El té ideal

Géneros: microcuento, terror.

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Arriba del monte crecía una flor que ya no existía. Cada Martes (o lo que sería el Martes si a alguien le importara una mierda ese tipo de cosas), durante noventa y seis años, ella había subido cada paso por el camino pedregoso para aspirar el aroma de la flor, un aroma tan dulce que le recordaba a todas las cosas buenas de la vida y le recordaba que no podía irse todavía.
En la mañana su vecino, el amable señor Roldán, quien siempre las había cuidado a ella y su hermana cuando mamá salía a trabajar, se había tomado el veneno de rata. Hacía apenas unas semanas antes lo había hecho su hija, de casi ciento cincuenta años.
Todo olía a polvo acumulado en feas arrugas, pegamento de dentadura y encierro, no importara cuántas ventanas abriera. Todo excepto esa flor, que se convirtió su consuelo y esperanza cuando la gente se dio cuenta de que no sólo ningún bebé nacía sino de que nadie moría. No era que la gente de pronto se hiciera más joven.
Envejecían, sí, y no había escapatoria para ello. La mayor cantidad de años que alguien había resistido había sido de 300 y difícilmente alguien envidiaría semejante destino, pues de lo que antes fuera una niña preciosa, una adolescente coqueta y una mujer que todavía podía romper corazones sólo quedaba un esqueleto cubierto de piel, ciego y sordo, que apenas tenía cabeza para enterarse de lo que sucedía. Murió tras un sueño del que ya no pudo despertarse sola, uno que sus parientes se negaron a mantenerle de forma artificial.
A partir de ahí sólo fue una sucesión de gente tirando la toalla. Prefiriendo escoger la salida a sentirse prisioneros de su cuerpo. Todo cansaba, excepto el viaje. Incluso aunque era imposible, aunque todavía le faltaban varios pasos para llegar, ella se sintió reconfortada por el aroma y de pronto volvía a sentirse como una chiquilla curiosa otra vez. Llevaba los implementos para un picnic de media tarde de un brazo sin gran esfuerzo. Jadeaba al llegar, pero eso era todo.
Cuando acomodó el termo lleno de su té favorito volvió a mirar la flor que ya no existía. Olfatearla le daba tales sentimientos de paz e inocente alegría que, desde luego, esa flor tenía que ser la respuesta para alguna de sus múltiples angustias. Era tan duro volver a casa adonde todos habían escapado, pero si volviera a ser esa chiquilla, si tuviera la energía y el entusiasmo de entonces, entonces seguro que podría encontrar a alguien. Incluso si no era más que otro viejo, un viejo verde, sin duda sería mejor que una existencia sin nada a lo que aspirar.
Por lo tanto molió y puso a hervir la flor rara en un cuenco. Se lo bebió y su sabor dulzón dejó impreso en su rostro una amplia sonrisa de satisfacción. Se sumergió dentro de un sueño hermoso de vivos colores y rodeada de todos sus seres queridos. Incluso sus mascotas estaban ahí. No quería jamás despertarse de aquel sueño, pensó, sin darse cuenta de que nunca lo haría de nuevo.
La flor sí que era algo especial. Ni siquiera se había percatado de que ya no respiraba.

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2 pensamientos en “El té ideal

    • Saldrá adelante, que de eso no quepa ninguna duda. Pero si se quiere que sea la mejor edición que podríamos tener, todavía falta afinar unos detalles. Habrá noticias al respecto más adelante.

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