Sugar Daddy. 8

Sin título-1

Capítulo 8: Lo hago porque te quiero

 

El vendedor seguía hablando acerca de las beneficios del departamento, cuidándose de mencionar lo más seguido posible que era bastante solicitado entre varios compradores, incluida una pareja de recién casados muy amigables, pero Christian hacía tiempo había dejado de escucharle. Se detuvo en el centro del salón vacío adonde había una amplia ventana en una pared de color naranja suave. Christian miró hacia los edificios en frente de la calle y el departamento.

-Y hace un excelente clima aquí en verano…

 

-Lo tomó –anunció Christian Grey.

 

El vendedor lo miró todavía sonriendo de medio lado, aparentemente sin entender.

 

-¿Perdón?

 

-Dije que me lo llevé. ¿Le parece bien que le pague el año por adelantado en efectivo ahora?

 

En tanto el hombre parpadeaba con la boca entreabierta, Christian revisó su celular. La vibración anunciándole el nuevo mensaje continuó hasta que pudo marcar el mensaje como leído (sin leerlo, porque ya había visto al remitente) y bloquear de nuevo la pantalla. Luego de guardárselo en su chaqueta, se volvió al hombre esperando su respuesta.

 

-¿Y bien?

 

Los ojos del hombre volvieron a abrirse como si se hubiera adelantado a darle una cachetada.

 

-¿Habla en serio?

 

Christian frunció el ceño. Ese hombre claramente no tenía la menor idea de con quién estaba hablando y eso que le había anunciado su nombre y todo nada más llamar por el departamento.

 

-¿Prefiere entonces? –ofreció algo irritado.

 

No tenía ganas ni tiempo de pasar más tiempo del necesario en nimiedades como aquella.

 

-No, no, señor. Si usted tiene el dinero y cree que de verdad le servirá este sitio…

 

-Así será –Christian sacó su billetera-. Ahora bien, ¿cuánto por un año de alquiler?

 

El hombre se lo dijo, todavía un tanto dubitativo. Christian separó el dinero necesario en billetes de cien dólares y se los entregó. El hombre los recibió con una súbita gratitud y aire de servidumbre como la de los taberneros en películas de épocas después de presentarles con una bolsa de oro. El resto de los detalles se arreglaron con relativa simpleza y satisfactoria rapidez. Christian recibió su nueva llave y estrechó la mano del hombre, diciéndole que en los próximos días se encargaría de ir amueblando el sitio y que sin duda debería esperar una llamada suya si veía el menor inconveniente.

 

-Claro, claro, señor Grey –le respondió el hombre, todo sonrisas y simpatía.

 

Era así como Christian prefería que se llevaran a cabo sus negocios. Una vez terminado ese asunto, se despidió y regresó a su habitación de hotel cinco estrellas. Dentro de un rato iba a bajar a tener una buena cena, pero primero tenía que hacer unas cuantas averiguaciones. En su habitación, Christian se quitó la chaqueta de encima, se sentó en el borde de su cama y se pasó las manos por su cabello, tratando de liberarse del estrés, de recuperar algo de calma para lo que necesitaba. Iba a necesitar toda su fuerza de voluntad disponible y no iba a perderla por alguna tontería.

 

Cuando por fin se sintió con la suficiente presencia de ánimo, Christian tomó el teléfono inalámbrico de la mesita de noche y marcó el número más familiar que tenía en su memoria, apenas sin necesidad de ver los números. Luego acercó el aparato a su oreja y esperó a que la señal pitara. No pasó mucho tiempo hasta que el teléfono en la otra línea fuera atendido.

 

-¿Hola? Esta es la mansión Grey –dijo la voz de Taylor.

 

Por un absurdo momento Christian había temido y esperado escuchar a Jack. No habría tenido sentido porque Jack de por sí tenía prohibido atender los teléfonos de la casa a menos que se tratara de un real emergencia. Así era más sencillo seguir manteniendo en relativo secreto la naturaleza de su relación, o al menos esa era la excusa que Christian ponía a semejante condición.

 

-Taylor, soy yo –aclaró-. ¿Cómo está todo en la casa? ¿Bien?

 

-No ha habido ningún problema de ningún tipo, señor –contestó con calma su empleado.

 

Christian volvió a sacar su celular y al iluminarse la pantalla esta le mostró la última aplicación en la que había, no molestándose en cerrarla antes. El mensaje de Jack continuaba ahí, una simple pregunta para saber si la estaba pasando bien en la conferencia que lo había forzado a hacer otro viaje tan pronto, sin aviso. Como todas sus mentiras, daba igual si le creía o no siempre y cuando sencillamente se abstuviera de discutírselas. Y en esa ocasión, para variar, ni aun teniendo autorización tendría una razón para hacerlo. Era una excusa perfectamente plausible y verosímil. Hombres a lo largo del tiempo habían dicho frases similares para tapar el ir a visitar a una amante.

 

Se preguntaba si había habido alguno que la usaba para escapar de su amante a los brazos de nadie.

 

-¿Señor? –inquirió Taylor pasados unos momentos, preocupado por el silencio.

 

-¿Y Jack cómo está? ¿Ha comido bien esta mañana?

 

-Jack no ha presentado ningún problema tampoco, señor. Está en el salón jugando con la consola. No sé si se escuchan las explosiones hasta donde usted está –Ahora que lo mencionaba sí se escuchaba un extraño sonido rítmico de fondo-. ¿Quiere que lo llame para que hable con usted?

 

-¡No! –respondió Christian, dándose cuenta demasiado tarde de que había dejado escapar su ansiedad.

 

Maldita sea. No tenía que permitirse perder el control, en esos momentos menos que nunca. Y si escuchaba la voz de Jack, su verdadera voz y no un simple mensaje de texto que podía ignorar si quería, el anhelo le picaría peor que una colmena llena de abejas y tres hormigueros. Podría decidir regresar al vendedor y pedir el dinero de vuelta por el departamento. Podría deshacerse todo por lo cual había trabajado esa tarde sólo con poder seguir escuchándolo, sabiendo que lo esperaba en casa. Era así como debía sentirse un gordo en dieta cuando alguien les sugería ir a la pastelería.

 

-No –repitió forzándose a conservar la calma o al menos a pretender que él lo hacía-. No, está bien. Sólo quería saber cómo andaban. Ya casi termino con lo que vine a hacer aquí. Entre mañana o pasado ya debería estar de vuelta. Llámame si sucede cualquier cosa.

 

-Por supuesto, señor. ¿Algo más?

 

“Dile a Jack que lo necesito”, estaba desesperado por decirle. “Dile que me hace falta y que lo extraño demasiado para ponerlo en palabras, que tengo que tocarlo, que tiene que decirme que me extraña, que tiene que demostrarme que lo pasa tan mal sin mí como yo sin él, que incluso unos segundos separados lo han puesto inquieto y que se llena de pesadillas en la noche si no estoy ahí.” Pero soltar todo habría sido abrir demasiado su corazón y no estaba preparado para eso.

 

-No, Taylor. Eso será todo. Llamaré para que me busques del aeropuerto cuando esté llegando.

 

-Entendido, señor Grey. Que la pase bien en lo que sea que esté ocupándose. Los dos lo esperaremos.

 

Ese era posiblemente el único consuelo que le quedaba a Christian. El pensamiento de que cuando regresaría su dulce y sangriento muchacho estaría esperándolo listo para abrirle los brazos y las piernas si acaso se lo ordenaba, le daba una calor reconfortante que podría servirle como una especie de escudo contra su física ausencia. Si creyera en dios le agradecería ahora tener a Taylor, un hombre en el cual realmente podría confiar para que lo vigilara para que ningún otro sujeto le pusiera la mano encima; aunque en realidad apreciaba mucho más su propia habilidad para elegir lo que podía coleccionar para mantener el control sobre la gente a su alrededor. No tenía tanta confianza en el propio sentido de lealtad de Taylor hacia él como su inteligencia. El hombre sabía lo que era lo mejor para él y su familia, razón por la que nunca se atrevería a desobedecerle.

 

Al menos eso era algo con lo que siempre podría contar. Una seguridad estable en medio del océano tormentoso de sus deseos y deberes en los que se estaba ahogando desde el día anterior.

 

 

Una vez colgó el teléfono, Taylor volvió a recoger la bandeja con los aperitivos, preparados por una sirvienta que ahora se encargaba de limpiar la cocina, para llevarla hacia el salón adonde Jack se movía de un lado a otro sentado en el sofá, siguiendo la dirección de la nave digital que estaba controlando. Taylor dejó la bandeja sobre una mesita metálica, del tipo que usaban los hombres solteros para devorar sus cenas en solitario en frente del televisor, antes de sentarse al lado del joven.

 

-Hey, gracias –dijo Jack sin despegar los ojos de la ventana. Los sonidos de disparos eran bastante realistas en opinión de Taylor y cada vez que daba en un blanco, el blanco en cuestión caía de la pantalla en medio de una bola de fuego, acabando con el realismo. Pero se suponía que el piloto de por sí era un conejo antropomórfico, de modo que eso tenía un insignificante valor-. ¿He escuchado mal o ha sonado el timbre del teléfono?

 

-No, oíste bien. Acabo de colgar.

 

-¿Era p… el señor Grey? Le mandé un mensaje hace un rato, pero no he recibido ninguna respuesta y eso que sale que me lo ha leído.

 

Se escuchó una explosión más fuerte y el control en las manos de Jack temblaron de forma visible cuando su nave recibió otro disparo, acabando con su barra de salud y perdiendo la última vida que le quedaba. Jack chasqueó la lengua con irritación antes de tomar un emparedado de la bandeja y darle una mordida brusca, masticando con lo que parecía un puchero.

 

-Sí. Al parecer ha llegado con bien a su destino y está a punto de terminar con sus asuntos. Mencionó que para mañana a lo mejor ya habría terminado y estaría en su camino de vuelta.

 

-Espero que sí –Jack cargó su juego guardado en el último punto en el que había estado, justo antes de la sección de vuelo, y puso en pausa la pantalla. Taylor se volvió al joven y lo vio masticar con el ceño levemente fruncido, perdido en sus pensamientos-. ¿A ti… te ha sonado que estaba bien? Esta mañana apenas me ha mirado antes de irse. ¿No te mencionó si estaba molesto conmigo por algo?

 

“Los dos sabemos que no necesita motivos para estar molesto”, pensó Taylor sin poder evitar el disgusto. No sabía a qué atribuirle el que chico todavía no hubiera aceptado eso como un hecho o de verdad tuviera la suficiente ingenuidad para creer que él podría explicar algo acerca de su temperamento siempre cambiante.

 

-Me das más crédito del que merezco –respondió, estirándose sobre el sofá-. El señor Grey es un hombre muy… privado y práctico. Estoy seguro de que si tuviera algún problema ya lo sabrías y que no pretendía preocuparte. Seguro que sólo estaba estresado. Estas conferencias suelen ser todo un trabajo en sí mismas.

 

Taylor dijo las mentiras y el diálogo como si de verdad se los creyera, como si no hubiera la menor duda en su mente al respecto de las palabras de su jefe, aunque hacía años había aprendido a nunca tomarlas demasiado en serio cuando no le concernían directamente. Varios años de práctica podían hacer eso por una persona. Al final las palabras dejaban de tener algún sentido o valor para convertirse en sólo el guión que su personaje debía recitar en voz alta.

 

La verdad era que no sabía qué estaba pretendiendo el hombre. Antes del viernes a lo mejor sí podía decir que le notaba cierta intranquilidad en su semblante, una especie de dureza como de madera vieja en su forma de tratar al muchacho, incluso más que de costumbre, pero no le dio importancia. De hecho, se alegró un poco de que el sol no estuviera siempre brillando fuerte e imponente sobre su cielo gris. Pero todo eso había cambiado ese fin de semana, con el señor Grey decidiendo espontáneamente en salir en un viaje de placer solos él y Jack, trayendo casi tanto equipaje como su hermana Mia, la que tuvieron que internar para tratar su problema de adicción a las compras, podría haber conseguido con una tarjeta de crédito ilimitado (algo que su marido ya no le dejaba tener, por temor a los que los llevara a la bancarrota).

 

En cada llamada que le hizo ese fin de semana para pedirle un reporte de novedades en su hogar se lo escuchaba alegre y la voz entusiasta de Jack de fondo mandándole un saludo antes de que el señor Grey tuviera que cortar.

 

Tampoco tenía idea de cómo el muchacho podía dar semejante imagen de cordura después de tantos meses. Al resto de los chico sólo había bastado unos minutos lejos de las manos vengadoras de Christian Grey para que se derrumbaran o le confesaran entre sollozos que no podrían resistirlo por mucho más tiempo. Empezaban como cachorros confusos que no sabían adónde meter sus colas y al final todos eran un revoltijo de nervios, rogando por una ayuda que, aunque le doliera en el alma, Taylor sencillamente no podía darles. No si quería que su hija siguiera con vida.

 

Pero Jack… Jack no sólo continuaba ahí, sino que ni una sola vez pronunció la menor palabra en contra del señor Grey. Para él nunca era controlador, obsesivo, temperamental, celoso, inseguro, cruel, sobrecogedor, intimidante, aterrador, impredecible, indeseable, inmaduro, un niño malcriado en cuerpo de hombre mayor o cualquiera de las otras palabras que los chicos habían usado a lo largo de los años para describir al señor Grey una vez confiaban en que no los delataría o sencillamente ya estaban en el límite, por lo tanto detalles como ese le daban igual. El señor Grey sólo era y no parecer tener ninguna razón para quejarse.

 

Sobraba decir, esto le preocupaba mucho y era un hecho que le daba no pocos pensamientos al encontrarse en la noche en su cama. ¿Cómo era posible? ¿Hablaba eso de la habilidad de su empleador para romper a un joven hasta el punto en que su vida ya no tenía ningún valor, poniéndolo en alguna especie de hechizo comparable a un síndrome de Estocolmo, o hablaba de algo con lo que el muchacho venía trayendo desde fábrica y sólo resultaba encajar con el mundo secreto e inmisericorde del que ellos formaban parte y en cuyo centro sólo se encontraban los deseos y caprichosos de Christian Grey? ¿Adónde estaba esa cosa especial que lo diferenciaba de todos los otros chicos y le había permitido sobrevivir hasta ahora? Lo peor era que tenía el vago presentimiento de que Taylor en realidad no quería saber.

 

Por lo menos en el exterior podía dar una ilusión de normalidad y no sentía un peligro inmediato viniendo de él en su dirección. Suponía que en tanto fuera así, podía relajarse y tratarlo como a los demás. No era tan difícil. Incluso a veces tenía la clara impresión de que le agradaba el más joven.

 

-Me mataron otra vez –comentó Jack, chasqueando la lengua con irritación antes de pegarle otro mordisco a su emparedado-. No puedo pasar esta parte. Hey, Taylor, ¿tú no tendrías experiencia con este tipo de cosas, verdad? Ya sé que el señor Grey sabe volar y todo eso. Seguro que él se pasaría esto sin problema.

 

“E incluso si no lo hiciera, encontraría la manera de asegurarse de que tú nunca lo hicieras tampoco”, pensó Taylor, pensando en cuantas veces Christian se las había arreglado para darse a sí mismo más puntos de los que le correspondían al jugar golf o cualquier otra actividad deportiva en la que se sumaran puntos. Al hombre sencillamente no le gustaba en lo absoluto perder, pero peor que eso odiaba dejar que otros le ganaran. Si no llegaba a la meta estaría feliz con que nadie nunca lo hiciera.

 

-A lo mejor –dijo Taylor, encogiéndose de hombros.

 

Tomó el control que el muchacho le tendía y escuchó las explicaciones que este le daba respecto a lo que debía hacer cada botón además de cómo debía manejar a su personaje en modo piloto. Cuando le llegó al conejo su turno de subirse nuevamente a la nave y la cámara se pasó a la primera persona, Taylor todavía no tenía muy claro cómo era el procedimiento pero su mente era rápida y se acabó acostumbrando en cuestión de segundos, después de haber recibido sólo dos disparos. A partir de ahí logró recuperarse con presteza.

 

Jack dejó escapar una exclamación de alegría y le dio un amistoso puñetazo en el hombro al felicitarlo por su trabajo. Taylor se sorprendió a sí mismo descubriéndose sonreírle de vuelta. Era extraño. La primera vez en varios años que agarraba un control estaba bien, pero ganar una pequeña porción de la historia se sentía todavía mejor. Se trataba de una sensación más que bienvenida en su vida.

 

-Ahora me toca –dijo Jack, pero entonces una idea iluminó sus ojos-. ¿Qué te parece que hagamos una nueva partida entre los dos? Tú puedes ser mi compañero.

 

No tenía absolutamente nada más que hacer durante todo el día sino vigilar al chico. Bien podría hacerlo tratando de divertirse. Taylor asintió y Jack se puso de pie para ir a buscar el control del segundo jugador en la consola. Luego de que se lo entregara al hombre, guardó la partida en solitario que había hecho y volvió al menú principal. El juego no le permitió escoger otro personaje que el de una pantera andrógina que parecía actuar por lo general entre las sombras, pero porque el entusiasmo del protagonista logró introducirlo en la misión, ahora trabajaba a su lado con la esperanza de derrotar a las fuerzas del mal que se habían llevado toda la magia de una tierra con nombre imposible de recordar.

 

Las horas jugando se les fueron en un parpadeo de ojos. Fue la mayor sucesión de risas y buen humor que Taylor no recordaba haber tenido en años. Parecían reacciones totalmente fuera de lugar en esa mansión, pero con el dueño fuera de ella sólo podía ser apropiado.

 

 

Christian regresó de su viaje a la madrugada y, ni bien llegaron, el hombre se encerró en su propia habitación después de que Taylor hubiera dejado adentro todas sus maletas. Jack estaba dormido en la habitación en la que habían dormido todos los otros muchachos y no se enteró de nada hasta cerca del mediodía, tiempo en que se despertó, se molestó por el hecho de que su reloj despertador potenciado por energía solar hubiera consumido toda su reserva y salió prácticamente corriendo en busca de Christian. No estaba en su habitación. El cuarto de juegos continuaba cerrado con llave. Después de bajar por las escaleras saltándose varios escalones al llegar al final, se dirigió hacia el estudio de Christian y bajó la velocidad justo en frente de la puerta, deteniéndose para recuperar la calma y controlar mejor la sonrisa que se le quería escapar. Una vez estuvo seguro de que presentaba una expresión mucho más neutra, Jack dio unos golpes en la puerta y esperó por una respuesta.

 

-¿Sí? –dijo la voz de Christian desde el interior-. Estoy ocupado, ¿quién es?

 

-Soy yo, señor –respondió Jack-. ¿Me permite entrar?

 

Las palabras de Christian le llegaron unos segundos más tarde.

 

-Sí, pasa.

 

Jack abrió la puerta y vio que el hombre estaba hablaba con alguien por teléfono sentado al otro lado de su escritorio. Le hizo un gesto sin mirarlo para decirle que entrara de una vez. Jack cerró la puerta detrás de sí y se mantuvo de pie con las manos a la espalda, la mirada en el suelo mientras esperaba a que continuara. Desde luego que no podía apagar sus oídos. Parecía que Christian estaba discutiendo con uno de sus subordinados un nuevo asunto de la oficina, uno que estaba absorbiendo cada gota de paciencia que el hombre alguna vez había tenido y sus respuestas se volvían más cortantes, más bruscas, hasta que finalmente colgó con un suspiro de frustración.

 

Jack trató de no mostrarse demasiado esperanzado por ese giro de eventos.

 

-Toma asiento, Jack –dijo Christian.

 

Jack se sentó en la silla, misma en la que había sido follado, azotado, atado y torturado en más de una ocasión. Christian todavía lucía molesto, pero hacía esfuerzos por calmarse mientras se ponía de pie y rodeaba el escritorio para ponérsele en frente. Jack se arriesgó a subir la vista hasta su pecho. Algo no estaba bien. No sabía qué o cómo, era como un olor en el aire que ni siquiera sabía de dónde provenía. ¿Sería el trabajo todavía? ¿Algo habría salido mal en la conferencia?

 

-Jack, tengo que decirte algo y es importante. Olvídate de la regla de no mirarme por ahora, ¿está bien?

 

Generalmente sólo le permitía mirarlo cuando se encontraban de público, para evitar miradas extrañadas de la gente a su alrededor, o cuando le elevaba el mentón momentos antes a llevarlo a hacer otra de esas actividades que a los dos le gustaban realizar. Pero tenía la instintiva impresión de que esta vez no se trataría de ninguna de esas dos. ¿Sería algo que él había hecho o que Christian creía que había hecho? Sabía que Christian gustaba de inventarle pecados para tener una excusa de azotarle, tal como él los realizaba adrede con el mismo objetivo, de modo que eso no le preocupaba demasiado.

 

-¿Sí, padre? –dijo Jack, ahora sí subiendo a sus ojos grises.

 

Pero estos ahora le evitaban a él, moviéndose hacia un lado. ¿Cuándo había sido la última vez que había pasado eso? ¿Había pasado alguna vez? No podía recordarlo.

 

-No he estado en ninguna conferencia estos días –explicó Christian.

 

Jack notó que su mano apoyada en el borde del escritorio se apretaba con la superficie de madera. A lo mejor había ido a recoger a otro muchacho en cualquiera que fuera el verdadero lugar al que había ido y este todavía tenía que llegar a la mansión. Pero no podía imaginar que eso sería motivo suficiente para requerir esa clase de reacción por parte de su Amo. ¿Y no había dicho alguna vez que no le atraían las relaciones múltiples? De todos modos no habría ningún motivo. A su antiguo Amo le gustaba tener sesiones con esclavos o esclavas prestadas por sus amigos de vez en cuando, y él de por sí no se consideraba del tipo celoso. Estaría bien incluso en ese escenario.

 

-Oh –dijo, porque no sabía qué más esperaba de él. Christian no le debía ninguna explicación, ambos lo sabían. ¿Así que por qué sonaba como si ahora intentara hacerlo? Se removió incómodo en su asiento-. Hum. ¿La pasaste bien al menos?

 

-No, la verdad es que no –Christian finalmente lo miró-. Me hacía falta tenerte ahí.

 

“Entonces por qué diablos no me llevaste”, pensó Jack un poco molesto, pero sin intención de dejarlo saber en el exterior, observándole con una expresión vacía hasta que se dio cuenta de que el hombre esperaba una respuesta concreta por su parte.

 

-Lo lamento, padre –dijo-. La próxima vez que tomes un viaje me encantaría ir contigo, si tú me lo permites.

 

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué estaba actuando tan raro?

 

-No va a haber una próxima vez, Jack.

 

-Oh.

 

No tenía idea de lo que hablaba. ¿No volvería a viajar sin llevarlo? ¿No volvería a irse con la excusa de una conferencia sin hacérselo saber? ¿Y para qué necesitaba la excusa en primer lugar?

 

-En cambio tú vas a irte de esta mansión. Ya no puedo tenerte aquí –continuó Christian acelerando sus palabras, como si quisiera deshacerse de ellas lo más rápidamente posible, un montón de insectos que lo aliviarían al abandonar su cuerpo y entrar a los oídos de un sorprendido Jack.

 

-¿Cómo es eso? No entiendo –dijo Jack, echándose hacia atrás.

 

¿Esa era una idea de una broma por parte de Christian? ¿O acaso quería verlo sufrir? ¿Se había cansado de la tortura física y ahora quería probar con la tortura psicológica? Si quería jugar a eso podría al menos habérselo hecho saber de antemano, porque realmente no le gustaba la manera en que lo estaba introduciendo.

 

-Lo que escuchaste. Taylor va a preparar  todas tus cosas para enviarlas a tu nuevo departamento en Nueva York. Dijiste que te gustaba la ciudad, ¿no? De modo que te he escogido un buen lugar ahí. Tendrás todo lo que necesitas.

 

No le gustaba para nada el camino que estaba tomando la conversación.

 

-¿Y qué hay de ti? ¿Tú vendrás conmigo?

 

-No, Jack. Considera esto una terminación de nuestro contrato.

 

Jack abrió la boca, pero nada pudo salirle de ahí. Se sentía aturdido, pero no como si alguien le acabara de darle una paliza de pronto. Era como si le hubieran cortado el estómago y todas las entrañas se le estuvieran desparramando por el suelo. Sentía que incluso la sangre estaba abandonando su cabeza. Estaba mareado.

 

-¿Por qué? –dijo y su propia voz le parecía estar muy lejos de sí. No se suponía que él debía cuestionar a los Amos, se suponía que él sólo escuchaba y obedecía, así era, pero eso, siquiera eso debía merecer alguna clase de respuesta-. ¿Qué he hecho? ¿He hecho algo malo?

 

-En lo absoluto –Christian se pasa la mano por el frente del rostro, hasta detenerla en su cabello entrecano-. Has hecho todo mucho mejor de lo que debías.

 

-¿Qué se supone que significa eso? –Jack no sabía en qué momento se había levantado de la silla, pero para cuando quiso darse cuenta estaba de pie, las manos a los costados cerradas en puños y no estaba precisamente susurrando-. ¿No es eso lo que tú querías?

 

Chrstian se cruzó de brazos y cerró los ojos. Al volverlos a abrir eran duros e impasibles, provocando que Jack se tensara al pensar que le daría una bofetada de improviso.

 

-Sólo haz lo que se te dice, Jack. Ve arriba y comienza a preparar tus cosas. Si en una hora no estás listo enviaré a Taylor a que se encargue del resto. Te irás antes del mediodía y así deberías estar llegando temprano para que puedas acomodarte. Si no te vas calmadamente créeme que no tengo en problemas en enviarte por cualquier medio que sea necesario. Incluso drogarte y llevarte dentro de una maleta si es necesario.

 

Por un segundo Christian sonrió, como si aquel un pensamiento bastante estimado por él, antes de volver a la seriedad de antes. Jack no tenía la menor duda de que no se trataba de ninguna broma (cuando se trataba de aplicarle cualquier restricción o castigo nunca era una broma) y que pensaba llevarlo a cabo en caso de que de verdad se negara a seguir las correctas indicaciones. Jack dio un torpe paso atrás mientras la información se acumulaba dentro de su cerebro hasta finalmente formar una oración mucho más fácil de entender: no tenía otra opción que irse.  Sencillamente no existía otro camino para él una vez Christian lo había decidido de ese modo. Después de todo, él sólo era el muchacho y Christian Grey el poseedor de todo el poder. No había manera de que él pudiera ser otra cosa con las cartas que le habían tocado en esa ocasión.

 

Tenía que irse.

 

-Como gustes, señor –escupió entre dientes, bajando la cabeza y dirigiéndose a la puerta.

 

No tenía idea de cómo se estaba controlando a sí mismo, especialmente cuando lo que más quería era saltar y destruir todo lo que encontrara a su paso. Al salir del estudio Jack vio por un segundo la puerta pero lo descartó al instante. Incluso si conseguía escapar de la mansión, toda la zona era de los Grey y estaba literalmente rodeada por muros de piedra, contando con sus propios guardias que cargarían sus pistolas, tanto para dejarlo convulsionando contra el suelo como para volarle los sesos a una orden de Christian. Para bien o para mal, todavía tenía intenciones de vivir y de evitar la cárcel.

 

Jack apretó sus puños y subió a su alcoba para empezar a preparar su equipaje.

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