Tulpa. 4

portadatulpa

Durante el fin de semana Abi no salió de su casa. Mantuvo el celular cargado sin falta y con teclado con un número de emergencia ya escrito, a sólo un botón de distancia para llamar en caso de que alguien, quien fuera, apareciera de improviso a golpear en su puerta demandando restituciones. Por primera vez encontró de lo más útil el hecho de que Alex no durmiera y lo mantuvo en órdenes de no perder de vista la puerta durante lo que durara su propio sueño, y en caso de que alguien quisiera entrar hacer la llamada antes de despertarle.

Al final no pasó absolutamente nada y antes de lo que hubiera esperado, era hora de volver a salir para ir a clases. En lugar de caminar o estarse en la esquina a la vista de cualquiera con el brazo extendido en espera de un vehículo, Abi decidió llamar a un servicio de remis y no bajar hasta que hubiera visto desde su ventana al vehículo estacionar en frente del edificio. Él y Alex se metieron relativamente rápido en el interior, Abi soltando de sopetón la dirección en la cual se encontraba su universidad.

Todavía era temprano y muy pocas personas habían llegado. La mayoría de las aulas estaban cerradas con llave y a oscuras, y las ventanas para la atención a los estudiantes de cada facultad ni siquiera habían sido levantadas. Abi había arreglado su horario de esa manera, de modo que sus compañeros no lo vieran metiendo a Alex en un cubículo del baño para que no anduviera deambulando por los alrededores mientras asistía a clases. A menos que se lo ordenara directamente, como su anterior dueño lo había hecho, Alex tenía el imparable impulso de seguirlo adonde fuera, como si fuera un famélico en medio del desierto aferrándose a su cantimplora de agua. Había llegado a considerar la suya como una relación simbiótica casi parasitaria.

Alex iba a hacer sin protestar cualquier cosa que le ordenara, emplear cualquier esfuerzo que fuera necesario para cumplir lo establecido por él, y encima lo único que pedía a cambio eran las malas energías que podía acumular durante el día para mantenerse en un estado físico óptimo. No sabía si era gracioso o irónico que desde que lo aceptara como una presencia indiscutible sus compañeros le estuvieran comentando que se veía de mucho mejor ánimo que antes. Más de uno ya se le había ocurrido especular que andaba de novio para intentar justificarlo, lo cual le daba igual mientras estuviera bien lejos de la verdad más increíble.

A pesar de sus temores de que andaría temeroso el resto del día y le sería imposible concentrarse en seguir las palabras de los profesores para transcribirlas lo más resumidamente posibles en su letra, lo cierto era que resultó absurdamente sencillo concentrarse en cualquier otra cosa que en su allanamiento de hogar. En vez de ello no le costó nada mantenerse interesado en los comentarios de sus compañeras acerca de fútbol y la historia de lo que hicieron durante el fin de semana por parte de los chicos. Todo podría haber pasado por cualquier otro día normal de no ser por lo que sucedió durante el almuerzo. Muchos estudiantes que vivían cerca o disponían de vehículos podían permitirse para volver a sus casas a disfrutar de un plato caliente de pastas antes de volver para su siguiente clases, pero Abi era de los que no tenían otra opción que usar su par de horas disponibles dentro de la cafetería en la esquina de la universidad.

La mayoría de sus compañeros ya habían acordado pedir una pizza junto a la botella de gaseosa más grande que el dinero de sus bolsillos juntos pudiera conseguir. El grupo en cuestión incluía a un par con el cual Abi no se llevaba especialmente bien, de modo que prefirió ir por el simple camino del pebete de milanesa tostado con su botella individual. Para entonces ya no había ningún problema con dejar que Alex caminara a su lado. Si alguien preguntaba decía que era un primo de su lado materno que andaba de paso antes de regresar a casa del trabajo, agregándole un año o más si hacía falta. Dada esa mentira, que fue realmente la primera que se le pudo ocurrir en aquel primer momento, no podían besarse ni tomarse de las manos, pero estaba bien porque tampoco sentía la necesidad de hacerlo.

Después de haber hecho la orden, con el ticket en la mano, Abi esperaba a ser atendido frente a la barra entre las otras personas. Revisaba un mensaje proveniente de su padre para inquirir su estado general, si necesitaba más dinero, cuando alguien le tocó el hombro. La persona que se dirigía a él era una que estaba segura de no haber visto por ninguna parte en la universidad antes. Claro que él realmente no podía presumir de conocer los rostros de todos las personas que iban a la universidad y siempre podía ser sólo un cliente más al que el lugar le quedaba convenientemente cerca. Lo que quedaba claro en una sola mirada era que si lo hubiera visto antes, no habría tenido ninguna razón para no recordarlo.

Era un negro tan oscuro como los nigerianos que solían vender joyas, pulseras y bolsos en las avenidas peatonales, lado a lado con los juguetes made in china de plástico y los DVD piratas, pero en lugar de estar rapado tenía una lustrosa cabellera negra arreglada en una gruesa trenza cayendo por su hombro hasta la cintura. Tan alto que Abi tenía que inclinar un poco el cuello para acabar encontrándose con su rostro. Unos grandes ojos verdes que parecían siempre agudos independientemente de la expresión que decidieran dibujar el resto de sus rasgos. El poder de su mirada, ese mirarle de abajo hacia arriba con la pasividad de una pantera, le mantuvo tan abstraído que por poco necesitó que le repitiera qué acababa de decir.

Pero no tuvo tanta suerte. Las palabras atravesaron lento su cerebro, pero apenas llegaron al centro se extendieron alrededor en forma una tensión involuntaria de sus músculos. Como en respuesta, Alex se movió como para ponerse en medio de su dueño y el nuevo extraño. El susodicho arqueó una delgada ceja ante el movimiento, examinando al rubio de la misma manera confiada que hizo con Abi.

-Supongo que era inevitable –dijo con un leve gesto de desagrado arrugando la nariz. Pasando de Alex volvió a desplazar sus ojos verdes sobre Abi. Su voz era profunda y su acento fue imposible de identificar para el oído de este, pero por alguna razón le sonaba francés, pronunciando las vocales con un especial cuidado-. ¿Te importaría que habláramos personalmente, entre nosotros? Tengo la impresión de que has malinterpretado un par de cosas.

Abi no supo de inmediato qué responder. “Te estaba  esperando” le había hecho llegar a sus oídos el extraño tocándole el hombro. Y en el segundo en que entendió eso estuvo seguro, sin ninguna duda, que se trataba del mismo sujeto que se había metido a su departamento para dejarle aquella críptica nota. No podía ser una coincidencia que se encontraran así, no después de haber escogido aquellas palabras como introducción. El hombre giró los ojos ante su falta de respuesta y elevó las manos con aire cansino.

-No pretendo ningún mal –anunció, mirándole a él casi sin reconocer la presencia del joven que se le oponía-. Puedes decirle que se tranquilice.

El mismo tipo que le había ordenado a Alex permanecer entre dos paredes. Un súbito subidón de indignación recorrió el interior de Abi, si bien no enterrando al menos sometiendo la intensidad de su miedo anterior.

-¿Qué querés? –preguntó Abi.

La delgada ceja escéptica volvió a elevarse.

-Conque habías sido porteño, ¿no? Puedes creerme, “pibe”, que sólo quiero hablar contigo. Ninguna mala intención –El hombre besó su dedo índice y medio antes de dirigir los dos hacia arriba, poniendo una mano sobre el corazón. Sus dientes parecían especialmente blancos en contraste con sus labios-. Prometido.

Le quedaba claro era que el tipo no se iba a contentar con una negativa fácilmente. No quería imaginar por qué razón había sido lo bastante paciente para buscarlo de una en su departamento. No podía confiar en lo que dijera, no sabiendo exactamente de lo que había sido capaz de hacerle a Alex. Imaginaba que, dentro de todo, podía considerarse afortunado de que estaban en un lugar público. Eso debería ser suficiente para mantenerlo seguro y su intercambio dentro de los límites de una simple conversación. Como toda respuesta le dio un cabeceo afirmativo.

-¿Espero a que recibas tu orden? –ofreció en tono amable el hombre y se retiró antes de escuchar sus palabras.

Ocupó un asiento en una mesa cerca de una ventana, no necesariamente apartada del resto pero todavía capaz de mantener sus conversaciones en privado. En cuanto volvió a la barra vio que uno de los empleados extendía la mano hacia él para recoger su ticket. Abi se lo entregó, pidió la bebida y recibió las dos órdenes, una fría y la otra caliente, antes de dirigirse a la mesa del extraño hombre.  Este miraba por la ventana con el mentón apoyado en la mano y tecleaba sobre la superficie de la mesa.

Abi se sintió algo incómodo por ser el único presente que iba a comer.  Alex no había perdido de vista al hombre en ningún momento, ni siquiera desde que se había alejado de ellos. El hombre le dedicó una breve mirada a la directa que se le dirigía y se volvió a Abi, quien recién le estaba dando su primer bocado al pebete.

-¿Está bueno, pibe? –preguntó con un súbito retintín, como si fuera un tema de lo más interesante, poniendo una cara demasiado inocente para tomarla en serio.

Abi por poco se atragantó y tuvo que toser hasta que Alex agarrara su botella, la abriera y se la dejara en la mano. Abi tomó un largo trago hasta que la sensación rasposa se ahogara en su garganta.

-Será que no –dijo el hombro, encogiéndose de hombros.

-¿Qué querés? –preguntó Abi, indignado. El tipo oficialmente no le gustaba-. Si has venido por Alex te podés ir olvidando.

-¿Conque has querido llamarlo Alex? Yo desde hace años dejé de llamarlo de cualquier manera especial. Después de un tiempo es como ponerle nombre a un zapato que usas todos los días.

-El que se fue a la villa –dijo Abi, dándose cuenta de que era una replica infantil pero a la vez no existía otra más acorde a la situación actual.

El hombre aquel había perdido su silla. La reacción de este, que realmente llegó a irritarle, fue echarse una risa tranquila y reverberante como la de un dios submarino al fondo de una cueva oscura planeando ahogar a la humanidad.

-Pibe, pibe –dijo, negando con la cabeza-. No tienes idea de lo que estás haciendo. Has tenido tiempo de sobra para darte cuenta de que no es humano. Dime la verdad, ¿qué crees tú que es? ¿Un hada? ¿Un geniecillo sin lámpara? ¿Un sueño de carne y hueso? ¿Un deseo hecho realidad?

Por la sonrisa pícara que le dirigió, Abi supo que se imaginaba o tenía por hecho la clase de cosas que había hecho con Alex a puertas cerradas y a veces a puertas abiertas. No estaba especialmente avergonzado al respecto, de modo que se encontró capaz de sostenerle la mirada antes de sentirse como un minino en frente del león y preferir la visión nada amenazante de su comida sobre la mesa.

-No me importa qué es –declaró.

-Bueno, eso está muy bien, pibe. Muy de mente abierta aceptar a una criatura humanoide en tu casa sin pregunta. Otras personas tendrían inconveniente en darle semejante bienvenida a lo que no es más que el cuerpo reanimado de un desafortunado chiquillo.

Abi elevó la cabeza de nuevo. Miró a Alex a su lado, quien estaba concentrado en el otro hombre y no por primera vez deseó que fuera real en un sentido diferente a que podía tocarlo con sus dedos. Su apariencia no podía ser más opuesta a la que él tenía de un cuerpo reanimado según había visto en el cine. Incluso estaba en mejor condición física que él.

-No, no zombie –aclaró el hombre haciendo sonar la uña de su dedo índice en frente de él. Abi se fijó en que tenía las uñas largas y afiladas en forma triangular, pintadas de un azul plateado-. Cuerpo reanimado significa sólo eso. Qué lo reanima es una cuestión completamente aparte. Un zombie por lo general cumpliría la orden de su amo y ese sería el fin de su reanimación. Pero eso es otra cosa.

-¿Y?-replicó Abi, repuesto de la impresión-. Si apestara a muerto o se le estuvieran cayendo los miembros todo el rato o quisiera comerme el cerebro, entonces ahí me afectaría pero si no lo hace ¿a quién le importa?

-Ay, pibe –suspiró el hombre, frotándose el mentón-. El problema, que al parecer tú no estás comprendiendo, es que a otras personas sí les va a interesar lo que es él. Créeme cuando te digo que te ahorrarías varios problemas si sólo lo liberaras ahora y lo dejaras para mí. Después de eso no volverías a saber de nosotros en lo que te resta de vida. Podrías seguir tu vida tan tranquilamente como siempre, sin contratiempos.

-¿Y si no quiero?

-Bueno –dijo el hombre, adelantando con su tono compasivo lo que le parecía-, entonces se te vendrían encima un montón de problemas e inconvenientes en forma de una bola de nieve. Al principio es posible que pienses que no son la gran cosa, pero a medida que pase el tiempo quizá te acabes dando cuenta de que no puedes controlarlo. Piénsalo como una bola de nieve corriendo abajo por una montaña y tú tratando de atraparla con una sola mano al pie de la misma. ¿Ves cómo eso se tornaría problemático para ti el intentarlo?

Abi había vivido en Argentina toda su vida y nunca había visto nieve en la vida real. Pero había visto las suficientes caricaturas y películas para entender la idea.

-A mí la única persona que me ha molestado por él has sido vos –respondió-. ¿Y para qué carajo lo quieres ahora? Vos has sido el que lo ha dejado atado como un perro para que se muriera de hambre.

-No puede morir de hambre.

-Pues entonces peor todavía. Vos no te imaginas el estado horrible en que estaba. Ni siquiera se podía mantener de pie y no sabía si llamar al hospital por una emergencia médica o a la policía para que posiblemente me arresten por asesinato involuntario.

-Podemos estar agradecidos de que al final decidieras no llamar a nadie –comentó el hombre, concediéndole un punto a esa pequeña fortuna-. Habría creado una molestia demasiado grande para todo el mundo. ¿Me estoy equivocando si supongo que fue él quien tomó tu nombre? Debió ser toda una sorpresa cuando te diste de que bastaba un pedazo de papel para que tuviera mejor aspecto.

-No tanto como darme cuenta de que alguien había puesto a un cuerpo detrás de mi pared y todo lo que sobresalía era un pie.

-¿Así fue como lo descubriste? –El hombre recogió un mechón oscuro detrás de su oreja-. En mi defensa, no se suponía que el pie sobresaliera. Yo que tú haría una buena revisión por plagas. Una rata podría haber roído un hoyo lo bastante grande para que lo sacara.

-Ese no es el punto –Abi observó su pebete y consideró por un segundo pegarle una nueva mordida, pero el disgusto le había revuelto las tripas. De pronto una horrible posibilidad se abrió frente a sus ojos-. ¿Qué ibas a hacer si no lo encontraba y luego lo querías de vuelta?

-¿Si tú seguías ahí? Lo habría sacado de su sitio y tú nunca te habrías dado cuenta de nada. Habrías perdido un poco la noción del tiempo, pero, fuera de eso, nada de especial importancia habría sucedido ni siquiera entonces.

Abi no tuvo respuesta para eso y se percató de ello justo después de haber abierto la boca. El tipo se había metido en su departamento fácilmente a pesar de que cambiaban le cerradura al entregarlo a nuevas personas.  No tenía ninguna razón para dudar que en realidad fuera a llevar a cabo lo que prometía y, siendo así, no podía ir provocándolo sin pensar.

-Si vos lo decís –terminó con el asunto, desterrando un escalofrío-. Ya no importa. Vos lo has dejado y yo lo encontré. Lamento si no te gusta pero así es. No sé si qué carajo hacés aquí ahora si lo dejaste ahí en primer lugar.

-Necesitaba dejarlo en algún lugar adonde nadie lo molestaría. La distancia se suponía que me sería útil mientras trabajaba unas cosas. No he terminado con esas cosas, pero otras cosas pasaron y ahora me hace falta conmigo. Te repito que te ahorrarías un montón de problemas si sólo lo liberaras.

-¿Por qué?

La leve sonrisa que se había mantenida a los labios del hombre se secó y su expresión seria le recordó a la de un profesor que estaba harto de recibir la misma respuesta estúpida antes una pregunta básica.

-Pibe, he venido de muy lejos y he tenido ya demasiada paciencia contigo. No sé exactamente qué has estado haciendo con eso, pero puedo imaginarlo y seguro que podrías pagarle a alguien más para hacerlo igualmente. Tengo personas esperando a que les lleve de vuelta esa cosa conmigo.

-No.

El hombre suspiró profundamente y se frotó el rostro, negando con la cabeza mientras lo miraba por encima de sus dedos cubiertos de tatuajes negros.

-¿Así es como lo vas a querer?

-Vos no me has dado ninguna razón para devolvértelo más que porque vos lo quieres.

-Ah, ¿así que ahora necesitas saberlo todo? Tuviste a ese tulpa contigo todo este tiempo sin siquiera saber que así es como se llaman, pero ahora necesitas saber. Tal vez no te lo estoy diciendo por consideración a tu insignificante persona. Quizá no puedo decírtelo. A lo mejor quiero que todavía tengas tu pequeña y normal vida antes de meterte en mierda que no tiene nada que ver contigo y que encima no vas a entender. Pero parece que ya has hecho tu decisión –El hombre dio una palmada una mano contra la otra antes de apoyarlas contra la mesa y echar atrás su silla. A pesar de sus palabras, no parecía enojado, ni siquiera frustrado. Por lo que Abi pudo interpretar sonaba a resignación y quizá cansancio-. Todos tenemos que vivir con ellas y sus consecuencias, pibe. Disfruta de las tuyas.

Abi empezó a lamentar el no haberle preguntado más al respecto, pero para cuando quiso extender la mano para detenerlo ya estaba fuera de su alcance y salía de la cafetería. Alex le dio un golpecito bajo la mesa con su rodilla como una muda muestra de apoyo. No tenía idea si había valido la pena negarse de esa manera. Lo único que sabía por seguro era que no quería darle el gusto a un sujeto como ese que torturaba a un… ¿cómo había dicho? ¿Tulpa? No importaba. Ya había suficiente cosas que no entendía sin meterle encima las palabras del sujeto. Por sus palabras parecía que el que iba a sufrir las peores consecuencias no sería él. Era otro el que no iba a cumplir con aquellas personas que esperaban la presencia de Alex. Después de todo, este estaba mejor con él.

El resto de su clase durante la tarde lo pasó con normalidad. Entregó sus trabajos grupales y participó en clases cuando fuera que supiera qcerca de los temas que hablaban las profesoras. El recuerdo de ese tipo andaba colgado al final de su cabeza, cubierto por la seguridad de que estaba en una clase llena de estudiantes y sólo a un verdadero loco se le ocurriría causar problemas en ese ambiente. Hasta ahora no habían sido más que palabras, excepto por el entrar a su departamento, y esperaba que así se quedara. Cada vez que entraba al mismo cubículo de Alex, este absorbía su miedo de nuevo y podía volver a pensar con la cabeza equilibrada sobre sus hombros.

La última clase al final fue suspendida por falta del profesor. Abi se quedó en el campus. No tenía ningún apuro por regresar a casa. Abi buscó un aula vacía rodeada de otras aulas vacías, pero conectada todavía a un pasillo adonde la gente dirigiéndose a la fotocopiadora todavía pasaba. Abi llevó a Alex al interior, apagó las luces y mientras el rubio se encargaba de cerrar la puerta.

A esas horas el sol ya se estaba ocultando en el cielo y por las amplias ventanas dirigidas al parque el paisaje se veía teñido de un pasivo anaranjado. Incluso los ojos azules de Alex parecían haber sido envuelto en ese suave color y su cabello dorado parecía casi anaranjado. En cuanto le atrajo hacia sí para besarlo, los labios siempre rojizos lo aceptaron con complacencia.

No irían a limpiar todas las aulas hasta que ya se hiciera de noche y todas las clases se hubieran terminado, de modo que contaban con por lo menos un par de horas. Tomándolo desde el trasero, Abi lo subió al escritorio más largo que le servía al profesor en frente de la clase. El sonido de su cinturón siendo abandonado en el suelo hizo eco dentro de la habitación.

Llegaron a su departamento a avanzadas horas de la noche. Para cuando finalmente llegaron, la puerta estaba cerrada pero no estaba vacío cuando traspasaron la entrada.

-Llegas tarde –dijo el hombre negro, sentado en el suelo con su espalda contra la pared. Cerca de él había una mochila de viaje enorme abierta y en frente de sus piernas extendidas había una serie de tarjetas viajas y manoseadas ordenadas en un determinado orden. Parecía que hacía tiempo había perdido el interés en ellas y ahora se dedicaba a formar un canuto, lamiendo el papel una vez lo tenía hecho-. Una de dos: te asaltaron o te llamaron a la oficina del director. Llamado de atención por parte de una figura de autoridad. ¿Cuál fue?

Abi buscó su celular y desbloqueó la pantalla. Alex se puso delante de él. El hombre lo miró como si acabara de estornudar encima de su comida, con una más que ligera irritación.

-¿De verdad te sorprende tanto? –inquirió-. Ya sabes que puedo entrar sin llaves.

-Lárgate de mi casa. Estoy llamando a la policía –advirtió Abi, encontrando el contacto rápidamente. Apretó la opción de llamar y se puso el aparato contra el oído, esperando a que lo atendieran pronto.

El hombre reconoció la presencia de Alex. Sus manos acabaron de envolver el cigarro y se lo colocó con elegancia detrás de una oreja. Luego buscó en el bolsillo de su abrigo lo que a Abi no le dio la impresión de ser otra cosa que un arma amenazadora, pero una demasiado extraña; un puñal de plata con empuñadora hecha de madera gastada. Percibiendo su preocupación por semejante instrumento, Alex se arrodilló ante el hombre y le agarró la muñeca que sostenía el objeto. En respuesta este frunció un costado de los labios, molesto.

-Todavía no tienes idea de lo que tienes entre manos, pibe –dijo, sin mirar a Abi pero dirigiéndose a él.

Sólo con mover los dedos movió ligeramente la navaja. En ese mismo momento Abi dejó de escuchar el tono de teléfono. Cuando miró de nuevo la pantalla esta estaba apagada. Sin importar cuántas veces insistió en presionar el botón de encendido, parecía que el celular acababa de morirse. Abi sintió un subidón de pánico. Se maldijo por su estupidez. Por ninguna otra razón debía ser que todavía no tenía una línea telefónica.

-Dile que tenga la navaja contra mi cuello, si eso te hace sentir más seguro –ofreció el hombre.

Abi pensó que eso era una buena idea. Apenas lo hizo Alex procedió a quitarle la navaja a la mano del hombre y, sin soltarle la muñeca, se la puso a la espalda, dándole la vuelta al hombre para tener libre acceso a su cuello. El hombre no empleó el menor esfuerzo, aceptando tener su brazo torcido y espalda contra el pecho del más joven.

-¿Está afilado? –le preguntó Abi a Alex.

Alex se clavó la punta de la navaja en el dedo. Ninguna gota de sangre fue derramada, pero Abi vio claramente que la plata desaparecía adentro de su pulgar. Satisfecho, la cabeza rubia asintió y Abi, en efecto, se sintió un poco más tranquilo.

-Si grito mis vecinos se van a dar cuenta de que algo pasa –anunció Abi.

-Entonces llámalos.

Lo habría hecho… de no ser por el pequeño detalle de que había visto a Alex recomponerse de un estado espantoso de desnutrición en cuestión de minutos y sólo había bastado un gesto para dejarlo incomunicado por medios electrónicos.

-¿Cómo has hecho esto? –reclamó mostrando su pantalla negra-. ¿Qué carajo has hecho?

El hombre tomó una profunda inspiración como un sustituto de rodar los ojos.

-¿Qué crees, pibe? ¿Cómo piensas que ha sido posible que esta cosa sobreviviera durante tanto tiempo en las condiciones en que estaba? Adelante, inténtalo –agregó con tono desafiante pero sereno ante la presión de la navaja sobre su piel-. Intenta salir de tu pequeña caja mental y sal con una respuesta original para variar. Cuando aceptaste lo que salió de las paredes ya has aceptado echar a la mierda cualquier posibilidad de una vida normal, pibe. Si ya has empezado a bajar por el hoyo del conejo bien podrías tirarte de cabeza. Intenta salir tú con una explicación.

Abi en realidad tenía la respuesta pegada al paladar. Lo único que necesitaba era una razón para pronunciarla en voz alta.

-¿Magia?

El hombre le mostró sus dientes blancos lentamente, abriendo su boca como las cortinas pesadas de un espectáculo. La verdad era que tenía una sonrisa carismática, pero también intimidante al mismo tiempo.

-Había tenido cerebro el pibe –reconoció con placer-. Yo soy muchas cosas para muchas personas. Pero para ti, la versión simplificada es que soy un brujo. También soy el creador de la cosa que ahora tú estás controlando, “tu” pequeño y guapo tulpa, pero eso no tiene importancia porque tú solito ya has decidido hacerte cargo de él. Me pareció que habría sido injusto dejártelo en tus manos cuando tú seguramente sólo has visto su mejor carita. No te discuto, es una linda cara para mirar.

Abi palpó la puerta a sus espaldas, tomando la manija en su mano.

-Puedes llamar a tus vecinos cuando quieras, pibe –le recordó el hombro con aparente consideración, todavía más insultante que directa condescendencia-, pero me temo que vas a tener que darle más de una explicación si lo haces.

Antes de darle oportunidad a empezar a preocuparse por lo que fuera sus palabras podrían implicar, el hombre se movió rápidamente para inclinarse hacia adelante. La navaja que Alex sostenía dentro de su puño, como atraído por un imán, salió disparada hacia la pared frente a ellos, clavándose en la solapa de un diccionario enciclopédico. El codo del hombre se movió hasta dar con un lado de la cabeza de Alex y este, sorprendido, no logró reponerse a tiempo para esquivar la bofetada que su oponente le dio antes de liberarse del todo y ponerse en pie.

Abi intentó abrir la puerta, pero aunque tironeó con fuerza y desesperación, la misma permaneció cerrada. Le pegó como un horrible pensamiento la seguridad de que no había vuelto a cerrarla con llave después de haber descubierto al intruso.

-Mira –dijo el hombre y su voz parecía tanto un grito como un susurro dentro de su cabeza.

Abi de pronto no quería volverse. Algo estaba gruñendo y el sonido de tela destrozándose le estaba enviando escalofríos por todo su cuerpo. Por nada del mundo quería averiguar a qué se debían. ¿Quién no le decía que lo siguiente a desgarrarse no sería su cuerpo? ¿Quién mierda tenía una idea de cuáles eran los límites de la magia?

-¡Mira, niño idiota! ¡No se va a calmar si no se lo ordenas!

Entonces Abi se dio la vuelta. Había un monstruo en su departamento.

El monstruo en cuestión todavía tenía cabello rubio ceniza encima de su gran cabeza, pero los rasgos de su rostro habían abandonado ese delicado orgullo clásico de antaño y ahora se veía con los prominentes pómulos tan afilados como un par de flechas, la nariz pequeña y puntiaguda y la boca se había agigantado a tal punto que lucía capaz de tragarse su cabeza de un solo bocado.

Lo que había sonado destrozándose había sido tanto la camiseta como los pantalones de Alex para dejar espacio al espantoso cuerpo que lo reemplazaba, tan grande que casi rozaba el techo y los brazos colgaban a los costados como los de un gorila. La cantidad de músculos y su grosor parecían haber cuadriplicado. El amplio pecho se expandía en profundos gruñidos. Los ojos, vueltos un par de canicas negras, estaban fijos en la aparenta amenaza que era el otro hombre.

-Dile que se calme o vas a tener más que una pared destrozada –le indicó su voz profunda. Abi notó que no movía en absoluto los labios y su mirada verde no se movía desde la de su oponente. ¿Cómo podía hacer sonar su acento incluso así?-. Todavía no es lo bastante fuerte, por eso no me ha atacado al instante pero lo va a hacer si no le dices que se tranquilice y que todo está bien.

Abi se apoyó contra la puerta. No podía pensar. No podía quitar sus ojos del lugar adonde estaban. Respiraba nada más por la memoria de sus músculos, sordo por el sonido de sus propios latidos acelerados. Incluso que el tipo le estuviera hablando de esa manera inexplicable quizá era lo mejor que podía hacer, porque no tenía idea cómo reaccionaría a otros sonidos externos. Probablemente ni le llegarían.

-A ti no te va a hacer daño –trató de tranquilizarle la voz del hombre y ahora sonaba menos urgente que antes, un poco más comprensiva-. Pero va a hacer un gran problema dentro de un rato si no lo haces.

Abi trató de tragar pero tenía la garganta totalmente seca.

-Sin control puede que acabe lastimando a alguien más que a mí –le dijo el brujo.

Ese fue finalmente el argumento que pudo enviar el choque eléctrico en su cabeza necesario para moverse.

-No lo hagas –gimoteó casi sin voz. A pesar de que le había salido casi sin aliento y ni él mismo pudo escucharse bien, el monstruo anteriormente conocido como Alex dejó de resoplar y exhibir los dientes. Parecía un lobo escuchando a su manada en la cima de una montaña. Trató de erguirse y elevar la voz-. Cálmate. Sentado.

Lo único que se le ocurría era hablarle como un perro, pero pareció que eso llegó a funcionar. La expresión hostil desapareció del rostro del monstruo y se sentó tranquilamente sobre el suelo, todavía concentrándose en el hombre pero ahora en la forma de un nuevo espectáculo en su ambiente que no afectaba en lo absoluto su existencia. Las venas de su cuello grueso dejaron de ser tan prominentes y algunas desaparecieron bajo la piel pálida. Abi tenía los ojos tan abiertos que los sentía secarse en sus cuencas.

-Dile que no hace falta defenderse de nada. Soy amigo.

-No pasa nada –dijo Abi. No podía controlar la velocidad de su pecho-. Es un amigo.

El monstruo se desinfló. Era una expresión ridícula, pero la imagen que Abi tuvo ante sus ojos no tenía absolutamente nada de gracioso. Resultaba asqueroso y perturbador, como una estatua de cera con todos sus músculos y huesos internos igualmente esculpidos siendo derretidos capa por capa, juntándose sobre su mismo las porciones deshechas hasta volver a tomar la figura del muchacho con el cual había pasado las últimas horas. Todo el proceso no debió durar más que la mitad de un minuto, pero de alguna manera Abi lo vio como si sucediera a cama lenta, torturándole el estómago. Nunca había sido fanático de esas películas adonde la mayor atracción era probar la resistencia del cuerpo humano y probar cuánta sangre podía derramar por todas partes de una sola herida.

En cuanto el cambio terminó, Alex volvió hacia él sus atractivos ojos. Una sonrisa inocente se extendió por su rostro, balanceándose sobre sus piernas con los juntos, como si nada hubiera pasado porque nada había pasado para él. Tanto Abi como el hombre que se definió brujo soltaron un largo suspiro de alivio, pero sólo el brujo consiguió juntar la suficiente voluntad para emitir una risita inquieta justo después.

-Esquivamos una bala ahí –dijo.

Abi pensó en dar un paso al frente pero de inmediato lo descartó: sólo iba a servir para tambalearse sobre sus propias piernas antes de acabar en el suelo.

-¿Qué… qué…?

-¿Qué ha sido eso? –terminó el brujo, rascándose distraídamente el mentón. Cualquier tensión que hubiera tenido a causa del monstruo parecía haber desaparecido en el aire-. Una de las formas de un tulpa. Vas a ver esa cara cada vez que percibas una amenaza a menos que le ordenes de antemano que se mantenga alerta hasta que digas lo contrario.

Sacó la mano de su abrigo impermeable para sacar el canuto que había estado haciendo cuando ellos llegaron. Abi miró hacia abajo y forzó a sus piernas a moverse un poco, aunque fuera un poco, porque tenía la sensación de que si lo hacía no sería capaz de moverse nunca más. Después de unos segundos consiguió dar un paso y fue entonces como si las cadenas de la realidad, pesadas como no las percibido antes, se desprendieran de sus hombros. El percatarse de ese hecho llenó su cabeza con una extraña tranquilidad. Estaba como dentro de un sueño cuando se aproximó al hombre, el cual lo miró con la ceja arqueada como si esperara una respuesta más hostil por su parte. Le tomó nada más un segundo darse cuenta de que ese no era el caso y le extendió el canuto sin encender.

-Creo que necesitas esto más que yo, pibe.

Abi se encogió de hombros. ¿Por qué no, realmente? Nunca había tenido grandes oposiciones respecto a ese tema. Para él era lo mismo que el tomar alcohol o no, algo que de todos modos la mayoría de las personas podían hacer. Quizá ya tenía el cerebro más que un poco podrido y ese sería sólo el moño ideal para ese regalo. Tomó el pequeño tubo entre sus dedos y lo dejó dirigido al sujeto para dejar que se lo encendiera, lo que este hizo presionando la punta contra la yema de su índice. Sólo lo había mantenido presionado un segundo y un hilillo blanco comenzó a ascender desde su punto de conexión. Un olor dulzón le llenó la nariz cuando se lo llevó a sus labios. Había fumado una sola vez un cigarrillo de parte de una vieja pareja, más que nada por insistencia de esta de que al menos debía probarlo antes de desecharlo, por lo que todavía recordaba que debía tomárselo con calma, aspirando el humo, dejándolo asentarse en sus pulmones cómodamente antes de expulsarlo.

A lo mejor estaba loco, pero en esa primera aspirada algo torpe notó una inmediata relajación de sus nervios. También podía ser la proximidad con Alex. Cualquiera de los dos le daba lo mismo mientras funcionara. Después de haber aspirado una segunda vez, se lo devolvió al brujo y se sentó en el suelo al lado de Alex. El rubio le apoyó la cabeza sobre el hombro. Abi se sorprendió de que se no estremeciera con un súbito temor de que se lo arrancara de un mordisco.

-Mi nombre es Ra, por cierto –dijo el brujo sentándose a su otro lado, expulsando nubes mientras hablaba-. ¿Tu nombre, pibe?

Abi miró sus pantalones de tela a líneas rojas y negras. La parte de abajo era amplia y no llegaban a cubrirle  los tobillos, cubiertos por unas medias negras dentro de unas zapatillas blancas tan gastadas que la etiqueta de plástico con la marca se había desprendido y la suela estaba cerca de seguir por el mismo camino. Tenía tobillos bastante gruesos.

-Abi –dijo, subiendo por una remera verde oscuro que casi parecía vestido llegando hasta un poco arriba de las rodillas y el cuello desde donde colgaba un pendiente hecho de piedra atravesada. Ni siquiera parecía una piedra preciosa, sino más bien una que podría recoger en la calle.

-Abi. Es turco, ¿no? ¿Tienes hermanos? –preguntó Ra, pasándole el canuto.

Abi lo tomó y aspiró. Se le ocurrió que su ex pareja fumadora le había comentado una vez, tono medio en serio y medio en broma, que eso era un beso indirecto. No le importó. Estaba fumando marihuana (o más bien marihuana mezclada con algo) al lado de un monstruo y un brujo que acababa de invadir su departamento. ¿Qué era un beso entre semejante pesadilla? Nada. Se rió un poco ante el pensamiento.

-Mis viejos creían que iban a tener cuatro chicos –contó-. Papá tenía esa ilusión, pero sólo pudieron tenerme a mí y nunca adoptaron porque vieron que con uno ya era bastante. Los dos son periodistas y trabajan mucho.

-Eso pasa –Ra levantó una rodilla para apoyar su brazo sobre ella.

Con un simple gesto de mano las cartas desperdigadas por el suelo se elevaron del suelo y se ubicaron en un mazo encima de su palma. El brujo chasqueó la lengua cuando vio que una de las cartas estaba doblada. Dejó el montón a su costado. Abi las había visto brevemente, lo bastante para que se enterara que esos dibujos eran del todo incomprensibles para él. Pero en cambio había sido espectador de su buena cantidad de películas paranormales.

-¿Puedes adivinar el futuro con esas cosas? –le preguntó.

-Más o menos. Si quieres, puedes decir que son como brújulas en un mapa de un país desconocido. Me pueden decir sólo lo básico del lugar en el que iría si siguiera por tal camino. Les pregunté por qué estabas tardando tanto tiempo en regresar y me contaron…

-Problemas con una figura de autoridad, me acuerdo –acabó Abi, echando la cabeza hacia atrás-. Me han expulsado de la universidad. Uno de los empleados que limpian las aulas nos encontró a Alex y a mí. Nos, me denunció con la dirección y, bueno, toda la universidad está orgullosa de ser cristiana. No se puede ir haciendo esas cosas adentro. Es una grave e imperdonable falta de respeto, no podían tolerarlo. Especialmente esas cosas con ese tipo de gente. Así que a la mierda futuro, a quién le importa, vete a la mierda de paso y chau, no vuelvas más.

De pronto se echó a reír y estuvo seguro de que apenas una minúscula parte de eso la podía atribuir a la droga. Había estado tan cansado y desesperado que al llegar a su departamento todo lo que deseaba era echarse en la cama y dejar que lo consumiera hasta el fin de los tiempos. Con lo del intruso y una de las nuevas caras del tulpa a su lado, casi se le había olvidado.

-Ay, mierda, dios mío –dijo Abi pasándose la mano por el rostro y tironeando el cabello en su coronilla cuando llego hasta ahí. Reía hasta lagrimear-. Puta, carajo, que la remil parió. ¿Qué mierda le voy a decir a mis viejos ahora? No sé qué mierda hago aquí ahora. Voy a tener que buscarme un trabajo y no sé hacer nada.

-¿Tus padres esperaban tanto que trabajaras en lo mismo que ellos? –preguntó Ra.

Abi se limpió el rostro de un manotazo, pero las lágrimas ahora caían más profusamente, las hijas de puta.

-No –dijo y trató de recuperar la firmeza de su voz antes de intentarlo de nuevo-. No. Pero si yo igual nunca he querido hacer ninguna otra cosa, por defecto iba a estudiar periodismo. A ellos no se les ocurrió nada diferente ni a mí tampoco. ¿Para qué? ¿A quién le importa? Al final trabajo es trabajo y eso es lo que cuenta, ¿no?

-Mientras no quieras matarte mientras lo haces, ¿por qué no? –comentó Ra, aspirando.

Durante largos minutos no hicieron otra cosa que pasarse el uno al otro el canuto en tanto Abi conseguía calmarse. Luego de lo cual Ra le dejó lo que quedaba y comenzó a hacerse uno nuevo, sacando lo necesario de una pequeña caja metálica de uno de los bolsillos de su mochila de viaje. Para ese entonces Abi estaba seguro de que se sentía envuelto en suaves nubes de chocolate. Tenía hambre ahora. A lo mejor podía pedir una pizza. Abi se volvió a Alex y este lo miró de vuelta, curioso, esperando órdenes. Le acarició sus mejillas y le quitó el cabello de la frente con el pulgar.

-¿Por qué tenía que ser así? –preguntó.

Ra continuaba concentrado en su trabajo de medir la cantidad igual para un papel.

-¿Mmm?

-¿Por qué tenía que ser así? ¿Para qué te hacía falta que se hiciera un monstruo? ¿Es demoniaco? ¿Si lo pongo cerca de una iglesia va a tener un ataque de combustión espontánea?

-Miras demasiadas películas de posesiones, pibe –comentó Ra risueño. Abi se volvió a él y pensó que tenía una lengua enorme cuando la sacó para lamer el papel-. Las iglesias hace tiempo que perdieron su poder e incluso en su apogeo no tenía esos efectos. Pero como sea, no, no es un demonio lo que le anima. Tú sabes que él vive y se alimenta de todo lo malo que generas en tu mente. Odio, miedo, envidia, estrés, pesadillas, son como galletas dulces para él. Sería absurdo esperar que una criatura llena de esas cosas sea bonita para mirar. Agradece que no tienes que verlo constantemente y follarte eso. Aunque yo qué sé, puede que te guste también eso. Hay gente con gustos más particulares.

-Espero que me estés jodiendo porque casi me meo encima viéndolo.

La resistencia de Ra se acabó; se echó a reír, profundo y alegre y Abi, pese a su irritación inicial, lo acompañó al cabo de un rato. Alex los observó a ambos con una sonrisa como si no entendiera cuál era la gracia, pero al menos estaba satisfecho con que todos estuvieran contentos.

-Sí, me imagino –reconoció Ra, asintiendo-. Pero, te repito, cuando estés en problemas vas a apreciarlo mucho más. No sólo era una cara para asustar. Habría sido una escena muy fea si no le decías que se calmara.

La sonrisa que todavía estaba pegada a los labios de Abi se desvaneció.

-Dices cuando… ¿por qué? Esa gente que espera que te lleves a Alex, ¿me va a venir a buscar ahora?

-Eso depende. ¿Todavía quieres conservarlo? Te recuerdo que siempre puedes liberarlo y no tendrías que volver a pensar en nada de esto.

Abi sintió el impulso de volver a echar una carcajada, pero lo único que le salió fue una breve risa cargada de agotamiento. Le cansaba pensar.

-¿Tengo alguna opción después de haberlo visto? Si vos y él se fueran ahora no podría salir sin pensar que hay otros tulpas ahí y alguien podría mandar el suyo a matarme sólo porque le dio la gana. Porque hay otros como él, ¿no?

Ra suspiró, como si eso no le gustara especialmente.

-Sí. Si alguien ha descubierto la fórmula para tener un esclavo que va a acompañarlo adonde sea y hacer lo que sea, que encima se convierta en un muy efectivo perro guardián cuando sea falta,  está destinado a recorrer varias mentes. El usar cuerpos de personas recientemente muertas nunca ha sido un obstáculo para nadie.

-¿Vos lo mataste? –inquirió Abi y no sabía qué reacción iba a crearle si le respondía que sí, que la única razón por la que lo había matado era para volverlo esa cosa que no le importaría ver convertida en esqueleto detrás de una pared.

A lo mejor sencillamente le pedía a Alex que lo echara del departamento y acababa llamando a sus vecinos para que contactaran a la policía mientras ellos el tulpa y su creador se mantenían ocupados entre sí. Ni con toda la magia del mundo un brujo la tendría complicada para pelear contra armas de fuego dirigidas a su cabeza. Varias historias fantásticas se hubieran acabado más bien pronto si alguien hubiera sacado una pistola y apretado el gatillo.

Tenía un enorme antojo por pizza. Las cosas a su alrededor estaban ligeramente fuera de foco, pero no era la experiencia surrealista que imaginaba. Era casi decepcionante.

Como si fuera acorde con sus anteriores pensamientos, Alex se irguió y clavó en el brujo una mirada expectante, fija y cautelosa. Quizá debería moverse, pero se sentía demasiado holgazán.

-No –dijo el brujo, poniéndose el nuevo canuto entre los labios-. Era un chiquillo de aquí, Argentina, que venía de una familia extranjera alemán. Le encantaba tener la clase de amigos a los que invitaba detrás del granero para meterle mano o hacer otras cosas adultas que no debería hacer. Un día mamá lo descubrió y lo azotó para sacarle el diablo de adentro o alguna estupidez semejante. Lo encontré en el granero y, bueno, ahora lo tienes sentado al lado enviándome malas vibras.

Abi le hizo un gesto a Alex de que lo dejara, todo estaba bien. Alex volvió a sonreír y se acurrucó contra su costado. Viéndolo ¿qué otra cosa podía llamarlo sino perfecto? Le acarició la mano alrededor de su brazo. Le hubiera gustado conocerlo entonces.

-¿Su propia vieja? –dijo, incrédulo y negó con la cabeza-. Eso es horrible.

-Eran otros tiempos entonces, pibe. Supongo que ella sólo quería que la lección le entrara por sangre y dejarle ahí solo para que reflexionara sobre sus actos. No creo que realmente tuviera intención de llegar tan lejos, pero cuando yo aparecí no había nada más que hacer. Él era su favorito de entre sus tres hermanos. Si crees que se veía mal cuando lo sacaste de la pared es sólo porque no lo viste en sus últimos momentos. Saber por qué y por quién había pasado sólo hacía hervir mi sangre –Abi podía compartir el sentimiento-. Estaba tan molesto que, bueno, digamos que me aseguré de que no pasara los últimos años de su vida en santa paz. Su padre sabía de los encuentros, pero nunca dijo nada y cuando regresó de hacer las compras en el pueblo todo ya había terminado. Yo desaparecí con mi nuevo asistente debajo de una capa.

-Qué lástima.

-Lástima no alcanza a cubrirlo, pibe.

Abi no podía evitar pensar en su propia salida de closet a la edad de doce años. Sus padres nunca intentaron convencerlo de que estaba confundido ni de que había cometido algún error al sentirse de esa manera. Le preguntaron desde hacía cuándo que sabía de eso, se los dijo y no volvieron a tocar el tema, pero no a la manera de ignorar un problema hasta que este desapareciera sino como cualquier otro tema que de verdad no valía la pena ser discutido, que sólo era y eso bastaba. Ni siquiera al crecer y en su escuela había experimentado gran oposición al respecto, excepto quizá alguna risita incómoda y el uso como sinónimo de puto para designar homosexual. Comparado con lo que Alex había pasado, eso era el paraíso.

Ni siquiera quería imaginar cuántos años de distancia entre situaciones así y la actual debían ser. A lo mejor era un error asumir que había pasado hacía mucho tiempo atrás. De todos modos no importaba. Sacó el celular de vuelta y no le sorprendió del todo descubrir que ahora podía encender la pantalla normalmente. Tenía señal y todo de vuelta a la normalidad. Ya eran la una de la madrugada. ¿Habría algún lugar abierto a esas horas?

-Pero si no podés llevártelo, ¿qué vas a hacer ahora?

Ra se rascó la nuca y encogió los hombros en un gesto casual. La punta del canuto brilló en amarillo y naranja cuando dio una profunda inspiración. Luego de lo cual sostuvo el tubo entre sus dedos y expulsó el aire en forma de perfectos anillos concéntricos.

-Estaba pensando que… ya que tú vas a tener mucho tiempo libre a partir de ahora y resulta que has decidido quedarte con esa cosa, puede que este sea el tiempo ideal para hacerte una oferta de trabajo. Si las cartas no mienten, y a mí nunca me han mentido, pibe, durante los próximos días nos vamos a hacer mucho bien el uno al otro.

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Un pensamiento en “Tulpa. 4

  1. Muy interesante este capi… al fin sabemos lo que es Alex en realidad, jejeje! Me gustó el hecho de que quisiera proteger a Abi de lo que fuera. Despues de todo, los tulpas supuestamente son como guardianes y amigos imaginarios. Lo que no se sabe es que pueden salirse de control y resultar un desastre.

    Un besote mi Reina. Excelente trabajo!

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