El monstruo del circo. 1

Fandom: Undertale.

Pairing: fontcest, Papyrus/Sans.

Resumen: Sans ha cantado cada noche solamente para garantizar su supervivencia toda su vida, pero desde que vio a otro monstruo esqueleto entre el público empieza a sentir que por primera vez podría ser para alguien más.

Capítulo 1: Funhouse

“This use to be a funhouse but now is filled with evil clowns”

La primera vez que Sans lo vio, la impresión casi le hizo perder la concentración en su acto. Fue sólo un segundo, lo que le duró un palpitar de su alma, antes de que continuara el espectáculo como si nada estuviera pasando. Pero ahora en lugar de mirar a la audiencia en general o en las estrellas doradas pintadas sobre la superficie de la carpa sobre su cabeza, Sans tenía un nuevo centro de atención. Era inevitable si se trataba del primer monstruo esqueleto que veía en su vida, aparte de sí mismo. Durante un largo rato no pudo sino admirarlo y tratar de descubrir cada uno de sus rasgos para convencerse de que era real, no algún producto de su imaginación o, peor aún, un humano jugando con maquillaje. Pero la manera en que los huecos de los ojos se abrían en asombro ante su espectáculo y el espacio hueco entre los huesos de su antebrazo eliminaba cualquier mala impresión.

Estaba simplemente sentado ahí entre el público, vestido con una camisa blanca, pantalones y tirantes como podría hacer usado cualquier otra persona, la magia permitiéndole llenar la tela igual que uno incluso sin tener ningún músculo. En su regazo mantenía una gorra de marrón claro que debió haberse quitado después de haber entrado al circo como una forma de respeto. A pesar de que se trataba claramente de un adulto, su expresión contenía una ingenuidad que no pudo sino asociar con la de un niño. Había algo doloroso y fantástico en el descubrimiento de semejante combinación, pero Sans prefirió no cuestionarlo. Seguramente ese era efecto de ser la mascota consentida de algún humano prominente. Agarrándose de su brazo estaba precisamente un pequeño humano (vaya uno a saber si niño o niña) con un suéter a rayas celeste y rosa, pelo castaño hasta los hombros y ojos permanentemente entrecerrados. Sans ni siquiera se podía imaginar cómo era que veía, pero debía hacerlo de todos modos porque su cabeza seguía fielmente el movimiento de sus huesos encantados sin perderse detalle.

El alto esqueleto seguramente hacía de niñero mientras los padres (unos ricachones) se mantenían ocupados volviéndose más ricachones. Desde la distancia parecía que al menos era bien cuidado y eso, por alguna razón, le alegró. Era bueno saber que había otros como él que podían sonreír y mostrarse claramente encantados con lo que no era más que una ilusión. A lo largo de los años Sans había visto a humanos de todas las edades absortos como en un trance alegre escuchando y viendo su acto, pero para Sans no había habido ninguna diferencia. Se trataba sólo de lo que tenía que hacer y el hecho de que funcionara sólo significaba un problema menos del cual preocuparse, pero por primera vez Sans sintió algo cercano a la satisfacción por poder hacerlo por él.

En las últimas notas de su canción vio a un lado de las gradas a una figura amarilla arrastrándose. Nicky (o el Niño Monstruo como se le llamaba a su personaje cómico) se sacudió el polvo lo mejor que pudo sin brazos y le dirigió una amplia sonrisa para hacerle saber que era una misión cumplida. En efecto, Sans notó que los bolsillos de su traje amarillo a rayas marrón se veían mucho más llenos que antes y no pudo sino enviarle un guiño de felicitación en respuesta. Nicky era el verdadero artista, agarrando lo que necesitaba de los bolsillos de la gente sin que esta se diera cuenta utilizando nada más que los dientes o su propia magia, mientras que Sans servía de distracción y por ahora ningún humano los había relacionado directamente con la súbita pérdida de su dinero. Tampoco tenían mucho de que quejarse, en opinión de Sans. Nick sabía no tomar absolutamente todo, sólo una cantidad razonable y luego dependiendo de las ganancias obtenidas era que ellos sobrevivían, como siempre.

Una vez Nicky desapareció por debajo de la carpa, Sans cantó el último estribillo y creó un torbellino de huesos celeste, concentrándolos todos hacia abajo hasta elevarlos más allá de su cabeza y dejarlos estallar por todas partes como la lava de un volcán escupiendo. Los huesos en cuestión desaparecieron antes de que pudieran llegar al público dejando en su lugar una estela de chispas. Algunos humanos, sobre todos otros niños, extendieron las manos como para capturar la luz dentro de sus dedos pero esta se desvaneció al contacto.

El alto esqueleto era de los que ni siquiera lo habían intentado. Su mirada se había mantenido fija en la pequeña figura de Sans casi al fondo del escenario, su mandíbula pareciendo alargarse para dar forma a su sonrisa. Él y el niño de suéter a rayas fueron de los primeros en ponerse de pie para dedicarle sus cinco minutos de aplausos antes de que se retirara para dar lugar al siguiente acto. Sans le dedicó una sonrisa suave al monstruo esqueleto, se inclinó y desapareció en un parpadeo.

Reapareciendo justo detrás del telón, Sans apretó la mano sobre el lugar adonde podía sentir el palpitar de su alma. No recordaba la última vez que la había sentido tan viva. Ni siquiera sabía que todavía era capaz. La verdad ni siquiera sabía cómo tomarlo, pero de momento no era desagradable.

Después de la función, Nicky le entregó las ganancias a la señorita Frida. Mientras esperaba a que volviera, Sans se estaba deshaciendo de su traje celeste con negro y el maldito brillo que debía aplicarse sobre el cráneo durante su acto. Costaba mucho trabajo y mucho repasar el cepillo bañado en jabón, por lo que Sans siempre lo posponía hasta que estuviera cerca de la hora de dormir. A veces ni siquiera se molestaba en limpiárselo en lo absoluto y se iba a dormir con él encima, pero necesitaba hacer algo para mantenerse despierto mientras aguardaba a Nicky y tenía demasiada hambre para pasar el tiempo con una siesta.

Se estaba secando el rostro por tercera vez cuando escuchó la puerta de la casa rodante para el vestuario siendo manipulada sin llegar a abrirse. Sans dejó la toalla a un lado y se puso una simple camiseta por encima, dispuesto a esperar. No pudo que hacerlo por mucho tiempo antes de que la perilla se moviera y un enorme monstruo conejo apareciera en el umbral.

-¡Hey! ¡Yo ya estaba a punto de abrirla! –protestó Nicky a la espalda del gigante.

El conejo le dio una amable palmada en la cabeza y le sonrió.

-Lo siento, amiguito, será para la próxima, pero tengo que quitarme esta cosa de encima.

El gigante todavía llevaba puesto el traje de caballero oscuro que debía usar para su espectáculo. Él también solía ser el último en desvestirse porque por lo general ayudaba primero a limpiar la carpa y deshacer las gradas hasta que tuviera que volver a ponerlas en pie al día siguiente. Al conejo le costó trabajo pasar su amplia forma por el hueco de la puerta y mientras forzaba su camino, Sans sintió el piso, junto al resto de la casa rodante, tambalearse hasta que finalmente Francis estuvo dentro, debiendo agacharse para no golpearse contra el techo. Al ver al esqueleto una leve tensión pasó por sus facciones antes de ser reemplazada por un intento de sonrisa cordial.

-Hey, viejo –dijo.

Sans acabó de ajustarse sus pantalones y apoyó la espalda contra la pared para permitirle el paso.

-Hey, Francis –saludó Sans-. ¿Cómo está el clima ahí arriba?

Francis giró los ojos. Esa era la razón por la que ellos dos no solían hablar mucho. El esqueleto nunca se callaba con sus chistes y eso todos lo sabían. Ya había agotado la paciencia de todo el mundo. Al único que parecía no importarle era al niño, pero era un niño, eso era de esperar.

-Bien –rezongó, buscando su silla usual y dejándose caer en ella con un suspiro que hizo vibrar sus bigotes-. Pero ese ya me lo preguntaste ese esta mañana. Te estás oxidando.

Sans se encogió de hombros.

-Si no está roto, para qué arreglarlo. No todo el mundo puede tener el hueso de la risa tan expuesto, aunque yo asumiría que contigo podría hallar más de un pelo de gracia.

Francis gruñó, llevándose una mano al rostro. Era así todos los días.

-¡Sans, Sans! –llamó Nicky desde el exterior. De su cuello colgaba una bolsa de plástico y parecía pesada, de modo que Sans se apresuró en salir y tomarla, sacándosela de encima. Nicky se rió-. ¡Hoy conseguí chocolate! ¡Señorita Frida dijo hoy había hecho bien!

-Que entra el frío –dijo Francis.

-¿En serio? Eso es fantástico, Nick –dijo Sans, cerrando la puerta de la casa rodante y empezando a caminar con el pequeño monstruo a su lado-. Muy bien.

-Y hoy le hablé de nuevo acerca de permitirme tener un acto –continuó Nicky, haciendo un puchero-, pero sigue diciendo que soy demasiado chico.

-¿Le contaste el chiste que te dije?

-¡Lo hice! Pero ella dice que a nadie le interesa escuchar todo un acto de juegos de palabras sobre huesos. Dice que es demasiado “médico” para el resto de las personas. Sans, ¿qué es médico?

-Eh, es un humano que cura a otros humanos.

Sans sabía que no existían monstruos médicos.

-¿Y por qué los juegos de palabra serían muy “médicos”? ¿Qué tienen que ver los humanos con huesos?

-No te preocupes por eso –Sans podría haberle explicado que todos los humanos tenían huesos en el interior de sus cuerpos y que esos huesos, aunque tenían el mismo nombre, eran diferentes a los huesos de los que él estaba hecho.

Pero conociendo al niño esa conversación probablemente acabaría sugiriendo una relación entre ambos y él se vería obligado a inventar lo primero que se le ocurriera porque la verdad no tenía la menor idea de cuál era su origen. La mera posibilidad de tener algo que ver con humanos le daba más bien asco y mientras menos tuviera que pensar en ello, mejor para él. Antes de ver al otro esqueleto entre el público, Sans sólo había tenido asumido que era el único de su especie. Saber que no le representaba alivio en más de un sentido.

Afortunadamente, antes de que el niño siguiera con sus preguntas, ellos dos se detuvieron en frente de una jaula larga sobre ruedas. En la parte superior unas cortinas que contenían carteles pintados con la imágenes de los espectáculos ondeaban en el viento y sólo en un costado estaban atadas, permitiendo ver las barras de hierro negras que la conformaban pero nada más debido a la oscuridad reinante. Sans dejó la bolsa en el suelo y abrió la pequeña puerta. Nicky inmediatamente saltó a sus brazos apenas se los ofreció y correteó al interior de la jaula ni bien Sans le permitió subirse.

Hubo un sonido de clickeo y una lámpara eléctrica se encendió en una esquina, iluminando el par de colchones delgados que había contra la pared, un par de libros desparramados (hallados en los bordes de las carreteras o en los campos solitarios, de modo que todos de alguna manera afectados por la naturaleza), un par de cajas y al propio Nicky acomodándose en el suelo. Sans notó que la cola del pequeño monstruo se movía de un lado a otro, impaciente. Ahogándose una pequeña risa, Sans volvió a tomar la bolsa y se impulsó en el interior de la jaula, cerrando la puerta a su espalda. Con un chasquido de sus dedos y un centelleó de su magia azul en su ojo izquierdo, la cortina a sus espaldas se liberó de sus ataduras, cubriéndolos efectivamente para el mundo exterior.

-Bien, bien –dijo Sans-. Veamos qué tenemos aquí.

La bolsa estaba llena con cinco manzanas, la mitad de una barra de chocolate (milagrosamente sin marcas de dientes), algunos dulces y un pedazo de papel que era la envoltura de otra barra. Parecía que la bolsa había sido usada en primer lugar para contener la basura. Pero las manzanas estarían bien. Con su único punto de vida Sans en realidad no necesitaba comer mucho para mantenerse en óptima forma, pero le irían bien a Nicky con sus seis puntos.

-Dame, dame, dame –murmulló el niño como en trance en cuanto lo vio inspeccionar la barra fuera de su empaque.

El monstruo no tenía brazos, después de todo, y Sans no iba a dejar que comiera del piso o ayudándose con sus pies llenos de suciedad. El esqueleto intentó recordar la última vez que había podido comer chocolate y no le sorprendió saber que se le era imposible determinarlo. Sólo sabía que había sido hacía mucho.

-De acuerdo, pero mastica con calma –dijo, acercándole la barra para que pudiera pegarle el mordisco.

Ni bien tuvo el dulce en su boca, Nicky pataleó con sus cortas piernas y agitó la cola, haciendo evidentes sonidos de placer. Sans no pudo contener su sonrisa mientras lo veía devorar hasta el último pedazo, tan contento como si el paraíso hubiera aterrizado en su lengua, hasta que Sans se quedó sin nada más que darle e hizo un puchero.

-¿Sabes? Podría haberme dado más. Le di mucho oro. Había un tipo con magia que tenía la billetera casi a reventar, pero recordé lo que me dijiste y tomé sólo una parte. ¡Pero una parte de ese sujeto era todavía mayor que la de casi todos! ¡Eso debería haber valido por lo menos dos barras!

-¿Tipo con magia? –dijo Sans, hasta que cayó en cuenta. Los monstruos podían percibir la magia entre sí y el único monstruo que había habido entre el público era el otro esqueleto. Desde atrás, cubierto de ropa y con las luces no enfocándose en ellos, los esqueletos podían pasar por humanos fácilmente y Nicky no habría sido capaz de darse cuenta de la diferencia desde debajo de las gradas.

-Yeah, ¡yo también me sorprendí! –Nicky se inclinó hacia unos caramelos que estaban abandonados en el suelo y estiró la lengua hacia él, pero Sans lo tomó antes para quitarle la envoltura. No sabía qué efecto tendría en monstruos como Nicky el comer plástico pero no tenía ganas de averiguarlo. Una vez lo tuvo hecho, se lo arrojó al niño y este lo atrapó con facilidad, mordiendo con gusto-. Pero más fue ver todo el dinero que cargaba encima. Debería haber ganado más.

¿Así que era el esqueleto el que cargaba el dinero? ¿Tanta confianza le tenían sus dueños? Esa Sans no se la esperaba. Habría imaginado primero que el niño sería una opción más viable. Después de todo, incluso un niño humano era más valioso que cualquier monstruo.

-No te lo voy a discutir, amigo –dijo Sans, arrojándole otro caramelo y, de nuevo, Nicky lo atrapó sin problemas. Su acto consistía en atrapar pelotas que le eran arrojadas y sostenerlas en equilibrio sobre su nariz mientras él mismo se movía encima de una más grande, haciéndola rodear por la zona que iluminaban los reflectores. Tenía unos excelentes reflejos y eso no podía negar-, pero ya sabes cómo es con la señorita Frida. Hay que tomar lo que nos toca.

-Ya sé –rezongó Nicky, masticando.

Luego de tragar, bajó la cabeza, enmudecido.

“Ah, diablos”, pensó Sans y se estiró hacia uno de los libros, tomando uno amplio y especialmente manoseado en los bordes. Lo levantó en frente del niño.

-Bueno, si ya has terminado de comer, podemos guardar las manzanas para mañana y tú puedes prepararte para ir a la cama. Toca historia esta noche.

Los ojos de Nicky se iluminaron al instante. Siempre le gustaba que Sans le leyera una historia, sobre todo una como la del libro adonde todas las palabras rimaban y el esqueleto prácticamente cantaba mientras creaba huesos que representarían a los personajes para su entretenimiento. Rara vez Sans tenía siquiera oportunidad de terminar la lectura antes de que el niño cayera muerto sobre su colchón. Pero por ahora, Nicky se apresuró a subirse a su cama y meterse debajo de sus sábanas, arrastrándolas hasta que casi alcanzaba su almohada y entonces se recostó. Incluso debajo de la tela Sans continuaba percibiendo el movimiento de la cola. Se acomodó a un lado del niño, encima de su propia cama, la espalda pegada a las barras de su jaula y acercó la pequeña lámpara eléctrica para que le permitiera ver las letras. Por sí solo podía leer en la oscuridad sin problemas (ventajas de tener un ojo luminoso), pero iba a necesitar su concentración para mover los huesos conjurados. Nicky siguió cada uno de sus movimientos con los ojos brillantes, fijos, no esperando otra cosa que ser asombrado.

Por un momento Sans no pudo sino recordar al alto esqueleto entre el público y la manera en que seguía a su espectáculo. Desde que decidiera hacerse cargo de Nicky hacía cuatro años, cuando la señorita Frida lo había encontrado robando de un basurero en unas de las ciudades por donde pasaban, había hecho todo lo posible por ahorrarle los peores horrores que la humanidad podía depararles pero incluso Nicky tenía un aire de gravedad que al alto esqueleto le faltaba. Él sabía que su situación era menos que ideal y que debían andarse con cuidado para no acabar mal, pero el alto esqueleto no lucía preocupado por esas cosas.

Aunque, a decir verdad, pensó encogiéndose de hombros mentalmente, ¿qué sabía él? A la distancia y con la falta de luces a lo mejor se había confundido. A lo mejor se lo había imaginado todo y sólo era otra mascota como ellos, simplemente mejor entrenado. Sí, eso debía ser.

Pero a pesar de esa posibilidad, mientras apagaba la luz después de comprobar que su público estaba dormido y se acomodaba sobre su propia cama, mirando las estrellas, Sans se encontró con sus pensamientos volviendo a aquel esqueleto. ¿De qué color sería su alma? ¿Podría hacer magia como la suya o iba a ser diferente? ¿Habría otros como él? ¿Cómo iba a ser su voz? ¿Hablaría con mayúsculas o minúsculas? Sans no creía que fuera a tener respuestas para ninguna de esas preguntas, pero era divertido hacerlas e imaginarse él mismo las respuestas. Si todo estaba dentro de su cabeza y se quedaba ahí, sin posibilidad de desilusión o esperanza, entonces todo estaría bien. Soñar estaba bien. Soñar no costaba nada.

Pero Sans no soñaba. Nunca tenía sueños, buenos o malos, así que antes de dormir se imaginó volviendo a cantar para el alto esqueleto y este era el único que lo oía en lugar de un gran público. Una sonrisa en su rostro tan grande como la del otro.

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