundo y se apagó. Cuando el ogro volvió a sentarse, tenía un nuevo 9 frente a sí y la lámpara volvía a estar prendida. Las dos criaturas perdedoras, entonces, cortaron nueve metros de hilo dorado que entregaron al ganador.

-Hey -dijo una nueva voz, dándole un vuelco al corazón de Manfred. Había estado tan concentrado en desentrañar el misterioso juego que el saludo de la criatura femenina fue del todo inesperado. El rostro de ese ser, flacuchento y demacrada como una muerta de hambre, pretendió sonreírle con simpatía a pesar de los dientes largos y amarillentos. La voz, irritante a los oídos, sonaba a un modulado graznido de cuervo-. ¿Qué hace un humanito tan lindo en este lugar?

Manfred, bajo su chaqueta, aferró la daga.

-Demando saber qué es este juego que juegan -dijo en posición firme.

-¿No lo imaginas ya? -preguntó otro graznido, esta vez proveniente de un joven igual de desagradable, pero ojos más hundidos y rostro más alargado. Él también dueño de unas incoherentes alas negras-. Es el juego de la vida y la muerte. Mientras más veces ganemos, más vivimos.

-A veces se gana, a veces se pierde -continuó la mujer y frunció el ceño, arrugando toda su frente azulada. Las venas rotas de sus ojos dieron la impresión de palpitar. De entre sus labios resecos salió una lengua viperina-. Y aquí todos odiamos perder. Por eso jugamos todo lo que podemos.

Manfred miró de uno a otro. Esos dos juntos… la silueta de sus cuerpos se le hacía familiar. Y en un destello de claridad supo que las había visto antes, caminando y flotando encima de su cama en las noches eternas en las que no sabía si volvería a dormir en paz de nuevo.

-¿Qué significa eso? -preguntó, tratando de permanecer en calma.

-Las guerras no las inventamos nosotros -dijo el muchacho, ladeando la cabeza como un búho. Sonreía de una manera capaz de helarle los pelos. Sus dientes eran más numerosos que los de la mujer y parecía que tenía tres filas en lugar de una-. Pero una vez que han tirado los dados alguien debe decidir el número en que cae, ¿no? Es un juego. Nosotros nunca sabemos quién ganará, eso es lo divertido. Puede ganar cualquier cantidad.

-Pero no es sólo guerra -susurró ella con secreto regocijo-. La opresión, las plagas, las hambrunas y la paz también generan nuevos juegos. Nunca nos faltan motivos para jugar.

Manfred contempló el resto de la sala. En una mesa hablaban de las posibilidades de un tal Franco en alguna guerra civil española. En otra se discutía las acciones de Estados Unidos en Vietnam. Algo sobre Corea del Norte. Y el siguiente juego del trío al cual se había aproximado iba de una Segunda Guerra Mundial. Como si no fuera suficiente una Primera.

El hada negra apoyó su mano anormal en su hombro y, mientras él contenía un estremecimiento de repugnancia, le dijo al oído.

-¿Quieres jugar?

Manfred escuchó que el lagarto se alegraba de haber ganado esa nueva ronda. Su apuesta había sido de 66 millones, un número contra el cual el lobo discutió diciendo que era excesivo. Recordó las copas de plata que él hacía grabar y conservaba como trofeos. Ochenta hasta la fecha. Se preguntó cuántos de esas copas se habrían decidido en ese salón.

-Son sólo números -dijo-. Ustedes sólo deciden los números. ¿Quién decide los que entrarán en esa cifra o no?

-Esa es parte de la diversión -dijo el hada, casi con dulzura-. Nadie lo sabe. Ni nosotros ni ellos. ¿Qué dices, humanito? ¿Juegas?

-No, gracias.

El hada negra le apretó el hombro y lo volteó, elevando su otra mano como para darle un zarpazo digno de un león. Pero Manfred se esperaba una reacción así y respondió a tiempo sacando su cuchillo. La voz de la criatura imitó perfecto el chillido de un cuervo cuando su ojo fue perforado hasta que las cuencas tocaron el mango. Lo sacó a tiempo de evitar el contacto con el líquido verde oscuro que salió de ahí.

-¡Ey! -dijo un cíclope de dos cabezas, las dos demasiado pequeñas para su cuerpo rechoncho, levantándose de su mesa de juego-. ¡No se permite violencia aquí!

Manfred no se quedó a escuchar el resto de la reprimenda. Escapó del salón esquivando la manaza de una segunda hada y, en el vestíbulo, dio un manotazo a las lámparas azules de ahí. Estas, cual si su destino fuera permanecer intactas, caían al menor movimiento y rodaban hacia los rincones debido a una desnivelación en el suelo. Confiaba en la oscuridad para tener cierta ventaja. Salió corriendo, saltando encima del cordón. Gracias al cielo recordaba exactamente la localización de su triplano.

Atrás, un montón de graznido amenazaban con volverlo sordo. En medio de esos sonidos chirriantes distinguía algunas palabras.

-¡Asesino!

-¡Animal!

-¡Por eso ustedes se extinguieron!

Quizá fuera producto del creciente pánico o la mera adrenalina de la carrera, pero lo cierto era que Manfred consiguió subirse a bordo de un sólo salto. No fue hasta que accionó el motor y comenzó a maniobrar para dar vuelta cuando se dio cuenta de que estaba solo. Estaba absolutamente solo y no había nadie para accionar el giro de la hélice. Lo cual le dejaba la opción de dejar que se activara solo a pura potencia del motor, cosa que podía sobrecalentarlo.

La bandada de hadas furiosas ya se acercaba. Disparó contra ellas la ametralladora. Algunas cayeron pero varias otras estallaron en un verde oscuro nauseabundo, vociferando de dolor antes de fundirse con el suelo. Aun así, no era suficiente. Detrás de ese primer grupo de ataque venía una oleada de monstruos ociosos buscando descargar su rabia. En la mayoría de ellos las balas sólo rebotaban como si fueran meros juguetes de niño. Las dimensiones de sus cuerpos y las bocas abiertas relamiéndose le aseguraron que si se dejaba atrapar estaba perdido.

Manfred no se veía ni siquiera con posibilidades de ganar cuando se echó a reír.

-¡Vamos! -les animó igual que incontables veces hiciera con los británicos, a pesar de que no podían oírlo-. ¿Qué les pasa? ¿No pueden ir más rápido? Me estoy aburriendo aquí, chicos. Será mejor que se apuren si quieren agarrar el mejor pedazo. Pero cuidado con la cabeza. ¡La tengo completamente jodida!

Fue en ese estallido de palabras y risas en las que tuvo una inspiración. No era la primera vez que le sucedía en medio de una batalla, y él sabía que eran segundos críticos esos entre tener la idea clara y llevarla a cabo, de modo que actuó casi por instinto. Apuntó bien un ángulo izquierdo del hélice y disparó. El movimiento, la suerte, el azar, cualquiera de ellas o quizá ninguna, tuvo el efecto deseado: la hélice giró por su cuenta una vez y otra y otra, hasta formar un semicírculo gris por el cual vio el verde del césped extraño y los pies de las aberraciones. Se dirigió al frente.

Los obstáculos saltaron fuera de su camino. Alguno trató de agarrar la cola o las varas que unían las ruedas, pero él ya se elevaba en el aire, lejos de esa ciudad de locos. Miró hacia atrás sólo para comprobar que el montón de cadáveres azulados y restos verdes se quedaran donde estaban. Aspiró ese aire viejo inodoro y lanzó un grito de pura felicidad.

Atravesó las nubes moradas casi saltando en su asiento. Quería repetir, pero para la siguiente debería ser más peligrosa, más apremiante, más aterradora, más todo lo que una buena aventura debe ser. Fue cuestión de un parpadeo volver a ver las nubes blancas y la claridad propia del día. ¡Incluso había llegado justo a la caza de su último objetivo! ¿Por cuán poco tiempo se habría ausentado para tener semejante suerte?

Manfred puso los dedos pulgares encima del botón necesario para disparar. No llegó a presionarlo debido a la bala que desde tierra envió el soldado de infantería australiano William John “Snowy” Evans y acabó perforándole el pecho, corazón, hígado y otras cosas. Lo suficiente para matarlo. Mientras caía al suelo, Manfred entendía la maldita ironía.

Había vuelto a su tiempo, dimensión, espacio, lo que fuera, exactamente en la misma trayectoria en la que partió pero unos minutos más tarde de lo necesario, causando que sin saberlo acabara atravesando territorio enemigo como un perfecto idiota. Quiso llorar por la injusticia, porque seguro que nadie olvidaría semejante error, pero las lágrimas que le salieron fueron de dolor e impotencia porque ya no podría decirle a Lothar que no tenía nada por qué preocuparse. Nada importaba al fin y al cabo.

Sólo era un juego.

——–

Este y otros relatos dedicados a la Primera Guerra Mundial aparecerán en la antología Alambre de Letras, publicada por la editorial NeoNauta Ediciones. Su aparición está prevista para el mes de junio de este año.

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