Tulpa. 9

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Capítulo 9: Sex doll

 

Cuando finalmente regresaron a casa con la paga recibida, Abi finalmente encontró el valor y la voluntad para hacer algo que había estado posponiendo por demasiado tiempo: llamar a sus padres y decirles que ya no estaban en la universidad. Como mencionar la expulsión llevaría inevitablemente llevaría a tratar de explicar la razón del mismo, Abi tenía planeado contarles acerca de una oferta de trabajo que se le había presentado y por la cual había renunciado a la universidad. No le iba a costar convencerlos de que de todos modos no disfrutaba con ninguna de las materias y no tenía absolutamente ningún interés en seguir la carrera. Sólo esperaba que eso lo pudieran tragar.

Mientras el teléfono le daba el tono de llamada y esperaba que atendieran, Ra estaba dejando en el suelo los restos del muñeco cuyos originales dueños creían que ya habían sido destruido y sacaba de una bolsa de plástico el martillo comprado en su camino a casa. Alex estaba mirando por la ventana sentado en el suelo, dándoles la espalda por orden suya. No quería tenerlo cerca mientras manejaba el asunto, controlando sus emociones evitándole cualquier tensión. Desde que salieran de la casa de sus clientes había estado teniendo temblores al azar y de vez en cuando diferentes partes del cuerpo.

Los primeros minutos de charla con sus padres los pasó escuchando cómo andaban en su trabajo. Mamá había participado de un documental como una experta en un tema acerca de una pareja de asesinas seriales en el país cuyo caso había cubierto desde el inicio. Papá escribía un nuevo libro acerca de los transgéneros en los 80 en Argentina y acababa de recibir un adelanto por los primeros cuatro capítulos.  Todo estaba bien en casa.

Ra estaba destrozando pedazo por pedazo del muñeco y los reunía, cada vez más pequeños, dentro de una bolsa blanca. El sonido de los martillazos estaba haciendo difícil que se concentrara en las palabras que escuchaba, de modo que Abi entró en su habitación y cerró la puerta para seguir hablando.

-Qué bueno, papá.

Lo siguiente fue su padre preguntándole por novedades a él. Abi pensó que si no lo soltaba de una vez jamás iba a tener el valor para hacerlo. Como cuando se había salido del armario, sólo debía hacerlo. Sintiendo su garganta súbitamente seca, Abi vomitó  una explicación acelerada acerca de cómo un compañero le había pasado el dato acerca de un trabajo sencillo en el que no se requería experiencia y por lo tanto lo único que debía hacer era seguir órdenes sencillas por parte de un jefe. Había tenido sus dudas al inicio, obvio, pero después de haber realizado un turno y recibido su paga se había dado cuenta de que podía hacer eso. No era algo para despreciar, de modo que había decidido totalmente por su cuenta y sin ayuda de nadie convertir eso en su carrera.

¿Que cuál era el trabajo? Asistente de… un diseñador de ropa que trabajaba por encargo. Bastante popular y exigente en la provincia. Él sólo tenía que llevar la ropa, conducir al hombre cuando le hacía falta y acompañarlo cuando le hacían pedidos en otros lugares. Nada muy complicado. El otro hacía el verdadero trabajo. ¿Quién carajo era ese tipo? Un tipo. Quería contratar jóvenes nada más para verlos, por ahí para hacerlos probar sus cosas cuando no estaba seguro acerca de algo, pero nada más. ¿Que quién era, cómo se llamaba? Ra… miro León. Era bastante bueno en lo que hacía y de confianza. ¿Y qué había acerca de la carrera, de todo lo que había hecho? Abi inventó un súbito interés por la moda. Dijo que hacía tiempo le fascinaba todo el tema de la expresión a través de la ropa y sólo había elegido periodismo por darles el gusto.

Para cuando mamá tuvo que ponerse al teléfono para discutir el asunto apropiadamente, ya ni siquiera era consciente de qué se estaba inventando o adónde mezclaba la verdad. Cualquier pero o protesta que su padre le lanzaba le daba la respuesta que esperaba le calmara. El dinero no era problema. La exigencia del trabajo no era problema. El tipo por ahí le enseñaba, de modo que con el tiempo podría hacer algo con él incluso si no dependía de él.  Estaba mucho mejor así. Estaba bien. Podía devolverles la plata por la carrera incluso sin que se perdiera de una vida decente (eso al menos era verdad, algo que ya había arreglado con Ra antes). No había problema. Ningún problema. Ni un sólo problema. Era totalmente seguro. Sí, por supuesto que se refería a la plata.

A ellos obviamente no les gustaba. Se había sobreentendido que iban a poder trabajar en lo mismo todos juntos y no parecía que a él le molestaba especialmente la idea. Por supuesto que tampoco era agradable saber que la había dejado sin darles la noticia. Abi tampoco tuvo que mentir para aclarar que no había verdadero interés por su parte. Lo lamentaba mucho, pero era lo que quería hacer. Y si pagaba bien, aprendía un oficio y podía vivir ¿no era eso lo que realmente contaba? Sí, sí, decía Abi. Ni siquiera tenían que seguirle mandando dinero porque ya podía ganar suficiente para pagar el departamento solo. Parecieron calmarse un poco  después de eso, menos mal.

Al final de ese tiempo demasiado largo hablando, todos decidieron concordar en que ya era un adulto y por lo tanto lo bastante grandecito para saber cómo manejarse por su cuenta. Si se las arreglaba para vivir solo, seguramente podía saber cómo mantenerse. Le había ido bien en eso últimos meses, ¿no?

Abi repitió tres veces que no había tenido ningún problema, decidiendo olvidar lo que habría preferido vivir sin haber presenciado, incluyendo trágicos amantes cuya tragedia cayó consigo como parte responsable.

Cuando terminó de hablar y cortaron desde los dos lados, la liberación de semejante peso le dejó deslizándose de su cama soltando un hondo suspiro. Los martillazos hacía tiempo habían dejado de escucharse. Abi regresó a la sala de estar, adonde Ra se estaba cambiando la ropa con la que había regresado del viaje. Ya no había rastros del muñeco que pudiera identificar a simple vista, lo que suponía que estaba bien.

-¿Vas a ir a quemarlo ahora? –preguntó.

-Sí, lo llevaré a la terraza y le echaré esto encima–dijo Ra, levantando una lata de acelerador para asados, también comprado en el supermercado-. Tendré que coser otra bolsa.

-¿Eso es parte del exorcismo?

-No exactamente, pero me gusta tomar precauciones cuando puedo para evitar que vuelvan a usarlo.

Alex había permanecido en el último sitio en que le había ordenado y continuaba rascándose la cabeza. Abi, aunque estaba a una buena distancia, se echó atrás de la impresión al verle. Los hombros del tulpa estaban demasiados hinchados debajo de su cabeza y su cabello rubio se había caído por mechones al suelo, dejando una cabeza demasiado grande para ser humana con zonas calvas adonde podría apoyar toda su palma. Ra se percató de su sorpresa y se giró hacia la criatura.

-Ah, sí, y tu tulpa está infectado con el ente –dijo el brujo, poniéndose de pie-. No te preocupes, era de esperarse. Lo limpiaré esta noche. Voy a necesitar tu ayuda para eso.

Por un momento Abi no supo qué decir. Alex continuaba rascándose y la sus manos ya eran dos veces más grande que lo eran antes.

-¿Cómo que mi ayuda? ¿Por qué no me dijiste que eso iba a pasar?

-Dijiste que ibas a hablar con tu familia sobre la universidad y, además, los cambios van a ser muy graduales. Pasará un buen tiempo antes de que realmente le haga daño.

-Se está rascando muy fuerte…

-Sí, es como un perro con un parásito, intentando quitarse la molestia solo. No le molestes y ya me haré cargo. Menos mal que hoy hay luna llena.

Todo mundo debía trabajar en cosas que no le gustaban. El tener magia no servía de excusa para evitar esa parte inevitable de la existencia, probablemente era todavía más cierto con magia. Un brujo al que no se le podían pedir favores era tan útil como un libro al que nadie podía leer y ni siquiera tenía ilustraciones dignas de admirarse. Lo malo de perder la vida y recuperar todas sus memoria era darse cuenta de qué tanto tenía por delante para siquiera estar un poco más cerca de ocupar la posición que tenía antes.

Podía tener sus opiniones al respecto, pero poco importaba tanto como empezar a darse a conocer dentro de los círculos correctos con la gente apropiada. Uno podía dárselas de orgulloso y honesto tomando solo aquellos clientes que le interesaba pero tendría el mismo resultado que un abogado que solo quisiera defender gente inocente. A veces no había otra opción.

Afortunadamente ese día había luna llena. La energía extra proveída por el astro le permitía a Wolf tener un sentimiento extra de confianza para arreglárselas en frente de cualquier eventualidad. Rocky, ojeando unas revistas de amigurimis en el quiosco, no podría haber mostrado menos interés en la misión que tenían por delante o era excepcionalmente bueno fingiéndolo. Wolf se preguntó qué impresión causarían ellos dos para otras personas: un sujeto de casi dos metros, obvio motociclista, cabello largo y bigote furiosamente rojos, acompañando a un jovencito que no podía convencer a nadie que era de más de 18 y cabello rubio dorado. Requeriría mucha imaginación confundirlos con padre e hijo y la diferencia de edades volvía curioso el pensarlos como amigos. No había manera de evitarlo, de modo que suponía que solo podía pretender que no notaba las miradas extrañadas que el demonio iba a atraer por su cuenta pero ahora debían incluirlo. ¿Por qué no podían haberlo despertado con una edad en la que pudiera ser indudablemente independiente en lugar de una en la cual dentro de un aeropuerto no podía estar solo sin llamar la atención? Pero al menos el ritual que había realizado antes de salir evitaría que nadie recordara haberlos visto minutos después de haberlos visto.

El avión que ellos esperaban debería haber hacía diez minutos, pero continuaba tardándose. Wolf pensó en comprar una novela de misterio barata para entretenerse tal como el demonio ya había hecho, quizá incluso de esas pornos emocionales con los nombres de las autoras en relieve y dorado, pero no se decidía a ponerse al día con la literatura actual justo en ese momento. A lo mejor no le iba a gustar el descubrimiento de cómo andaba ahora el antiguo arte.

Rocky acabó comprando una revista de hacer amigurumis con una amistosa bruja de hilo en la portada y otra con un lobo de hilo multicolor. Wolf volvió a revisar la puerta por la que se suponía que su objetivo iba a llegar y, para su alivo, el aviso de neón anunciaba que el avión acababa de entrar a la zona. Wolf se acercó un poco y Rocky, guardando la compra en la mochila que llevaba a su espalda, sacó de otro bolsillo una barra de chocolate que empezó a devorar a grandes mordiscos pero tomándose su tiempo en cada mordida.

Los demonios no necesitaban comer, del mismo modo que no necesitaban respirar ni dependían siempre de sus cuerpos físicos, pero Wolf había conocido su buena porción para saber que a estos les encanta autoindulgirse en lo que fuera que les causara placer. Ni siquiera tenían que ser súcubus o incubus para que les fascinara el sexo. Por lo visto le había tocado un amante de las cosas dulces. Desde que lo recibiera en su casa siempre encontraba en algo un paquete de algo para un antojo repentino. Ni siquiera tenían que pagarlo porque la mayoría eran robadas, de modo que no tenía ninguna razón para preocupar su mente al respecto.

-¿Tienes otra? –preguntó.

Quizá un subidón de energía extra producto del azúcar le serviría. Rocky negó con la cabeza. La luz se onduló siguiendo a su cabello rojo lacio. Era bastante diferente a los rizos largos con lo que había llegado a la adolescencia, sujetos en general por bandanas a pesar de que habían pasado de moda hacía tiempo.  Rocky le miró con una ceja arqueada levantándole la barra que ya llevaba por la mitad. No era humano, de modo que no tenía los mismo gérmenes o la capacidad de transmitir las mismas enfermedades. Wolf asintió sin especial entusiasmo y recibió el envoltorio con el dulce restante.

No pudo evitar aspirarlo su aroma antes de ponérselo. Otra ventaja de los demonios era que no podían tener mal aliento y sólo podía sentir el chocolate con leche que rodeaba a la galleta rellena. Se puso a masticarlo mientras afuera el avión se detenía y alguien traía las escaleras rodantes. En cuanto las personas comenzaron a descender esperó a ver una cabellera blanca con la nuca negra, tal como había salido dentro de su bola de cristal cuando lo único que le dieron fue una edad aproximada y un vuelo. Se trataba de un jovencito (todavía mayor que él, para molestia suya) asiático de ojos rasgados rodeados de delineador azul oscuro, mirada intensa, parecido a un mapache tratando de aparentar ser más fuerte de lo que era para que no le robaran la comida. Por si su elección de colores no fuera suficiente para distinguirlo de una multitud, los piercing tanto de su ceja izquierda como el labio inferior iban a ser también buenas señales.

Según sus empleadores, el chico iba a ser el único al que nadie iba a estar esperando para que bajara, tenía pocas relaciones en la ciudad y por lo tanto nadie notaría de inmediato su ausencia. Separado de su familia, independiente, aprovechando para realizar un viaje durante sus vacaciones de un trabajo en el que no recibía tanto reconocimiento como deseaba. Se llamaba Nico. Si ellos resultaban ser los profesionales que les habían vendido debería ser un trabajo de lo más sencillo.

El chico era tan común y corriente como cualquier otro, sin ninguna posibilidad de defenderse en frente de alguien que poseyera verdadera magia. Podrían haber elegido a cualquier otro y lo sabía. La única razón por la que lo habían aceptado era por su precio ridículamente bajo, en comparación a los estándares actuales al menos, y que “convenientemente” resultara ser el primero que se ofreciera. A veces era solo un sueño pretender que se podía estar tranquilo en una oficina en alguna parte esperando porque el siguiente cliente atravesara la puerta. Ahora se podían contactar a las personas desde el otro punto del mundo, pero no era lo más aconsejable por si alguien creía que se trataba de una estafa barata o las palabras de un acosador que sabía mucho más de lo que debería.

Cuando los primeros pasajeros que salieron llegaron a las puertas corredizas, recién entonces Nico salió moviendo la cabeza para quitarse el mechón blanco del rostro. No fue hasta que lo vio descender al suelo que Wolf pudo apreciar bien lo alto que era, llevándole una cabeza completa, lo que no fue poco desagradable descubrir. Cerró los ojos y frotó desde el interior del bolsillo de sus pantalones un amuleto especial hecho especialmente para la ocasión.

El objetivo había venido para visitar a alguien que no vendría por él y esperaba en cambio que lo buscara luego de haber llegado. No tenía idea de quién se trataba ni de cuál era la relación que los unía, nada más sugerida su existencia por las cartas, pero ahora Nico lo vería con su misma apariencia y al hablar escucharía su misma voz, fueran cuales fueran estas. Después de sentir una ligera vibración en la mano que tenía en el bolsillo, abrió los ojos y salió al encuentro del otro joven. Este estuvo claramente confuso por un segundo, pero pronto una amplia sonrisa ocupó su rostro mientras aceleraba sus pasos.

Wolf supo lo que iba a pasar apenas el otro extendió los brazos y le devolvió el abrazo con la misma efusividad. Parte del hechizo incluía que el otro percibiría incluso su contacto como si viniera de aquella persona. Incluso cuando Nico aspiró su cuello con patente ansia, no se preocupó. Nico le besó la mejilla dos veces antes de alejarse y mirarlo de arriba abajo.

-Creía que no ibas a venir –dijo-. Que ibas a estar ocupado con el club y no sé qué.

-Se me abrió la agenda de repente –contestó Wolf, obligándose a sonreír-. ¿No te gustan la sorpresa?

Nico volvió a abrazarle, como si no pudiera contenerse o fuera la primera vez que tenía oportunidad. Tal vez lo era. Quién lo sabía.

-Si sos vos, claro –comentó Nico, apartándose pero con un brazo todavía encima del suyo-. De verdad me alegro de verte. Estás muy bien. ¿Seguro que está bien que hayas venido?

-No te preocupes, no pasa nada –Wolf tomó el bolso que colgaba del hombro del otro y los dos comenzaron a salir, seguidos de Rocky-. Ah, él es mi amigo Rodrigo. He venido en su auto porque el mío está en el taller.

Nico y Rocky se estrecharon las manos. Wolf esperaba que la persona por la cual lo estaban tomando no fuera un antisocial o alguien que hubiera dejado claro en el pasado que no tenía muchas amistades, pero Nico no expresó la menor extrañeza al respecto y más pena por la nueva noticia.

-Aw, ¿en serio? Y vos que lo tenés tan bonito. ¿Qué pasó?

-No sé, de repente comenzó a hacer un ruido raro y se negaba a andar. ¿Cómo te ha ido en el viaje?

Afuera los esperaba el automóvil de su mamá. Él había muerto en una época en la que todavía se usaban carruajes para transporte y en su nueva vida no había aprendido a conducir todavía, de modo que Rocky tenía que ser su conductor hacia el lugar que le habían indicado sus empleadores. Esta tarea en particular no le agradaba al demonio y no por la inevitable sumisión, como Wolf hubiera podido temer, pero porque según él disponía de una motocicleta perfectamente funcional que aparentemente estaba posesionado por el espíritu de un dragón. Wolf la había visto y sabido que el vehículo era leal al demonio pero que tampoco resistía lo suficiente la necesidad de acelerar si veía al camino libre. Aparte del hecho de que iba a ser mucho más incómodo que tres personas fueran en la misma motocicleta, a Nico probablemente le daría demasiada aprensión viajar de ese modo y eso podría hacerlo menos susceptible a la ilusión, algo que no podían permitirse.

Tal como estaban dentro de un auto común y corriente, Nico se relajó en el asiento trasero y mantuvo la conversación ligera mientras comenzaban a moverse. A Wolf le agradó saber que resultaba fácil seguirle el hilo sólo inventándose lo que quería en el camino. Al parecer Nico y su amigo habían mantenido hasta entonces una relación a distancia compuesta de tecnología y paciencia, lo cual debía ser un componente clave para que el joven estuviera más concentrado en mirarlo a él que en fijarse adónde se estaban dirigiendo. Incluso si lo hubiera hecho habría notado que se dirigían a un hotel humilde de un solo piso.

Para cuando lo hizo, los ojos de Nico se abrieron.

-¿No vamos a ir al club? Creía que tenías lugar allá.

Así que era dueño de un club en el que al parecer la gente podía hospedarse. El tipo debía tener dinero y posiblemente contactos. Era poco probable que fueran del tipo que pudieran ponerle un dedo encima, pero por si acaso Wolf realizó una nota mental de tomar las medidas necesarias para protegerse a sí mismo. Él sólo tenía que entregarles a la persona que querían. Lo que pasara después de eso no era su asunto, pues no le pagaban para que lo fuera.

-Lo están remodelando al sitio –dijo sin titubeos-. Aquí es adonde me estoy quedando hasta que lo terminen.

-No me digas –Nico chasqueó la lengua-. Qué lástima. Justo tenía ganas de verlo.

-Ya lo vas a hacer. Más que nada es sólo un trabajo de pintura. Puedes dejarnos ya –le indicó a Rocky en cuanto detuvo el vehículo-. Vos puedes volver a ver cómo anda el club y mándame un mensaje diciendo qué tal va.

-Eso haré –respondió este-. ¿Los ayudo a bajar las cosas?

-No, yo me encargo, gracias.

Wolf salió del vehículo y, tal como había dicho, sacó la maleta del joven, empleando un pequeño hechizo para que no le arrastrara con todo su peso a un costado y se volviera algo más sencillo para su limitada capacidad física. Por un momento imaginó que debía ser alguien fuerte frente a los ojos de Nico, o era que a este sencillamente no le importaba dejarle el trabajo a otros, porque este no ofreció ayudarle en ningún momento.

En el interior del hotel el recepcionista, reconociéndolo en el acto como el adolescente rubio que ya había reservado una habitación esa misma mañana, le sonrió y esperó con las manos a la espalda a que este mismo se adelantara para pedirle la tarjeta magnética de su habitación. Si pensó algo respecto a la incoherencia entre su figura delgada y el pesado equipaje que cargaba, supo guardárselo para sí. No que importara, realmente, porque apenas terminara con el encargo ella lo olvidaría en el acto.

En el ascensor hacia el tercer piso, adonde tenía el susodicho cuarto, Nico le tomó de su mano y comenzó a hablarle sobre que la radio sólo le había dejado libre una semana en lugar del par que creía iba a poder conseguir. Hubiera preferido mandarle un mensaje de antemano, pero a él le informaron igualmente de último momento, se había quedado sin crédito y el internet en su casa no quería funcionar. Wolf expresó decepción por la corta visita pero optimismo porque hicieran lo mejor con lo que podían. Pensó que cuando no regresara después de esa semana, el chico sólo iba a ser reemplazado por quien fuera que ocuparan ahora y este a lo mejor se alegraba al respecto. Qué podía él saber.

-Al menos vamos a poder aprovechar mientras estoy aquí –concordó Nico en ver el lado bueno de la situación.

Luego suspiró y se apoyó contra los vidrios del ascensor, su figura atrayente y trágica por un segundo frente a los ojos del brujo. La mirada de completo enamorado que le dirigía al sonreír casi le irritaba. Nico no debería ser tan confianzudo con un sujeto con el que sólo se había escrito a través de una computadora. A saber con qué clase de monstruo podría haber terminado. El mero hecho de que ahora estuvieran en esa situación debería ser suficiente prueba de la temerario de semejante acción.

-Esa es la idea –dijo, ocultándose detrás de una expresión reflejo de la suya. Incluso si él no era buen actor, la magia pondría en la cabeza del otro la impresión de que era todo sincero-. Aparte del club hay otros sitios que visitar, espero que te diviertas.

Las puertas del ascensor se abrieron y Nico salió dando un salto alegre. ¿Cuántos años se suponía que tenía?  Veintitantos. Y sin embargo se comportaba como un chiquillo con su primer flechazo. Siguió cargando el equipaje hasta que se detuvieron en frente de la habitación con el nombre que concordaba con la tarjeta. Wolf abrió la puerta y dejó la maleta a un lado con no poco alivio. Incluso si no pesaba tanto como debería, todavía era un esfuerzo para su mente mantenerlo así.

Se volvió para preguntarle al otro si quería que lo ayudara a acomodar sus cosas, pero antes de que cualquiera palabra abandonara su boca Nico se había lanzado hacia él y lo besaba contra una pared, manoseándole a placer por encima de su ropa. Wolf resistió a tiempo el impulso de convertir su entera existencia en cenizas de la forma más dolorosa posible y en cambio se relajó, dejándolo al otro hacer lo que quisiera y respondiendo de igual manera. Estaba fuera de práctica en ese tipo de actividades en las que de todos modos nunca se había entretenido demasiado, más interesado en ganar el prestigio que tenía y perfeccionar sus artes mágicas, pero daba igual porque el hechizo sólo imprimiría en Nico la idea de que era bueno. Hubiera preferido que sus manos supieran algo de restricción, pero podía soportarlo y empezar a acumular las energías mentales necesarias para lo siguiente que necesitaría hacer.

Luego de que se entretuviera a placer, Nico le abrazó, volvió a suspirar y dijo que no tenía idea de hacía cuánto quería hacer eso. Wolf le dio una palmada en la espalda. Dentro de todo parecía un buen chico. Lástima que hubiera sido tan ingenuo.

-Duerme –susurró, cubriéndole la nuca con su palma abierta-

El cuerpo de Nico se relajó al instante, como si cada músculo hubiera sido privado de u voluntad y Wolf se dio cuenta de la inconveniencia de haberlo hecho tan pronto cuando el peso súbito del otro casi le llevó a perder el equilibrio sobre sus pies. Manejándolo como mejor podía, Wolf, abrazando ahora sí con fuerza al otro, arrastró a este a la cama y lo dejó caer sobre esta. Chasqueó los dedos en frente de su rostro un par de veces, pero no hubo ningún movimiento detrás de los ojos. Parecería ya un muerto de no ser porque se le inflaba el pecho rítmicamente.

De pronto se le ocurrió que no sabía para qué querían al chico. En el tipo de trabajos para los que a veces podían llegar a contratarse magos, lo mejor era hacer la menor cantidad de preguntas posibles. Por supuesto que eso no ayudaba respecto a suprimir la curiosidad y desde luego que esta era completamente inútil, sabiendo que no era parte del trato satisfacerla. Apartando la vista, Wolf llamó al celular con el cual cargaba Rocky y el demonio le atendió casi al momento.

-¿Todo bien? –preguntó este.

-Está dormido –informó Wolf, saliendo del cuarto. Era una posibilidad remota, pero esperaba que el joven estuviera bien-. Espérame afuera.

-Hecho, jefe.

Antes de salir vio que el recepcionista había sido reemplazado por una mujer rubia que recibió con la misma sonrisa atenta que su predecesor la tarjeta del cuarto. No le dijo que ya se retiraba de forma definitiva y ella no se lo preguntó. Que luego fueran sus empleadores los que se encargaran de sacarlo de ahí. No dudaba que se las arreglarían a partir de ahí sin su ayuda.

Buscó entre sus contactos el último número agregado, el que pensaba eliminar ni bien dejara de usarlo, del mismo modo que el teléfono que sonaría del otro lado no iba a durar mucho. Para organizaciones que requerían de chicos jóvenes desconocidos los medios de contactos debían ser lo más efímeros posibles, como el recuerdo del mundo acerca de su existencia a menos que él necesitara ser recordado.  Una vez adentro del vehículo detrás de Rocky, presionó el botón de llamada y esperó. Rocky volvió a arrancar. Unos segundos más tarde una voz masculina le preguntó si ya estaba todo listo.

Wolf, cumpliendo con el trato, se limitó a decirles la dirección del hotel y el nombre falso con el cual se había registrado. Luego de los cual, ambas partes colgaron y Wolf se quedó con el silencio del motor andante y su propio corazón latiéndole en los oídos. Tendría su paga. Iba a poder empezar a movilizarse y avanzar. Recuperaría su lugar. Eso era lo importante.

-No has tardado nada –comentó el demonio frente al volante.

Wolf se inclinó hacia adelante, mirándolo por encima de sus brazos descansando sobre la cabecera del otro asiento.

-¿Y qué querías que hiciera con él?

-No sé, seguirle el juego por un rato. Digo, el chico no estaba mal a la vista y era obvio que estaba listo a hacer lo que fuera. Casi me da lástima el otro tipo, el que creía que eras tú.

El brujo dibujó una mueca, considerándolo. La idea de tener a aquel joven de aquella manera le resultaba interesante, pero ni bien se acordaba de que gemiría un nombre que no era el suyo o de que ni siquiera le vería la cara era como si el invierno paseara por su cuerpo a sus anchas. Habría sido su primera experiencia sexual con otra persona en su nuevo cuerpo y ni siquiera habría sido él mismo.

-No, ya veo –dijo usando el menosprecio juvenil y típico de su nuevo país de origen-. Para quitarme las ganas no le tengo que ir robando el novio al prójimo.

-Como quieras, pero pienso que igual hasta le habrías hecho un pequeño favor. Quién sabe qué fuera a hacer ese chico ahora cuando vengan a buscarlo.

Wolf no se engañó con las palabras. No había compasión ni ternura en la voz del demonio, aunque una persona más inocente podría haberlo tomado así en la superficie. Se acercó a él y le pasó los dedos por la nuca, sintiendo la seda de sus cabellos rojos acariciándolo. Su anterior asistente del infierno también solía hacer lo mismo. Incluso si se trataba de los humanos a los que debían servir, a veces la tentación de juguetear con sus sentidos limitados de la razón y la moral era demasiado para resistirla. Incluso si habían llegado al extremo ya de derramar sangre y acumular energías violentas para conseguir realizar el ritual, siempre se podía llegar más abajo y arrastrar a alguien al punto en que ya no tenía idea de qué tenía sentido en la vida podía ser más satisfactorio que cualquier masacre, por lenta y tortuosa que fuera para el que no llevara el arma.

Wolf los conocía, algunos habían sido sus amigos en el pasado. Ese pelirrojo con pasado de vikingo y acento brusco con r como madera antigua de una puerta abriéndose a la entrada de un castillo de piedra no iba a ser diferente, desde luego. Era casi hasta tierno que hubiera pensado que tenía la menor posibilidad.

-¿Tan interesado estás en que lo haga? –le dijo en cambio y se aseguró a hablar cerca de su oreja. El demonio no intentó apartarse o aparentar que nada particular estaba pasando-. Podría decirte a ti que te inclinaras si quisiera tener un alivio inmediato y tú tendrías que hacerlo.

Una de las dulces ventajas del tipo de contrato que ellos tenían. A cambio de una cierta cantidad de energía vital (nadie intercambiaba almas, no con toda la mala publicidad alrededor del asunto, a menos que buscara a los entes de más alto nivel), el demonio iría perdiendo la suya cada vez que se negara a cumplir su voluntad. Negarse las suficientes veces era entregarse a un estado de hipotético de inexistencia que ningún ser consciente hubiera buscado ser. Era como un foco al que se le hubiera agotado finalmente la energía, sin posibilidad de reparación. O al menos eso decían. Nadie lo tenía del todo claro y eso era suficiente para temer, para ser usado como una amenaza efectiva antes los que no eran sólo unos locos suicidas.

Pero tampoco Rocky podía evidenciar demasiado temor al respecto. En lugar de echarse a temblar o dirigirle la mirada asesina que seguro debía desear, sólo apretó el volante en sus manos y continuó con la vista al frente.

-Hazlo entonces –le dijo con calma, casi con el desafío centellando en sus ojos celestes cristalino-. Debe ser difícil estar reviviendo la adolescencia, ¿no? Vivir con las hormonas en pie de guerra todo el tiempo, incluso si tienes la mente de un viejo, qué horror. Apenas debes poder controlarte. No puedo imaginarme la desesperación y más si no tienes ninguna noviecita linda por ahí.

Wolf le dio un tirón de advertencia al cabello pelirrojo y el demonio sólo le sonrió de forma pícara.

-Y ahí estamos. ¿Por qué no me dijiste que te gustaba brusco?

-Me estás empezando a molestar, ¿sabías?

-¿Te molestas muy fácil, no? ¿Te dan ganas de nalguearme?

El brujo le soltó la mano y apoyó el mentón sobre su antebrazo, colgando de un costado del asiento del pasajero. No sabía por qué se molestaba. Desde que vivieran juntos no habían hablado porque la necesidad preventiva de buscar trabajo había sido la primera prioridad.

-Podría y creo que te gustaría.

-Eh, ¿con esas manitas? Te falta masturbarte una buena cantidad de años antes para que no se sienta como me soba un chiquillo.

Wolf se las miró, pero no le parecían especialmente pequeñas ni nada por el estilo. Si es que nada eran claramente masculinas. Un segundo más tarde se dio cuenta de que el demonio desde el espejo le dejaba ver su expresión socarrona. Lo había hecho ver. Wolf se apartó el pelo con una mano para disimular un poco la vergüenza antes de que esta se sintiera el doble de fuerte al percatarse que estaba haciendo exactamente lo que sugería el otro, siendo un chiquillo que al parecer todavía no se enteraba de cuál era su lugar en el mundo para pararse. Lo peor era saber que respecto a ese temas bien podría serlo y con eso acababa de confirmárselo al otro.

-Eres lindo cuando no quieres –comentó Rocky y el humor relajado le daba una ronquera vibrante a sus palabras.

¿Lindo? Qué mala broma. Wolf bufó por la nariz mostrando los dientes superiores. De pronto tuvo una imagen mental del chico asiático tirado en la cama, sin tener idea de que estaba pasando o sin siquiera imaginarse lo que iba a pasarle. No podía permitir que se convirtiera en un huésped en su mente, de modo que lo desechó en el momento mientras le ordenaba a Rocky que se estacionara en el primer lugar que encontrara. Le tomó un tiempo encontrar un lugar y cuando finalmente lo hizo, el demonio elevó la vista hacia el espejo retrovisor.

Wolf le hizo un gesto de que se quedara donde estaba y salió del vehículo. No era la primera vez que hacía cosas despreciables, no tenía derecho a lamentar esa sola justo ahora. Sólo que había pasado una buena cantidad de tiempo desde la última vez. En cuanto estuviera mejor posicionado ya podría ser más selectivo con lo que debía ser, pero ahora sólo debía olvidarlo como tantas otras cosas que sencillamente ya no valían la pena. Se movió al lado de la puerta del conductor, la abrió y atrajo la pechera de la chaqueta del demonio hacia sí, imprimiéndole un beso sobre los labios que el otro no tardó más que un segundo a responder, haciéndole sentir el sabor a caramelos de frutilla que debió haber comido mientras esperaba en el auto.

Con un movimiento de muñeca impaciente, Wolf echó hacia atrás el asiento sin tener que tocar la palanca y se colocó en el regazo del pelirrojo, extendiendo sus piernas a los lados de su cadera. Rocky le sostuvo la baja espalda. Una vez acomodado Wolf se percató de la ridícula diferencia entre sus estaturas. Aún en esa posición tenía que levantar la cabeza para ver más allá del amplio pecho cubierto por una prenda con una banda de rock desconocida para él. Disgustado, pensó que poco faltaba para que fuera un nene acomodándose para que su papi le contara un cuento bonito. ¿Por qué no podía haber sido uno de esos adolescentes que ni bien llegaban a los quince años se volvían unos gigantes? ¿Siquiera le había llegado el estirón a ese cuerpo? No tenía idea.

Rocky percibió su perturbación y sus labios volvieron a estirarse en gesto burlón. Para mirarlo él debía agachar su cabeza y debajo del mentón se le formó una pequeña papada.

-¿Pasa algo, jefecito?

Wolf le puso las manos en el hombro y, usando más magia que la fuerza de sus brazos (cómo no), empujó al demonio junto al asiento inclinado hasta que éste quedó acostado. Rocky se rió suavemente, pero Wolf le volvió a cubrir la boca con la suya y le deshizo con rapidez el cinturón de sus pantalones. El miembro caliente que lo esperaba debajo de la ropa interior parecía enorme dentro de su mano y Wolf no pudo contenerse un estremecimiento al pasarle un anillo incompleto de dedos por encima. Se sentía poderoso de una manera extraña, curiosa, no relacionada con su magia o sus poderes. A lo mejor todo el asunto del sexo no era como andar en bicicleta porque, por lo que a él respectaba, se sentía en verdad como la primera vez en toda su conciencia. Se agachó para darle una lamida tentativa y el sabor inconfundible pareció activar un interruptor, humedeciéndole la boca. ¿Le había gustado hacer eso en sus vidas pasadas? No podía recordar.

Una de las enormes manos de Rocky se posó encima de su cabeza, animándole. Desde su último asistente del infierno no había tenido contacto con ningún ser parecido y aun entonces ningún contacto entre ellos había trascendido al sexual, de modo que descubrir que la piel podía moverse sobre el músculo y el latido de las venas sobresalientes bajo la presión de su lengua eran tan humanos como el suyo propio he hecho le sorprendió. A pesar de sus palabras y el tono desafiante con el cual habían empezado, Rocky no pretendió moverlo ni forzarlo a avanzar más rápido de lo que estaba listo para ir.

Wolf no sabía cómo tomarlo, si como una extraña consideración hacia su estatus de novato o sencillamente disfrutaba de lo que hacía en tanto se familiarizaba con el terreno, pero de todos modos aprovechó la oportunidad de aprender lo más posible. En cuanto lo tuvo endurecido y en alto, Wolf probó la resistencia de su garganta hasta donde más podía sin sentirse a punto de vomitar, succionando con fuerza al sacárselo.

No acabó haciendo nada para que el demonio le hiciera terminar a él. La calentura se había supeditado en favor de su curiosidad y para el momento en que sintió el líquido caliente saltar contra su paladar, llenándole la boca más rápido de lo que podía tragar hasta el punto en que un poco tuvo que derramarse por las comisuras de sus labios, sólo tenía una media erección sobre la que no tenía un especial interés en actuar. La posición no era del todo cómodo, lo que no servía para nada para generarle excitación y deslizó sus piernas debajo del manubrio para pasarse al asiento del compañero.

Lo peor era que todavía pensaba en aquel chico.

-¿Todo bien, jefecito? –preguntó Rocky.

Wolf se encogió de hombros. A lo mejor ya había llegado la hora de ir más allá y a ver si ese momento trascendental eliminaba de su mente lo que no debía retener.

-Llévame a casa -dijo, procurando que no cupiera a menor duda de que se trataba de una orden-. Vas a devolverme el favor allá. No pienso hacerlo aquí.

Rocky sonrió de buen humor y volvió a encender el auto. Wolf se forzó a no desviar la vista hasta que fue el demonio el que dejó de mirarlo. Incluso después de eso, siguió teniendo a molesta impresión de que solo condescendía porque era físicamente (y en unos pocos aspectos, mentalmente) un chiquillo. Todavía se acordaba de que hasta sus empleadores lo habían considerado el asistente o momentáneo acompañante en lugar del contratante. Para ser alguien que había pasado los mejores años de su vida perfeccionando su oficio, una confusión así era intolerable. Debería encargarse de recordárselo a sí mismo y a Rocky más seguido.

¿Sobre lo otro? No había otro.

….

Era el cielo color morado cuando Ra finalmente dio por terminado su ritual de limpieza sobre lo que ahora no eran más que las cenizas de un muñeco antiguo. El fuego había sido pequeño, menos mal, y a medida que el brujo metía más hierbas que sacaba de otro de sus bolsillos ocultos, iba adquiriendo nuevas tonalidades o saltaban de él chispas que le hicieron soltar un respingo cada vez.  Aparentemente había sido todo dedicado a alguien llamado Hécate y a las fuerzas de luz. Lo único que Abi sabía seguro era que se había sentido incómodo durante todo el proceso, como si estuviera en medio de una multitud entonando cánticos místicos en lugar de un sólo hombre que apenas si movía los labios. Luego de que hubieran limpiado y echado el agua sucia, fueron a buscar a Alex en su cuarto.

Estaba acostado en su cama, tal como Abi había sugerido que hiciera y el tulpa lo había tomado como otra orden. Cuando ellos dos abrieron la puerta estaba en proceso de morderse el brazo de arriba abajo, desesperadamente, usando las mandíbulas sobredesarrolladas y letales de su otra forma. Tal acción dejaba al descubierto al miembro con pedazos de piel y músculos arrancados, pero apenas los dientes subían y volvían a bajar la zona había sanado por completo para continuar el círculo vicioso. Su hermoso cabello rubio había dejado paso a amplias zonas de calvicie adonde se notaba el cuero cabelludo enrojecido, como si hubiera pasado horas bajo el sol desnudo.

Estaba todavía peor que la última vez que lo había visto, hacía solo unas horas, pero se irguió, sentándose, apenas lo vio con intenciones de acercarse a la cama. La sonrisa que intentó esbozarle a lo mejor pretendía ser tranquilizadora, pero sufría leves espasmos y los dientes afilados hacían de todo menos calmarlo. La mueca que hizo Ra al mirar los mechones de cabello seco desperdigados en la cama fueron lo peor. Estaba claro que se había equivocado en sus cálculos y el estado de Alex avanzaba más de lo que preveía. ¿No se suponía que él era el experto?

Al parecer dándose cuenta de su creciente horror, Ra recompuso su rostro.

-Que venga arriba y que traiga un colchón inflable –indicó con un tono que quería llegar al punto sin demora.

-¿Por qué un colchón? ¿Para qué?

-Te lo explicaré allá. Necesito llevar más de lo que esperaba –Ra se volvió en dirección a la sala y Abi le vio rebuscar adentro de su enorme mochila de viaje.

No alcanzó a vislumbrar qué era lo que quería de ahí pues prefirió centrarse de nuevo en su tulpa expectante y comunicarle la orden sugerida por el brujo. Esperaba que fuera lo que fuera que hicieran no incluyera quemar nada más grandes que una vela. Alex cargó el colchón sobre el cual dormía el brujo, con cuidado de no hincharlo con sus garras. Ra los observó unos segundos y luego asintió con aprobación antes de seguir buscando.

-Vayan y espérenme arriba –les indicó Ra.

Abi ni siquiera se molestó en preguntar qué tanto necesitaba. Le hizo una seña al tulpa y salieron al pasillo. No tenía muchos vecinos debido a que el edificio de por sí era lo bastante grande, pero todavía dio cada paso asegurándose de que sólo fueran ellos dos en el pasillo. El mover un colchón inflable era una cosa, pero no se le ocurriría qué decir acerca de la transformación que sufría su tulpa. La reacción obvia sería que alguien se espantaría y no podía lidiar con eso ahora.

Afortunadamente no encontraron ningún obstáculo hacia la terraza, adonde le dijo a Alex de dejar el colchón en el suelo, lejos de la mancha oscura que había dejado el pequeño ritual de limpieza de Ra en el suelo. Había otro círculo de protección hecho de tiza blanca, pero era demasiado pequeño.  Una vez dejó la carga Alex se vino a ponerse a su lado y continuó rascándose los brazos con fuerza. Todo el camino había estado temblando de las ganas de poder darse alivio. Abi no resistía verlo causarse semejante daño, pero tampoco se atrevía a ordenarle que dejara de hacerlo porque al menos veía que cualquier marca desaparecía en cuestión de segundos.

-Muy bien, hagamos esto –dijo la voz de Ra, apareciendo por la entrada.

En lugar de traerse cosas específicas se había decantado por traerse directamente su mochila de viaje. Era tan grande y pesada que Abi estaba sinceramente impresionado con la facilidad con la que la manejaba mientras la depositaba en el suelo. De un bolsillo interior sacó una bolsa de plástico lleno de tizas y separó una blanca, una rosa y otra amarilla. Abi lo contempló crear un círculo mucho más amplio alrededor del primero que había hecho, luego otro más pequeño con la tiza rosa y una estrella de cinco amarilla en el centro. Por último agregó otros símbolos que Abi no reconoció en color azul.

-Que ponga el colchón en el centro –dijo sin mirar a ninguno de los dos, sacando amuletos de plata, madera y oro para colocar alrededor.

Abi le hizo un gesto a Alex mientras él tomaba el otro lado del colchón. Obviamente sorprendido, pero sin voluntad para discutir, Alex tomó con una de sus inmensas manos el costado que le correspondía mientras continuaba lacerándose con la otra. Lo colocaron en el centro en tanto Ra esparcía un polvo grisáceo en forma de un tercer círculo. Abi se sentía como un doctor preparando su equipo médico al completo cuando lo único que él creía tener era un resfriado.

-Entra con él –dijo Ra, dándole la espalda.

El brujo estaba ocupado grabando símbolos raros en la superficie de una gruesa vela blanca. Abi no se movió.

-¿Por qué? ¿Yo qué tengo que hacer?

-La única razón por la que ese tulpa está, a falta de una mujer palabra, “vivo” es por la conexión que tiene contigo. ¿De verdad te sorprende que algo relacionado con él acabe relacionándose contigo? Muévete, pibe. La noche no dura para siempre.

Abi miró hacia la luna llena que les miraba como una vouyerista desde un cielo sin nubes. Tuvo una flashazo súbito recordando los gritos de dolor de una persona demasiado joven para emitirlos mientras Alex realizaba sonidos de arrancar tanto carne como músculo de una bestia que todavía se movía. Tragó con fuerza y se abrazó a sí mismo como para darse valor mientras se movía hacia el colchón, dejándose sentar. Unos segundos más tarde percibió que el peso del tulpa hundía la superficie a su lado. Vio a otros mechones de rubio torcidos caer. Habría sido difícil a Alex tomar como algo fuera de una película. Sus mandíbulas se habían agrandado todavía más y sus dos brazos eran tan grandes y amplios que sobrepasaban las rodillas de sus piernas hinchadas, a punto de romper la tela de los pantalones.

-Ah, mierda –dijo Ra, en cuanto colocó la vela en cierta posición después de haber consultado con una brújula de plástico. El brujo sacó unas tijeras grandes de la mochila, del tipo que usaban modistas para cortar sus telas, y se las alcanzó a Abi teniendo cuidado de no tocar ninguno de los tres círculos-. Vas a tener que desnudarlo, pibe. No le vas a poder quitar la ropa así.

Abi tomó las tijeras y se volvió al tulpa deforme. No sabía qué le provocaba más: desagrado o lástima. Ambas sensaciones le tenían retorciendo sus entrañas y los pies convertidos en pesas. Estaba claro que el ser sufría en ese estado. Decidió que sólo había una manera de terminar eso y se acercó. A pesar de que veía el metal brillante dirigido hacia él, el tulpa sólo continuaba mirándolo como si fuera un objeto curioso. Sus ojos negros podrían haberse confundido con algo mucho más inocente que lo que era en realidad.

-Quédate quieto –le ordenó Abi con voz lo más tranquila posible, incluso sabiendo que no hacía ninguna diferencia para el otro.

La calma impuesta era más bien para él. El tulpa asintió y dejó caer los brazos a los lados de sus piernas, haciéndole saltar en el colchón. Parecía una marioneta a la que le habían cortado todas las cuerdas y abandonado en un rincón. Apartando esas ideas, Abi empezó a tomar tela y cortarla hasta que pudo dejar el cuerpo de la criatura al descubierto. No se había dado cuenta antes, pero en forma de monstruo al parecer los tulpa perdían o escondían sus aspectos sexuales, lo que fue una sorpresa al descubrir con una entrepierna con lo que parecía un segundo y más estrecho ombligo abajo. Decidido a ignorarlo, pues tenían cosas más importantes que hacer, Abi desechó las prendas destruidas a un lado. Por un segundo consideró preguntar por qué no habían hecho que Alex se transformara del todo, de modo que la ropa sencillamente se destruyera pero lo descartó casi de inmediato.

Si esa era su nueva forma “humana”, a saber cómo sería la nueva forma de monstruo.

-Bien, ahora, cuando te lo diga, empieza a tener relaciones con eso –Ra lo miró de frente cuando Abi se giró hacia él, el impacto evidente en su rostro-. Me escuchaste. Es necesario para el ritual.

Abi observó al tulpa y de nuevo al brujo.

-¿Y cómo querés que haga eso?

-Cuando empiece con un par de cosas esa parte de él –No hacía falta aclarar a qué parte se refería, pero por si acabo Ra giró los ojos un segundo a la entrepierna plana del tulpa- debería activarse y tú sabrás qué hacer con eso. Tú tienes que “dominarlo” y pon atención a mi tono porque de todos modos su primer instinto es siempre complacerte, de modo que no debería ser difícil.

-Decís eso muy seguido.

-Bueno, a lo mejor es porque seguido resulta que lo necesitamos. Además, ¿cuál es el problema si acabo teniendo razón? Seguimos vivos, ¿no?

Abi no supo cómo responderle a eso, pero al final de poco importó porque Ra tomó su cuchillo y lo dirigió hacia abajo, emitiendo murmullos bajos en los que de una palabra que llegaba a Abi estaba seguro de que se perdía cuatro. No pudo evitar apartarse del tulpa, el cual continuaba convertido en una estatua. ¿Por qué tener un tulpa debía involucrar siempre eso? Al principio era divertido, pero eso… ¿cómo se suponía que eso iba a funcionar? Ni siquiera podía imaginarlo.

De sólo intentarlo lo único que concebía era una imagen del tulpa comiéndole la cabeza cual mantis religiosa o desgarrándole la espalda con sus garras. Ra dio tres vueltas al círculo y dirigió su instrumento hacia arriba un segundo antes de arrodillarse en frente de la vela blanca. Abi se mordió la lengua cuando se dio cuenta de que no había terminado y continuaba murmurando, ahora levantando la vela en su mano para acercarlo a la línea de polvo gris. No tenía idea de qué podía pasar si a un brujo se lo interrumpía en medio de un ritual y no tenía ganas de comprobarlo. Después de que lo encendiera, una línea de chispas saltaron extendiéndose por los dos lados. Olía a metal quemado en el aire.

-¿Seguro de que no hay manera? –preguntó Abi, aprovechando que Ra había dejado de mover los labios.

-Bueno, podría inducirte una pesadilla que te dejaría casi en coma y así…

-Ya, ya –le cortó Abi, frutrado.

¿Por qué siempre acaba enfrentándose al peor de dos males y el peor de todos incluía joder con su cabeza de alguna manera? ¿Esa era la vida diaria de los brujos o sólo una particular mala suerte que había decidido pegársele como garrapata? No se atrevía a mirar ni siquiera al tulpa. Las chispas en el polvo gris se expandieron hasta dejar un camino negro alrededor. La sensación opresiva volvió a hacerse presente en su pecho, a pesar de que nada en el ambiente parecía haber cambiado. Ra sacó unas cuantas hierbas y las quemó al pie del colchón con la llama de la vela.

A sus espaldas provino un gruñido bajo que le heló la sangre. Abi miró con insistencia al brujo, rogándole mentalmente que no le dejara hacer eso o que al menos le asegurara que iba a hacer algo en caso de que la bestia le hiciera daño. Él no podía sanar ni tenía la magia curativa del otro, ¿y quién sabía hasta qué momento sería capaz de romper el círculo? Pero unos segundos más tarde se dio cuenta de que Alex no gruñía como si estuviera hambriento o furioso. Sonaba lastimado. No podía hacer otra cosa que volverse.

De entre la entrepierna del monstruo se alzaba un igualmente impresionante miembro hinchado lleno de venas palpitantes. La orden de mantenerse quieto seguía en pie de modo que aunque temblara y viera su erección con patente necesidad, el tulpa sólo podía mantenerse sentado con las piernas abiertas, incapaz de aliviarse.

-No te pasará nada, pibe –escuchó Abi. Incluso sin tener que girarse sabía que ahora el brujo hablaba dentro de su mente. El débil murmullo que salía de sus labios era puramente mecánico-. No puede hacerte daño, aunque quisiera. Y ni siquiera puede quererlo tampoco.

-Claro, loco, muy fácil para vos decirlo… -murmuró Abi, apretando los dientes.

-Yo también he tenido que hacerlo antes, pibe. Todo estará bien.

-¿En serio? –Abi buscó mirarlo, pero Ra tenía los ojos cerrados, los labios moviéndose y las manos encima de las hierbas.

Hacía tiempo que deberían haber terminado de quemarse y sin embargo ahí continuaban, elevando de entre los dedos del brujo un pequeño montón de humo blanco. Sin perder el ritmo de sus palabras, Ra asintió con la cabeza y Abi, a pesar de todo, se sintió un poco mejor. La verdad era que el brujo hasta ahora no había permitido que le lastimara y creía que podía confiar en que no iba a empezar ahora.

Además Alex era una criatura mágica creada para obedecer y proteger a su dueño. Si alguien sabía mucho mejor que él lo que era capaz o incapaz, sólo podía ser el brujo. Insistiendo en ese pensamiento, Abi se acercó hacia el tulpa y le puso la mano en una rodilla, notando cómo el músculo se tensaba. Un gruñido pareció escapar de su boca deforme mientras el resto de él se alejaba, apartándose.

-Domínalo –insistió Ra-. Sabe que está mal. No quiere contagiarte, aunque sabe que no puede.

Abi no sabía exactamente a qué se refería, pero siguió acercándose y tomó a los lados del ancho pecho del tulpa para tratar de moverle abajo. Estremeciéndose, Alex se sometió a su impulso y se acostó en el colchón, dejándolo ponerse encima. Abi arriesgó una mirada hacia atrás, pero se detuvo antes de vislumbrar al brujo. Alex era tan amplio que sus hombros casi se salían del colchón.

Abi se bajó los pantalones y no se sorprendió de ver que estaba blando. Se los acabó sacando, pero no se sentía con valor de sacarse la camiseta de encima. Tomó el miembro del tulpa, sintiendo su calor y dureza. La sensación fue casi abrumadora, como tomar los cuernos del toro o una de las cabezas de un monstruo griego. Cuando Alex realizó un súbito movimiento, emitiendo un sonido interrogante, Abi dio un respingo de puro espanto.

Pero lo que Alex quería era sólo erguirse un poco, señalando con su especie de hocico el punto que en cualquier otra circunstancia hubiera preferido que lo ignorara. Puede que incluso en esas en que estaban todavía hubiera deseado lo mismo, porque no se trataba de cualquier cosa tener semejante dientes dirigidos hacia una de las partes más sensibles de su anatomía. Alex quería la respuesta a algo, y se imaginaba qué era, pero no se encontraba capaz de moverse. Después de unos segundos de vacilación, dio un cabeceo discreto y la enorme figura se puso de rodillas en frente de él.

No quería mirar, no podía, y lo siguiente que supo era que algo húmedo y caliente se frotaba contra su piel. Eso no le sorprendió tanto como el hecho de lo fácil que era tomarlo por agradable. La reacción fue casi vergonzosamente instantánea con el calor subiendo por su cuerpo. Incluso si se forzaba a imaginar que se trataba del Alex de siempre, no había manera de confundir esa lengua con una humana. Y quizá ni siquiera le importa eso en realidad.

Tomando una profunda bocanada de aire, Abi dejó caer su mano sobre la cabeza calva del ser y se echó un poco para atrás, dándole más libertad y espacio. De vez en cuando el cuerpo temblaba, como sacudido por un intenso escalofrío en medio de una fiebre, y Abi no podría admitirlo, pero ni siquiera ese detalle conseguía perturbarlo después de un rato.  Cada vez que pasaba el tulpa soltaba un suspiro involuntario de su aliento y entonces debía contenerse el impulso de tomarlo de las sienes para sentir el resto de su boca. Todavía estaban los dientes que considerar.

Ra, no sabía cuándo, se había puesto de pie y colocaba barras de incienso aromatizado alrededor del círculo exterior. No había más que la distancia de un dedo entre uno y otro. Desde donde estaba ni siquiera podía ver sobre qué estaban apoyados pero estaban en posición vertical, creando una especie de jaula de humo alrededor de ellos. Percibía el olor a lavanda. Abi elevó la vista, pero el brujo estaba sumergido en su trabajo y no tenía tiempo para ponerle atención. Se dijo de nuevo que debía ser que él sabía lo que hacían.

En cuanto la figura estuvo completa, los estremecimientos del tulpa se acentuaron y se volvieron más frecuentes al punto que Abi tuvo que apartarse por temor a que lo acabara mordiendo por accidente.

-Acuéstate –dijo, casi sin aliento.

La primera respuesta del tulpa fue soltar un gemido que podía ser confundido tanto por uno de impaciencia como de genuino dolor. Volvió a ponerse sobre sus espaldas y cuando lo miró Abi se fijó en que volvía a caber dentro del colchón. El ritual por lo visto estaba funcionando, pero continuaban intactos los grandes músculos, el imposible miembro y los ojos negros reflejando la luz encima de sus cabezas.

Después de abrirle las piernas, encontró fácil lo que necesitaba. Era un poco pequeño, rojizo y parpadeaba rítmicamente. Sólo con poner la mano por encima sentía el calor que desprendía. Pensar que se vería envuelto en él no era desagradable. La saliva del tulpa se deslizaba por su erección y podría servir como el perfecto lubricante. Cuando empujó hacia adentro no sintió ningún asco, ningún temor. Su cabeza parecía un globo lleno de aire caliente apenas sostenido por sensaciones físicas básicas. Respirar, olfato, tacto de músculos grandes y duros capaces de destruirle, estremecidos y extrañamente vulnerable bajo sus manos. Por un momento tuvo la clara impresión de que sería tan fácil entrar en su cuerpo y ayudar al ritual como lastimarlo, ponerlo al borde la muerte. Estaba a su orden y sólo debería pedírselo para que echara a volar cualquier instinto de supervivencia. Tenía ese poder. Se sentía bien saberlo.

Cuando penetró en su interior, el monstruo hizo sonar lo que fuera le servía como pulmones en un suspiro plañidero ligeramente amenazador. Una vez se encontró en ese estrecho espacio, la nebulosidad que se había estado insinuando desde hacía rato acabó de inundar su mente y perdió cualquier noción de lo que sucedía a su alrededor. Fue como caer perdido en un sueño, pero no realmente. Todavía era consciente de que su cuerpo se movía y que mandaba las señales para causar el movimiento, todavía veía el frente, pero no se sentía parte de su propio cuerpo.

Pudo haber pasado horas como semanas o incluso años. Daba lo mismo y el impulso continuaba ahí como las olas en un maremoto infinito hasta que un rompimiento fue sencillamente la última nota, desperdigando en miles de pedazos su universo paralelo y cuando volvió a abrir los ojos todavía se sentía mareado, como si acabara de bajar de un ascensor acelerado. Estaba acostado sobre el colchón y la luna se había movido del sitio adonde estaba antes de que empezara. Había un peso extraño encima de su pecho y una melena rubia, abundante y sedosa debajo de su mentón.

Alex se frotaba contra su pecho con el amistoso apego de un cachorro. Al abrazarlo de vuelta Abi notó que no sólo era del todo humano, sino que su cuerpo había vuelto a ser el delgado y ligero que había conocido inmediatamente después de haberse comido su nombre. Las líneas de humo proveniente del incienso habían desaparecido. Abi notó que las varillas se habían consumido del todo y todo lo que quedaba en el suelo era las varitas de madera que los sostenían. La cabeza de Ra apareció en su campo de visión de pronto, pero estaba demasiado cansado para sobresaltarse.

-¿Cuánto…? –preguntó y se dio cuenta de que tenía la garganta seca.

Le dolía pronunciar cualquier palabra.

-Unas cuatro horas –respondió Ra, arrodillándose en frente de él. Le extendió hacia él un vaso lleno de un líquido de apariencia asquerosa-. Tuve tiempo de ir abajo y preparar esto. Es sólo una bebida energética, nada más místico que pura vitamina.

El brujo se adelantó y apoyó una rodilla sobre el colchón, levantándole la cabeza con una mano. Alex elevó la suya y le clavó una mirada asesina, ante la cual Ra sólo contestó girando los ojos. Abi no encontraba su voz para decir nada, de modo que se limitó a darle una palmada al hombro del tulpa. Incluso ese mero gesto le supuso un tremendo esfuerzo. Aunque no le hacía ninguna ilusión el sabor, aceptó de buen agrado el líquido bajando por su garganta.

Era ciertamente horrible y en la vida hubiera bebido semejante cosa de forma voluntaria, pero había sido mezclado con pedazos de hielo y resultó refrescante. Acabó bebiéndose hasta el último grumo verdoso que alcanzó su boca. Luego de lo cual, Ra le palmeó el hombro y apartó el vaso.

-¿Mejor ahora? –le preguntó.

-Sí –suspiró Abi, buscándole los ojos verdes. El peso de Alex y el hecho de que no lo aplastaba debajo resultaban reconfortantes-. Gracias. En serio. Vos… sos el mejor.

-Sí, ya sé –Ra parpadeó con lentitud y dejó escapar un bostezo que tapó con el dorso de su otra mano-. Yo también estoy algo cansado, pibe. ¿Qué dices si le ordenas a ese tulpa tuyo que te lleve a la cama y yo llevaré mi cama abajo?

-¿Va a poder? –preguntó Abi.

Como estaba antes de su encargo lo habría creído sin problemas, pero ahora era más alto que Alex por una cabeza y hasta se sentía mucho más pesado.

-Sí, no hay problema –le dio otra palmada y le irguió de manera que quedara sentado sobre la cama-. Vamos, díselo. Quiero dormir y dentro de nada ya va a ser de mañana.

Abi también quería hacerlo. Todo su cuerpo, en especial de la cintura para abajo, estaba molido y no le quedaba ninguna voluntad en los huesos.

-Ayúdame –le dijo a Alex.

Entre el tulpa y el brujo se las arreglaron para ubicarlo en la espalda del primero igual que una mochila. Las manos juveniles y delgadas de Alex le sostuvieron con fantástica firmeza desde atrás. Mientras el rubio se inclinara hacia adelante, Abi ni siquiera tenía que juntar sus manos para mantener el equilibrio. Apenas estuvo en posición, Alex se puso de pie como si no le pesara nada en absoluto.

Por el rabillo del ojo vio al colchón elevarse del suelo por comando de la navaja del brujo, flotando en el aire hasta la altura de su cintura. Ni siquiera tenía ganas de preocuparse porque alguien los viera. Seguro que incluso entonces Ra se las arreglaría para que no pasara nada grave. Abi le hizo a Alex esperar a que Ra estuviera listo para seguirlos antes de ponerse en camino.

-¿Todo bien, pibe? –preguntó Ra, siguiéndolo unos pasos detrás.

-Bien –respondió Abi, apenas manteniendo los ojos abiertos. En cuanto volvió a reunir la suficiente fuerza, decidió inquirir lo que pensaba-. Ra, ¿cómo era Alex antes?

-¿Cuando era mío? No era tan diferente. No sabía que había que crearles una personalidad y la que acabó teniendo fue por pura conveniencia para mí. Era menos empalagoso entonces, eso sí.

Abi negó con la cabeza antes de aclarar:

-Antes.

-Muy diferente, pibe. Tan diferente que hasta te sería imposible creer que tienen la misma cara. ¿Por qué?

-Sólo pensaba… -Abi bostezó a través de sus palabras- que me gustaría… no sé, que fuera alguien que pudiera conocer. Todo este rato –Otro bostezo- fue como preocuparse por un perro. Pero no es un perro. No me gusta verlo así.

-Un perro sería más listo –Ra se frotó los ojos-. Es un tulpa, nada más. Velo como un tulpa. Ya no es nadie.

-Qué macana –Abi sintió que cerraba los ojos y ya no podía subir los párpados de nuevo. La espalda de Alex era increíblemente cómoda en esos momentos-. Estaría bueno… que fuera alguien.

-¿De verdad?

Abi asintió sin fuerzas, durmiéndose sin remedio.

Siguiente capítulo: Mal karma.

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Un pensamiento en “Tulpa. 9

  1. Pues la verdad que estuvo bien bueno el capi, para qué negarlo.

    La verdad me gustó la relacion entre Rocky y Wolf, y en especial amo como lo pincha y provoca, apelando a que Wolf es tan muchachito delante de Rocky. No se por qué se me cruzo por la cabeza que un dia Rocky le puede hacer una travesura… o que se yo.

    Y me dio algo de ternura cuando Abi se preocupó por su tulpa y que estuviera bien. Eso fue bello.

    Siga asi, mi Reina!

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