Sugar Daddy. 7

Sin título-1

Capítulo 7: La decisión

 

La sala de espera a esas horas estaba vacía. Christian al final había tenido que pagar una buena cantidad de dinero para que el doctor pudiera despejarles la agenda de manera que nadie los acompañara mientras realizaban esa pequeña tarea. Creía que iba a ser una cuestión de lo más sencilla, entrar, que se hiciera lo que necesitaba que se hiciera, e irse. Sin más testigos que un recepcionista al que podía pagar todavía más para que mantuviera la boca cerrada sobre lo que había visto en su lugar de trabajo en esas horas.

 

Pero el doctor todavía no había vuelto de su almuerzo, de modo que ellos igualmente tuvieron que esperar a pesar de ser las únicas personas presentes.

 

-¿De verdad es necesario esto? –preguntó Jack a su lado, todavía jugando en su celular último modelo en el asiento al lado de Christian-. ¿Para qué debíamos hacerlo? Lo olvidé.

 

-Control general –respondió Christian sin perder un segundo en vacilaciones. Esa era la única respuesta que iba a dar porque era la única respuesta que había. En lo que respectaba al mundo fuera de su propia cabeza al menos-. Sólo para ver que andemos bien en todos los sentidos posibles. Si quiero que me dures un largo tiempo lo lógico sería que garantizara tu salud, ¿no es así?

 

-¿Cómo colesterol y este tipo de cosas?

 

-Sí, ese tipo de cosas precisamente.

 

-Yo me siento bien, si eso sirve de algo.

 

Christian puso la mano en la parte trasera de su cuello, libre gracias a la alta coleta en la que mantenía sujeto su cabello negro (un personal suyo favorito), y le dio un ligero apretón.

 

-Me alegra saberlo, pero todavía quiero asegurarme. Era parte del contrato hacer esto cada cierto tiempo.

 

-¿En serio? –Jack parpadeó mientras esperaba que se cargara un nuevo nivel de su juego-. Un día de estos voy a tener que leerlo en serio. No porque haga falta, ya sabes, sino para saber de antemano.

 

-Habría sido lo recomendable –acordó Christian Grey, anotando para sí que si alguna vez el adolescente de verdad le pedía el contrato de vuelta tendría que agregar una nueva cláusula que convirtiera lo que acababa de decir en verdad.

 

Jack movió su cabeza hacia arriba y Christian se encontró acariciándole la nuca. No dijo nada y el joven tampoco mientras con el dedo de la otra mano apagaba la pantalla de su celular. Sólo ahí, relajándose bajo la suave presión de sus dedos. Christian pensó en que si el doctor tan poco inconveniente tenía en mantenerlos esperando incluso a pesar del dinero que le había enviado de antemano, entonces él también debería hacerlo esperar llevando al muchacho al baño para entretenerse con su cuerpo por una igualmente buena cantidad de tiempo.

 

No sería la primera que se lo hubiera follado en lugares públicos adonde podrían atraparlos. La idea infló sus venas en sus partes bajas con ardiente deseo. “Podría ser tu hijo”, llegó como una molesta mosca una vez que extrañamente no venía de su polla recién despierta. Era una nueva voz y no le gustaban las cosas nuevas que no había previsto, de modo que era bastante incómodo que estuviera pasando eso ahora. Su erección seguía ahí pero ahora se le revolvía un poco el estómago como el caldero de una bruja. La electricidad entre sus cuerpos iba a volverlo loco. Christian alejó su mano para intentar controlar su deseo.

 

Jack lo miró con algo de sorpresa por el súbito movimiento, pero justo en ese momento llegó el doctor apresurando sus pasos por el pasillo. Christian lo fulminó con la mirada hasta que el hombre se detuvo en frente de ellos con la mano extendida.

 

-Discúlpeme, señor Grey, tuve que recoger a mi niño del colegio porque mi esposa tuvo una emergencia –explicó rápidamente entre profundas inspiraciones.

 

Debía haber venido corriendo parte del camino. “Como si a mí me fueran a importar tus ridículas excusas, viejo inútil”, pensó Christian, negándose ver al lado al adolescente. Si ese viejo maldito hubiera aparecido antes como era la idea original ahora no se sentiría como si estuviera echando a perder una perfecta oportunidad de alcanzar un nuevo orgasmo.

 

-Soy un hombre bastante ocupado, doctor –dijo, estrechando su mano delgada y fría brevemente. Le recordó por un segundo a las manos de sus víctimas después de que ya hubiera pasado un tiempo desde que la sangre dejara de circular por sus venas o hubieran sido desprendidas del resto del cuerpo-. Espero que entienda que esta clase de tardanza no debería tener que soportarla.

 

-Entiendo, señor Grey. Lo lamento en serio. ¿Pasamos ahora?

 

El doctor lo miró ansiosamente esperando una respuesta. Christian dio su acuerdo y él, junto a Jack, se puso de pie para seguir el doctor hasta su consultorio al final del pasillo. El doctor sacó torpemente las llaves de su bata blanca, la colocó en la cerradura y al abrir encendió la luz con su mano libre de cadáver prematuro.

 

-Por favor, pasen –les indicó el hombre.

 

No era especialmente grande, pero tampoco necesitaba serlo. Christian vio una cama metálica al lado de un instrumento que imagino serviría para pasar a las personas. En la otra pared habían un armario lleno de los instrumentos médicos esenciales. Christian Grey sintió una natural atracción por la presencia del metal brillante en los estetoscopios, pensando en bisturíes, agujas y otras maravillas de lo más entretenidas.

 

-¿Quién irá primero? –preguntó el hombre, dejando su bata colgada en un perchero cerca de su pequeño y humilde escritorio.

 

-El chico irá –respondió Christian de inmediato sin volverse.

 

-Siéntate en la mesa, por favor. ¿Cómo te llamas, joven?

 

Jack esperó unos segundos a ver si su padre prefería responder la pregunta por él, pero Christian todavía estaba pensando en los distintos lugares de un cuerpo humano en los que podría clavarlos y no se acabó percatando. Jack dio un pequeño salto para subirse a la mesa. En previsión a lo que le iban a pedir llevaba puesta una camiseta de manga corta.

 

-Jack.

 

-Muy bien, Jack. ¿Te han sacado la sangre antes? Disculpe, señor Grey –dijo el hombre. Sólo cuando sintió su mano tocarle el hombro Christian se dio cuenta de que estaba bloqueándole el acceso a los instrumentos que necesitaría.

 

Christian lo dejó ser dirigiéndose hacia la silla frente al escritorio y tomando asiento en dirección a la mesa. Jack movía sus pies de adelante hacia atrás mirando sus propias rodillas cubiertas por sus pantalones jean. El pensamiento de que era el joven más hermoso que había visto era inevitable. La idea de que fuera todo lo atractivo que sus estándares pudieran concebir y existiera la mínima posibilidad de que no pudiera tocarlo le llenaba con una casi instantánea ira. Era de lo más injusto. Y si resultaba verdad sólo sería otra evidencia de en qué varias más maneras haber conocido a Anastasia Steele era lo peor que podría haberle pasado en la vida.

 

Sólo quería estar con ese chico. Ser todo para él como el chico lo era para él. ¿Por qué tenía que aguantarse el peso de una palabra tan poco elegante como “incesto” de pronto? Todo el escenario era de lo más absurdo. “Al menos nunca tendremos que pasar el suplicio de tener que abortar a un niño deforme”, le comunicó su polla saltando contra su cremallera. Eso era verdad, gracias al cielo. Un verdadero milagro o ya habría tenido que lidiar con una clase totalmente diferente de doctor.

 

-Sí, para otros exámenes y cosas así –dijo Jack extendiendo su brazo con la mano ya cerrada en un puño-. También he donado unas cuantas veces y nunca me dijeron que tuviera nada de malo.

 

-Entonces esperemos con que salgamos con buenos resultados hoy también –afirmó el doctor con una sonrisa, sacando la aguja de su envase y colocándola sobre la hipodérmica.

 

“Por el amor de Dios, espero que no”, pensó Christian, sintiéndose incómodo en el estómago.

 

El doctor puso la goma amarilla entorno al delgado brazo de Jack y apretó con fuerza. Luego le golpeó con el dedo índice y del medio la zona interior del codo hasta que una vena se atrevió a salir en relieve. Cuando hizo penetrar la aguja, Christian notó que el joven seguía el proceso con la misma atención exclusiva que el doctor. En cuanto el recipiente de plástico empezó a llenarse de su sangre, un brillo que no le era en lo absoluto extraño llenó esos preciosos ojos azules. Christian, viéndolo, sintió un ramalazo de deseo imposible como si lo que estuviera contemplando fuera a él directamente.

 

A pesar del asco inicial, Jack había resultado ser un mejor ayudante de lo que nunca podría haber soñado. Sería una verdadera lástima, una que en realidad lamentaría, si se viera enfrentado a la situación que más se temía. ¿Qué se suponía que debería hacer aun entonces? ¿Existiría algo todavía que pudiera hacer? ¿No sería mucho más sencillo pretender que nada había pasado sin importar lo que el resultado dijera? Jack no tenía idea de nada. Podía seguir sin tener idea y nada tendría que cambiar, nadie tendría que confesar haber hecho un error comparable a perseguir a Ana.

 

-Muy bien, listo, jovencito. Ya se puede bajar –dijo el doctor, dejando la aguja a un lado para desatarle la goma. Jack cerró su brazo, apretando con el pulgar de la otra mano la bandita y el algodón que tenía ahí. Se salió de la mesa con un pequeño salto-. Señor Grey, su turno.

 

Christian tragó saliva. No tenía problema con la sangre ajena derramándose, todo lo contrario, pero cuando se respectaba a su propia sangre se sentía más que un poco contrariado. La última vez que se había hecho un examen que requiriera de él entregar esa parte de su cuerpo había estado luchando todo el rato con el impulso de agarrar la cabeza de la enfermera que le atendía para estrellársela contra la pared, apuñalándole incontables veces con la aguja usada de paso.

 

Si se permitía caer víctima de esos instintos no sería más que un gran inconveniente para todos. Por no mencionar que tendría que encontrar y sobornar a otro doctor para tener las respuestas principales que en serio necesitaba, lo que era algo que su paciencia no iba a consentir de ninguna manera. Ni modo, pensó Christian sentándose. Sólo iba a mirar para otra parte y pensar en cualquier otro asunto para no tener presente que un viejo le estaba sacando la sangre y él no hacía algo para impedírselo.

 

Se subió la camisa hasta arriba del codo y se sentó a la mesa. Podría haber ido a un montón de doctores, la verdad. Pero al menos con ese tenía más claro que se dejaba acaramelar relativamente fácil y podía tratar asuntos importantes con impecable discreción, un bien que personas como los Grey valoraban prácticamente por encima de todo, justo después de la lealtad. En cuanto estiró su brazo, Christian intentó encontrar en la habitación algo digno de conservar su atención, algo bueno, pero no había nada más que instrumentos, unos pocos diplomas de alguna universidad médica y fotos familiares con mocosos sonrientes.

 

La presión de la goma se sintió horrible. No pudo contenerse el gesto de desagrado y volvió la vista hacia el otro lado, hacia el escritorio. Jack había ocupado el asiento que antes ocupara y lo miraba apoyando los brazos sobre la cabecera. En cuanto sus miradas coincidieron, el joven le dio una suave sonrisa de ánimo. Debía haber notado que no estaba precisamente contento con toda la experiencia e intentaba alegrarlo a su pequeña manera. Christian lo tuvo difícil imaginarse teniendo que matarlo.

 

Lo amaba. ¿No era eso lo que le había dicho? Que su relación básicamente no hubiera cambiado de ninguna manera significativa desde aquella tarde era aparte del hecho de que esas palabras salieron de su boca y ni siquiera lo hizo para obtener algo que ya sabía Jack no le iba a negar de todos modos. Se lo dijo porque le pareció que tenía sentido y en realidad no significaba ninguna pérdida de él. Se lo dijo porque no quería que el resto del sexo se volviera incómodo o que algo de la manera en que ellos dos interactuaban lo hiciera. Se lo dijo porque imaginaba que, fuera lo que fuera el amor, lo que ellos dos tenían debía ser lo más cercano que alguna vez podrían aspirar a eso.

 

La verdad, no quería prescindir de él. No quería tener que matarlo. No quería que la estúpida de su ex esposa se lo arruinara incluso después de tantos años. Jamás se lo perdonaría si era así.

 

De pronto Jack le guiñó un ojo, como si estuvieran compartiendo un chiste privado, antes de ponerse a lamerse los labios lentamente, dejándoselos brillantes antes de mordérselos juguetonamente. Una sensación de absoluto horror bajó por la espina de Christian al darse cuenta de que no deseaba dejar inconsciente al doctor de un golpe para follárselo encima del escritorio, arrancándole toda la ropa y azotándole por tener la audacia de tentarlo en primer lugar. En cambio fue como si una brisa helada le golpeara justo la entrepierna. Sencillamente… no podía pensar en sexo. Su cabeza no podía estar más lejos de esas ideas.

 

“¿Qué mierda significa esto?”, protestó su polla e incluso su voz sonaba débil, casi macilenta, muerta debajo de su cintura. Eso no podía seguir así. ¿Qué se suponía que iba a ser si no podía tener sexo? ¿Iba a ser así de ahora en adelante? Dios, esperaba que no. Poder tener sexo y no hacerlo debía ser un castigo sólo diseñado por el más sádico demonio.

 

-Listo, señor Grey –le dijo el doctor dándole una palmada en el brazo y Christian casi dio un respingo. Cuando se dio cuenta el hombre ya le estaba colocando la bandita algodonada en el brazo-. Cierre el brazo, por favor. Gracias.

 

Christian se bajó de la mesa.

 

-Jack, espera en el auto con Taylor. Tengo que hablar algo con el doctor.

 

Jack se encogió de hombros y se puso de pie. Estrechó la mano brevemente del doctor para despedirse de él y salió del consultorio. Christian empezó a arreglarse la camisa en tanto el hombre ponía las dos muestras en diferentes bolsas de plástico amarillo mostaza.

 

-¿Cuánto tardará en tener los resultados? –preguntó.

 

El doctor se ocupó en marcar las bolsas con un marcador negro antes de colocarlas en un cajón de su escritorio.

 

-Los enviaré al laboratorio esta misma tarde, tal como hemos acordado. Para dentro de tres días ya debería estar todo listo.

 

-Es decir, el lunes de la semana que viene, ¿no? Bien, enviaré a mi empleado para recogerlo. Como usted sabe, prefiero que todo el asunto se lleve a cabo lo más silenciosamente posible.

 

-No se preocupe, señor Grey. Hacemos cosas así todo el tiempo. Cuando se trata de familias poderosas como los Grey este tipo de cosas siempre es mejor asegurarse.

 

Christian casi se sintió tentado a echar una carcajada por la ingenuidad del hombre. Como si el reclamo de una mujer que quisiera reclamar para un nacimiento indeseado pudiera alguna vez representar un problema lo bastante grande para que se estuviera tomando las molestias que se tomaba ahora. Pero si esa resultaba una explicación mucho más respetable que “lo hago porque creo que me he llevado a mi hijo biológico a la cama”, por mucho prefería que se la creyera a la primera.

 

Cuando salió del edificio y abrió la puerta de su vehículo, Jack estaba hablando con Taylor por encima de la ventana que lo separaba de la sección de conductor. Desde que dejara que el muchacho saliera por su cuenta de la mansión (previa autorización pedida y concedida) y Taylor servía como una especie de guardián, los dos habían terminado llevándose de buenas migas. De haberse tratado de cualquier otro hombro ya habría tenido sus dudas acerca de la naturaleza de su relación y tendría a alguien siguiéndolos para asegurarse de que no hacían cosas inapropiadas, pero tratándose específicamente de Taylor podía sentirse un poco más seguro. Al menos con respecto a esos dos siempre tenía todas las cartas para ganar cada partida y podía controlarlos dentro de sus propias expectativas.

 

-Vamos a casa directamente, Taylor –dijo Christian tomando asiento. Jack se le colocó al lado-. Dejarás a Jack en casa y luego me llevarás a la oficina.

 

Agradeció para sus adentros el hecho de que fuera viernes, los únicos días de la semana en los que podría salir temprano y nadie le diría nada (no que le dirían algo incluso si fuera un día normal de semana).  Taylor asintió con la cabeza antes de dirigirse al frente del vehículo. Uno segundos después la ventanilla oscura se elevaba. Christian sacó su celular para empezar a revisar su correo electrónico por si el nuevo negocio que estaban trabajando le presentaba con alguna novedad.

 

En cuanto ellos contaron con la suficiente privacidad, Jack se inclinó hacia él y le apoyó la mejilla contra su hombro.

 

-¿Estás bien? –le preguntó.

 

Christian tecleó la aplicación que no era sin darse cuenta. No levantó la vista para no reconocer que había sido un accidente, de modo que continuó revisando sus suscripciones de Youtube como si esa hubiera sido toda su intención desde el inicio.

 

-Por supuesto. ¿Acaso te doy la impresión de que no lo estoy?

 

-No me dijiste que no me azotarías por haberte sonreído así en frente del doctor.

 

Se había olvidado completamente de esa pequeña insolencia. La impresión de no haber recibido un directo estímulo sexual agresivo había sido todavía mayor que el recordar las reglas que él mismo impuso. No podía decirle esa parte de la verdad. Ninguna parte de la verdad siempre era una mucho mejor opción. Christian se aclaró la garganta, la vista fija en su celular.

 

-¿Entonces qué? ¿Lo hiciste adrede con tal de que azotara? ¿Qué sentido tendría castigarte en ese caso?

 

-¿Eso significa que no vas a hacer nada conmigo? –preguntó Jack y, a pesar de que no lo veía, podía escuchar claramente que estaba haciéndole un puchero.

 

Christian apagó la pantalla de su celular y lo dejó a un lado del asiento antes de volver hacia el joven con expresión seria. El gesto quejumbroso de Jack se borró en el acto como si la máscara se le hubiera caído de entre los dedos, dejándole la mirada vacía que debía tener para ser apropiadamente sumiso. Christian le sostuvo el mentón en alto con sus manos y buscó a consciencia su mirada.

 

Eran unos ojos hermosos, preciosas lagunas de agua cristalina en las que sumergirse cada vez que quisiera. Fuentes abiertas para su libre consumición todas las veces que había querido durante los últimos meses. Antes de que Elena apareciera con sus ridículas teorías a arruinarlo todo. Pero mientras estaba ahí, siendo capaz de contar las pestañas de sus ojos entre cada parpadeo, Christian encontró difícil recordar que el hecho de que era bastante posible que fuera su hijo era algo malo. No eran sólo padre e hijo, con contrato o sin él, ¿verdad? Eran sólo dos personas con la peor mala suerte que alguien pudiera concebir.

 

Christian se rencontró de pronto inclinándose al frente para tomar un beso inusualmente suave de sus labios rosa. No eran los labios de un hijo reencontrado, sus labios o los de Ana en nueva carne. No podía sentirlos de otra manera que como los labios de Jack. Los labios de un esclavo al que podía usar todas las veces que quisiera y no se quejaría ni una sola vez. Cuando estuvieron unidos, Jack sólo alcanzó a darle un leve apretón de labios antes de que volviera a apartarse. Se lamió los labios como si buscara volver a sentir su sabor. En ningún momento apartó la mirada.

 

“Y ahí vamos”, le dijo su polla pareciendo alzarse de entre los muertos con el entusiasmo de los vencedores en batalla. Gracias al cielo, tuvo tiempo de pensar con alivio antes de lanzarse a por esa fruta posiblemente prohibida que no tenía idea de que lo era. Tenía el sabor más exquisito del mundo y el sonido que hizo al tomarle de la nuca, un débil gemido como un cachorro hambriento, encendió con fuego sus entrañas.

 

En la zona del conductor, a pesar de que no tenía la mejor recepción de sonido de lo que sucedía detrás de la ventana a sus espaldas, Taylor todavía podía escuchar lo que sucedía, sobretodo si eran sonidos que resonarían naturalmente adentro del vehículo, como una mano apresurándose en romper el aire para impactar contra otro pedazo de carne o un eventual grito de dolor. Estaba entrenado para saber que ni bien percibía cualquiera de los dos, su trabajo era colocarse los audífonos en la guantera y poner cualquier música en su reproductor al máximo volumen.

 

Eso fue exactamente lo que Taylor realizó automáticamente cuando a sus oídos llegó la voz de Jack dando un pequeño grito. “Oh, no”, pensó con pena, dejando a su mano buscar los audífonos. “¿Qué es lo que ha hecho ahora? N que de verdad necesitara una razón para hacer ese tipo de cosas.”

 

Pero no era su trabajo preocuparse. Hacía mucho tiempo había abandonado su derecho a quejarse de lo que su jefe hiciera. Ahora sencillamente era una hipocresía para su cabeza pretender que lo hacía. Taylor se dejó ensordecer por la música y trató, de verdad trató, no pensar en lo que estaba pasando justo detrás de su cabeza, fallando del todo a cada segundo.

 

Mientras adentro de Taylor una nueva lucha de voluntades se alcanzaba y su moral se veía comprometida, Jack volvió a gemir en voz alta cuando Christian Grey  le pegó un mordisco a un pezón y después lo tironeó poniendo su lengua a través de la argolla. Esta vez apenas tenía que recordarse que a su padre era a quien le gustaba que fuera especialmente vocal. Se suponía que las argollas iban a aumentar la sensibilidad para él en esas zonas y estaba comprobando lo cierta que era esa idea. Por no mencionar que la idea fija de que Christian podría tironear todo lo que quisiera hasta arrancarle el pezón o al menos cortado por el medio enviaba corrientes locas de placer por todo su cuerpo.

 

Christian no solía tener paciencia para muchas cosas, en especial con lo que fuera que lo incluyera a él, pero en esa oportunidad parecía que no quería perder el tiempo con más besos o caricias de las imprescindibles, prefiriendo saltar directo a los estímulos dolorosos que sabía podían darle resultados más inmediatos. Después de que le hubiera quitado del todo su camiseta, Christian se puso a trabajar para abrirle los pantalones, encontrarla la ropa interior y bajárselos a ambos al mismo tiempo de un solo movimiento. Su erección saltó de felicidad, pero se detuvo cuando Christian puso su mano alrededor y comenzó a moverla de arriba abajo rápidamente, desconcertándolo pero sin verdadero deseo de preguntar. Christian no solía tocarle en esa área a menos que pensara torturarlo de alguna manera específica, lo que estaba bien para él si podía tener orgasmos con sólo la cantidad correcta de dolor aplicado, pero no iba a cuestionar nada de esa naturaleza porque ahora mismo las palmas de su Amo se sentían fuertes y bruscas, sin el menor interés en aplicar un mínimo cuidado, y eso podía ser otra pequeña tortura.

 

Abrió todavía más sus piernas y bajó un poco mas su cuerpo por el asiento cuando escuchó el providencial sonido de Christian bajando de golpe de su cierre. Tuvo apenas unos segundos para relamerse viendo la erección dura del hombre antes de que Christian lo sostuviera de los hombros y penetrara de un golpe, sin darle la posibilidad de hacer nada más. Las embestidas sucedieron de inmediato, empujando su cabeza contra la pared de la limusina.

 

No sabía exactamente lo que estaba pasando ni por qué, pero no iba a ser él el que empezara a hacer preguntas al respecto. A una gran parte de sí le encantaba que el humor del hombre fuera tan imprescindible y unas de sus respuestas primarias fuera follarlo de cualquier, con más fuerza mejor, porque eso significaba que podía sacar la mayor satisfacción posible sin tener que poner mucho esfuerzo en provocarlo. Desde la noche anterior que Christian no lo había tocado y esa mañana tampoco le pidió que le diera su mamada matutina antes de irse a trabajar, habiendo entrado a su cuarto antes de que hubiera despertado y quedarse mirándolo hasta que se hubiera despertado por su cuenta. En cambio, ni bien se levantó y bajó a preguntarle a una sirvienta adonde estaba el señor Grey, este ya se había ido sin demora.

 

No recordaba la última vez que algo así había pasado y se daba cuenta de que había extrañado no poder haberse despedido. Imaginó varias cosas, desde que el hombre sencillamente no se sentía apto, quizá por un mal estomacal, hasta la urgencia de una reunión o algo por el estilo que requiriera su atención en las oficinas. Como sea que fuera, parecía que ahora su Amo quería recuperar el tiempo perdido, casi con desesperación, y el resultado no podía ser nada más deseable para Jack.

 

A pesar de su deseo, de sus jadeos y el claro placer que derivaba de la brusca penetración (tal como le gustaba), Jack todavía tuvo suficiente presencia de ánimo para extrañarse cuando Christian se inclinó al frente y le abrazó la espalda baja. Jack le abrazó envolviéndole el cuello con los brazos de forma instintiva, pero no se trataba sólo del gesto lo que el hombre planeaba porque pronto se empujado y elevado en el aire. Jack enlazó sus pies alrededor de la cintura de Christian, haciendo todavía más sencillo que este pudiera acomodarlo en su regazo cuando volvió a sentarse en el asiento. Al parecer quería en particular que estuviera arriba, lo que definitivamente tampoco sucedía muy seguido pero a quién le importaba eso en realidad.

 

La sensación de elevarse con sus propias piernas y sus manos aferradas a cada lado de la cabeza de Christian, para luego dejarse caer con fuerza, sintiendo toda la extensión del pedazo de carne que se introducía, era sencillamente gloriosa. Si Christian continuaba masturbándolo con la falta de cuidado era ´posible que acabara corriéndose junto a su Amo, lo que no sucedía con ninguna frecuencia pero cuando pasaba no podía ser nada más que conveniente.

 

Christian le sostuvo su boca contra la suya como si quisiera tragarse su lengua. Jack aumentó la velocidad de sus movimientos, procurando apretar sus interiores antes de bajar, aplicando una nueva brusquedad en su propio cuerpo. Apenas podía respirar con el aliento del hombre en la cara, pero no importó porque luego de lo que parecieron horas de un delicioso coctel de dolor y agrado, a pesar de que sólo habían sido unos minutos desenfrenados, acabó en una explosión nuclear por todo su cuerpo al sentir la corrida de Christian llenándolo.

 

El muchacho se derrumbó sin voluntad encima de su padre mientras este le palmeaba la espalda como si se hubiera portado bien. Los dos se quedaron en silencio unos segundos. Todavía no habían llegado a destino, pero Jack no se atrevía a sugerir que aprovecharan de nuevo esos minutos y se contentó con acariciar el cuello del hombre con su nariz. Estaba empezando a relajarse cuando un gemido volvió le fue arrancado de su boca al sentir que el miembro, todavía enterrado en su interior, se despertaba con renovado brío.  Jack no pudo evitar lanzarle una mirada de asombro.

 

-¿Qué tal una segunda ronda? –preguntó Christian y tenía la clase de sonrisa que conquistaría a todas sus compañeras si viniera de un adolescente en el colegio.

 

Jack le acercó para besarlo de vuelto y apretó con intensidad su entrada. Todavía no estaba cansado. Podía hacerlo todas las veces que se le requiriera.  Christian tomó su gesto como la rotunda afirmación que era y se alzó de nuevo con él en brazos, a fin de ponerlo acostado contra el suelo de la limusina, elevar sus caderas y moverse como si no le importara otra cosa en el mundo que enterrarse en él.  A Jack le parecía bien. Le encantaban esas ocasiones y no le importaba ofrecer su sacrificio para calmar las ansias del hombre, varias veces en un mismo día si era necesario.

 

Para el momento en que finalmente llegaron a la mansión y Taylor aceptó para sus adentros que no podía seguir ocultándose detrás de la música para siempre, sólo había pasado una media hora. Pero conociendo a su jefe, en una media hora podía mucho más de lo que otros hombres decidían tomárselo con calma para disfrutar cada segundo como un dulce individual, de modo que ya estaba preparado para ver a Jack con la cara hinchada por las lágrimas y apenas siendo capaz de caminar mientras Christian saldría casi luminoso, satisfecho como un gato que hubiera arrastrado al ratón que acabara de matar.  La misma escena patética que había visto ya incontables veces y siempre le golpeaba como si fuera la primera. En especial a su pobre corazón y mente de militar, más entrenado a la asistencia rápida e inmediata que a volver la vista ante las claras señales frente a sus ojos de algo que no estaba del todo bien.

 

Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, Jack salió primero con una gran sonrisa pegada al rostro. Christian salió inmediatamente detrás de él y, dado que él era quien llevaba el traje formal, sólo en él quedaba claro que no habían limitado a hablar en voz alta dentro del vehículo.

 

-Necesito cambiarme –dijo el hombre. Su corbata se le había desprendido de su lugar en la camisa y colgaba a mitad de su pecho-. Espérame mientras hago eso antes de que volvamos a la oficina.

 

“Oh, claro”, pensó Taylor, sorprendiéndose a sí mismo de que no lo hubiera pensado antes. Después de todo a Christian le servía bien cualquier espacio para dar rienda suelta a sus deseos y un vehículo en movimiento no iba a detenerlo en eso. Al menos por esa ocasión parecía que el chico había estado de acuerdo con todo el hecho, lo que suponía era algo por lo cual estar agradecido para calmar su consciencia.

 

-Sí, señor –dijo con la misma solicitud de siempre, dejando que la puerta de la limusina se cerrara con cuidado.

 

Vio que Christian se adelantaba para seguir el mismo camino por el cual había seguido Jack y que al encontrarse ambos a la misma altura, Jack le dirigió al mayor otra larga sonrisa. Christian le sonrió de vuelta antes de rodearle los hombros con un brazo y besarle la coronilla de cabello revuelto, adonde varios mechones hacía tiempo se habían desprendido de su coleta y la coleta en sí caía mustia a sus espaldas. A ninguno de los dos parecía importarle ese detalle.

 

A veces Taylor de verdad se preguntaba para qué siquiera se molestaba. La señorita Steele había sido también así. Durante un tiempo todas las mujeres y los chicos eran así, como si acabaran de encontrar al paraíso. Pero Jack había visto al verdadero señor Grey en su primer día, no había manera de que no conectara los puntos, y seguía ahí contento de la vida. ¿A lo mejor ya era una causa pérdida y ese era un hecho más que tendría que aceptar, entre tantos de por sí desagradables? Quizá… pero no le gustaba en lo absoluto pensarlo. El muchacho era demasiado joven para semejante corrupción. El hecho de que hubiera conseguir sobrevivir durante tanto tiempo le alegraba tanto como intranquilizaba. ¿Qué tanto daño habría hecho ya? ¿Existía siquiera la mínima posibilidad de esperanza?

 

No sabía. No podía imaginarlo. Pero esa sería otra de las miles de preguntas y cuestiones que tendría que llevarse a la cama.

 

 

“El lunes tendré los resultados”, pensaba Grey mientras besaba la boca de Jack contra la pared de un ruidoso club nocturno en Nueva York. Era un bar gay, de esos adonde los cuerpos sudorosos y trabajados de varios hombres que pasaban varias horas en el gimnasio eran presumidos en la pista mientras una asquerosa música electrónica le dejaba con ganas de destrozar un vaso, agarrar un pedazo de vidrio especialmente afilado y clavárselo en los oídos con la esperanza de matar sus tímpanos. Dado ese tipo de ambiente y el hecho de que se hubieran movido a la parte trasera del establecimiento, adonde, si uno ponía la suficiente atención, podía escuchar los gemidos saliendo del baño, a Christian no podría importarle menos quiénes los vieran.

 

La relación entre ellos podían ser muchas cosas, pero por lo que respetaba a cualquier mirón que les tocara esa noche, sólo eran un hombre mayor disfrutando de la compañía de un joven. Odiaba todo lo que tenía que ver con demasiadas personas aburridas y sosas en un mismo ambiente adonde imperaba la alegría. De hecho, la alegría ajena en general le ponía de mal humor. Pero no podía negar el efecto positivo que tenía sobre él y su polla el andar exhibiendo por ahí su estatuto de sugar daddy (un término que no se acercaba en lo absoluto a describirlo, se decía) del brazo de su última conquista.

 

Eran dos personas atractivas, desde luego. Jack destacaba incluso si le había hecho ponerse una camisa de manga larga (de diseñador, por supuesto) con unos jeans normales (también de diseñador) en lugar de permitirle la camiseta amplia sin mangas y los shorts que se suponía sólo compraron para llevar en la playa, y nada más que para eso, que originalmente buscaba ponerse. “Sería mucho más fácil así”, argumentaba el joven. “Puedo hacer de señuelo, ya lo sabes.”

 

Pero Christian se había negado de pleno, incluso si sabía que tirar la preciosa carne blanca de Jack entre esos lobos siempre traía los resultados más inmediatos. Además, sabía que el muchacho se las arreglaría igualmente. Esa noche, y todas las que quedaran, quería que su carne fuera sólo para él y que el resto de esos idiotas sólo se pajearan imaginando lo que él podía contemplar todas las noches durante su sueño sin ninguna restricción.

 

Estaban en busca de una presa, sí, pero esa verdad (lo que era suyo se lo miraba, no se lo tocaba, y sólo se lo miraba de una forma que él pudiera aprobar) era todavía más prevalente que cualquier otra cosa.

 

“El lunes sabré si es verdad o no”, siguió diciéndose, moviendo su rodilla entre las piernas del más joven y sintiendo el bulto contra sus muslos. Jack jadeó con deseo y se lamió los labios antes de mordérselos. ¿Quién podría esperar que hiciera otra cosa que reemplazar esos dientes con los suyos, chupando con deseo? “Son sólo dos días de incertidumbre”, se había dicho durante las horas de oficina, en medio de una reunión que por ser importante resultaba extra aburrida, mientras debajo de la mesa intercambiaba con Jack planes para el fin de semana a través de su celular. Dos días en los que no sabría si la persona con la que estaba haciendo todo lo que había hecho con sus sumisos los últimos años y un poco era de verdad su hijo biológico o no.

 

Todavía no tenía claro cuando llegara ese momento, pero él no sería Christian Grey si de verdad dejara desperdiciar los tesoros que poseía. No podía dejarlos ahí, reuniendo polvo y sin usar. De modo que estaba claro lo que tenía que hacer: exprimir la bendición que era su ignorancia al máximo mientras pudiera conservarla. Podía ser que ellos dos compartieran mucho más que sus intereses más profundos… o podía ser que no. Iba a ir con la asunción de que mientras no lo supiera, no había daño que se pudiera hacer. Seguiría sin saber de no haber decidido presentarle a Elena el chico. De modo que estaba bien. Podía hacer eso.

 

Jack sonrió, mirándole con ojos de los que parecían saltar chispas. Christian le apretó las nalgas, dejando que sus dedos cayeran naturalmente por el medio, abriéndole esas mejillas. No quería más de la vida que bajarle los pantalones y follárselo contra la pared mientras las débiles luces de colores apenas iluminaban sus siluetas desde la pista de baile, pero no era para eso lo que habían venido. Al menos por esa noche.

 

-¿Ya viste alguno que sirva? –preguntó Christian, hablando separados apenas por unos centímetros de su boca.

 

El aliento de un jadeante Jack le daban pequeñas cosquillas.

 

-Hay un tipo en el bar que no ha dejado de verme en toda la noche –Jack se puso en puntas de pie para lamerle la boca. Contra su pierna siguió presionando su erección anhelante-. Si lo acaramelo sólo un poco más va a seguirme adonde sea. Algo me dice que si le menciono la palabra trío y ve lo guapo que eres le va a faltar tiempo para seguirme y hacer lo que quiera.

 

Christian gruñó con malas contenidas ganas y le mordió el cuello, estrujándole las nalgas entre sus manos. Incluso la mera sugerencia de que otro hombre pudiera tocar sus posesiones le ponía de malhumor, pero por otra parte le encantaba que su hijo tuviera tanto entusiasmo por ayudarle en lo que tenía pensado. Era una dicotomía personal a la que ya casi estaba acostumbrado. Jack le besó en la mejilla, rodeándole el cuello con sus brazos.

 

-¿Quieres que vaya yo o quieres hablarle tú? –preguntó en voz baja.

 

Christian suspiró. Sabía que tenía que dejarlo ir de cualquiera manera, sin importar su respuesta, y no le gustaba el prospecto.

 

-Mejor hazlo tú –dijo, sobándole todavía y causando pequeños gemidos de excitación que le hacían sentir como si tuviera aceite encendido en las venas.

 

-De acuerdo.

 

En lugar de soltarlo de inmediato, Christian se permitió unos placenteros minutos para continuar frotándose contra el cuerpo del más joven, besarlo ferozmente en contra de la pared antes de liberarlos, los dos sin aliento. ¿Cómo se le ocurrió alguna vez que no podría querer hacer eso de nuevo? Debía haber estado todavía alucinando por la impresión. Era una locura pedirle algo así.

 

-Apresúrate –jadeó con voz ronca-. No quiero esperar demasiado, maldita sea.

 

-Espera en el otro extremo del bar para que él pueda verte –dijo Jack, pasando las manos por su pecho cubierto por una camisa (igualmente de diseñador) con dedos ansiosos-. Y morirse de envidia porque no ha estado contigo antes.

 

Christian emitió una suave risa. No tenía sentido negar que otras personas pudieran pensar así.

 

-Vamos –dijo, dirigiéndose tanto al más joven como a su adolorida erección bajo sus pantalones.

 

Podría todavía hacer que el más joven le diera aunque fuera una mamada para tener un final rápido, pero no era para finales rápidos que habían hecho ese viaje y de paso conocía las delicias de tener relaciones justo después de haber acabado con una nueva presa. Cada vez que lo hacían era como follarse con una bestia o un demonio de la que nunca había conocido antes. Era todavía más excitante que lo que sucedía justo después de que aplicado una buena cuota de dolor sobre el cuerpo del más joven y este estaba drogado con sus propias sensaciones.

 

Necesitaba que ese fin de semana fuera lo más perfecto posible. Necesitaba asegurarse de que pudiera recordarlo con alegría sin importar lo que fuera a pasar el lunes. Mientras menos pensara en ello y lo que tendría que hacer, más felices podrían permitirse ser.

 

Esa noche y la siguiente la misma buena suerte se les dio, encontrando víctimas disponibles y deseosas de seguir a un guapo extraño a cualquier callejón apartado para tener su cuello cercenado o sufrir ser el blanco de una pistola de clavos dirigida directo a sus ojos abiertos en horror. Los últimos momentos en que esos dos hombres estuvieron con vida los pasaron siendo testigos de la manera en que Christian sostenía la cintura de Jack y penetraba por el lugar adonde ellos, en sus delirios, creían que alguna vez tendrían oportunidad de entrar. Los gemidos de placer de Jack al ser satisfecho por un hombre que no era ellos eran la forma en que el mundo tuvo de despedirse de su existencia.

 

Luego de que sus cuerpos cayeran hacia el suelo sin vida, Jack se giraba de un salto y le saltaba encima a rodearle con sus piernas, desesperado por encontrar oxígeno desde el interior de sus pulmones. En otras circunstancias habría preferido por mucho tener la experiencia en su habitación especialmente diseñada para esas contingencias, pero había una especial necesidad por aprovechar cada segundo y en respuesta a ella su polla parecía moverse casi por su cuenta, adentro y fuera del ano prieto del joven mientras lo tenía contra una pared llena de graffitis, encima de un basurero, indiferente al aroma desagradable que flotaba alrededor. Eso no importaba. No existía. Ni siquiera el cuerpo por el cual luego tendría que llamar a su servicio especial para que dispusiera su eliminación de la manera apropiada tenía la menor importancia y no podía estar más apartado de sus mentes, concentradas únicamente en el tacto, en la confirmación de la existencia del otro.

 

Durante el día Christian insistió en llevar al joven de tour por la ciudad y comprarle lo que fuera le llamara la atención en cualquier vitrina de las tiendas. A pesar de que no era nada inusual que le dieran ganas de mimar a su hijo de semejante forma, en algún punto Jack llegó a preguntarle si estaban celebrando algo especial. Christian le dijo que sí. El contrato por el que la compañía había estado peleando por conseguir durante los últimos meses finalmente había sido firmado. Por supuesto que merecía celebrar esa ocasión.

 

Los dos estaban prácticamente muertos del cansancio cuando se subieron a la primera clase de la aerolínea que los llevaría a casa, pero había valido la pena del todo y Christian ya estaba considerando que si todo salía acorde a lo que él quería, como debería ser, entonces quizá podrían repetir la misma experiencia el próximo fin de semana. Quizá podrían hacerlo una cosa oficial los fines de semana, ¿por qué no? Podrían hacer tantas cosas. Destruir o conquistar el mundo, daba igual.

 

Era todavía de mañana cuando por fin llegaron a la mansión, Jack llevando una de las maletas más pequeñas apenas manteniendo los ojos abiertos. Ni bien el joven subió con la pretensión de desempacar las cosas, bostezando durante todo el camino, Taylor se acercó a su jefe para decirle que ya tenía los resultados del laboratorio. Ni siquiera Taylor sabía para qué eran los exámenes, pero Christian creía que a lo mejor había pedido una confirmación de que Jack no le estaba engañando o algo así. Lo raro era que eso no sería nada de extraño proviniendo de él, después de todo había sido una ocurrencia más o menos de costumbre con los otros chicos e incluso con algunas sumisas, pero esta vez se trataba de un error del cual Christian no tenía la menor intención de sacarlo. ¿Quería que se los diera ahora? Dijo que sí y recibió el sobre de color beige, pero no lo abrió.

 

En cambio subió a su habitación y lo guardó en su mesilla de luz antes de ir al cuarto destinado a Jack, adonde lo encontró todavía bostezando, tratando de encontrar un espacio en su estantería para la nueva colección de DVDs y CDs que había escogido en Nueva York. La maleta permanecía abierta en el centro de la cama con toda la ropa todavía intacta.

 

-Déjalo para más tarde –le dijo Christian, adelantándose para cerrar la maleta y ponerla en el suelo. Comenzó a quitarse la chaqueta de encima-. Los dos estamos agotados, ¿no es así? Haríamos bien en simplemente descansar. Hemos tenido un increíble fin de semana y hoy es mi día libre.

 

-¿En serio? –preguntó Jack, mirándole mientras Christian se sentaba en la cama para sacarse el calzado.

 

-Por supuesto –dijo Christian sonriéndole-. ¿Creías que querría alejarme tan fácil de mi compañero favorito del crimen?

 

La verdad era que no creía tener ninguna cabeza para los negocios se día. La idea de pasarse gran parte del día sentado en su oficina escuchando a idiotas e incompetentes, aguantando las risitas y miradas apreciativas de sus secretarias, en lugar de pasarlo junto a Jack en ese día, de entre todos los días del año, se le hacía demasiado real. Jack dibujó una sonrisa alegre y dejó  su carga encima del mueble antes de dirigirse hacia sus brazos abiertos. Christian le besó, acarició y desnudó de forma perezosa, pero era verdad que lo mejor que podían hacer era tomar un descanso e incluso su polla siempre entusiasta estaba de acuerdo en ello.

 

El joven se durmió ni bien tuvo su acomodo contra su pecho bajo las sábanas. Christian le besó la frente y enterró el rostro en su hermoso cabello negro, dejándose guiar al mundo de los sueños teniendo como conductor el aroma a manzanas que emanaba.

 

Se despertó pasadas muchas horas después del mediodía, sintiéndose pesado y perezoso. No quería moverse, pero al abrir los ojos cayó en cuenta de que estaba solo en la cama y tuvo que sentarse antes de exclamar como un niño perdido en la oscuridad.

 

-¿Jack?

 

-Disculpa –dijo el joven, saliendo del baño. La habitación estaba a oscuras y toda la luz que iluminaba al muchacho provenía del cuarto privado-. Ya no me aguantaba las ganas.

 

Jack apagó la luz y se subió a la cama, caminando de a gatas hasta el hombre. Christian se sintió más que un poco disgustado consigo mismo por haberse preocupado. ¿Adónde se le ocurría que el chico podría ir, sobre todo sin él sabiéndolo y pudiendo prevenirlo antes de que diera el primer paso? En lugar de pensar en eso, Christian buscó distraer el pensamiento atrayendo al joven hacia su regazo, darse la vuelta y besarle posesiva, agresivamente. Le gustó a sabor a menta que impregnada su boca. Christian lamió sus dientes y dejó que el otro le acariciara con su lengua unos momentos antes de erguirse sobre sus brazos.

 

-¿Qué hora es? –preguntó, algo ansioso.

 

¿No había perdido el último día de paz que tendría, o sí? Todavía debía haber tiempo. Jack se lo dijo y Christian lanzó un largo suspiro de alivio. Con tal de explicar su reacción, mencionó que ya mañana tendría que ir a trabajar sin falta y no le hacía ninguna gracia que se pasara todo su día libre, con lo infrecuentes que eran, sólo para dormir. Incluso si la compañía era tan buena y en especial si se le ocurrían una buena cantidad de actividades que podrían hacer en la cama en su lugar.

 

-¿Como qué? –preguntó Jack con una falsa inocencia a la cual el brillo de sus ojos delataba sin demora.

 

-Acompáñame y lo verás –dijo Christian, girando para salir inmediatamente de la cama.

 

Sólo tenía puestos los calcetines y unos pantalones de gimnasia. Extendió su mano ara que Jack se la tomara. El que el otro no se apresurara en tomarla le causó un breve momento de inseguridad. ¿Acaso sabía que algo no estaba bien con ellos? Pero la ridícula duda se desvaneció cuando Jack se deshizo de las sábanas que le enredaban las piernas y se puso de pie, siguiéndole, su agarre sobre su mano firme, cálido y suave como las manos de una mujer.

 

Christian caminó hacia su habitación de juegos y abrió la puerta con la pequeña llave que había ya sacado de su chaqueta. Fuera lo que fuera que le dijera ese maldito sobre, iba a hacer todo lo posible porque no se lamentara ningún segundo en que no estuviera con el joven a su lado. Cuando se trataban de meros juegos de dolor, solían durar de por sí mucho más tiempo que cuando sólo follaban y así pasaron varias horas, él enrojeciendo las partes más deliciosas de su hijo y haciendo resaltar sus venas ardientes que latían bajo su lengua hambrienta, Jack rompiéndose las cuerdas vocales y la garganta ante cada nueva idea que se le ocurría para seguir probando su sensibilidad.

 

Para cuando por fin tuvieron un último orgasmo compartido sobre su cama, el día ya había pasado y era la madrugada. Christian esperó a que el joven estuviera nuevamente dormido. Lo último que deseaba en el mundo era separarse de la visión de sus pestañas lanzando delgadas líneas negras sobre sus mejillas y la melodía reconfortante de su tranquila respiración. Pero no podía igualmente resistir por más tiempo no saber, sabiendo que la respuesta estaba literalmente al alcance de su mano. Podría quemar aquellas hojas y pretender que nada de eso había sucedido, pero se trataba de Christian Grey… y si había algo que de verdad irritaba a Christian Grey era que se le permitiera creer siquiera por un segundo que alguien algo que no podía saber acerca de su propio esclavo. No, de ninguna manera.

 

Sintiéndose horriblemente descontento con el universo entero, Christian se salió de la cama con cuidado de no despertar al otro y regresó a su propia habitación. Abrió el sobre y sacó las hojas, pero les dio la vuelta antes de que las letras negras llegaran a sus ojos para que pudiera leerlos. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué podía hacer? ¿Tenía una idea acaso?

 

Sí, le acabó susurrando una parte de sí, esa voz nueva e insidiosa que le había revuelto las tripas desde la cena con Elena. Pero por esa ocasión, ellos dos estuvieron de acuerdo apenas la sugerencia fue formulada en su mente.

 

Si los resultados eran negativos y entre ellos no había ningún lazo de sangre, se casaría con el joven. Ese tipo de cosas eran legales ahora siempre que los dos fueran mayores de edad. Su familia tendría un rato difícil para aceptarlo, pero eso sería todo. ¿Y desde cuándo algo que le importaba a su familia afectaba siquiera un ápice su vida? Tendría posesión legal del chico para hacer y deshacer con él todo lo que quisiera. Nunca podría dejarlo y no habría más opción que hacer al mundo entero que le pertenecía, sólo a él, y que aquel que quisiera tocarlo sólo le tocaba sufrir el destino más horrible que se le ocurría. A lo mejor podría comprarle una nueva mansión, una adonde su nueva habitación de juegos fuera todavía más grande, algún depósito especial para deshacerse de los cadáveres sin todavía menos inconvenientes, quizá un tanque de ácido o un pozo interminable en el sótano. Podrían empezar a construir algo de verdad grande ellos juntos.

 

Mucho más tranquilizado ahora que había tomado una decisión, Christian tomó una profunda bocanada de aire y dio vuelta a la hoja. Leyó las palabras por encima y sólo se concentró en el final del cuadro, adonde estaba en sí el resultado de compatibilidad de sus genes.

 

Christian Grey no había llorado en años. Ni siquiera cuando era un niño lloraba, prefería el silencio. Pero en esos momentos, tapándose la boca y rogando porque nadie lo encontrara, rogando porque a Jack no se le ocurriera despertarse en medio de la noche para buscarlo, horribles sollozos le sacudieron el cuerpo y lo único que quería era enterrarse en la tierra para no nunca ver de nuevo la luz del sol. Quería gritar, quería romper algo. Sin embargo se quedó ahí, llorando como no recordaba haberlo hecho antes.

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