La marcha de la reina negra. 8

Género: horror, fantástico.

portadademarcha2

“I reign with my left hand I rule with my right
I’m lord of all darkness I’m queen of the night
I’ve got the power”

Queen
Capítulo 8: La marcha
La placa grabada decía Beltrán. Al final de dos nombres con fechas de por lo menos treinta años de diferencia y una que sólo tenía seis años, el Beltrán sumaba un factor común entre el trío de decesos. Los restos de una familia incinerada pero muerta antes de llegar a ese estado. La niña había sido la peor. Ninguno pudo tener un ataúd abierto durante el velatorio final.
Pedro contempló la extensión del césped verde por el cual había corrido, caminado y jugado gran parte de su vida. Las veces en las que sus propios manos estuvieron rastrillando hojas para ayudar a los jardineros mientras Tomás preparaba una merienda en casa. La propia torre seguía en pie, pero ahora era un mero almacén de instrumentos puesto que el nuevo guardián prefería venir desde su casa para trabajar. A las cuatro de la madrugada de un día lunes no tenía motivos para aparecerse todavía, razón por la cual sólo eran ellos dos bajo un cielo indeciso entre la noche y la mañana. Pedro pensó que ellos habían estado todo ese tiempo, que les había pasado cientos, miles de veces, y ni una sola vez se había enterado. Ni siquiera Tomás antes de morir había podido saberlo.
-Mis abuelos habían muerto –comentó, recordando-. No tenía tíos. ¿Quién arregló para que fueran enterrados aquí?
Kross volvió a guardarse un reloj de oro en el bolsillo de su pecho. Las amplias hombreras blancas en su traje rojo lo hacían ver como la caricatura de un sargento, pero en conjunto asemejaba a la de un maestro de ceremonias. Completaba el atuendo un bastón con apoyadera de calavera plateada, con el cual se daba de golpecitos en la suela de sus botas agudas. Pedro mismo vestía una versión parecida, pero menos ostentosa y donde primaba el azul oscuro. El demonio le había vestido personalmente y bajo su signo de aprobación Pedro estaba empezando a recuperar la satisfacción consigo mismo, cada vez más difícil de encontrar desde que empezara a vivir privado del sucedáneo de la personalidad de su hermana. Volvía a tener un punto de apoyo y ahora se le hacía más necesario, pues ahora se trataba de él mismo sin defensas.
-Hasta donde sé, era algo que habían preparado de antemano. Por si las moscas, supongo. Del asunto en sí se encargó un amigo de tu padre que luego se mudó a Buenos Aires. Hubo intentos por buscarte, pero no tengo que decirte que eso jamás dio ningún fruto. Y luego dicen que este lugar es tan chico que todo mundo se conoce. Al cabo de un año otros chicos habían desaparecido o muerto y sus padres pudieron darle toda la pompa que quisieron, por lo que dejaron de buscar.
Pedro miró abajo. Podía poner rostros a los nombres y el más claro era el de la verdadera Valentina. Pero al final sólo eran imágenes o escenas flotando en el vacío, desconectados de cualquier suceso posterior, igual que posters de una película que le había dejado indiferente.
Kross dejó escuchar un exagerado suspiro de impaciencia. Ignorándolo, Pedro buscó alrededor y tomó las flores más frescas, unas rosas blancas y rosas dejadas el domingo frente a la tumba de una familia de cuatro enterada junta. Llenó con una canilla cercana el recipiente frente a la placa de los Beltrán, dispuesto en un hoyo dentro de la tierra húmeda. En otras ocasiones había visto gente agitarlos para eliminar suciedad antes de reemplazar las muestras de devoción ya marchitas por unas nuevas, pero entonces no le hizo falta. Nadie en mucho tiempo había venido a presentar sus respetos.
Cuando por fin colocó el detalle en su sitio, lamentó que no hubiera rosas negra cerca. Habría sido bonito. Por fin se volvió y caminó al lado del demonio hacia la salida.
-¿Y cómo es contigo? –preguntó Pedro.
-¿Cómo es conmigo qué?
-Tus papás, tu vida… Yo qué sé. No pudiste nacer de la nada.
-No, no podría –Kross detuvo sus pasos y se le quedó viendo con una ceja alzada. Pedro le devolvió la mirada sencillamente porque no se le ocurrió otra manera de actuar, y porque también prefería aprovechar cada oportunidad que tenía para hacerlo-. No te hace ninguna falta saberlo, Majestad –declaró casi amablemente, como probándolo.
-Ya sé, pero me interesa. Si vos y los otros van a estar conmigo ahora, algo podría saber.
Tras unos segundos de indecisión, Kross finalmente encogió los hombros.
-No es nada digno de una película. Mami humana. Murió dando a luz. Primeros años como huérfano. Luego escapé, me uní al circo y encontré a otros como yo, hijos malditos que nadie quería. Luego fui un demonio completo. Y ahora estamos en el presente. Te podría hablar y hablar acerca de los largos años en que supe en que tenía algo malo dentro de mí, de mi absoluta falta de cariño al crecer y el relativo alivio por ello porque los odiaba a todos, del encuentro y despedida de amores, amigos, mascotas… pero francamente incluso yo me aburro de pensar en eso y de todos modos ¿qué importa? ¿Yo te agrado, mi rey?
La pregunta de tan inesperada no arrancó la inmediata respuesta que Pedro habría querido.
-Obvio. Digo, a mí no me has hecho nada malo. Todo lo contrario.
Kross sonrió un poco.
-¿Y eso cambiaría de saber mi negro, oscuro y miserable pasado?
-No.
-¿Entonces para qué molestarse?
Kross sonrió un poco y dio unos pasos para besarle. Pedro entonces no quiso saber nada más del mundo.
—-
La mayoría de los demonios tenían sus propios lugares y vidas en la tierra con las cuales entretenerse cuando no estaban en el hospital psiquiátrico. Ese día no se suponía que hubiera nadie en frente del sofá de cara a la opulenta chimenea eléctrica, pero la había. Pedro dejó su chaqueta encima del busto de Fausto y se acercó con curiosidad. Creía que ya tenía más o menos ubicados a todos los demonios que formaban el grupo, pero estaba seguro de no haber visto antes a aquel pelirrojo de suaves pecas y uñas perladas de impecables puntas blancas. Uñas que se movían rápidamente sobre la superficie plana de un celular que ocupaba casi toda la palma. Jugaba a un juego de combate mientras esperaba, balanceando un zapato negro al final de su pierna cruzada cubierta de un pantalón jean ajustado. La camiseta a rayas negros y grises tenía el cuello lo bastante amplio para permitir ver el relieve de la clávicula, apenas cubiertos por una delgada bufanda morada a manchas negras. En cuanto oyó los pasos acercarse, se ajustó los gruesos marcos de sus anteojos como si así pudiera presentarse mejor. Al volverse le sonrió con un suave brillo en sus ojos celestes.
-Hola, Pedro.
Salió de la aplicación en la que estaba, pero no bloqueó la pantalla para hablarle Amable, esperaba que él tomara asiento en la silla a su lado. Pedro se acomodó, mirándole otra vez de arriba abajo. Ni un solo rasgo se le hacía familiar.
-Me llamo Meriel. Esta es la primera vez que nos vemos cara a cara, como te habrás dado cuenta, pero te he visto antes –le aclaró-. Soy un ángel destinado a esta parte del mundo, así como Kross es un demonio sin localización específica. Vine para hablarte acerca de un asunto, si no te importa.
-No –dijo Pedro, aunque en realidad estaba lejos de entender nada.
Lo de los demonios lo entendía más o menos pero ¿qué tenía que ver un ángel con él?
-Eso es –El ángel tecleó algo rápidamente, esperó unos segundos y luego guardó el dispositivo en un bolsillo de su pecho-. ¿Te ha hablado Kross acerca del permiso Job especial?
-Más o menos –confesó el joven-. Hace que a Dios no le importe que Kross hable conmigo, ¿ que no?
-Sí, algo así, correcto. Pero más bien se trata de una prueba que se le ponen a ustedes, los humanos, de vez en cuando para probar su fe y fortaleza espiritual. En realidad los demonios no deberían aparecer directamente en tu vida, pero Kross se las arregló para hacer una especie de trato para permitirlo. Él no te diría qué hacer ni cómo hacerlo, sólo dándote plena libertad de hacer lo que realmente deseas. Ahora bien, sucede lo siguiente –El ángel inhaló y expiró profundamente. La parte seguida no iba a ser sencilla. No para él decirlo ni para Pedro oírlo, parecía, sino en general-: creemos, es decir, otros ángeles con los cuales hablé al respecto y yo que no es justo dejarte conocer sólo una dirección probable. En el caso de Job fue una cosa porque él ya conocía su alternativa, estaba preparado para asumir sus consecuencias lo que hiciera falta debido a la sólida base con la cual él contaba. Pero tú, al perder tus memorias primarias, careces de ello. El único camino que ves es el que Kross te ofrece.
-¿Y qué con eso? –inquirió Pedro, aunque ya estaba presintiendo que no le iba a gustar nada que saliera de ese tipo.
El ángel arqueó una ceja, pero no con el mismo aire curioso que esperaba aclararse del demonio, sino con un mayor pasmo, como si le extrañara no entender de primera.
-No es un trato igualitario desde ningún punto de vista –dijo-. Es demasiado fácil dejarte ir con él y dejarlo ser, y en eso no consiste el permiso Job. Estoy aquí para ofrecerte una alternativa.
Pedro se echó instintivamente atrás, manos tensas en su regazo. Sin embargo, sentía curiosidad por oírle, como un ratón que se queda mirando al gato incluso después de haberse alejado, sólo para correr de nuevo si lo veía aproximarse.
-¿Te interesaría recuperar tu alma, Pedro?
El cuerpo del estupefacto muchacho se relajó ante ese inesperado giro. ¿Cómo?
-¿Eh?
Kross le había dicho que era imposible, que por esa razón decidió buscarlo para garantizar su protección. Libre de semejante lastre, iba a ser entretenido observar el camino al cual dirigiría su vida en el futuro. Apartando dichos y preguntas filosóficas que a él le parecía la perfecta manera de perder el tiempo, al mismo nivel inútil de contemplarse el ombligo y contar las pelusas, Kross decía que probablemente había alcanzado la libertad perfecta, esa que por la cual algunos ángeles con algo más de imaginación que sus compañeros acabaron descendiendo de los cielos. Hablaba así entre caricias de garras estilizadas y roces privados.
En todo caso, para él era como si le hablaran de cómo habría sido tener una paleta llena de colores que no se veían todos los días. Siendo de por sí el mundo tan colorido, ¿para qué quería agregar más? Estaba contentando con lo que veía, sentía y sabía. La urgencia o necesidad de explorar más allá de sus posibilidades nunca le había atraído bastante. Si no estaba roto, no había necesidad de arreglarlo.
Aunque de él debería ser; ya estaba roto y vivido una existencia rota, ¿para qué arreglarlo?
-¡No! –dijo de inmediato-. ¿Para eso has venido?
-Probablemente te sea difícil entenderlo. Nunca has tenido que lidiar con el concepto antes, así que supongo que es comprensible. Pero es justo por eso que no puedes de lo que te pierdes. Me ha tomado mucho tiempo y he tenido que hablar con mucha gente, pero finalmente pude arreglar que se te diera un sustituto de un alma, que para ti sería exactamente igual a una. Lo único que necesitamos de ti es que nos permitas guiarte. Desde el inicio ha esperado el momento de poner en práctica ese rol, pero nunca hubo oportunidad. Es ahora que te puedo ofrecer una verdadera recompensa.
Pedro abrió los ojos e inclinó las cejas. ¿Qué era eso? Lo único que entendía era que le estaban pidiendo elegir a unos perfectos desconocidos frente a Kross.
-¿De qué mierda me va a servir a mí un alma? –espetó, levantándose. La voz suave de niña que todavía seguía saliéndole en ocasiones relajadas se le transformaba en una acorde a su sexo, elevando el volumen y el tono-. ¿Para sentirme mal por las cosas que he hecho y voy a querer hacer después? Para vivir sufriendo como un puto imbécil, para eso me va a servir.
Meriel parpadeó con sorpresa. No se esperaba una reacción semejante.
-La culpa es una cosa natural de los seres humanos –dijo recuperando el aplomo-. Puede darte un mejor entendimiento para poder relacionarte con ellos. ¿Es que quieres vivir el resto de tu vida rodeado de demonios?
-¿Y cuál va a ser la puta diferencia? Vos lo has visto, ¿que no? Vos sabes lo que he pasado con Tomás e incluso antes de eso. ¿Creen allá arriba que no sé realmente que así no era como debía vivir mi infancia? ¡Pero me daba lo mismo si al menos tenía una casa, alguien a quien le importaba un carajo, un lugar! Hasta era divertido cuando los ponía colorados y los hacía hacer ruidos raros. ¿Y ustedes, o vos directamente, qué carajo han hecho mientras, durante y después, eh? Yo ni estaría vivo si no fuera por esos demonios.
-Lo que ha pasado no ha sido otra cosa que una tragedia –Meriel luchaba por mantener el mismo tono tranquilo pero su propio desconcierto le hacía de obstáculo-, pero esa no es razón para preferir una vida separado de tu propia especie, viviendo sólo para dañarles. No puedo sólo quedarme sentado y verte convertido en eso.
-Entonces haberme matado antes –Pedro lanzó la última declaración suavemente, con un rencor helado-. Si eso es lo único qu voy a tener estando con ellos, más me convendría pasarlo bien.
Un momento de silencio se instaló entre ellos. El celular en el pecho de Meriel empezó a vibrar al ritmo de una banda de los 80, en la cual se combinaban fragmentos de óperas sobre payasos tristes, pero el ángel sólo se llevó la mano contra él sin sacarlo.
-Te pediría que sólo lo pensaras. No tiene que ser de esta manera. Hay otras maneras.
Pedro buscó de inmediato el escalpelo en su corset… hasta que se dio cuenta de que no tenía corset y el escalpelo estaba en los bolsillos de sus pantalones, debajo del saco. El impulso había pasado.
-Vete a la mierda –dijo, apenas simulando su frustración.
Quería saber si los ángeles podían sangrar. Meriel pareció leer a la perfección el gesto incompleto. ¿Cuántas veces lo habría visto realizarlo en el pasado? Sus pestañas doradas acariaron los cristales en los lentes mientras volvía a erguirse. Resultó evidente que el ángel trataba de encontrar una última línea que decir, pero no se decidía. Renunciando, recurrió a un simple “hasta luego” antes de que su figura se desvaneciera, primero los pantalones, luego la camiseta y por último la bufanda.

Kross le había hablado acerca del reto Astarot, desde luego. La fecha fijada para la presentación de su proyecto particular se acercaba y esa era la razón primordial por la que sólo ahora le era permitido al grupo (así como a todas las partes involucruadas en el trato) hablarle de frente a frente. Mientras Pedro aceptara su presencia, estaba implícita también su aceptación en la catástrofe que tenían planeada y por lo tanto podrían empezar a prepararla.
Primero debieron escoger un cementerio. El Parque de la Paz fue propuesto como una opción, pero rápidamente descartado debido a su lejanía respecto al centro de la ciudad, donde naturalmente, un viernes a la noche, habría cantidad de testigos y víctimas suficientes para cumplir las expectativas. Por lo tanto se quedaron con el Cementerio de San Agustín, una considerable extensión de terreno verde presidido por la iglesia en la cual los cristianos y acostumbrados se santiguaban antes de presentar sus respetos a los idos. La noche temprana de los inviernos encontraron a varias palas hendiéndose en la tierra mientras un reproductor de música tamaño fiesta de quince años reproducía una serie de temas variados, que iban desde un rock pesado donde las voces de los cantantes hacían doler las gargantas de los oyentes con sus gritos hasta la marcha turca del pequeño Mozart, acompañada de enfáticos asentimientos de cabeza.
Kross cada tanto revisaba la hora mientras examinaba las funciones de la cámara digital en sus manos.
-¿Cómo hago para que enfoque bien en la noche? –le preguntó al mismo demonio que se lo había traído, vestido como un ciber gótico.
-Ya te dije, no le hace falta tanta ayuda con las luces que nosotros ya tenemos. Lo que sí es que le tienes que ajustar el diafragma para que no salga tan borroso cuando empecemos a movernos.
Kross se acarició su nueva barba demoniaca en forma de candado. No tenía la menor idea de qué era una diafragma, pero no encontró necesidad de mencionarlo.
-¡Al fin llegan! –gritó un fortachón que andaba llevando las placas de mármol.
-¿Nos extrañaban? –respondió una voz femenina desde la entrada.
Algunos de ellos se habían atrasado por varios motivos. Conseguir más adornos para la ocasión (mientras más colorido, atrayente, impactante, mejor), una vestimenta más adecuada, el mero placer de mantener a otros esperando por ellos. No habían sido más que una docena y entre ellos se contaba el único ser humano que había hecho todo el evento posible. A Kross le había extrañado que le pidiera ir adelantándose, pero al verlo acercarse desde el interior del grupo supo por qué.
Era la primera vez que veía aquel vestido negro con hilos dorados, falda ajustada en una forma esférica desde las caderas hasta los pies, razón por la cual debía sostenerlas con sus manos (cubiertas de delicados guantes negros de encaje) para poder caminar con algo semejante a la libertad. En el cuello, cubriendo una manzana de Adán que en realidad apenas se notaba, había un broche cuyo centro lo formaba una piedra preciosa de color azul. A la luz despedía arcoiris que verificaban su autenticidad, mientras el corset satinado revelaba la figura de varios cráneos sonrientes. En un alarde de afán militar, la blusa tenía triángulos de placas metálicas color dorado viejo.
No contento con semejante cambio, tenía las mejillas pálidas cubiertas de rubor rosado y los labios morados bañados en brillo reflejante. Kross inmediatamente miró a la demonio que iba a su lado, saludando amigos como si hubieran venido sólo para verla a ella. Las mechas rojas en su cabello castaño y el traje de damisela victoriana eran ambos nuevos y hermosos.
-¿Qué mierda le han hecho? –soltó en cuanto se acercaron-. El traje que yo le había escogido estaba perfectamente bien.
-Yo pedí el cambio –intervino Pedro, sonriendo con dientes blanqueados para resaltar el color del marco.
Se veía bien, sí, pero de todos modos…
-¿Por qué? ¿Qué tenía de malo lo otro?
-Deja de ser tan maricón –dijo la demonio, besándole la mejilla dos veces a modo de saludo-. Se ve linda, acéptalo y agradéceme luego. ¡Eh, Merry!
De pronto la demonio alzó la mano y se fue a saludar a una amiga. Pedro dejó caer la falda, cubriendo en el acto sus pies cubiertos por unos nuevas nuevas botas con bajo tacón. Encogió los hombros con delicada renuncia.
-Lo lamento. Quería estar cómoda para hoy –dijo, volviendo incluso al femenino-. Así es como me he vestido casi toda la vida y como más me gusta.
Kross suspiró, rendido.
-Tú eres la reina, tú sabrás lo que haces –Lo miró de arriba abajo-. ¿Valentina?
-¿Qué?
-No estás mal.
-Gracias. ¿Qué es lo que hacen aquí?
-Ah, nada, sólo dándole una ayuda a los muertos. Cuando revivan les costará demasiado trabajo pasar de sus ataúdes y los tres metros de tierra, por no mencionar los ataúdes de los parientes que unos tacaños inútiles colocaron encima de los suyos, así que primero los estamos sacando de sus fozas. Luego se levantarán, nos iremos todos al carro y los llevaremos adonde haya más gente para hacer un homenaje completo a Shawn of the dead, pero esperamos que un poco más gráfica. Mientras, tendremos a unos cuantos filmando toda la escena, desde el momento en que la gente crea que se trata de una nueva marcha zombie hasta que se de cuenta de que no lo es. Lo subiremos a la red y esperamos que se convierta en una infección viral dentro de las próximas tres horas. Quizá incluso dos. No sabes lo agradecidos que deberíamos estar por la tecnología. En los viejos tiempos para estos retos sólo contábamos con algún que otro sobreviviente que contara los hechos y quizá un dibujante con un mínimo de talento que se inspire para inmortalizarlo. Un cuento ocioso, quizá una novela en la que el autor quiera imponer alguna ilusión de moral. Y eso con suerte. Pero ahora podemos llegar a millones de personas por todo el mundo de una sola vez. Y esas personas le hablarán a sus amigos, quienes a su vez lo compartirán con los suyos. ¡Adoro las redes sociales!
Empezaron a las seis apróximadamente. Con la cantidad de brazos moviéndose y la fuerza física considerable puesta en las figuras de los demonios, pronto se llenó el terreno de ataúdes abiertos y expuestos a la tranquilidad de la noche. El aire hedía a polvo y viejo, llegando a disimular el aroma natural de los cuerpos descompuestos más recientes. Dispuestos en filas más o menos ordenadas, esperaban la orden necesaria.
-Es aquí donde tú entras –dijo Kross, poniéndole las manos en sus hombros para conducirlo al centro.
-¿Cómo? –preguntó Valentina.
-Ya conoces las reglas, mi reina: de forma directa nosotros no podemos hacer nada más que mantenerte a salvo. Somos tus nada humildes perros guardianes. Si queremos tener algún impacto en la Tierra debe ser a través de mi humano receptor, es decir, tú.
-¿Y- y qué carajo hago yo?
-Oh, nada complicado. Un poco de necromancia que nosotros te daremos. Una vez estés completa con ese conocimiento prohibido sabrás instintivamente qué hacer. Puesto que esta ciudad es el enorme pozo negro de Argentina, lleno de energías negativas y esas linduras, será incluso más sencillo de lo que sería normalmente. ¡Que pase el primer grupo!
El primer grupo lo conformaron trece demonios de variada apariencia, rasgos y vestimenta. Uno en uno fueron pasándole en frente para tocarle, sólo tocarle, de cualquier manera que se les ocurriera; ya fuera con una palmada a la espalda, un ligero apretón en el brazo, poniéndole un mechón de cabello tras la oreja, estampándole un beso en la zona de su rostro que quedara más al alcance o estrechándole la mano, mientras pronunciaban un solenme “un gusto estar aquí”, todos hicieron su contribución. Valentina no sabía si era por la magia que se le era traspasada o un ataque de sueño repentino, pero de pronto sentía el cuerpo pesado y su cabeza daba giros de borracho tuerto sobre su cuello. Kross le sostuvo cuando empezó a tambalearse.
-Faltan tres grupos más –informó-. No te preocupes por el mareo, es sólo el cuerpo acostumbrándose a una cantidad nueva de energía externa. Pasará pronto. ¿Lista para el siguiente?
Valentina se enderezó y respiró profundo antes de responder de forma afirmativa. Cincuenta y dos demonios más tarde, el cementerio entero parecía subido a un carrusel fuera de control. Cerró los ojos, jadeando. Alguien le pasó un paquete a Kross y este se lo puso en la mano; era un alfajor doble relleno de dulce de leche y cubierto de chocolate con leche. El olor se le presentó como una bestia salvaje y ni siquiera se dio cuenta de cuándo empezaba a masticarlo, tragándoselo a pesar de una protesta lejana de ahora se le iba a correr el maquillaje. Se llenó la boca hasta redondear los cachetes y luego los vació, sintiendo la dureza del alfiler en su cuello presionar contra la piel al tragar.
-Tenía hambre, ¿eh?
-Cállate, idiota, para eso los hemos traído.
Kross le frotaba la espalda. Al erguirse, Valentina descubrió con algo de sorpresa que ya se encontraba mejor. E incluso era cierto lo que le habían indicado; no cabía la menor duda en su ser acerca de lo que debía hacer. Pasados unos segundos, asintió a la silenciosa pregunta de los presentes. De pie, separó los pies de modo que quedara perfectamente equilibrada respecto al suelo y elevó los brazos con las palmas hacia abajo. Percibía algo así como un viento cálido envolviéndole el cuerpo entero, sin tomar en cuenta para nada su vestimenta. De inmediato adquirió la respiración profunda y constante de las personas dispuestas a la meditación para entrar a un plano de existencia más elevado. Luego de seguir así un rato, cual motor cargándose, adelantó el pie derecho, dobló un poco las rodillas y estiró los dedos a la vez que pronunciaba las palabras ancestrales de una forma extraña, como si de pronto le hubiera crecido una lengua viperina adentro:
-Rize Laxaruz.
Justo después volvió a su posición original, dejando caer los brazos. Los pulmones se le llenaron y ahuecaron a la velocidad acostumbrada durante la consciencia. No hubo segundos de anticipación inaguantable donde los espectadores contuvieran la respiración al unísono, entre otras cosas, porque los demonios no respiraban en primer lugar. Fue más bien pronto el cambio desde la estabilidad total en el mar de cajas abiertas a campo de flores enhiestas, cuyos pétalos marchitos tenían una forma indudablemente de dedos humanos, si bien muchos estaban tan desechos que ya sólo eran palos blanqueados.
Kross le hizo un gesto al ciber gótico. Este y otros como él encendieron sus cámaras, cada uno con su propia cuenta de youtube lista para ser utilizada esa noche.
-Vamos.
El carro alegórico representaba un solo trono del cual parecía salir un par de alas draconianas. La base la vinieron a formar un montón de los cuerpos apilados, más específicamente aquellos a los que la naturaleza ya les había quitado casi todo rastro de carne. Unidos por la mera voluntad necromántica, no les hacía falta cuerdas o alambre. Kross mandó a ponerse a los filmadores en cierta posición, de modo que captaran de la mejor manera posible la ascensión asistada por él de su reina, la razón de su presencia, hasta su silla designada. Detrás de ellos iba la camioneta con los altoparlantes tocando a todo volumen. Y ahí iban a pie los cadáveres más “rellenos.” Valentina se extrañó de que fueran tan silencioso y caminaran sin emitir los esperados gemidos amenazantes.

El video jamás llegó a la red.
A pesar de la combinación de sonidos vivos típicos del centro de una ciudad en el principio de un fin de semana, la gente oyó con claridad la música acercándose por la calle. De haber sido cumbia o abrirse con la voz de un narrador entusiasta, habrían supuesto que era una medida publicitaria y lo habrían dejado pasar. Pero el hecho de que fuera sólo música extranjera en un idioma que sólo unos pocos identificaron como alemán no podía ser explicado de forma tan sencilla. Los policías estaban extrañados. Nadie les había informado de ningún evento cultural. De ser algo muy grande tendrían que hablar con los encargados y desmantelar lo que fuera que trajeran por carecer de permiso.
Las primeras personas que dieron con los marchantes rieron de gusto, de exagerado miedo y se apresuraron en sacar los celulares para tomar sus propias fotografías. ¡Eran tan realistas los disfraces! ¡Y los chicos actuaban tan bien! Viéndolos caminar nadie podría decir que poseían personalidad alguna. No hablaban entre sí, no hacían poses a pesar de los pedidos; sólo iban tras el enorme carro sorprendentemente bien hecho.
Un hombre, uno de esos hombres que de pronto tuvo la necesidad de impresionar a sus amigos, tomó al más cercano de ellos y dijo con voz demasiado potente, echando aliento de cerveza, que pronto le tomaran una foto. ¿Y qué le pasaba a ese pelotudo? ¡Una sonrisa por lo menos, pendejo, dale, ponele algo de onda! Arriba en el trono, el que hacía de paje con las ropas acordes a una corte siniestra, volteó la cabeza hacia la pequeña escena y se inclinó al oído de la presunta reina.
Y ella, aunque ni una sola persona fue capaz de apreciarlo, movió los labios lentamente para susurrar apenas una simple palabra.
-Cannibalis.
Inmediatamente después sonrió, oyendo los gritos.
Para cuando el carro rozaba una de las esquinas de la Plaza Libertad el pánico ya se había extendido de forma general. Era posible que no todos entendieran exactamente la razón del mismo, pero daba igual, porque a las masas no les hacía falta saber la razón de las cosas para actuar. Por supuesto, hubo los clásicos curiosos-valiente-estúpidos que encontraron semejantes reacciones como un aliciente para buscar por su cuenta la dichosa marcha, para ver con sus propios ojos a qué se debía la conmoción. Disparos se hicieron en vano. Gritos de una retirada acelerada cayeron al suelo sin que nadie se molestara en recogerlos. La gente chocaba contra otros que parecían poseer el privilegio de no necesitar el miedo, pues los muertos mordedores no les prestaban la menor atención. Estos no eran amables; se les reían en sus caras antes de empujarlos a unos brazos putrefactos o les dirigían los implacables lentes de sus aparatos, captando hasta el último fluido expulsado por sus cuerpos. Ni en los sueños más violentos de un director de terror habría salido escena más dantesca. La gente se resbalaba con intestinos ajenos, manos caían de improviso sobre sesos desparramados. Y encima de los huesos que ya todo mundo tomaba por reales, la joven reina contemplaba cruzaba de piernas y el gesto de simple satisfacción impreso en sus rasgos de muñeca clásica.
Ya quedaba muy poca gente viva cuando ella descendió a unirse a la fiesta. Realizaba una postura de pie y manos frente a los recién caídos, quienes de pronto pasaban a ser de nuevo alzados. La policía, viendo su completa inutilidad, malherida, aterrada, confusa, llamó por todos los refuerzos posibles. Los diarios y las estaciones de televisión se volvían locos telefoneando a sus fotógrafos, camarográfos y periodistas para empezar a indagar sobre el asunto. ¡El que llegue primero gana!
Pero cuando empezaron a llegar, como sucedía siempre, el clímax se había desintegrado en un final natural de los sorprendentes acontecimientos. Las imágenes que ellos captaron eran horribles desde todos los puntos de vista, espantosas, revolvían las tripas. Pero estaba tranquilo, quieto. Sólo pudieron captar a una figura cubierta de negro saltando en todas direcciones, gritando diferentes nombres pero concentrándose más que nada en uno.
Cuando por fin consiguieron ver con claridad el color claro de sus ojos en medio de una máscara de sangre, una mirada de terror absoluto, a sus espaldas el trono de huesos comenzó a desmoronarse, como si el pegamento que antes les sirviera de pronto quedara sin efecto.
-¡No! –gritaba ella. Notó las cámaras pero no le importaba-. ¡No! ¡Kross! ¡Kross! ¡Lydea! ¡Rinta! ¡Kross!
Para tratarse de una aparente mujer que no podía ser mayor de los veinte años, resultó inesperadamente fuerte. Harta de su infructuosa búsqueda, sacó un pequeño escalpelo de entre los pliegues de su vestido y amenazó con arrancarle los ojos a todo mundo si no le decía dónde los habían ocultado, dónde los tenían.
Hicieron falta cinco hombres para finalmente reducirla.

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2 pensamientos en “La marcha de la reina negra. 8

  1. Vaya. Fue bastante intenso este episodio, para que negarlo.

    ¿Quien les habra echado a perder el evento a Kross, Valen y compañia? Todo apuntaba a ser un show todo horroroso y de repente todo se echa a perder. A saber que ocurre ahora 😀 lo estare esperando.

    Besos mi Reina!

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