Mil veces déjà vu. 8

portadatentativa

Capítulo 8

La estudiantina se había decidido celebrarse en un boliche llamado El Carriete. Era un edificio de tamaño suficiente para contener por lo menos doscientos jóvenes saltando y bailando al ritmo de la música cumbia o electrónica que eligiera el dj.

El pequeño bar se veía inundado de gente inclinándose sobre la barra para pedir más bebidas, para pedir sus primeras bebidas o para esperar por las suyas. Acorde a la época festiva previa al final de las clases, todo lo que uno tenía que hacer era presentar su libreta universitaria para obtener su pedido de forma gratuita. A muchos les parecía una estupidez, pero incluso entonces los dueños del lugar no querían tener problemas por darle alcohol a los jóvenes menores de edad. De modo que a estos sólo les quedaba dos opciones; pasar por el problema de crearse libretas falsas con el sello de alguna institución, lo que podía costar mucho plata dependiendo de quién lo hiciera, o podían empezar a festejar desde la seguridad de sus casas, tomando bien lo que consiguieran sus padres o les vendieran los kioscos a los que no les importaba comprobar nada.

El grupo de la escuela de Marcos había optado por lo segundo. Ya eran las una de la madrugada cuando finalmente salieron, de tres en tres, de la casa de uno de ellos, sonrientes y todavía riéndose por la alegría de la fiesta que acababan de tener. Los padres de Nahuel, los cuales pagaron por las cervezas y el fernet, llevaron a cinco en el auto familiar, pero el resto tuvo que subirse a remises ya que el lugar estaba demasiado lejos para ir caminando.

Las luces de los láseres verdes, azules y rojos saltaban por todas partes y para agregarle un mejor efecto, aprovechando la enorme clientela que sin duda tendría, habían colocado máquinas de humo cerca del piso en cada rincón del sitios, de modo que cada que alguien se movía demasiado pronto o levantaba una pierna una nube se elevaba en el aire, pasando por el cuerpo, revolviéndose en los brazos intranquilos y mezclándose con el aliento de los bailarines. Marcos no recordaba la última vez que se había reído tanto, mientras su compañera Anabella le tomaba del brazo en dirección a la pista. Le dolían las costillas, odiaba el olor del humo artificial, pero estaba feliz moviendo sus caderas al ritmo de su capricho, independientemente de lo que pusieran.

No podía creer que esa iba a ser la última vez que viera a sus compañeros. Incluso si ninguno de ellos era Mario Franco, había tenido sus buenos recuerdos con una porción, milagrosamente sin nombres específicos a los que deseara especialmente perder de vista para siempre. De alguna manera siempre se las había arreglado para evadir los mayores conflictos sociales sin mantenerse totalmente al margen, a veces manchado pero nunca totalmente cubierto por los desacuerdos. Ni siquiera podía empezar a imaginar lo que iba a ser su vida el día de mañana y la verdad había hecho todo lo posible por no pensar seriamente en ello. Todo parecía un poco sin sentido cuando consideraba que nada de lo que hiciera podría ser a largo plazo, que al final todo, incluso las estupideces y las genialidades de su vida, iban a desaparecer antes de permitirles durar un par de décadas.

En parte, quizá, era por eso que había aceptado la invitación a la pre celebración. Quizá era con su propia versión de sus complejos que los otros lo habían hecho. Que subieran el volumen, que alguien pasara un nuevo cigarrillo, un nuevo vaso de líquido negro con espuma amarillenta y que a nadie le ocurriera hablar del futuro, mañana o la inexistencia de estos. Era un poco mejor la vida cuando uno sencillamente se comportaba como si no importara, como si nada valiera la pena más que un segundo de pensamiento antes de sumergirse, ahogarse y morir por el movimiento del desenfreno. Habían empezado a las siete y media de la tarde, ni bien el cielo se había puesto de azul, pero de alguna manera todavía parecía poco tiempo.

La semana había estado llenas de salidas entre los amigos más cercanos, selfies que buscaban conmemorar el momento, remeras blancas llenas de mensajes deseándose unos a otros las mejores de las suertes, deseando no perder el contacto. Esa era la culminación de una gran despedida, la aparente bienvenida a todas las cosas agradables y desagradables que el futuro incierto podía traerles a cualquiera de ellos.

Marcos echó la cabeza atrás y dejó que las olas en su cabeza fueran adonde quisieran. Tuvo que sostenerse de los brazos extendidos de otra compañera, Nadia, cuando las olas (y el whisky que se consumía en su estómago) quisieron hacerle perder el equilibrio por un segundo.

-¡Cuidadito, eh! –dijo ella.

Era baja pero no pequeña, como si fuera una mujer común y corriente que sólo resultara venir en una talla más corta. Todas las chicas estaban preciosas con sus ropas de marca y sus aros enormes que casi les rozaban los hombros, en muchos casos desnudos o sólo cubiertos por la tira de un corpiño. Sus cuerpos cubiertos de cremas humectantes con aromas tropicales o la esencia de un perfume de verano llenaban su nariz cuando ellas se presionaban, probando que ellas sabían mover el culo mejor que las otras.

Pero los chicos estaban también bien. Marcos se encontraba mirando sus rostros afeitados o no, muchos de ellos recién bañados, vistiendo las camisas con los botones del cuello abiertos para dejar ver los resultados de sus hormonas asomando por el pecho, ojos claros, oscuros y medios observándolo todo como si fuera otra bebida que quisieran bajarse, entre sonrisas y codazos.

Estúpidamente Marcos deseaba que uno de ellos fuera suyo o que al menos hubiera otro que mirara con la misma curiosidad por ver más que una clavícula descubierta, mucho más que unos pantalones caídos, pero hacía tiempo había renunciado a tales sueños. Todos los otros chicos así que había conocido habían salido de otras escuelas o directamente desde otro rincón en otro boliche, para bailar con él con las manos en las caderas, dejarle sentir en sus manos el sudor de su nuca y el sabor casi siempre amargo de una boca con sabor a cerveza. Las estadísticas decían que en su clase debería haber por lo menos otro como él, pero si lo estaba había sabido disimular mucho mejor que él. Rumores había, desde luego, pero nada seguro que le confirmara que no era el único al que las chicas se acercaban con más confianza que a los otros, el único que debía sonreír y aceptar las bromas de maricones por parte de los chicos como los intentos de humor que pretendían ser, porque a nadie le gustaba uno que se ofendía por todo, especialmente por un estúpido chiste.

La fiesta haría todo eso desaparecer.

Y lo estaba consiguiendo, hasta que la vio a ella. Marcos lo reconoció la cara, la foto de su imagen en el presente llegó a confundirse con la foto que saltó a su mente, sin que nadie se lo mandara, arruinándolo todo. Dentro de esa intromisión Marcos no la vio en formato papel, sino a través de una pantalla plana en su casa, la presentadora de noticias en traje diciendo que todavía se desconocía el paradero de la joven Marcela y que si alguien tenía alguna noticia podía llamar al número en pantalla. Hasta ahora no se sabía nada. Había sido vista por última vez el último viernes de Noviembre. Los sospechosos estaban en custodia, pero nada estaba confirmado. Cuando acabó de escuchar, los sonidos del boliche volvieron golpeándole como un martillo y alguien le estaba empujando, muchas manos y pies, mientras él parpadeaba tratando de ubicarse.

Podía haberse equivocado, se dijo, sintiéndose desorientado. Sacó el celular de su bolsillo y encendió la pantalla, sólo para ver que estaban en efecto en el último viernes de Noviembre. Haciéndose paso como le fuera posible, dejando a sus compañeros entretenerse por su cuenta, Marcos siguió la cabeza de cabello castaño que le había llamado la atención. Ella le dio el perfil para sonreírle al chico con el que estaba hablando, acariciándole el brazo y Marcos reconoció sin ningún género de dudas la forma de su rostro. Incluso estaba maquillada y el pelo arreglado como en la última imagen que se había creado de ella. Un selfie de esa noche, tomada en el baño justo después de arreglarse.

El chico con el que ella hablaba debía tener entre veintitrés o incluso veinticinco años. Tenía una sonrisa que no le costaba calificar de divina y un cuerpo para hacer juego, pero había algo en la manera en que estaba mirando a la chica, mientras le pasaba un vaso de cerveza, que no le hizo ninguna gracia. No era la clásica mirada depredadora de quien esperaba cogerse a alguien en el baño o en la misma pista de baile. Eso habría pasado por normal, sobretodo en un lugar así y porque ella no tenía nada repelente a la vista. Pero era más que eso, como impaciencia, como ansiedad, como si esperara algo que sólo ella podía darle. Marcos bajó la vista hacia el vaso de cerveza. La bebida de ella burbujeaba más que la de él, a pesar de que la había conseguido al mismo tiempo. A juzgar por la forma insegura en que ella se manejaba encima de sus plataformas y que él la estaba agarrando, más que tomando del brazo, ni siquiera era la primera bebida de la noche.

-¡Marcela! –dijo Marcos, tomándole del otro brazo. Esperaba que estuviera lo suficientemente borracha para dejar colar el engaño. De cerca se dio cuenta más que antes de que no tenía más que quince años. Imprimió una falsa y alegría a su voz, sin querer ver al sujeto-. ¡Aquí andas! ¡Te andaba buscando de rato! ¡Incluso te llamé! ¿No te enteraste? Vamos con los otros, que nos están esperando.

Empezó a querer conducirla, mientras ella parpadeaba confundida, pero el tipo tironeó a su favor.

-Ay, me duele –pronunció ella con tono quejumbroso, pero su voz se perdió en medio de las personas y la música, de modo que si fue lo mismo que si no dijera nada.

Marcos la oyó porque estaba cerca, pero aunque estaba más cerca, el otro se hizo el sordo. Todavía tenía la sonrisa encantadora y los ojos eran de un azul parecido a un actor de cine yanqui, aunque el cabello estaba bien compuesto de puros rulos criollos. Marcos vio que el gesto tenía algo de tensión y el mero hecho de que fuera más grande, más anchos de hombros, lo hizo sentir intimidado.

-Eh, pendejo, deja de joder y lárgate, ¿quieres? Estaba hablando con mi amiga.

-Dale, boludo, no seas así –insistió Marcos con una falsa sonrisa despreocupada-. Hace un montón que no la vemos. Sólo déjala que venga con nosotros y te la devuelvo en un rato. Su novio la anda esperando.

-¿Novio? –dijo el tipo y miró a Marcela chasqueando la lengua. Le apretó el brazo y ella trató de liberarse, sin resultados. Parecía confundida por su propia inhabilidad para conseguirlo.

-Es que andan medio peleados de momento –inventó en el acto-. Sólo déjala que la lleve. La anda buscando.
El tipo sonrió. Marcos casi sintió su máscara caerse, pero la mantuvo en su lugar a su pesar.

-Decile al noviecito ese que puede ir a tomar por culo –pronunció lentamente, tranquilo, como si quisiera asegurarse de que entendiera cada palabra-. La pendeja se ha querido venir conmigo, ahora él se jode. No es mi culpa que la haya elegido tan puta.

Marcela había dejado de pelear y miraba el enfrentamiento entre los dos entre lentos parpadeos, desorientada. Marcos volvió a ver la selfie, la última imagen que de ella se conservaría antes de desaparecer, no porque la visión se lo trajera sino porque él se obligó a recordarla para no perder el valor. Un torrente de enojo le nació de adentro, dejándolo él que reemplazara al resto.

-¿Es que vos estás sordo o sos imbécil? –le reclamó, preguntándose en qué estaba pensando-. Dejala ir, macho. Dale. Hay gente que la está esperando.

Entonces extendió la mano hacia el frente y trató de ayudar a Marcela a liberarse de su agarre. La piel estaba caliente y la mano muy dura, como piedra que se hubiera formado alrededor de ella. Con la otra mano el tipín, que de pronto ya no le pareció para nada divino, le empujó desde el hombro y Marcos casi se tropezó con sus propios pies.

-¿Qué me has dicho, puto? –dijo el otro, acercando demasiado sus rostros, elevando los hombros.
Marcos miró a sus ojos y le sostuvo la mirada. Quizá podía culpar al hecho de que él también había bebido. La sangre le retumbaba en los oídos.

-Entonces sí sos sordo, además de imbécil –Y de pronto, harto con él, se encontró gritando-. ¡Déjala ir, la puta que te parió!

Pasó algo que ya había imaginado, pero vio en su mente antes de tiempo. El tipo ya no quiso contentarse con empujarle, decidido a extender su otra mano de piedra en forma de puño. Marcos no sabía si había estado esperando algo así o no, pero supo adonde se dirigía y en un segundo estuvo se agachó, evitándolo por poco. Pero el otro no se detuvo y acabó aterrizando en la espalda de otro chico, de más o menos la misma edad, tan fuerte que este acabó derramando su vaso encima de su camiseta. Este se dio la vuelta, mirando con desagrado la enorme mancha que se le extendía y vio al sujeto, quien todavía tenía el puño en alto, frunciendo el ceño.

-¡Pero qué pasa contigo! ¿Te andas buscando pelea? –El segundo musculoso le dio un empujón que acabó enviando al otro hacia atrás, haciéndole caer a su vez su propia bebida, llevándose a Marcela. Esta dejó caer en su vaso sin remedio y este fue a parar a los pies de una chica que gritó asqueada.

A la hora de responder, el de los ojos azules finalmente liberó a su presa y reaccionó de igual manera, usando las dos manos.

-¡Si serás pelotudo vos, eh! ¡Ni siquiera te apuntaba a vos!

-¡Me chupa un huevo lo que querías! ¡Ya misma me estás trayendo otra cerveza! ¡Y más te vale pagarme por la ropa!

-¡Anda a cagar, maricón de mierda!

Mientras la pelea estaba dando su inicios entre una nueva tanda de insultos, y dada que la multitud era tal, pronto la ola de agresividad se extendió alrededor y ya no eran dos discutiendo por un malentendido. Antes de que se volviera una cosa incontrolable, como tenía toda la pinta de suceder, Marcos tomó a Marcela, quien ni siquiera se había movido de su sitio, y la arrastró a los empujones hacia el exterior del boliche.

A esas horas de la noche no deberían estar abiertos ni el kiosco al lado del edificio ni el restaurante pizzería, pero ambos lo estaban y más de uno de los clientes que comían en las mesas de la vereda parecían otros estudiantes, tomándose un descanso de la fiesta pero no de la reunión entre los amigos. El olor de la comida caliente y grasosa le hizo revolver el estómago. Se sentía mal en general, pero no más que la chica que acababa de sacar, que una vez afuera se apoyaba contra la pared del exterior, agachando la cabeza.

-Che, ¿estás bien? –le preguntó acercándose.

Marcela negó con precaución de tener cráneo de cristal.

-No –dijo, sentándose sobre la maceta de cemento de una planta frente al kiosco.

Marcos trató de verle los ojos y le giró la cabeza hacia él lo más amablemente que pudo. Parecía no hacer ninguna falta, ya que ella se movió obedientemente en su dirección y lo vio. Era como si se le hiciera muy difícil concentrarse en ella.

-Creo que te han dado algo –anunció Marcos.

-¿Eso es? –dijo ella, balbuceante-. No sé. Nunca había chupado nada…

-¿Tienes tu celular aquí? Voy a ver de llamar a tu casa para que te vengan a buscar. ¿Habías venido con alguien?

-No… ya se fueron hace rato.

Marcela se irguió torpemente y sacó el celular del bolsillo trasero de su pantalón. Lo dejó caer en la mano abierta del joven en lugar de sólo entregárselo. Marcos la dejó reclinarse mientras él buceó entre los menús. Era un celular viejo, ni siquiera táctil, y recién estaba aprendiendo a utilizar algo así. Finalmente encontró el contacto llamado “casa”, pero ella le puso la mano en el antebrazo para detenerle.

-No, llama a Iki –dijo-. No quiero… Se van a enojar si voy así. Llámalo.

-¿Quién es ese? –preguntó Marcos, encontrando el número entre la lista de marcación rápida.

-Mi primo –contestó Marcela entre inspiraciones lentas-. Trabaja con la policía.

Estaba en el número uno, incluso antes que los padres. Presionó y luego mantuvo el aparato contra su oído, teniendo un mal presentimiento en mente. Tuvo que intentarlo dos veces para que finalmente contestara y dejara de enviarlo al buzón de voz. Contestó justo la voz que se temía.

-¿Marce?

-Icaro –dijo, tomando aire-. Escucha, soy Marcos y estoy frente al Carriete, en la calle Mendoza. Tu prima Marcela anda mal y necesita que las busques. ¿Puedes venir?

-¿Como que anda mal? –se lanzó a preguntarle Icaro, sonando como que estaba saliendo de la cama de un salto-. ¿Qué ha pasado?

-Nada, cálmate.

“Y menos mal”, pensó para sí, viendo a la chica desvalida. Todavía podía ver el noticiero si volvía a conjurar la visión y escuchaba las mismas palabras de antes. Esperaba que eso significara que sólo fuera un recuerdo suyo y nada más. Debía serlo con el detective.

-Sólo venite.

-Voy en seguida. ¿Adónde has dicho que estaban?

Marcos repitió la dirección y luego colgaron. Le entregó de nuevo el aparato a Marcela, quien solo lo mantuvo en su regazo. Extendía las piernas sin fuerza ni voluntad, y en general lucía como alguien dispuesta a simplemente caerse del sueño. Era evidente que no podía dejarla en ese estado, de modo que Marcos envió por whatsapp un mensaje al grupo de su curso para anunciar que se iba a casa. De paso le envió lo mismo a un par de sus compañeros. Al cabo de unos minutos, Nadie le respondió diciendo que no se podía estar más, así que ellos también se iban. Cuando sus compañeros salieron, dijeron que la pelea se había extendido y era un desastre. Los patoteros ya habían empezado a sacar a los mayores problemáticos cuando ellos decidieron que habían tenido suficiente celebración. Algunos llamaron para que los buscaran y otros prefirieron quedarse a comer algo o seguir tomando en el kiosco.

-¿Y a vos qué te pasó? –preguntó Anabella-. Estaba ahí un segundo y al momento ya te habías ido. Creíamos que te habías ido con algún chico.

-No, ojala –dijo Marcos, girando los ojos. Movió la cabeza en dirección a la chica en la maceta-. La vi a ella, que es amiga de un amigo y quise saludar. Pero resultó que el loco ese que empezó con todo el embole lo empezó por ella cuando quise llevármela para charlar. Además, ya se sentía mal así que salimos a tomar aire.

-¿Qué le ha pasado? –inquirió Nadie, mirándola con curiosidad. A la chica en cuestión no podía importarle menos.

-Le ha caído mal la bebida –respondió Marcos, lo cual técnicamente no era más que la verdad.

-Ay, pobrecita. ¿Y qué van a hacer? –Anabella miraba a la más joven con pena.

-Ya he llamado a su primo para que la busque. Supongo que le voy a pedir que me lleve a casa de paso.

El remis que las chicas habían llamado llegó. Nadia se inclinó en la ventanilla para preguntar si efectivamente venía por ellas y, viendo que era así, le hizo un gesto a las otras para que empezaran a subir. Marcos les dio un beso en las mejillas a todas y respondió igualmente a todos sus deseos. Unos momentos más tarde, reconoció el auto de Icaro en la esquina y le hizo unas señas.

-Ya llegó tu primo –le dijo Marcos a Marcela-. ¿Quieres que te ayude?

Con lentitud, la chica dio su acuerdo y Marcos se pasó uno de sus brazos por los hombros, impulsándola hacia arriba, en dirección al coche que se acercaba. Por primera vez en casi un mes, volvió a ver el rostro del detective mientras este bajaba del vehículo, calzado con sandalias para andar por casa, y los ojos demasiado abiertos para lucir tranquilo.

-¿Qué ha pasado? –preguntó, abriéndole la puerta a su prima.

Marcos se agachó para dejarla sentada y se volvió. Al menos con él podía contar toda la historia sin tener que dar más explicaciones.

-Unos tipos ahí adentro la drogaron, pero la saqué antes de que le hicieran nada –explicó.

-¿Cómo? –dijo Icaro, frunciendo el ceño-. ¿Cómo que la drogaron? ¿Le metieron algo en la bebida, la inyectaron, se lo hicieron fumar?

-Creo que fue en la bebida –Marcos miró la imagen de la chica a través de la ventana-. Iba a hacerle algo. No sé bien qué, pero ella iba a salir en las noticias como una desaparecida. Fue por eso que la reconocí.

Icaro se echó un poco para atrás, asimilando esa nueva información. Con él no tenía que aclarar cómo era que lo sabía. Ya habían pasado la etapa de preguntarse si todo lo que decía era cierto o no. Icaro vio hacia el boliche, de donde los jóvenes continuaban saliendo y les lanzó una mirada feroz.

-¿Quién es? –preguntó con una voz medida-. ¿Me lo puedes señalar?

-Podría si lo viera al chango –dijo Marcos, cruzándose de brazos-, pero empezó a pelearse cuando traté de hacer que la soltara. Armó todo un embole y al final consiguió que lo sacaran por la parte trasera.

-¿Y vos? –dijo el detective, viéndolo a él. En esos momentos parecía mucho mayor que los hombres que había visto darse los primeros golpes-. ¿Estás bien? ¿No te han golpeado ni nada?

-No –respondió Marcos, casi divertido-. Le vi antes de tiempo y me agaché. De puro milagro, la verdad –reconoció, encogiendo los hombros.

La expresión de Icaro se suavizó, pero no del todo.

-Será un hijo de puta –pronunció apretando un puño-. Y seguro que ni siquiera es la primera chica con la que lo hace, el infeliz. Encima pedófilo enfermo de mierda. Meta andándose a ligar con una niña de quince años.

-Más de lo que te dije no sé –suspiró. Si se ponía en humor moralista iban a estarse ahí toda la noche-. Pero che ¿me puedes llevar a casa? No tengo ni medio centavo para nada y me da cosa despertar a mis viejos.
Icaro tardó unos segundos en volver a verle en lugar de la multitud. Parecía que su primer instinto era largarse al interior y preguntar a cuanta alma viviente quién había sido el criminal. Pero al final acabó aceptando las circunstancias del asunto y la imposibilidad de hacer semejante cosa, por lo que apartó con la vista con un resoplido de descontento.

-Subí –indicó como toda respuesta.

Marcos se ubicó en el lugar al que se había habituado dentro de ese vehículo, el del acompañante. Icaro no le dijo nada al respecto al ocupar el suyo. Miró a su prima por el espejo retrovisor y las bases de cemento que sostenían su rostro volvieron a volverse sólo piel y músculos suaves.

-¿Me escuchas, Marce?

La chica rezongó.

-No te voy a decir nada de la tremenda estupidez que has hecho quedándote sola en un lugar así ni de que a tu edad la última cosa que deberías estar haciendo es beber hasta las tantas de la madrugada –Aunque el regaño no era con él, Marcos no pudo sino girar los ojos. Lo de quedarse sola le parecía justo, pero ¿quién realmente se escandalizaba de jóvenes tomando cerveza un fin de semana y al final de clases? Sin conducir o hacer una estupidez semejante, sólo beber. Él había bebido su primera copa a los trece y el mundo no se había deshecho por ello-. Voy a dejar que tus padres te hablen de eso. Pero ojala que esta la última vez que te metes en un problema así, ¿me oíste?

-No me siento bien –respondió Marcela, acostándose en el asiento-. No grites.

-No estoy gritando –dijo Icaro y en realidad no lo hacía, pero abandonó el tono severo. Si sus padres eran siquiera un poco como Icaro iba a escucharlo de sobra en casa-. ¿Quieres que pasemos por una farmacia y así te compro algo? ¿Qué es lo que te duele? ¿La cabeza o el estómago?

Marcela se señaló la sien y luego dejó caer su mano hasta el suelo.

-No, quiero dormir –dijo, cerrando los ojos-. Dale, Iki. Llévame a casa.

-Bueno –aceptó Icaro, poniendo el auto en marcha-. Si tienes ganas de vomitar decime y así paramos, ¿está bien?

Marcela asintió con la cabeza lentamente y recogió sus rodillas, acomodándose.

-¿No sabes cuánto ha bebido? –le preguntó el detective.

-Se me hace que sólo una cerveza, pero ahí estaba la droga. Por poco le dan otra dosis.

-Mierda, Marcos –suspiró el mayor, distendiéndose-. Menos mal que estabas ahí. Ya he sabido de casos así antes. Unos pendejos se consiguen una droga pensando que van a tener lo que quieren sin esfuerzo ni problemas, pero entonces alguien se toma más libertades, viendo que ellas no pueden poner ninguna resistencia, y se les va la mano de forma irreparable.

-Fue de pura casualidad –Marcos sintió que debía dejar eso en claro-. Yo estaba celebrando la estudiantina con los de mi clase cuando la vi. Parecido a lo que me pasó contigo.

-Pues doy gracias al cielo por eso –dijo Icaro, echando una mirada a la figura durmiente detrás.
Marcos no supo qué responder a eso, de modo que lo dejó estar al comentario. La conversación cayó en un punto muerto en ese momento. Marcos había dicho la verdad cuando aclaró que pretendía cortar toda relación con el detective. Lo había bloqueado de los juegos online cada vez que se encontraban e ignorado sus mensajes de texto. ¿Cómo se suponía que debía actuar después de eso y pedirle ayuda a las cuatro de la madrugada?

Decidió que esto no tenía por qué cambiar nada. La decisión estaba tomada y lo único que quería era cargar otro epitafio en su memoria. Puede que no todo fuera su culpa, tenía la suficiente razón para entender eso, pero no podía negar la relación entre Mario Franco y el viejo ex policía. No quería comprobar si la tercera era realmente la vencida. Con una le bastaba.

-¿Cómo te ha ido en la escuela? –preguntó Icaro de pronto.

Para Marcos, que estaba viendo por la ventana, tuvo que repetirlo para que el más joven lo escuchara. Era evidente que sólo se trataba de un intento por hacer conversación amena y podía apreciar el esfuerzo. Marcos entró en un monólogo acerca de las materias que había llevado bien, de las dos que se había llevado a Marzo, y de los profesores que estaba dejando atrás, tanto a los que iba a extrañar como los que no.

Fue lo bastante largo para abarcar el resto del viaje, hasta que se detuvieron en frente de lo que debía ser la casa de Marcela. Esta ya estaba profundamente dormida en el asiento y protestó débilmente cuando su primo le agitó el hombro para despertarla. Icaro no tuvo más opción que llevarla en brazos hasta la entrada y luego abrir la puerta con la llave que ella le alcanzó. Desde donde estaba, Marcos no pudo oír lo que se decían uno al lado antes de que Marcela, insegura sobre sus pasos, pasara al interior junto a su primo. Estuvieron adentro unos cinco minutos antes de que Icaro volviera a salir, cerrara la puerta detrás de sí y se dirigiera al auto.

Marcos vio las luces de la casa y la sombra de otros adultos moviéndose.

-¿Todo bien? –preguntó.

Icaro se frotó los ojos y contuvo un bostezo tras una palma. Marcos se recordó que lo había despertado a la madrugada para eso y sintió que era un idiota. Debió haber llamado a los padres directamente. ¿Qué necesidad tenía de hacerle caso a la chica? Ninguna. No realmente. Por capricho suyo, por querer comprobar si Iki era el mismo tipo en que él pensaba, otra cosa que podría haber comprobado solo si el adivino en su cabeza dejara de ser holgazán.

-Todo bien –dijo Icaro-. Les dije a mis tíos que mejor la dejaran descansar ahora y mañana les iba a llamar para explicarles lo que pasó.

-¿En serio lo tienes que hacer? Si en realidad no pasó nada.

-No importa que al final no haya pasado nada. Podría haber pasado y eso es suficiente para algo así. Si no era ese tipo podría haber sido cualquier otro el que se aprovechara de ella. Incluso la puta loca esa de mierda –Lo último Icaro prácticamente lo escupió con rabia.

Marcos miró hacia su pecho y luego sus pies. No se había dado cuenta antes, pero con el pantalón subido al estar sentado, veía que uno de ellos todavía estaba envuelto en vendas gruesas. Le dio una especie de estremecimiento pensar en lo que habría debajo de ellas y apartó la vista.

-¿No tienen noticias de ella todavía? –preguntó sin poderlo evitar.

-No. Lo único bueno de todo es que la puta no lo va a tener tan fácil con toda la policía buscándola. Pero los enfermos como ella van a tener que seguir haciendo lo que hacen y ahí va a ser cuando se equivoque.

Marcos no necesitaba que elaborara más para oír lo que llevaba implícito esa frase. “Y yo quiero estar ahí cuando pase.”

-Perdoná –dijo, sintiendo que se lo debía al menos-. No te he servido de mucho con eso.

Icaro negó con la cabeza.

-Ya te he dicho que vos has hecho todo bien –dijo con un cansancio que ya no tenía que ver con la falta de sueño-. No sé cómo más decirte para que lo entiendas. Vos has hecho bien. Yo la cagué.

Era la primera vez que Marcos se lo había oído decir de esa manera tan seca, tan convencida y resentida por ello. Frunció la nariz. No le agradaba eso.

-¿Pero te das cuenta qué juego pelotudo es este, no? –dijo-. Al final los dos estamos mal por algo que el otro cree que es una estupidez.

-Oh, no, lo tuyo seguro que es una estupidez. Tendrás tus razones, pero, te digo sin dudarlo, que son estúpidas. Descubrir la identidad de una asesina para la cual nadie tenía ninguna pista no es nada. Descubrir una operación de fraude tampoco. La verdad no entiendo cómo después de todo eso todavía lo puedes revolver en tu cabeza y salir con la conclusión que hiciste algo mal.

-¿Vos sos el que anda con dos agujeros de bala en el cuerpo y me dices que no hay nada malo? –Marcos estaba comenzando a enojarse. ¿Cómo no podía verlo?- Te aplico la misma lógica que vos a tu prima; no importa que vos sigas vivo. El hecho de que podría haber pasado ya es suficiente.

-No es lo mismo –respondió Icaro, remarcando cada palabra, clavándole la mirada-. Yo he salido ahí afuera sin saber claro lo que iba a pasar. Yo asumí el riesgo de que pasara cualquier cosa. Marcela es una niña que hizo una estupidez sin siquiera plantearse un momento lo que podría haber pasado. No es lo mismo. ¿Y te digo más? Las dos veces vos evitaste que pasara algo peor. Esa perra podría andar por ahí toda pancha de la vida sin que a nadie se le ocurriera pensar siquiera que es una mujer y mi prima… No sé qué le habría pasado entonces. No quiero ni imaginarlo, la verdad.

Marcos masticó su frustración por unos instantes y luego saltó con otra replica.

-¿Y vos qué? ¿Vos tienes derecho a estar mal por algo que ni pudiste controlar pero yo no?

Icaro apretó la mandíbula.

-Yo pude haberlo controlado. Yo estaba ahí.

-Sí, y saliste vivo –siguió Marcos-. Saliste y contaste tu historia. Ahora todo mundo lo sabe y, como vos has dicho, sólo va a ser cuestión de tiempo para que la atrapen. Si es así, explícame por favor cómo carajo la has cagado en esa cabeza tuya.

-Vos sabes lo que ha hecho esa puta. ¡Yo la tuve ahí en frente! ¡Debería haberla matado entonces! –Icaro se pasó la mano por la frente, consternado no por la idea, sino por haberla dicho. Al bajar la mano estaba casi riéndose de sí mismo. Marcos no entendió de cómo hasta que volvió a hablarle-. Tienes razón, es un juego pelotudo. Porque mientras vos te andas torturando por lo que yo he hecho, yo estoy bien haciéndolo por lo que no hice. ¿Entonces cómo crees que podríamos quedar? ¿Cincuenta de la culpa es mía y cincuenta de la culpa es tuya? ¿Así estarías mejor?

-No –pronunció Marcos, viendo hacia afuera o cualquier sitio antes que él y dejarle reconocer las señales de disgusto sonrojado en su rostro-. Porque vos no has tenido que aguantarte saber que no has podido evitar que maten a tu amigo.

-¿Eso piensas? –dijo Icaro con una sonrisa de medio lado-. ¿Qué pasaría si te dijera que el viejo quería que yo lo ayudara a descubrir a la enferma esa desde el inicio? Él me lo ofreció y yo le dije que no me interesaba. Lo siguiente que me entero es de que ella lo ha matado, después de tenerlo días y días encerrado hasta convertirlo en andrajo, para finalmente tirarlo en una gasolinera de mierda como basura. Podría haber sido yo o podríamos haberla descubierto entre los dos mucho antes. O podría no haber pasado nada de eso pero él seguiría aquí. No tengo idea de cuál y voy a tener que vivir lo que me resta de vida sin saber la respuesta.
Las palabras en la confesión de Icaro, una por una, cayeron como bloque de cemento sobre el estómago de Marcos. No era tanto el discurso en sí, como la forma en que Icaro lo pronunciaba. Con una herida invisible refleja de la suya.

-Mira, ya no estamos lejos de tu casa –dijo Icaro de pronto. Marcos ni siquiera se había dado cuenta de por dónde andaban-. Te puedo dejar en casa, verte entrar y ninguno de los dos nos vamos a tener que hablar nunca. O nos podemos comprometer a intentar hacer algo bueno entre los dos. Quizá ni siquiera tenga que ver con esa loca de mierda o quizá sí. A lo mejor sólo es algo bueno que evita que a otra persona desaparezca.

-Tienes mucha confianza en lo que hago –afirmó Marcos, a disgusto-. Demasiada. Creo que prefiero cuando andabas escéptico. Prácticamente estoy haciendo tu trabajo ya.

-Créeme, no hay nada que a mí me gustaría más que no incluirte en nada de esto. Deberías estar concentrándote en buscar una universidad o un trabajo o viajar, no en estas cosas. No tengo derecho a pedirte que cambies nada de eso. Pero si al menos existe la posibilidad…

-Ya –le cortó el joven-. ¿Conoces todas esas historias de oráculos de la antigüedad? ¿El complejo de Edipo? Yo sí. Las leía como loco cuando era chico. ¿Cómo sabes vos que no la estamos cagando todavía más metiéndonos con el futuro?

-¿Hubieras preferido dejarla sola? –inquirió el detective y su voz tenía una nota de incredulidad-. ¿Dejar que se la llevaran y no hacer nada?

-No he dicho eso. Digo que ninguno de los dos sabe cómo esto va a terminar. Fácilmente podría ser peor.

-O podría ser mejor.

Marcos emitió un sonoro rezongo, haciendo gestos como de arrancarse la cara.

-¿Vas a seguir diciendo eso, que no? Lo echas todo a la suerte y a la mierda con lo que pase.

-Es mejor que no hacer nada –dijo Icaro, desviando la vista de la carretera un instante para verlo.

Y Marcos supo a lo que se refería. El sentimiento de no haber podido ver mejor lo que era la escena de un crimen que podría evitar. La idea de haber desperdiciado una oportunidad de tomar un nuevo caso. Cualquier resultado era mejor que eso, en los cuales ni siquiera se podía vislumbrar una alternativa. Tuvo que desviar la vista primero porque esos eran pensamientos que no había compartido con nadie antes. No sin sentirse estafado por alguien que no podía caminar con sus mismos zapatos.

-Bien –dijo, irritado e incómodo, levantando las manos-. Me rindo.

Cuando volvió a levantar la vista, el detective todavía tenía esa estúpida sonrisa de victoria.

-Puto.

Lo peor era que resultó contagiosa.

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Un pensamiento en “Mil veces déjà vu. 8

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