Locura de a dos

Género: romance, horror, fantasía.

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Era la chica que se sentaba al final del aula y, si no fuera porque debía hablar para que el profesor la anotara como presente, nadie se hubiera enterado de que estaba ahí. Lo raro, la verdad, es que ella no tenía motivo para no hacer amigos. Era atractiva a la vista, podía ser amigable, tenía buenas notas (no que a los estudiantes les importara mucho esto último). Pero los intentos de llevar conversaciones más largas que unos cinco minutos se veían detenidos contra una sólida pared de fría cortesía, falta de interés. Algunos especulaban (las raras veces que surgía el tema) que se creía más que todos ellos, pero a nadie le afectaba lo suficiente para aferrarse a ese presunto defecto.

A nadie excepto a él. Ni siquiera sabía por qué le interesaba tanto. Un día la encontró en el centro y se puso a seguirla hasta una librería de ocultismo que casi lo ahoga con su incienso. Mientras la encargada del negocio seguía atenta en su libro, ella se puso a mirar los frascos con colas de serpiente de cascabel. Los frascos estaban firmemente cerrados con una soga que hacía un moño arriba, pero de laguna manera ella se las arregló para sacar una sin destapar. El pedazo muerto se dobló en sus dedos. Ella la olfateó unos segundos y, aparentemente encontrándolo aceptable, se lo engulló de un bocado. El revoltijo de su estómago lo superó la fascinación por la cara de sincera satisfacción en ella. Era un crimen, decidió, que no mostrara esa expresión más seguido. Pero la falta no estaba en ella. Eran el resto los que no servían.

Encontró la ocasión para enfrentarla un recreo en el que todo mundo estaba concentrado en un partido de fútbol que llevaban a cabo con una bola hecha de bolsas plásticas. Ella estaba sentada a un banco, siguiéndolo todo como todo el mundo, pero sin celebrar los goles o protestar por las faltas como los otros. Él se le sentó al lado y abrió su bolso de manera que sólo ella pudiera ver su contenido. Tuvo que esperar hasta que ella girara en su dirección, pero cuando lo hizo su rostro se iluminó y se vio más hermosa que cualquiera de las chicas en el aula.

No había podido comprar otro frasco con las serpientes. Demasiado costoso para su presupuesto. Pero había supuesto que cualquier cosa antes viva serviría igual. Estaba seguro de que su hermana superaría la pérdida de un hámster sin problemas. Ella se lo comió en el baño, él esperándola en el aula. Cuando volvió dijo que estaba lleno de buenos sentimientos y eso los hacía todavía más apetitosos. Supo que la amaba sin remedio el momento en que ella se inclinó a besarle en la mejilla, pronunciando sin mover los labios un “gracias” que sin embargo le llegó claramente.

Ella fue su primer amor. Ningún otro podría haberla superado incluso si las cosas hubieran acabado de forma diferente.

Los psiquiatras trataron de convencerle de que había sido forzado. Un muchacho joven, sin padre ni otra figura de la cual tomar ejemplo, una chica atractiva que insistía en amarlo, que lo hacía sentir bien consigo mismo a pesar de la madre alcohólica que sólo llegaba a casa a la mañana con la misma ropa de ayer. Un poco de locura era ciertamente excusable en esas circunstancias. Una vez se demostró de forma irrefutable que la que almacenada las partes de los niños en su casa era ella y no él, cambiaron la cantaleta de que él la había forzado a ella. En cualquier caso estaban equivocados.

Les contó cómo los atraían con golosinas y juguetes. Les aseguró mil veces que ni una vez los había tocado más que para ahogarlos con la bolsa. Les contó que apenas mantenía la cuenta de los que había hecho a su lado, pero no tenía idea de cuántos ella habría buscado y conseguido por su cuenta. Imaginaba que por lo menos una docena.

Acabó entendiendo que esos idiotas no lo entenderían ni aunque se pasara las siguientes tres vidas explicándoles. Se decantó por el silencio. Eran demasiado mundanos, demasiado corrientes, demasiado lógicos. Les dejó creer que ganaban, que él era un buen sujeto que sólo necesitaba sus pastillas para dejar de ver todos los colores del mundo, incluso los más oscuros, espantosos y fantásticos. Pero a la noche abría su ventana y ella se subía, siempre con su uniforme escolar, la falda flotando a su alrededor aunque ella estuviera quieta, las medias blancas subidas, los zapatos negros y la corbata colgando en medio de sus pechos cubiertos por la camisa. Incluso cuando los años pasaron, ella siempre escogía ese aspecto para él. La imagen de su inocente demonio.

Su bello infierno particular.

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