Tulpa. 1


portadatulpa

Resumen:

Abi Ege es un muchacho turco que se muda a una nueva ciudad para estudiar la carrera que sus padres pensaron para él. Jamás ha tenido iniciativa para nada en la vida, limitándose a llevar una existencia apática y mecánica. La noche en que finalmente se decida a explorar a qué se deben los sonidos detrás de la pared será aquella en la que todo eso cambiará para siempre.

Capítulo 1: Entre las paredes

Abi no había empezado a oírlo hasta que ya llevaba un tiempo en la habitación. La renta no había sido especialmente elevada, y considerando el lugar conveniente en que estaba, cerca de la universidad, estaba dispuesto a perdonar que pudiera tener un pequeño problema de alimañas, sobre todo si nunca llegaba a verlas y sólo escuchaba sus movimientos detrás de las paredes. A lo mejor eran ratas que se habían metido desde una grieta en otro de los departamentos y se condenaban a sí mismas a morir cuando no podían conseguir volver a salir. Quizá detrás de sus paredes se estaban acumulando sus pequeños cadáveres y algún día en el futuro comenzaría a percibir la peste por la cual debería tomar sus medidas. Imaginaba que para entonces ya se habría graduado y entonces se convertiría en el problema de alguien más. Hasta podía ser toda una familia de cucarachas entreteniéndose entre sí, comiéndose unos a otros hasta el momento final en que ya no quedara nadie.

Algo así se imaginaba en los momentos muertos en que permanecía acostado en su cama y en la madrugada escuchaba el movimiento de los autos en la calle, junto al ocasional borracho que se creía un verdadero cantante de folklore y deseaba compartir su talento imaginario a cualquier desafortunado a cualquiera que todavía no se hubiera sumergido en un sueño profundo. Era el sonido de la ciudad, estaba acostumbrado a ellos, pero no estaba habituado a ese ligero crujido de origen desconocido.

Ni bien se dio cuenta del mismo había revisado el departamento entero (lo cual era fácil debido a la falta de variedad de muebles o decoración) y por lo menos en su sitio no existía riesgo de que las criaturas responsables de ellos le asaltaran mientras no fuera capaz de defenderse, lo cual era sin duda un alivio. Pero también significaba que no podía tener idea a qué se trataba.

Lo extraño era que durante el día y hasta el momento en que debía salir a la facultad el movimiento se detenía por completo.  Podía apoyar una oreja contra la superficie de la pared y no percibía absolutamente nada. Iba a sus clases, luchaba por mantener sus apuntes al día, realizaba sus trabajos y volvía a una habitación vacía en la que no se escuchaba nada fuera de lo normal. Pero en cuanto bajaba el sol, las ratas o cucarachas volvían a entrar en frenética actividad.

No se preocupó seriamente al respecto hasta que llegó la época de los exámenes. Habían pasado unos días horribles, con niebla en las mañanas entre las cuales caminaba para ir a la universidad, frío general que causaban sucesiones de toses y estornudos en el aula y noches heladas con lluvias punzantes que ya habían causado inundaciones en otras partes de la provincia. Sus padres llamaban cada vez que recibían noticias al respecto, como si temieran que se estuviera ahogando a pesar de vivir en un cuarto piso en una zona alta en la que el agua jamás sobrepasaba la acera. Les decía que estaba bien, que no tenían nada por qué preocuparse, mientras vivía en un perpetuo estado de estar a punto de resfriarse, resfriado y recién acabando de resfriarse, formando un círculo interminable. La falta de una respiración cómoda y tranquila era molesta en general.

Esa noche era uno de esos días en los que no necesitaba tanto de los pañuelos, pero eso no le suplía el tener que mantenerse abrigado  y arroparse en mantas mientras trataba leía y otra vez los apuntes en un intento de retener siquiera un poco de la información que formaba parte del temario. La lluvia afuera no conseguía suprimir el ligero crujido que empezó por la madrugada y continuó sin pausa.

Era el examen de la materia que justo peor se le daba y la falta de sueño le hacía concentrarse demasiado en las menudas injusticias de su vida. Él no quería estudiar periodismo. No había querido estudiar nada específico después del colegio. Sus sueños y aspiraciones, si es que alguna vez los tuvo, nunca habían durado lo suficiente para permitirle formar una idea clara del futuro que le esperaba. Mamá y papá habían estudiado periodismo. Se habían conocido en la misma universidad. De modo que se dio por sobrentendido que él estudiaría periodismo y él nunca se molestó en manifestar cualquier opinión contraria, sencillamente porque no le veía el caso. Pero no sabía que iba a resultar así. La gente decía que la universidad era diferente a la universidad pero nadie explicaba de qué manera.

En todo el día no había podido estudiar porque había tenido que completar un trabajo final que le pedían al mismo día que el parcial. Había gastado su último dinero designado para la semana en las fotocopias que le hacían falta (la idea de que también se lo había gastado en volver tostados sus sándwiches en tostados fue conscientemente puesta de lado). Estaba cansado. Estaba frustrado porque ni bien perdía de vista a hoja se olvidaba de lo que había leído. Hacía frío. No tenía calefactor, se le había pasado comprarlo. Temblaba incluso debajo de las mantas y esta materia era importante, la necesitaba en buen estado. El profesor era exigente y los párpados se le querían cerrar. Ya había estado cerca de dormirse más de tres veces y había sentido como una corriente eléctrica ascender desde su pierna, dándole un pequeño, minúsculo choque de adrenalina que parecía llevarse todavía más energía en cuanto se desvanecía.

Eran las tres de la madrugada. Todavía no captaba del todo el tema. Afuera el viento helado hacía las gotas chocar contra las ventanas. ¿Dónde estaba su lápiz? Necesitaba resumir. Necesitaba tomar un vaso de agua. Necesitaba ir al baño. Necesitaba estarse quieto y leer. Necesitaba silencio y no contar los crujidos individualmente, encontrándole un ritmo completamente al azar, como una tortura china o un duendecillo maligno golpeando no desde las paredes si no detrás de sus ojos.

-Haceme el favor y para –dijo al aire, repasando por centésima vez una oración que ya había leído hace un segundo pero se había olvidado de nuevo. Su cabeza se sentía como una cámara llena de algodón, todo le rebotaba, excepto ese sonido-. Para de una vez.

Pero no paraba. Tenía el examen a la mañana. Pasó a otra hoja y se dio cuenta de que incluía varios párrafos de información totalmente nueva que ni siquiera había visto antes. La había pasado de largo gracias a que las unía un doblez en la parte inferior. Buscó un marcador fluorescente para empezar el proceso de resumir, resumir lo más posible porque no había manera de que todo entrara, pero al extender las piernas otros apuntes se corrieron y cayeron por el espacio entre su cama y la pared adonde los habitantes indeseados se daban la fiesta.

-Me cago en la puta –dijo. El sonido sonó con más fuerza como a modo de respuesta-. Vos cállate.

No se calló, desde luego. Abi se levantó y lamentó tener sólo un par de calcetines puestos. Algún día a lo mejor debería considerar poner una alfombra o algo así, si las noches en esa provincia iban a ser así. Tenía una cama simple de madera ligera, de modo que no le fue difícil correrla a un lado. Ahí estaba una zapatilla, los apuntes y un pie sobresaliendo de un hoyo en la pared.

Un pie pequeño, blanco, casi esquelético. Mientras lo veía, preguntándose qué compañero podría haber tenido la brillante idea de dejarle ese juguete de hule, los dedos se movieron ligeramente. El crujido volvió a sonar. Un juguete mecánico, por supuesto. Las pilas todavía no se les habían agotado y continuaría moviéndose hasta que alguien se le ocurriera sacárselas.

Se acercó con la idea de sacarla de ahí y cubrir el agujero con algún libro, no fuera que las alimañas ahora se le ocurriera hacerle visitas cuando quisiera dormir por una hora, pero en cuanto tuvo el pie en sus manos este volvió a moverse. No se sintió como hule. Se sintió como una delgada capa de piel delicada encima de unos huesos moviéndose por músculos debilitados. Como si eso no fuera suficiente, escuchó un nuevo gemido que acompañó a su tirón inconsciente: un gemido bajito, seco, como un viento agotado en un desierto muerto.

El grito que había estado conteniendo salió disparado en ese momento mientras se caía al suelo.  El pie continuó en exactamente el mismo lugar y siguió moviéndose, ahora tal vez con mayor insistencia pero era difícil saberlo porque de por sí eran movimientos bastante débiles. No podía ser verdad.

Le dio un segundo toque dubitativo al miembro y desde algún lugar más arriba volvió a escuchar la misma expulsión dolorosa de aire  emitida en un tono lastimero. Ya no podía dudarlo más. Sin pensar en nada más, Abi agarró los bordes de las paredes y tironeó lo más que pudo. Debajo quedó revelada una pierna igualmente delgada y de aspecto frágil. Otro tirón y eran dos piernas. La superficie de la pared no era tan dura como lo parecía, pero se estaba volviendo doloroso depender de sus manos frías descubiertas para hacer todo el trabajo.

Buscó un espejo portátil en el baño que contaba con una base amplia de plástico. Rápidamente se maldijo por haber sido tan tonto de no haberse comprado siquiera una caja de herramientas básicas o siquiera un mero martillo para lidear con situaciones así, aunque igual de rápido lo desechó porque nadie le había dicho que sería una posibilidad tener que ir liberando personas atrapadas detrás de las paredes. Con la base y el espejo pudo empujar los trozos con más eficiencia.

No pasó mucho tiempo hasta que pudo comprobar que no se trataba sólo de un pie o de unas piernas, pero no se detuvo hasta que volvió a destrozar toda la zona. El espejo, su cama, sus brazos, su cabeza y el resto de su cuerpo estaban cubiertos del polvo blanco de la pintura desprendida cuando logró desprender los trozos más imprescindibles y reveló lo que le había estado jodiendo desde que se mudara al edificio.

Un chico rubio había sido atado de brazos y piernas al espacio entre la pared del otro departamento y su habitación. Los lazos que le habían sostenido los pies se habían desprendido hacía tiempo, pero tampoco los necesitaba para tenerse en pie porque los brazos eran lo que se les sostenían. Estaba horriblemente delgado, cada costilla sobresaliendo de entre la piel como unos dedos que quisieran abrazar el cuerpo desde detrás. Entre los mechones aplastados de rubio ceniza, una calavera le miraba con una expresión vacía teñida de azul claro. Los labios resecos y partidos se abrían suavemente, pero nada más conseguía arrastrarse afuera el mismo sonido espantoso de antes.

Conteniéndose las náuseas a duras penas, Abi salió corriendo a su pequeña cocina por el cuchillo más grande del que disponía. Al volver con él en mano el chico intentó hablar y le pareció que se movía como intentando escapar de él, que le tenía miedo.

-No pasa nada, no pasa nada –dijo, hiperventilando, extendiendo el cuchillo hasta las sogas que le tenían las muñecas.  La maldita cosa era gruesa, pero el filo logró hacerse paso hasta que pudo romperlo. Liberado de un sostén, todo el cuerpo del chico se fue para un lado con el brazo todavía atrapado en alto. Idiota, debió agarrarlo-. Perdón, perdón.

Pequeños gemidos sin palabras. El pecho hundido continuaba respirando sin pausa debajo del mentón. Ni siquiera lo miraba mientras le soltaba el otro brazo, sosteniéndolo ahora sí de la cintura puntiaguda. Tragándose el sentimiento opresivo en su pecho se las arregló para levantarlo desde detrás de las piernas y dejarlo en su cama, apartando todo los apuntes a manotazos torpes. Ideas sobre lo fácil que era, sobre que cargar parientes niños menores de cinco años era mucho más complicado, sobre que la zona más gruesas de las piernas era la rodilla y que estaba completamente desnudo prefirió sacarlas de encima durante esa acción.

En su lugar, primero pensó que debería darle agua pero luego se dijo que a lo mejor debería ser intravenosa, ¿y dónde iba a sacar eso? Luego pensó hospital y corrió a por su celular. Debería haber contratado un servicio telefónico hacía tiempo, pero incluso en los momentos en que contaba con tiempo libre se acababa olvidando. Pero al querer encender la pantalla vio que eso ya no era posible porque la batería estaba muerta. Soltando palabrotas por soltar algo rebuscó entre un montón de ropa el cargador. En cuanto lo tuvo en mano, la electricidad se fue del departamento.

Un trueno sonó con fuerza afuera.

Chasqueando la lengua, Abi dejó el celular y el cargador y corrió hacia afuera. Alguien debía tener un teléfono. Alguien, quien fuera, debía poder llamar al hospital. ¡Ni siquiera sabía adónde se hallaba el más cercano! En el pasillo oscuro había total silencio. A tanteos encontró la puerta de su vecino y golpeó contra la puerta. Si la memoria no le fallaba debía ser el departamento de una pareja de casados jóvenes. Bebé de dos años, llorón. Él precioso y ella profesora de no sabía qué artes marciales. Solía encontrárselos en la mañana mientras los dos salían su caminata por el parque, dejando arriba al hermano de uno de los dos para encargarse del bebé y hacer limpieza general. ¿Por qué no atendían?

Apoyó la oreja contra la puerta y no pudo escuchar nada, ni siquiera al bebé que él se imaginaba debería ya estar llorando debido al escándalo. ¿Podrían haber salido? Golpeó y esperó unos segundos antes de decidir que eso debía haber pasado. Pensó que revisaría al chico una vez más antes de ir a por su otro vecino, que era un tipo divorciado de treinta años, si es que no lo confundía con la gente de otro piso. De modo que regresó a su habitación, golpeándose con la puerta en su apresuramiento. Eventuales rayos de luz penetraban por la ventana, permitiéndole por unos pocos segundos apreciar las formas y lo que pasaba dentro de su cuarto.

Así fue como descubrió que la cama estaba vacía.

En el momento en que la luz volvió a apagarse se dio cuenta de que se escuchaba el sonido de papel siendo desgarrado. Provenía del espacio entre la cama corrida y la pared que acababa de destrozar. Se acercó ahí y, a medida que sus ojos conseguían acostumbrarse, pudo notar una silueta móvil. La silueta se volvió a él en el momento en que un nuevo rayo impactaba de luz contra el ambiente.

Era un chico, pero no el mismo de antes. Sus ojos azules lo miraron con sorpresa teniendo la boca llena de papel, con una delgada tira saliéndole de entre los dientes blancos. En sus manos distinguió uno de sus apuntes, deshecho. Ese detalle debería haberle impactado mucho menos de lo que hizo, cuando comparó las dos imágenes que guardaba en su memoria. El chico que había sacado de la pared era apenas un esqueleto y ese parecía más lleno, más saludable. Las mejillas ya no eran los dos huecos triste adonde podría encajar sus puños sino dos rasgos casi orgullosos, llenos de vida y pintados de un leve rojo. Los labios tenían una forma sensual y se veían húmedos de saliva. Incluso los dedos con los cuales agarraba las hojas parecían los de un ser humano normal en lugar de los de un despojo.

Más que ninguna otra cosa le desconcertó lo hermoso que le parecía.

En ese momento la luz volvió a irse y el sonido del papel siendo destrozado volvió a escucharse. No iba a conseguir nada con esa oscuridad, de modo que se levantó y fue a buscar velas en la cocina, dejándolo masticar sus apuntes en paz. Se demoró más de la cuenta encontrando las velas y luego los fósforos porque una parte de sí sencillamente no quería ver, prefería mantenerse en una figurativa y literal oscuridad por el tiempo posible. A lo mejor se había dormido. Era una posibilidad tan válida como cualquier otra. En uno de esos cabeceos inconscientes que había dado la voluntad le había fallado y ahora estaba dormido encima de su cama, babeándose encima de todo lo que debería estar estudiando y por lo cual en la mañana respondería. Ni chico, ni hoyo, ni pared.

El fuego iluminó sus manos grises por el polvo. Llevó la llama en su soporte hacia su habitación. Ni bien traspasó la entrada estuvo a punto de tropezar con la figura que había decidido arrodillarse justo en el centro de la habitación. Abi, deteniéndose a tiempo, le iluminó desde arriba la cabellera rubia. El sitio no era muy grande ni estaba bastante lleno, de modo que sólo le tomó una rápida inspección desde su sitio para darse cuenta de que sólo estaban él y el chico sano aquel. Sólo ellos dos. Ni rastros del semi cadáver detrás de su pared, pero sí de los pedazos que había tenido que destruir para poder liberarlo. El hueco seguía ahí, sí. Las sogas cortadas seguían colgando de sus soportes de acero, sí. La zona era un completo desastre, sí.

No, no se sentía bien. Estaba mareado mientras buscaba una simplona silla que usaba para apoyar unos libros, dejándolos caer al suelo para tomar asiento. Dejó la vela encima de la cómoda y se pasó las manos con fuerza por los ojos hasta ver estrellas multicolores detrás de los párpados, respirando profundamente. Un olor a rancio, viejo y humedad le llenó las fosas nasales y al volver a abrir los ojos se encontró al muchacho rubio arrodillado en frente de sí con las dos manos sobre sus rodillas.

Estaba desnudo y parecía completamente indiferente al frío que, pese a la impresión, él seguía sintiendo.  ¿Por qué tenía que mirarlo así… como un perro esperando nuevas órdenes? En todo caso no podía dejarlo en esas condiciones. Tomó la manta de su cama y la sacudió del polvo lo más posible antes de ponérselas sobre los hombros del otro. Su piel estaba sucia, pero debajo de esa capa se notaba que se trataba de alguien tan sano como podía estarlo.  Su temperatura se percibía templada y normal, lo que ya resultaba anormal en esa noche de mierda.

Parecía que debía tener uno o dos años menos que él, es decir, diecisiete o dieciséis. De entre todas las preguntas que se le podrían haber ocurrido, estaba tan aturdida que no se le ocurrió ninguna otra que la menos trascendental posible.

-¿Qué has hecho con las hojas que tenías?

El chico parpadeó y por un momento Abi consideró que a lo mejor no podía hablar o no conseguía entenderle. En lugar de desmentirle explícitamente, el chico hizo un hueco de su mano e hizo como que comía de ella. Pero eso no formó todo su mensaje. Luego de eso le señaló a él y a la cama, en cuyo lado estaban derramados los apuntes doblados de mala manera.

-Si tenías hambre hubieras esperado un poco –dijo, incapaz de sentirse sorprendido, molesto o nada tan racional como eso. Aturdido, sólo podía hablar tonterías-. No hacía falta meterte con papel.

El chico negó con la cabeza y le volvió a señalar con un dedo.

-Abi –dijo simplemente. Su voz era indiscutiblemente masculina y joven, suave y para nada rasposa como ese gemido de terror que le había espantado en un inicio. Pareció que necesitaba un tiempo antes de poder continuar su anunciado, pero no por falta de aliento. Con la palma abierta se palpó el pecho desnudo-. Necesito.

E hizo un gesto de escribir algo en el aire.

-Nombre –terminó el chico con un tono en el que se notaba su encogimiento de hombros.

-Ah –dijo Abi y fue a recoger sus hojas.

El chico las había desprendido de su broche metálico y doblado un poco, pero sólo la primera hoja estaba desaparecida. La primera adonde aparecía el nombre del capítulo y su firma. Había sido una acción completamente innecesaria porque seguía sin entender nada. Otro trueno rompió en el exterior. Tenía los dedos fríos, a pesar de la dos prendas manga larga que llevaba encima.

Sacó un conjunto de ropa básico y se los dio al muchacho con la clara intención de que se vistiera con ellos. Temió que lo que fuera lo que le sucediera al chico o las consecuencias dejadas por haber sido emparedado durante tanto tiempo no fueran de la clase que lo volvieran alguien que necesitaba quien lo vistiera. Por fortuna no fue el caso y el chico se vistió ni bien se lo indicó. Abi cerró los ojos y le dio la espalda antes de que tuviera oportunidad de vislumbrar nada.

-Avísame si necesitas ayuda o cuando termines –dijo.

-Terminé –le respondió el otro unos minutos más tarde. Cuando volvió a verlo Abi se sintió aliviado de verlo correctamente vestido, incluso con un par de medias cubriéndole-. Grande –continuó, refiriéndose a los pantalones que debía sostener con una mano.

-Perdona, es lo que tengo de momento –dijo Abi-. Che… ¿cómo te llamas?

El chico negó con la cabeza.

-¿No sabes… o no te acuerdas? ¿Vos no tendrías alguna idea de cuánto rato llevabas ahí?

El chico se miró una muñeca, como si estuviera rememorando la sensación de las cuerdas oprimiéndole para sostenerlo de pie.

-Mucho –pronunció suavemente.

Abi no sabía qué responderá eso, de modo que prefirió cambiar de tema.

-¿Y estás bien? En general digo. Hace un rato estabas, bueno… ¿Seguro que no necesitas algo? ¿Te sientes bien?

-Sí.

-¿Y por qué hablas así?

El chico lo miró con lo que sólo se podía interpretar como leve confusión. Al parecer no tenía ni idea de lo que le hablaba. Tal vez era lo mejor.

-Bueno –dijo, rindiéndose.

A lo mejor sí estaba alucinando. Ciertamente toda la escena lucía lo bastante surrealista para entrar en esa categoría. “Ni en pedo voy a estudiar ahora”, pensó. De pronto todo el cuerpo le pesaba una tonelada y el sueño que había estado reprimiendo hasta el momento volvió con toda su fuerza. Y si el chico no necesitaba atención médica de inmediato (a pesar de que por toda lógica debería estar agonizando), creía que podría tener una noche de sueño en paz. No les quedaría de otra que compartir, cada uno con la cabeza dirigida en diferentes direcciones, por supuesto.

Mientras el chico permanecía de pie cerca de la silla, mirando sin mucha curiosidad sus alrededores, Abi dio vuelta al colchón y cambió las sábanas por unas limpias. Los trozos los dejó acumularse en el hueco de la pared. Ni siquiera estaba seguro si destruir parte de la propiedad de esa manera era ilegal o qué repercusiones podría traerle. En todo caso tendría que recurrir a la policía si mañana resultaba que no había sido una ilusión lo del chico y alguien lo estaba buscando desde hacía “mucho” tiempo. ¿Y qué excusa le iba a dar al profesor? No importa. No tenía el cerebro para pensar en nada semejante. Ni siquiera tenía ganas de echarse  el baño que necesitaba.

Una vez lo tuvo todo listo en la superficie, le dijo al chico que él utilizaría el lado de la cabecera con la almohada y él el de los pies. En la mañana ya vería cómo iba a resolver su situación. Después de asegurarse de nuevo de que el chico estaba bien y tras recibir la misma respuesta monosilábica, Abi le dijo que se arropara bien porque no sabía cómo iba a amanecer. Como un soldado que se limitara seguir órdenes, el chico se convirtió en una oruga entre sus sábanas. Satisfecho, Abi se cubrió con otras sobre las suyas usando un abrigo y su propio brazo como almohadas. No quería hacerlo sentir incómodo forzándolo a un contacto innecesario.

Acomodado y con tanto calor reunido como le era posible, Abi cerró los ojos dispuesto a olvidarse de todo esa noche.  De haber tenido energías podría haberse sorprendido de lo fácil y sencillo que resultó, como no lo hacía desde que era niño y podía dormir incluso bajo la mesa del comedor, sin ninguna preocupación por un futuro todavía bastante lejano.

Continuará…

Capítulo 2: Esclavo

Anuncios

Un pensamiento en “Tulpa. 1

  1. Es genial, mi Reina, aunque me pregunto quien será ese chico misterioso que liberó y como diablos fue a parar ahí. La verdad el relato tiene cierto feeling a creepy pasta, lo cual lo hace genial : 3 ya quiero ver como evoluciona esto! ❤

    Un besote!

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s