Animales. 5

portadaanimales2Capítulo 4

En los siguientes días Rodrigo apenas vio a su sobrino. Lo consideró una buena señal que fueran salidas con amigos o reuniones con grupos de estudio los que le mantenían ocupado. Ni bien llegaba a casa el chico volvía a despedirse y decía que iba a comer afuera, llevándose su mochila tras un cambio de ropa. A la noche regresaba cuando el cielo ya estaba negro en lugar de azul y se encerraba en su cuarto de nuevo.

Se sentía como vivir solo de nuevo, casi. No sabía lo acostumbrado que había estado a hacer comida para dos, preparar la mesa para dos persona y tener alguien con quien charlar sobre la mesa hasta que de pronto sólo contaba con su propia presencia. Incluso tener al agente Álvarez resultaba en una especie de magro consuelo para apagar el envolvente silencio.

Pero la peor consecuencia de esa distancia probablemente eran las pesadillas que le llegaban a la hora de dormir y durante el día, en los momentos más inesperados. El chantaje con el que había venido le tenía sin cuidado, apenas se acordaba de él. Ser castigado por los asesinatos cometidos y dejar que la justicia por fin pudiera cumplir su objetivo, después de tantos años de diversión y desenfreno, era en verdad la última de sus preocupaciones. Si eso llegaba a suceder aceptaría su destino sin protestas, sin pelear. Sólo su sobrino decidiría si quería publicar esas fotografías y contactar a alguien para dar testimonio del horror que vivía en su casa, y él perdiendo tiempo dedicando un pensamiento de sobra a la situación no iba a inclinar la balanza hacia ningún lado. Isaac no se lo traía a la mente y él no lo convocaba.

Eran las palabras que le había seguido al chantaje, esas espantosas palabras que su sobrino había pronunciado con precipitada inocencia, no dándole la importancia que debía, se habían convertido en miles de lujuriosos demonios que se subían por sus hombros y le susurraban malas ideas, parásitos horribles que le desgastaban su resistencia e hinchaban sus venas con un inevitable fuego.

Se despertaba a la mañana después de haber soñado que había sido su sobrino quien le devoraba esbozando una amplia sonrisa de satisfacción, sólo para ver que tenía una erección que quemaba entre sus dedos y palpitaba como un corazón vivo hasta que terminaba en su palma, dejándole una sensación palpable mezcla de culpa y asco. A veces, en medio de esa lucha de voluntad, una batalla que sentía cada vez más inservible, todavía oía la voz de su hermano pronunciando sus reproches y su rostro al darse cuenta de que su hermano menor, el mismo con el que había roto un importante tabú, estaba dañado más allá de cualquier remedio. Por desgracia no era con la suficiente frecuencia para recordar el por qué del rechazo.
Era su turno de trabajo en la carnicería un fin de semana. Las costillas de cerdo que cortaba encima de la tabla de madera se acababan de volver en el pecho ofrecido de su sobrino cuando escuchó a una voz llamándolo desde atrás.

-¡Rodri! –La voz de Emiliano.

Al darse vuelta su viejo conocido casi amigo estaba sonriéndole con el mentón, sostenido por el brazo apoyado en el mostrador. Le hizo un gesto de saludo y Rodrigo sintió una absurda sensación de alivio, casi de felicidad instantánea. Un recordatorio más efectivo de su hermano que su propia defectuosa memoria. Su hermano había sabido cuál era la manera correcta de actuar y comportarse. Tenía los dos pies bien plantados en la tierra, a diferencia suya. Su hermano evitaría que perdiera la cabeza. Le recordaría que era un tío con un sobrino que debía proteger.

-Mili –le dijo, fingiendo una casual simpatía-. ¿Qué estás haciendo por aquí? Hacía tiempo que no te veía.

-Necesito unas salchichas y como aquí está el mejor servicio de toda la provincia…

Rodrigo se dijo que debió haberlo esperado. El descuento que antes solía ser sólo para el agente Álvarez se había extendido a la cuenta de Emiliano de forma natural e inevitable. En su caso era un caso de verdadera amistad, de modo que el sacrificio de su bolsillo no le dolía en lo más mínimo.

-Sí, cuando dejes de hacerme la pelota ya te las alcanzo –dijo, acabando de hacer el corte (que volvían a ser sólo costillas) y la dejó caer en el mostrador junto los otros antes de inclinarse hacia el muchacho-. ¿Cuánto quieres?

-Tres kilos. Mis viejos organizan la fiesta para uno de mis tíos. Con tres kilos va a ser suficiente, ¿no? Somos sólo una docena de personas.

-Me parece que tres estarían bien –Sacó una bolsa del dispensario y empezó a llenarla.

Sonó el crujido de las bolsas plásticas que llevaba cuando se movió para ponerse en frente de él, dejándole percibir el aroma de las frutas y verduras frescas de la verdulería a una calle de ahí. Emiliano se había detenido en medio de una ronda de hacer compras completas. Rodrigo llevó su carga de tripas de cerdo rellena a una vieja pesa. La larga aguja del medidor le indicó que había acertado en su primer intento. Un aparato así resultaba anacrónico en la misma fiambrería adonde hacían fetas con cierras fijas eléctricas, pero tanto al dueño como a Rodrigo les gustaba y no hubieran querido prescindir de él fácilmente.

Al dueño porque la balanza había sido usada por sus abuelos cuando eran granaderos y era una reliquia familiar de la que no podía deshacerse. A Rodrigo porque le hacía pensar en entregaba la cabeza de Juan Bautista, pero si le hubieran preguntado (que nadie tuvo necesidad de hacerlo) habría contestado que era simplemente lindo conservar algunas cosas a la antigua. Hizo unos rápidos cálculos, restándole un diez por ciento, y se los anunció a Emiliano. Este había sacado el celular y tecleaba unas cosas rápidas en él antes de regresarlo a su bolsillo.

-Buenísimo, justo lo que tengo –Se irguió-. Sos un amor, Rodri.

-No seas lamebotas, Mili, ya te he dicho que sí al descuento –Le sonrió para que supiera que el comentario era de buena onda. Le pasó por encima del mostrador la bolsa con las salchichas-. ¿Necesitas algo más?

-No, con eso ya sería todo. Che, ¿quieres salir conmigo y unos amigos a la noche? Como mis viejos van a estar ocupados en lo suyo, pensaba que podríamos ir al cine y luego a comer algo por ahí. ¿Qué te parece?

No era la primera que lo invitaba espontáneamente a algo así. En los cuatro años que habían pasado desde que Rodrigo se sorprendiera de realmente verlo tras el asalto fallido al más joven, este había dado lo mejor de sí para incluirlo en su vida tanto como buscar incluirse en la de él. Lo bueno de él era que Rodrigo no se sentía presionado a decir siempre que sí, pues Emiliano sabía encajar un rechazo, y tampoco tenía la impresión de que el chico tuviera altos estándares que esperaba llenar con él. Si no quería salir con otras personas, estaba todo bien. Si no estaba disponible una noche, no importaba, existían un montón más en las que podrían estar.

La falta de presiones y la naturalidad con la que Emiliano le dejaba ser habían vuelto la suya una de las relaciones más extrañamente estables que había tenido hasta el momento. Sólo eran amigos, desde luego. Jamás lo había tocado más de la cuenta, ni siquiera había permito que lo abrazara y no tenía ningún plan futuro de cambiar ese simple hecho. No tenía idea de qué hubiera podido desatar en ese caso y tampoco deseaba averiguarlo. A Rodrigo le causaba un gran desasosiego el saber que alguien normal y feliz de serlo todavía existía a sus alrededor. Quería mantenerlo de ese modo.

Ese mismo sentimiento volvía las noches en que decidía seguirlo en su equivalente de un paseo por el parque para despejar la mente. Se sentía un poco más ligero luego de cada vez en que lo veía regresar a su hogar, solo o acompañado, daba igual. No importaba en tanto estuviera completo, vivo y listo para ser todo lo que su vida no era por un día más.

Sí, todavía tenía ideas sobre atraparlo y devorárselo, pero ya no era ni de cerca tan acuciantes como al principio, cuando no habían intercambiado ni siquiera una palabra. Ahorra se trataban de meras ideas ociosas con las que su mente se podía fijar sin que significara la gran fuente de placer de antes, igual a preguntarse qué sabor tendrían sus propios empanizados y fritos. No quería decir de ninguna manera que de verdad pretendiera averiguarlo o que sufriría una gran pérdida de no llegar a hacerlo, y eso estaba más que bien para él. Sería todavía mejor si no tuviera esos deseos en primer lugar, pero no se podía tener todo en la vida.

Habían pasado unos tres días desde que acabara con un nuevo delincuente libre que le hubiera recomendado el agente Álvarez (un ladrón de pacotilla que había matado cuatro víctimas, pero jamás se le pudo probar nada contundente), de modo que se hallaba más tranquilo que de usual para ponerse la máscara y actuar. Puede que incluso le cayera bien la distracción.

-Sí, meta, por qué no. Igual no tenía pensado hacer nada.

La primera respuesta de Emiliano fue dejar decaer su sonrisa y abrir los ojos. Estaba claro que no se esperaba que fuera tan sencillo como eso. Rodrigo supuso que no podía culparlo. La última vez que había aceptado salir algún lado con el más joven y que de hecho lo había hecho con conocimiento se había dado hacía tres meses, y sus intentos anteriores sólo había resuelto en educadas excusas. Pero la impresión sólo duró unos segundos y volvía al aire amistoso. Él nunca sabría cuánto lo apreciaba por esas pequeñas consideraciones.

-Meta, entonces te mando un whatsapp cuando ya estemos saliendo. Te paso a buscar yo, ¿te parece?

-Está bien, entonces te espero a la noche.

Rodrigo lo vio pagar y luego marcharse. Pensaba en la buena suerte que había tenido conociéndole cuando de pronto percibió un zumbido sobre su pecho, debajo del delantal blanco. Primero vio que no hubiera más clientes necesitándolo y, viendo que estaban prácticamente vacíos, aprovechó para sacar el celular. El número que salía era uno que reconoció al instante y de pronto sintió que la sangre escapaba de su rostro, hundiéndose en su vientre. Le hizo un gesto a Pablo, que ese día atendía los lácteos. Cuando éste levantó el mentón en gesto interrogante, Rodrigo señaló la pantalla y luego la puerta que llevaba a la sala de descanso. Necesitaba que lo cubriera por unos minutos, ¿podía hacerlo?
Su compañero, bendito fuera su delicioso corazón, comprendió en el acto el mensaje y le levantó un pulgar en señal de acuerdo. Rodrigo le envió un cabeceo de agradecimiento antes de pasar por la puerta, entrando a lo que no era nada más que una habitación mediana que servía de intermedio entre la zona comercial, los baños y el camino a los congeladores. Rodrigo tomó una profunda bocanada de aire y se forzó a relajarse antes de contestar. No tenía que significar lo que él creía que significaba.

-¿Hola? –dijo.

-Buenas. ¿Hablo con el señor Ortega?

Reconoció la voz al instante. La directora de la escuela de Isaac sonaba como lo que era; una señora que intentaba por lo general ser comprensiva y justa con todas las partes, pero cuya paciencia no era difícil encontrarle su límite.

-Sí –respondió-. ¿Qué ha pasado? ¿Isaac está bien?

-Isaac está bien, señor Ortega. Ese no es el problema. ¿Sería posible que viniera al colegio? Sé que tiene trabajo a estas horas.

-Me puedo retirar unos momentos. ¿Es muy urgente?

Tras un momento de duda, la directora volvió a hablar.

-Sería mejor si viniera. Es mejor hablar este tipo de cosas cara a cara. Lo espero.

-Voy enseguida –dijo Rodrigo, a modo de despedida, y colgó.

El tipo de cosas que se hablaban cara a cara nunca podían ser buenas.

“¿Qué has hecho ahora, Isa?”, pensó.

No lo había planeado así desde el principio. Ese trío de chicos siempre lo habían molestado, desde quinto grado y hasta ahora que estaban a punto de terminar con el colegio para siempre, variando la intensidad pero nunca la frecuencia. Eran tres, pero estaba claro que si no fuera por el mayor de ellos, uno que había repetido cursos dos veces antes de ir a caer a su colegio, las cosas nunca habrían llegado al nivel que lo habían hecho. Ese hecho no absolvía para nada a los otros dos, los amiguetes, sólo una verdad a tomar en cuenta.

Empezó cuando aquel chico flacuchento, alto, con un caso de granos apenas un poco más grave que el resto de ellos y labios incongruentemente gruesos, que le daban una expresión perpetuamente de distraído, se le sentó al lado y durante el resto del día le pidió todo prestado. ¿Tenía plata? Necesitaba plata. ¿Tenía borrador? Se había equivocado. ¿Había anotado todo lo dicho por el profesor? Necesitaba copiar los apuntes. Durante las primeras tres horas Isaac había sido un buen compañero, había sido amable, le había dictado cuando se quedaba atrás. Luego de eso se dio cuenta de que mordía la lapicera que le había dado y cuando le pidió que no lo hiciera, el otro sólo había sabido responderle que dejara de hacerse problema, no era la gran cosa, y continuó haciéndolo, ahora con saña para retarle a ver cómo se lo prohibía.

Era ese tipo de personas que sacaban especial deleite de darle la contra a las personas. Él quería hacer lo que quería hacer y si el mundo no quería dárselo, ese era problema de otros, no suyos. A partir de ese momento Isaac decidió jugar al sordo, haciendo caso omiso incluso cuando el otro empezó a empujarle el hombro. Quería gritarle que no lo tocara, quería golpearlo, quería apartarse, pero estaban en medio de la clase y las palabras parecían demasiado pesadas para llegar a sus labios. Al final resolvió pedirle a un compañero que cambiara asientos con él. Ese mismo compañero, que conocía desde segundo curso y con el que se llevaba relativamente bien, resultó ser uno de los futuros amiguetes.

Lejos de aceptar una tregua, Isaac sintió cómo en las otras calles gotas de algo húmedo aterrizaban en su coronilla y cuello. Una sensación de asco le recorrió el cuerpo incluso de darse la vuelta para enterarse de lo que se trataba, pues ya se lo imaginaba. La visión que obtuvo sólo sirvió para confirmárselo. El chico mayor estaba juntando gargajos en sus dedos y los lanzaba como proyectiles en su dirección. El otro, al que apenas conocía y con el que nunca había tenido un problema, tenía una versión más tímida de su misma sonrisa de expectativa. ¿Iba a retarlos? ¿Le iba a contar a la profesora? ¿Se iba a echar a llorar?

Isaac no hizo ninguno. Encerró su confusión, su furia y molestia en una caja en lo profundo de su cabeza. Guardaba muchas cosas en esa caja y siempre había espacio para unas más. El proceso le salió sin que tomara ninguna decisión al respecto, tan natural como parpadear si alguien aplaudiera en frente de su rostro de improviso. Se limpió las gotas que le habían llegado con la mano y luego la mano en los pantalones antes de volver a ponerle atención a la profesora. Ellos, y más tarde el tercer chico, que siempre había sido buen amigo del primerizo tímido, tomaron esta constante actitud como cobardía. Les gustó la sensación de estar generando miedo en otra persona. Se volvió adictivo. Sólo querían ver hasta dónde podían llegar empujando la cuerda y comprobar si era tan infinita como parecía.

Jamás se les pasó por la cabeza que la cuerda alguna vez pudiera romperse. No sabían que por una vez ya se había roto y ellos no habían estado presentes, de modo que cuando volvieron a tironear, en realidad se trataba de una completamente nueva. Para cuando la caja se sobrepasó de nuevo e Isaac necesitaba un tercer repuesto, nada había cambiado para ellos pero una gran parte del mundo había sido renovado para el propio Isaac.

Antes no sabía que su tío conocía ese poder, el poder de quitar vidas y conservar la suya intacta. Su querido tío que en casa usaba delantales marrones con diseños florales y se reía viendo las sitcom de Warner Channel, el mismo que dejaba culos de botella llenos de agua para los perros callejeros. Ese hecho, el descubrimiento de su secreto, le enseñó que no se trataba de un derecho divino asignado por el dios hijo de puta al que se respetaba tanto en su vieja casa o un suceso fortuito de una sola vez. Era algo que estaba al alcance de todo el mundo y podía ser tomado en cualquier momento. Sólo bastaba que alguien tuviera el valor de tomarlo.

Así fue cuando Isaac sintió la presión de un zapato contra su espalda baja en mitad de Matemáticas, la idea “no es tan difícil, no es tan difícil, no debe serlo si él lo hace” era frenéticamente frotada como un peluche querido. Idea que en realidad ya había tenido antes, pero no recordaba. Para el recreo sólo quedaban ellos cuatro dentro del aula.

-Che, préstame una plata –dijo el mayor, que seguía siendo flaco aunque más alto y alto, de manera que podía ofrecer una pinta amenazante mucho más fácilmente.

Él le dio el primer empujón, haciéndolo golpearse la espalda contra su banco.

-No tengo –masculló Isaac, mirando hacia el piso, repitiendo para sí mismo “no es difícil, no es difícil, no es tan difícil.”

-¿Cómo? ¿El puto maricón de tu tío no te ha dado nada? Yo creía que por lo menos algo te iba a dejar después de que la mames toda la noche –Otro empujón en el otro hombro-. ¿No es así como funciona? ¿Te tragas la polla y te dan algo a cambio? ¿O es que a ti te basta con una polla bien gorda en los labios?

Recientemente el mayor se había vuelto aficionado de usar palabras españolas. Creía que algunas de ellas tenían una especial crudeza a las que el santiagueño promedio no llegaba con su mierda, puta y órdenes de ir a cagar.

-A lo mejor es que al maricón de su tío tampoco le pagan bien en la esquina –ayudó el primer amigo que había hecho el repitiente, encantado de poder participar y ver que su compañero no hacía otra cosa que tener la cabeza en el piso.

Desde que sus padres se divorciaran y sus hermanos se mudaran de casa, no había vuelto a sentirse tan importante, casi invencible. Era más frecuente sentirse el exacto contrario, sobretodo cuando sus tíos venían a casa y empezaban a levantar peleas de borrachos en el kiosco al lado de casa. A nadie parecían importarle sus palabras en esos momentos. Ni siquiera los peores insultos que pudieran salir de su boca parecían tener el menor peso en los oídos de nadie. De modo que ese, contribuir a mantener bajo lo que de por sí podía ser alzado, era un acto de transformación, de realización espontánea. Todo estaba bien mientras pudiera arreglárselas para hacer sentir otros mal, y especialmente si no estos no lo alcanzaban.

Por eso fue que nadie ahí se esperaba lo siguiente. Cuando su amigo (de madre y padre en casa, hermanos que no se metían en problemas y tenían buenas notas en el colegio, ninguna preocupación a la vista) estiró la mano para exigir una respuesta de Isaac (pobre huerfanito que vivía con su tío maricón carnicero) con una nueva agresión y el blanco se apartó a un lado, ninguno de ellos se lo esperaba. Como ninguno de ellos se lo esperaba, el tiempo para reaccionar al puñetazo que soltó Isaac al rostro no pudo llegar: impactó con fuerza y decisión, y su amigo volteó la cabeza. Sus labios parecieron dos salchichas colgando de su rostro en el súbito movimiento.

-¡Che! –gritó su mejor amigo, el que tenía una hermana embarazada y no había sabido de su padre desde hacía años. Sonaba al dueño de un perro regañándole a este por intentar lamerle los zapatos. No era así como se suponía que fuera la escena-. ¿Qué carajo estás haciendo?

Isaac se dirigió a él y le dio una patada en la entrepierna. Su mejor amigo soltó un grito estrangulado, una especie de jadeo y se apoyó con la pared encogido sobre sí mismo, mascullando hijo de puta mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro. En lugar de responder, Isaac tomó la trincheta de la cartuchera de una compañera y sacó la delgada hoja en frente de su amigo, el único que no tenía problemas en casa y por eso era una especie de modelo a seguir para ellos dos. “Él ya sabía que estaba ahí”, pensaría el chico que no contaba con nadie en casa y no lo había con nadie hasta que los tuvo a ellos. Ese sólo detalle le atormentaría durante mucho tiempo. Incluso antes de levantarse Isaac ya sabía que la trincheta estaría ahí, esperando su oportunidad.

Isaac (o alguien que se parecía, pero no sonaba ni se movía como Isaac) habló mirando al más alto a la cara, con unos ojos fijos e intensos que le causó un miedo peor que ver el metal brillante desplegado.

-Hago lo que me dé la puta gana –expresó con frialdad. La mano ni siquiera temblaba-. Y vos vas a dejar de hincharme las pelotas si no quieres perder los dos ojos.

Su amigo, el más alto, el que había repetido y probablemente volvería a hacerlo ese año, lo que causaría que volviera a ser transferido a otro colegio, ni siquiera lo escucha ni lo veía. Lo único que le interesaba era el arma, dirigida hacia él, mientras su rostro de enrojecía de furia.

-Serás… -masculló y levantó la mano para quitárselo de encima.

Isaac movió la muñeca y le cortó el antebrazo descubierto, encima de la zona de las venas pero sin hacer otra cosa que traspasar la piel. Su amigo lanzó un siseo mientras la sangre, poco a poco, formaba primero una línea clara de rojo antes de comenzar líneas cuando las gotas se deslizaron perezosamente. Isaac volvió a dirigir el instrumento para sacarle punta a los lápices a su cara, la cual ahora parecía haberse demudado por completo y le pertenecía a alguien nuevo para todos ahí presente. La cara de alguien que por fin se tomaba en serio una amenaza.

-He dicho que me dejes de joder. Y vos –dijo Isaac y de pronto lo miró directamente a él, el único intacto de momento- dices una palabra de esto a alguien, quien sea, y te arrancaré a nariz a trozos. A todos, no me importa que sea sólo uno.

-No, sí, claro –balbuceó, echándose hacia atrás como si la pared pudiera protegerle-. Nada.

Y pensaba cumplir con esa respuesta. No quería saber qué pasaría si no. Incluso si su amigo decidía que merecía un justo castigo por la impertinencia, él iba a olvidarlo. No valía la pena enfrentarse a alguien que podía mirarlo como si fuera una mera cucaracha a la que le encantaría arrancarle las patas una por una, no por todo el pasajero bienestar que pudiera aportarle. Sabía también que su mejor amigo tampoco iba a hablar, por la misma razón. Y que su amigo, al final, tampoco querría involucrar a terceros. Pero eso no fue lo que pasó.

-¡PROFESOR! –chilló una voz femenina desde la puerta.

Se volvieron a tiempo de ver a una de sus compañeras (la dueña de la trincheta, de casualidad) saliendo disparada de la puerta para ir en busca del profesor. Otros compañeros, de su curso y curiosos cercanos, se acercaron por la puerta, dieron un vistazo y volvieron a salir. Nadie entró para pelear y defenderlos a ellos del ataque o para siquiera quitarle el arma a Isaac, no hasta que viniera una figura responsable a hacerse cargo. Isaac ya había bajado el brazo cuando un rector, que ni siquiera era de su curso, entró al aula y empezó a exigir explicaciones.

Él, el receptor de la última amenaza, vio que Isaac en ningún momento había dejado de ver a su amigo, el que se sostenía el brazo herido. Una pequeña sonrisa de satisfacción se dibujaba en los labios de Isaac. Se le revolvieron las tripas.

La directora era una mujer bajita, esbelta y con unas caderas que ocupaban la totalidad de su asiento. Tenía las manos sin barniz de uñas pero con anillos metálicos grandes. En medio del cabello teñido de rubio oscuro se habían escapado unas canas que relucían como tanza cada vez que movía la cabeza. Isaac estaba sentado en frente de su escritorio, la vista pegada al frente del escritorio. La única cosa que delataba por su parte cierto estado de intranquilidad era la manía de frotarse un índice con los dedos de la otra mano, como si se estuviera consolando.

-Tiene suerte de que no haya salido más grave –decía la señora.

-Los padres del chico podrían querer levantar una denuncia con la policía, ¿y dónde quedaríamos nosotros? –preguntaba la directora.

-He escuchado la versión de Isaac. Ya había escuchado quejas de esos chicos antes y sé que ellos no son ningunos angelitos tampoco, pero esa no es razón para volverse loco y empezar a amenazar con cortar a alguien –razonaba la directora.

-Si había algún problema grave debió haber hablado con alguno de los profesores. Se podía haber llegado a alguna respuesta más razonable que esto –reprochaba la directora, sonrojándose un poco de la indignación.

-No me queda de otra, no puedo dejar ir esto sin castigo –se defendía la directora.

-Cuatro días de expulsión –determinó la directora.

E Isaac no pronunció una palabra hasta que volvieron a salir, los dos juntos, y se subieron al auto que los esperaba en frente del colegio. Afortunadamente el resto del alumnado seguía en clases, de modo que no había ojos curiosos o acusadores siguiéndolos.

-Bueno, espero que estés contento –dijo Rodrigo. Estaba tan ofuscado que, en verdad, no se le ocurría qué más decir-. Creía que vos ibas a ser más inteligente que esto, pero ya veo que me equivoqué. ¿Sabes la suerte que tienes que el chico no te haya levantado una denuncia?

-Ah, ¿o sea que vos también? –replicó Isaac finalmente, mirándole con ojos brillante. Lágrimas de frustración y enojo-. ¿Entonces es mi culpa? ¿No la de esos hijos de puta que desde hace no sé cuánto me vienen jodiendo, sino mía?

-Vos sos al que agarraron con la puta trincheta en la mano. Si tan mal la estabas pasando, ¿por qué no se lo dijiste a un profesor o a alguien?

-¡Pero si ya lo he hecho! ¡Un montón de veces! Y los putos no hicieron una mierda. Una charlita de tres segundos y al carajo, que sigan haciendo lo que quieran. ¿Has escuchado lo que dijo esa vieja? Ni siquiera he sido el primero que los ha denunciado, pero igual no ha servido de nada. ¿Qué mierda se suponía que iba a hacer?

-Eso no, seguro. Sólo te faltan tres meses, Isa. Tres meses más de escuela y no tendrías que ver a esas personas nunca más en la vida. Tres meses y estás listo. Noventa días, nada más. ¿Por qué empezar a joderlo todo tan cerca?

-¿Entonces que me lo aguante, dices? ¿Que me lo aguante todavía más? ¿Eso iba a hacer? Andate a la mierda –escupió, con cierta vacilación al final. Se había irritado antes con su tío y ellos había discutido, pero nunca habían llegado a ese tipo de frases. Una lágrima se desbordó de sus ojos-. Ahora el que mata por oficio me va a retar por defenderme.

-¿Eso piensas?

Rodrigo buscó una vereda libre y estacionó ahí. No estaban todavía ni cerca de casa, por lo que al primer momento Isaac parpadeó sin saber qué esperar.

-Isa, ¿siquiera sabes por qué puedo “matar por oficio”? ¿Entiendes cómo he conseguido no acabar en la cárcel hasta ahora? Benja me ha ayudado, obvio que sí, pero si me llegan a encontrar troceando el brazo o la pierna de alguien sin cabeza, en la cocina de mi casa, él haría directamente cuenta de que nunca en la vida me ha conocido. Se lavaría las manos conmigo. Él me ayuda, pero al final soy yo el que me tengo que cuidar ahí afuera. Y si anduviera como vos, amenazando a la gente y armando papelones a cada persona que no me guste, no podría hacer eso. Me habrían atrapado y sólo Dios sabe adónde estarías vos ahora –Suspiró, tomando una honda respiración para serenarse-. Tienes que ser más inteligente que eso, Isaac. Puedes hacer todo lo que quieras, ningún ángel va a caer del cielo para impedírtelo, pero eso no significa que no va a haber consecuencias con las que vos vas a tener que vivir después.

Isaac se volvió en el asiento a su lado, girándose hacia él con la mano sobre el salpicadero.

-Entonces enséñame –insistió-. Vos sos el que sabe esas cosas, yo no. Enséñame cómo podría hacerlos desaparecer y que nadie se entere.

Rodrigo lo miró con un gesto incrédulo. De nuevo se encontró preguntándose quién carajo había ido a parar a su casa, quién era ese jovencito al que había alimentado y cuidado durante los últimos cuatro años. No podía creer que esa fuera la verdadera cara que recién ahora se le permitía conocer, pero en verdad no le quedaba otra opción que aceptarlo. Al fin y al cabo suponía que podía considerarse afortunado que lo hiciera ahora, cuando no había desastres mayores que cubrir.

-Ni siquiera sientes un poco de culpa, ¿verdad? –preguntó, asimilándolo-. Realmente no te importa haberle lastimado o no a ese chico.

Isaac frunció el ceño.

-¿Es que a vos te importaba esa mujer violadora?

-Obvio que no –contestó con simpleza, casi con alivio porque podía ser franco al respecto-, pero si alguien me habla de que ha desaparecido o de que su familia todavía la está buscando, voy a poner cara de pena y voy a decir qué pena que fuera así. Puede que no te interesen otras personas, puede que no te intereses sus charlas acerca de sus pequeños problemas diarios o que te interese un carajo sus opiniones sobre cualquier tema, pero vos tienes que fingir que sí. Que los escuchas, que los entiendes, que si te importa, que sos un ser humano como ellos. Pretendé y ellos se lo van a creer. Pretendé y vos no vas a ser al que primero miren otras cuando algo como lo de ese chico pase de nuevo.

-¿Y lo otro…?

-No, ¿estás piolo vos?

Isaac se giró hacia el otro lado y empujó la manija para abrir la puerta.

-¿Qué crees que haces?

-Me voy caminando. Nos vemos en casa más tarde –dijo el adolescente, saliendo del vehículo.

-¿Para qué haces eso? No he terminado de hablar contigo –intentó Rodrigo imponerse, pero su sobrino ya había cerrado la puerta (sin dar el portazo de costumbre, menos mal) y se alejaba por la acera.

Rodrigo consideró por unos segundos seguirlo y obligarlo al volver al auto, decirle que no hiciera ese tipo de estupideces, y lo acabó descartando, no sea que acabaran dando una escena. Isaac había recorrido el camino de casa al colegio y en vicerversa. A lo mejor la caminata le ayudaba a despejarse la cabeza y ser más receptivo a razones. Aunque no tenía idea de lo que haría si seguía sin escucharle.

A pesar del tráfico, cuando llegó Isaac todavía no había aparecido. Rodrigo decidió llamarlo por el celular. Pasaron tres intentos antes de que el adolescente finalmente le contestara.

-Ya estoy de camino –dijo el más joven ni bien contestó.

-Entonces te espero. Estoy saliendo a la noche y preferiría que te quedaras en casa en lugar de andar por ahí.

-¿Un nuevo amigo del policía que tienes que conocer? ¿Otro ladrón?

-No, voy a salir con Mili y unos amigos suyos al cine y quizá a comer, es todo. Regresa a casa antes de la noche.

Silencio y, de pronto, Rodrigo escuchó el bocinazo de un auto contra su oído. La voz de Isaac sonó ahogada por el sonido.

-Voy a estar ahí.

Seguidamente le cortó.

Emiliano llegó a la casa de Rodrigo a las siete y media, tal como habían acordado. La noche se veía linda y se percibía fresca, perfecta para salir a caminar. Iba a ser una oportunidad perfecta para distraerse y pasarla bien. Hacía tiempo que no había salido con Rodrigo y ya que lo extrañaba. Desde que lo había rescatado de ser asaltado esa ocasión que se quedó sin gas en el auto, siempre se había sentido seguro y en confianza para él. Parecía el tipo de persona a la que le podía decir lo que fuera y él sólo asentiría, no encontrándolo para nada raro.

El hecho de que se declarara pansexual, una cosa por la que sus amigos incluso hoy continuaban bromeando si no quería cogerse al pan, jamás había arrancado ninguna otra reacción de su parte que un asentimiento falto de cualquier dramatismo. Era así como las cosas eran y no tenía nada bueno o de malo que así fueran. No era muy conversador, pero ese era parte de su encanto: nunca le había oído pronunciar una palabra sobre alguien o nada antes.

Llegó al hogar y tocó al timbre. No pasó mucho tiempo hasta que le abrieran, y no se trataba de Rodrigo como él esperaba. El joven sobrino de su amigo, ese que le parecía demasiado serio para su edad, era quien sostenía la puerta. Desde el interior se oía el correr del agua en el baño.

-Mi tío se está bañando –informó el adolescente, haciéndose a un lado-. Pasa. Lo puedes esperar en el sillón.

-Bueno, con permiso –dijo antes de entrar.

Se ubicó en el sillón, palmeándose casualmente en las rodillas. No iba a molestarse a hacer conversación casual con Isaac. Ya sabía que era un caso perdido y no le molestaba. Incluso si sólo eran un puñado de años de diferencia, se sentía completamente desconectado de los chicos que iban al colegio ahora, y de las pocas otras veces que había llegado a visitar la casa, Isaac se había dedicado más bien a permanecer en su habitación ni bien aparecía.

-¿Quieres tomar algo? –ofreció Isaac de pronto, sorprendiéndolo.

Bueno, si él mismo se estaba ofreciendo, podría siquiera empezar a aprovecharlo. Además, ahora que lo pensaba, tenía un poco de sed.

-Sí, gracias. ¿Un vaso de agua, por favor, si no es molestia?

Isaac asintió y se dirigió a la cocina. Emiliano sacó su celular y revisó sus mensajes conectándose a la línea de internet de Rodrigo al instante. Sus amigos le habían escrito para preguntarle qué película iban a ver. Estaba respondiendo que ya verían cuando llegaran, a menos que alguien supiera de algo bueno para ver, cuando vio a Isaac acercarse en la periferia y levantó la vista. Pero el adolescente no tenía ningún vaso de agua. En su lugar tenía un aspersor que le puso en frente del rostro. No le dijo una palabra, sólo presionó para que un líquido incoloro le saltara al rostro. El olor era dulce y algo del mismo entró a su boca.

-¿Qué hacés…? –preguntó, indignado.

Su pecho se inflamaba y deshinchaba de forma acelerada. ¿Por qué de pronto estaba viendo dos Isaac al mismo tiempo? Y también un tercero. Todos ellos apuntándole esa estúpida cosa de nuevo, echándole más de esa cosa encima. Para la tercera dispersión ya no se le ocurrió protestar. No se le ocurrió nada. Simplemente cayó hacia adelante, sin más consciencia de nada.

Isaac pensó que menos mal caían rápido. Había costado lo suyo encontrar la droga correcta, pero lo había conseguido y encima de efecto casi inmediato. Un ataque por sorpresa era lo único que podría haber servido. Una introducción extraña en la comida o la bebida habría sido detectada al momento. Isaac se acercó al hombre tirado en el suelo, puso la suela del zapato encima de su mano extendida y apretó. Ni un temblor, ni un movimiento perturbaron la calma del sueño inducido. Bien, bien. Mejor así.

Satisfecho con el estado de cosas, corrió al baño para cerrar el agua. Por supuesto que no había nadie tomando ninguna ducha. Luego de lo cual entró en el cuarto de su tío y contempló el cuarto dormido de este encima de la cama. Su tía creía que no tenía lo necesario.

Ya se lo demostraría.

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Un pensamiento en “Animales. 5

  1. Yo solo tengo una cosa que decir:

    ISAAC ES UN LOQUILLO.

    Cada capitulo me lo confirma. Ese niño da MIEDO pendejo. Yo no querría tenerlo cerca ni 5 minutos. De verdad. Es peor que Rodrigo. Es mas, con todo y lo canibal, Rodrigo es mas angelito que el.

    Besos mi Reina

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