Voces huecas. 7

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Las Ranas de Tierra atacaron otra vez. Emma contempló los rostros indignados, desconcertados e indiferentes de la multitud. Una multitud indistinta, compuesta de gente yendo al centro para hacer su trabajo, yendo a realizar las compras de la mañana en el centro o extendiendo sus lectores de tarjetas para pedir, en voz patética, una pequeña ayudita. Aunque le buscara alguna diferencia esencial con la estación a la cual bajaba desde que se independizara, no la había, a excepción de los números en las entradas. Las mismas sonrisas en 3D presionando los centros de placer en su cerebro cuando eran percibidos, el mismo lienzo gris claro vacío donde, como por arte del copypaste, una caricatura de una niña construyendo un castillo con lo que parecían ser sólo sus manos. Y las mismas voces preguntándose qué significaba eso y cómo pudieron eludir la seguridad.

Pero una vez pasada la impresión, había un horario que cumplir y asientos que ocupar. A lo largo de una fila de personas formada tras la línea de seguridad, una figura conseguía destacar con cierta facilidad. Era un hecho comúnmente aceptado que las ropas siempre atestiguaban una parte del ser de alguien. De ahí una de las estrategias publicitarias más usadas, “convencer al cliente de que sólo así podrá ser él mismo.” En la temporada estaban de moda los colores chillones combinados con café para aquellos que eran serios en su trabajo pero todavía sabían disfrutar de la vida. Lo que la chica en cuestión utilizaba sólo había sido utilizado hace años durante la precipitación de ácido caída sobre Chile, como una pretendida forma de hermanarse con la desgracia ajena. El negro entonces era elegante, serio y propio de seres inteligentes que sabrían gastar bien su crédito para compartir simpatía mientras ellos continuaban con su vida ordinaria. Después hubo la inauguración de la primera ciudad flotante de América Latina, encima de los restos desechos de los desahuciados, y entonces el amarillo, símbolo universal de alegría indiscriminada, dominó la escena.

Una cosa era lo que la gente decidiera usar en sus fiestas privadas, por eso Emma no se había sorprendido ante la vestimenta del grupo de Abel. Pero en la mañana, rodeada de trajes brillantes y faldas masculinas de látex en verde chillón, las botas de negro reflejante, las hebillas de plástico plateado para simular metal y los guantes a cuadros blanco y negro sólo parecían fuera de lugar. Era como si sólo hubiera aparecido ahí, sin ninguna conexión real con el mundo.

Por otra parte, el corpiño relleno o el tratamiento hormonal que tantas jovencitas solían tomar no engañaba a nadie. Poseía la cara de una niña, todavía menor por los grandes ojos celeste con motas grises, no menor a los catorce o quince años. Los auriculares con calaveras sonrientes moradas titilaban al ritmo de un tema que sólo ella conocía. Era la única vestida así. La única con un tatuaje de mariposa asomando desde el cuello de su blusa y debajo de un collarín.

La que Lilliand le había indicado era la siguiente. El hombre estaba justo a su espalda y su respuesta a la mirada interrogante que fue inevitable dirigirle fue asentir con suavidad. Emma abrió los ojos en incredulidad viéndola de nuevo. Era una pendeja. Un pendeja con bastante crédito para vestirse con prendas completas y accesorios Anon. ¿Qué tenía ella que ver con el dueño de la laptop o un borracho? Pero Lilliand le señaló el reloj de la estación con un movimiento de cabeza. El transporte estaba a punto de llegar.

Antes de saber cómo, los dos ya se encontraban ahí, justo a su espalda. La mariposa tenía alas puntiagudas en rojo y negro. Si uno les ponía la bastante atención el tiempo suficiente comenzaba a moverse, como si el incesto estuviera a punto de iniciar un viaje por la piel morena de la chica. Ella no se enteraba de nada, abstraída, la cabeza baja y labios verdes brillantes formando una línea inexpresiva. ¿En serio estaba pasando?

Una última pregunta insegura sólo confirmó el hecho, ya bastante claro. El ligero zumbido de la corriente eléctrica siendo activada y atrayendo los vagones era su señal. Lilliand no hacía ningún movimiento, a diferencia de la gente que ya comenzaba a impacientarse y moverse. Suficientes empujones, pisotones y apretamientos había sufrido Emma para darse cuenta de que estaba en una posición peligrosa. De no ser por las pastillas estaría ahora a punto de perder la consciencia por los continuos golpes a ella. Pero las había consumido y su poder todavía mantenía sus sueños pacíficos.

Las luces blancas aparecieron por una esquina de sus ojos. ¿Quién era esa chica? ¿Por qué debía ser ella? ¿Y por qué estaba justo encima de la línea, sin siquiera fijarse en el metro como todos los demás, como si ni siquiera le importara que nunca llegara? Alguien le dio un codazo en la espalda al mismo tiempo que su pie resbalaba sobre la superficie de un calzado desconocido.

Vio un hombro en frente que podía sostenerle, la vio comenzar a balancearse hacia atrás y adelante con una potencia mínima, minúscula, como siguiendo al fin el ritmo de su propia canción. De nuevo le golpearon, esta vez con más fuerza en el omoplato, y él dobló el tobillo adelantando el brazo.

Fue nada más un pequeño empujón. Lo mismo que le había dado a todos los objetivos antes, nada diferente. Siempre había sido todo lo que hacía falta. En medio de la multitud que esperaba el inicio de su día laboral, nadie vio nada.

Podría haber sido cualquiera quien se tropezara.

Las cabezas giraron y unas voces se elevaron. La chica se dio la vuelta como si quisiera encontrar al dueño de aquella mano, pero cuando lo encontró no había reproche, no había tristeza. En un segundo infinito Emma se dio cuenta de que no había nada, apenas una leve sorpresa que no la afectaba demasiado. Entonces vino el transporte.

En medio del rojo salió un negro brillante, familiar.

Alguien le tomó del brazo y lo apartó del camino de las salpicaduras. Gritos de consternación y exclamaciones de incredulidad. Gente empujándose para ponerse al frente con las cámaras de sus Anon en alto. Lilliand continuó tirándolo hasta una zona libre en la que finalmente pudo volverse y contemplar la escena. Se sentía aturdido y en blanco, casi agradecido de que él no tuviera que ser quien decidiera moverse. La repentina voz femenina que salió por los altoparlantes le arrancó un respingo.

-Atención, por favor –dijo con una voz suave y tranquila, ideal para las emergencias-. Por favor, apártense de la línea de seguridad. Hemos llamado ahora a las autoridades y nos encargaremos del inconveniente a la menor brevedad. Los viajes deberán ser pospuestos hasta llegar a una resolución satisfactoria. Disculpen las molestias.

Inmediatamente después de que se cortara el sonido, las personas comenzaron a reclamar. No les hacía ninguna gracia ese atraso. Emma percibió un lejano alivio de no ser uno de ellos, al menos no esa mañana que él tenía libre. Libre para empujar gente a su muerte. Una repentina presión al fondo de su garganta y de pronto se encontró apenas llegando a un tacho de basura para la expulsión de su estómago. Se sostuvo con las dos manos, las piernas temblorosas, hasta que se dio cuenta de que quería seguir vomitando incluso si no tenía nada.

El horrible sabor de la bilis.

Un pañuelo de papel apareció en su periferia. Emma lo tomó de un manotazo y se limpió los labios, enderezándose con cuidado.

-¿Qué…? –dijo pero tuvo que cerrar la boca, tragar restos e intentarlo de nuevo-. ¿Qué mierda ha sido eso?

-Un objetivo –respondió el rubio, como si le extrañara su duda.

-No, esto –dijo, señalando el techo de basura-. No he comido nada… Sólo la sopa de siempre y nunca me había caído mal.

-Es un reflejo culpable –explicó Lilliand, frotándole la espalda de arriba abajo. Emma no estaba seguro de qué buscaba con aquel contacto, pero de cierta forma lo tranquilizó y decidió no cuestionarlo de momento-. Es normal en situaciones así. Lo extraño sería que no la tuvieras.

-Pero si yo no he hecho nada –dijo Emma, pasándose el material de nuevo por los labios. Ni siquiera recordaba haber vomitado antes y ahora tenía miedo de repetirlo sin advertencia-. Vos me has dicho que eso era lo que ella quería, ¿no? Que llevaba meses deseándolo. Es ella la que se paró más allá de la línea, yo no la puse ahí.

-Así es.

-¿Entonces qué carajo?

El reclamo le salió un poco más alto de lo que pretendía. Una señora los observó unos segundos más de los necesarios antes de volverse a la multitud. ¿Qué vería la gente que de casualidad los pescaba juntos, a él con su ropa de calle y Lilliand con otro de sus trajes? ¿Creerían que eran una pareja? ¿Un tutor y su estudiante? ¿Compañeros en la venta de drogas? Lo último probablemente sería lo más cercano a lo que cualquiera de ellos podría llegar sin empezar a hacer un serio ejercicio de la imaginación. Por primera vez desde que empezaran a verse Emma pensó que lo que hacían no podía ser algo bueno. Antes razonaba que para bien o para mal, no eran ellos lo que acababan con las vidas sino la gente quien las tomaba en sus propias manos. Lo que las personas hacían con aquello que les pertenecía era asunto suyo. No de él.

Se dirigió a una máquina expendedora y compró una gaseosa. Necesitaba quitarse el mal sabor. Desde afuera se oían las sirenas de una ambulancia. Vigilantes en sus trajes metálicos celestes bajaban por las escaleras y empezaron a pedir por orden. Dentro de poco iban a empezar a tomar nombres.

De pronto se dio cuenta.

-Las cámaras… -susurró, mirando las lentes que salían del techo en cada esquina.

El ángulo de la visión bien hubiera permitido ver el frente de los pasajeros.

-Están hackeadas–dijo Lilliand.

-¿Y vos cómo sabés?

-¿Cómo crees que consiguen hacer esos dibujos? –Lilliand señaló hacia la olvidada obra de las Ranas de Tierra que ahora sólo podía verse a través de las ventanas. Nadie les ponía ninguna atención ahora-. No sé exactamente qué va a encontrar la persona que mire esos videos, pero sí sé que no vuelven a estar funcionales hasta que ya se ha ido el primer transporte. Es por eso que han podido mantener el anonimato todo este tiempo. De haber cambiado esto ya lo habrían anunciado por todo lo alto en las noticias. De todos modos quizá sería conveniente evitarnos el interrogatorio y salir de aquí.

-Sí –Emma dio un largo trago que obligó a pasar con fuerza-. Sí, vamos.

Subieron las escaleras hacia el exterior. Una brisa de aire frío le recorrió el cuerpo y se abrazó a sí mismo.

-Lamento los inconvenientes –dijo Lilliand, extendiéndole su puño cerrado. Su paga por ese día. Para variar Emma notó que estaba de verdad incómodo. Ni siquiera se atrevía a verlo-. Entenderé si prefieres renunciar después de semejante experiencia. Quizá sería lo más acertado por hacer.

Un par de pastillas cayeron en su palma. Eran dos, aunque el objetivo sólo había sido uno. ¿Compensación por despido? Emma le tomó de la muñeca antes de que se alejara. No quería estar solo ahora.

-Che –dijo, soltándole un segundo más tarde-. ¿Quieres ir a desayunar? Ya he tirado lo que tenía. Estoy vacío de nuevo, así que podría ir por algo.

-¿Estás seguro de que eso quieres hacer?

Emma alzó la vista. No encontró nada especial en el rostro del rubio, sólo incertidumbre. Tampoco tenía idea de qué buscaba. Lilliand llevaba haciendo esto, fuera lo que fuera, durante mucho más tiempo que él. Se encogió de hombros.

-Podemos ir a mi casa y ordenar algo –sugirió-. Yo pago, ¿te parece?

Era la primera vez que alguna vez invitaba a otra persona a su departamento. Apenas atravesaron la puerta Emma fue más consciente que nunca de que tenía la costumbre de dejar la ropa en cualquier superficie donde cayera. Recogió unas medias, una ropa interior y una camiseta del sofá gesticulando hacia la pequeña mesa de su pequeña cocina/comedor.

-Sentate –dijo-. Ya voy a buscar a alguien en la guía.

-Con permiso –dijo Lilliand, sacándose su abrigo y poniéndolo en el respaldo de su asiento.

Emma quiso preguntarle a quién le decía eso o para qué si ya estaba adentro, pero decidió que daba lo mismo y tiró las prendas hechas una bola en el armario. Luego se encargaría de acomodarlas bien. Las sábanas estaban abiertas hasta el suelo. Recogió una punta y la dejó caer encima de la cama, para nada luciendo más ordenado pero debiendo ser suficiente de momento.

-Es un lindo lugar –dijo Lilliand cuando al fin lo tuvo de nuevo en frente.

Emma arqueó una ceja, extrañado.

-Es lo único que pude conseguir. Entre mi salario y lo que mi viejo pudo darme–Tecleó en una pantalla de la pared y empezó a buscar por sitios que se encargaran a dar desayuno a domicilio cerca de su área. Revisó los precios y encontró que eran obscenamente superiores a lo que tenía pensado-. Eh… ¿con un café basta, no?

-Puedes cargarlo a la cuenta del señor… -Lilliand sacó un puñado de tarjetas de su bolsillo y separó una platino, leyendo el nombre-. Perdón. Quise decir a cuenta de la señorita Millar. No habrá límites en el presupuesto. Es una generosa dama.

Le pasó la tarjeta y el joven la aceptó antes de echarse a reír. Atrás tenía escrito con marcador el número de activación.

-Serás hijo de… ¿Cómo mierda has hecho hasta ahora para seguir vivo? Deberían haberte encerrado hace años.

-Lo harían si pudieran recordar mi cara –comentó Lilliand con simpleza-. Temo que soy muy fácil de olvidar.

-Sí, cómo no. Y mi culo es de Marte, ¿ya viste? –Emma miró con duda la tarjeta y al final se encogió de hombros, escribiendo su orden (abundante, llena de facturas, sándwiches de miga y tortillas pequeñas) antes de sentarse frente al otro hombre-. ¿Estás seguro de que esto está bien? ¿No me van a llegar buscando por robo de identidad o algo así?

-Las tarjetas tienen un chip troyano. Cualquier registro hechas con ella desaparecerá a los tres minutos. En París son relativamente fáciles de conseguir.

-Vos tendrías que escribir un libro o algo así –dijo, no sin cierto sarcasmo-. Te harías rico en un segundo.

Lilliand tomó la tarjeta y volvió a guardársela junto a las otras. Tenía las uñas pintadas de un celeste claro.

-Eso probablemente crearía más problemas que beneficios a la larga.

-Para el que no lo siga bien, obvio –Emma se estiró y encendió el televisor con un gesto airado.

Eran las noticias y, tan veloces como ellas solas, ya estaban transmitiendo desde la estación para informar acerca del escandaloso suicidio. De pasada el reportero comentaba que ya eran casi una docena de personas muertas por voluntad propia en lo que iba de los dos últimos meses, pero no ahondaba con más palabras al respecto. Ellos dos miraron en silencio la entrevista con un señor que a lo que más acertaba a hacer era quejarse del contratiempo que eso significaba para su negocio antes de que pasaran a un joven que comentaba que eso se iba a volver viral dentro de nada.

-Decime algo –dijo Emma, recostándose en su mesa. Un dedo casi amenazador en dirección al rubio-. Y quiero que me digas la verdad. Pero la verdad en serio. No medias mierdas, no cosas que yo tengo que imaginar, no nada. La verdad verdad.

-Escucho –afirmó Lilliand, irguiéndose.

-Para bien o para mal –dijo Emma y tuvo que tomar otro trago para desatarse la garganta-. Para bien o para mal…. Esta no es sólo mi cagada, ¿verdad? Estamos los dos metidos en esto. Si la cago, la cagamos los dos, ¿no es así? Porque si no es así y me dices que en serio todo va por mi cuenta, no sé qué… no, olvida eso. No voy a poder seguir con esto. De ningún modo. Así que al menos decime que vos estás conmigo esto y yo veo cómo me las arreglo.

Lilliand se le quedó viendo antes de contestar suavemente.

-¿De qué serviría que te dijera eso?

Hizo sonar la lata contra la superficie. Algunas gotas aterrizaron en su mano.

-¡Serviría mucho, carajo! –exclamó, exasperado-. ¿Pero qué te pensás? Claro que serviría saber que no estoy solo en esto. Si voy a caer en esta mierda, no, si ya ha caído en esta mierda, por lo menos me valdría saber que estoy acompañado.

-Podrías simplemente renunciar…

-¡No me digas lo que ya sé! –Emma arrancó un pañuelo de tela desgastada que expulsó la mesa desde el centro y se limpió con furia-. Un poquito tarde para eso, ¿no te parece? Ya he hecho todo lo que has querido, desde el principio lo he hecho y me ha importado una mierda lo que pasara después. ¿De qué me serviría a mí mandarte ahora a tomar por culo? ¿Para qué? ¿Para pretender que nunca hice esas cosas o que no las haría de nuevo si tuviera que volver a como estaba antes? –Se levantó y arrojó el pañuelo en el lavamanos. Pretendía hacerlo con energía pero el movimiento salió débil, derrotado. La mirada hueca de la chica relampagueó frente a sus ojos-. Ya no puedo hacer eso. Por lo menos decime que algo de esto vale la pena.

-Lo vale.

-¿Por qué? –dijo Emma, volviéndose-. ¿Por qué tenés que hacer esto? ¿Y por qué me tenías que incluir a mí? ¿Yo qué te he hecho?

-No es algo que tú hayas hecho –Lilliand se giró en su asiento-. Es más bien algo que tú puedes hacer y algo que yo espero conseguir de esto. No puedo conseguirlo de ninguna otra manera y tampoco puedo hacerlo sin ti.

-Me tenés podrido con tus adivinanzas…

Un sonido de campanas llenó el aire. A Emma le tomó escuchar cuatro tonadas antes de caer en cuenta de que ese era el tono de su timbre. Recordaba haberlo seleccionado de una variedad cuando consiguió el lugar pero nunca desde entonces había vuelto a escucharlo. Abrió la puerta, metió la tarjeta en la ranura del pecho del androide y, una vez validada, recibió de sus manos metálicas una caja plástica con su orden.

-Que tenga un buen día, señora Millar.

Emma cerró la puerta sin responder. Lilliand ya había abierto la caja y estaba acomodando los platos con los distintos alimentos en torno a la mesa. La taza de café turco para sí mismo y un licuado de tutti frutti para Emma fueron colocados frente a los respectivos asientos. Emma tuvo que admitir que era agradable que fuera otro el que dispusiera la comida. Una vez vacía la caja, Lilliand la dejó en el suelo contra el refrigerador.

-Creo que pedí más de la cuenta –confesó el joven, viendo que todo apenas entraba.

-Mejor que sobra y no que no baste –respondió Lilliand con filosofía-. Lo que no acabemos entre los dos podrás guardarlo para ti mismo.

Destapó el café y el aroma cálido complementó el de las facturas dulces. El estómago de Emma, maltratado y sólo lleno de gaseosa, se sintió estremecer con ansias. Se sentó y tomó un sorbo del licuado. El inesperado sabor dulce pareció burbujear dentro de su boca. Era la fiesta tropical que tanto había leído en publicidades antes, pero esta era de verdad.

-Me he ido a la matrix –suspiró, incapaz de pelear su deleite.

-No es la primera vez que lo oigo –dijo Lilliand-. ¿Qué significa eso?

-Que algo es tan bueno que no parece existir de verdad.

Lilliand sonrió como si algo le hiciera gracia.

-¿Y de por casualidad no sabrás de dónde viene semejante expresión?

-Andá a saber. Hasta mis abuelos lo decían así que debe tener su buena cantidad de años.

-Ya veo –Lilliand sonrió de nuevo, pero se dedicó al desayuno sin decir nada más.

Emma siguió su ejemplo. No tenía sentido desperdiciar la comida. Cuando se dio cuenta de que no podría seguir comiendo sin sentirse mal de nuevo, apartó un plato de sándwiches sin terminar de sí. Lilliand se limpió la boca con otra toalla de tela y se puso a limpiar la mesa, guardando lo que podía dentro de bolsas de plástico o dentro del refrigerador.

-Disculpa –dijo, extendiendo la mano.

Emma se echó hacia atrás en su asiento para permitirle tomar el plato.

-¿Te das cuenta de que esta es mi casa, no? –dijo sin ninguna intención de protestar realmente-. Nadie te manda hacer eso.

-Te hago pasar suficientes molestias como es –respondió Lilliand.

Los platos desechables fueron desechados. Estiró la mano en dirección a su abrigo. Emma se puso en pie.

-¿Adónde te pensás que te vas? Vos y yo no hemos terminado.

-No, es cierto –El rubio suspiró y volvió a tomar asiento-. Tenía la esperanza de que prefirieras seguir ignorante y simplemente renunciar a todo.

-Pues qué lástima. Ya me has cagado la vida. Mínimo me podrías decir responder cuando te pregunto algo.

-Muy bien –El hombro cruzó las piernas y se inclinó hacia adelante-. ¿Qué quieres saber?

-¿Quién sos?

Lilliand inclinó la cabeza.

-Un hombre de negocios.

-Y una mierda. Te acepto que la plata la robes, te acepto que hayas viajado y por eso tengas esas cosas. Pero ni en pedo me puedo creer que en serio vayas a una oficina todos los días y hagas algún trabajo honesto.

De pronto Lilliand se echó a reír con aire despreocupado. Era la primera vez que lo oía y el sonido repentino lo asustó. Ahora que lo pensaba, ni siquiera él se había reído así desde que se mudara.

-De acuerdo, me atrapaste ahí. Pero a efectos prácticos y por lo que respecta al resto de las personas, eso soy. Es una imagen conveniente, inofensiva. Incluso en los barrios bajos un hombre de negocios puede hacer lo que sea. Basta tener el suficiente crédito y, como ya has visto, no tengo inconveniente al respecto. Debajo de eso, podrías decir que soy un vividor. No tengo trabajo ni hogar fijo. Adonde me lleve el viento voy.

-¿Y qué hay de la tarjeta?

-Parte del disfraz. Se las puede mandar a hacer para decir cualquier cosa que uno quiera, si se paga el precio correcto. Sólo el número es real, como ya sabes.

-Está bien –Se removió el asiento. Había querido llegar a ese punto, pero ahora que estaba en medio de esa situación todas las dudas parecían acumularse y no sabía bien cuál era más importante plantear antes. Se palpó el bolsillo del pantalón donde tenía las pastillas. Esos pequeños salvavidas-. ¿Qué son las pastillas? ¿De qué están hechas? ¿Qué efecto secundario tienen a largo plazo?

– Se las consigue en cualquier farmacia. Los estudiantes pueden conseguirlas en época de exámenes sin el permiso de sus padres. Reduce los niveles de estrés adormeciendo los centros responsables en el cerebro. Esa es la base pero –Levantó un dedo, como deteniéndole de formar ideas- el resto es una receta que he ido perfeccionando a lo largo de los años. Nadie más que yo la conoce. Tomadas con moderación no representan ningún peligro para la salud. No mentía sobre eso. Pero en exceso podrían causar desde parálisis hasta ataques de apoplejía.

-Ah, bueno. Entonces qué buena puta suerte que vos me las des a cuentagotas –Emma sabía a cuáles se refería. Recordaba que no le habían servido de nada durante su época escolar-. ¿Soy el único con el que tienes este… trato? No aquí, sino en general.

-Actualmente, sí. Prefiero mantenerlo así ya que es muy difícil coordinar a más de una persona a la vez.

-¿Coordinar o controlar?

Emma sostuvo la mirada que le lanzó el rubio. Lo hizo a sabiendas de que no podía encontrar dentro de sí la amargura o aire desafiante que le hubiera gustado expresar. Ya sólo le quedaba su curiosidad intacta para fortificarse.

-Cualquiera que prefieras–respondió Lilliand-, aunque no importa el nombre que le pongas, el resultado es el mismo.

Emma chasqueó la lengua, pero no lo discutió.

-¿Por qué yo?

Lilliand unió sus manos con parsimonia.

-Fue por algo que te vi hacer hace unos cuatro meses. Te vi esperando un colectivo en una parada del centro. Había un niño con su padre sentado en el banco al lado de ti. El niño estaba mudando los dientes y se veía notablemente incómodo, frotándose la mejilla cada tanto. Tú escuchabas música sin prestarle la menor atención, pero hacías una perfecta imitación tanto de sus movimientos como de sus gestos, sin siquiera darte cuenta. Confirmé mis sospechas cuando vi que dejabas de hacerlo ni bien esos dos se marcharon de la escena. Probablemente no lo recuerdas, pero entonces debiste pensar que tenías que ir al dentista.

Lo raro era que Emma lo recordaba. No sólo había pensado en que debía ir al dentista sino en que no tenía seguro y tendría que pedirle a papá ayuda. Había sido un verdadero alivio cuando el malestar desapareció. Al contrario de la sensación que tuvo al tener exacta confirmación de que Lilliand no había sido ligeramente grosero con él al poner su nombre o su cara en un buscador.

El tipo lo había seguido. Durante cuatro meses había sido espiado, seguido, observado, estudiado. Verse en el restaurante y luego en el metro no había sido ninguna coincidencia. Sólo Lilliand permitiéndole verlo por primera vez. No sabía qué sentía al respecto. O más bien, qué debía sentir con más fuerza. ¿Miedo, angustia? ¿Cuánto más poder ese tipo tenía sobre él? ¿Qué más había hecho sin que lo supiera? Estaba empezando a dudar de que siquiera le permitiera abandonarlo todo incluso si él quería.

Trató de mantenerse con calma. Él estaba en clara desventaja, incluso peor de lo que pensaba antes.

-Veo que la noticia te ha perturbado –dijo Lilliand-. No puedo culparte pero, por otro lado, era la única manera de estar seguro. Entenderás que no podía presentarme ante cualquier persona con una propuesta así y esperar buenos resultados. Siempre podía ser que tú sólo reaccionaras a tu propio dolor sin relación con tus alrededores. Pero la consistencia de tu migraña acabó por confirmarlo.

-¿Confirmar qué exactamente? –preguntó Emma, cruzándose los brazos-. Lo único que yo sé seguro que si no fuera por ellas ni en la puta vida te hacía caso, sabiendo lo que pedías.

Lilliand frunció el ceño, confundido.

-¿Quieres decir que no sabes qué las causa?

-¿Por qué? ¿Vos sí? Si es así, felicidades, porque vos serías el primero y el único–A su pesar, aunque quería mantenerse en guardia frente al rubio, Emma recordó lo que le hubiera encantado conocerlo antes. O al menos dar con su receta-. Me pasé la vida entre doctores, me han hecho mil pruebas y nadie me ha dicho una mierda. Nunca. Si tienes alguna idea estaría jodidamente eléctrico saberlo.

-Perdona, yo supuse… De acuerdo, supongo que puedo intentar explicártelo desde el inicio. Asumo que no estás familiarizado con algo llamado “niños índigo” o “niño cristal.”

Emma negó con la cabeza.

-Entonces eso hará la explicación mucho más simple y corta –Lilliand suspiró, como si ese hecho fuera una decepción particular-. Son gente capaz de conocer e incluso manipular las emociones más ocultas de los seres humanos. En todo el tiempo que he sabido de existencia de ellos jamás he podido determinar cómo o por qué nacen de esta forma, pero lo hacen. El dolor de cabeza es un síntoma de que vives en un ambiente donde las emociones propias y ajenas viven saltando y siendo mal manejadas. Estrés, desconfianza, miedo, angustia, preocupaciones, celos, dolor… toda la carga emocional entra en ti y, como tú no tienes ningún control sobre lo que haces, las percibes a un nivel muy básico a la vez que eres incapaz de expulsarlos. Son como piedras que acabas absorbiendo cuando lo ideal sería que pasaran a través de ti sin afectarte. Las pastillas bloquean temporalmente este “poder”, a falta de una mujer palabra, haciéndote inmune a sus efectos. Creo que es correcto suponer que antes de saber de ellas habías estado teniendo alucinaciones menores, ¿no? Oías sonidos que no estaban ahí, puede que incluso sintieras sabores de cosas que jamás habías probado o que sintieras frío en un ambiente caluroso. Pero con las pastillas ahora no has vuelto a tener experiencias de ese tipo, ¿no es verdad?

La expresión de Emma reveló la respuesta que no atrevía a pronunciar. La súbita consciencia de qué era exactamente lo que le pasaba le había dejado incapaz de hablar.

-Espera –dijo, pensándolo mejor-. Esta cosa que decís vos ¿es de familia?

-Por lo general, sí. Por eso supuse que tal vez uno de tus padres podría haberte dicho algo al respecto, incluso si ellos no sabían controlarlo.

-No… -Emma recordó a su madre y cómo había terminado. “Controlarlo”, decía Lilliand y entendía la razón. Esa cosa podía controlarlos a ellos-. No, nunca… Digo, algo me comentaron de cosas raras que hacía de pendejo pero… ¿Eso tiene nombre al menos?

-Empatía sería el más apropiado. Es lo que permite las interacciones sociales entre las personas, pero luego hay gente como tú que nace con una cantidad excesiva. Puede ser abrumador si no se maneja.

-¿Y vos?

-No –Lilliand dio una media sonrisa hueca-. Sólo he conocido gente así. No todos necesitaban la pastilla, pero la mayoría sí con tal de poder llevar una vida normal. A cambio les he pedido exactamente lo mismo que a ti.

-¿Y si ellos no querían? ¿Si ellos se negaban después de la primera?

-Ha habido pocos casos –Lilliand se encogió de hombros- y en todos ellos el contacto se perdía inmediatamente después. No había razón para mantenerlo. Habría hecho lo mismo contigo.

-¿Y después de la segunda?

Emma se forzó a erguirse mientras el rubio le arqueaba la ceja.

-¿Temes que hayas habido alguna acción por mi parte contra ellos? –cuestionó, divertido-. Eso entraría más dentro de los parámetros de un jefe mafioso, ¿no lo crees? No tengo ningún deseo ni el poder para actuar de ese modo. Sería absolutamente ridículo.

Ese tono le irritó.

-¿Cómo querés que yo sepa si sos o no uno?

-¿Qué beneficio económico, asumiendo que la mafia se mueve por dinero, podría tener hacer lo que hacemos?

-¡Y yo qué sé! ¿Qué bien sacás ahora de esto? ¿Para qué carajo te sirve a vos?

Lilliand no respondió de inmediato y durante ese momento Emma consideró estuvo a punto de mandarle a la soberanísima mierda, chica muerta o no. Estaba harto de los misterios y si el pelotudo aquel pretendía insistir en ellos, entonces no habría caso que darle.

-Lo necesito –dijo Lilliand tras un suspiro-. Sólo así podré tener una información muy importante acerca de quién soy. Aunque, a decir verdad, ha pasado tanto tiempo que ya no sé si creo en esa promesa. Esto ya es lo único que me queda por hacer con mi vida.

Lo sinceramente patético de semejante admisión le golpeó con fuerza. Lo desarmó en un segundo. La peor parte, sin duda, fue que no pudo obligarse a creer que era un truco para darle lástima y manipularle.

-Preguntaste si estamos en esto juntos –siguió con voz suave-. Ahí tienes tu respuesta. Necesito tanto de ti como tú de mí. Ninguno de los dos está en esto solo.

Emma miró su heladera.

-Hijo de puta –masculló y se frotó el rostro, el cansancio haciéndose presente-. ¿Tenías que decirlo justo así, no? Todo meloso.

-Es la verdad –dijo Lilliand, moviendo los hombros como para recomponerse-. Eres libre de creerla o no.

-Ya sé –dijo Emma y sabía que era cierto.

Para bien o para mal, Lilliand no le había forzado a hacer todas aquellas. Las había hecho como un perro virtual cualquiera al que se le prometía un regalo por un truco. Eso no era culpa del sujeto. Tampoco algo para estar orgulloso, si debía ser honesto.

-Bueno, viendo que ya tenemos eso aclarado –dijo Lilliand tomando su abrigo encima de su antebrazo- creo que no hay más motivo para que siga aquí. Te daré mi tarjeta con mi nuevo número y si dentro de tres días no recibo noticias de ti asumiré que preferiste…

-¿Te podés callar un rato con eso? Te he dicho que ya no podía volver atrás, ¿no? –Emma extendió la mano y tomó la del rubio entre las suyas. Era la parte de su cuerpo que tenía más cerca de él. No tenía mucha experiencia con el contacto físico más allá de los amistosos de Miguel, pero entendía que en esa ocasión sólo las palabras no alcanzaban-. Te podés quedar si querés. Preferiría que lo hicieras.

Lilliand observó, curioso, pero entrelazó los dedos casi con duda, como si él tampoco supiera más del asunto que él.

-Puedo hacerlo.

-Estoy eligiendo confiar en vos –le recordó Emma levantándose.

Caminó hacia el frente del rubio, quien se echó hizo más hacia el costado de su asiento, dándole espacio para sentarse. Le rodeó el cuello con los brazos y durante ese tiempo no podía dejar de sentir asombro por lo sencillo que era, porque Lilliand estaba ahí, era sólido y todo lo que tenía que hacer para llegar a él era dar un paso. Había estado cerca de otra gente antes, pero no había sido tan consciente de ese hecho como ahora lo era.

Las manos de Lilliand se acomodaron sobre sus muslos y se deslizaron hasta su cintura, afianzándose en su espalda, sosteniéndolo contra su cuerpo.

-Lo sé.

-Y vos me necesitas –continuó Emma, dándole un tentativo beso en los labios.

Recogió con la lengua un rastro de azúcar dejado por las facturas. Percibió el aroma del café saliendo de su boca. Lilliand cerró los ojos y lo dejó hacer, presionando suavemente de vuelta antes de que se alejara de nuevo para escuchar su respuesta.

-Sí.

-Estamos juntos en esto.

Emma le besó la mandíbula y bajó hasta el cuello, viendo que Lilliand le permitía el paso inclinando la cabeza. Olía su colonia y no tenía ni idea de qué era, pero le gustó. Cuando empezó a tirar de la corbata para desprenderla de él, el hombre la desató en unos pocos movimientos.

-Sí.

Emma sintió el pulso latir en el cuello bajo sus labios.

-Y vos no sos un androide.

Lilliand demoró un par de segundos en procesar esa afirmación.

-¿Acaso eso estaba puesto en duda?

-Más o menos –admitió Emma, sin poder evitar reírse. Le besó de lleno, probando la superficie de sus dientes blancos. Se rió de vuelta cuando sintió a la lengua del otro contra la suya-. Ya te dije que SOS raro, qué queréis que te diga.

-Buen punto –dijo Lilliand y de pronto se levantó, aferrándole por debajo.

Emma se sorprendió del súbito cambio de movimiento y se agarró a su vez al rubio.

-¡La puta! –exclamó, sorprendido. Sus piernas colgaban a los lados de la cadera del rubio y él las entrelazó por su cintura. Le sonrió-. Haberme avisado, boludo. Casi me da algo.

-Mi culpa –dijo Lilliand volviéndose a la mesa, pero antes de que pudiera dejarlo sentado en ella Emma lo dijo dónde estaba su cama.

Le depositó en el borde y Emma se acostó, desvistiéndose con la misma velocidad que el otro. Él sólo tenía una remera mientras que Lilliand todavía tenía la camisa y la camiseta, de modo que para el resto Emma se dedicó a ayudarle, conociendo el tacto del hombre y los caminos rectos sobre su estómago usando los dedos y la boca. Después los dos se ocuparon de la mitad inferior: Lilliand quitándose el cinturón de cuerna negro, Emma abriéndole el cierre. No fue hasta que vio la ropa interior abultada que se le ocurrió preguntar:

-¿Estás vacunado, no?

-¿Qué?

-Decime que estás vacunado –insistió Emma-. La mía yo me la hice a principios de año, así que todavía sirve.

-¿Hablas de las de prevención? –Lilliand se inclinó a besarlo, abriéndole el pantalón-. Estoy protegido, tranquilo.

Emma se lo devolvió, sosteniéndole la cabeza.

-¿De verdad?

-Lo juro –Lilliand tomó una de las manos que lo aprisionaban y le besó el dorso. El extraño gesto sorprendió a Emma-. Estás a salvo.

Emma quería creerle. Frente a la chica muerta y los otros que no había alcanzado a ver, deseaba con desesperación creerle.

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