Animales. 3

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Apenas vio que estaba en la misma calle en la que estaba su casa, Isaac corrió el resto del camino hasta la puerta. No estaba cerrada con llave, de modo que pudo entrar de inmediato. Tal como esperaba, su tío ya estaba en la cocina preparando la comida. Le daba la espalda mientras calentaba unas hamburguesas. Lo que rompió sus expectativas y le amargó un poco más de lo necesario el ánimo fue ver al amigo de su tío, el policía Álvarez. Se sentaba a la mesa del comedor, una pierna cruzada encima de la otra y un número de diario que debía haber comprado en la esquina. El hombre tuvo la aparente bondad de bajar la hoja para sonreírle en bienvenida.

-Buenas, Isaac ¿qué tal andas? Rodri, cariño, llegó el niño.

Isaac entró en la cocina sin responderle.

-¿Ya ha llegado?

Su tío estaba cortando los panes y separando dos pares para tres platos.

-Debe estar en la mesa, ¿no lo has visto?

La presencia del policía debía haberle distraído de ver nada más. Volvió al comedor. No estaba encima de la mesa, pero sí encima de una silla. La caja de cartón era grande, pesada y estaba cubierta con las etiquetas con la dirección de casa. La cintura scotch la cubría de arriba abajo. Una sonrisa empezó a extendérsele por el rostro. Habían sido tres meses desde que lo ordenara en un sitio de Internet y finalmente lo tenía en sus manos.

-¿Qué tal te ha ido en la escuela, Isa? –preguntó el policía.

-Bien –respondió simplemente.

Se sacó la mochila de la espalda y, apoyándola contra la mesa, empezó a buscar una trincheta para romper el empaque.

-Ten cuidado –dijo su tío, sirviendo un plato al policía y a su sobrino. Sacó la mochila para ponerla en el sofá-. No vas a querer romperlo.

-Ya sé –dijo Isaac, partiendo un lado de la caja para poder abrirlo.

Sacó la verdadera caja blanca y verde claro que contenía su nueva cámara Nikkon. Desde el momento en que vio la imagen publicitaria hasta que rompió los sellos de garantía para encontrar el aparato sólo demoró unos segundos, con lo que casi consiguió tirar la máquina y casi sintió a su corazón fallar en el acto.

Aliviado de que siguiera completa y en sus manos, revisó que estuviera vacía y en efecto lo estaba. Como prevención a su llegada tenía la tarjeta de memoria y las baterías en su pieza. Dejó la cámara en la mesa para ir a buscarlas. Las encontró fácil en el cajón de la mesita de luz. Al volver al comedor su tío ya se había sentado a la mesa, los condimentos habían sido colocados y el policía… tenía su cámara en la mano.

-Muy buen aparato –dijo el hombre de forma apreciativa, mirándola por el frente y por detrás-. Me imagino que esto es el regalo de cumpleaños ¿que no?

-Sí –dijo su tío, mirándole fijamente-. Llegó con retraso pero llegó. Ya sabes que a Isa le interesa la fotografía.

-Con esto va a ser casi profesional –comentó el hombre.

Aunque no tuvo claro qué clase de tono, a Isaac no le gustó para nada el que usó el policía. Para él fue como si pensara que su tío acababa de tirar una cantidad poco recomendable de dinero a la basura. Le importaba bien poco lo que el hombre pensara de él, en realidad. Lo que sí le llegó fue el hecho de que tomara su regalo de cumpleaños y lo toqueteara como si fuera de su propiedad. Siempre que venía el sujeto actuaba igual, como si estuviera en su propia casa.

Hasta se daba cuenta de que a su tío tampoco le hacía especial gracia, pero se lo dejaba pasar por a saber qué razón. Nunca había entendido por qué esos dos eran amigos o qué necesidad tenía el policía de venir a dar esas visitas imprevistas, invitándose solo a comer y quedándose el tiempo que a él se le antojara, convirtiéndose en una imposición para el más joven.

De todos modos, su tío podía dejarle pasar todo lo que quisiera. No quería decir que él también tenía que hacerlo. Se adelantó y sentó a la mesa, moviendo la silla con más brusquedad de la necesaria contra el suelo. Extendió la mano. El policía arqueó una ceja en forma de respuesta.

-Ojala que aprendas a usar esto bien –dijo-. No vas a querer que tu tío haya gastado tanta plata para algo que vos no vas a utilizar, ¿que no?

-Es su regalo de cumpleaños –intervino su tío, arreglándosela para sonar de alguna manera neutro-. Si no lo llega a usar o lo hace mal el que peor lo va a lamentar va a ser él. Ahora es suyo para hacer lo que quiera.

Sintió que sus hombros se relajaban, al menos un poco, sabiendo que al menos su tío estaba de su parte.

-No te pongas así, Rodri. No es como si a vos te estuviera sobrando la plata precisamente para andar comprando cosas así de lindas por un simple capricho.

-Por una vez al año está bien. Por eso es un regalo. Dale su cámara y vos –agregó, mirando a su sobrino, la hamburguesa mordida colgando de su mano-, guárdala para la hora de comer.

-Es tu plata –Se encogió de hombros el policía, dejando la cámara en la mesa.

Isaac la tomó junto a la caja llena de su contenido para ir a dejarlas en un sillón antes de empezar con su comida. Se concentró en terminarla lo más pronto posible, no sólo por la impaciencia de empezar a probar su nueva cámara, sino por la incomodidad reinante. Cuando se trataba de ellos dos podían tener alguna conversación intrascendental cuyos silencios la televisión suplía, evitándoles el trabajo de llenarlas. Cuando el policía comía con ellos, en cambio, a este le molestaba tener la televisión encendida y no tenían otra opción que recurrir al otro para esperar cualquier clase de distracción aparte de sus alimentos. Lo cual podría no haber representado ningún inconveniente mayor de no ser porque el policía debía ser incluido en la escena. Desde que lo conociera jamás había sentido ninguna gana de sincerarse con él.

Mientras masticaban y tragaban, el policía se dedicó a hablar con su tío, sabiendo de antemano que el más joven sería un caso perdido. Le preguntó acerca del ritmo del trabajo y habló a su vez de su trabajo en la estación, cómo no se podía creer que hubiera tantos jóvenes irresponsables ahí afuera que no se enteraban de la suerte que tenían por vivir la vida que tenían, así que por supuesto que iban a desperdiciarla haciendo estupideces como ir a conducir después de haberse tomado más de una cerveza con los amigos. Los números de accidente no hacían más que aumentar con el paso de los días. De verdad había llegado al punto que le daba asco esa actitud. Y los padres no debían ser mejores. De algún lado tenían que aprender o les faltaba aprender.

Isaac anunció que se retiraba a su pieza, todavía dejando la mitad de una hamburguesa en el plato. No era por falta de hambre, sino porque creía que si se metía algo más por la boca podría acabar con las tripas revueltas. Recogió sus cosas y las llevó a la habitación que alguna vez hacía casi cuatro años había sido la oficina personal de su tío. Uno de los costados de su cama ocupaba la extensión de una de las paredes pintadas de suave naranja, decoradas con poster de modelos femeninos y masculinos modelando a contraluz, y mezclándose entre ellos, estrellas pop probablemente modificada por programas de edición. Incluso en su vieja casa solía tener imágenes así exhibiéndose en su cuarto.

Le fascinaba la manera en que con un click se podía conservar una parte de la realidad de forma indefinida y el hecho de que, dependiendo de la manera en que se lo hiciera, esta podía ser modificada. Lo más horrible podía recibir la luz apropiada y luciría como un tesoro invaluable, y lo mismo podía suceder para lo que comúnmente se percibía como una belleza. El adjetivo estaba en el ojo de quien lo mirara. Con una cámara podía manipular ese ojo a su placer. Podía crear la fuente para esas más de mil palabras que sólo una imagen podía transmitir. Incluso si sólo era a través de la vista, una cámara era una herramienta para controlar el mundo.

-Tené cuidado con el chico –dijo Benjamín Álvarez, tras pasarse una servilleta de papel por los labios y luego a la servilleta arrugada sobre su plato. Rodrigo se lo tomó, poniéndolo encima del propio y al de Isaac con la media hamburguesa arriba-. Lo consientes demasiado. Es por eso que luego él viene haciéndole esos estúpidos desaires a sus mayores. No puedes permitir que actúe de ese modo. Lo va a acabar metiendo en problemas.

A Rodrigo le constaba que su sobrino de hecho podía comportarse civilizadamente en presencia de sus mayores. Era sólo en frente del policía que podía llegar a olvidarse de sus modales. Hubiera preferido que el chico se comportara, porque en verdad era una manera de evitarse problemas e inconvenientes innecesarios, pero al mismo tiempo sentía una secreta satisfacción porque al hombre no le había sido sencillo ganarse el respeto del más joven, como solía sucederle con tantas otras personas.

-Me voy a preocupar por eso si en serio veo que está causándole algún problema –dijo Rodrigo, limpiando la mesa de migajas con un trapo mojado-. Si no, no.

El policía se echó atrás en la silla para no estorbarle, apoyando un brazo en la cabecera de otra silla. Una vez arrojó la basura adonde correspondía y dejó los platos en lavamanos, Rodrigo se acomodó en la silla.

-¿Y bien? ¿Qué me toca ahora?

-¿Seguro que el chico está en su pieza?

Rodrigo no tenía motivos para dudarlo, pero para asegurarse por completo se irguió un poco y levantó la nariz. Aspiró el aire, llenándose los pulmones. Percibió, entre otras cosas, que nuevamente el policía se había puesto colonia en el cuero cabelludo. En realidad le gustaba ese aroma. Nuevamente pensó que era afortunado de que hasta ahí acabara cualquier posible atracción que pudiera sentir hacia ese hombre.

-Está en su pieza.

-Meta –El policía se inclinó hacia un lado y levantó un bolso universitario, apoyándolo contra sus piernas.

Levantó la tapa del frente y sacó una carpeta de manila amarilla para alcanzársela. Rodrigo la abrió para encontrarse con la fotocopia de un reporte policial junto a la fotografía, documento y huella digital de una mujer de cabello castaño oscuro casi negro y ojos azules. Estos últimos no hacían mucho por elevar la belleza de una cara más bien sosa. Leyó los cargos que se le imputaban y encontró que ella le había denunciado abuso doméstico a su ex marido y había acusado de violación a otra ex pareja.

-¿Qué es esto? –inquirió-. Parece que ella no ha hecho nada.

-Yo también creía eso. La acusación de violación es de hace años y se retiraron los cargos porque no se pudo presentar ninguna prueba. Si hoy mismo decidiera hacerle lo mismo a otro chico, a este lo mandarían a la cárcel sólo de manera preventiva sin pedirle nada a la víctima. Pero fíjate que hace unos días pasó por la estación un chico que quería denunciarla justo a ella de haberlo violado a él. El pobre chico estaba destrozado. De casualidad me sonó el nombre que decía e investigando los archivos empecé a notar un patrón.

-No entiendo. ¿Cómo se supone que ella lo va a violar a él?

-¿Qué? ¿Te piensas que no se puede dar por los dos lados? Sólo basta que una persona no quiera hacerlo pero se la fuerce a hacerlo. La posición o quién le mete qué a quién no tiene nada que ver. El daño es el mismo.

Rodrigo volvió a examinar la foto y leyó la descripción física. Era más baja que él por una cabeza y debía pesar diez kilos menos.

-Es que no consigo imaginármelo.

-Este chico dijo que ella le hizo tomar algo que le hizo mal. En los momentos en que volvía a enterarse de lo que pasaba ella ya se lo estaba montando. Se acuerda que quería decirle que se quería ir, que a él ni siquiera le gustaban las mujeres, pero no podía decir nada y ella continuó como si nada hasta el final. He ido también a hablar con esos dos hombres. Los dos se habían confesado homosexuales o ya en relación con un hombre cuando ella levantó esas acusaciones. Y antes de que me digas que esa podría ser una historia que se hicieron para defenderse, déjame decirte que a los dos se les notaba de lo más claro. Dudo que cualquiera de los dos haya sido tan buen actor.

-¿Por venganza entonces? ¿Te parece suficiente?

-¿Te parece poco a vos? Por la manera en que esta mujer se comportó con este chico no me creo que él haya sido el primero. Él ha sido sólo el primero con el valor de ir a la policía con una denuncia oficial. Ella sigue por ahí de lo más tranquila haciéndole daño a la gente.

Rodrigo revisó el expediente. El abuso doméstico había sido comprobado cuando se vio unos moretones que la mujer exhibía en los antebrazos. Para la violación se había realizado un examen vaginal, en la cual los doctores testificaron que hubo un cierto daño, además de un ojo morado. No se hacía mención de ninguna otra herida o señales de resistencia.

-¿Crees que ella se lastimó sola?

-Vos no has visto a esos dos hombres. Uno de ellos eran un puto pero bien puto. El otro parecía tan violento como un golden retriever. Golpearse con el puño en los brazos es algo que cualquiera puede hacer y el ojo morado, aunque sea una excusa común, sí puede ser producto de un accidente. Las heridas vaginales las puede provocar literalmente cualquier cosa que entre de forma brusca por ahí. Una botella, un palo de escoba, una banana, una lata de desodorante. Los dos hemos visto a hacer cosas todavía más estúpidas y por peores razones que porque no son la fantasía ideal.

Rodrigo sintió la punzada que sin duda quería dirigirle el policía y las recibió con un asentimiento. ¿Para qué fingir lo contrario? La verdad era que existía de todo en el mundo. Una mujer así de loca ni siquiera era tan extraordinario.

-He tratado de presentar la causa –continuó Benjamín, endureciendo la mandíbula en anticipado disgusto. Al verlo así, era fácil recordar que a su manera quería ser de los buenos-. Pero ninguno de esos imbéciles me escucha. Me viven diciendo que el chico se fumó lo que había querido fumarse y se levantó a alguien fumado, pero, para aparentar, ahora se inventa que lo han violado para no hacer frente a la vergüenza. Si hubiera sido tan sencillo como eso yo ya me habría enterado, puedes creerlo.

Rodrigo lo creía. Cuando se ponía en la labor y se creía en una posición de ventaja, el agente Álvarez era completamente implacable y demoledor. Ninguna defensa se quedaba en alto después de que hubiera emitido su ataque, porque ese hombre de alguna manera sabía intuir cuál era el punto débil de la gente y cómo presionarlo para el máximo provecho. Su habilidad para la manipulación sobrepasaba la suya, que más que nada se limitaba al fino arte del camuflaje y de no darse ninguna especial importancia.

En todo caso, habría sido una mentira afirmar que comprobar la culpabilidad de las personas cuyos registros policiales le pasaba el agente era una de sus principales prioridades. Lo único que necesitaba era un nombre, una descripción y alguna idea de dónde podían encontrarlos. El resto, como rutinas, relaciones y momentos propicios para una abducción libre de riesgos mayores, lo averiguaría por su cuenta y con tiempo. Emprendería la caza una vez más sin ideas innecesarias acerca de estar haciendo justicia o no. De por sí no le interesaba el concepto. Y cuando llegara el momento de hacer lo que se requería de él, incluso olvidaría de quién se trataba. Daba lo mismo, en realidad. Al final todos se acababan convirtiendo en su hermano ante sus ojos. Incluso años más tarde de su muerte, todavía anhelada devorar a alguien como él. Esas personas que el agente ponía en su camino eran lo más cercano que iba a obtener para cumplir ese deseo ya del todo imposible.

De modo que sólo le quedaba recitar la respuesta que se esperaba de él.

-Bien, como vos digas.

Llevaban varios años manteniendo aquel acuerdo. Desde que escuchara la inspiradora historia de Armin Meives y las posibilidades brindadas por el lado más profundo de Internet, había creído encontrar un hueco en la promesa que le hiciera a su hermano. Vivía solo entonces, tenía veinticinco años. Había intentado tener pareja en más de una ocasión, sólo para descubrir que no servía para ello. La insatisfacción, sumada a su propia frustración y la necesidad continua de recordarse cuál debía ser el correcto comportamiento, no tenía otro resultado que el desgastamiento de la relación y la posterior ruptura. Al cabo de un tiempo acababa decidiendo que sencillamente no valía la pena.

Chateó con personas a las que no tuvo que darles grandilocuentes explicaciones ni tuvieron que preguntarle qué mierda le había pasado en la vida para que fuera así. Gente que entendía que no tenía por qué haberle pasado, que se trataba de algo tan natural y ajeno a la elección personal como el color de los ojos. Podían hablar libremente acerca de recuerdos tempranos adonde primero sospecharan sus preferencias, qué maneras tenía cada uno para sobrellevarlas y qué fantasías más les apetecían. Entre ellos sonaban el caso de uno que habían conseguido convencer a personas con desorden de identidad de la integridad corporal (o BIID) de que le permitieran cortar y cocinar aquellos miembros con los que se sentían más incómodos. Seguía sin ser la antropofagia total a la que aspiraban, pero se aproximaba lo bastante para despertar una admiración general.

Se les ocurrió que si esa persona y Armin lo habían conseguido, cualquiera de ellos podía hacerlo. Comenzaron a buscar. Pusieron sus anuncios especificando preferencias y a veces recibían respuestas. Rodrigo también había sido uno de esos ingenuos y así como el policía Benjamín Álvarez, aka asadito. Después de todo, no era asesinato si la persona lo deseaba activamente. Sarna con gusto no picaba. No era abuso si había consentimiento. El agente sabía que era así como lo razonaban y lo había utilizado a su favor. Lo contactó como si fuera un joven deseando ser el cosido para su roto. Las fotos que le envió habían salido de los confines de google. El hecho de que el tono de piel en la cara no concordara al tono de la piel en el resto del cuerpo era por la iluminación cuando se las había tomado, no porque fueran capturas de un video porno en línea, desde luego que no

Se había entretenido leyendo sus palabras y haciéndole creer en su historia. Por tres meses hablaron de arreglar un encuentro y de cómo lo harían. Asadito tenía amigos enfermeros de los cuales podía pedir somníferos, desinfectantes y otros materiales médicos esenciales. Quería que empezara con sus pies y fuera avanzando el camino hasta arriba. ¿Creía acaso posible que siguiera vivo el tiempo suficiente para ir por los muslos y probarlos por sí mismos? Para Bernin, la cena de Armin, según algunas versiones, había pensado que su propia carne era gomosa y no sabía tan bien como lo hubiera deseado. Rodrigo pensaba que debió haber sido la impaciencia de Armin la verdadera responsable de esa mancha en la fantasía. La impaciencia y el hecho de que el hombre estaba a punto de morirse desangrado, lo cual a su vez podría haber sido mejor manejado de manera que tuvieran más tiempo para preparar mejor la comida.

¿Él iba a ser impaciente también?, le preguntaba asadito a altas horas de la madrugada, momento en el cual los dos estaban conectados. ¿Podría soportar ver su carne desnuda y ofrecida y tratarla debidamente, o sólo saltaría a tomarla, a la mierda con las consecuencias? Asadito quería desaparecer en la boca de alguien, por completo, de los pies a la cabeza. Ed Gein hubiera sido su hombre ideal. Incluso la piel, que no debía servirle de nada para su plato, encontraba un uso para ese hombre. Seguro que incluso el cabello lo utilizaba para rellenar almohadas. Nada se desperdiciaba.

Rodrigo le confesó que a él le parecía una innecesaria exageración el hacer muebles con sus restos, por no mencionar que él no tenía ningún entrenamiento en esa labor, y el cabello sería demasiado incriminador. Tenía una habitación libre con un congelador al que podía cerrar con un candado cuando quisiera. Podía ocultar su cuerpo ahí mientras iba cortando cada pedazo y así estaría más seguro que teniendo las pruebas en su sala. Si quería de verdad durar más de una persona tenía que poder ser precavido.

Estaba tan entusiasmado que no se dio cuenta de que asadito en realidad sólo completaba sus oraciones y se acomodaba alrededor de lo que se le decía primero. A lo largo de sus chateos y planes el presunto muchacho no tomaba en ningún momento la iniciativa. Era sólo un muñeco de paja que se dejaba manejar a capricho de Rodrigo. Finalmente había llegado el día en que podrían verse. Arreglaron de encontrarse en la cafetería de la terminal. Rodrigo usaría un gorro de lana naranja con marrón (horrible, no tenía que decírselo), mientras que asadito tendría alrededor del cuello una bufanda de rojo oscuro.

Diez minutos había estado esperando Rodrigo, tomando a sorbos un simple cortado y preguntándose si la carne humana realmente tenía sabor a cerdo o Issei Sagawa, por sólo haber tenido un ejemplo de la carne, había sido incapaz de saber que podía variar de persona a persona. A lo mejor algunos sabían igual a cerdo y otros recordaban al pollo. En lugar del jovencito de veinte años de pelo castaño y rasgos ingleses que él había visto en archivos adjuntos, un hombre mayor de pelo negro ocupó el asiento en frente de él con una amplia sonrisa. Usaba la bufanda roja, la única foto auténticamente suya que le había enviado, y ni bien obtuvo su plena atención se presentó como un agente de policía.

En los segundos en que Benjamín Álvarez demoró en buscar su placa y su identificación para presentárselas, Rodrigo ideó planes kamikazes: tomar el cuchillo para untar mermelada y clavársela en el ojo antes de echarse a correr, echarse a correr sin más, inventar que no era verdad, que todo había sido una broma suya porque no se creía en serio que hubiera gente tan enferma para querer ser comida, lo había hecho para echarse unas risas, un trolleo en toda regla, ¿qué se creía?, le había tomado el pelo desde el principio, mentira, mentira, negación, negación. Él no había hecho nada todavía. ¡No podían probarle nada! Era un sujeto inocente que se tomaba una merienda ligera en una cafetería, nada más, nada menos. Se había equivocado de persona, señor.

Pero no se trataba de una redada preventiva como de los programas “Cómo atrapar a un depredador” y eso pronto se encargó el policía de aclarárselo. Es más, si Rodrigo quería y se dignaba a cooperar de buena gana con él, no tenía por qué quedarse con las manos y el estómago vacíos.

Rodrigo miró a su alrededor. No parecía que estuviera a punto de ser rodeado por sus compañeros policías. El lugar estaba casi vacío, ya que no estaban en tiempo de vacaciones y más bien poca gente quería venir de visita a la provincia. Si la broma era para él, no veía a un gran público esperando los resultados. Había aparecido con media hora de adelanto para revisar el área. Habría notado si tuvieran una cámara oculta en alguna parte. Los documentos que le presentaba el policía y le dejó inspeccionar a su gusto, hasta donde su experiencia se lo permitía saber, eran reales.

-¿Qué es lo que quiere? –dijo, pensando que podía al menos escuchar antes de marcharse corriendo.

Todavía no había pasado algo irreparable. Escuchar el discurso de un policía que de pronto se le presentaba no era en contra de ninguna ley. Todavía podía argumentar que se habían equivocado, que otra persona había usado sus fotografías y que no tenía idea de qué le hablaba.

El agente quería ayudarlo y estaba seguro de que, con su ayuda, todo podía salir muy provechoso para todas las partes. En sus más de veinte años trabajando para la policía, avanzando lento pero seguro desde el fondo hasta la posición que ahora ocupaba, Benjamín Álvarez había visto a muchos hijos de puta saliendo de los más panchos libres de la estación por las razones más inocuas estúpidas posibles.

Odiaba los tecnicismos como una persona alérgica detestaba a las abejas, los gatos o cualquier cosa que le irritara la nariz e hiciera la respiración imposible. No era ningún secreto para nadie que a veces la justicia era retrasada mental además de ciega, muda y sorda, y que en todas partes había gente que deseaba las cosas más extrañas de la vida. La línea entre los incivilizados y los civilizados se definía solamente por lo que permitían a una sociedad próspera o no. Dejar ir libremente a personas que habían perjudicado de verdad al prójimo y que ni siquiera sentían que se equivocaban era una aberración que la gente decente no debía permitir.

Que no se confundiera, por favor. No creía que él, con el tipo de cosas que le había contado, fuera de ninguna manera una persona decente. Era más bien una persona enferma, severamente perturbada y la prueba viviente de que la humanidad estaba llena de mierda tóxica. Pero eso no quería que los de su tipo no pudieran ser útiles. El problema era su elemental egoísmo. Lo único que les interesaba era verse satisfechos y cumplir con sus propios deseos. Ya que no podían encerrarlos a cada uno de ellos, no antes de que hubieran dejado evidencias al menos, al menos podían pretender redirigir esos impulsos y obsesiones hacia caminos más beneficiosos para la mayoría de la gente.

Si aceptaba, al final él ni siquiera debería preocuparse acerca del lugar y los materiales.

El joven que hiciera la denuncia dijo que había conocido a la mujer en un boliche llamado Sand Pawls, un gran edificio de un solo piso que otrora estuviera formado por un estacionamiento, un salón de belleza y una zapatería. La porción de espacio que una vez le tocara al salón de belleza era la zona bar adonde se hacían las mezclas de las bebidas y pedían los documentos para comprobar que cumplieran la mayoría de edad antes de servirles. En frente de la barra había unas sillas altas adonde los que buscaban divertirse podían entablar conversación, lejos de la música, y relajarse en medio del baile frenético a ritmo de remix de cumbia electrónica.

Contaba con que ella hubiera limitado su zona de confort a solo una y eso había hecho. A pesar de que, a diferencia de en las fotos que le habían tomado en la estación, iba mejor arreglada, no tuvo dificultades en reconocerla. Todavía no era una modelo para ver en revistas, pero resultaba guapa para los estándares normales. Ni bien se le sentó al lado, ella buscó entablar conversación y él se convirtió en un plumero viviente, hablando con voz aguda y exagerando los gestos de sus manos.

Podía ver a la mujer apenas conteniendo su desagrado, pero esta no dejó de acercarse y haciéndose a la que no le importaba cuando ignoraba cada uno de sus avances. En un momento ella se ofreció para pedir una nueva ronda de bebidas. Cuando regresó traía un par de vasos cortos llenos de vodka. Rodrigo se acercó el suyo a la nariz, pretendiendo que le daba una probada y percibió un elemento extraño que no supo reconocer. Debía ser la misma cosa que le había metido al otro chico. ¿Adónde iba uno para conseguir una droga así?

Como había mucho movimiento esa noche (fin de semana largo, cómo no), le fue sencillo mantenerla distraída el tiempo suficiente para intercambiar sus vasos. Vio cómo ella se volvió progresivamente torpe, inconsciente de sus actos. Daba la impresión de ser una persona que no hubiera podido descansar en los últimos tres días y se moría por una cama.

-¿Vos… hiciste algo…? –balbuceó ella, frunciendo el ceño.

-Qué es lo que voy a hacer, bonita –dijo, inclinándose hacia ella-. Awww, pobrecita. No parece que te haya caído muy bien la bebida. ¿Qué te parece venir conmigo a casa y así te tomas algo mejor?

-No, creo que mejor me voy a casa… Estoy cansada.

Le tomó del brazo y sonrió.

-¿Vas a dejarme así, preciosa? –Le tomó de la mano y se la puso sobre su entrepierna.

No estaba abultada ni caliente, pero el hecho de que lo hiciera la animó. Las comisuras de sus labios se levantaron incluso mientras sus ojos adquirían un aire a gato satisfecho. Sólo contemplaba la promesa de una nueva presa sin enterarse de que, por esa vez, ella era la presa. Salieron tambaleantes del lugar (ella apoyándose en él, presionando con toda la intención sus pechos en contra de su brazo) para subirse al auto de Rodrigo. Ella se dejó caer en el asiento y dejó caer su cabeza hacia atrás.

-¿Cómo andas, bonita? –inquirió, solícito-. ¿Te sientes mal?

-Sólo estoy algo cansada, no me hagas caso –contestó ella, pronunciando con cuidado cada palabra-. Debe haber sido por todo el ruido que había ahí adentro.

-Seguramente –respondió, sacándolos a ambos a la calle.

Para cuando finalmente llegaron a su escondite, ella ya se había dormido con la cabeza inclinada a un lado y él tuvo que despertarla agitándola del hombro. Estaban en un barrio pobre adonde las casas en su mayoría tenían techos de chapa, calles sin pavimentar y cercas de maneras desiguales. La vivienda frente a la que se habían detenido era una de las pocas con un tanque de agua regularmente lleno ubicado en la parte trasera. Estaba oscuro más que en otras zonas de la ciudad, de modo que ella no se enteró de inmediato de la clase de lugar adonde estaba. Lo único que registró fue que casi se fue de cara al suelo. Sus zapatos con plataforma no estaban hechos para soportar ese tipo de terreno. Rodrigo la sostuvo de la cintura, haciéndola moverse hacia adelante.

-¿Dónde estamos?

-Vamos adentro a tomar algo, ¿no te acuerdas, hermosa?

La puerta era de una madera gruesa. Las ventanas estaban cubiertas por pintura blanca y hojas de diario pegadas con adhesivos. Excepto por el tanque, cualquiera habría dicho que el sitio estaba del todo abandonado. Rodrigo sacó una pequeña llave del bolsillo en su camisa para dejarlos pasar al interior, completamente negro como la boca del lobo en su cueva. La ayudó a ella a dar los pasos necesarios en el interior. El ambiente olía a humedad contenida y plástico.

-Prendé la luz, no se ve ni un carajo aquí –dijo la mujer, un poco irritada.

Rodrigo cerró a sus espaldas, eliminando el último rastro de luz con el que contaban desde el exterior. No lo necesitaba para saber adónde estaba cada cosa adentro de ese lugar. Se puso a la espalda de la mujer, identificándola por su perfume, y le empujó la parte trasera de una rodilla con la suya propia. Al mismo tiempo que caía Rodrigo extendió el brazo por debajo de su mandíbula. Con el antebrazo y el bíceps apretó los costados de su cuello con fuerza sin dejarse inmutar por los débiles intentos de ella por presentar pelea. Cuando ella subió la mano para buscar rasguñarle se limitó a darle un manotazo y mantenérsela abajo, aprisionada por su propio brazo. No pasó mucho tiempo hasta la cantidad del oxígeno en el cerebro se volvió insuficiente y su cuerpo se relajó, volviéndose un peso muerto en su peso.

Si la idea hubiera sido mantenerla inconsciente ahora procedería a soltarla y trabajar rápido antes de que se despertara. Mantuvo la misma posición por unos cinco minutos más. Sólo entonces la dejó caer en el suelo y se levantó para encender la luz. Los tubos de halógenos en el techo iluminaron el techo y las paredes pintadas de blanco inmaculado. En el ángulo recto de un rincón estaba atravesada una barra metálica de la que colgaba una larga cuerda. Arrastró a la mujer hasta ahí para poder atarle las piernas juntas y luego elevarla tirando desde el otro extremo. La mujer estaba más pesada de lo que parecía a simple vista, pero se las arregló para elevarla hasta el punto en que sus brazos extendidos colgaban en el aire.

Ahora sí que debía trabajar rápido. Con la sangre dirigiéndose de nuevo todo hacia arriba era muy probable que ella volviera a despertarse. Ató la soga a un gancho de acero negro a la altura de su cintura. Luego se dirigió a un armario cerrado por candado y lo abrió con una llave diferente a la de la puerta. En el interior se guardaba un balde metálico y una bolsa llena del mismo plástico con que se cubrían los colchones en las tiendas. De la parte superior colgaban de pequeños ganchos metálicos un par de cuchillos, afilador y una navaja. También tenía un traje de enfermero verde claro con el cual reemplazo su ropa. Tomó esta última por ser la más pequeña y cómoda para su mano.

Extendió el plástico debajo de la mujer, apartando a un lado el cabello colgante. Colocó el balde justo debajo. Cuando finalmente le rajó el cuello se concentró en sostenerla en un mismo sitio sosteniéndole de las caderas, conteniendo los estremecimientos bruscos que la sacudieron. La sangre subía por el rostro y se deslizó por el cabello negro hasta gotear lentamente contra la superficie metálica, haciendo un claro tonk, tonk cada vez. En cuando las convulsiones se acabaron Rodrigo se arrodilló y le echó la cabeza hacia atrás aferrándola desde la coronilla. Lamió la herida recorriendo los bordes, tragándose los nuevos chorros que salieron ante su manipulación. Arrancó un pequeño pedazo de piel con los dientes y se lo tragó. Un estremecimiento le corrió la espalda, arrancándole un suspiro de placer.

Ya no era esa mujer violadora que había acabado drogada con su propio veneno. El cabello negro se había convertido en una sucesión de ondas castañas. Ningún bulto de carne suave sobresalía del pecho y su color general era diferente, más claro. Si le abría los párpados vería ojos de un marrón suave con manchas verdes. Le besó en los labios y estaba besando a otro muerto, al muerto que se había ido hacía ya años y ante quien no había podido mantener una simple promesa. Le pedía perdón entre susurros sabiendo que no lo escucharía y ya nunca podría responderle mostrándole su justo asco y decepción.

Igual que todos antes. Todos podían haber cometido distintos crímenes y haber tenido distintas fotografías, pero ni uno solo había logrado escapar de que les impusiera la inmutable ilusión incestuosa y era la única verdadera responsable de que pudiera sacar un verdadero sentimiento de placer en medio de la situación. Esa era la única fantasía que había creído demasiado propia para querer compartirla con el agente Álvarez, ni siquiera cuando este fingía ser asadito. El supuesto joven le enviaba fotografías de cuerpos atractivos sin cabeza ni ningún otro rasgo distintivo y su mente aprovechaba las carencias para poner en su lugar los rasgos que podía recordar de su hermano. Era injusto que lo recordara tan bien incluso después de tantos años. Su interior seguía doliendo por él.

En cierto momento la mujer había emitido algunos gemidos estrangulados. Al final estaba completamente silenciosa. Ya no se trataba de su hermano ni tampoco la mujer que el policía quería muerta. Ahora sólo era un pedazo de carne esperando a ser aprovechado.

Rodrigo trajo una manguera conectada a un grifo en el baño (en caso de que necesitara limpiarse después) y le echó el chorro por encima. Con una esponja vegetal la continuó limpiando hasta quedarse satisfecho de su estado. Tomó el balde lleno de agua y sangre, y lo llevó a la parte trasera del edificio. Ahí ya había un hueco preparado para recibir el líquido, luego de lo cual Rodrigo dio un par de patadas al montón de tierra al lado para cubrirlo. Lo empapó por encima con la manguera para que se formara un inofensivo charco de barro en el que ya no se distinguiera la sangre. Antes solía bebérsela, pero pronto se le quitó el deseo de hacerlo cuando descubrió la poca vida que les quedaba a las gotas rojas una vez estaban fuera del cuerpo. Adquirían un extraño sabor a cenizas que acababa revolviéndole las tripas.

A las cuatro de la madrugada salió de la vivienda que no lo era cargando una larga alfombra enrollada entre sus brazos, benditas fueran las películas de mafiosos, y se dirigió al automóvil para cargarla en la parte trasera. Pero ni bien cerró la puerta, su cuerpo se puso alerta, atento. Aspiró en el aire y no pudo percibir nada concreto. Durante la preparación del cuerpo había caído una ligera llovizna y todos los olores del ambiente estaban cubiertos por una fuerte capa de humedad, tierra y hierba. El viento soplaba de manera que no le permitía captar nada en frente de sí. La casa más cercana a la suya era la de una familia que había tenido que hacer una mudanza repentina cuando los ríos se desbordaron, causando múltiples inundaciones. Ahora el edificio sólo era usado como refugio temporal para los ocasionales drogadictos. Quizá sólo había sido uno de esos, despistado en medio de la noche. Por lo menos él no veía nada fuera de lo común.

Todavía un poco intranquilo, se volvió al vehículo y regresó a casa.

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Un pensamiento en “Animales. 3

  1. Benjamin, el poli, aka… el asadito?? Ay no me joda. Me hizo una gracia que no tiene ni idea. Mire que llamarse “asadito”… para mi es el equivalente directo a llamarse “cachondito” en alguna pagina porno, jejeje. Pero de todos modos, lejos de desvirtuar, solo le agrega un toque jocoso al asunto. Al menos para mi.

    Dejando de lado lo que ya le conte por Skype, creo que este capitulo estuvo bastante bueno 🙂 y promete mucho para los siguientes.

    Un besote!

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