Animales. 6

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Capítulo 5

Una vez, una sola vez, cuando todavía vivía en la casa de sus padres y estaba cursando el primer año de una carrera que nunca terminaría, Rodrigo vio a la esposa de su hermano esperándole en la acera al volver de la universidad. Ella nunca lo había visto, pero él sí a ella y gracias a las citas que había logrado espiar, probablemente sabía más de ella que la mayoría de sus amigos. La cara que tenía al llegar al orgasmo en un parque a la noche oscura, en un rincón adonde las farolas no encendían, los dientes blancos capturando la débil luz de la luna, fue la primera imagen que saltó a su mente ni bien ella se volvió hacia él. Lo último que había sabido de la pareja era que se habían comprometido.

Le sonrió como si le reconociera, pero eso no le impresionó. Los rulos que no eran rulos Ortega podía ser fácilmente reconocibles y, además, si su hermano le mostró alguna foto de su pasado por fuerza su cara debió aparecer por ahí. Había perdido la cuenta de las veces que fantaseó que le metía un puño por la boca hasta el esófago y le destrozaba los intestinos desde el interior, de modo que por supuesto sólo quedaba actuar impresionado de que una mujer tan bonita le estuviera viendo directamente.

Y es que ella, maldita fuera por toda la eternidad, era preciosa. Los ojos del color suave de las avellanas, tan grandes que tenía cierto aire aniñado que, sin embargo, no le restaba sofisticación. El cabello lacio de color marrón oscuro caía como una capa de la realeza sobre sus delicados hombros. Todo complementado con un tono de piel moreno que le otorgaba vivacidad, no importara el gesto que hiciera. Lo mejor, sin embargo, debía ser que a pesar de todas estas características, ella todavía no andaba con el corazón en la mano como una ilusa que nunca hubiera crecido. Había inteligencia ahí, poca o mucha era difícil decir, pero estaba presente, templada por la tristeza.

Conocía su historia, desde luego. Desde los trece años había pasado por una racha de novios que nunca le duraban demasiado, hasta que uno de ellos la sorprendió (o eso decía ella, Rodrigo no podía creer que algo así viniera tan de sorpresa) torciéndole el brazo y entonces sólo tenía amigos con los que chapar de vez en cuando, simple e inofensiva diversión sin ningún lazo. Antes de finalmente conocer a su hermano, el cual apenas si hablaba de ella en casa a menos que se lo preguntaran, y cuando lo hacía Rodrigo podía percibir que el entusiasmo de su hermano era impuesto. De no ser porque a la larga sus conocidos se acabaron conociendo, ni siquiera tendría su nombre ahora presente.

Ella llevaba un saco y tenía las manos metidas en los bolsillos después de un breve apretón. No le acercó la mejilla para que se la besara y ni bien la vio más de cerca, se dio cuenta de que la tristeza había puesto pesas a cada lado de su atractiva sonrisa. Por unos segundos se entretuvo pensando que a lo que venía era a pedirle que sacara a su hermano de su casa. Las razones que tuviera para algo así le daban igual, mientras ese resultado no cambiara.

Dejó que ella le declarara cuál era la relación entre ellos, por si acaso no lo sabía, y lo siguiente para Rodrigo fue preguntarle si su hermano estaba bien. ¿Por qué más iba a visitar al hermanito menor de su novio? Pero ella dijo que estaba bien. Mencionó como de casualidad que estaba de viaje por el fin de semana con unos amigos que hacían motocross, allá en Córdoba, y él no supo qué decir a eso. La acabó invitando al interior de su casa a tomar algo porque al menos estaba seguro que eso sí lo estaba esperando. Sus padres no estaban en casa tampoco, de modo que tenían el hogar para ellos dos.

Empezaron con la charla amable, como si fueran dos amigos con los que tenían pendiente ponerse al tanto. Le dijo acerca de sus clase, de la constante molestia de andar sacando las fotocopias y libros para cada clase, de lo insoportable que se le volvía todo con cada trabajo práctico y tarea que debía entregar para cada materia durante toda la semana. Pero no antes de que ella le comentara que adoraba sus clases de periodismo y estaba realmente fascinada con las cosas que le enseñaban. Odiaba a uno o dos profesores, a los que parecía que no podría importarle menos la clase y sólo estaban para cobrar el sueldo a fin de mes. Lo que de por sí no tenía nada de malo, pero sus padres estaban pagando por una educación, les estaban pagando y lo mínimo que podrían hacer sería ponerle un poco más de ganas al asunto. Se sonrieron por un comentario gracioso que Rodrigo había hecho sobre que los prefería muertos del sueño y con cara de culo a pedigüeños y exigentes. Así no había ganas para estudiar de dónde sacarle. Entendía a lo que se refería.

Luego ella miró el mate dulce que le había dado, todavía con la sonrisa en los labios, y dijo:

-Eduardo me está engañando.

Ante eso, Rodrigo lanzó en su interior la mayor fiesta del mundo, la envidia de cualquier quinceañera. Estaba a punto de pronunciar el discurso acerca de cuánto lamentaba tener que escuchar eso y, que incluso si a sus padres no les gustaba, seguramente acabarían entendiendo que ella no podía esperar tolerar una situación así…

-Con hombres.

La fiesta se convirtió en una mezcla con funeral. Todavía había torta y música fuerte, pero también se acababa de oscurecer el cielo y el aire parecía mucho más frío. La estúpida sensación de celos volvió como un invitado de honor y dibujó detrás de sus párpados un precioso rojo para rodear a la pobrecita novia. “Si no estuviera contigo, él jamás habría tenido que recurrir a eso”, sintió que era una acusación más que justa.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó, en falso tono de conmiseración, deseándole a esa todas las desgracias habidas y por haber.

El objetivo de su visita se le hacía cada vez más inexplicable. ¿Quería consuelo? ¿Un hombro en el que llorar? ¿Por qué él y no uno de sus amigas y amigos tan queridos? ¿Qué necesidad había en hacer todo ese viaje?

-No soy tonta –dijo con una leve sonrisa de amargura, como si ella misma u otros la hubieran acusado de serlo en incontables ocasiones-. Encima creo que vos debías saberlo, ¿o me equivoco? Desde el principio Eduardo no ha hecho más que hablar de vos y, ahora, cada vez que alguien te menciona de casualidad pone una cara de sufrido que no engaña a nadie. ¿Puedes creer que hasta se me ocurrió la palabra incesto en algún momento?

-¿Pero qué dices? –dejó escapar tras un bufido-. Nos llevábamos bien, eso es todo. ¿No que esa es la gracia de tener un hermano, portarse bien unos con los otros?

-Sí, pero esa no es razón para obsesionarse –Rodrigo sintió que incluso la torta se agriaba. Él había sido el verdadero obsesionado-. Y de todos modos, ustedes dos eran cercanos. No sé qué ha pasado luego que ha cambiado con ustedes, pero para mí es obvio que a él todavía le importas.

Gran consuelo.

-Y vos debías saber, ¿que no? Vos debías saber lo puto que era. No me puedo creer que su querido hermano no se enteraba de cuánto le gusta que le den por el culo –la mujer pronunció cada palabra sin elevar la voz, con la temblorosa calma de alguien que estaba en plena lucha de mantenerse en una sola pieza. Rodrigo sintió la enorme tentación de aclararle que Eduardo nunca había sido particularmente quisquilloso al respecto, pero de cualquiera de las dos formas seguro que era buenísimo en eso, pero a último momento su sentido común le cerró la boca para dejar que la mujer siguiera hablando. Ella claramente tampoco había terminado-. Debió sentirse horrible cuando él vino a mudarse de repente conmigo sin darle ningún aviso a nadie, ¿no?

La cara de Rodrigo permaneció impasible. En su mente ya había tomado el cuchillo más grande de asado que tenían y se lo había clavado cuarenta veces.

-Ni a vos ni a tus viejos les gustó eso, ¿que no? ¿O me equivoco?

-¿Y qué tendría eso que ver con que te haya engañado? ¿No sería más bien algo que ustedes dos deban discutir?

Ya había entendido lo que pretendía la novia de su hermano y no le gustaba para nada. No le gustaba que se estuviera tentando con la idea de unir fuerzas para joder a su hermano un poco de lo que les había jodido a los dos. Principalmente porque sabía que al final los beneficios que le aportaran a él iban a ser mucho menores de los que le aportaran a ella. Ella sólo tenía que romperlo y seguir con su vida. Él debía vivir sabiéndose un indigno frente a sus ojos, y cualquier movimiento de su parte sólo iba a confirmar más aquellas nociones. No era algo para enorgullecerse que a sus dieciocho años de edad todavía tuviera tan alta estima la opinión de su hermano mayor. Como si fuera un nene de nuevo y su hermano acabara de enseñarle a andar en bicicleta.

-¿Para qué? ¿Para que tu hermano vuelva a mentirme a la cara como si fuera una estúpida? Tu hermano va a seguir haciendo lo que quiere, como siempre, y nosotros somos los boludos que tienen que aguantárselo, ¿no?

-Edu es mi hermano. Yo sí que tengo que aguantármelo. No sé por qué no le cortas de una.

-¿En serio tienes que preguntarlo? –Ella por fin levantó la vista y llevaba en el rostro una sonrisa mitad incredulidad y mitad crueldad-. ¿Vos, de todas las personas, tienes que preguntarme eso?

Rodrigo no dijo nada. No hizo ningún gesto, ni siquiera cambió el ritmo de su respiración. Sólo un latido salvaje, un retumbar como el rugido de un oso en su pecho, y luego nada, calma total. Pero fue admisión suficiente. No sabía acerca de todo (dudaba seriamente que lo habría buscado de ser así), pero sabía lo suficiente para saber dónde presionar.

-Nadie me lo dijo –aclaró ella, adelantándose a sus pensamientos. Emitió una pequeña risa nerviosa-. Era sólo una loca suposición mía, algo que creí que a lo mejor eran estupideces mías. Digo, vos no estabas ahí, pero Eduardo al hablar contigo, de vos… me daban ganas de vomitar cada vez. Yo tengo mis propios hermanos y te juro que soy incapaz de imaginarme hablando así de ellos. Pero no podía decir nada porque eso sería meterme con la familia y eso sencillamente no puede ser, ¿que no? ¿Qué tiene de malo que dos hermanos se quieran?

-Sigo sin entender para qué me vienes a hablar de mí esto. ¿No deberías estar corriendo al baño por si las dudas, sólo por verme?

A pesar de su tono casual, a Rodrigo recordó de inmediato la amargura de esa noche.

-Pero vos le importas –dijo ella y, tras un momento de vacilación, extendió la mano para ponerla encima de la suya-. Y sé que yo también, en alguna parte, una parte chiquita y minúscula en algún lado, incluso si él mismo no se da cuenta. Y eso puede ser con lo que podamos devolverle un poco de lo que ha hecho a nosotros dos.
Rodrigo se dejó seducir. No había otra manera de explicar el por qué acordó llevar a la esposa de su hermano a su pieza en la casa de sus padres y conocer por primera vez lo que era estar con una mujer. Había diferencias esenciales que se negó a reconocer con una obstinación obtusa, de mismo modo en que no dudó que ella estaba haciendo mientras él se aferraba de forma vehemente a sus caderas. Ella llegó a gemir, pero él no. Abrir la boca tan cerca de una carne vulnerable, justamente entonces que su mente sólo parecía capaz de conjurar rabia, dolor y desesperación, habría sido un acto suicida. Se acabó perforando su propio labio y ella gritó, Rodrigo pensó que incluso el derramamiento se percibía distinto ahí adentro y, antes de que nada hubiera sido resuelto, todo se había acabado.

Ella le dijo que le iba a anunciar el hecho ni bien regresara de su viaje, y él asintió sin estar realmente de acuerdo o en desacuerdo. Sentía la mente en blanco y su cuerpo entero vacío de órganos y huesos, un montón de carne delgada inútil. Pero ninguno de los podría haber predicho que ese plan estúpido llevado a cabo un frío sábado en el que por desgracia no tuvieron nada mejor que hacer, nunca podría llevarse a cabo.

Eduardo tuvo un accidente de motocross y tuvo que ser llevado de emergencia a un hospital en Córdoba. Estuvo en coma por tres días y tanto los huesos de la pierna como de las costilla necesitarían su buena cantidad de tiempo para regenerarse. ¿Y qué clase de bestia sería ella si le hubiera dicho entonces “me acosté con tu hermano”? Hablar, pensar y tramar eran todas acciones posibles, incluso disfrutables al ser imaginabas a todo color dentro de sus mentes, pero la pesadez de la objetiva realidad, donde sólo había un hombre al borde la muerte y su esposa infiel, se había encargado de convertirse en el perro para esa tarea, reduciéndolas a trozos de un viejo chiste sin gracia.

Para cuando finalmente Eduardo pudo ser trasladado de vuelta a casa, se sumaba otra razón poderosa para guardar silencio: dos rayas azules en la superficie de una prueba de embarazo. A nadie se le ocurrió sacar ninguna cuenta, como si fuera un detalle mejor ignorado y quizá tenían razón. Quizá fue uno de los peores errores de su vida. Rodrigo no lo sabría de inmediato. Nunca recibió invitación para el bautizo.

Isaac todavía no había llegado a casa cuando le mandó un mensaje a Emiliano para que primero pasara por su casa antes de que salieran al cine. Estaba a punto de llamarlo otra vez para preguntar por dónde andaba cuando oyó la puerta de la calle abriéndose. Su sobrino tiró como de costumbre la mochila del colegio en el sofá, como si no pudiera esperar a arrancarse ese cuervo devorador, y se metió a su cuarto sin dirigirle una mirada. Rodrigo consideró ir a su cuarto y continuar el reproche en el auto, pero un sentido mayor de derrota comenzó a mordisquear su camino fuera de la jaula que la contenía.

¿De verdad valía la pena intentar salvar a un chico como ese? ¿A un chico que ni siquiera entendía la primordial importancia de pretender que le interesaba el resto de la humanidad? A lo mejor el chico había tenido razón todo el tiempo y él estaba roto, irremediablemente roto, posiblemente más roto que él. Siendo así ¿qué ganaría en verdad diciéndole que hiciera de oídos sordos a lo que todo su cuerpo y su mente le reclamaban? ¿Con qué argumento podría convencerlo de que el mundo había reglas y que si querían seguir en el mundo, ellos tenían que adecuarse y no ellas a ellos? Un chico que insistía con tanta pasión en convertirse en aprendiz de asesino no iba a escuchar nada de eso. Le afectarían tanto como la pérdida de un pelo a un lobo.

Siendo así, aceptando que de verdad ya no tenían otra opción, ¿qué razones tenía él para negarle la única posibilidad de un guía que podría tener? Él había contribuido alegremente a cazar cuantas personas, hombres y mujeres, se le pusieran en frente ¿pero su sobrino sencillamente no podía? ¿Por ser joven? En términos de conocimiento propio y consciencia de sí mismo, ese chico ya había sobrepasado los treinta.

Luego quedaba el detalle más obvio: si no le enseñaba “el oficio” él, alguien que lo podía vigilar de cerca y mantenerlo controlado, Isaac iba a acabar aprendiendo de otros sitios peores. O, el caso más probable, se volvería autodidacta después de decidir que no necesitaba la aprobación de su tío para hacer nada en la vida. Rodrigo se puso a lavar los platos, dándose una oportunidad de acabar con una aburrida tarea y de meditar cómo le haría saber a su sobrino que había aceptado la propuesta.

Sintió el aroma de Isaac acercándose por el pasillo y se dio la vuelta, secándose las manos en un trapo. Su aprendizaje sería la única cadena que tendría alguna esperanza de contenerlo. Nadie más que él podía hacerlo. Abrió la boca para comenzar a hablar y recibió una nube de un líquido dulzón de aroma intenso justo contra su lengua. Balbuceó algo que ni él pudo comprender mientras veía el rostro del impaciente muchacho desvanecerse en negro.

Durante las siguientes dos horas, Rodrigo no hizo más que pasar de la consciencia e inconsciencia con intervalos imposibles de definir. Por ahí le surgían imágenes fuera de foco acerca de cosas que vagamente reconocía (el color de las paredes de su pieza, la forma del televisor sobre la cómoda, el estante de madera en la sala) antes de que Isaac apareciera de nuevo para empaparle el rostro en aquel líquido que saturaba sus fosas nasales antes de nublarle de nuevo. En algún momento fue capaz de formular la palabra cloroformo en su mente y rogar que no fuera una dosis tan grande como parecía porque esa solución de película podía ser tóxica.

Lentamente recuperó la sensación de su cuerpo. Primero fue su corazón bombeando con fuerza para recuperar el tiempo perdido, el ligero contacto de su pecho contra su camisa al respirar a un ritmo frenético y el calor del aire dando contra sus labios desde las fosas nasales. No podía mover los brazos. Sus piernas estaban a un universo de distancia y parecían sumergidas en cemento. Su espalda estaba incómoda y sentía un tirón en el cuello porque su posición era la de estar sentado en una silla mientras su cabeza colgaba hacia adelante. Le dolían los costados de la boca gracias a un repasador atado en la parte posterior de su cabeza.

Se irguió lo mejor que pudo pasados un tiempo, sintiendo la molestia de otra cuerda que apenas le daba espacio a sus costillas para expandirse, y pudo empezar a ubicar el sitio donde en realidad estaba. Pero más importante que eso, pronto penetró en su entendimiento la idea de la situación en la que se hallaba. Isaac estaba desnudo de la cintura para arriba y le estaba dando la espalda. Hasta ahí no era nada extraordinario. Lo que había más allá del adolescente era una cuestión diferente.

Alguien (Emiliano, acabó reconociendo) había sido atado a su mesa, los brazos extendidos por la parte superior y las piernas unidas. A diferencia suya o del más joven, Emiliano estaba completamente desnudo. Después de tantos años viéndolo y sabiendo cuál era la razón verdadera por la que este había llegado a conocerlo, finalmente lo tenía extendido sobre su mesa y no era en lo absoluto como se lo había imaginado. Isaac tenía en la mano un cuchillo de carnicero sacado de la cocina y sus hombros estaban tensos con energía contenida. ¿Adónde se había ido el cuerpo esmirriado del chiquito que había salido de la estación de policía hacía años?

-Isa… -gimoteó en una exhalación corta, a través de la tela.

No había salido un sonido del todo comprensible, pero había hecho notar su presencia. Su sobrino lo miró por encima del hombro.

-Es igual a él –dijo. A pesar de que Rodrigo todavía sentía su cabeza pesada y llena de nubes, no necesitó que le aclarara de quién hablaba. Los dos habían vivido con una versión diferente del mismo hombre-. Vos lo sigues, lo buscas, te haces su amigo y es igual a él –Isaac levantó el cuchillo y lo pasó por el rostro que imitaba al de su padre.

Emiliano estaba del todo despierto y apartó la cabeza como pudo del metal brillante. Otro pedazo de cuerda le dividía la mandíbula inferior de la superior y el hombre no podía evitar derramar saliva por las comisuras. Rodrigo sintió un acceso de ira y envidia hacia su sobrino, totalmente improcedente y estúpido considerando que ya había decidido que no lo haría. Se sentía como el niño que veía a otros divertirse con el juguete que acababa de desechar. Intentó levantarse y desde luego que no podía. Sus propios brazos y piernas estaban sujetos a una silla.

-No lo entiendo –comentó Isaac, cayendo de rodillas en frente de Emiliano.

Luego el adolescente abrió la boca y alojó el miembro del hombre su boca. El cuchillo sólo estaba ahí como una extensión de su mano mientras la otra se movía de arriba abajo sobre la superficie de piel con venas al relieve. Emiliano era joven, estaba sano. Su cuerpo respondió al estímulo incluso en medio del miedo y la confusión, coloreando con más intensidad la mirada de indefensión en sus ojos claros. Rodrigo vio en sus ojos, en el tiempo en que conectaron, que estaba horriblemente avergonzado por la situación, que no quería ni siquiera verlo en realidad pero a la vez era inevitable, lo necesitaba. Tenía que pedir ayuda como fuera.

El sonido de los lametones y chupetones, los jadeos ahogados que Emiliano no tenía otra opción que pronunciar, llenaron la mente de Rodrigo junto a una espantosa jaqueca. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué molestarse en dar ese espectáculo si Isaac no tenía planeado algo más serio para ellos dos?

Por más que se empujara, no conseguía aflojar nada. La silla a la que estaba confinado era una de plástico, la había visto en la habitación de Isaac, acumulando montones de ropa que luego llevaría a lavar, con el espacio para la espalda y el asiento hechos de tela resistente. La base era demasiado amplia y él estaba demasiado débil para intentar moverla hacia adelante o hacia atrás. Podría intentar ir hacia los costados y lo más probable fuera que acaba derrumbando la silla, ¿pero de qué iba a servirle caer al suelo con las ataduras así? Si al menos sus sienes dejaran de presionarle…

Entonces escuchó un grito que le hizo dar un respingo. El grito sonaba peor por cuanto la víctima no podía articular nada con la boca y todos los sonidos salían directamente de la garganta. Las manos extendidas de Emiliano se abrían y cerraban, sus hombros y caderas se agitaban de un lado para el otro buscando escapar, liberarse.

Ahora lo que se escuchaba en el cuarto, a parte de su terror y dolor, eran los gruñidos de una bestia luchando por alimentarse. De pronto la cabeza de Rodrigo se sintió completamente lisa y clara al ver a lo que Isaac estaba haciendo, sosteniendo a Emiliano lo mejor que podía mientras movía la cabeza de atrás hacia adelante. El olor de la sangre le llegó fresco y pulsante. “Se lo arrancando a mordiscos”, pensó y su propia sangre pareció hervir en respuesta. “Hizo que se pusiera duro sólo para poder arrancárselo más fácilmente.”

-¿No te gusta, papá? –decía Isaac, logrando hacerse entender incluso entre la carne que le estaba llenando la boca.

La sangre goteaba hasta el piso a través de las piernas unidas de Emiliano. Isaac levantó una mano por su vientre bronceado, deslizando los dedos por entre el espacio de sus músculos y dejaba huellas con olor a carroña por todas partes. Rodrigo no podía apartar la vista del montón de cabello negro de su sobrino, viéndolo agitarse con desenfreno, luchando. Emiliana estaba de nuevo buscando su mirada, buscando alguna esperanza, pero no podía ponerle atención ahora. ¿Cuánto tiempo había pasado en su mente reviviendo esa escena? ¿Cuántas veces se había imaginado el sabor de esa carne particular acariciando sus encías? No estaba ahí haciéndolo, pero el hecho de que pasara en frente de él, como un espectáculo sólo para él, volvió este hecho una completa minucia. Ninguna película salida de Japón podría haber capturado la misma magia de ese escena ni provocarle el mismo impacto.

Estaba ahí. Era real y todo su ser rogaba porque nunca se detuviera. Sólo necesitaba un parpadeo, volver a aspirar y era como si estuviera arrodillado al lado de su sobrino, tomando una eucaristía en lo absoluta ortodoxa de su nuevo Jesús particular. Dejarían a la sangre bañarlos por entero y convertirse algo diferente a los hombres que eran entonces.

Ni siquiera podía pretender que quería otra cosa. En lugar de protestas, gritos, regaños o amenazas, emitía jadeos impacientes y ansiosos que sólo aumentaban a la sensación de irrealidad a toda la escena. Era un perro, después de todo, y después de las campanas venía su tazón de comida.

No supo de cuánto duró el acto, pero no fue suficiente, quizá nunca lo sería. Emiliano ahora sólo lloriqueaba y debería romperle el corazón, pero no lo hacía y únicamente vio una delgada capa de sudor por la espalda de su sobrino mientras este volvía a ponerse de pie, mientras reafirmaba el agarre sobre su cuchillo. “Hacelo, hacelo”, deseó Rodrigo. No deseaba por nada especifico, no tenía un guión preestablecido en su cabeza de cómo podía seguir, sólo quería que continuara.

Isaac no le decepcionó en esta ocasión. Luchando entre sus manos, sus uñas y dientes, ayudado por el filo del cubierto de cocina, el adolescente se abrió paso por el pecho de Emiliano, abriéndolo como si todo este tiempo hubiera sido una caja de regalo que esperaba a Navidad para que él lo abriera. Rodrigo veía la cavidad abierta encima del hombro de su sobrino y a continuación cómo este tomaba una bolsa palpitante de sangre entre sus manos. A fuerza de tirones e insistencia, finalmente Isaac pudo desprender el corazón de Emiliano del interior de este.

Este había perdido el sentido en alguna parte durante el largo proceso y su cabeza colgaba hacia atrás, ligeramente inclinado hacia un hombro, los labios un poco abiertos. No parecía dormido ni en paz cuando Isaac cortó todos los cables que anteriormente había hecho posible el funcionamiento del sistema circulatorio. Una agitación feroz traspaso como una corriente eléctrica su cuerpo entero antes de quedar definitivamente quieto, la viva imagen del querido mártir.

Isaac se volvió hacia él. Tenía la mirada perdida, como si estuviera drogado con algo, y todo su frente estaba empapado de sangre, siendo la zona peor afectada aquella alrededor de su boca.

-¿Te gusta eso, papá? –dijo y se le inclinó hacia el frente con el corazón de otro en la mano. Rodrigo pronunció sonidos de los que ningún hombre se podría enorgullecer-. Aww, mi culpa.

Ni bien el repasador fue desatado, Rodrigo lo empujó fuera de su boca con la lengua y se lanzó al frente con los dientes cerrándose con fuerza en torno a la endurecida superficie del órgano. A pesar de todas las oportunidades que se le habían presentado, nunca había pensado en alimentarse de esa madera tan primitiva y salvaje, completamente crudo y un poco caliente todavía. Con cada mordisco otro montón de sangre le tapaba la nariz y saltaba a su rostro, ahogándolo de muerte y vida. “Les daré un corazón de carne”, recordó espontáneamente. ¿En qué parte de la biblia se prometía eso?
Mientras trataba de masticar y tragar tanto como podía, Isaac le abrió la bragueta de los pantalones y recorrió, lubricando en sangre, de arriba abajo por su erección. Le había estado presionando desde que por primera vez escuchara los gritos y supiera lo que hacía, que recibir semejante alivio ahora le envió un estremecimiento de puro deleite por el cuerpo. Lloriqueó desesperado cuando se dio cuenta de que, de un segundo para el otro, el muchacho detenía todos los estímulos para poder quitarse los pantalones. No tenía ropa interior debajo.

Luego se subía al regazo de su tía y le dejaba alternar entre morder el corazón y dejar que su lengua fuera succionada, limpiada, por los besos que Isaac le impuso. Cuando ya quedaba un pequeño puñado de carne, Isaac le mordió el labio a él, con fuerza suficiente para doler pero no para sangrar y Rodrigo gimió cuando su erección se encontró en el interior del más joven. No pensó en detenerse, no pensó. Lo que más quería era deshacerse de las estúpidas ataduras y mover el cuerpo del más joven a su gusto, apretar los músculos de su espalda y sentirle jadear contra su pecho incómodamente vestido. Al olor de la adrenalina, sus sudores y la sangre se sumaba en el aire la impresión de sus sexos conociéndose por primera vez.

Rodrigo sabía que una parte de todo no era real. Era demasiado para serlo. El chico no era del todo él mismo y no se trataba en realidad de su sobrino. Actuaba como alguien impulsado por fuerzas más allá de su comprensión, privado de cualquier voluntad de su parte. No cambiaba el hecho de que acababan de quemar la línea y no podrían ser tío y sobrino nunca más. Indiferente a esa clara noción, Rodrigo lamió el cuello que se le restregaba en plena cabalgata y dejó la impresión de sus dientes sobre los suaves hombros juveniles. Sus interiores parecían contraerse en el interior de un puño muy pequeño.

Para el momento en que el adolescente llegó al orgasmo, éste echó la cabeza hacia atrás y le pegó un violento mordisco al cuello como si quisiera arrancárselo de cuajo. Rodrigo gritó, mezcla de dolor y placer, mientras sentía que su cabeza se iba hacia atrás cuando la silla perdió su centro de gravedad y fue a parar con ellos dos al suelo. Isaac tuvo los reflejos lo bastante ágiles para extender las manos y detener pare de la caída, pero eso no impidió que Rodrigo sintiera el golpe en su nuca. Eso eliminó en gran parte la ligereza de unos momentos antes. Entonces sintió que su miembro recibía un último estrujón y que Isaac, ahora apoyado en su estómago, le bañaba el pecho con su esencia. La espalda del adolescente tembló y su respiración se volvió más profunda y pausada.

Rodrigo se alegró un poco de comprobar que después del hechizo él también se recuperaba. Primero lo vio a él y luego a sí mismo en la posición en que estaban como si recién lo descubriera o no acabara de entender cómo había pasado. En tanto se movía, Rodrigo tuvo la clara impresión de que se salía de su cuerpo y con él se derramaba el líquido caliente que le envió cosquillas placenteras más abajo que su miembro ahora flácido. Para Rodrigo, el adolescente se veía absolutamente adorable con expresión confundida y toda la pinta de haber salido de una pelea a muerte por la supervivencia en un bosque de película de terror, uno adonde la víctima había cometido su último tropezón fatal.

Entonces el joven lo miró a la cara y pareció reconocerlo por primera vez.

-¿Papá?

Rodrigo sonrió un poco. Su pinta era la contradicción por antonomasia, pues en medio de las señales de su hambre, su mirada se volvió inconteniblemente dulce, como si nunca hubiera visto más perfecto en su vida y sabía que sería imposible volver a hacerlo.

-Sí –jadeó.

El mordisco en su cuello comenzaba a hacerse sentir y palpitaba, pero le gustó ese dolor particular. Isaac lo observó unos largos segundos, pasmado, recorriendo las manchas que ahora ambos compartían, y pareció reconocerlo por primera vez desde que se conocieran. Rodrigo lo vio luchar con la idea, poniendo peros y excusas en el interior de su cabeza, discutiendo consigo mismo sobre la locura de semejante sugerencia, antes de que finalmente se rindiera y agitara la cabeza. Rodrigo leyó claramente en él la resignación por lo que había hecho, con quién lo había hecho y que ya no quedaba ningún otro camino detrás de ellos.

-Vení –susurró sin aliento para otra cosa, agitando sus manos sobre los apoyabrazos.

Lo que más quería era abrazarlo y asegurarle que todo estaba bien, que incluso si algo acababa de ser destruido entre los dos seguro que podían construir en su lugar algo mejor. Isaac pareció que iba a decir algo. No pudo imaginar qué. ¿Una disculpa? ¿Una última duda? En lugar de pronunciar algo así, el adolescente se inclinó hacia adelante y le besó los labios hinchados sosteniéndole el rostro.

-Te quiero –dijo el adolescente.

Parecía una declaración tan dolorosa como inevitable. Rodrigo suspiró con fuerza. Para esto habían servido sus esfuerzos de imponerse una moral. Para que la sangre acabara siendo más fuerte que nada, mucho más que sus buenas intenciones y las lecciones del pasado.

-Yo también –admitió, acariciándole con la nariz la suya. No sabía si sus lágrimas eran de derrota o alegría-. Que me vaya al infierno y me manden a todos los demonios que quieran, pero yo también. Mi nene.

Estaba en el infierno, y no estaba solo.

Después de haber guardado el cuerpo de Emiliano en la heladera, junto a la cabeza y la pierna izquierda de un ladrón librado por sobornos, Rodrigo se reunió con Isaac en el baño. Al otro lado de la cortina veía la silueta del adolescente restregándose los brazos. El vapor salía hasta el techo y había empañado la imagen que veía en el espejo.

-Voy a entrar, ¿está bien? –anunció.

Isaac no le respondió, de modo que lo tomó como un afirmativo de que no le molestaba. Se desprendió de sus ropas manchadas de sangre, semen y sudor y las arrojó directamente a la basura. Luego vería cómo las quemaba, a esas prendas y a los pantalones de Isaac. Detrás de la cortina, el adolescente se hizo a un lado para dejarlo pasar. Mientras se limpiaban dejaban que sus ojos explorasen a placer el cuerpo del otro, aprovechando que ahora no tenían nada que se los impidiera. Luego de haber acabado consigo mismo, Rodrigo extendió la mano para pedir la de su hijo en la suya. Tomó el cepillo de cerdas suaves para limpiar espaldas y lo restregó sobre la punta de los dedos de Isaac.

-Nunca te olvides del espacio debajo de las uñas –dijo Rodrigo-. Para eso compré este cepillo originalmente. A otros los han atrapado por menos que eso.

Isaac cabeceó.

-¿Siempre lo has sabido? –preguntó de pronto.

Rodrigo continuó de forma diligente con su otra mano.

-Sí.

-¿De cómo?

-Al principio sólo fue una fuerte corazonada ni bien te vi en la estación. Tenías un olor que por alguna razón me pareció más familiar que ningún otro, como si siempre lo hubiera conocido. El pelo negro fue otra pista, pero eso podía ser la genética siendo caprichosa. Mis abuelos tenían todos pelo negro, de todas formas. Al final no se me quitaron las dudas de encima hasta que te vi hacer esto –Rodrigo levantó una mano y se tocó el centro de los labios con los nudillos de dos dedos-. Entonces ahí lo supe seguro. No se me ocurría ningún otro lado de donde podías sacar eso.

-¿Por eso te negabas tanto?

-Entre otras cosas –admitió Rodrigo.

-¿Por qué no me lo dijiste antes? –preguntó Isaac, sin mostrar acusación en su voz. Sus ojos sólo mostraban curiosidad-. Si lo hubiera sabido a lo mejor… yo qué sé.
“Lo dudo”, pensó Rodrigo y luego se dijo que muy probablemente hubieran acabado igual, si es que no lo hacían antes.

-No sabía cómo ibas a reaccionar. No quería hacerte un peor mal si podía evitarlo.

Continuaron lavándose las cabezas y salieron del baño, en silencio. El instantáneo frío les puso piel de gallina a ambos. Rodrigo se cubrió con una bata verde oscuro mientras Isaac se anudaba una toalla a la altura de la cadera. El mayor se dio cuenta de que el otro estaba inseguro sobre adónde debía ir. Le ayudó a resolver la cuestión haciéndole un gesto para que lo siguiera a su habitación. Apagó las luces y sólo dejó encendida una lámpara en su mesita de luz. Abrió el cubrecama y las sábanas, puso una toalla sobre las almohadas, otra sobre el colchón y se acomodó desnudo sobre ella.

-¿Te molesta? –preguntó-. Si quieres que me ponga algo…

Isaac meneó la cabeza en negación. Dejó caer la toalla en el suelo antes de subir con él. Rodrigo refrenó el impulso de decirle que recogiera eso y lo extendiera en algún sitio. En cambio los cubrió a ambos con las telas. De por sí su cama era individual, de modo que no les quedaba otra opción que acurrucarse uno con el otro. Lo extraño era que ni siquiera se sentía extraño. Estaba en paz consigo mismo y podía ver que el más joven se relajaba igualmente. Desde luego que estaba cansado. Había empleado mucha energía antes.

Viéndole cerrar los ojos, Rodrigo pensó que podría dejarlo pasar, que podía tratar la cuestión en cualquier otro momento, pero en realidad creía que iba a existir situación más idónea en el futuro cercano.

-Isa.

-¿Hum?

-¿Quién te enseñó a hacer esas cosas? Y no me refiero a lo de matar.
Isaac abrió los ojos y lo miró como desde detrás de una máscara hecha a medida.

-Tu ex novio lo hizo –escupió con frío desprecio.

Rodrigo ya se lo imaginaba. No le quedaba otra explicación al por qué de la manía de Isaac hacia Emiliano y lo que Isaac había acabado haciéndole, la manera particular en que lo había hecho. Por eso había esperado a que estuvieran en su cama, adonde debería ser más difícil escapar o esconderse en caso de que sus peores suposiciones fueran realidad. Lo sabía, pero le dolió. Durante años la única guía de lo que era bueno o malo que le había importado algo había sido la experiencia con su hermano. Pero ahora, mientras asimilaba las palabras de Isaac y captaba su rencor y odios helados, Rodrigo deseó algo diferente.

Deseó tener a ese hijo de puta en sus manos y masacrarlo. Mandar a la mierda la fantasía romántica y sólo destrozarlo, lentamente, arrancarle la piel a tiras y aplicar sal sobre las heridas. Ni siquiera comería un solo pedazo de su cuerpo. La sola idea, que tanto lo había excitado solo en su cama, ahora le dio náuseas y ganas de golpearse a sí mismo por haberla concebido alguna vez. La expresión de Isaac demudó al ver su reacción. Se volvió de nuevo de carne y músculo en lugar de hielo y piedra.

-Lo del auto no fue un accidente –informó con simpleza, una ligera tensión a un lado de su nariz, la pura señal del desprecio-. Mamá lo sabía y no dijo nada. No hizo nada. Sabía que los dos iban a ir, así que aproveché.

-Bien –determinó Rodrigo con firmeza. No tenía ninguna pena para esos dos. Esperaba que hubieran sufrido al menos un poco antes de partir. Acarició el pelo de Isaac, todavía húmedo y caliente, y este bajó la mirada-. Hiciste lo que pudiste para defenderte. Sólo eso. Has hecho muy bien. Lo único que lamento es no haberlo sabido antes y no haber podido hacer algo al respecto.

Isaac dibujó una pequeña sonrisa, como de alivio. ¿De verdad había creído que podría pronunciar cualquier otra respuesta? Se le acurrucó más cerca. Rodrigo intentó abrazarle y se alegró de que el otro no lo rechazara. Podría haber tenido un montón de reacciones, podría haber sido de muchas maneras, pero todavía podía aceptar un abrazo. Era mejor que nada.

-Las cosas no van a ser fáciles ahora –comentó-. Te das cuenta de eso, ¿que no?

-Las cosas nunca han sido fáciles –recalcó Isaac.

No podía quitarle razón.

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Un pensamiento en “Animales. 6

  1. Mierda, mierda. mierda. mierda. No, es DEFINITIVO, Isaac da PUTO MIEDO. Carajo, tenia tiempo que no veia un personaje de esa calaña, tan jodido, tan MALIGNO, coño.

    Rodrigo es un angelito. Sera un comehombres, sera un asesino, sera muchas vainas, pero en escala de maldad, lo pongo mas bajo que a Isaac.

    No tengo mas que decir.

    Un besote.

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