Duras condiciones

Género: fantasía, romance lesbiano.

imagesElla era baja, como debería ser la versión humanoide de un oso de peluche. Muchos menos peluda, eso sí. Los miembros igualmente redondeados. Ojos de un violeta incomprensible, fascinante e insoportablemente amable. Labios llenos de suave carne que apenas rozaban las mejillas al saludar y pintadas de colores oscuros, combinando con las ropas que rodeaban a su figura remarcando lo necesario para no dejar ninguna duda de que era una mujer atractiva.
Al conocerla en la fiesta sentiste una inmediata ternura que se fue diluyendo a medida de que hablaban y lo reemplazó la admiración. Ella sabía tantas cosas sobre tantos temas. Había viajado y vivido un montón de lugares alrededor del mundo. No creía en nada pero tampoco lo negaba, así que técnicamente era lo mismo a creer en todo. Su primera cita había sido en un restaurante coreano del cual esperabas calamares vivos y babosas acuáticas buscando escapar de tu plato, pero en su lugar tuvieron unos tacos compuestos más que nada de verduras. Ninguna de las dos planeó pasar la noche juntas y a la mañana siguiente compartieron un ligero desayuno entre risas y coqueteos.
Entonces te lanzó la bomba.
-Lo lamento –dijo ella, recogiendo la mano que tal vez habías estado sosteniendo por demasiado tiempo-. Pero ¿sabes que esto no va a ir a ningún lado, no? A lo mejor debí habértelo dicho antes. No soy de las que buscan relaciones.
Fue una sorpresa. Fue definitiva decepción lo que hizo tu corazón pesado y tu instinto de preservación lo que provocó su endurecimiento un segundo más tarde. Pero después de hablarlo te quedó claro que, sin embargo, ella no tenía ningún problema con las citas y las camas compartidas. Esa parte le encantaba (y ahí ella te dio una sonrisa pícara que te emocionó) y, más importante aún, tú le agradabas y por lo visto ella te agradaba, de modo que el único verdadero problema que podría haber entre ustedes sería si insistieras en volverlo algo exclusivo. No lo dijo con esas exactas palabras (habría sido demasiado frío y una certera puñalada a tu pobre ego que no le hizo daño a nadie), pero resultó obvio que era a eso a lo que se refería y en un principio tú quisiste enojarte.
La razón era que tú no tenías idea de qué pretendías de relacionarte con ella. Eres de las que prefieren dejar a las cosas seguir su propio ritmo y ver adónde iban de forma natural. No tenías especiales deseos por casarte (no conocías a nadie que estuviera contando los minutos por hacerlo, la verdad), pero no esperabas tampoco tener esa posibilidad eliminada de una, de forma terminante. Fue parecido a darse contra un poste mientras dabas lo que hasta entonces era un pacífico paseo por el parque.
Pero no podías ser injusta. La habían pasado bien juntas. ¿Y no era eso después de todo lo más importante, la única cosa que de verdad importaba?
De modo que, luego de unos momentos de asimilación que ella te dejó tener en silencio, aceptaste sus condiciones. Pensaste que podría ser divertido y que sería una verdadera lástima privarte de la experiencia por una nimiedad así.
Pero en las siguientes semanas descubriste que no era tan pequeño el asunto. Cuando ella te tomaba del brazo caminando por la calle y salían de compras juntas (lo que usualmente incluía usar los vestidores de maneras para los que no estaban pensados), cuando ella te compraba tu bebida favorita y tus sabores favoritos de helado para ver las películas alquiladas que juntas habían escogido, tú deberías haberlo visto. Ella estaba acostumbrada a ese juego y tomaba de él todo lo positivo que podía, disfrutándolo en su justa medida. Tú eras nueva en ese tipo de situación. No supiste mantener la distancia.
Quisiste tratarlo como una verdad inconveniente, lo que en realidad era, y convencerte de que no podía ser sólo por tu parte. A lo mejor ella simplemente no sabía cómo ponerle palabra a lo que estaba creciendo entre ustedes y prefería dejarlo fluir, como tú siempre hiciste. Pronto descubriste que no era el caso.
-No puedo ir esta noche –dijo ella por el teléfono. Acababa de salir del baño, por lo que te había dicho, y se había tardado en responderte buscando una toalla para contener su cabello mojado. Ni una palabra fue dicha acerca de una toalla para cubrirle el resto del cuerpo-. Tengo una cita con alguien más.
Una cita. Y nadie decía “cita” a menos que fuera una cita de verdad. Se decía “tengo que ver a alguien” o “me voy a encontrar con alguien.” El “cita” te decía todo lo necesario para que entendieras cuán estúpida habías sido y tú apretaste los puños, mortificada y un poco dolida. Estúpida. La gente que se enamora era tan estúpida.
-¿En serio? –dices, tratando de imprimir un tono ligero a su voz y consiguiéndolo, gracias al cielo. Intentaste tratarlo como un par de buenas amigas que a veces tenían relaciones podrían tratarlo-. ¿Alguien linda?
-Lindo –dijo ella y tú pensaste “por supuesto.” Ella te había dicho que no quería discriminar a nadie por una cosa tan insignificante como el género o el sexo. En esa misma conversación le preguntaste si todavía querría seguir saliendo contigo si fueras un hombre y ella se rió antes de decirte que claro que sí, seguido de un chiste sucio sobre lo que podría hacer con tu miembro. Tú la besaste y te reíste, sonrojada pero encantada con el cumplido-. Es un amigo de un amigo.

Desde hace tiempo viene pidiéndomelo, pero sólo ahora nos coinciden los tiempos para que los dos estemos libres. Te voy a llamar más tarde para que arreglemos algo, ¿te parece?
-Claro –dijo porque ¿qué más ibas a decir?-. Cuando quieras. Que te diviertas.
-Gracias, amor –Ella había empezado a llamarte así seguido y tú creíste que eso era raro. Hasta que pasaste la noche en su casa y supiste que le decía amor a todo. Al gato negro que le recorría las piernas entre ronroneos, al perro también negro que nunca ladraba y le resultaba perturbador por ello, la pequeña culebra que no era más larga que su brazo y a la que, según su dueña, le encantaban los mimos. Todos eran “amor”, “cariño”, “cielo.” Te había parecido un pequeño detalle adorable. Ahora no tanto-. Tú también. Buenas noches.
-Buenas noches.
Ella colgó unos segundos antes que tú. Pensar sobre ese gesto y lo que podría significar una tontería, así que por supuesto eso haces antes de empezar a buscar en tus propios contactos a alguien que quisiera salir contigo por esa noche. No eras partidaria de esa creería de que sólo un clavo podía sacar a otro clavo, pero necesitabas la distracción con urgencia.
Intentaste apartarte, o al menos pensaste varias veces que deberías hacerlo. Pero cuando supiste que era una bruja fue todavía más difícil. Nunca habías conocido a una bruja antes. Las habías visto al pasar en los pasillos de la escuela con sus apuntes siguiéndolas por atrás como fieles moscas. A veces sus siluetas se dibujaban contra la luna mientras viajaban en las escobas y en ciertas noches se las veía atravesando las nubes, viajando hacia destinos desconocidos.
Desde pequeña sentías admiración por ellas, igual que todas las niñas y los niños que nunca podrían realizar esas actividades por su cuenta. Las brujas no se hacían, nacían. Eran algo que sencillamente aparecía en las familias y, a pesar de que a través de los años los científicos habían investigado el asunto, en realidad nadie tenía claro cuál era la mutación espontánea que producía la capacidad de la magia.
Tu curiosidad era tan inacabable como la generosidad de ella para satisfacerla. Debiste decir basta. Ojala no te hubieras desoído. Pero mientras más te adentraba ella en su mundo de energías invisibles y sensaciones provocadas a distancia, más la soga se sentía apretar sobre tu pobre corazón encantado.
Conociste una tarde al amigo de un amigo en una fiesta de amigos en común. Resultó mucho menos incómodo de lo que podrías haber esperado, gracias en parte a la naturalidad con que ella los presentó. Pensaste que podrías aceptar la rivalidad (aunque sabías la estupidez que era) porque de todos modos el chico era agradable y resultaba difícil pretender que no le deseaba lo mejor.
Creíste que serían los únicos, tú y él. Pero nadie te garantizó algo así, ¿verdad? Ella te dijo de otra chica y otro chico, citas distintas, noches pasadas en otros sitos y más citas que no pudieron ser. Te cansaste de preguntar. Te cansaste de esperar.
Te cansaste.
La última cita sucedió en una heladería adonde se habían detenido. Estuviste preguntándote desde hacía una buena cantidad de minutos si debías decírselo antes o después del helado, pero al final decidiste que el helado era tan buen acompañamiento para semejante charla como cualquier otro. Al principio ella no entendió por qué.
¿Había hecho algo mal? ¿La había hecho sentir menos? ¿Por qué no podían seguir simplemente como amigas? Y lo decía como si de verdad fuera incapaz de entender lo que intentabas explicarle. Tal vez lo era y tú estabas gastando saliva. No había sido una decisión fácil de tomar y no estabas dispuesta a cambiarla sólo porque ella parecía apenada, casi dolida, y tu primer impulso era decir lo que fuera, prometerle más paciencia y comprensión de las que sabías eras capaz, con tal de que volvieran a estar como al principio. Pero te mantuviste firme. Tenías que pensar en ti misma. No eras egoísta.
O tal vez lo eras, pero habías pasado el punto en que eso podría detenerte.
-Lamento que lo hayas pasado mal –te dijo ella.
Pensaste decir que la habían pasado bien, pero si lo hacías tendrías que admitir que la diversión se había acabado y eso parecía una nota demasiada amarga para agregar a la situación. De modo que no dijiste nada y tampoco pudiste mirarla cuando hizo unos gestos con las manos que deberían haberte advertido. Sentiste una especie de cambio en el ambiente, como si la presión del aire hubiera caído de golpe, y los ojos comenzaron a picarte.
Te los frotaste con insistencia hasta que los sentiste lagrimear y humedecer tus manos. Cuando por fin pudiste mirar de nuevo al frente, el camarero te estaba alargando la cuenta. No recordabas haberla pedido, pero suponías que él debió habértelo traído porque tardabas tanto en desocupar la mesa. Llevabas casi una hora ahí y la idea sólo era detenerte a tomar un descanso antes de buscar los zapatos que querías. ¿Cómo era posible que hubiera tardado tanto?
Al salir del establecimiento le llamó la atención una mujer cuyo hombro chocó sin darse cuenta.
-Perdón –soltaste.
Ella se volvió un segundo y le dirigió una sonrisa como cansada, desganada antes de salir por la puerta hacia el exterior. La miró marchar. Era baja y rechoncha, como la versión humanoide de un peluche. Te dieron unas absurdas ganas de abrazarla que se apagaron ni bien surgieron. Tú sigues por el camino que ya tenías en mente mientras ella fue por el suyo, el completo opuesto.
No tienes idea, pero a la bruja no le gustó hacer eso. No le había gustado ninguna de las veces que lo había hecho, pero debía ser si quería seguir adelante y además permitirle a otros el hacerlo.
Después de todo, las cicatrices que dejaba una bruja sólo podían arreglarse con magia.

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