Animales. 8

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Epílogo

Mijael Rabinovich tenía por costumbre describirse ante los interesados como un hombre de uno 1, 80 metros, ochenta y cinco kilos, en buen estado físico. Tenía 31 años cumplidos ese mismo año. El cabello castaño oscuro hasta parecerse al negro y rulos cuidados que caían hasta sus hombros, detalle del que se sentía secretamente orgulloso. Los ojos de color verde claro, por lo que la gente solía sentir que lo conocía con una sola mirada.

Se había hecho tatuajes en la espalda (una versión estilizada de Kronos devorándose a uno de sus hijos, máscaras de demonios orientales que, según las leyendas, se comían a quienes los ofendían de un bocado) y uno en la pantorrilla (símbolo tribal africano), además de un pequeño piercing en la ceja izquierda, la cual de todos modos estaba partida gracias a una vieja herida producida en la niñez durante un juego con sus primos mayores. El tono de su piel era caucásico, pero los días de natación en la piscina de su tía le habían permitido adquirir un tono como de miel diluida, otorgándole vitalidad y una juventud más madura.

Jamás se había enfermado de nada más grave que una laringitis. Él podría presentar un escaneo de los resultados de sus últimos estudios médicos si quedaba alaguna duda al respecto. Su sangre era de donador universal. Sólo bebía durante las reuniones sociales y nunca nada más fuerte que una cerveza o un vino tinto. Ningún cigarrillo había pasado por sus labios y no mantenía relaciones cercanas con ninguna persona que tuviera por costumbre fumar.

Erecto, llegaba a los diecinueve centímetros. En estado de reposo, diecisiete. Cuatro centímetros de diámetro. En su computadora, bajo contraseña sólo por si acaso, guardaba fotografías ya hechas que atestiguaban ambos hechos, pero rara vez las utilizaba. En los círculos cibernéticos por donde Mijael solía moverse no todo el mundo estaba especialmente interesado en ver esas partes de su persona. Le pedían saber cómo era su cuerpo entero. De vez en cuando le pedían que se apretara los músculos frente a una cámara y que se pellizcara cualquier porción de grasa, de modo que se viera que no sólo era huesos.

Vivía solo, pero iba a comer a la casa de su madre por lo menos un par de meses al mes. No tenía pareja. Se consideraba bisexual. Trabajaba de diseñador gráfico independiente para lo que sea le llegara: videojuegos, páginas web, editoriales pequeñas online y cualquier actividad por la cual pudiera ganar su sustento. No estaba sujeto por ningún contrato que le exigiera un trabajo constante. Tenía suficiente dinero para viajar a cualquier parte del mundo.

Mijael siempre se había considerado y no tenía nada que ver con que sus padres le habían puesto ese nombre viviendo en Argentina. Durante gran parte de su vida había temido que fuera el único con esas ideas e imágenes saltando en su cabeza, desde la infancia, desde que podía recordar, hasta que empezó a hablar con la gente apropiada y dejó de considerarse un demente. Podía aceptar la posibilidad de que todavía lo era, pero al menos ya no se sentía un elemento fuera de lugar en el mundo. Era comprendido.

Llevaba años deseando realizar un viaje como el que ahora realizaba. Cuando bajó del avión en el aeropuerto Ezeiza, Mijael se concentró en hacer un repaso acelerado de su escaso vocabulario italiano, estudiado a las prisas en las últimas dos semanas. No sabía qué tanto iba a necesitarlo o durante cuánto tiempo, pero era la primera vez que salía de su país y no quería depender todo el tiempo de sus anfitriones para todo. Deseaba causar las menores molestias posibles de modo que la experiencia fuera lo más placentera para todas las partes.

En medio la multitud de personas que esperaban a sus propios invitados o volvían a recibir residentes, Mijael reconoció a un hombre que llevaba una gorra azul con una estrella roja justo en el centro de la visera. Era el único que llevaba una prenda así hasta donde le alcanzaba la vista, pero incluso sin eso Mijael sólo habría necesitado verle el rostro para saber quién era. Se había imprimido la imagen en la retina las últimas horas, contemplándola en su celular mientras el resto de los pasajeros roncaba y dormía.

Se trataba de un hombre diez años mayor que él, canoso ya pero sin que se notara gracias a que se rapaba el pelo. Grandes ojos castaños que, por lo menos a Mijael le parecía, tenían una fijeza especial que parecía indicar que sólo le bastaba una mirada a su dueño para tener a su objeto completamente definido. Ni bien estuvieron uno en frente del otro, el hombre se acercó para darle un beso a la mejilla y una palmada en la espalda. Tenía una sonrisa por la que un chico podría fantasear a oscuras en su cuarto. Las patas de gallo y el paréntesis de la boca le daban un aire a alguien acostumbrado a estar de buen humor.

-Hola, Mija –dijo con una leve ronquera.

Mijael se dijo que no se estremecería ante el contacto y no lo hizo. En cambio le devolvió la sonrisa.

– Buona sera, Ricardo –dijo y le complació ver el gesto de leve sorpresa del otro.

El buen sentimiento murió apenas Ricardo decidió seguirle por ese camino.

-Oh, quindi si può parlare in italiano?

El acento de Ricardo, que no era tanto italiano ni tampoco el porteño al que estaba acostumbrado, hacían a las palabras que había leído en diccionarios de bolsillo sonar como algo en japonés. Pronunciaba la r con tanta fuerza que casi se lo podría confundir con el alemán. Mijael sabía la respuesta ideal para esa ocasión, pero había esperado no tener que usarla apenas tocaba suelo italiano.

-Solo… spagnolo –admitió, sintiéndosele calentar el rostro de la vergüenza.

Ricardo le dio otra palmada para tranquilizarlo mientras tomaba el bolso que llevaba en su mano. Debió sentir que llevaba poco y nada dentro de ella, pero no hizo ningún comentario y le hizo un gesto de que saliera. La isla de Cerdeña le dio la bienvenida a sus calles con una brisa que le trajo a las aguas saladas del Mediterráneo. Por donde fuera que mirara había montañas coronadas de verde a lo lejos, sobresaliendo contra el claro cielo azul.

Ricardo metió su equipaje en la parte trasera de un pequeño automóvil azul oscuro. Mijael no sabía nada de autos, de modo que ni siquiera intentó ubicarlo. Apreció, eso sí, la presencia del aire acondicionado que vino a refrescarle el rostro en cuanto Ricardo presionó el botón correcto. Esperaron a que la calle estuviera despejada antes de moverse. Las ventanas estaban polarizadas, lo que reducía gracias al cielo reducía la intromisión del sol ese día. El más joven reconoció para sí mismo que todavía estaba un poco ansioso, pero que debía controlarse. Todo acabaría llegando a su tiempo.

-¿Y dónde está él? –preguntó.

-Trabajando. Volverá para la cena de la noche, con suerte.

Mijael sintió su corazón detenerse y luego continuar con nuevo brío. Se llenó los pulmones y lo dejó salir.

-¿Vamos a poder hacerlo esta noche? –inquirió, no molestándose demasiado en ocultar esta vez sus verdaderos sentimientos.

Después de todo, sólo había venido para un asunto y no sabía por cuánto tiempo había estado esperando por él, incluso antes de haber entrado en contacto con el hombre a su lado.

-Si las condiciones son favorables, no veo por qué no –afirmó Ricardo y le envió una sonrisa en la que le exhibía a propósito la blancura de sus dientes bien cuidados.

Mijael apretó una pierna contra la otra para contener el cosquilleo que sintió de improviso. Se sentía peor que un adolescente calentón en la primera cita en la casa de su novia en la que no estarían sus padres presentes durante la noche. Se habían dicho tantas cosas a través del teclado que ninguno de los dos sentía la necesidad de llenar el silencio dentro del vehículo y así Mijael tuvo la oportunidad de empezar a apreciar una ciudad que nunca había esperado conocer. La sensación general que le producía era de un sitio relajado y tranquilo, muy diferente al continuo movimiento y energía de su hogar.

En otras circunstancias habría venido para unas simples vacaciones a descansar de las presiones diarias, pero tal como estaban las cosas tampoco se sentía mal al respecto. Hasta estaba dispuesto a creer que de casualidad había acabado teniendo el mejor sitio posible. Ese iba a ser un buen sitio. Se detuvieron después de pasar por los puertos, cerca de la costa, en frente de lo que a Mijael sólo se le ocurría relacionar con un kiosco de barrio. Pero en lugar de tener colgados pósteres de jugos, chocolates, gaseosas y demás chucherías, a través del ventanal de exhibición se veían los cuerpos de cerdos abiertos en canal, sostenidos por ganchos en cadenas. En la parte inferior se apoyaba un cartel de cartón anaranjado que llevara escrito en marcador negro “Io andai per una richiesta. Torno a tempo.”

El kiosco de los cerdos estaba inmediatamente unido a otro edificio más grande, pintado de color blanco para diferenciarlo del suave celeste del establecimiento. El diseño del balcón en el segundo, aunque no tenía ni idea de tendencias históricas italianas, le recordó al de otros edificios que había visto en Buenos Aires y supo de inmediato que era viejo. De hecho, todo a su alrededor se veía viejo, como atrapado en su propia cápsula, desde las calles de piedra sin pavimentar hasta lo bajos que eran los edificios. Nunca había pensado lo raro que sería visitar un lugar adonde no hubiera absolutamente ningún rascacielos dominando la escena.

Ricardo, de nuevo cargado su equipaje con una mano, rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar la llave con que abrir la puerta de su casa. Antes de pasar, le hizo un gesto a él para que se adelantara. Mijael le hizo caso, pronunciando el mismo “con permiso” que le habían inculcado desde niño, le sorprendió ver que con las luces apagadas estaba completamente oscuro. La única luz, aparte de la entrada, provenía de la que dejaba escaparse entre los las persianas y las cortinas de las ventanas. Entonces Ricardo encendió la luz y el súbito cambio le lastimó los ojos.

-¿Estás bien? –preguntó el hombre, habiendo visto llevarse una mano a la frente.

-Sí, no pasa nada. Ahorrador había resultado el tipo, ¿no?

Ricardo sonrió, como declarándose culpable de todos los cargos.

-Y lo triste es que en realidad ni siquiera hace falta –admitió, encogiéndose de hombros-. Nos mantenemos bien aquí. Pero nunca se sabe cuándo podría echarse en falta una pequeña ayuda más.

Mijael pensó en los constantes dolores de cabeza que tenía para llegar a fin de mes, para pagarse los servicios básicos además del departamento que había abandonado.

-Créeme que te entiendo, boludo –comentó.

Observó la sala en la que estaban y se sorprendió de descubrir que le resultara tan cálida gracias a la predominancia de un color que no sabía si era un salmón raro o naranja claro. Había pequeñas muestras de que gente que ya llevaban su vida ahí, tales como pequeños recuerdos de otros sitios en los que habían viajado, incluyendo una estampa del papa Francisco con un mate en la mano apoyada contra la pared y una pequeña estatuilla del Quijote cabalgando al lado de Sancho Panza. En la base de la figura literaria se leía en castellano: “¡Que los perros ladren, Sancho amigo, es señal de que avanzamos! – Toledo”

Estaba casi seguro de que así no era la cita. Pero en general se veía como un hogar ameno, sin nada especial ni extraño que indicara algo digno de notarse en las personas que vivían ahí. Le gustó por eso. Podía ser un resultado salido sin esfuerzo, lo que demostrarían lo bien oculto que lo tenían, o muestra de la más cuidadosa planeación. ¿Quién iba a sospechar nada de un sitio como aquel?

-Las habitaciones están arriba, acompáñame –indicó Ricardo, conduciéndolo por la casa hasta unas escaleras de hierro que subían en espiral hasta el segundo piso. Aquel detalle hizo lucir más a la casa como un simple lugar de veraneo en lugar de una residencia fija. Quizá, a pesar de que las pequeñas señales de personalidad, eso fuera en realidad para ellos. En el segundo piso pasaron por una habitación cerrada que tenía a un costado del marco una luz roja, actualmente apagada.

La mente de Mijael, quizá hipercalentada por el sol, conjuró varias escenas para las que podría ser necesaria esa luz de aviso, cada cual agregando una nueva gota de saliva en su boca, antes de que se diera una cachetada mentalmente y decidiera preguntarle al mayor la razón de ese cuarto. Ricardo estaba abriendo la puerta de otra habitación y se volvió a mirarlo sobre el hombro.

-Ah, sí. No pienses mal –dijo, claramente adelantándose a lo que Mijael se había imaginado-. Es sólo el lugar adonde él revela sus fotos. Te acuerdas que te comenté que él era fotoperiodista independiente, ¿que no? Por lo general trabaja con material digital cuando puede, pero apenas le dan la oportunidad le encanta tomarlas a la antigua y revelarlas él mismo. También toma fotos artísticas de vez en cuando, pero no creo que tenga intenciones de hacer la gran cosa con eso. Tuvo una pequeña exhibición hace unos tres años, creo, y desde entonces no lo volvió a intentar.

“Para no llamar la atención”, razonó Mijael como el motivo más plausible para una decisión así. Aunque ¿él qué sabía? Ricardo se metió en la habitación de invitados y el invitado entró detrás de él. Era un cuarto agradablemente neutro con su propio televisor en un soporte metálico saliendo de la pared, cerca del techo. Después de dejar el equipaje sobre la cama, cuyo cubrecama estaba doblado esperando a ser usado, Ricardo le indicó cómo debía encender el aire acondicionado y dónde quedaba su baño individual. ¿Quería algo en particular que podría darle? ¿Quería tomar algo, descansar, tomar un baño? Podía hacer lo que quisiera, no habría problema.

Mijael, a pesar de que no había dormido durante todo el viaje, no se sentía para nada cansado. Comenzó a desabrocharse la camisa, sabiendo que los ojos de Ricardo seguían fielmente el movimiento de sus dedos.

-¿Ya lo habían hecho antes? ¿Lo que van a hacer conmigo?

-Sí, claro –“Claro”, bufó Mijael mentalmente. Claro. Cuando ese era el cuarto intento para él-. Ha habido tres antes. Contigo ya serían cuatro.

Mijael no se esperaba que fueran tantos. Sabía que tenían experiencia previa, razón por la cual los había buscado en primer lugar, pero no sólo de una, de dos… ¿sino cuatro? Parecía una cifra tremenda para las circunstancias a pesar de ser tan pequeña. Si tomaba por cierto lo que le decía (y no se le ocurría ninguna razón para que le hubieran engañado de forma tan elaborada), entonces de verdad se había encontrado gente que realmente sabía lo que se hacía. Gente que no se echaría atrás o lo tomaría como un simple juego de rol para calentarse por una noche. De verdad iba a suceder. Era aterrador y excitante al mismo tiempo.

Ricardo se acercó. Acaba de quitarse la camisa. El hombre le evaluó con la mirada y levantó la mano izquierda para colocarla sobre su pecho y apretar ligeramente el músculo. Por primera vez Mijael pudo dar cuenta de que le faltaba parte del dedo anular.

-¿Qué te pasó ahí?

Ricardo parpadeó y miró su mutilación como si ya no tuviera nada espacial para él.

-¿La versión bonita o la versión de verdad?

-¿De verdad me estás diciendo? Por supuesto que la real.

-Se lo di de comer a él –Ricardo lo miró-. Del mismo modo que yo me comí el suyo.

Mijael lo entendió sin necesidad de más explicaciones.

-En lugar de un anillo bien sirve el dedo, ¿no?

Ricardo sonrió. Mijael pensó que eso era bonito, que pudieran hacer eso el uno por el otro. ¿Cuántas parejas habrían podido decir lo mismo? Ni siquiera podía decir que él hubiera hecho algo así, no haciendo el sacrificio de esa manera al menos. Mijael le levantó la mano y sintió contra su lengua el muñón hacía tiempo cicatrizado. Cualquier rastro de nerviosismo que reservara se evaporó en ese instante. Estaba seguro con un hombre que se comprometía a tal extremo.

Acabar en la cama no fue más que la siguiente consecuencia natural. Mijael sintió la mordida sobre su cuello privándole de aire, pero aun así se dio cuenta de que el otro todavía se reprimía, que el daño que podía hacerle nunca era demasiado para cruzar la línea del placer. Deseaba decirle que no tenía que tomarse esa molestia con él, que de hecho deseaba en parte ver todo de lo que era capaz, y sin embargo se reprimió al pensar en la tercera parte del trato que no aparecía todavía. También con aquella se había quedado noches y madrugadas charlando, compartiendo confidencias en aquel foro al que no se llegaba fácilmente, sólo las almas más desesperadas o curiosos más persistentes. No iba a ser justo excluirlo de la ecuación en el resultado final. El cuadro que se había formado en sus sueños era de tres, no de dos.

De modo que se guardó sus palabras y disfrutó de lo que se le ofrecía sin mayores exigencia. No era tampoco como si no pudiera completar el acto con aquella forma domada, civilizada, apenas un poco más propensa a dejar más marcas de lo necesario. Conservaría las marcas como los tatuajes o las heridas de otros amantes que se habían sometido a sus deseos en la habitación, y se iría del mundo con la satisfacción de saber que, en medio de una multitud de hombres, él había conseguido codearse con las bestias que en realidad hacían avanzar la historia.

Era ya de noche cuando Mijael salió del baño, secándose del pelo el agua de la ducha, y descubrió que un hombre diferente a Ricardo ya lo estaba esperando en el centro de su cuarto. Si por apariencias había que guiarse estaba más cerca de los treinta que de los veinte. Llevaba un par de lentes de marco de plástico negro y el cabello negro corto peinado hacia atrás con algún gel. La remera que llevaba permitía descubrir que si no tenía una vida de deporte, al menos estaba claro que se mantenía en forma óptima. Sus ojos castaño con motas verde se abrieron al verle el rostro, al conectar de inmediato la imagen que tenía en frente con la que había visto tantas veces, del cuello para abajo y en viceversa. Mijael se adelantó con la intención de saludarle, quizá darle un abrazo por fin, pero entonces el otro decidió tomarlo por sorpresa y adelantarse por su cuenta.

Le aferró de su cabello mojado como si tal cosa y le estampó su boca contra la suya. A Mijael le encantaron las cosquillas de su barba ligera, que apenas oscurecía la mandíbula baja y el triángulo arriba del labio. Lejos de resistirse al asalto, su primer instinto fue gemir de placer. Que lo tomaran por la fuerza, sin cuartel, sin posibilidad de escape, sin perdón, había sido también otras de las ilusiones con las que se había tocado con una cámara web de testigo, dejando al mismo hombre que le apretaba entre su propia persona y la pared contemplar hasta la última gota de su orgasmo tras la descripción detallada del otro en caracteres negros.

A diferencia de Ricardo, Ivanno no quería contenerse tanto. Cuando le metió la mano entre las piernas y comenzó a abrirlas, Mijael supo rápido rodearle la cintura con una para facilitarle el acceso. Ivanno entró de golpe, jadeando contra la piel caliente por el vapor, y cada empujón enviaba a Mijael a un nuevo estado de delirio. Comenzó a gritar estupideces y apretar con fuerza los hombros de él, a clavarle las uñas y rasguñar, rogando que no parara, no, nunca. Que si existía algún dios en el cielo y le importaba de algo su simplona existencia libre de mayores penas o laureles, que por favor lo dejara irse de esa manera, así, con más fuerza todavía.

Por supuesto, eso no sucedió.

Luego de que Ivanno se descargó en su interior (él tampoco tenía ninguna enfermedad… lo cual en realidad no tenía por qué aclararle pero aun así fue un gesto el que lo hiciera), momentos después de que Mijael manchara sin desearlo la bata de baño que se había traído consigo (y acabaría quemada junto a todas sus otras cosas), el más joven le besó en la mejilla al más puro estilo europeo y dijo que se alegraba mucho de verdad. Apenas lo soltó, Mijael se deslizó hasta el suelo, sintiéndose más que un poco drogado y arriba de nubes sin ángeles.

-Vas a tener que bañarte de nuevo –dijo Ivanno con tono animado. En su voz sonaba la misma r potente de Ricardo-. No vas a querer presentarte a la comida así. Vamos a tener el picnic en la playa cuando todos los barqueros ya se hayan ido. Ricardo lo está preparando todo abajo. ¿Quieres que te ayude?

Mijael asintió, sonriendo encantado. La ayuda de la que hablaba Ivanno incluyó ahora ponerlo de pecho contra la pared de la ducha mientras las gotas de agua se caían a lo largo de su espalda y creyó que llegaría a perder la consciencia debido al vapor. Como estaba inseguro sobre sus propios pasos (aunque con la sonrisa más suelta que antes), Ivanno prácticamente lo arrastró como una muñeca de vuelta al cuarto y, como si ya se estuviera habituando a la idea de que era de su propiedad, procedió a secarle con paciencia y calzarle su ropa. De vez en cuando apretaba una zona de su cuerpo o le daba una lamida de prueba que nunca fallaba en hacerlo estremecer con deseo mal contenido. Muy especialmente Ivanno se dedicó sobre las mordidas o moretones que Ricardo ya había dejado impresas en él esa tarde.

De no haber estado tan perdido en sus propias sensaciones, a Mijael a lo mejor se le hubiera ocurrido pensar que a Ivanno le gustaba más probar las huellas de Ricardo que su propia piel y se habría sentido, si no celoso, ya que él sólo era un invitado, al menos descolocado.

En todo caso, ya habían tenido diversión más que suficiente. Los dos acabaron vestidos y arreglados para reunirse con Ricardo en el piso inferior. El hombre había terminado de preparar la canasta con los implementos desde hacía tiempo y sólo le restaba esperarlos viendo una comedia en el televisor.

-¿Todo bien? –preguntó, apagando el aparato.

Sonriente y satisfecho, Ivanno se puso en puntas de pie para darle un beso de labios.

-Todo perfecto –contestó.

Ahora que los veía por fin a los dos dentro de la misma habitación al mismo tiempo, Mijael notó que esos dos transpiraban una esencia similar y distinta a la del otro. Había algo que hacía que al mirar a uno no podía hacer otra cosa que pensar en el otro, pero no conseguía ubicar lo que era. No era tampoco que se parecieran mucho físicamente, porque en verdad que ese no era el caso.

Al salir de la casa, Ricardo tomó la mano de Ivanno en la suya mientras en el otro brazo cargaba la cesta. El tintineo de botellas de vidrios apenas tocándose entre sí los acompañaba en cada paso. La mano en la que cada uno había perdido dos tercios del dedo anular era el exacto opuesto a la del otro, de modo que en esa simple expresión romántica los dos se estaban frotando los muñones sanados mutuamente. Quizá era sólo eso, consideró Mijael. Los dos estaban en un nivel en la que muy pocas personas, si es que alguien, conseguía situarse. En ese mismo borde del precipicio oscuro habían encontrado ese compañero con el cual tirarse, no una sino varias veces. Cuatro con él, esa noche.

Se acomodaron en un lugar lejos de las luces de las casas, protegidos por una formación de roca elevada de la cual los chicos jóvenes que venían de vacaciones se subían sólo para tirarse al agua y así dárselas de valiente. La arena suave y clara dejaba sus huellas detrás, pero también la de otro montón de personas que habían estado por ahí durante todo el día, atendiendo los barcos, jugando un deporte de verano o simplemente paseando para dejar ventilar sus problemas sin tener que pensar en ellos. Esperaba que no fuera un obstáculo para nada futuro. Su propia experiencia con tener juegos íntimos en una playa le aconsejaba fuertemente que era sencillamente una mala idea, pero luego se dijo que la diferencia radicaría en que luego no debería lidiar con la picazón de los granos escurridizos. Saltarse esa parte debía ser una mejora.

Ricardo extendió un mantel de cuerina negro sobre la superficie e Ivanno se movió rápidamente para colocar las rocas que se habían traído consigo en cada rincón, de modo que la tela no se les saliera volando en el momento más inoportuno. En cuanto Ricardo saco el rollo de plástico envolvente y comenzó a abrirlo, Mijael supo que le había llegado su turno de poner su parte. Se desnudó y colocó su ropa dentro de la bolsa de basura que Ivanno le alcanzó. No necesitaban inventarse una historia de lo que pasó con su persona porque nadie iba a hacer preguntas. En ningún registro, ni de las aerolíneas ni de la tarjeta de crédito, aparecería su nombre relacionado con Cerdeña, famosa por su carne de cerdo preparada en su propia salsa.

Había sido después de que lo envolvieran y le imposibilitaran cualquier movimiento que otras personas habían comenzado a decepcionarle. Procedían a jugar, a torturarlo si les daba por ahí, pero no iban más allá de eso. No habían tenido el deseo o la voluntad de sacar un empaque de cuchillos de diferentes tamaños y propósitos y extenderlo como un pintor desplegando sus pinceles para evaluar cuál sería mejor. No con el mismo agarre firme y confiado. Ellos no le habían provocado el mismo estremecimiento que tuvo cuando vio que a Ivanno era a quien le tocaba el cuchillo más grande, mientras Ricardo tenía uno más pequeño para cortes de ese calibre.

No se asemejaba a nada de lo que había vivido antes tener a Ivanno subido a su pecho, dirigiéndole aquellos ojos fijos como de serpiente o lobo sólo esperando a una señal.

-¿Listo? –preguntó, sin apenas respirar.

Estaba totalmente quieto. Mijael creía que ya podía volverse sordo con lo fuerte que resonaba su corazón. Asintió con un cabeceo. Pero en lugar de sentir el dolor, la agonía y la liberación que tanto había necesitado, sintió los labios de Ivanno contra los suyos en una expresión de imposible ternura.

-Gracias –dijo.

Ivanno levantó la mano y comenzó a acuchillar.

Les duró para la comida de dos meses.

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3 pensamientos en “Animales. 8

  1. Una obra sublime, me arrodillo a tus pies. La he adorado de principio a fin y la verdad es que no podría haber acabado de mejor forma.
    Seguía la historia en Amor Yaoi pero he preferido dejarte el comentario final aquí, y así aprovecho para seguirte y poder saber más fácil de tus próximos trabajos.
    Un saludo 😀

    Le gusta a 1 persona

    • No sabes lo que me han alegrado cada uno de tus comentarios. Te agradezco muchísimo cada uno de tus comentarios en AY y en especial que te tomes la molestia de venir hasta aquí para dejar otro. Significa mucho para mí, y espero que te puedan seguir gustando mis otras cosas.

      Saludos^^

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  2. La verdad… dejando de lado que ud se ha desenvuelto bien con el tema, confieso que todavia no me acostumbro del todo a ver esto del canibalismo. En serio. Y ver que tanto trabajo se toman los sujetos antes de terminar comidos por otros como si fuera ritual sagrado de verdad esta lejos de mi comprension. Creo que nunca conseguire acostumbrarme a esto.

    En fin, dejando mis impresiones personales, me gustara saber qué sera de Isaac y Rodrigo 😀

    Besos!

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