Animales. 1

Género: homoerótico, terror.

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Resumen: Cuando su hermano y la esposa de éste murieron en aquel accidente, Rodrigo no esperaba los cambios que trajo encima la venida de su sobrino a su casa. Su vida cuidadosamente controlada y planeada estaba a punto de sufrir una sacudida de la cual, por primera vez en su vida, no tenía idea de cómo iba a sobrevivir.

“El camino al corazón de un hombre es a través de su estómago”

Dicho popular.

Prólogo

Amaba a su hermano y él lo amaba, pero ese no era el problema.

En las noches demasiado cortas en que por fin conseguía que el mayor se olvidara de momento de todas las precauciones y conseguía quedarse en su cuarto hasta altas horas de la noche, el menor pasaba las manos por su cabello castaño plagado de rulos incompletos, tan parecido al suyo y al de su padre. El otro creía que era un mero gesto de cariño y se inclinaba hacia él. No podía saber que el menor estaba pensando en el gusto que le daría abrirle el cráneo y comerse hasta la última porción de su cerebro. Masticaría sus ojos marrones con manchas verdes y tiraría con los dientes de los labios delgados y húmedos con su saliva, lamiendo los dientes puestos al descubierto hasta arrancarlos con los suyos y tenerlos tintineando unos con otros dentro de su estómago.

Siempre había tenido esas ideas dando saltos incontrolables dentro de su propia mente, demandando atención con súbitos estallidos de excitación si hacía falta. Siempre aprovechaba cualquier momento para tomar la mano de su hermano y degustar sus dedos, a duras penas controlando el deseo imperioso de pegarle un mordisco. Recibirlo en su boca estaba bien, era algo que a los dos le placía. La urgencia de probar algo más que el resultado final, algo venoso estallando contra su paladar hambriento, se volvía acuciante hacia el final y sólo una idea conseguía que su control regresara: a él probablemente no le gustaría.

Al principio había sido un mero entretenimiento fantasioso. Había hombres que fantaseaban con poder conocer hermosas alienígenas de varios tentáculos y pieles de color azul. Los había que se ilusionaban atrapando a una víctima en un callejón oscuro para poder hacer con ellas lo que quisieran sin sufrir ninguna consecuencia. Los había que querían ser esa víctima. Los que involucraban funciones del cuerpo para nada atractivas para su olfato sensible. La existencia de distintas lluvias para apelar a lo más profundo, aquello que no tiene otra razón de ser que porque ha calentado el interior de alguien.

Todo tenía nombre, incluso lo suyo. Internet se los había dicho junto a varios ejemplos. Antropofagia. Canibalismo sexual. Vorarefilia. Esta última incluía a personas que querían ser el plato principal. Es decir, había alguien o muchos alguienes a quienes sólo tendría que pedírselo y ellos dejarían que abriera sus corazones, explotara sus pulmones y probara el sabor de sus amígdalas. Hubiera sido mejor que nunca lo hubiera sabido.

Así no se le habría ocurrido la locura de pensar que era, de hecho, posible y él no era el único del mundo, que podía encontrar comprensión sólo buscando en los rincones apropiados. Hubiera sido mucho vivir y no saber nunca que esa gente existía, lejos de él, completamente desligados de la realidad diaria en la que su hermano siempre estaba, desnudo como a punto de participar de otro tabú, uno todavía más indignante que el simple incesto, diciéndole “quiero que admires tu cena.” Y lo habría admirado, sin duda. Lo habría adorado como un dios pagano y le habría rendido entera pleitesía a cada porción de su piel morena antes de conocer la rojez de los músculos desnudos.

Por supuesto que era una locura. Entenderlo y saberlo eran asuntos completamente irrelevantes cuando lo tenía tan cerca, cuando lo escuchaba respirar a su lado y se daba cuenta de que nada, absolutamente nada, podía detenerlo. Soñaba con ello incluso despierto. Cuando cumplió los diecisiete años y en casa comenzaba a hablarse de la posibilidad de que su hermano fuera a vivir por su cuenta, para asistir a la universidad en otra provincia, todo empeoró: la necesidad, las fantasías, el hambre, el vacío, los celos, la inseguridad, el deseo, la frustración, la impotencia, la rabia.

Todavía no era suficiente. Debería serlo y no lo era. Estaban incompletos, él se sentía incompleto, y lo poco que habían logrado construir se le estaba deshaciendo entre los dedos. El tiempo azotaba con cada día que se mordiera la lengua, no muy fuerte, sólo lo justo para no morderlo a él.

La noche en que sus padres estuvieron hasta muy tarde en la boda de un viejo amigo creyó que sería la oportunidad. Solían aprovechar oportunidades así en las que la novia de su hermano ni siquiera requería de su presencia. A lo largo de año que habían tenido desde que empezaron su relación más allá de hermanos esas ocasiones habían sido más bien escasas. Del resultado de esa noche sentía que iba a salir un punto definitivo en sus vidas. Todo podía cambiar. A pesar de que él necesitaba que saliera de un modo, todavía podía entender a un nivel intelectual que podía salir de otro completamente diferente.

Se ofreció a preparar la cena para los dos y no le dejó ver a su hermano de dónde sacaba la comida. Su hermano apareció en la puerta más de una vez para preguntar la causa del olor, pero lo rechazó sin contemplaciones. Al cabo de casi una hora más tarde se servían los pedazos de carne humeante en la mesa. Comieron en silencio, sobre todo porque el cocinero andaba esperando la reacción de su público frente a la comida. No era la primera vez que le preparaba la cena, de modo que su hermano ya entendía qué era lo que se esperaba de él y no lo decepcionó. Le felicitó porque estaba muy bueno. Bien jugoso y sabroso.

Entonces le dijo que era perro. No cualquier perro. El mismo perro que siempre ladraba por la noche cuando sea que sus dueños volvían a casa y especialmente a su hermano cuando sea que lo viera. Le volvía loco a todo mundo, pero su hermano lo odiaba y estaba seguro de que era algo mutuo. Aparentemente, cocinado y preparado, tenía sabor a ternera.

Al principio se lo tomó como una obvia broma. Dijo que no tenía idea de que los caniches, con los chiquitos que eran, podían dar para llenarlos tanto a los dos. Sí, él tampoco se lo esperaba. Había sido bastante fácil atraerlo con un poco de la comida que le compraban. El perro ladraba tanto porque se moría de hambre durante el día. Había estado feliz de la vida recibiendo algo antes de esa hora.

La risa se acabó en ese instante. De repente la comprensión trajo consigo el correspondiente horror. Ya no quedaba nada en los platos para cuando su hermano se levantó y corrió al baño para empezar a vomitar en el inodoro. Ver todo su esfuerzo y planeación desechados de esa manera fue toda la respuesta que necesitaba a todas las preguntas que no se atrevería a hacer nunca. Eran dos diferentes personas que sencillamente no iban a congeniar en tantos puntos como le hubiera gustado. En cierta manera resultó ser un alivio, muy debajo de la sensación de que su corazón estaba siendo apuñalado y vaciado hasta volverse de frágil papel.

Ni siquiera tenía idea de qué esperaba exactamente, pero la súbita pregunta de su hermano sobre si alguna vez le había hecho a alguien acabó de ponerle la nota discordante a una melodía enloquecedora. Pensó en responderle la verdad, al menos por unos ridículos segundos en los que todavía no entendía que ese era el final, que era todo, que había sido mientras duró pero se había acabado. Para la mayoría de las cosas habían logrado ser honestos uno con el otro, después de todo.

Y sin embargo tuvo la suficiente cordura para comprender que confesar que no, no le había hecho nada a ninguna persona aunque deseaba hacerlo, y especialmente a él, que él quisiera que se las hiciera y que ese era su mayor deseo desde hacía no sabía cuánto tiempo. Más tarde, mucho más tarde, incluso tras años transcurridos, se preguntaría si habría servido de algo agregar, además de todo eso, que él nunca le hubiera hecho daño si él decía que no lo deseaba. Parte de la fantasía era el consentimiento. La falta del mismo lo volvía otra cosa, algo en lo que no tenía el menor interés y deseaba evitar como la plaga. Debía ser una ofrenda, un regalo, no un robo. Lo más seguro era que no.

De todos modos, en aquel mismo momento, sólo se le ocurrió tratar de mostrarse ofendido por semejante sugerencia. No tenía por qué tomárselo tan así. Su hermano no se contentó con eso. No paró de insistirle hasta que le sacó la respuesta exacta, que no, nada de personas.

-Menos mal. Menos mal, carajo. Y mantenelo así, ¿me escuchaste? Ni se te ocurra hacer esas cosas –Era un pedido imposible-. ¿Te das cuenta de lo que le harías a nuestros si te agarra la cana por eso, por matar a alguien? ¿En qué mierda andabas pensando? –Luego de unos minutos de aturdido silencio, como si un pequeño sol hubiera estallado y tuviera todo el sentido del mundo-. Esto es mi culpa. Es mi culpa. Yo soy el pelotudo que te metió esas ideas asquerosas en la cabeza, ¿no es así? Es mi culpa por dejarte ir tan lejos, por hacerte caso. Sabía que algo malo te estaba haciendo, pero no sabía que era tan malo. ¿O es que siempre has tenido así de podrida la cabeza? Pero no importa. No se puede hacer nada por el animal, pobre bicho. Agradece al cielo que no te ha visto nadie ni han llamado a la policía. Promete que esto va a ser la última vez. No quiero volver a enterarme de que has hecho algo como esto de nuevo.

Lo hice para vos, le hubiera gustado gritar. Para vos, hijo de puta, porque vos sos el que siempre se quejaba de él y se vuelve loco y dice que no para de darle dolor de cabeza. Vos eras el que decía que quería pegarle una patada a la calle. ¿Y ahora era un pobre bicho? Además ¿de qué ideas asquerosas hablaba? ¿De las ideas en las que él también participado? ¿Las que él había iniciado con besos en la boca y sobarle la entrepierna cuando tenían un momento a solas? ¡Los dos lo buscaban! ¡Los dos! ¿De qué carajo venía a hablar ahora tratando de poner culpas o de “dejarlo” hacer algo?

Pero el estallido de indignación sólo salió en su cabeza. Ahí sonó alto y claro y le echaba en cara todas las veces que el otro se había quedado para hacerle compañía, las veces que le había casi suplicado que entrara a su cuarto, las veces en que había entrado al suyo a sólo una señal durante la cena familiar, en frente de sus padres. Afuera sólo pudo quedarse ahí, pasmado de encontrar a ese completo desconocido que lucía exactamente igual su hermano, ese extraño que vomitaba y tenía los ojos lagrimeando del profundo asco que le inspiraba. Él también tenía los ojos húmedos, pero por una razón completamente distinta al darse cuenta de que ese extraño tampoco quería tener nada que ver con él.

-Prométemelo. Si me prometes por lo menos que no vas a hacer nada de eso no les voy a decir nada a mis viejos. Pero necesitas ayuda. No sé cuánto esta cosa que hemos hecho ha servido o lo ha empeorado, pero no puede seguir. Prométeme que no vas a pasar a más. Esto se detiene aquí, ¿me escuchaste?

Asintió. Se sentía chiquito, desorientado. Su cabeza giraba a una giraba a una velocidad incomprensible y el resultado eran dos puntos de dolor detrás de sus sienes.

-No, decilo. Decímelo. Quiero escucharte decirlo.

-¿Por qué tienes que ponerte así? No le hecho nada a nadie. Era sólo un perro, nada más.

Su hermano golpeó con el puño el lavamanos. El vaso de vidrio que tenían para lavarse los dientes tintineo contra la superficie de cerámica. No solía tener un carácter violento.

-Decilo –dijo y sonaba como si estuviera usando un enorme esfuerzo en controlarse, en no agarrarlo de los hombros y sacudirlo para hacerlo entender-. Que nunca me entere yo de que mis viejos sepan de esto o de que lo hiciste de nuevo.

No tuvo otra opción que prometérselo. Sin saber qué más hacer con su propia presencia, intentó ofrecerle una toalla para que se secara la cara, pero su hermano sólo supo negar con la cabeza y dirigirse a su pieza, desde donde mantuvo cerrada la puerta el resto de la noche. Al día siguiente tenía escuela, de modo que no pudo verle a la mañana y cuando regresó su hermano se había ido al departamento de su novia. No se enteró hasta más tarde que esa había sido una mudanza precipitada hasta que su hermano volvió el fin de semana sólo para recoger unas cosas. Intentó hablarle. Fue inútil.

Lo vio subirse a la camioneta que le había prestado un amigo suyo y dedicarle un gesto de saludo a la familia, sin siquiera verlos. Unos segundos más tarde estaba de camino, mezclándose con el resto de los vehículos dirigidos a sus particulares destinos. No habían cruzado los ojos ni siquiera una vez.

Jamás volvieron a verse.

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Un pensamiento en “Animales. 1

  1. Ay Reina mia, el pobre perrito!!! ;____; espero que no hayan muchas escenas asi porque de verdad ahi el corazon se me pone super de pollo.

    Pero sensibloidades de lado, es un buen prologo que anuncia lo que viene 🙂 Aun si el canibalismo no me es muy agradable de imaginar, igual estoy segura que este sera otro excelente trabajo venido de su mano.

    Un besote y mucha suerte!

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