Tulpa. 5

portadatulpa

Capítulo 5: Consecuencias

Adela le estaba confesando su amor a Leith, el ángel caído que había escogido el cuerpo de un chico normal adolescente para poder estar con la chica cuyo espíritu había reencarnado desde el espíritu de la chica por la cual había caído en primer lugar. Durante toda la novela el joven no había tenido claro si era ella era la misma persona con la que había estado soñando o no, ella tenía la impresión segura pero indefinible de que lo conocía de otra parte, y él estaba a punto de acabar su vida porque una vida sin estar al lado de la razón de su existencia terrenal no tenía en verdad ningún sentido.

Era el momento clímax de la historia. Después de tantas confusiones, celos, seguirse mutuamente mientras el otro no se daba cuenta, de dudas y querer conectar con un alma afín que ni siquiera sabían en realidad si era afín o no pero lo sentían tan fuerte, porque el amor era así de impulsivo e inexplicable. Le encantaba cómo la autora sólo asumía que todas las piezas del romance estaban ahí y era culpa del lector si no comprendía la inmediata conexión entre los personajes.

Únicamente personas que hubieran experimentado esas experiencia mágica de sólo ver a alguien  y saber todo lo necesario acerca de ella, comprenderían que no hacían falta explicaciones ni más base para un romance apasionado.

Debido a la importancia de semejante momento, al final de la trilogía nada menos, después de haber derrotado a varios demonios del infierno, Julieta no se volvió cuando Romeo entró por la puerta del departamento llevando las bolsas con la comida. La familia del departamento adonde estaban habían tenido dinero guardado más que suficiente, de modo que no había habido ninguna necesidad de armar la misma escena que en la cafetería para poder irse en paz. El departamento era grande y cómodo, tal como debería el hogar de una pareja de recién casados que sólo tenían a un hijo de nueve años para ocuparles las horas. Mucho más bonito de lo que Julieta habría esperado la primera vez que le señaló su ventana a Romeo.

Lo había escogido más que nada porque ocupaban todo el piso junto a otra vivienda vacía, de modo que no enfrentarían los inconvenientes de unos vecinos entrometidos que preguntaran a qué se debían todos los gritos y sonidos de muebles destrozándose, sobre todo a horas tan avanzadas de la noche. Pero por si las dudas Julieta le había pedido que acabara con ellos de noche y lo más silenciosamente posible, sin derramar demasiada sangre o ninguna de preferencia, no sea que luego se les complicara deshacerse de los cuerpos y el olor de sus fluidos quedara flotando en el ambiente durante todo el tiempo que permanecieran ahí. Incluso si sólo iban a ser unos pocos días hasta que encontraran lo que habían venido a buscar, no podían sino vivir en un lugar adonde pudieran respirar todo lo que quisieran sin ningún asco.

Al final sólo necesitaron torcerles los cuellos. En opinión de Julieta, habían sido especialmente misericordiosos porque no se llegaron a enterar de que su pareja ya se había ido antes de irse ellos mismos. Ojala con el niño hubiera sido más sencillo. Se había despertado en medio de la noche para ir al baño. Al salir se encontró con los asesinos de sus padres metiendo el cuerpo de estos en las bolsas de plástico para guardar trajes que encontraron en el armario, colocando cinta adhesiva en los extremos para mantenerlos bien sellados. La criatura se puso histérica y,  a pesar de que acababa de descargarse, todavía tuvo la suficiente carga para empapar sus pantalones antes de querer correr a su habitación.

Cuando Romeo forzó su camino hacia el interior el niño tenía un celular en la mano y lo tenía contra su rostro como si fuera un escudo contra lo que fuera quisieran hacerle. Julieta estaba irritada porque ahora tendría que limpiar su desastre y el asqueroso olor de su miedo líquido le llenaba las fosas nasales. Como resultado, Romeo se encontró incapaz de darle un final tan pacífico e indoloro como sus padres antes de él. Por lo menos su cuerpo fue más fácil de guardar dentro de una bolsa de basura.

Julieta había recogido su celular y vio que había llamado a emergencias como sin duda le habían enseñado cuando pasaban cosas malas. El operador estaba preguntando qué pasaba y lo repetía sin llegar a escuchar el alboroto que sucedía en la habitación del joven. Julieta cerró la puerta a sus espaldas y les dijo que no había ninguna necesidad de enviar a nadie, que ellos sólo estaban jugando y el nene se había asustado más de la cuenta. Fue un error por parte, eso era todo. Nada malo estaba sucediendo y no había ninguna necesidad de recurrir a ellos.

-Fíjense la próxima vez –le advirtió el operador, irritado-. Esta línea es para emergencia y no podemos estar atendiendo llamadas ociosas hechas por jodas tontas.

-Fue un accidente, nada más. Mi novio ya está hablando con él y calmándolo. Creo que ya lo devolvió a la cama. Disculpe las molestias.

-Que no se repita. Buenas noches, señor.

El hombre le cortó la llamada antes de que pudiera mandarlo a la mierda por equivocarse en su género. Julieta le dirigió una mirada asesina al aparato como único consuelo. Ese tipo ya podía considerarse afortunado de que no lo tenía en frente. Pero no tenían tiempo de concentrarse en la imbecilidad ajena, de modo que Julieta procedió a quitarle el chip de teléfono, por si las dudas los amiguitos del pendejo se le ocurría llamarlo o enviar mensajes cuando empezara a faltar al colegio. El celular en sí tenía juegos bonitos. Lo usaría.

En cuanto terminaron de juntar a la familia en la habitación del niño y cambiaron las sábanas, estuvieron listos para pasar su primera noche juntos en lo que era una verdadera cama de matrimonio, finalmente, sin que nadie los molestara o preocuparse por llamados matutinos para tomar el desayuno en el comedor. Los últimos tres días habían sido prácticamente un paraíso, viviendo sólo para sí mismos sin responder ante nadie, pasando sus horas poniéndose al día con sus lecturas y disfrutando de su mutua compañía. Sentía que estaba cada vez más cerca de su final feliz.

Una vez Romeo dejó sus compras en la cocina, este se dirigió al colchón que había en el centro del salón y se acostó a todo lo largo a lo lado de Julieta. Le dio un rápido beso de saludo en la mejilla y luego se mantuvo acostado mirando el techo hasta que ella hubiera terminado de leer. Pero pasado un tiempo, a medida que Julieta leía acerca de la unión final de los queridos protagonistas tras la confesión, Romeo se puso de costado y le recorrió el muslo por encima de su vestido suelto. Julieta se abrió de piernas, siguiendo cada palabra entre distintas respiraciones. Las abrió y levantó las rodillas, dejando que Romeo se acomodara debajo de su falda.

Mientras sostenía el lector electrónico con una mano, Julieta entrelazó sus dedos de la otra con los de Romeo subiendo por su cintura. Sólo perdió el hilo de la lectura cuando percibió sus gruesos labios presionarse contra su ropa interior. La existencia de esa maldita cosa entre sus piernas que tantos problemas le habían causado a lo largo de su vida había sido fuente de tamaña incomodidad dentro de su propio cuerpo. No tenía idea de si lo aceptaría como una fuente de placer de no ser porque se trataba de Romeo, aunque prefería pensar que sólo era se merecía que esa tranquilidad por su parte. A final de cuentas, sin importar cuánto se elevara la tela como una tienda campaña debajo de su vientre, todavía seguía siendo una chica.

La boca de Romeo era insoportablemente cálida y húmeda. Siempre sabía adónde empezar a succionar su piel para activar los puntos correctos de su cerebro y hacerle perder el poco control que sostenía por los bordes apenas. En cuando los gruesos dedos penetraron en su interior a modo de preparación, humedecidos por una buena cantidad de saliva, se sintió abrazarlos con cuasi desaparición. Pero antes de que avanzara más Julieta se irguió lo más que pudo, sin querer perder ese contacto íntimo, y extendió la mano a lo que Romeo se disponía a meterle; se parecía a lo que ella tenía, pero un poco más pequeño y como si lo hubieran despellejado. No era nada que le hubiera gustado mirar, pero, claro, lo suyo tampoco era una lindura.

Las mujeres nacían con esas cosas, pero minúsculas, como delicados puntos que los amantes dedicados debían aprender a encontrar y estimular apropiadamente. Desde que volviera al tulpa de su abuelo en el suyo, ese botón estaba adquiriendo su justo tamaño para corresponder la forma que realmente debía ser suya. Mataría a cualquiera que dijera que todavía tener ese hueco vertical entre las piernas lo volvía a su Romeo en algo diferente a Romeo. Imbéciles. Pero al menos le complació percibir con sus dedos que con cada día que pasaban juntos la hendidura se estaba cerrando, consumiéndose a sí misma para entrar al molde.

Una parte de Julieta guardaba un poco de envidia por la facilidad con la que se estaba perfeccionando, mientras ella, si quería, debería recurrir a cirujanos y otros trucos absurdos para que el mundo supiera lo que ella tenía más que claro dentro de su corazón. Ese mal sentimiento la abandonó ni bien lo tuvo, y no sabía si era porque Romeo se lo había comido en el aire o porque ella misma se dio cuenta de que no tenía sentido albergar algo así, pero le pareció que su presa crecía entre sus dedos. De todas formas estaba segura de que era más grande que la última vez, esa mañana. Se detuvo un momento acariciándolo para pensar en una cita apropiada. Finalmente dio con una mientras Romeo se inclinaba a abrirle el vestido por detrás y descubrir su pecho, empezando a jugar con sus pezones como le gustaba.

-No te reprimas, amor –le dijo al oído, acordándose de las palabras exactas en un instante. Se conocía prácticamente toda la obra de memoria-. El yerro de amor trae eso consigo. Mis propios dolores ya eran una carga excesiva en mi pecho; para oprimirlo más, quieres aumentar mis pesares con los tuyos. La afección que me has mostrado añade nuevo calor al exceso de mis calenturas. El amor es un humo formado por el vapor de los suspiros; alentado, un fuego que brilla en los ojos de los amantes; comprimido, un cuerpo frustrado. ¿Qué más es?

-Una locura razonable al extremo –recitó Romeo al mismo tiempo que ella. Julieta le dejó continuar, pasando la mano de arriba abajo sobre él, aunque en realidad no había ninguna diferencia porque ella ya estaba lista-, una hiel que sofoca, una dulzura que conserva –Romeo le besó la mejilla-. Esa es mi línea.

-Entonces haberla dicho.

Romeo descendió por su mandíbula hacia su cuello, haciéndola acostarse sobre el colchón y tirando suavemente para quitarle el vestido por debajo.

-Amante sois –le dijo en un silencio que no lo era, privado-; pedid prestadas las alas de Cupido y volad con ellas a extraordinarias regiones –Le acabó de sacar el vestido, llevándose la ropa anterior que ya había descendido y se colocó entre sus piernas, poniéndole una almohada debajo para elevarla-. ¡Belleza demasiado valiosa para ser adquirida, demasiado exquisita para la tierra! –continuó con otra pieza que ya era sí su línea y Julieta jadeó porque esa era de sus partes favoritas. Era imposible no creerle, imposible no entender que decía la verdad. Le abrazó y le clavó las uñas cuando lo sintió empujar contra su entrada-. Como blanca paloma en medio de una bandada, de cuervos, así aparece esa joven entre sus compañeras. ¿Ha amado antes de ahora mi corazón? No, juradlo, ojos míos; pues nunca, hasta esta noches, visteís la belleza verdadera.

No dolía, no dolía, nunca dolía. Romeo se llevaba todo lo malo, incluso eso si ella se lo permitía y si quería. No le importaba encontrar un poco de sangre después, no importaba mientras nada, ni siquiera una menudencia como los límites de su cuerpo, interrumpiera el momento. En sus libros las noches de pasión jamás tenían inconvenientes más que para traer a la mesa innecesario alivio cómico, como la inoportuna visita de parientes, que ya había sufrido una vez y no volvería a repetir en lo que le restaba de vida.

Julieta intentó pensar en una correcta réplica, pero lo único que salió de sus labios fue un jadeo y un gemido al mismo tiempo. Sonó horrible, como el croar de una rana, pero Romeo empujó de vuelta desde afuera y la besó, rodeándole la espalda. Julieta casi deseó que no lo hiciera porque hacía más difícil acordarse de citas exactas de esa manera. Romeo no se rendía. Por supuesto, ella no quería que lo hiciera.

-Si mi indigno cuerpo profana con su contacto este divino relicario, he aquí la dulce expiación; ruborosos peregrinos, mis labios se hallan prontos a borrar con un tierno beso la ruda impresión causada.

“Será hijo de puta”, pensó Julieta. Se lo estaba dando en bandeja de plata. ¿Cuántas veces no habían repasado el primer encuentro? Y sin embargo tenías las palabras hechas un revoltijo en su cabeza. Frustrada, decidió correr suerte con algo más breve.

-¿Quién eres tú, que así, encubierto por la noche, de tal modo viene a descubrir mi secreto?

Era trampa y no le importaba. Romeo, ocultando una risa, volvió a desplazar sus caderas, la escuchó gemir y continuó.

-No sé qué nombre darme para decirte quién soy. Mi nombre me es odioso porque es contrario tuyo. Si escrito lo tuviera, lo haría pedazos.

-Ah… si mis parientes te encuentran acabarán contigo.

-Tus ojos son para mí más peligrosos que veinte espadas suyas. Dulcifica tu mirada y estoy a prueba de su encono.

Julieta buscó sus ojos y trató de hacer sólo eso. Ignoró a consciencia la pequeña vocecilla en su cabeza que le insistía que la mirada de Romeo era hermosa, desde luego, pero sólo en la superficie y abajo no había nada. Esta era una mentira, desde luego. No podía ser más que una mentira estúpida suya, como la de a veces creer que a Romeo dejaría de gustarle porque tenía un tobillo torcido o se había hecho un moretón en alguna parte. Debía ser una mentira porque entonces debería preguntarse qué carajo estaba haciendo.

No, él la amaba. Ella lo amaba. Eran los amantes que no se estrellarían contra el suelo para servir de moraleja a una familia de idiotas. Ya no tenía ninguna familia. Sólo eran ellos dos ahora. Julieta cerró sus párpados y echó la cabeza hacia atrás. Solos, no sola. Ella no estaba sola porque estaba con él.

-¿Me amas? –gimoteó-. Sé qué vas a responder; sí; y creeré en tu palabra. Mas no jures, que de eso se ríe Júpiter. Si me a-mas, decláralo lealmente; y si es que yo me rindo fácil no malentiendas pues seré más fiel que las que fingen mejor el disimulo. Debo decir que habría sido más recatada si no me hubieras sorprendido en la confesión de mi amor. Perdóname y no atribuyas ligereza de conducta a esta debilidad que te ha… descubierto la noche.

Un pájaro pío afuera de su ventana. Muchas aves piaban a las horas pasadas al mediodía, justo cuando todo el mundo quería dormir o tenía mejores cosas que hacer en sus camas. Romeo se inclinó de una manera específica y Julieta soltó un pequeño grito de sorpresa y placer, tensando los músculos de sus piernas.

-Mi… mi liberalidad es tan ilimitada… como el amor, digo, el mar; mi amor…, inagotable como él; mientras más te doy, más me queda. La una y el otro son… ah… infinitos.

Romeo no repitió su artimaña para poder besarla, sonriente, y decir como un asistente detrás de la cortina informando al actor.

-La nodriza llama desde adentro.

-Que se cojan mil demonios mil veces a la puta nodriza –Julieta jadeó, agarrándole las nalgas e impulsándolas a darles nuevamente adonde enviaba su cabeza directamente afuera de la atmósfera terrestre y no tenía que pensar en nada de la tierra-. No me has respondido…

Su amor se movió de vuelta. Julieta casi perdió la referencia de la siguiente cita.

-Yo quisiera ser tu pajarillo.

Gracias al cielo esa era sencilla.

-Yo también lo quisiera, dulce bien; pero te mataría a caricias. Adiós es un… pesar tan dulce que… ¡ah!

Romeo lamió por su cuello, succionando como uno de esos atormentados vampiros que debían restringirse para no hacerles daño a sus amadas en la cama. La asociación inmediata envió un nuevo estallido de placer por su cuerpo.

-Que no me importa nada… -masculló Julieta, oficialmente sofocada- si puedo pasar la eternidad diciéndote adiós.

El otro no le dijo que así no era el texto. Por el estado en que se encontraban las emociones y la razón de Julieta, en verdad lo mismo podría haber estado recitando Shakespeare que Luna Nueva. Para Romeo no habría habido ninguna diferencia.

Abi casi tenía la esperanza de que a la mañana siguiente todo hubiera resultado no ser otra cosa que un estúpido sueño. No había sido descubierto teniendo relaciones en una de las aulas por uno de los empleados de limpieza. No había sido expulsado de la universidad y definitivamente no había visto a Alex destrozar sus ropas al convertirse en una bestia potencialmente violenta. Pero cuando se levantó temprano, acorde a la alarma de su celular, en su sala todavía estaba el colchón que había comprado para cuando sus padres le visitaran y encima dormía el brujo por lo visto responsable de la creación de Alex.

Verlo fue como si alguien le abriera el estómago y viera sus tripas caerse al suelo. Por si eso no fuera poco, el celular no había dejado de vibrar con notificaciones del grupo de whatsapp de su curso y mensajes directos enviados por sus compañeros, preguntándole si era verdad que andaba practicando incesto y que lo habían echado. Ni siquiera podía imaginar cómo carajo lo supieron tan pronto, pero así era y no existía ninguna escapatoria posible al respecto.

Ra estaba echado con las piernas y brazos abiertos como si no le importara nada en el mundo. Llevaba sólo una vieja camiseta que no debía usar para otra cosa que para dormir porque se veía amarillenta por el desgaste y con agujeros bastante grandes para pasar los dedos. No llevaba pantalones y su ropa interior no hacía la gran cosa por ocultar la herida grumosa, sin duda de una quemadura, que le estaba subiendo por la pantorrilla. Abi notó que estaba iba todavía más arriba y hasta el principio del estómago, pero decidió no prestarle demasiada atención y lo cubrió con encima con la sábana que había pateado durante la noche a un lado.

Diez minutos más tarde, mientras el agua hervía sobre la hornalla, Abi volvió a inspeccionar al hombre para descubrir que sin duda era una de esas personas que no resistían tener nada encima durante el sueño. No lo despertó hasta después de haber tenido la mesa preparada para un desayuno básico, té y tostadas con mermelada a falta de cualquier otra cosa. Al principio Ra no reaccionó cuando agitó el costado del colchón inflable, de modo que Abi cometió el error de creer que estaría bien agitarle el pie para despabilarlo.

Lo consiguió a medias. Ra sin duda que se movió, pero para erguirse sobre el colchón como vampiro saliendo de su ataúd y dirigirle al rostro su vieja navaja. En ese simple movimiento Abi se sintió empujado hacia atrás y cuando miró se trataba de Alex, frunciéndole el ceño al brujo que recién abría los ojos, separando los labios para despegárselos uno del otro. Se frotó los párpados y los vio tal como habían quedado, Abi sentado sobre su trasero tras haber sido arrastrado por el tulpa y este acuchillado en frente, listo para saltarle encima a la menor oportunidad.

Ra se frotó los párpados, se percató de la navaja en su mano y pareció que no necesitaba más explicaciones.

-Un consejo de buena fe –dijo, dejando el arma a un lado y estirando un brazo detrás de su nuca y después el otro. Todavía tenía el cabello negro sujeto en su trenza pero los pelos  más sueltos cercanos a su cabeza se veían inflados y fuera de lugar. El brujo bostezó antes de seguir estirando sus dedos hasta sus pies al final de sus piernas juntas-. No sé qué hiciste, pero nunca intentes repetirlo con un nómada dormido. Lo vas a matar de un susto si no te mata él a ti. No es nada personal, pibe, es sólo que eso no se hace, ¿ves? Así como tú no juegas con fuego después de haberte bañado en gasolina.

Por un segundo Abi no pudo evitar pensar en su quemadura.

-No pasa nada –le dijo Abi a Alex. Notó de inmediato cómo su expresión volvía a la pasiva de antes y sus hombros se relajaban. Algo así siempre se había imaginado que serían los androides-. Andá a la mesa y prendé la tele.

Alex asintió y se puso de pie para cumplir la orden. Abi se volvió al brujo, que continuaba estirando distintos músculos y en esos momentos se concentraba en la cabeza sobre su cuello en un círculo completo. Abi casi esperó que le presumiera su nuca dando un giro completo, pero eso no sucedió.

-Vos también podés comer algo si querés –dejó dicho antes de marcharse.

Cuando el brujo apareció en su pequeña cocina-comedor, el brujo se había arreglado la trenza y absolutamente nada más. Desde el umbral, Ra señaló sus piernas desnudas. De nuevo, fue imposible no notar la piel herida y cicatrizada, sólo un poco cubierta por el fondo de su remera para dormir.

-¿Molesta? –preguntó-. Si lo hace puedo cambiarme la ropa en cualquier momento.

-No, está bien –dijo Abi. Si el brujo no estaba incómodo con andar exhibiéndose, él tampoco debería. Corrió hacia atrás su silla y empezó a levantarse-. ¿Querés que te sirva algo?

El brujo le hace un gesto de que no tuviera inconveniente y se dirigió hacia la alacena, buscando un vaso normal que luego llenó con simple agua de la canilla. Abi volvió a sentarse y Alex regresó la atención desde él hacia la pantalla de la televisión. Con su bebida simple, Ra se sentó a su única silla disponible y tomó una tostada cubierta con mermelada. Le dio una mordida pensativa, observando de uno a otro y cuando tragó dirigió su mano de uñas puntiagudas hacia Abi.

-¿Por qué tienes la televisión prendida si no le pones atención? Sabes que a él no le interesan las noticias.

Abi encogió los hombros girando su cabeza hacia Alex.

-Es por él solo. Si no está mirando la pantalla me mira a mí o a la pared. Me da cosa.

-Ah, ¿es así? Como dije, después de un tiempo para mí era lo mismo que un zapato. Lo que miraba o dejara de mirar, a menos que fuera algo peligroso, no me importaba.

Abi tomó un nuevo sorbo de su té y se frotó las sienes con cansancio.

-Bueno, para mí es obvio que no es un zapato –comentó, sin realmente tener ganas de discutir-. Es un chico que murió mal, por una cagada estúpida y una vieja hija de puta, ¿no?

-Sí –dijo Ra, ando un trago rápido-. Traté de revivirlo, como un imbécil. Se supone que al hacer uno puedo llenarlo con las características o personalidad que yo le formule, pero no funcione. Él no era así de buenito y dócil, ¿sabes? Ese sólo es la versión que se acabó acomodando a mí y ahora a ti.

-Si vos lo decís.

El celular de Abi vibró encima de la mesa. Abi lo tomó, vio por encima que se trataba de una nueva discusión del grupo de la universidad entre sus compañeros y lo apagó. Ya le había contestado a Pablo que había mentido acerca de que Alex fuera su primo, era una mentira tonta para no decir que era su “novio” y ahora el tema de discusión era cuántos se habían imaginado que tenía cara de puto o quiénes más lo parecían en el aula. Suspiró con ganas y se rascó la nuca. Todavía no tenía la menor idea de cómo iba a decirle a sus padres la noticia. No tenía mucho tiempo antes de que le enviaran el dinero para pagar la cuota mensual.

-¿Y bien? –dijo, empujando el aparato-. ¿Qué vamos a hacer?

No recordaba todo lo que habían discutido anoche pasada la madrugada y no tenía idea si culpar a la droga o qué. Recordaba más que nada haber dormido como un tronco, más profunda y relajamente de lo que tenía derecho después de haber cometido semejante error estúpido. Pero, aun así, sabía que el brujo era su única esperanza en el momento. Un trabajo. Dinero. Futuro.

-No sé si lo dije o no, pero ni en pedo pienso ir andando a vender droga.

-Lo dijiste. Varias veces. Y luego aclaraste que a lo mejor considerabas la prostitución.

Abi se encogió de hombros. Si no tenía otra opción, ¿por qué no?

-Mientras no acabe agarrando algo…

-Bueno, en mi línea de trabajo, con suerte ese no será el caso aunque, desde luego, no puedo prometer nada –Ra dio una nueva mordida a la tostada. Abi intentó, pero en serio no pudo decir si estaba hablando en serio o en broma-. ¿Qué recuerdas que te mencioné?

-Creo que algo sobre hacer trabajos para la gente. ¿Trabajos como maldiciones, hechizos, lecturas de manos y cosas así?

Ra puso una breve expresión de desagrado ante semejante sugerencia.

-Podría darte un muy largo, aburrido y complicado discurso acerca de cuánto más es la magia aparte de esos trabajitos tontos por parte de estafadores, pero no creo que ninguno de los dos tenga ganas de pasar por eso. Sólo digamos que mis estafas son un poco más elaboradas, y no tengo especial interés en incluirte en eso.

-¿Entonces?

-Bueno, realmente eso dependerá del precio y del cliente. También será en general trabajos benignos, de “magia blanca” –El brujo hizo las comillas en el aire y giró los ojos como si fuera una definición inapropiada, pero necesaria-, porque las medidas de seguridad para los de otros tipos son por lo general demasiado complicados y fáciles de echar a perder. Sólo para darte una idea, mi último trabajo consistió en liberar a una persona de la maldición que otra le había puesto. Una maldición fuerte, causada por encargo a alguien que se toma en serio todo el asunto, como yo. Fue hace… ¿tres años, cuatro? –Ra miró a Alex como buscando confirmación, pero este no despegó la mirada de la televisión y pronto el hombre se dio cuenta de la inutilidad de su intento, por lo que le desestimó con un movimiento de mano-. De modo que básicamente eso sería. Tú me ayudas trayendo a tu útil zapato casi viviente y yo me haría cargo de todo el trabajo mágico y demás. Tú no tendrías que agarrar una varita ni nada por el estilo. Yo tampoco lo haré. Las varitas suelen tener mayor efectividad en manos de las mujeres.

-¿Es todo? –inquirió Abi-. ¿Yo sólo llevaría a Alex? ¿Y qué haría él?

-No sé. ¿En qué crees que podría ser útil una criatura que absorbe malas energías y se convierte en una bestia completamente obediente capaz de atacar lo que sea que se le ponga en frente? ¿Sobretodo en un campo de trabajo en el cual muchas veces no puedes predecir lo que va a atacarte?

-Espera, espera. ¿Atacar? ¿Atacar cómo? ¿Qué cosa va a atacar eso?

Ra suspiró antes de dejar caer su mentón encima de su palma abierta.

-¿Por qué crees que te insistí en que me dejaras recuperarlo y así tú podrías olvidarte del asunto, pibe? Va a haber peligros, por supuesto que sí.  Especialmente si eres tan común y corriente como el hijo de vecino de cualquier ciudad posmoderna, adonde importa cada vez menos lo que la gente cree mientras no sea incoherente con el nuevo dios, los derechos humanos. Pero con un brujo de mi nivel al lado, sin ganas de presumir, y siendo el amo de un tulpa como ese,  deberías estar bien. Si quieres que te diga la verdad, estás en mucha mejor posición que muchos hijos e hijas de vecinos normales sólo por eso.

-Yo no sé si me creo eso, más con lo que me acabas de decir que cualquier monstruo podría salir en cualquier momento a hacerme mierda.

-Pibe, ¿es que todavía no lo comprendes? Cualquier monstruo podría atacarte en cualquier momento. Es una de las desventajas inherentes de vivir en este mundo. El monstruo ni siquiera tendría que ser producto de un ritual mágico o una fuerza sobrenatural para hacer lo que quiera contigo. Si es que nada tú has sido de los pocos afortunados que de hecho van a poder tener una mínima oportunidad para defenderse, mientras otros tienen que recurrir a la fortuna del momento o entregarse a su idea de la divinidad.

De pronto Abi empezaba a sentirse mal del estómago. ¿De verdad acababa de aceptar un trato con esas dimensiones? Pero no cabía darle más vueltas, porque eso era precisamente lo que había pasado.

-Vos sonás como si no le tuvieras mucha confianza a la gente -comentó, casi en un tono bromista aunque no tenía nada de gracioso-. No a todo mundo lo violan, lo asaltan o ese tipo de cosas ni bien se salen de casa.

-Si tú hubieras visto la mitad de cosas que yo, pibe, agarrarías cualquier posibilidad que se te presentara para estar a salvo -Movió sus ojos verdes un momento hacia el punto adonde tenía instruido mirar Alex y luego regresó a él-. Mira eso.

Alex lo hizo. Se trataba del noticiero informando acerca de un incidente que había sucedido recién ayer en una estación de servicio en las afueras de una provincia. Varias personas habían perecido, incluyendo una familia entera con cuatro niño, una madre con su hija y cuatro empleados de la estación de servicio. No podían mostrar el exacto estado en el que se encontraba la cafetería porque, según uno de los reporteros, “parecía sacado de una película de terror. Un espanto.” Lo único que podían mostrar era las ventanas destrozadas de la zona de cafetería y los cuerpos alienados en frente metido dentro de bolsas negras de plásticas, rodeados por policías hablando entre sí.  Las cámaras de seguridad habían sido destrozadas, de modo que los investigadores se hallaban en ascuas respecto a qué exactamente había sucedido a manos de quién o de qué manera. Lo que estaba claro era que los criminales habían tenido una especial saña con todas las personas presentes. Por la manera en que se encontraba el sitio algunos algunos ya sugerían que podría haber tenido la participación de alguna especie de animal porque los cuerpos presentaban heridas parecidas a garras y marcas de dientes gigantes.

El titular de la noticia era “Extraña masacre en cafetería.” Una de las reporteras, antes de que pasaran a la siguiente noticias, tuvo que comentar por lo menos tres veces que las imágenes eran demasiado horrorosas para que cualquiera las viera, en especial los menores de edad. Después de que todo en el panel hubieran expresado su correspondiente pena y confusión, la siguiente noticia de mano de uno de los hombres era con quién se la había visto a cierta celebridad argentina cuando todo el mundo sabía que esta estaba saliendo con otra persona conocida.

-Ahora imagina que tú hubieras estado ahí con nosotros al lado -dijo el brujo-. No sólo tú tendrías casi la seguridad de salir completamente ileso, sino que quizá habríamos sido capaces de detener al responsable antes de que causara mayores daños. Y fíjate que esas personas seguro eran inocentes que no creían en la magia más que rezar porque pudieran llegar a pagar las cuentas a fin de mes.

La verdad era que, puesto así, resultaba un extraño consuelo. Siendo de ese modo, quizá sí contaba con alguna ventaja. No tenía idea qué podrían haber pensado o sentido las personas víctimas de aquella situación, incapaces de defenderse de cualquier manera. Suponía que con esas condiciones, sólo había una cuestión más acuciante a la que prestar atención.

-¿Y qué onda con la plata? ¿Pagan bien al menos? No es por ofender, pero vos no parecés multimillonario tampoco.

-¿Qué clase de observación absurda es esa, pibe? Solo un idiota viajaría por ahí luciendo como un multimillonario -Negó con la cabeza, como renegando de tanta tontería-. Además. para algo sirven los bancos. Todo depende del trabajo y qué tan grande sea este, pero puedo asegurarte que por lo general es una paga bastante satisfactoria. Si a tus padres les preocupaba que pudieras acabar en la calle, con sólo un trabajo podrás pagar la renta de este departamento y encima devolverles algo de lo que gastaban en esa universidad tuya. Lo único que tengo que hacer es volver a contactar con cierta gente para anunciar que estoy de vuelta y las llamadas de auxilio deberían empezar a llegar.

Abi sólo estaba escuchando “debería” y “podría”, no certezas. Pero dada su situación actual y la magnitud de esas promesas, podía darle una oportunidad, al menos por un tiempo antes de rendirse y buscar trabajos más ordinarios, como atendiendo cajas registradoras o tomando órdenes en un restaurante. Al menos para cosas así no necesitaba experiencia ni títulos específicos. O pelear quién sabía qué clase de bichos.

Aunque él no iba a hacerlo, ¿verdad? Sólo serían ellos dos y él callado en la parte trasera, asegurándose de mandar sobre Alex para hacer lo necesario. Sonaba irritantemente pasivo (casi ofensivamente pasivo) llamar a eso trabajo, pero su estupidez le había cortado en seco los otros caminos que tenía. Abi se inclinó hacia adelante y puso cara de circunstancias.

-¿Ya tienes algo en mente?

Ra sonrió, complacido de que finalmente avanzaran hacia adelante.

-Todavía no, pero pronto. Anoche ya informé a unos pocos que se encargaran de esparcir la noticia. Ya me encargaré del resto.

Bien, entonces no había nada más que hablar hasta entonces. Abi suspiró y se levantó para dejar su taza casi vacía en el lavavajilla. De pronto una idea estúpida se le ocurrió y, cómo no, debía compartirla.

-¿Sabes? De todas las cosas que todos decían en jardincito qué querían ser, alguien dijo que quería ser un Auror o profesor en Hog…

-Pibe -le cortó Ra.

Abi se dio la media vuelta. El brujo tenía una expresión impasible en el rostro, pero lo que le había llamado atención se trataba del súbito cambio en la postura de Alex. El rubio había dejado de observar el televisor y su cabeza señalaba hacia la sala, como si fuera un perro que acabara de escuchar a un nuevo automóvil acercándose por la acera. No perseguía nada tan concreto, si es que la confusión en su rostro permitía descubrir pronto. Durante unos segundos nadie dijo nada. Luego Ra hizo un leve gesto con la mano que al principio Abi no supo interpretar, pero pronto razonó que se trataba acerca de que él debía ser quien reaccionara al tulpa.

-¿Qué pasa, Alex? -preguntó.

-Hay otro tulpa cerca -dijo Ra.

Alex asintió. Lentamente corrió la silla y se puso de pie. Miró a su dueño como pidiéndole permiso. ¿Para ir a su encuentro? Abi no estaba seguro, pero no quería un enfrentamiento si podía evitarlo.

-Muéstrame adónde está -ordenó en cambio.

Alex asintió y le tomó de la mano, llevándolo por la sala hacia su minúsculo balcón encima de la acera. Ra caminaba justo detrás de ellos y se recargó contra la barra metálica sobre el cemento, siguiendo, igual que Abi, la dirección del dedo de Alex hacia una esquina. Ahí una pareja de adolescentes se había detenido en sus pasos. No debían tener más de quince o dieciséis años por lo menos.

El chico, que por alguna razón llevaba una falda a motas blancas debajo de un top multicolor, se adelantó a su compañero (un muchacho negro más alto, ancho de hombros) para seguir igualmente la indicación que este le ponía elevando la cabeza y con su mirada. El chico se subió los lentes de sol que llevaba hasta encima de la cabeza. Cargaba sólo una pequeña bolsa de plástico que oscilaba de su flaco brazo, mientras el otro estaba cargado de ellos. En cuanto comprendió exactamente a dónde se hallaban ellos y lo que significaba que se hubiera descubierto mutuamente de esa forma, el chico le hizo un entusiasta gesto de saludo. Estaban cerca del mediodía, de modo que la calle estaba vacía.

El chico llamó a su compañero al lado y luego, mirándoles a ellos, señaló hacia el sol para describir un proceso descendente hacia el horizonte.

-A la tarde -descrifró Ra entre dientes.

Abi se sorprendió de ver la intensa fijeza que ponía sobre los dos jóvenes. El chico en la calle finalmente señaló al parque que estaba sólo a un par de cuadras del edificio. Por último, por si a alguien le quedaba la menor duda de cuál era su intención, levantó sus dos puños y los chocó entre sí. Ra asintió con un silencioso cabeceo. Como respuesta, el chico sonrió y se despidió de ellos alegremente antes de volverse al otro y decirle algo que ellos sólo podía interpretar como una nueva orden para que se marcharan. El muchacho negro sonrió y le dio un beso al otro antes de seguir por su camino, un paso detrás del otro. Las bolsas de compras abultaban a sus lados,pero cualquiera podría asumir que no le costaba el menor esfuerzo cargar semejante peso.

Ellos no se movieron de su lugar hasta que los vieron cruzar la esquina hacia la siguiente calle.

-Mierda -dijo Ra. Sus manos se cerraron en torno a la barra-. Esperaba que pasara algo más de tiempo antes de tener que encontrar a otro dueño -Le dio un golpe al metal chasqueando la lengua y volvió al interior. Abi, con Alex detrás todavía mirando sobre sus hombros, lo siguieron-. Esto puede ser problemático, pibe. Tu tulpa todavía no ha tenido tanto tiempo de fortalecer su vínculo como ese.

-¿Desde acá has podido saber eso? -preguntó Abi, antes de darse cuenta de cuán estúpido era seguir manteniendo el escepticismo después de lo que había visto ayer. Giró los ojos, frustrado consigo mismo y continuó-. ¿De verdad importa eso? No van a esperar que vayamos a pelear tipo Digimon, ¿o sí?

-Eso es exactamente lo que quieren -replicó Ra-. No habría dicho una hora y un lugar de esa manera si sólo quisieran charlar, ¿no te parece? Ese niño ni siquiera parecía sorprendido de que en la misma provincia resultara encontrar a otro tulpa. ¿O no te dio la impresión de que más bien andaba esperando hacerlo?

-¿Qué con eso? ¿No podemos decirles que se vayan a la mierda y ya? A mí no me han hecho nada y no me molesta que ande por ahí. No tengo nada para darles.

-De ti no sacarían nada, pibe, pero sí de lo que tienes al lado -Ra dirigió a Alex una mirada intensa, casi molesta-. Has mencionado a los digimon. Bien, siguiendo con tu comparación, dime ¿qué pasa cuando esos monstruos pelean entre sí?

-No -dijo Abi, entendiendo al punto a lo que se refería-. Me jodes. Me estás jodiendo. No me podés decir ahora que ellos digievolucionan peleando.

-No, a menos que el dueño quiera que cambien a una específica forma. Voy a apresurarme un poco y concluir que ese tulpa no era un negrito rubio de ojos azules originalmente. Siendo así, debe buscar a otros tulpa que poder devorar y así poder hacer todavía más. A lo mejor quiere volverlo un blanco también.

Abi se había quedado atascado sólo en una palabra de toda esa diatriba.

-¿Cómo devorar?

-¿Cómo cómo? Devorar, pibe. Como tú con cualquier comida que tragas. Los tulpa no necesitan comer otra cosa que la porquería de sus dueños y unos a otros. Es la única manera de que tengan más poder -Ra se volvió a su mochila, saltando encima del colchón y buscó en su mochila en el suelo. De ahí sacó un celular demasiado grande y morderno para lo que Abi habría esperado, y consultó el reloj-. ¿A qué hora suele caer el sol por aquí?

-Las siete, más o menos -Abi contestó automáticamente.

Miraba a Alex y recordaba sus enormes mandíbula. Recordaba pensando qué fácil le habría sido arrancarle la cabeza a cualquier persona si él lo quisiera. Aparentemente esa apariencia no era sólo para intimidar agresores o para protegerlo.

-No van a usar el forum, ¿verdad?

-¿El qué?

-¡Pibe, reacciona! -Ra chasqueó los dedos en frente de sus ojos y Abi parpadeó, sorprendido-. El forum -siguió con calma-. Ese gran salón que alquilan para eventos. ¿Va a estar vacío o no? Vamos a necesitar el espacio si vamos a hacer esto.

-Creo -dijo Abi, sintiéndose torpe y lento-. Aunque no sé, yo… creo que tienen un registro de esas cosas en línea.

-Bien, ¿puedes investigar eso? El parque es una opción porque hay espacio abierto, pero todavía nadie nos garantice que no pase nadie en un momento en que no debería y tengamos problemas.

-Creo que sí -Con las piernas tambaleándole debajo, Abi se dirigió hacia su pequeño escritorio en su habitación y subió la laptop que guardaba en su estuche al lado. Conectó la batería y encendió el aparato como un autómata-. Che… ¿no crees que de verdad quieren pelear con esos monstruos, o sí?

Le puso la contraseña a su sesión sin mirar el teclado. Ra se pasó la mano por su rostro.

-Pibe, ya sé que estás en terreno nuevo, pero repitiendo preguntas de cosas más que un poco obvias no te va a ayudar en nada. Especialmente con un chiquillo así. Nos dio la localización de un lugar público sabiendo que era bastante posible que hubiera personas y pudiera haber problemas. Está claro que no le importa otra cosa que tener a tu tulpa y, siendo así, lo mínimo que podemos hacer es cubrir los máximos daños posibles. Lo bueno es que nos quedan unas horas. ¿Ya entraste?

-Sí… -Abi abrió el enlace del sitio y resaltó el calendario oficial de actividad. El cuatro con la fecha del día de hoy estaba vacío. Trató de formular un propio pensamiento. No pudo-. No habrá nadie.

-E imagino que va a estar cerrado con cerradura, ¿no? Quizá con guardias también.

-Supongo…

-Bien, no va a haber problema entonces -Abi se sobresaltó cuando su amplia palma cayó sobre su hombro-. No te preocupes, yo me encargo de eso. Con un poco de suerte nadie tendrá que enterarse de nada. Ahora necesito que te lleves a tu tulpa a la cama y juegues con él como siempre haces.

-¿Perdón?

-Bueno, como se diga aquí. ¿Coger? ¿Follar? ¿Copular? ¿Hacer el amor? Como sea. Eso. No sé cuánto podría servir, pero es una manera tan buena como cualquier otra de que reciba un subidón de energía en poco tiempo. O el tiempo que a ti te tarde ponértela dura y acabar.

Abi se levantó de su silla. No sabía si estaba más consternado o indignado, pero antes de que pudiera vocalizar cualquiera de esas dos emociones Ra se adelantó.

-Necesitamos que fortalezcas tu vínculo. Como está ahora todo habrá terminado en menos de diez minutos y, me disculparás, pibe, yo no pienso quedarme a recoger lo que quede -Cruzó los brazos en actitud orgullosa y arqueó una ceja-. Otra opción sería inducirte un montón de pesadillas durante tres horas, que parecerán trescientos años para ti, y dejar que el tulpa se alimente de ellas, pero eso podría dejarte un estado mental inconveniente más tarde, de modo que vamos a pasar de eso.

-Mi dios, lo decís en serio.

-De acuerdo, pibe, ¿ves ahora por qué te decía de entregarlo de vuelta? Ahora es tarde para eso porque si resulta que si tú lo liberas y le doy a comer mi nombre, volverá al primer nivel y todo este tiempo que ha estado contigo habrá sido nada y todos estaremos más que un poco jodidos. Yo porque tendré a un tulpa que ni siquiera podrá transformarse y tú porque, si he de ser honesto, no voy a estar contento con la persona que me haya forzado a semejante situación. Diría incluso que voy a estar enojado con esa persona. Los dos estamos metidos en esto y no vamos a salir de ello escapando. Tan fácil como ese chiquillo te encontró ahora te va a encontrar adonde sea que vayas. De modo que afuera los calzones, anda.

Abi dio un paso hacia atrás y se espantó cuando su espalda tocó el frente de Alex, que seguía todo el intercambio con la misma atención indiferente que las noticias.

-Vamos, es por eso que te expulsaron a fin de cuentas, ¿no? -siguió Ra-. Y me apuesto algo que ni siquiera fue la primera vez que se te ocurrió experimentar algo así, ¿no es verdad?

No quiso responder. Ni en broma le andaría contando intimidades así a lo que no era después de todo nada más que un extraño. Ra suspiró con cansancio y se volvió a la puerta, volviéndose a verlo con la mano en la manija.

-Voy a salir a conseguir el almuerzo. Tardaré un buen rato así que siéntete libre de hacer lo que quieras. Pero tampoco te sientas cohibido cuando me escuches llegar. Tengo mis años, pibe, y dudo seriamente que tengas o hagas nada que no haya visto o tocado por mi cuenta. Todos somos adultos aquí y vamos a comportarnos como tales. Tómate tu tiempo.

En cuanto acabó su recomendación, Ra cerró la puerta. Momentos más tarde, luego de que Ra lograra vestirse, Abi escuchó la puerta del pasillo exterior de su departamento siendo abierta o cerrada. Sólo por si acaso, Abi se asomó al exterior para asegurarse de que en verdad se había ido. El sitio parecía desierto. Cuando empezó a cerrar de nuevo la entrada, Alex se recostó contra él y Abi no pudo evitar una súbita corriente de deseo subirle por la espalda al percibir la dureza de su entrepierna presionando su costado.

Abi bajó la cabeza hacia él y se fijó en sus labios siempre dispuestos a recibirlo en todas las formas en que deseara ofrecerse, degustando cada parte de su cuerpo con el mismo deseo que servía de reflejo (que quizá era, habría sido más apropiado) reflejo del propio. Ra tenía razón en algo; no tenía ningún derecho a hacerse el virgen dulce e inocente que no se enteraba de nada. En verdad, de todas las cosas que había pasado en los últimos tiempos, tomar placer físico no iba a ser la novedad. Abi se inclinó y le rodeó la erección encima de la tela de los boxers blancos, sintiendo su calor.

Le hubiera gustado que fuera un compañero de verdad, aun así. Uno que le dijera qué le parecía que quisiera utilizar su cuerpo de esa manera y al cual pudiera decirle a su vez que quería ser utilizado. Alguien que no estuviera forzado a hacerlo debido a la presión de las circunstancias o porque percibía que él lo necesitara. Los primeros días habían sido divertidos justamente por el acuerdo falso e instantáneo, pero pronto Abi empezó a extrañar otros factores que había tenido en sus relaciones pasadas, sin importar la calidad o brevedad de estas: tener conversaciones sin que las iniciara él, compartir opiniones, días en las que todo no se le diera tan fácil. Todavía no estaba oficialmente aburrido de Alex (dudaba que alguna vez pudiera hacerlo), pero las diferencias estaban y se le aclaraban cada vez más con el paso del tiempo. Paso a paso cayeron los dos sobre la cama y, como siempre, Abi se colocó encima mientras desnudaba a Alex de la escasa ropa que había usado para acompañarlo para dormir. Su propio corazón palpitaba para suplir las necesidades enviadas por su cerebro erotizado por la exhibición del cuerpo masculino y su deseo de poseerlo, como fuera que se le permitiera.

No controló el momento ni planeó los minutos. Para cuando volvió Ra y sus pasos se dejaron escuchar por el departamento, Abi todavía estaba en el interior de Alex y apoyado sobre su espalda, empujando contra sus nalgas. De repente le invadió la duda sobre si el brujo podría escucharlo desde afuera y así tener prueba empírica además de la suposición de lo que simplemente estarían haciendo. Como nunca había invitado a compañeros para comprobar algo así, la verdad no tenía idea de si sería así. Siguió actuando, decidido a ignorar la cuestión, pero la cuestión siguió presente de todos modos y lo acompañó hasta el final.

Mientras los dos empezaban a vestirse, se percibía en el aire el dolor de carne calentándose en la hornalla. A pesar de su hambre, en cuanto Abi salió de su habitación se sintió un poco avergonzado al mirar al brujo que cocinaba dándole la espalda. La mesa ya estaba preparada con dos platos, una jarra llena de agua y dos vasos todavía húmedos después de haber sido limpiados.

-Fueron dos horas que me he ido -informó el brujo. Abi se acercó a ver que estaba friendo un par de milanesas y, con todo, no pudo evitar un retortijón hambriento al verlos-. Dime que estuviste ocupado durante esas dos horas.

Abi se sentó a la mesa y enterró su cara entre sus manos. Alex pasó por detrás para sentarse justo a su lado.

-Sí. Che, pero decime… ¿va a ser esto algo normal contigo? ¿Vos metiéndote en mi vida sexual, preguntando adónde la pongo y esas cosas?

-Pibe, hablas como si tuvieras una vida sexual tan interesante. ¿Crees que me gusta ser vouyerista y escuchar cada rechinido de tu cama? Todavía hay tiempo para inducirte esas pesadillas de trescientos años si realmente estás cansado de jugar con tu tulpa -Abi no respondió-. Eso pensé. Además ¿qué te dije sobre ser adultos? Ya eres grandecito para andar apenándote por hacer algo que todo mundo ya desearía hacer más seguido o mejor.

-¿A vos te gustaría si fuera tu caso? Si te dijera “tenés que acostarte con esta persona o posiblemente vas a morir de alguna manera horrible.” ¿Se te levantaría así de fácil?

-Eh, no confundas, pibe. Eso no es una persona. Puede parecerlo, puede escucharse y puede coger como una, pero no lo es. Pero todavía lo haría, si estuviera seguro de que va a servir de algo.

-Pero… -empezó a preguntar Abi y se calló antes de acabar. No había pensado bien al querer devolverle la situación si el tipo de hecho era siquiera capaz de mantener relaciones. Se dijo que era un idiota por semejante descuido. ¿Quién no le decía que no era para Ra como comerse un banquete en frente de los pobres?-. Nada, no importa.

-Puedes preguntar por ello, pibe -dijo Ra, provocando que Abi deseara con más fuerza haber tenido la boca cerrada. De verdad que no era su asunto, incluso si el tipo podía ser entrometido. Y sin embargo, una parte curiosa de sí quería escuchar lo que tuviera que decir y por eso no hizo nada por impedir que el hombre siguiera el curso lógico de la conversación-. No hay nada ahí abajo. Castración a fuego. Supuesto castigo por un supuesto crimen. Y digo supuesto castigo porque los idiotas no se esperaban que tuviera magia y, atontado por la anestesia que me habían puesto, sólo conseguí que fuera peor de lo necesario. Fue mi culpa, en verdad. Me engañaron como a un tonto. Pero está bien, ¿sabes? -El hombre dio vuelta a la milanesa y el sonido del empanizado friéndose en el aceite casi ahogó su exhalación-. Puedo hacer otro montón de cosas y hacerlas muy bien, si se me permite decirlo. Podría hacerte gritar como una perra si lo quisiera.

-Por dios -musitó Abi-. ¿Lo decís en serio?

-Claro que sí. ¿Quieres comprobarlo?

-No, boludo, esa historia. ¿Cómo carajo…?

-Lo sé, pibe. Sólo intentaba quitarte esa cara de horror que sé que tienes encima. Es una sencilla historia. Me metí con la persona que no debía y esta clamó que fue violación para que no viera tan mal por su parte. Su familia era poderosa entonces y, claro, no podía quedar impune.

-¿Pero lo hiciste?

-No.

Y eso era todo lo que iban a decir cualquiera de los dos al respecto. A los dos le pareció más que bien, incluso si el más afectado había sido quien había traído el tema en primer lugar. En cuanto la comida estuvo lista para servir, Ra llevó una fuente con las milanesas humeantes encima de una capa de servilletas de papel para absorber el aceite. Le sirvió un pedazo a Abi antes de hacerlo consigo mismo.

-Gracias -dijo el más joven.

Cortó un pedazo y lo acercó a su rostro para soplar. Olía de manera tal que sentía a su boca humedecerse en anticipación.

-Agradécete a ti mismo. Pagué con tu tarjeta -Ra masticó despreocupadamente su porción y señaló con el tenedor hacia la sala-. Dejaste tu billetera en el sofá.

-Ah, bueno. Menos mal que la encontraste, ¿no? ¿Y qué pasó con esa plata que supuestamente tenés en el banco?

-Todos los centros de depósito estaban cerrados. Relájate, pibe, te lo pagaré más tarde. Si es que todo sale bien con ese niño y su tulpa.

Abi por un segundo había llegado realmente a olvidarlos. La inmediata idea de que tal vez estaba teniendo su último almuerzo en un largo tiempo le hizo dudar de que fuera capaz de seguir comiendo un bocado más.

-No te preocupes, pibe -dijo Ra, sirviéndose una segunda porción de la carne humeante-. Todo va a salir bien. Deja que nosotros nos encarguemos de todo.

-¿Te lo dijeron tus cartas, que todo va a salir bien? ¿No podés consultar?

-Ya te he dicho, las cartas sólo cuentan uno de miles de caminos posibles. De nada sirven las cartas si al final decides hacer nada. Pero no me hace falta. Es un chiquillo que quiere un novio a su gusto, nada más. Debería ser fácil.

-¿Vos crees? Porque mira que ese chico debe tener una idea mucho más clara de lo que esperar que yo.

-Y vos me tenés a mí -Ra sonrió por el uso de su porteño-. Termina de comer y vuelve a la habitación. Tu tulpa va a necesitar toda la ayuda que pueda obtener.

—-

Julieta no podía sino ir prácticamente a saltos por el camino de vuelta al departamento adonde vivían. ¡Eso había sido más sencillo! ¡Mucho más sencillo de lo que esperaba! Lo único que se le hacía algo extraño que fueran dos personas con el tulpa y ninguno de los pareciera confundido por su breve intercambio. Romeo le había dicho que cada uno de ellos sólo podía servir a un amo por vez, de modo que sólo uno de ellos podía ser el dueño y el otro un amigo pero los metidos en el asunto. No hacía ninguna diferencia quién era quién porque de igual forma no iban a durar mucho. Romeo lo sabía; el tulpa de ellos sencillamente tenía todo por envidiarles a ellos, que contaban con duros y largos años desarrollando su relación, mientras aquellos se notaba a la legua eran sólo unos principiantes. No tenía idea de cuál era esa gran diferencia, pero si Romeo lo decía no podía tratarse de otra cosa que la verdad. ¿Por qué su amor iría a mentirle?

Y según él, sólo necesitaban a uno. Con haberle ganado a uno serían prácticamente imparables y Romeo ya no tendría límites para lo que pudiera hacer. Sería todo lo que ella quería, cuando quería ¿y si cambiaba de opinión a los minutos más tarde? Serviría igual. Todavía tenía la sonrisa pegada al rostro cuando llegaron a su casa temporal y no pudo dejar en paz a Romeo mientras este se dedicaba a cocinar la pasta con la salsa tal como le gustaba. Algunas gotas de salsa caliente o de agua hirviendo cayeron sobre la piel de Romeo, atajando las que estaban de camino a caer en la suya mucho más delicada, y Julieta le adoró por eso.

Como ahora oficialmente se trataba de una ocasión para celebrar, Romeo se encargó de ponerse las ropas que acababan de comprarse y ayudar a Julieta a prepararse dentro de la suya. Luego puso velas adentro de candelabros que la familia debía haber conservado como reliquias familiares, dentro de cajas y protegidos por papel, del mismo modo en que su Romeo había sido guardado en una jaula de cristal antes de que ella apareciera para devolverle la vida: el comienzo de su historia. Pusieron cubrecamas sobre las ventanas y apagaron todas las luces para dejar que las pequeñas llamas fueran las únicas que los iluminaran. Por desgracia el mantel más bonito de los que disponían en el departamento eran aquellos de diseños navideños y rompían un poco el humor que quería presentar, pero al menos eran agradables a la vista.

Ellos también debían prepararse para el encuentro, de modo que Julieta sólo dedicó una media hora más o menos a tener su conversación de coqueteo usual después de haber terminado su plato frente al vacío de Romeo. Se rió muchísimo cuando Romeo le dijo que se veía linda cuando tenía las mejillas llenas. Cada vez que la salsa llegaba a mancharle cualquier parte del rostro, él se dedicaba a limpiársela suavemente con su dedo y lamerse la porción de encima. No podía entender cómo nadie podría ser feliz sin tener a su propio Romeo al lado.

Luego de que él limpiara los platos y recogiera la mesa (sus manos eran demasiado delicadas y hermosas para arriesgarse a que se las arrugara innecesariamente, según él), Julieta rebuscó en el armario de la vajilla por la caja que había guardado ahí desde que decidieran tener su habitación en la sala, lo bastante cerca de su mano cuando le fuera necesario. Adentro estaba una pistola de su abuelo que había encontrado en el escritorio de este cuando era pequeña. No creía que sus padres hubieran sabido alguna vez acerca de ella porque jamás escuchó que alguien la mencionara. Era lo bastante pequeña para caber dentro de un bolsillo y una bolsa pesada de tela llena de las diminutas balas doradas, coloreada en plata y con un grabado con el nombre del hombre a lo largo del canón. A lo largo de los años había tenido tiempo de investigar en Interner acerca del mejor cuidado del arma, descubrir de qué tipo se trataba y cuáles eran sus limitaciones.

A pesar de que no creía que le fuera imprescindible teniendo a Romeo, se sentía mejor contando con esa defensa extra bajo la manga. Se las había arreglado para practicar tiro unas cuantas veces sin ser descubierta (afortunadamente el terreno de sus padres se extendía en un parque trasero bastante amplio y lleno de árboles), y estaba orgullosa de la cantidad de peluches y latas que había podido atravesar a una distancia progresivamente mayor. Su mayor triunfo, el último que consiguió antes de que se concentrara en sus secretos, planes de escape y aparentar ser el hijo que sus padres querían, había sido a tres metros, atravesando los troncos marcados en un el punto deseado.

Desafortunadamente la terraza del edificio no era lo bastante grande para permitirles de esa misma forma, pero todavía serviría. Romeo llevaba en su frente y el pecho, encima del corazón, un par de equis hechas con lápiz labial de la madre muerta. Julieta controlaba con el reloj del celular del niño (su propio celular se cargaba abajo) para saber que tendría sólo un par de horas de práctica de tiro antes de seguir a otros ejercicios. Se preparó encima de sus zapatillas (que no eran su estilo pero, dentro de todo, era lo más cómodo que poseía) y apuntó primero hacia la cabeza. No era la primera vez que lo hacían.

Romeo mantuvo intacta su sonrisa de ánimo y apoyo incluso momentos antes de que la bala penetrara en su cráneo. Entonces se tambaleó un poco sobre sus pies y se vio empujado contra la pared a sus espaldas, una continuación del edificio que tenían justo al lado. No se preocupaban por el sonido de las explosiones. La gente podía mirar, escuchar y denunciar lo que quisieran a quien quisieran. Después de esa noche irían en busca de otros objetivos en lugares mucho más pintorescos, a lo mejor en el extranjero. Pasear bajo la Torre Eiffel y descender por Viena en una góndola mientras Romeo susurraba una balada en su oído, probando las comidas más deliciosas, quedándose en los hoteles más elegantes, sin importarles nada de lo que sucediera al resto del mundo. ¿Cómo no iba a ser perfecto si se trataba de ellos dos?

Julieta esperó a que Romeo se pusiera de vuelta en pie, habiendo dejado caer la bala usada en su mano en tanto su cuerpo regenerándose la expulsaba. Luego la dejó segura en un bolsillo cerrado por un botón de su pantalón y Julieta volvió a alzar el arma, esta vez apuntando al pecho.

“El aguijón de Cupido”, pensó Julieta. Era como llamaba a su pistola dentro de su propia cabeza. ¿Cuánto iba a doler cuando se lo hiciera a otras personas? Una bala tan pequeña. A juzgar por la forma en que el cuerpo de Romeo en su estado normal reaccionaba, la fuerza de este serviría incluso si la bala en sí no era especialmente letal.

Al final tuvo quince aciertos de entre diecisiete intentos. Era mejor de lo que esperaba. Luego tuvieron una práctica para las habilidades de Romeo en su otra forma, la que no era tan linda pero sin duda mucho más útil. Vivir en un edificio tan alto tenía sus ventajas. Julieta había ideado tirar cosas de diferente tamaño y peso por el borde (una vasija, un estéreo, el teléfono inalámbrico fijo, entre otros objetos), con el único objetivo de que Romeo lograra atraparlos y tráerselos de vuelta lo más intacto posible.  De cierta manera resultaba divertido, como jugar a la pelota con su perro, pero tuvo que regañarle cuando no logró atajar a tiempo la laptop y esta se estrelló contra el suelo, espantando a un gato para subirse a un árbol de la otra calle y no despegarse de ahí.

Cuando ya estaba una hora para la hora de su reunión y el sol ya comenzaba a inclinarse para el costado de la tierra, Julieta encargó a Romeo que devolviera todo al departamento (como igualmente había sido él quien había traído la mayoría) mientras ella se deshacía de su ropa bonita y lo esperaba acostada en su cama matrimonial. Conocía la importancia de fortalecer lazos tanto como la próxima dueña de tulpa y una hora, aunque limitante, tendría que ser todo en lo que se dedicaran para fortalecer el suyo.

Las luces de las velas fueron nuevamente encendidas a una simple orden y ninguna luz molesta del sol apareció para perturbarles mientras se volvían a envolver en los brazos del otro, Julieta sintiendo que sus cuerpos juntos debía ser la imagen más esplendorosa en la que cualquier artista podría haber posado sus ojos. ¿Qué hombre no quisiera tener a una mujer como ella, que llegaría al extremo de matar a su familia sólo por el placer de poder estar a su lado sin miedos? ¿Y qué mujer no iba a matar por estar recibiendo una mirada la mitad de fervorosa, la mitad de dedicada y la mitad de amorosa que la que ella recibía por parte de su amado?

Muchas veces creía que no se merecía tener tanta suerte, no ella, la simplona amante de los libros, Julieta, encerrada desde el nacimiento en el cuerpo y con el destino designado que no le correspondía. Pero la mayor parte del tiempo no le importaba y se mantenía satisfecha de cómo le habían resultado las cosas, finalmente a su favor.

Se pasaron fortaleciendo su vínculo hasta que el celular del niño muerto sonó y vibró. Apenas lo escucharon, Julieta e inmediatamente después Romeo, los dos soltaron un largo suspiro de frustración. ¡Y justo que estaban por llegar a la mejor parte! Romeo se estiró y movió un poco la cubierta sobre la ventana; el cielo estaba oscuro, morado en un extremo y un anaranjado bastante apagado del otro. Luego miró a Julieta con expresión insegura. Ella sabía que con sólo una palabra suya podrían seguir tranquilamente hasta el fin de los tiempos y olvidarse del enfrentamiento. El problema era que ellos lo necesitaban, y así negó con la cabeza tristemente.

Se vistieron el uno al otro sus ropas cómodas y de marca. Luego Romeo la ayudó a arreglarse el cabello hacia arriba como más le gustaba, sosteniéndole el espejo para tener su aprobación antes de que se fueran, tomados de la mano, hacia el parque. Cuando Julieta había señalado espontáneamente ese parque sólo pensaba en el espacio abierto más cercano que no consistiera en una peatonal en la que habría sido demasiado fácil que la policía llegara lanzando disparos de emergencia para calmar la conmoción. No temería por su vida ni siquiera en ese escenario, pero no iba a hacerle el asco a la posibilidad de ahorrarse más problemas de los que necesitaban.

En cuanto llegaron, las tres personas que habían contactado desde la calle hasta su balcón ya estaban ahí, sentadas en uno de los bancos esperándoles. De inmediato le quedó que el rubio de cara guapa debía ser el tulpa porque éste fue el único que se levantó, alertado por su presencia incluso antes de que ellos aparecieran por la esquina. Uno de ellos era un chico de piel tostada no mucho mayor que ella y que parecía a punto de echar la comida en cualquier momento. Lo descartó de inmediato como fuente de cualquier amenaza y en cambio se concentró en el otro, el mayor, el más… oscuro.

No estaba enfermo ni les veía con otra cosa que como si fueran cualquier tipo de personas; no había la condescendencia con la que sus propios padres solían tratarla, no estaba la superioridad evidente y presumida con la que sus niñeras le prohibían a jugar lo que ella más quería cuando era más joven y faltaba incluso el miedo fundamental de ver potenciales enemigos mortales. Esta última consideración acabó de irritarla, se sentía como un menosprecio de su valor. ¿Seguiría pensando así de saber lo que habían dejado en su casa y además lo hecho en la cafetería y el departamento? Pero también debía ser precavida respecto a este. Parecía ser el único que tenía una idea clara acerca de la situación.

-Perdonen la tardanza, tuvimos que preparar algunas cosas –dijo Julieta, extendiendo su brazo.

Romeo empezó a sacarse la camiseta que llevaba encima y el sujeto de la trenza se adelantó.

-No lo vamos a hacer aquí –declaró con aparente autoridad, como si no fuera a aceptar discusión al respecto.

-¿Por qué no? –preguntó Julieta.

Romeo continuó desabotonando su pecho. Él no iba a obedecer a nadie ni nada más que su palabra, no importara cómo ese tipo decidiera darse importancia. Por el rostro del mayor pasó una leve señal de disgusto y ella, tan acostumbrada a verlas y sentirlas en su piel, pudo atraparla en el acto y odiarlo un poco en retribución. Más que una leve mirada de reconocimiento, actuaba como si sencillamente Romeo no estuviera ahí.

-Cualquier momento pueden pasar personas por aquí.

-Y bueno ¿qué esperas que hagamos? –Julieta levantó una mano y Romeo se detuvo, dejando intacto recién el último botón-. No vamos a subirnos a un auto para pasar dos horas hasta llegar al campo.

-No, pero podemos ir a otro sitio. ¿Conoces el fórum? Es un sitio cerca de aquí que suele ser alquilado para eventos públicos y convenciones. Nosotros nos metemos ahí y dejemos que los tulpa lo arreglen. Con suerte lo único que dejaremos atrás será una o dos ventanas destrozadas y nada más.

Julieta no había oído nada sobre sitio semejante, pero, por supuesto, ellos sólo habían pasado dos días en la provincia y más que nada habían aprendido a conocer las mejores tiendas, las cafeterías con los mejores dulces y alguna que otra heladería. Se encogió de hombros como para dar a entender que le daba igual una alternativa que la otra en lugar de darle la razón a ese hombre.

-¿Queda demasiado lejos? –inquirió, cruzándose de brazos.

-Queda a una cuadra de aquí. Podemos ir caminando.

Julieta miró al grupo. El hombre los miró de vuelta. Por fin el hombre aceptó que ella no era ninguna confianzuda tonta y les dio la espalda para iniciar el camino. Ellos dos emprendieron el camino a unos pasos detrás de ellos. Pronto se le hizo evidente que el tulpa rubio buscaba la cercanía del que lucía pinta de enfermo y caminaba algo encorvado, como conteniéndose el pecho en su sitio.

-¿Vos sos el dueño? –preguntó y sintió rechazo por esa voz natural.

Odiaba su acento jujeño, que se le había conseguido pegar a pesar de que sus propios padres siempre habían tenido una dicción correcta. Ninguno de sus héroes románticos era un jujeño y decían “vos” en lugar de “tú.” Cuando se trataba de hablar con Romeo podía hablar libre y controladamente como quisiera, pero cuando al interactuar con otras personas su origen se asomaba y era como si la gente pusiera más atención de la debida a la falta de pechos encima de sus vestidos y faldas. El joven al cual se dirigió sufrió un sobresalto, como si hubiera esperado que pudiera pasar como una entidad no existente durante toda la noche, y miró atrás.

En su mirada había miedo. Eso le gustó. El chico le gustaba y este le respondió con un simple cabeceo.

-¿Y qué es el otro? –siguió inquiriendo, elevando la nariz para señalizar.

El chico observó de reojo al sujeto, esperando que este interviniera, pero debía tener tanto interés como él en iniciar conversación porque siguió caminando en completo silencio.

-Un amigo –respondió al fin el chico, de forma escueta.

Julieta se le acercó un poco más. Ella no le causó ninguna reacción, pero vio claramente cómo adelantaba un paso y aumentaba un poco la velocidad cuando Romeo la siguió justo detrás. Era gracioso, como un perro asustado del palo, y Julieta sonrió, incluso delante de la mirada atenta del rubio.

-¿Él fue el que te lo hizo? –quiso saber, y señaló al tulpa por si quedaba la menor duda de a qué se refería-. Es lindo. Al menos la versión de ahora. Es obvio por qué alguien querría tenerlo para sí.

-Él no me lo hizo. Yo sólo me lo encontré de casualidad. Es de casualidad que estoy aquí.

-¿En serio? Pues has salido con suerte vos. El mío era originalmente sólo de mi abuelo, se lo trajo como un regalo a sí mismo desde África hacía mucho tiempo, cuando todavía ni conocía a mi abuela. Cuando él murió íbamos a tenerlo como una momia para contemplar en la sala, pero mamá pensó que era muy “morboso” y lo guardó en el cuarto con el resto de basura vieja que cuesta mucho pero a nadie le gusta mirar –Sonrió hacia Romeo y se inclinó hacia él, dejando que este le rodeara el hombro con un gesto que ella quiso ver como signo de agradecimiento por haberle salvado-. Vos no te lo creerías viéndolo, ¿no? , pero era un esqueleto cuando lo encontré por primera vez solo y mi abuelo ya llevaba un mes sin estar cerca.

-Me lo creo –comentó el chico y volvió la vista al frente, por lo visto perdido el interés.

Julieta resopló, pero al final ni siquiera le importaba tanto para ofenderse en serio. ¿Para qué? Dentro de un rato estarían muertos. Después de haber atravesado un camino de piedras grises, se encontraron en frente de un amplio edificio blanco en cuya fachada en la parte superior había un enorme letrero que pasaban videos comerciales mudos en una eterna repetición. Julieta no vio ninguna llave, pero sólo bastó un segundo para que el hombre de la trenza abriera la puerta principal y se hiciera a un lado para dejarlos pasar.

Las luces estaban apagadas y nadie sugirió prenderlas, por razones obvias, pero por la luz que todavía llegaba desde el exterior, Julieta pudo darse cuenta de que era una bonita pequeña recepción. Después de un recibidor de madera cuya ventana para los empleados estaba bajada, había dos puertas en cada extremo y ellos, nuevamente siguiendo al mayor de ellos,  entraron por el de la derecha. El salón era realmente amplio y grande. Los pasillos antes de entrar a este eran largos y se veían como la entrada a diferentes secciones, sin duda más pequeñas que en la que ellos se encontraban. Alejados de las ventanas del exterior, ahí no hubo problema en encender las luces.

No había columnas, árboles ni personas. Ni siquiera tendrían que ocuparse del desastre inmediatamente después. Naturalmente Julieta se dirigió hacia el otro extremo del salón mientras los otros se quedaban en el suyo, con el tulpa rubio que ni siquiera empezaba a prepararse. Romeo, ni lento ni perezoso, ni bien estuvieron los dos en posición comenzó a desnudarse. Sería de verdad una lástima que manchara sus ropas o las desgarrara cuando la emoción empezara, de modo que Julieta iba a tenerlas y guardarlas en su bolso de mano hasta que todo hubiera terminado.

Una vez estuvo completamente desnudo, Romeo se encogió sobre sí mismo y mutó su anatomía en lo que duraba un parpadeo. Su altura alcanzaba casi los tres metros. Era imponente e intimidante, como debía ser. La excitaba un poco  aun entonces, a decir verdad, aunque jamás nadie la encontraría diciendo que eso significa que su Romeo original era un blandengue. Nada más fuera de la verdad, pero había algo en la clara exposición de su poderío físico sobre el resto de las personas que la hacía sentir no sólo pequeña e indefensa, sino como una princesa al que su dragón mantenía alejado a cualquier príncipe que no valiera la pena.

En cambio, esos otros… Ni siquiera se habían desnudado. Sin tener que escuchar una palabra, Julieta no tuvo duda que ese fue un detalle que el sujeto de la trenza tuvo que decirle al otro muchacho y este luego, recién entonces, le ordenó en un susurro al rubio. Este, siguiendo con su naturaleza, cabeceó de forma afirmativa y comenzó a desnudarse sin ningún pudor, dejando las prendas en manos del muchaho el cual, claramente sin tener idea de qué hacer con ellas, las dejó encima de un montón de sillas de plástico apiladas. Entonces el rubio cambió su cara de lindo por una mucho menos atractiva. ¿Era su imaginación o incluso entonces Romeo era sencillamente mejor parecido en su forma de “bestia”? No, debía ser que así era. Ni siquiera llegaba a la misma altura ni resultaba ser tan ancho.

Había leído todo lo que necesitaba saber acerca de los tulpa y cómo manejar a Romeo en el diario de su abuelo. Uno como el de aquel chico mostraba evidencias contundentes acerca de lo joven que era su vínculo con su dueño. No había tenido el suficiente tiempo para alimentarse ni, mucho menos, ir asimilando su comida apropiadamente. Así y todo ¿todavía querían pelear?

No había otra explicación posible: esos dos tenían un deseo de muerte o eran increíblemente obtusos para no darse cuenta de la clara desventaja. Si era lo segundo, la ignorancia en serio debía ser una bendición porque el hombre de trenza no tuvo ningún inconveniente y elevar la voz para que recorriera todo el salón a fin de anunciar:

-Cuando quieras.

“Como si necesitara tu permiso”, pensó Julieta con desagrado y disimuló el sacarle el dedo medio mientras acomodaba el bolso sobre su hombro.

-Anda –ordenó y bajo sus pies sintió la vibración del suelo cuando Romeo rompió a correr hacia su objetivo.

El tulpa rubio se adelantó unos pasos antes de ponerse en posición defensiva y atajar las garras que habían salido al encuentro de su cuello. A pesar de que se vio corrido hacia atrás, el rubio resistió el impacto mejor de lo que se podía prometer. Al hacerlo, Julieta pudo comprobar más fácilmente lo distintos que eran los destellos en forma de nubes que despedían las garras de cada cual en los movimientos más acelerados. El de Romeo era de un púrpura azulado que le recordó vagamente al del cielo. El del otro era dorado. Simple y aburrido dorado. Era la primera vez que los veía, pero sabía de lo que se trataba.

Según su abuelo, que había seguido sus viajes alrededor del globo después de adquirir su tulpa y conocido a varios otros junto a sus dueños, ese brillo sólo sería visible para los que ya hubieran formado el vínculo con sus tulpas y estos actuaban como una especie de veneno psíquico, drenando lo más que podían del oponente mientras más tiempo siguieran en contacto con este. Los tulpas eran criaturas creadas en la mente a las que se les permitía tener cuerpos físicos gracias más que un poco de ayuda por parte de la alquimia más antigua, la misma que una vez fue responsable de asegurar la inmortalidad o el metal convertido en oro.

Los tulpas con los que ellos trataban eran en realidad  una perversión de los originales, seres inmateriales a los que, sin embargo, se les adjudicaba consciencia propia y sólo podían afectar a la psique de la persona que los ideara a lo largo de un intenso entrenamiento mental. A alguien no le pareció suficiente tener a un fantasma que sólo él podía ver como compañero y así fue como nacieron en cambio seres como Romeo. En lugar de ser un ser al que se le daba nacimiento y luego este continuaba su crecimiento a su propio ritmo, los que ellos conocían estaban en constante evolución y necesitaban toda la energía posible que pudieran prestarles sus dueños para mantenerse sus cuerpos. El simple hecho de entregarles un nombre escrito por la mano de la persona que esperara poseerlos era darles como un banquete, llenos de todas esas energías que ellos tanto necesitaban.

Eran prácticamente indestructibles e implacables, pero sin esa energía psíquica morían como los cuerpos que habitaban ya lo habían hecho una vez. Y al final sólo un tulpa era capaz de drenar a otro. Eran en cierto modo como vampiros, pero ellos más bien morderían para destituir a uno de su misma especie en lugar de para convertir a alguien en uno nuevo.

Durante la pelea y el sonido de sus miembros chocando entre sí, Julieta se acercó a sus oponentes por el lado izquierdo del salón. La expresión del chico ligeramente tostado era para echarse a reír; parecía entre fascinado e incrédulo, incapaz de parpadear para no perderse el menor detalle. Pero el otro hombre sólo tenía una mirada calculada en el rostro que se volvió en una apenas curiosa cuando la vio aproximarse.

-¿Divertido el espectáculo? –preguntó Julieta, alegre.

No pudo contener la risilla cuando el chico pegó un respingo, sobresaltado. Apenas vio que se trataba de ella dio un para nada sutil paso hacia atrás.

-Tranquilo, pibe, no te va a hacer nada –le dijo el hombre, dándole una palmada al hombro.

-¿Y vos qué sabes? –inquirió Julieta, exagerando su inocencia, revisándose sus uñas pintadas antes de venir-. Si quisiera atacarlos a los dos, tu tulpa estaría distraído y mi chico podría dejarlo seco en un parpadeo. Ganaría más fácil yendo por ustedes.

-Quién nos lo decía, pibe –dijo el hombre, esbozando una media sonrisa-. Nos tocó alguien que se cree suertudo y además todo un prodigio en estrategias. ¿A que no te dan ganas de echarte a temblar?

El hombre le estaba dando un ligero codazo como para hacerle entrar en el chiste, pero el otro sólo podía mirarlo como si no entendiera una palabra de lo que estaba diciendo. Julieta se sonrojó de la indignación porque quisieran burlarse de ella en su cara, primero con insistirle en ponerle masculino a sus adjetivos y luego con el sarcasmo. No había necesidad de ser así, y ella que venía a hablarles de buena manera.  Groseros.

-Podría hacerlo…-murmuró el chico, mirando hacia Julieta con desconfianza.

-Y nosotros lo mismo con ella y al final los dos nos cagaríamos los pantalones. Un tulpa que pelea por encargo con otros es una cosa, pero uno que pelea contra otro para proteger a su dueño es un verdadero demonio. Son peores que una madre defendiendo a su cría, y va a ser un poco más difícil que calmar que en circunstancias normales de peligro.

-El mío tiene cuatro años –dijo Julieta, inclinándose un poco sólo al temeroso-. ¿Y el tuyo?

-Ah…

-Unas semanas, más o menos –respondió el hombre mayor.

-Eso.

-Con razón se ve así –determinó Julieta-. ¿Y todavía han querido venir? Anda a mirar quién había sido el confianzudo entonces.

-Yo no sé –respondió el hombre, rascándose con indiferencia su mentón-. Yo lo que estoy viendo es que nuestro Alex le está pateando el culo a tu querido.

En el momento en que Julieta volvió su atención a la improvisada pista, el tulpa rubio acababa de ser tumbado en el suelo por su Romeo y estaba próximo a clavarle sus dientes crecidos en el grueso cuello antes de ser atrapado por las manos del otro, primero una sobre la mandíbula inferior y otra sobre la superior.

-¿No será que ya es hora de ir al oculista? –comentó.

-Te hice voltear –recalcó el hombre. Justo cuando ella iba a preguntar qué tenía eso que ver con nada o a quién le importaba eso, él continuó-. No le tienes tanta confianza como presumes. ¿Cuántos años tienes? ¿Quince, dieciséis? De verdad no entiendo qué pretendes hacer aquí. ¿No deberías estar en casa con la familia, viviendo la juventud?

-Eso a vos no te importa –le escupió Julieta de vuelta, sintiendo sus mejillas acaloradas.

¿Quién carajo se creía ese tipo que era para hablarle así? Era casi como si supiera… pero no, imposible con sólo verlos una vez. O podía imaginárselo sólo por el hecho de que sólo eran ellos dos, al menos la parte de que eran su propia familia.

-Sólo digo, es una infancia muy jodida esa en la que se te permite tener un esclavo reanimado y se te dice que está bien volverlo un rubito de ojos azules si eso quieres. No es la mejor manera de enseñarte lo que es la realidad y el trato con la gente.

Los rugidos y el sonido de un puñetazo especialmente fuerte llenaron. Julieta sintió un vuelco en el corazón, pero había sido Romeo aplicándoselo al otro. Viéndolo así, en el epítome de su victoria, consideró seriamente pedirle que mantuviera esa forma para celebrar más tarde.

-A lo mejor vos lo veas y tratas como un esclavo –espetó Julieta, muy segura en sus palabras-, pero para mí es mucho más que eso. Y para que sepas, él está feliz conmigo, más de lo que estaba con mi abuelo.

-Por supuesto que va a estar feliz –El hombre ni siquiera la miraba al hablar, como si hubiera perdido el interés en ver cómo le afectaban o no sus palabras dichas casualmente-. Todos los tulpas son felices mientras tengan qué comer y algo que hacer. Incluso si no tuvieran nada que hacer serían felices si por lo menos pueden comer. Es fácil alegrarse cuando no tienes idea de lo que pasa alrededor y no te importa quién tiene la correa. En ese sentido hasta tienen para envidiarles. Pero te apuesto algo que tu abuelo seguro que lo trataba mejor que tú porque al menos él no lo forzaba a poner una cara boba y de enamorado todo el tiempo, pretendiendo que era algo diferente a lo que es, niñato.

Por unos segundos Julieta dejó de escuchar la pelea y ponerle atención a quién recibía qué. En sus oídos empezó a sonar una especie de ruido blanco ininterrumpido, su visión se volvió roja y cuando quiso darse cuenta había sacado el arma de su abuelo desde un bolsillo externo del bolso y apuntaba con las dos manos hacia la frente del hombre con trenza, tal como había hecho como práctica con Romeo. Esos ejercicios habían tenido el propósito de quitarle el miedo de encima al enfrentarse con un rostro humano. Estaba segura de que no iba a dudar en apretar el gatillo, sin importar cuántos sus ojos verdes llegaran a suplicar.

Pero sólo bastó un movimiento de dedo del hombre y fue como si un imán magnético se hubiera activado en el techo, llevándose el arma y dejándola a caer a varios metros a sus espaldas. No habría querido por nada del mundo soltarla, y sin embargo eso había sucedido. Pasados unos segundos de consternación, Julieta escuchó el sonido del metal dando contra el piso de madera.

-Sabía que tenías algo, pequeña rata –dijo el hombre y el minúsculo regocijo en su voz envió un escalofrío por su espalda. Ni siquiera se había dado cuenta del momento en que su piel perdía contacto con el arma. Julieta se miró los dedos rápidamente y se alivió un poco de verlos intacto. Ahora fue ella la que retrocedió un paso apenas el hombre dio uno al frente-. Si tienes esa cara imagino que tu abuelo tiene tanta idea de magia como el ilusionista que contratan para fiestas de niños. Lo suyo fue un trabajo que le pagó a otra persona, ¿no? –Un paso hacia delante de él. Uno hacia atrás de ella. Su tono había dejado de ser ligero hacía tiempo y se sentía demasiado frío para su gusto-. Casi seguro que esa misma persona mató a ese pobre chico con sus propias manos. ¿Por qué no, si es una práctica tan común entre los que conocen la fórmula secreta? Tu abuelo lo vio, pensó “ese va a ser un buen cachorrito” y le pagó a un muerto de hambre para que perdiera la vida y así llenarlo con todo lo que él quería, incluyendo su polla, cómo no.

-Yo no tuve nada que ver con eso –replicó Julieta retrocediendo más hasta su espalda dio con el extremo de una pared. Su voz se había convertido en una cosa chillona en la que su acento original la hacía sonar casi tartamuda. No le gustaba la manera en que ese tipo la hablaba, el cómo la miraba. La hacía sentir desnuda-. Todo eso pasó antes de que yo naciera. ¿Para qué me dices esas cosas?

-¿Yo? Por nada. Los tulpas no sirven para otra cosa que para darle el gusto a sus dueños. Decirte la menor palabra acerca del cómo quieras tratar o llevar el tuyo sería hipocresía si yo también tuve el mío, ¿no? –El hombre sonrió elevando sus manos, pero ninguno de los dos gestos sirvió para otra cosa que para aumentar el aura amenazante que lo rodeaba, como si se contuviera de hacer algo más y ella no quería tener la menor idea sobre qué-. Es sólo que me parece una lástima, ¿sabes? El que tengas que recurrir a alguien que no tiene voluntad para que te diga que te quiere sólo para que haya alguien que lo diga.

-¡Cállate!

Julieta se tapó los oídos y cerró los ojos, queriendo desaparecer. Ella no quería nada de eso. Quería volver a casa con Romeo y olvidarse de todos. Necesitaba a Romeo. ¿Dónde carajo estaba Romeo?

-¿Pero querés parar?

Reconoció la voz. Al abrir los ojos vio que el chico temeroso se había puesto entre ella y su amigo.

-Déjalo en paz –dijo la voz del más joven-. ¿No ves que ya es suficiente con él?

Ella no era él. Nunca había sido un él y nunca sería un él. ¿Por qué era tan difícil de entender? ¿Por qué la gente no lo veía? Si era tan claro para ella y Romeo, ¿qué era lo que volvía tan ciego al resto? ¿Por qué no conseguían ver la imagen que ella veía en su cabeza?

-Romeo…

Nada de eso era divertido ya.

De pronto salió un rugido abrumador desde la pista que envió un estremecimiento por todos los presentes. Por entre las lágrimas irritadas por su máscara, Julieta vio a la forma bestial de Romeo sostenido contra el suelo y tratando de librarse del otro tulpa. Sus ojos negros estaban fijados en su dirección y sus movimientos parecían concentrados sólo en ir por ella, en sacarla de ese lugar que la había sentir mal, salvarla.  Sus brazos se estiraban en su dirección cada vez que podía antes de poder se restringido.

Ella no quiso escuchar todas las voces de la razón escuchando en su cabeza. Todas se pegaron un tiro colectivo para permitirle regodearse en la amarga certeza de que no importa lo que dijera ese imbécil, eran ellos dos contra el mundo, y la desesperación que podía leerse en cada porción de su semblante no tenía punto de comparación con la perpetua inexpresividad que mantenía mientras su abuelo estaba con vida. Una desesperación que le llegó al alma y la rasgó por el medio como un pedazo de papel antes de pronunciar, extendiendo hacia él su mano en el mejor gesto simbólico que podía.

Estaban juntos en esto e iban a salir juntos.

-Rom…

Julieta encontró las letras quedándose atrapadas en su garganta al que el tulpa rubio abría las mandíbulas y las cerraba en torno al de Romeo. Romeo todavía buscaba tomarle de la mano mientras con el otro brazo daba codazos lo mejor que podía para librarse, sin ningún éxito. En el mismo momento en que los dientes penetraron en la piel los destellos dorados fluyeron hacia la herida, introduciéndose dentro del cuerpo como un virus feroz.

-¡Romeo! –chilló Julieta, no sabía si furiosa o aterrada.

Romeo levantó la cabeza, todavía peleando, pero sus movimientos se estaban volviendo cada menos energéticos y por sus ojos negros se estaban filtrando grietas doradas. Julieta sólo podía mirar. Sabía lo que pasaría una vez hubiera consumido toda la energía de Romeo. Estaba paralizada, no podía apartar la vista.

Para cuando finalmente encontró la fuerza de voluntad para moverse  y recordó la pistola unos metros atrás, el hecho de que todavía podía servirle como una distracción, era ya demasiado tarde. Sus propios músculos se sentían agarrotados, como si hubiera pasado días en cama en coma y en su cabeza resonaba un tambor haciendo palpitar sus sienes. Le costaba respirar. La escena en frente de sí tenía un marco negro que antes no estaba ahí y lo único que había claro y enfocado era la pistola, al alcance de su mano. En algún universo paralelo un animal herido pronunció su último estertor. No podía terminar así, ¿verdad?

De alguna manera milagrosa, Julieta logró llegar hasta el arma y aferrarla. Se puso de pie y se irguió, dispuesta a conseguir un tiro sucio si hacía falta, de preferencia al viejo imbécil de la ridícula trenza. Pero antes de que consiguiera ubicar las formas borrosas que veía ante sí como personas distinguibles, sintió un dolor atroz en el estómago y gritó de dolor mientras se dejaba caer al suelo. Eso no lo mencionaba el diario de su abuelo. En ningún lado se hablaba de esa sensación de que la carne se le estaba siendo separada del cuerpo a trozos. ¿Pero por qué sus manos no estaban rojas? ¿Por qué sus manos la engañaban diciéndole que seguía completa? ¿Por qué no conseguía palpar sus heridas? ¡Obviamente estaban ahí, las sentía!

-La puta que la parió… -murmuró alguien que no pudo distinguir por encima de su propios chillidos.

Para cuando finalmente la versión monstruosa de Alex terminó con el otro tulpa, Abi se acercó lentamente a la forma caída de su dueño. Sólo hacía unos segundos había dejado de gritar y ahora no se movía, estaba completamente quieto.

-Pibe…

Abi no lo escuchó. Corrió hacia el chico con los ropajes de chica y le dio vuelta sobre su espalda, pero pronto quedó claro que era inútil. Los ojos estaban volteados hacia arriba, dejando ver miles de líneas rojas, y la boca se abría en una expresión de agonía que ya no podía concretar. A pesar de todo eso, Abi presionó la oreja contra su pecho. ¿Lo estaba imaginando o todavía había un latido, ahí, en alguna parte, perdido?

-Pibe.

Abi miró a la pista. Alex se había comido hasta el último pedazo y su presencia era la única que se alzaba por sobre las demás en el edificio. No había ni una sola gota de sangre como evidencia de lo que había hecho. Aunque no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo y jamás había sido entrenado para nada semejante, Abi presionó una mano sobre la otra encima del pecho inmóvil y apretó rítmicamente. Algo, estaba seguro de haber sentido algo.

-¡Abi!

-¡Andate a la mierda! –le respondió gritando también, histérico-. ¿Qué hacés ahí, pelotudo? ¡Llamá a la policía, a una ambulancia! ¡A alguien!

-Ya no vale la pena, pibe, ¿no te das cuentas?

-¿Cómo que no vale la pena? ¡Yo le sentí algo! ¡Le ha dado un ataque o yo qué sé! ¡Vos sos un brujo, ¿no?! ¡Ayúdame en algo! ¡No te quedés ahí parado como un boludo!

Ra se arrodilló en frente de él y le tomó por los hombros. La primera reacción de Abi fue soltarse para continuar con el masaje, pero el otro no se lo permitió.

-Pibe –dijo, apenas tuvo su atención-. Escúchame.  Ya no hay nada que se pueda hacer. Cuando un tulpa muere, su dueño se va con él. Eso es lo que siempre pasa y eso es lo que ha pasado.

-No, no… yo le sentí algo. Yo sé que sí. Ayúdale, hacé algo.

-No puedo, pibe. Ya no hay nada ahí.

Abi bajó la vista hacia sus manos todavía encima del cuerpo. Noto su pecho respirar con fuerza, expandiendo la caja torácica. El otro no. No respiraba en lo absoluto.

-Vámonos a casa, pibe –dijo y su voz nunca había sonado tan suave mientras lo impulsaba a levantarse desde los hombros. Desde detrás Alex se acercaba trotando desnudo, la preocupación pintada en su rostro. No parecía capaz de comerse a nadie y, sin embargo, eso había hecho. Sin las fuerzas o las ganas para debatirse o pelear, Abi se dejó conducir por Ra hacia el exterior del edificio. Las luces se apagaron a sus espaldas-. Déjalo dormir y mañana no va a ser más que otro sueño.

Anuncios

Un pensamiento en “Tulpa. 5

  1. Honestamente, este capitulo tuvo muchisima informacion que me costó mucho tragar, pero ahora que le pregunté y entendi algunas cosas, aqui voy.

    Empezando: menos mal que murio la Julieta esa. Mas gorda no me podia caer esa tipa. Una sonsorrona que solo piensa en convertir a su espiritu Tulpa en el puto macho que nunca en su vida pudo tener quizas por ser alguna perdedora de campeonato o alguna pesada de lo peor. A saber. Además, el Romeo ese, por mas tulpa que sea, me parece demasiado calzonazos. Ya ni a Alex lo veo actuar asi, tan perro faldero.

    Volviendo con Alex, Abi y Ra, yo solo tengo que preguntar una cosa: ¿Para cuando el trio con condimento interracial?

    No más pregunto XD

    Un besote, mi Reina.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s