Sugar Daddy. Final

Sin título-1

Capítulo 11: Es por tu propio bien

 

-Sostente bien –dijo la voz de Jack a sus espaldas.

 

Christian cerró los ojos y apretó los dientes de antemano antes de que el impacto del cinturón se diera contra sus nalgas. Lo peor era que casi agradecía que podía tener esas oportunidades para salir de la cama, incluso si se trataba de para eso, porque al menos le da una oportunidad de estirar los miembros cómodamente y devolverle la sensibilidad a su cuerpo. Sólo le gustaría que no volviera a sentir para recibir el dolor que el joven quería darle. Estaba arrodillado sobre la cama y sus manos se extendían estaban extendidas hacia las barras de hierro de la ventana. Christian movió hacia arriba y abajo sus muñecas, unidas por esas muñecas de cuero con el cual el muchacho solía mantenerlo unido a la cama y los dos pegados juntos con cinta adhesiva mientras sus cadenas rodeaban la barra.

No podía escapar. No podía peLeilar. Ya lo había intentado y lo único que consiguió fue recibir la corriente eléctrica enviada por un taser que Jack siempre se aseguraba de mantener cerca de él. Antes de desatarlo de los postes de la cama, el joven le aplicaba ese hilo de chispas blancas por un segundo y desde ese punto, que generalmente era su tobillo, una violenta corriente eléctrica escalaba como un demonio por todos sus nervios, sacudiéndolos todos un segundo hasta que Christian claramente era consciente de que ya no era dueño de su cuerpo antes de que una oscuridad diferente a la que estuviera acostumbrado apagara todas las luces en su cabeza, dejándolo convertido en una muñeca inofensiva de carne a la que el muchacho, desde luego, podía manejar a placer sin sufrir las consecuencias de su ira por ponerle tan incómodo.

 

Apenas se despertó la primera vez, encontrándose en esa nueva posición en la que ahora estaba, Jack le había informado que era una especie de taser especial. Si lo usaba una vez y lo mantenía cargado podía dejarlo paralizado todas las veces que quisiera en el transcurso de unas ocho horas, pero si dejaba a la punta transmisora apretar en su piel por mucho más tiempo del recomendado eso podía llegar a detenerle el corazón para siempre. Posiblemente también causarle daños cerebrales, no tenía idea, pero sin duda que no era un juguete con el que cualquiera de los dos podía empezar a no tomarse a en serio, eso estaba claro.

 

De modo que Christian tenía que quedarse quieto o moverse, ni bien se hallaba capaz nuevamente de hacerlo, a orden del muchacho. Un vistazo le hizo saber al hombre que Jack no sólo tenía un largo cinturón de cuerpo en una mano sino de que en la otra llevaba lista la maldita arma con el pulgar ya presionando encima del botón en caso de cualquier contingencia. No tenía otra opción.

 

-Eleva esas caderas para mí, padre, anda –le impulsó Jack y por su tono de voz estaba demasiado claro que estaba teniendo el momento de su vida.

 

Su hijo había resultado un verdadero sadomasoquista. La manzana podrida no había caído lejos del árbol. Ni siquiera había caído del árbol. Seguía ahí, orgullosa y obstinada, abrazada a la rama y absorbiendo todo lo que podía desde ahí. Si intentara contar todas las veces en las que había pronunciado una frase parecida mientras mantenía a Jack en una posición similar, rápidamente perdería la cuenta. La única gran diferencia, aparte de la obvia respecto a quién se lo hacía a quién, era que Jack por lo menos lo disfrutaba entonces.

 

Eso era un castigo. Eso era el infierno.

 

Todavía temblando de incontenible rabia, Christian reafirmó su balance sobre sus rodillas y acabó aferrándose al borde de la ventana con sus dedos lo mejor que podía. Como última preparación, bajó la cabeza. Odiaba la sensación quemante al fondo de su cráneo gritándole que no podía permitir que ese jodido malcriado lo tratara de esa manera, planeando todas las diferentes maneras en que podría librarse de esa situación y en qué manera especialmente cruel y sádica podría cumplir su venganza sobre ese muchacho que se había creído más listo que él.

 

Pero no podía hacer nada en realidad mientras sentía la mirada apreciativa del más joven sobre su cuerpo y más especialmente sobre sus nalgas, debajo de las cuales colgaba su miembro más querido, muerto, sin ganas. Sólo podía tomarlo.

 

-Quiero que los vayas contando, padre –indicó Jack y casi podría haber sonado dulce, como si le estuviera haciendo un favor dejándole participar de su castigo, algo que sólo en contadas ocasiones Elena había requerido de él-. No te olvides de agradecer cada uno.

 

-Puedes irte al demonio –replicó Christian, escupiendo las palabras con lo que esperaba fuera el veneno más potente en su arsenal-. Si hubiera no tienes idea de lo que le haría ahora a esa boquita arrogante y exigente tuya.

 

El impacto del cinturón le llegó de improviso y con una fuerza que le sorprendió todavía más que el hecho de que de verdad se hubiera atrevido a golpearlo. El escozor le quedó picando la zona de sus nalgas incluso después de que el muchacho se detuviera, esperando a que anunciara el número por el cual iban. Christian pensó que ese había sido de hecho un buen golpe. ¿Había practicado? ¿Habría tenido experiencia con su viejo Amo, el viejo enfermizo aquel, y resultaba que ahora tenía oportunidad de revivirlo? En cuanto saliera de esa situación tendría que interrogarle muy seriamente al respecto.

 

Mientras tanto, Christian se impulsó hacia adelante por la ventana.

 

-¡AYUDA! ¡ALGUIEN LLAME A LA POLICÍA, ESTE HOMBRE ESTÁ LOCO!

 

Otro azote, otro y uno nuevo seguido inmediatamente después cortaron sus palabras en seco. En la nueva posición en la que estaba los golpes caían todavía más abajo, cerca de sus muslos y horriblemente cerca de su entrepierna. Christian cerró las piernas en el acto como para proteger la pieza más importante de su anatomía.

 

-¿En serio, padre? –dijo Jack, en lo absoluto impresionado, golpeándole otra vez, obligándolo a dejar sus brazos extendidos como estaba al inicio-. Tú elegiste este sitio porque sabía que a nadie le importaría un rábano lo que pasara aquí. ¿De verdad estás tan desesperado que incluso te olvidaste de eso?

 

Christian vio la sombra del joven elevar su brazo. Escuchó el zumbido del cinturón rompiendo a través del aire antes de que sintiera la mordida del cuero contra su piel. Una indeseable vibración comenzó a elevarse por su polla. Cerró con más fuerza sus piernas, ahora con la intención de que el muchacho no pudiera ver eso.

 

-Voy a despellejarte y correrme encima de tus heridas –arrojó casi como una última esperanza. En verdad era lo único que le quedaba-. Voy a salir de aquí y penetrarte por el ojo mientras sigas con vida, Jack, te lo juro.

 

“Cállate de una maldita vez”, le exigió con una voz imperiosa su polla, su más vieja amiga, y sólo necesitó un instante para entender por qué. Estaba sintiendo excitarse al combinar las imágenes brutales de venganza que podía conjurar en su mente y el estímulo físico de dolor al cual ese malcriado lo estaba sometiendo. Eso no era una buena señal para nada. Si no detenía eso, acabaría presentando una estampa todavía más vergonzosa de lo que hacía ahora. No podía dejarlo ser. Estaba fuera de discusión el permitirlo.

 

-Aww, ¿ya no tienes palabras dulces que decirme? Qué decepcionado que estoy, padre. Creo que se me ha roto el corazón. Voy a tener que buscar un pasatiempo para lograr superar a este corazón roto. Espera, no, ya encontré uno que servirá muy bien –Jack estaba sacando demasiada diversión de la situación y eso no hacía más que aumentar la molestia que sentía por toda ella.

 

Inmediatamente después de su estúpida bromita, Christian se vio sometido al impacto del cinturón. Esta vez el chico no le pidió por número ni le interesó pretender que era parte de la misma experiencia que él. Parecía que se había vuelto una almohada, la pared, algo inanimado e insensible sobre lo cual podía practicar su puntería libremente, sin tener ninguna otra preocupación en mente. Los golpes eran brutales, pero gracias a que de por sí el muchacho no era tan dedicado a su estado físico como él o Elena lo eran, no tenía la misma fuerza que cualquier de ellos dos.

 

Eso no significaba que no dolía. Dolía horrores y Christian no supo cuándo empezó a gritar, ya no por ayuda sino porque no encontraba otra manera de expresar toda la ira, frustración e impotencia que sentía sino en sonidos ruidosos sin palabras. Perdió el hilo completamente de otros pensamientos no relacionados en directo con su cuerpo y de lo que era un estado en el que no le incomodaba todo el cuerpo. Lo único que sabía y su mayor preocupación era que los centros de placer en su cerebro estaban dando todas las señales de haberse activado, llenándole de la droga natural de las endorfinas de una manera que no había experimentado desde su adolescencia y temprana adultez.

 

Dentro de sí se estaba sucediendo una verdadera lucha de voluntades donde lo único que impedía que Christian se soltara como en aquel pasado sumiso era el deseo de no darle al muchacho la satisfacción, la total negativa a dejarse caer en la trampa que le tendía dentro de su retorcida venganza. Una venganza por la que ni siquiera podía resentir verdaderamente al otro como podría de tratarse de cualquier otro ser humano en la tierra. Lo intentaba cada segundo, cada minuto, cada instante que debía soportar estar bajo su cruel yugo, pera como si los cables necesarios no acabaran de conectar en su mente y en su lugar sólo encontraba una sensación masoquista que sólo podía nombrar como un orgullo nuevo y desconocido que ni siquiera sabía era capaz de percibir.

 

Desde el momento que había visto aquella prueba de paternidad con sus resultados, dentro de sí la verdad se había plantado como una hiedra venenosa en el centro de todo lo que involucraba al muchacho. Era su hijo, después de todo, y eso era algo que no podía olvidar. Cuando lo azotaba, cuando lo insultaba, cuando se burlaba de él, sólo podía ver a una versión más joven de sí mismo con una crueldad refinada que él ni siquiera imaginaba a esa edad y se sentía feliz en lo más profundo porque había sido él, él y nadie más, quien le había enseñado esas artes oscuras. No un viejo verde asqueroso que se moría por ser un descuidado, no un perdedor que le hubiera pagado un poco extra en algún callejón oscuro para tener su cuerpo de la forma en que deseaba. No, ese era un honor que sólo él podía reclamar para sí y que nadie nunca podría quitarle, ni siquiera ese mismo muchacho que ahora se subía a la cama detrás de él, moviéndose sobre sus rodillas.

 

A lo mejor se lo podría culpar al hecho de que habían pasado literalmente décadas desde la última vez que se encontrara en esa posición en frente de otra persona. Pero la verdad fue que Christian ni siquiera entendió lo que iba a pasar incluso cuando sintió las manos del más joven aferrarse a sus caderas para mantenerlo en la posición deseada. Estaba más concentrado en aguantar sus piernas cerradas y la vergüenza derramándosele porque su polla se balanceaba dura y necesitada de atenciones, el dolor y el aferrarse a la poca cordura que todavía le quedaba en su interior.

 

Volvió a la situación presente y entendió todo cuando el miembro duro de Jack forzó de forma intempestiva su camino a través de su entrada trasera. La espalda de Christian dio un crack sonoro al arquearse y de su garganta escapó un puro grito de dolor. Todo se le hizo blanco ante su visión por unos segundos antes de que Jack diera un final empujón, colocándose en su interior, y Christian se percató de que la razón por la que ahora lo veía todo borroso era porque estaba lagrimeando. Trató de detener el flujo pero era inútil. Su cuerpo entero estaba concentrado en soportar el dolor, haciéndole liberar continuos sollozos de protesta.

 

No recordaba que había dolido tanto cuando Elena le forzaba adentro alguno de sus juguetes de goma. ¿Había sido así o se suponía que debía ser diferente cuando se trataban de pedazos de carne viva y palpitante? Mierda, ¿por qué justo tenía que pensar en eso? Casi podía percibir el miembro pulsando desde sus entrañas, quemando en ansias por usarlo. Christian tensó todo lo que pudo y detrás de él surgió un quejido de protesta por parte de Jack.

 

-Relájate, por dios –dijo el muchacho en tono molesto-. Parece que me lo quieres cortar de cuajo aquí. Tú sabes lo incómodo que puede ser estar en esta posición con alguien que no sabes hacer su parte. Está bien cuando al menos ya venían flojos pero esto… eh, padre, ¿soy el primer hombre que te ha tenido así? ¿La primera polla desde tu Ama? ¿Ni siquiera un poco de juego para la próstata cuando estabas solo?

 

-¡Cállate! –chilló Christian y sabía que en su voz había una humillante súplica.

 

Ya era suficiente saber que su polla no se había desanimado en lo más mínimo desde la intrusión, pero lo peor era sentirla animándose todavía más ante las palabras del joven. Sí, era el primer hombre nunca que lo tomaba así. Sí, era la primera cosa que alguien le metía por ahí. No, no la deseaba. En lo absoluto. Para nada. No le tenía con sus neuronas al fuego vivo y no quería en lo más mínimo que le quemara con la fricción enloquecedora que había usado tantas veces con el joven.

 

“Al menos el buen equipamiento viene de familia”, pensó de forma incoherente y ahí estaba de nuevo, esa sensación de orgullo primal e indescriptible que no tenía nada que ver con nada que tuviera sentido.

 

Sabía que no podía continuar manteniendo la fachada por mucho más tiempo. Christian tomó una bocanada de aire y volvió a gritar, a pesar de que ya imaginaba que era inútil.

 

-¡Saca esa asquerosa cosa de mí, maldito engendro! ¡Te la cortaré con mis propios dientes y serviré de almuerzo!

 

“Por favor, dios, no permitas que llegue a tanto”, pensó Christian, a pesar de que jamás le había rogado nada a Dios y durante gran parte de su vida había estado cómodo asumiendo que si había un jefazo ahí, no tenía ningún interés positivo en su persona. Pero no sabía que más hacer para peLeilar contra las necesidades que estaban despertándose en su cuerpo afiebrado.

 

-Ya, ya –dijo Jack suavemente, inclinándose sobre él hasta que Christian sintió el calor de su pecho desnudo contra su espalda y su aliento contra su cuello descubierto. Christian se estremeció y tensó de nuevo como para no repetirlo-. Vamos, padre, dame lo que quiero. ¿No es eso lo que siempre me dices a mí?

 

Jack se irguió de nuevo y se echó un poco hacia atrás. Algo en el interior de Christian gritó al sentir el espacio en sus entrañas nuevamente libres y no supo si fue de resentimiento o alivio. Pero ni aun si el chico se alejaba, una parte de él continuaba penetrándole. ¿Qué sucedía? ¿Siempre había sido tan grande y recién era ahora que se daba cuenta?

 

-Aquí vamos –dijo Jack, dando otra violenta embestida.

 

Esta vez el sonido que salió de Christian no fue un simple grito, fue un gemido de doloroso placer en toda su vergonzosa gloria, escapándose en notas animosas, mientras las partes de su cuerpo que no deberían relajarse iban en contra de su mandato y se relajaban, permitiendo la expulsión de un brutal orgasmo que le sacudió de pies a cabeza. Temblando, débil, Christian miró entre lágrimas hacia abajo y comprobó que, en efecto, se acababa de correr encima de las sábanas. Pero entonces ¿por qué seguía sintiendo ese ardor secreto adonde no se suponía que debería hacerlo? ¿Por qué se sentía como… abrazando al intruso?

 

-Tan pronto ¿en serio? –dijo Jack, entre divertido y molesto-. Vaya, se notaba que te hacía falta algo así. No es bueno contenerse durante tanto tiempo, padre. Pero al menos ahora podrás por fin relajarte, ¿no es verdad?

 

El muchacho volvió a moverse, saliéndose casi hasta el punto en que la cabeza de su miembro abandonaba su cobijo, sólo para volver a sumergirse con fuerza y Christian sólo pudo estremecerse patéticamente, dejando toda la responsabilidad de mantenerse como estaba a sus ataduras y las manos del joven. Estaba seguro de que debía estar sangrando como una virgen, lo que facilitaba la lubricación de una manera inesperada. Lo sabía, lo había hecho varias veces con sus chicos cuando le daba por un juego algo más rudo y sorpresivo. Todavía dolía, pero esa había dejado de ser una sensación contra la cual quería luchar para volver una que lentamente se estaba mezclando con su placer, adormeciéndose, haciendo imposible diferenciar a uno de otro.

 

Todas las voces se habían quedado extrañamente calladas, uniéndose a la cacofonía de gemidos que nadie ya se concentraba en mantener bajo llave. La capacidad de razonar, si es que alguna vez la tuvo a su alcance, se acababa de echar a correr por la puerta y no parecía que fuera a volver en un largo tiempo. Christian sentía su piel como electrizada y cada toque se sentía como una imposible caricia capaz de llevarlo al absoluto delirio. Ni siquiera estaba seguro de que Elena hubiera sacado esa reacción de su cuerpo y la verdad no le importaba.

 

-Muy bien… -jadeó Jack, continuando con el sonido de palmadas que se escuchaba al hacer contacto sus testículos contra las nalgas adoloridas de Christian-. Esto está muy bien, pero quiero ver tu cara.

 

“¿Eh?”, tuvo oportunidad Christian al sentirse de pronto vacío y abandonado. Un chispazo furioso se encendió cuando su entrada volvió a cerrarse sin que hubiera nada que pudiera impedirlo. Quería protestar. Quería decirle al chico que era un cobarde, un digno hijo de la puta de su madre si ni siquiera tenía valor de terminar lo que había empezado. Pero apenas estaba reuniendo aire para soltar esas palabras cuando Jack le movió la cadera, haciendo acostarse en la cama con sus piernas en alto. Debido a la posición los brazos de Christian se apretaban uno contra otros al ser todavía sujetos  por las cadenas en la barra de la ventana. Con un instinto inconsciente, Christian volvió el rostro y cerró sus ojos todavía húmedos con toda la fuerza que le quedaba.

 

Un súbito bofetón le llegó luego de que una mano brusca le moviera el mentón. El impacto le dio tanto en la mejilla como la comisura de la boca y fue tan rápido que Christian llegó a sentirse el sabor de la sangre proveniente de su labio al chocar con sus dientes. Abrió los ojos, sorprendido, sólo para encontrarse con los helados y fijos que Jack mantenía sobre él.

 

-He dicho que quería verte el rostro –dijo el joven.

 

-Voy a matarte…

 

El joven le mostró una sonrisa de galán buscaproblemas, del tipo que podía librarse de cualquier multa sólo con un poco de flirteo.

 

Christian sintió su corazón latírsele con una especial fuerza. Se lamió la herida del labio sin pensar nada más que en eso y Jack volvió a tomarle del mentón, elevándoselo para imponerle un beso dominante. Christian jadeó agudo cuando el chico se puso a lamer con insistencia la herida por su cuenta mientras una de sus manos tanteaba en busca de algo. Unos segundos más tarde, supo lo que era: una almohada para poder elevarse la cadera, poniéndolo en otra posición que los dos habían gozado en el pasado en situaciones diametralmente distintas. Jack le abrió las piernas de manera que le rodearan la cintura y le hizo arquear un poco la espalda hacia adentro, facilitando el acceso que deseaba. Esta vez cuando volvió a meter su miembro, Christian no pudo contener un suspiro impaciente echándose la cabeza hacia atrás. A través de sus pestañas entrecerradas vio la sonrisa galante del muchacho y pensó que un montón de idiotas podrían haber caído rendidas a sus pies con una facilidad absurda. Un montón de perras tontas y sujetos perdiendo su tiempo. ¿Cuántos serían? ¿Cuántos habrían puesto sus ojos indignos en él sin que lo supiera gracias a la estúpida de Ana?

 

Jack sonrió como si le hubiera leído el pensamiento. Christian no tuvo la menor duda de que eso era exactamente lo que había pasado. El movimiento atormentador continuó como un simple maremoto que estuviera decidido a llevarse a una ciudad entera y cuando finalmente el chico terminó en su interior, momentos después de que Christian se hubiera corrido por una segunda vez, los escombros ahora tuvieran que aguantar un terremoto. Nada estaba quieto. Todo dolía y temblaba y jadeaba y sudaba.

 

¿Por qué el chico tenía que oler tan bien con una de sus colonias encima?

 

-Eso… no estuvo para nada mal –dijo Jack con una voz animada, besándole la mejilla.

 

-Vete a la mierda… -pronunció Christian sin ninguna energía, como si se le escapara un eructo, sin ninguna intención o pensamiento detrás-. Te mataré…

 

-Siempre has sido tan cariñoso –dijo Jack con sarcasmo antes de girarle los ojos y volverse hacia un lado de la cama, adonde había dejado el cinturón que había usado para golpearle y su otra arma.

 

Christian se estaba empezando a adormecer, pero se olvidó de eso en cuanto vio que se trataba del taser y que Jack ya estaba presionando el botón, mostrándole la línea blanca de pura electricidad.

 

-Ni siquiera se te…

 

Pero Christian fue incapaz de terminar su amenaza antes de que el arma hiciera contacto con su costado y el choque se extendiera de nuevo, sacudiéndolo contra sus ataduras antes de que se viera forzado a relajarse, apagándosele el cerebro.

 

Cuando volvió en sí, estaba de nuevo acostado en la cama, las manos y los pies bien sujetos a sus respectivos postes encima de la cama. Desnudo, desde luego. Una de las cosas que más le maravillo, sin embargo, fue percatarse de que la sábana debajo de él había sido cambiada por otra limpia. La sucia estaba sobre un contenedor de plástico en un rincón, adonde Jack acababa de ponerla cuando Christian lo vio. El joven pareció percatarse en el acto de que volvía a contar con su atención porque se volvió hacia él. Otra vez la sonrisa. ¿Por qué tenía que parecer tan satisfecho consigo mismo? Se había vuelto a poner los pantalones, pero ninguna otra prenda de vestimenta.

 

-Hola, padre. En un rato prepararé la cena –anunció el muchacho, yendo a sentarse en un costado de la cama.

 

El sutil movimiento de la cama debajo de sí le hizo a Christian sisear al sentir el roce de la tela contra sus nalgas doloridas. Había recibido una verdadera golpiza y no tenía idea de cuándo se le pasaría. Sus chicos y sumisas no podían servirle de ningún punto de referencia porque siempre variaba. A veces no pasaban más que unos días hasta que volvían a estar disponibles para nuevas golpizas y otra no podía hacerles nada incluso después de eso sin arrancarles nuevos quejidos de dolor que sólo sonaban como música para su polla.

 

-¿Cómo estás? –preguntó Jack, dejando caer casualmente una mano sobre su mano.

 

A pesar de que dolía horrores, Christian hizo lo que pudo para alejarse de ese contacto y, aunque en realidad no consiguió apartarse en lo absoluto, Jack entendió el mensaje. Le dio una fuerte palmada en el muslo antes de enterrarle las uñas, como si le hiciera saber, más allá de toda duda, que no tenía ninguna posibilidad de escapar. Todo mientras seguía teniendo presente la bella sonrisa.

 

-Oh, bien –dijo Christian con todo el sarcasmo que podía concentrar. Le sonrió de vuelta con una mueca que sabía había desarmado a más de una buena docena de personas, pero no pareció surtir el menor efecto. Continuó haciéndolo de todos modos. El chico tenía que aprender que su belleza había salido de algún lado y no de la estúpida de su madre-. Sólo estaba pensando en los meses y meses de castigo dentro de una jaula podría implementar sobre ti antes de que me canse y deba llamar refuerzos. Quizá podría hacerlos traer sus propios tranquilizantes para asegurarse de que no pierdan el control de semejante animal salvaje.

 

Jack le dio una palmada amistosa antes de soltarle y ponerse de pie.

 

-Pensé que dirías eso –dijo y Christian casi podría jurar que estaba decepcionado.

 

“Bien”, pensó una parte de él. No sabía exactamente lo que quería el joven, pero cualquier cosa que significara que no lo estaba obteniendo parecía una victoria en cierto modo. Por otra parte… y esto era algo que se negaba a admitir, le gustaría hacerlo feliz de esa manera desconocida. Era en verdad un estado mental de lo más conflictivo y al cual le gustaría no dedicarle pensamientos ni para reconocer su existencia.

 

 

Christian creía que no habría nada más humillante que las cosas a las cuales el joven ya lo había sometido desde que lo encerrara en su casa, pero cada vez que surgía determinada necesidad fisiológica se acordaba de un particular evento al cual ninguno de ellos era especial fanático. Gracias al entumecimiento que sus músculos sufrían debido a la obligación de mantener una sola posición durante horas y horas, Jack al final no necesito ponerlo inconsciente para obligar sus manos a unirse con una corta cadena y estas a una argolla del collar que le había puesto, esta última lo bastante larga para que sus manos pudieran manipular lo que haría falta manipular para llegar a buen término.

 

Las primeras veces que habían pasado por eso, Christian intentaba peLeilar, pegarle un puñetazo o al menos una mordida en cualquier forma que pudiera, pero Jack nunca dejaba de tener el taser cerca y la amenaza de ponerle un pañal a menos que supiera comportarse era prácticamente todavía más dolorosa que la corriente eléctrica. A ninguno de ellos les gustaba, pero era lo que debía hacerse cuando se trataban de meros humanos.

 

En el pequeño baño al final del pasillo del departamento de Jack nunca había nada que sería capaz de usar como arma, ni siquiera con la imaginación más viva posible. Jack se encargaba de deshacerse de todos los productos de limpieza, los cepillos de dientes, los isotopos, la barra metálica que sostenía las cortinas de la tina y sólo un rollo de papel higiénico en caso de que lo necesitara. Para lavarse sólo tenía agua y un dispensador de jabón líquido sujeto a la pared que no podría destrozar para convertir en arma defensiva ni aunque lo intentara. El chico no le tenía ninguna confianza y tenía razón al pensar así, pero eso no quería decir que a Christian le gustara en lo absoluto sentirse tan restringido justo en el único lugar adonde apreciaba su libertad más que nada.

 

El hecho de que Jack estuviera sólo al otro lado de la puerta no le animaba tampoco. El que la golpeara cada par de minutos para preguntarle si estaba bien y no tenía ningún problema era de lo más molesto. Una vez terminaba lo que había venido a hacer (por más incómodo que fuera), Christian se mantuvo de pie cerca de la bañera y anunció que ya todo estaba listo. Jack luego entraba y volvía a tomar la más larga cadena que le colgaba a Christian del cuello, conduciéndolo de vuelta en dirección a su habitación llevando en alto el maldito taser activado. Christian mantenía la vista fija en ese arma, esperando que se le resbalara al más joven, esperando que la electricidad pareciera débil al agotarse la batería, pero nada así acabó sucediendo.

 

Al llegar al cuarto, Christian escupía maldiciones entre dientes que ni siquiera le importaba si el más joven entendía o no, mientras éste le volvía a dejar acostado en la cama manteniendo la punta de su arma en contra de su estómago. A medida que los días pasaban monótonos, él pasándola tan mal y luego de varias luchas que terminaron con él convulsionándose contra el suelo, Christian estaba perdiendo la voluntad de peLeilar.

 

En su lugar, hablaba seguido con el joven. Trataba de razonar con él. Le chantajeaba. Le decía que le enviaría al mejor hospital psiquiátrico posible para tratar sus claros problemas de delirio y ver qué pasaba con ese asqueroso fetiche suyo de andarse follando a su propio padre. Claramente una persona con un sano estado mental no andaría haciendo esas cosas, ¿no? ¿No le gustaría acaso poder ser normal? ¿Poder ser como otros chicos? Quizá ellos dos finalmente podrían empezar a crear esa relación de padre e hijo que su madre les impidió formar desde su más tierna infancia. Quién sabía, a lo mejor podría enseñarle una cosa o dos acerca de cómo tomar el control de sus negocios. Sería de verdad grandioso empezar una tradición así entre los Grey, ¿no?

 

Christian le aseguraba una y otra vez que lo entendía, de verdad. La frustración por tener a una madre tan descuidada y un padre ausente era de verdad muy grande para manejársela solo. Él lo sabía  mejor que nadie, habiendo tenido sólo a una adicta al crack para culpar por su nacimiento, y sabiéndose la oveja negra de lo que por otra parte era la familia perfecta hasta que Elena apareció en su vida y le enseñó a canalizar mejor su ira, desde adentro hacia sí mismo hacia las espaldas, traseros y genitales de voluntarios dispuestos a tomarlo. Lo entendía y podía ayudar a Jack a encontrar algo así.

 

Prostitutas, prostitutos, amos, sumisas, lo que fuera que realmente hiciera calentar su cuerpo joven podrían ser los blancos para todos esos asuntos sin resolver. No tenía idea de lo bien y sano que iba a sentirse después de haberse descargado bien con alguien que se ofrecía para el puesto libremente, o tan libremente como podía ser. ¿No quería acaso conocer esas bondades? ¿No le interesaba siquiera un poco?

 

Todo eso… todo eso y más estarían al alcance de su mano si tan sólo lo desataba de una buena vez y le permitía ayudarle como estaba seguro le hacía tanta falta. ¡Ni siquiera deberían separarse entonces si eso era de verdad lo que le preocupaba! ¿Qué clase de padre sería si abandonaba a su hijo justo después de haber descubierto de que lo tenía?

 

Pero sin importar cuántas palabras usara, sin importar a cuántas esquinas Christian se aventurara en busca de una grieta que le permitiera hurgar sólo lo suficiente para manipularlo hacia adonde de verdad lo necesitaba, Jack era como una sólida caja de metal que no soltaba prenda. Parecía que el chico sólo quería escuchar una sola respuesta viniendo de él y no estaba dispuesto a aceptar ninguna otra.

 

-Quiero que las cosas sean como antes –le decía el joven seguido después de sus charlas.

 

Pero qué quería decir eso, Christian no podía imaginarlo.

 

En las noches, a veces se despertaba por el mero dolor de tener sus piernas moviéndose de repente y al abrir los ojos se veía enfrentado a la plena oscuridad proveída por un antifaz. No podía ver nada, no podía ni siquiera podía formar palabras de protesta gracias a una mordaza que le atravesaba la boca y la cabeza. En sus oídos sonaba la repetición de una lista de música que incluía desde temas pop hasta mujeres amargadas cantando acerca de sus sinsabores con ritmos furiosos y algunos de metal que agitaban su sangre, activando cierta furia dormida a pesar de que el resto de su cuerpo seguía dormido debido a la posición en la que estaba.

 

Jack (porque quién más iba a ser sino) le enganchaba los grilletes de sus  tobillos a una cadena encima de su cabeza, obligándole a tener las piernas abiertas en contra de su estómago. Era bastante obvio lo que pensaba hacer, pero aun así la presión que sintió entre sus nalgas le arrancó un sonoro grito hasta que fue seguidamente reemplazado por un gemido de desesperado deseo cuando el joven inició con su vaivén endemoniado. No tenía idea de qué hora era, pero imaginaba que debía ser alguna hora de la noche porque no le parecía que había pasado tanto desde su cena y además no parecía uno de esos delicados planes ideados nada más para concentrarse en su sufrimiento.

 

Si es que nada, parecía que el joven sencillamente se había despertado con ganas de descargar un exceso de energía ¿y qué mejor manera de hacerlo que follándose a lo que tenía más cerca, metiéndoselo al hueco más estrecho que encontrara? Varias veces le había hecho lo mismo al joven debajo de su techo, desde luego, así que a pesar de que siempre resultaba inesperado cuando sucedía, el hecho en sí de que sucediera le parecía hasta lógico. No era nada personal o al menos no se suponía que ninguno de sus chicos o sumisas debía tomárselo así. Como Amo sólo era normal que los usara a todos para su placer inmediato de vez en cuanto en lugar de concentrarse siempre en hacerlos acabar. No era egoísmo si ellos aceptaban sus contratos y sus regalos costosos en primer lugar.

 

La única verdadera contra que podría ponerle era que su cuerpo era tan deseoso como siempre e incluso si nadie hubiera hecho contacto con su polla, a pesar de que todo su estímulo se reducía a su ano estrechándose y quemándose por la intromisión súbita, acababa corriéndose más de una vez antes de que el muchacho lo hubiera hecho una primera vez. Era vergonzoso, desde luego, pero de alguna manera no lo era tanto como cuando al terminar de divertirse con su cuerpo Jack se dedicaba a limpiarle usando suaves pañuelos que no tenía ni idea de dónde sacaba. Era un trabajo firme pero no brusco, casi como una caricia más y Christian odiaba que lo hiciera estremecerse. Conocía el punto del antifaz y la música, cómo no. Estaba limitándole a sentir y eso era todo lo que hacía, pero lo odiaba igual.

 

Al final Jack le quitaba todo el instrumental y lo desprendía de los audífonos. A Christian sólo le tomaba unos segundos para acostumbrar sus ojos a la visión de las penumbras en el cuarto y determinar las facciones del muchacho en frente de su rostro, su mano adelantándose para apartarle unos cabellos de su frente sudorosa.

 

-¿Estás bien? –le preguntaba, lo que se sentía sólo como parte de un tremendo chiste que no contenía la menor gracia.

 

Las primeras veces que le había hecho esas visitas nocturnas, Christian sólo le escupía, volvía el rostro o le lanzaba alguna promesa horrible acerca de lo que le esperaba una vez se viera libre de nuevo en el mundo que sólo él controlaba. Pero para entonces ya habían pasado semanas, puede que incluso hasta meses, y estaba cansado, demasiado cansado de peLeilar. Después de todo, ¿qué mal le hacía a un hombre uno o dos orgasmos nuevos incluso si estos sucedían fuera de sus propios planes? A Christian le parecía sólo lógico que al menos esa parte no era algo para armar un alboroto.

 

De modo que sólo le quedaba suspiraba.

 

-Sí, lo que sea –respondió casi a regañadientes. Era la respuesta menos reaccionaria que alguna vez le había dado y la molestia que esto le generó era sólo mínima en comparación al agotamiento que estaba haciendo presa de su cuerpo. Más que nada quería echarse a dormir y olvidarse de donde estaba, con quién, por qué.

 

Jack parpadeó en la oscuridad, obviamente sorprendido, y Christian gruñó con descontento. ¡Oh, vamos! Pero en lugar de hacer cualquier comentario que acabaría activando de forma irreversible su enfado y quitarle el sueño para devolverle su capacidad de gritar, Jack sólo se limitó a dejarle un beso sobre los labios, una caricia de labios inocente, antes de volver a ocuparse de sus piernas para que ocuparan su lugar de costumbre, cubrirle con la sábana para que no le hiciera frío y dejarle nuevamente solo en la habitación.

 

Eso era lo peor de esas visitas, la súbita soledad que lo llenaba solo. Era raro no tener un cuerpo contra el cual acurrucarse y en cuyo olor encontrar un refugio justo después de haber tenido sexo. Incluso con sus sumisas les daba algunos minutos para que se adormilaran antes de que saliera de la sala de juegos y con Anastasia había pasado las noches enteras juntos porque sabía que era una manera sencilla de mantenerla encariñada con la idea de tenerlo consigo. Pero al parecer Jack no quería perder el tiempo con ese tipo de estrategias. Quizá manipular los hilos de los corazones de las personas no era el tipo de crueldad que él se especializaba.

 

Christian volvió a suspirar y volvió a tratar de dormir. Sus sueños sólo eran otra jaula en la cual él era el único prisionero porque detrás de sus párpados sólo veía cualquiera de los nueve meses que había pasado al lado del joven, manteniéndolo debajo de su ala y cintura tanto como había querido. Era una pesadilla recordar esas sonrisas y lo fácil que se le hacía sentirse cerca del muchacho, más cerca de lo que nunca se había sentido de nadie, sólo para despertarse y verse en ese indeseable estado. No tenía ninguna forma de ganar. Cada vez se le hacía más claro.

 

Era desalentador asimilar que estaba perdiendo la habilidad para fingir que eso le importaba un pimiento.

 

 

Un día Jack no estaba solo en el departamento. Desde la habitación en la que estaba confinado Christian escuchó voces y pasos que desconocía provenir del pasillo. La puerta estaba entreabierta, permitiéndole recibir las luces que llegaban desde afuera atravesándole el cuerpo. No tenía su mordaza encima. Literalmente no había nada que le impidiera lanzar un grito a los invitados de Jack para que alguno de ellos se avivara y llamara a la policía, pero Jack debía haber sabido eso, ¿no? No podía haber sido tan cuidadoso en mantenerlo en su control para acabar cometiendo un error tan estúpido, ¿no es verdad?

 

Pero antes de que Christian pudiera tomar una decisión definitiva acerca de las intenciones del joven y lo que él podía ser en respuesta, los pasos se oyeron todavía más cerca hasta que la figura de Jack se vio cubriendo la luz. Unos segundos más tarde abría la puerta, presidiendo a otras dos figuras justo a sus espaldas, y al encender las luces de la habitación Christian se vio forzado a cerrar los ojos hasta que pudiera acostumbrarse.

 

Cuando volvió a enfocar la vista, Jack entraba con su taser en la mano y señalaba en su dirección hablando con las personas que lo seguían. Uno era un joven que sólo debía tener un par de años más que él, un chiquillo de anchos y grandes músculos vestido con una musculosa rosada, pantalones cortos y el cabello rasurado de pelo platinado cubierto por una gorra de camuflaje. Mientras tanto, el otro parecía un hombre más robusto con espeso cabello negro y una ligera barba que volvía más rojizos sus labios.

 

La sorpresa y la confusión eran demasiadas. Si es que nada, Christian sólo pudo agradecer que al menos tuviera todavía una sábana encima a pesar de que debajo de ella todavía estuviera desnudo. ¿Qué… qué diablos se suponía que era eso?

 

-¿Ven? –estaba diciendo Jack-. Les dije que estaba bien.

 

El joven rubio con la ridícula gorra tomó un paso al frente y lo miró de arriba abajo. Christian le dirigió una mueca de asco, incapaz de hacer otra cosa. No pudo contenerse un pequeño temblor ante el miedo de que lo que se estaba imaginando fuera lo mismo que Jack había ideado para él. El invitado de Jack le devolvió un gesto de desagrado y se volvió a este como si le pidiera explicaciones. Jack giró los ojos antes de adelantarse y tomar un costado de la sábana.

 

Desde que entrara a la habitación no le había mirado al rostro ni una vez, notó Christian y no sabía por qué saber eso creó un hueco extraño en el fondo de su estómago.

 

-No le presten atención, todavía le falta aprender modales –dijo Jack haciendo un gesto de restarle importancia sobre el hombro antes de darle un tirón a la sábana, dejándolo en efecto totalmente desnudo y vulnerable ante el escrutinio de los dos perfectos extraños.

 

Tanto el joven como el hombre de la barba se acercaron para examinarlo con atención, concentrándose en los puntos que más les llamara la atención. Christian intentó cerrar las piernas, incluso sabiendo que era un esfuerzo inútil, y les gruñó enseñándoles los dientes. Si pensaba que iban a tener libre albedrio podían ir follándose a sus madres porque estaban muy…

 

Jack le dio una bofetada. Desde hacía un buen tiempo que no había tenido necesidad de volver a hacer eso, de modo que la sorpresa resultó nuevamente más impactante que el dolor mismo.

 

-Cállate –le dijo con una voz helada que le estremeció hasta la espina dorsal. Luego se volvió hacia sus invitados con una cierta nota de impaciencia-. ¿Y bien? ¿Van a querer hacer esto o no?

 

-Es mucho más viejo de lo que me esperaba –comentó el hombre de la barba, rascándose el cuello como si se estuviera repensando el valor de seguir adelante-. ¿Al menos sabe tragarla bien?

 

-¿¡Cómo te…?! –dijo Christian y se vio silenciado de nuevo por una nueva bofetada. Esta vez Jack volvía a verlo y su mirada era que le anunciaba a las claras que ya estaba perdiendo la paciencia. Christian quiso hacerse pequeño, escapar de esa mirada, pero no había nada que pudiera hacer y después de un rato el joven volvió a darle a ver su nuca.

 

-Sí, eso sí sabe –dijo Jack-. Tiene una garganta bastante profunda y todo.

 

-A mí me gustan mayores –dijo el rubio con una segunda mirada apreciativa. Christian notó que le ponía una atención extra a las canas en su cabeza y deseó poder tener la capacidad de cubrírsela de alguna manera. Por lo general creía que le daban un aire distinguido y hacía mucho más creíble la imagen de un hombre experimentado que sabía lo que se hacía, alguien mayor sobre el cual los jóvenes podían confiar sin pensarlo demasiado, pero ahora no se sentía para nada seguro debajo de la mirada de ese joven, sin poder controlar sus propios miembros o siquiera enfrentársele de pie-. Al menos es lindo. Parece que se mantiene bien. ¿Seguro de que no se va a romper?

 

-No, es sorprendentemente flexible para su edad –dijo Jack y a pesar de que no lo veía, a Christian no le cabía la menor duda de que estaba sonriendo a juzgar por el súbito buen humor en sus palabras-. No dura nada, pero puede seguir por un buen rato sin esperar nada.

 

Un sudor frío empezó a recorrer el cuerpo de Christian al percatarse al fin qué era lo que esos dos buscaban. Cerca de su cintura Jack mantenía como por de casualidad alzada su mano que todavía llevaba el taser y sabía que no era por ninguna casualidad. Si pronunciaba una sola palabra o hacía algo que le desagradara iba a tener otro instante de dolor y quién sabía a qué se despertaría una vez se le volviera la conciencia. Si se trataba de sólo Jack estaba bien. Era algo que podía control y a lo cual ya estaba familiarizado. Contra su voluntad y en formas que no habría escogido por sí mismo libremente, pero al menos familiares. Estos eran unos totales extraños que podían tener poder sobre él y ejercerlo de cualquier manera que se les ocurriera.

 

“No”, gritó su polla y por un momento se sintió confundido acerca de eso, pero un agradable cosquilleo desde abajo le hizo saber por qué. Se estaba excitando ante la mera idea. ¿Por qué? ¿Cómo podía ser? Christian se obligó a refugiarse en la oscuridad que muchas veces escapaba a consciencia, pero varios años ejerciendo como maestro oscuro para tantos jóvenes y otras personas había destrozado sus recuerdos más maltrechos y pesimistas para inundarlos con los métodos de autoterapia que había usado para reemplazarlos. En otras palabras, en vez de la paliza o el beso ardiente de un cigarrillo que un proxeneta imprimía sobre su frágil cuerpo infantil se veía imprimiendo heridas parecidas o peores encima de otro cuerpo joven, nunca demasiado joven y ciertamente nunca demasiado viejo, y el cosquilleo se volvió más intenso. Christian se revolvió, frustrado porque no pudiera ni siquiera cerrar sus piernas como lo deseaba.

 

De pronto una carcajada sonó en el aire y al abrir los ojos se percató que se trataba del rubio rapado, pasándose una mano por su rostro masculino con un aire de incredulidad.

 

-Ay, mierda –dijo y sus ojos azules estaban fijos en un solo lugar de la anatomía de Christian. La parte más querida de su anatomía, para ser más exactos-. ¿Es mi impresión o el tipo de verdad se está calentando con todo esto?

 

Jack le dirigió una mirada de soslayo que duró nada más un segundo, pero le provocó una impresionante oLeilada de calor por toda su espalda. Diablos, el chico se veía bien. Se había arreglado y peinado para ir a encontrarse con esos extraños y traerlos a la casa. Incluso olía bien y hasta su nariz llegaba el aroma de su desodorante. La necesidad de rodearlo entre sus brazos y darle una razón para sudar se le estaba haciendo imperiosa, y eso sólo podía ser un inconveniente en el escenario actual en que se hallaba. Jack emitió una suave risa burlona. De verdad que era una injusticia lo hermoso que resultaba ese sonido. En ocasiones así casi maldecía su parentesco.

 

-Les dije que se calentaba fácil –comentó el joven-. Mejor vayan aprovechando pronto antes de que acabe. Claro, eso si ese tipo de cosas les importan en primer lugar.

 

-No, a mí no, la verdad –dijo el extraño de la barba ligera-. Mientras pueda seguir, yo estoy bien.

 

-Oh, pero yo sí quiero verle la cara cuando acabe. A lo mejor molestarle un poco con eso –acotó el rubio con una mueca saladina.

 

-Entonces vas a necesitar esto –dijo Jack, poniendo en la mano del rubio el taser. De alguna manera se sentía para Christian como una traición el que le diera el arma a otras manos-. Reduje la potencia así que sólo le dolerá sin dejarle inconsciente. De cualquier manera puedes estar tranquilo con esto. Por lo general él sabe hacer caso si le das con esto cuando se equivoca.

 

El rubio probó el taser en su mano y lo activó. Una sonrisa de aprobación se extendió por su rostro.

 

-Me parece bien así.

 

-Dos horas –les dijo Jack y por su tono de voz serio estaba claro que estaba recordándoles información ya dada antes-. Tienen dos horas para hacer lo que quieran, pero antes de que terminen tienen que llamarme de vuelta.

 

-Sí, sí, lo entendimos –dijo el rubio girando los ojos. Christian tuvo un fugaz pensamiento de que ya le gustaría tener a ese mocoso de rodillas dándole placer con su boca mientras lo llenaba con pinchazos eléctricos y luego le coloreaba la piel de moretones. Pero esa fue una terrible idea. Su erección acabó de levantarse del todo, preparada y dispuesta para lo que fuera-. Pero miren nada más a la perra. Ya se anda mojando y todavía ni siquiera lo hemos tocado.

 

-¿A quién llamas perra, jodida cucaracha? –masculló Christian entre dientes sin atreverse en hacerlo en voz más alta.

 

De pronto Jack se dio media vuelta y se acercó a él. Christian pensó que lo había escuchado y que venía a darle otro bofetón, por lo que cerró los ojos preparándose para recibir el golpe, pero en cuanto este no llegó los abrió para descubrir que el joven le estaba desatando una mano para unirla al grillete de la otra. Sin embargo no se molestó en deshacerle el otro brazo.

 

Christian lo agitó con evidente impaciencia, pero Jack no le prestó atención mientras liberaba sólo una de sus piernas. Durante los segundos que le tomó hacerlo el joven le dirigía una mirada de pesada rigidez como si lo retara a tratar de darle una patada. Quizá los primeros días en que llegara ese departamento Christian podría hacerlo, si no para escapar, al menos para sentirse un poco mejor consigo, Era la primera vez desde que estuvieran ahí los dos que Jack  había dejado de estar en posesión de su arma principal y Christian técnicamente podría haberse salido con la suya. Pero también sabía que había otras dos personas con ellos y que uno de ellos todavía tenía el arma, en lo absoluto intimidado o atemorizado ante la idea de utilizarlo. Los dos parecían fuertes y definitivamente no en el estado de alguien que había estado atado a una cama por quién sabía cuánto tiempo. Si ellos querían darle una paliza, no tendrían ningún problema en hacerlo.

 

De modo que Christian volvió la vista y se olvidó de su vergüenza lo mejor posible mientras Jack dejaba libre su pierna antes de ponerse de pie, alejándose de la cama.

 

-¿Y eso? –preguntó el de la barba-. ¿Quieres que lo desatemos nosotros?

 

-No, tiene que quedarse atado todo el momento –dijo Jack, dirigiéndose sólo a su interlocutor sin ponerle ninguna atención a Christian, como si él no estuviera ahí. Una conocida sensación de molestia le subió por el estómago. ¡No podía sólo ignorarlo! ¡Estaba ahí!-. No sé todavía exactamente cómo va a reaccionar, pero de todos modos ya saben que cuando hayan acabado tienen que llamarme, ¿de acuerdo?

 

-Bien, si es flexible como dices no habrá problema entonces –dijo el hombre rubio y se pasó la mano por la entrepierna como si se estuviera reacomodando una erección que ya empezaba a molestarlo. Christian odió sentir que su ano se contraía imaginando el tamaño de la cosa que tuviera ahí.

 

Le dirigió a Jack una intensa mirada que si bien no era de súplica, esperaba que al menos lograra transmitir la idea de que no quería, por nada del mundo, que le hiciera pasar por eso y apreciaría muchísimo, quizá demasiado, que le dijera a esos inútiles que se largaran y todo había sido un error. Por unos segundos Jack le miró de vuelta como si no sólo hubiera captado el mensaje, sino como si lo considerara, y por unos segundos Christian incluso llegó a albergar esperanza antes de que el joven le diera la espalda, dirigiéndose a la puerta.

 

-Que se diviertan –dijo Jack, cerrando detrás de sí.

 

Un leve silencio se instaló en la habitación después de eso.

 

-Bueno, empecemos con la fiesta –dijo el hombre de la barba, deshaciéndose de su chaqueta para dejarla en un gancho de la pared.

 

-Al fin –suspiró con alivio el rubio, deshaciéndose por su parte de su gorra para colocarla encima de la cómoda. Luego de lo cual y tras rascarse su corto cabello, se acercó a la cama y le pasó una mano por arriba y debajo de la pierna libre de Christian-. Tiene lindos músculos para ser tan viejo.

 

De inmediato sus manos subieron y le agarraron de la polla con una brusquedad a la que no estaba para nada habituado. Incluso Jack, en los raros momentos en los que le concedía ese alivio, solía tener más cuidado al sostenerlo. Christian siseó por el dolor y la tibia excitación que estaba comenzando a extenderse.

 

-Ustedes no saben quién soy yo, ¿verdad? –dijo Christian, luchando con todas sus fuerzas por mantener un tono de voz seguro, como si fuera una reunión de negocios-. Mi nombre es Christian Grey. ¿Acaso tienen idea de lo mucho que significa ese nombre?

 

-Ese chico ya nos dijo que ibas a intentar inventar alguna historia loca –dijo el hombre, subiéndose a la cama y recorriéndole el pecho como antes hiciera el otro con su pierna. Tenía una mano grande y pesada, perfecta para dar buenos azotes. Incapaz de dulces caricias. Christian tragó con fuerzas para no ponerse a relamerse ante la idea de recibir unos azotes por esas manos-. Es así como te gusta, ¿no? La historia del secuestro, del millonario al que retienen contra su voluntad y lo obligan a sufrir a manos de cualquiera que quiera venir a descargarse sobre él. Una bonita historia, pero al menos demasiado complicada para mi gusto, la verdad.

 

-No entienden –dijo Christian, moviéndose en dirección a esa mano como si fuera otro el que se moviera, no él. Nunca él-. Soy uno de los hombres más ricos sobre la tierra. Si me sacan de aquí y me ayudan a salir podría pagarles por una vida entera de lujos. Sólo tendríamos que ir al banco más cercano y les escribiré un cheque por el valor que quieran. Es de verdad así de sencillo. Están frente a la posibilidad de ganarse un millón de dólares.

 

-El chico ya nos pagó un millón por estar aquí. Oye –dijo el rubio dirigiéndose al de la barba. Parecía notablemente fastidiado-, ¿de verdad tenemos que escucharle hablar todo su guión?

 

El hombre de la barba se encogió de hombros.

 

-Supongo que no. En un secuestro de verdad le taparían la boca, ¿no? Así no molesta tanto.

 

Christian no podía quitarse el asombro de encima. ¿Hablaban en serio? ¿De dónde podía haber sacado Jack un millón de dólares? Mientras su mente seguía procesando esa nueva sorprendente información, el hombre rubio rebuscó en uno de sus bolsillos traseros y sacó la maldita pelota roja atravesada por la cinta elástica negra con la cual Christian estaba ya tan adaptado.

 

-Puedo darles tres millones –intentó con rapidez, viendo que el rubio se acercaba extendiendo el círculo para envolverle la cabeza con él-. Cuatro, cinco. ¡Todos los millones que quieran! ¡Ese chiquillo no sabe…!

 

Pero antes de que pudiera terminar, el hombre ya le había puesto la pelota y usado para taparle la boca, ajustándosela de manera que no pudiera hacer nada más que mirarlos a los dos intrusos, esperado por su siguiente movimiento.

 

 

Jack leyó los nuevos correos electrónicos dejados por el vicepresidente de Grey Interprises y les envió una respuesta rápida a cada uno. La idea original de Jack había sido dejar todos los negocios en manos de aquel hombre, que por otra parte parecía bastante competente, pero viendo que los asuntos por los cuales el hombre más solía contactar a Christian eran cuestiones bastante sencillas (¿comprar o no comprar? ¿vender o no vender? ¿diseño europeo o americano? ¿energía solar o no?), sobre todo acompañadas con la bastante información para contar con los contra y pros de cada opción, de modo que Jack, en una tarde especialmente aburrida en la que Christian no era el único de malhumor para variar, decidió trabajar un poco para perder el tiempo.

 

Resultó ser que ser la cabeza de una empresa como la de Grey resultaba de lo más sencillo. El hombre parecía que estaba más bien acostumbrado a ausencias seguidas por parte de Christian y ni siquiera le preguntaba qué era lo que estaba haciendo, con quién o durante cuánto tiempo. Era muy probable que lo hubieran contratado en gran parte gracias a su discreción. A Jack le parecía bien. Si es que nada, el hombre hasta parecía impresionado de que se tomara esos pocos minutos de sus vacaciones para ponerle aunque fuera algo de atención a los negocios. Estaba bien por su parte, pero no dejaba de preguntarse si de verdad era eso lo que hacía su padre todo el día cuando no se lo cogía, recibiendo halago tras halago por lo que se comparaba a tirar una moneda en el aire para hacer sus elecciones.

 

Si es que no terminaba llevando a la empresa a la bancarrota, puede que hasta acabara acumulando su propia cantidad de fortuna. También recibía noticias de Taylor a las cuales respondía de vez en cuando. Su hija Sophia se encontraba bien y el resto de la familia Grey estaba bien, pero aunque les encantaba saber de Christian a través de sus escuetos correos electrónicos, lo cierto es que todos los días los padres insistían en ir con Taylor para reclamarle por novedades o si había podido hablar con su hijo.

 

A pesar de que ahora sabía que se suponía que los Grey eran también su familia, Jack no se sentía más que incómodo pretendiendo ser su padre y recibiendo el cariño empalagoso por parte de la que sería su abuela y los mensajes generalmente obscenos del que había logrado deducir era su tío Elliot. La tía Mia era completamente insoportable contándole acerca de la última cosa en la cual había gastado su dinero y con fotografías de ella en diferentes trajes costosos casi diarios.

 

Aunque, en realidad, no era una comparación justa porque ellos sólo interactuaban a través de un grupo de whatsapp adonde sólo la familia estaba inscripta. Nadie forzaba a Jack a leer sus tediosas y aburridas vidas de ricachones presumidos, pero de alguna manera tampoco se veía capaz de detenerse tan fácil. Para bien o para mal eran familia y él nunca había tenido oportunidad de irritarse con parientes que no fueran su madre, y ni siquiera el enojo con ella duraba demasiado o dejaba marca alguna porque, bueno, era su madre y estaban los días buenos a los que podía aspirar. Tener a todas personas sobre las cuales quejarse le hacía sentir un poco más normal o al menos con una idea de lo que ser eso podía sentirse.

 

Así que, al menos una vez por semana, “Christian Grey” dejaba un comentario que Jack se imaginaba saldría de él, tales como “espero que no hayas gastado demasiado en eso” a la tía Mia cuando subía toda una sucesión de fotografías, “no todos pensamos con la polla con la misma frecuencia que tú” al tío Elliot en conversaciones privadas cuando le tocaba acerca de la nueva chica con la cual él y su esposa estaban teniendo otro trío, o “madre, por el amor de dios, tengo cuarenta años ya, deja de tratarme como a un niño, ¿está bien” cuando hablaba con la abuela y “las mujeres están locas” cuando hablaba con su abuelo, antes de volver a desaparecer. Hasta ahora no parecía que nadie notara la menor incongruencia, de modo que Jack suponía que hacía un buen trabajo imitándolo.

 

Esa noche, mientras esperaba a que las dos horas pasaran, después de haberse ocupado los asuntos más urgentes del negocio, Jack se entretuvo hablando con el tío Elliot acerca de los resultados del último juego que estaba siguiendo por la televisión. No tenía ni de cerca el mismo interés que el hombre, lo que sólo hacía más fácil dejar que el otro tomara control de la conversación. A veces la emoción le ganaba al tío Elliot y en lugar de palabras sólo le enviaba letras de mayúsculas cuando se trataba de una nueva anotación del equipo al que apoyaba.

 

Estaba a punto de terminar el partido cuando Jack escuchó la puerta de su habitación abrirse y unos pasos dirigiéndose hacia donde él estaba. Pudo escucharlo porque desde que empezara a ver el partido había tenido a la televisión en modo mudo, precisamente para estar preparado en caso de una emergencia. Christian a lo mejor se hacía con el taser con uno de los hombres y se las arreglaba para escapar de sus limitaciones. Era bastante poco probable, pero incluso en ese caso estaba preparado: nadie más que él sabía acerca del arma que guardaba debajo de la mesilla al lado del sofá. La había comprado y mantenido ahí desde el día después de que hubiera retenido a Christian. Suponía que el hecho de que Christian nunca la hubiera mencionado debía ser una buena señal de que el hombre seguía siendo ignorante al respecto de su existencia.

 

Sin embargo, no se trataba de nadie más que el hombre joven de cabello rubio casi rapado. Estaba completamente desnudo con un cadena delgada colgando de su cuello, sirviendo de soporte a una placa metálica totalmente limpia que nunca serviría para identificarlo. Jack se apoyó sobre la cabecera del sofá.

 

-Oye, ¿vas a venir? –preguntó el rubio.

 

-Mmm, ¿ya es la hora? –dijo Jack como si no hubiera estado contando los minutos, revisando la hora en su celular. Fingió una casual sorpresa mientras se ponía de pie-. Ah, vaya. ¿Cómo se ha portado? ¿Les ha dado muchos problemas?

 

El hombre rubio se rascó el estómago con perezosa satisfacción y sonrió de medio lado.

 

-¿Bromeas? El tipo se salió del personaje apenas empezamos en serio a trabajarlo. Es malísimo para actuar.

 

-¿En serio? –dijo Jack, esforzándose para que su verdadera sorpresa no se le diluyera sin quererlo. ¿De verdad había sido tan sencillo? Parecía un poco difícil creerlo-. Bueno, eso ya lo veremos.

 

Los dos se dirigieron de vuelta a su habitación, adonde el rubio había dejado la puerta entreabierta. El hombre de la barba (Michael era su nombre) estaba encima de la cama, todavía corriéndose sobre el vientre de Christian mientras este yacía sobre la cama, jadeando a través de la pelota. Ni bien lo vio entrar a la habitación, los ojos grises de Christian se avivaron como luces de un navío detrás de una niebla y estiró un pie en su dirección. Michael se volvió y le hizo un asentimiento de cabeza para decirle que sí, estaba aprovechando bien su tiempo, no había necesidad de preocuparse. Su barba se veía brillante de sudor.

 

Jack vio la corrida del hombre aterrizar en pequeños saltos sobre los sutiles abdominales de Christian, pero este no parecía tener ningún interés en poner atención a ese hecho, concentrando su mirada sólo en Jack. La saliva que no había podido contener se derramaba de su boca por un costado y por el otro se veían los restos del semen que no se había limpiado de encima.

 

-Tenías razón, la chupa bien –comentó el hombre rubio, John, a sus espaldas.

 

-¿Por qué lo volviste a amordazar si se estaba comportando bien? –preguntó Jack sin volverse, extendiendo la mano.

 

Christian se movió apenas ligeramente en contra de esa mano, dejándole sentir su piel afiebrada, casi como un gato buscándole mimos. Jack se sentó cerca de la cabecera y le despejó los cabellos de la frente.

 

-Eso sería por mí, yo lo hice –dijo Michael, abriendo más y más las piernas de Christian y volviendo a colocar una almohada que ya se había corrido debajo de la cintura de este-. Es que me parecía que le quedaba bien, es todo.

 

A Jack estaba empezando a poner incómodo cómo ni aun entonces Christian parecía querer percatarse de otra cosa que no fuera su tacto. Sabía que él había tenido ese comportamiento después de una dura sesión, o al menos tenía una idea del mismo por lo que Christian le había dicho, pero nunca había estado en el extremo que recibía esa clase de atención antes. ¿Era sólo por la presencia de los extraños lo que finalmente le había lanzado al precipicio al cual lo había empujado a él  incontables veces?

 

En el tiempo que lo había retenido ahí siempre supuso que sólo obtendría más amenazas y descripciones horrorosas de su futuro, o, en el peor caso, un silencioso rencor que iría burbujeando hasta casi quemarle la piel, impidiéndole el sueño, razón por la cual procuraba terminar rápido con lo que venía a buscar de él antes de volver a dormir al sofá. Pero ahí tenía la prueba definitiva de que Christian estaba ahora en el punto de no retorno, receptivo e incapaz de resistir a nada de lo que le hiciera.

 

-Eh, amigo, no por nada, pero ¿eso es todo lo que vas a hacer? –inquirió John, quien había tomado el lugar de Michael entre las piernas de Christian y estaba manoseando su polla con tal de volver a levantarla de su estado dormido-. No que me queje, es tu pareja y tal…

 

Esa era la historia que les había dicho. Su pareja tenía un fetiche con sentirse la víctima de un secuestro en la que se le forzaba a disfrutar con completos extraños sin poder nada para detenerlo. Podían ser tan rudos como les pareciera mientras no le acabaran rompiendo nada de forma permanente. Estaba bien. A él le gustaba el dolor, incluso si pretendía que no era así. Acorde a su papel no debían creerle nada de lo que decía porque sólo actuaría como una víctima tratando de escapar. Jack había tenido sus dudas acerca de dejarlos solos con esas únicas instrucciones, pero por lo visto la actitud de Christian había sido lejos que conflictiva. Mal actor, eso sin duda.

 

-No –dijo y sacó su celular (el suyo, no el de Christian) para buscar la aplicación para tomar fotografías y luego dirigió la cámara hacia John-. Quiero filmar la media hora que nos queda. No se preocupen, todo esto quedará para nuestra privacidad. Les mencioné que esto podía pasar, ¿no?

 

-Sí, amigo, no hay problema –dijo John, procediendo a sacar el paquete de un condón que ya tenía consigo.

 

Jack les había contacto a los dos por Internet y no facilitó el encuentro hasta que hubiera estado seguro de que los dos estaban totalmente sanos mostrándoles los resultados de los exámenes, pero aun así había insistido en que para las penetraciones quería condones. A ninguno de los dos le había hecho demasiada gracia, pero a Jack le complacía ver que eran hombres de palabra, si es que los paquetes ya rotos y desechados en el suelo le daban alguna idea de que habían seguido las reglas.

 

-Este no es mi primer rodeo –comentó John con confianza, embutiendo su erección considerable dentro del empaque de látex y acercándose a la entrepierna de Christian. Jack filmó a la polla del hombre mayor despertándose en el acto cuando la de John desapareció por debajo de sus testículos. Jack le mostró al hombre la pantalla del celular.

 

-¿Qué te parece, p…? –Se contuvo a tiempo de pronunciar el título usual. Incluso si esos hombres estaban dispuestos a aceptar fantasías y fetiches que se salían de lo común, el cómo podía estar haciéndole eso a su propio padre podría ser más de lo que serían capaces de asimilar. Ocultó un poco su descuido aclarándose la garganta-. ¿Crees que a la prensa le gustaría ver a Christian Grey de este modo?

 

Jack cambió al modo de cámara frontal y dejó que Christian viera su propio rostro sonrojado, cubierto de semen seco y la mirada de alguien claramente perdido a su propio placer. Al verse el hombre sólo pudo jadear sin poder pronunciar palabras. Ahora no apartaba la vista. Al contrario, parecía hipnotizado por la imagen de su propia humillación. “Esto de verdad podría ser divertido”, pensó Jack, incluso si todavía le seguía pareciendo extraño ver esta nueva faceta de Christian Grey.

 

-¿Quién es ese? –preguntó John, entrando de una embestida.

 

Christian gimoteó de gusto y onduló sus caderas como si buscara un contacto más profundo por parte del estímulo que recibía. Si de verdad esos hombres habían pasado por situaciones parecidas en el pasado, entonces ya debían haber reconocido que Christian no estaba en condiciones de poner atención a lo que se dijeran que no estuviera directamente relacionado con él o con una orden de lo que debía hacer, por lo que podían hablar tranquilamente. Ignorarlo hasta podría hacerlo todavía más excitante para él, como si fuera algo menos importante que sólo un pedazo de carne para su entretenimiento.

 

-Oh, sólo es el nombre de su personaje para estos actos –dijo Jack sin darle importancia, cambiando de nuevo a la otra cámara para volver a concentrarse en la penetración. Como sabiendo exactamente lo que pretendía, John tomó la erección de Christian y la hizo a un lado, aplastándola contra el muslo, dando espacio a Jack enfocara el momento en que John volvía a embestir-. Se supone que él es un multimillonario que es retenido por su amante loco después de un intento de ruptura. Ya sabes, es una venganza por haberme dejado y todo eso. Por eso parecía tan asustado al principio. Por ahí la cambiamos, pero esa siempre parece tener los mejores resultados. Eh, Michael, ¿te importaría que te la chupe y acabar en su cara de nuevo?

 

-Ya estoy en eso –dijo Michael, poniéndose al otro lado de la cama, al lado de la cabeza de Christian.

 

Christian se volvió a él y de hecho gimoteó impaciente, como un cachorro hambriento, y la comparación no era menos increíble para Jack incluso si lo estaba grabando todo mientras sucedía. La polla de Michael todavía estaba decaída. Jack ayudó a quitar la mordaza y bajarle esta hasta el cuello. Michael subió su miembro blando hasta los labios de Christian para que este realizara el resto del trabajo, lo que este cumplió adelantándose la cabeza para tomar todo el glande en el interior de su boca. No faltó mucho tiempo para que Michael acabara de ponerse del todo y se moviera en contra de Christian, reemplazando el trabajo que antes realizara la pelota roja en cuanto a ahogar sus siguientes sonidos de placer. Al cabo de un tiempo de contemplar semejante espectáculo, Jack se sintió demasiado excitado para seguir siendo un espectador pasivo y se desnudó seguidamente, sentándose en el pecho de su padre para que empezara a dividir su atención entre dos fuentes de placer.

 

Una media hora era lo que tenían, pero en realidad ninguno de ellos duró mucho tiempo hasta después de los cuarenta minutos de todos modos. Jack tomó algunas fotografías además del video e invitó a los dos hombres a tomarse una cerveza helada antes de que se marcharan. Podían dejar al “secuestrado” en la cama, no había problema, les dijo, aunque ninguno de los dos estaba especialmente preocupado. Le iba a encantar despertarse así. Siempre lo hacía.

 

Después de la cerveza y una agradable charla acerca de nimiedades, ya era tiempo de despedir a sus ayudantes de la noche. Jack les dejó ir, agradeciéndoles de nuevo por todo, y les dijo que si los necesitaba de nuevo para algo así no dudaría en llamarlos. Una vez hecho lo cual, Jack abandonó la idea de darse una ducha de inmediato y abrió el sofá cama para empezar a dormitar por la noche. A la mañana siguiente no sólo tendría que limpiarse a sí mismo sino a su padre y la cama, de modo que necesitaba todo el sueño que pudiera reunir. Ni bien estuvo lista su cama, Jack se arrojó a ella y cerró los ojos. Estaba absolutamente agotado para entonces y no le costó más que unos segundos sumergirse en el sueño.

 

 

Cuando Christian despertó de nuevo, todavía no era de mañana. Incluso antes de abrir sus ojos, tuvo que apretar los párpados al sentir un inmenso viniendo desde debajo de su cadera. En medio de ese siseo su nariz se vio inundada con una nueva cantidad de olores de los cuales reconoció su propia saliva y semen. De hecho, toda la habitación apestaba a sexo y a calor de cuerpo masculino.

 

No tuvo idea de por qué. Intentó recordar qué era lo que había pasado. Jack había invitado a alguien y luego ellos habían venido hasta él y luego… ¿qué? ¿Por qué no venía a él? Solía tener una excelente memoria, ¿por qué no funcionaba ahora? ¿Qué habían hecho con él? Pero antes de que tuviera oportunidad de perderse a sí mismo ante su creciente pánico, Christian miró hacia abajo para descubrir que su pierna estaba libre. No sujeta por una cadena más larga, no atada a un peso. Estaba totalmente libre. Era increíble poder volver a acostarse y mover libremente aunque fuera uno de sus miembros.

 

¿Y qué había acerca de sus brazos? Los sentía entumecidos, de costumbre cuando lo obligaban a mantenérselos por encima de la cabeza, pero de alguna manera también más flojos que antes. Christian levantó la vista y vio que el cierre para el grillete de su mano izquierda se había liberado un poco, dejando espacio para que su muñeca se moviera. Con un inmenso cuidado por no agitar demasiado las cadenas, apenas dejándose respirar, Christian agitó un poco los grilletes para seguir liberándolo. Luego de lo que le pareció una eternidad en el infierno, su muñeca por fin se vio libre del grillete.

 

Por unos segundos se sintió impresionado que ese aprisionamiento no le hubiera dejado ninguna marca a pesar del exceso de uso. ¿Adónde había comprado esos instrumentos tan buenos? Cuando saliera de ahí y recuperara su poder, tendría que preguntárselo en serio al muchacho. En cuanto esa idea se formó con más solidez, la consecuente idea de que ahora sí podía creer en eso casi le hizo soltar una carcajada de triunfo, pero se mordió la lengua a tiempo. Figurativamente hablando porque todavía tenía la mordaza sobre su boca.

 

A pesar de que no sabía ni tenía idea de qué exactamente había sucedido, Christian sólo podía dar las gracias de que hubiera obligado al muchacho a omitir su protocolo de seguridad. Una vez recuperó la sensibilidad total en sus dedos fue sencillo ocuparse de los otros grilletes en la muñeca y el tobillo. Quitarse esa maldita mordaza de encima sin la ayuda de nadie se sintió como haber ganado una maratón de cuarenta metros por sí solo. Una nueva risa suprimida.

 

Cada movimiento representaba un verdadero esfuerzo, enviándole punzadas de dolor desde distintos puntos, pero no podría importarle menos mientras sacaba de un cajón alguna ropa interior y unos sencillos pantalones de gimnasia que ponerse, todavía yendo de puntillas y procurando no hacer el menor sonido. El chico debía estar durmiendo en la sala. Si mal no recordaba tenía un bol cerca de la puerta adonde dejaba caer las llaves nada más llegar cada día. Si actuaba bien podría tomarlas, irse de ahí, buscar a la policía y devolverle su sentido de orden y lógica al universo. Podría llamar a Taylor, hacer que trajera su trasero hasta él para que lo despidiera como se merecía por no haberlo sacado de ahí y contactar a su familia para que empezara a mover los hilos legales necesarios para encargarse de la institucionalización de Jack. Sí, sí, sí, era perfecto, una idea perfecta.

 

Christian agradeció también el que la puerta estuviera de por sí entreabierta, ahorrándole a él el esfuerzo de abrirla lentamente también, y se deslizó con la mayor discreción de la que era capaz hasta la sala. Jack estaba envuelto en una sábana, durmiendo pacíficamente. Christian vio la cocina y encontró fácil el pedazo de madera que contenía los cuchillos de distintos tamaños. Recordó que de ahí había sacado el cuchillo para su primera y segunda víctimas en ese departamento. Podría tomar cualquiera de ellos, obviamente que el más grande, y devolverle el favor que les había hecho a ellos. Todavía era grande y pesado en comparación al más joven, incluso si todavía se sentía algo torpe por el tiempo investido en la cama, y este estaba totalmente fuera de guardia.

 

Pero no, acabó susurrando su mente. Demasiado trabajo. Demasiado tiempo perdido. Debía concentrarse primero en salir de ahí. Luego vendría el momento de ajustar cuentas. Prácticamente caminando de puntillas, Christian continuó desplazándose hacia la puerta y sus ojos dieron de inmediato con el bol de las calles. Un llavero con una estrella negra de plástico le llamó especialmente la atención. Era la misma que había comprado para Jack el día anterior a que le anunciara que debía mudarse de la mansión. Por alguna razón, verla y recordar de pronto se detalle le trajo un regusto amargo al fondo de la boca, pero supuso que era lo normal. Ese no había sido en lo absoluto un recuerdo feliz.

 

Estiró la mano para recogerla, solitaria y única dentro del bol, pero entonces una punzada se alzó desde su pantorrilla estirada y acabó tirándolo al suelo, provocando que este se rompiera en el acto. Christian, en estado de pánico, agarró la llave y la aferró como si monstruos pequeños fuera a salir de entre las sombras para impedírselo.

 

-¿Ya te vas? –preguntó la voz adormilada de Jack desde el sofá. Christian sintió a toda su espalda tensarse y los vellos de su nuca erguirse en el acto. Jack lanzó un pequeño bostezo-. No te lo voy a impedir, pero si te vas creo que es justo que sepas que será la última vez que sabrás de mí.

 

Christian tenía la llave en contra de su pecho, adonde su corazón tamboriLeilaba lleno de adrenalina pura. No podía contestar. Se había quedado sin palabras o aliento para pronunciarlas incluso si las tuviera.

 

-Con toda la basura y regalos que me has hecho, vendiéndolos he podido conseguir una buena cantidad de dinero –explicó Jack con calma-. Así fue como he podido pagar a esos sujetos, pero todavía tengo mucho más ahorrado. Si te vas de aquí ahora, usaré ese dinero para desaparecer de tu vida y asegurarme de que no puedas encontrarme. Tengo todo preparado desde hace un largo tiempo. Nunca jamás volveré a molestarte. Nunca volverás a oír mi nombre. Serán como los primeros diecinueve años de mi vida otra vez.

 

“Miente”, dijo su polla. “¿Y si no?”, discutió Christian Grey, por primera vez en toda su vida. ¿Y si decía la verdad? Incluso con lo estúpida que era su madre, ella había conseguido evadir a todos sus detectives, a todas sus averiguaciones, a todos sus esfuerzos por dar con ella… ¿quién no le decía que el hijo no podía ser igual que ella y sobre todo con todavía más dinero a su disposición? El dinero podía comprar lo que fuera. Ese era prácticamente un lema familiar de los Grey y una verdad que él mismo había visto comprobado más de una vez. ¿Por qué no iba a poder?

 

-¿Estás seguro de que quieres desconocerme de nuevo, padre? –siguió preguntando Jack y su voz casi era otro susurro en el interior de su cabeza, inapropiadamente imbuida con una preocupación y dolor que no tenía el menor derecho de hacerle conocer.

 

Christian tomó aire y abrió la boca. No le sorprendió para nada que lo primero que saliera de ahí fuera un sollozo mientras arrojaba la llave fuera de sí y se hacía un ovillo en el suelo. Se sostuvo la cabeza con los hombros apoyados en el suelo, dando rienda suelta a todo el pesar y desesperación que sentía escaparse de su pecho. Escuchó de fondo el sonido de unas sábanas siendo desplazadas y los rápidos pasos de alguien llegando hacia él. Jack se puso de rodillas a su lado y lo abrazó. Al principio Christian no quería ni siquiera reconocer su existencia, pero el muchacho era insistente, como siempre, y pronto se encontró envuelto en los brazos del muchacho, sollozando sin control contra sus hombros flacos mientras se aferraba a él, como si fuera la única cosa que le quedara en un mundo completamente endemoniado. Era esa la única comparación que ahora podía hacer.

 

-Ahora las cosas van a ser a mi manera, padre –le dijo Jack, sin dejar de consolarlo, acariciándole la nuca, besándole las mejillas y usando un tono relajante en cada una de sus palabras-. ¿Entiendes? No podemos seguir si no es así.

 

Christian lo apretó más cerca, apretando su rostro contra el cuello del muchacho. Quería enterrarse en su cuerpo y no volver a ver la luz del sol jamás, pero sólo era otro sueño que nunca se podría cumplir.

 

-Sí –masculló temblorosamente-. Sí, lo que digas, pero, por favor… no te vayas de nuevo. No me dejes de nuevo. Por favor.

 

-Yo nunca te dejé, padre –le aseguró Jack, atrayendo su rostro y haciéndole levantar la mirada. Christian de verdad hubiera preferido no hacerlo, pero por el apretón en su mentón estaba claro que no tenía ninguna otra opción que mirarlo a los ojos en el patético estado en que se encontraba. Jack sonrió y su mirada era tan dulce como la de un adulto mucho más compasivo-. Nunca, ¿está bien?

 

-Sí…

 

El beso que compartieron sabía a lamentos de una vida pasada y a una amarga esperanza para un oscuro futuro.

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