El monstruo del circo. 11

Capítulo 11: Secret.

Two can keep a secret if one of them is dead.

Por lo que Papyrus le había contado, Alphys no era una doctora “oficial” pero el título se le había quedado tras varias ocasiones en que había ayudado a los residentes cuando tenían problemas de salud. Había sido Alphys la que le dio a Mettaton la clave para fusionarse del todo con su cuerpo. Fue ella la que restableció a Asgore después de que los niños le envenenaran accidentalmente. Fue ella incluso la que supo cómo tratar a Asriel cuando se le torció la cola en una caída (un pequeño incidente que asustó a Chara hasta las lágrimas, aunque este lo fuera a negar una y mil veces).

También era increíble lista en lo que respectaba a los electrónicos, de modo que cada vez que tenían un problema con alguno de esos en la casa no había necesidad de llamar a ningún técnico. Era por eso que la monstruo podía trabajar desde el otrora invernadero detrás de la mansión haciendo reparaciones para sus clientes. Ella cobraba muy bajo en comparación con otros humanos que se dedicaban a lo mismo, por lo que nunca le faltaba el trabajo y ganaba bien. Papyrus suponía que de no haber sido por Undyne, Alphys habría agarrado su bien ganado dinero para tener una vida independiente en la ciudad como Grillby y Muffet hicieran antes que ella.

No era que la monstruo no hubiera sido amiga de todos en la mansión. Antes de que Sans llegara, los niños solían ir con ella por ayuda en sus tareas y proyectos escolares. Todos la apreciaban, pero también era obvio que la mayor parte del tiempo Alphys prefería la soledad de su taller.

Ni siquiera Undyne estaba segura del todo lo que tanto hacía ahí si no eran reparaciones, y había períodos en los que podía llegar a preocuparse, pero al fin y al cabo Alphys siempre acababa volviendo a ella, por lo no se lo tomaba en cuenta.

Sin embargo, últimamente se había vuelto peor. Mientras que antes no le importaba recibir visitas en su taller, en los días más recientes Alphys cerraba con llave la puerta y no volvía a salir más que para asistir a las comidas. A veces ni siquiera eso. Se servía lo que quería en una bandeja y de vuelta al taller. Undyne había llegado a comentarle, le confesó Papyrus, que ya estaba cerca de echar abajo la puerta de una patada si eso continuaba así. Pero para el alto esqueleto era obvio que eso era pura charla porque Undyne sabía lo importante que el trabajo era para Alphys. Era solo que ya estaba empezando a preocuparse.

A la hora del té, Sans notó que de nuevo faltaba la monstruo amarillo. Papyrus, Asgore y Asriel todavía no había regresado de ver la zona que iba a ser la primera locación del circo, de modo que Sans pensó que no iba a tener mejor oportunidad.

Después de finalmente arreglárselas para abrir la puerta con una sola mano, Alphys entró y se volvió para cerrar nuevamente la puerta.

-Hola, doc -dijo Sans, apareciendo justo en frente de ella y Alphys gritó, mandando a volar por el aire la bandeja que sostenía en sus manos.

Sin embargo, el plato con galletas dulces, la tetera o la taza decorativa jamás llegaron a ponerse en contacto con el suelo porque a cada uno de los objetos los envolvió un aura celeste y se elevaron en el aire para aterrizar con suavidad encima de la bandeja en una mesita. El ojo de Sans abandonó su brillo mágico para regresar a la pupila blanca y le sonrió.

-Disculpa, doc, no pensaba asustarte. Solo vine por una consulta.

-¿Cómo entraste? -preguntó la monstruo, una mano contra su pecho. Luego agitó la cabeza-. Espera, no, pregunta estúpida. ¿Q-qué necesitas?

Sans notó que la monstruo miraba hacia sus manos, hacia el piso o hacia un costado, pero rara vez le hacía frente. De por sí ella no era el mayor ejemplo de confianza que podía haber, pero no recordaba que tuviera esa particular tendencia. A lo mejor era sólo algo que no había notado antes. Para ser justo no había interactuado tanto con ella directamente para saber qué era lo normal o no en su comportamiento, así que era posible que ese fuera el tratamiento con los que no se había relacionado tanto antes.

-Sólo quiero preguntarte si sabes algo acerca de monstruos esqueleto -La monstruo retorció sus manos una contra la otra, la vista definitivamente pegada en el espacio vacío entre ellos-. Cómo funcionan y ese tipo de cosas.

Alphys emitió una corta risa, espontánea. Sans había escuchado su buena cantidad de carcajadas para detectar una nota de histerismo en la suya. ¿De verdad las conversaciones la ponían así? De haberlo sabido le hubiera antes pedido ayuda a Undyne. No quería hacerle pasar un mal momento.

-¿P-p-p-p-por qué crees que yo s-s-s-sabría algo sobre esqueletos?

-Bueno, eres la doctora, ¿no? -dijo Sans, enviándole una sonrisa que esperara fuera alentadora-. El único otro monstruo esqueleto que he conocido es Papyrus y lo que me pregunto creo que es algo que él no sabe. Pensé que a lo mejor sabrías una o dos cosas sobre nosotros. Tengo entendido que has viajado por muchos lugares antes de dar aquí.

La risita de Alphys adqurió un volumen más alto. Ella se tapó la boca como para contenerla, pero si bien separó las manos para hablar esta consiguió colarse en medio de sus palabras.

-B-b-b-bueno, e-e-eso es muy presuntuoso de tu parte, ¿n-no?

Sans inclinó la cabeza. Alphys se encogió como ese hubiera sido un movimiento violento.

-¿Lo es? ¿Así que tú tampoco te has dado con muchos esqueletos?

Alphys empezó a vibrar en su mismo sitio agarrándose del rostro. Sans estuvo a punto de preguntarle si estaba bien, cuando la doctora se apoyó contra su puerta y se cubrió el rostro, negando con la cabeza.

-No puedo seguir haciendo esto -dijo como para sí misma.

Sans oficialmente había estaba perdido en esa situación. Iba a inquerir cuál era el problema cuando nuevamente ella se adelantó.

-Supongo que sólo era cuestión de tiempo -Lentamente Alphys se sacó las manos de su rostro y las apretó en sus brazos, abrazándose con fuerza. Sans estaba empezando a preocuparse en serio. La monstruo parecía a punto de echarse a llorar-. Desde hace semanas me vengo preguntando lo mismo. Ya no puedo más… Sans, ¿me recuerdas?

Un momento de silencio pasó entre ellos. El esqueleto se rascó la nuca.

-No entiendo –dijo.

Alphys se rió de nuevo, pero ahora había una denotación de tristeza.

-Por supuesto que no –dijo la monstruo, la cabeza baja-. Si lo hicieras no estaríamos teniendo esta conversación.

Alphys elevó la vista. En el momento en que consiguió mantener el contacto, Sans pudo ver una intensa expresión de dolor que le hizo sentir completamente fuera de lugar. Undyne o incluso Papyrus deberían ser los que presenciaran algo así.  Ella se separó de la pared y se adelantó en su taller. Sans tuvo que hacerse a un lado para dejarla pasar.

-Respondiendo a tu pregunta, no, no sé mucho acerca de los monstruos esqueleto-respondió la monstruo, sacando un llavero de un bolsillo en su pantalón y dirigiéndose a un archivero metálico en un rincón. Sans le siguió, sólo porque no sabía qué más hacer consigo. Alphys se arrodilló para llegar al archivero inferior-. No he conocido a muchos.

-Oh, bueno –dijo Sans, sintiendo una pizca de decepción a pesar de toda la incomodidad.

La espalda de la monstruo tembló. Sans oyó el tintineo de la llave sobre el metal del archivero como si Alphys estuviera teniendo problemas para encajarla adonde debía. Un par de segundos más tarde, la doctora finalmente consiguió hacerlo y abrió el archivero.

-Sans, acércate –dijo ella y su voz se oía rasposa e insegura.

El esqueleto no tenía idea de lo que estaba pasando, pero veía claramente que todo eso parecía ser importante para la monstruo y estaba lejos de sus planes quedarse con la curiosidad, de modo que se acercó. Ni bien lo tuvo al lado, Alphys puso en sus manos una pesada carpeta de manilla. Era notablemente vieja, con los bordes rotos, y algunas manchas de humedad por la tapa. Bandas elásticas la rodeaban de un lado a otro para evitar que su contenido se desperdigara por el suelo. De lo que sea que se tratara, resultaba obvio que había sido manejado varias veces. En la parte inferior podía leer en una tinta casi desvanecida un año y un nombre extraño, W.D. Gaster. Sans elevó la vista a Alphys y la vio a esta con una expresión cansada. Su cuerpo entero se había relajado por fin.

-Léelo –dijo ella sin siquiera volverse a él, cerrando el archivero con un pie-. Eso es todo lo que sé sobre ustedes. Puedes odiarme después… s-s-sería de e-e-esperar.

Entonces la doctora se dirigió a una silla que enfrentaba la mesa adonde se amontaban diferentes partes de aparatos electrónicos y encendió una lámpara. Luego le hizo un gesto como si le estuviera invitando a tomar asiento.

-¿No vas a decirme de qué se trata? –preguntó Sans.

-Será mucho más fácil si lo ves por ti mismo –dijo Alphys, evitando su mirada-. Y-y-yo… seguramente me dejaría cosas p-por el camino. S-s-sólo léelo. Resp-ponderé lo que quieras d-después.

Sans se movió hasta la silla y tomó asiento. Alphys desocupó otra silla del trasto que tenía encima y se acomodó ahí para tomar su té. La taza temblaba de forma incontrolable en su mano y casi la mitad del mismo té acabó derramándose sobre el platito que la doctora sostenía por debajo. A Sans le hubiera gustado poder decirle que la tranquilizara o al menos aligerara el ambiente, pero tenía la impresión de que incluso sus mejores bromas no harían más que aumentar la tensión en el aire. Estaba en una situación desconocida y la única pista que tenía acerca de lo que podía hacer se encontraba entre sus manos.

En medio de un silencio pesado, Sans comenzó a sacar las bandas elásticas que mantenía a la carpeta unida y ni bien lo hizo un montón de hojas, tanto manuscritas como impresas, y fotografías salieron deslizándose sobre la mesa. Sans logró captar a algunas imágenes de máquinas que parecían ocupar una pared entera, esqueletos de distinto tamaño colocados sobre mesas blancas y almas contenidas dentro de frascos. Sans se volvió hacia Alphys pero esta había dejado de intentar beber y permanecía extrañamente rígida, mirando a su taza.

Sabiendo ya que sería inútil pedirle explicaciones en ese momento, Sans tomó las hojas manuscriptas y se puso a leer. Le tomó un par de segundos darse cuenta de que los símbolos sobre el papel no eran esos de letras normales, pero le resultaban tan reconocibles que no le costaba ni un segundo pensamiento el traducirlos. Sólo después de notar ese detalle entendió que se trataba de la tipografía que había escuchado en sus sueños al despertarse en la cama de Papyrus. ¿Qué se suponía que significaba eso?

Definitivamente intrigado, Sans se puso a revisar los documentos. No estaban ordenados adentro de la carpeta, pero arriba las fechas permitían conocer un orden cronológico. Las primeras notas iniciaban hacía más de veinte años y seguían su curso casi de forma diaria por cuatro años, momentos en el cual ya no había nuevos detalles. A lo largo de ese período, Gaster hablaba acerca de lo que buscaba crear.

No había ni una sola palabra acerca de la vida personal de Gaster. Nada acerca de su propia historia o de lo que hacía fuera de sus experimentos, pero para cualquier lector quedaría evidente que el científico no guardaba más que rencor hacia los humanos. Se notaba en pequeños detalles como la continua repetición en su debilidad contra la magia, en los repugnantes que eran sus cuerpos y en cómo estos claramente carecían de las características que formaban a los monstruos, sea amor y compasión, a cambio de ser un poco más resistentes físicamente. Palabras como “insignificantes”, “pequeños” y “ignorantes” se vivían repitiendo una y otra vez. Gaster parecía estar convencido de que la humanidad era un error sobre la tierra que no haría más que llevarla a su destrucción. Sólo había que ver lo que hacían con cualquier grupo que creían podían dominar fácilmente. Una de las razones por la que fueron subyugados fue porque no tenían idea de lo que se les vendría encima y no tuvieron oportunidad de defenderse antes de que fuera demasiado tarde. Gaster no entraba en detalles, pero lucía como si los humanos les hubieran prometido ser sus iguales hasta que los primeros collares empezaron a ser creados y su magia ya no era una viva expresión de sus seres, sino un instrumento a su servicio.

Era por eso que Gaster había ideado ese plan, una forma de hacerles frente y contrarrestar el horrible maltrato que se había dado contra los monstruos. Un arma definitiva que pudiera hacerles frente y pudiera servir para responder a su brutalidad. Gaster creía que con la suficiente magia, con la suficiente energía residual de humanos en sus últimos momentos (viejos y enfermos postrados), podría capturar algo de esas almas tan resistentes, pero lo único que acabó descubriendo era que todo el proceso le quitaba a sí mismo algo de su propia esencia. Era como si los humanos dieran nada más el molde mientras que él acababa supliendo el relleno. No era así como debía ser. Sin importar cuántos cálculos hiciera, cuántas tentativas sin completar, Gaster pronto se dio cuenta de que no había manera de cambiar el proceso.

Esto representó un problema para él. Se suponía que iba a ser un ejército entero a los que aplicaría cantidades extra de magia y se les entrenaría para que se olvidaran de sus instintos básicos, convirtiéndose en los instrumentos ideales para que los monstruos tuvieran cómo defenderse y ganar su merecido lugar en la sociedad. A lo largo de la historia humana que Gaster había estudiado, las personas solían entender las cosas sólo de la peor manera posible. Tierras, posesiones, nombres, incluso mujeres… todo se podía conseguir por la fuerza.

La idea no era la destrucción definitiva ni tampoco la dominación absoluta. El mero hecho de contar con un as de la manga a su favor, incluso si al final conseguían llegar a un acuerdo por medios diplomáticos, sería mucho mejor que la situación actual en la cual se encontraban. Pero viendo el estado en que el proceso lo dejó, a menos que contara con la asistencia de varios monstruos dispuestos a ayudar, sólo consiguió crear a dos sujetos.

Fue un absoluto error, un accidente. Ni siquiera Gaster entendía del todo cómo había llegado a pasar. Un ser espontáneamente se convirtió en dos, igual que a cualquier par de gemelos en el vientre creador, pero la división no salió tan precisa. Lejos de ser una copia entre sí, era como si cada parte hubiera robado algo de la otra. Mientras una salía con la mayor cantidad de magia, la otra ganaba precisión y control. Mientras una tenía un nivel de salud normal, la otra salió defectuosa. Una inteligencia notable en frente de una más bien promedio. Para colmo de males, los dos todavía eran demasiado monstruos para hacer lo que se pedía de ellos, sin importar cuánto se les ordenara.

La ventaja, sin embargo, era lo mucho que se preocupaban uno por el otro. Era sencillo controlar a alguien si se conocía sus debilidades. Si acaso uno se negaba a cooperar y hacer lo que se le ordenaba, sólo era cuestión de amenazar a la otra parte para causar un ánimo mucho más sumiso.

Por desgracia no habían conseguido hacerse con ningún humano para comprobar qué tan efectivos serían los ataques de las armas contra ellos, pero sí que habían usado a animales y luego de recibir los impactos directos no había quedado nada de ellos, convirtiéndose en polvo en el acto. Tenían pendiente encontrarse aunque fuera un niño para saber por seguro si la naturaleza tan resistente de sus almas serviría como una defensa efectiva o, por el contrario, sus cuerpos representarían una desventaja.

Sans leyó hasta cómo se felicitaba Gaster del éxito que supuso la primera vez que hiciera ese experimento y cómo la próxima vez buscarían un blanco todavía más grande, quizá una vaca, cuando decidió que había tenido suficiente y tuvo que dejar la carpeta antes de que su deseo de triturarla le superara. Se apretó las manos temblorosas una contra la otra y tomó amplias inspiraciones.

Estaba en un extraño estado de incredulidad por lo que había visto y lo que implicaba para su vida mezclado con una creciente necesidad por destruirlo todo. Si hubiera seguido sin tener ningún sueño durante la noche, le habría sencillo descartar todas esas palabras como un montón de locuras que nada tenían que ver con él. Pero sí había soñado. Sabía ahora lo que atormentaba a Papyrus y había escuchado a la extraña tipografía, sentido el miedo que provocaba su presencia. No podía ignorar esos detalles. No se trataba sólo de él.

Se volvió hacia Alphys y encontró a la monstruo levantando la vista desde la carpeta hacia su rostro, los ojos tan grandes como podían serlo detrás de sus lentes. A Sans no se le pasó por alto de que estaba a punto de derramar lágrimas, pero no dejó que eso le distrajera. No, ella había querido tener esa conversación así que iban a tenerla.

-Tú le ayudaste –dijo Sans y hasta él se sorprendió con lo controlada que salía su voz.

Alphys se estremeció como si de todos modos hubiera gritado. Luego bajó la cabeza y cerró sus puños.

-Sí –dijo, sin rastro de tartamudeo. Sonaba demasiado exhausta incluso para eso-. Era… era la única… Gaster me sacó de las calles cuando era muy pequeña. No sabía qué más hacer. Él había escapado de un laboratorio adonde experimentaron con él, así fue como aprendió…

Sans levantó una mano.

-Ahórrame su historia –dijo y notó que su mano volvía a temblar de rabia contenida. La embutió en el bolsillo de su pantalón y frotó un hueco en su pierna cerca de la cadera-. ¿Cuál es el sentido de decírmelo? ¿Crees que somos esas cosas que menciona?

-Yo no estaba segura al principio –dijo Alphys en voz baja-. Pero tú… habrás leído que uno de… bueno, ellos… tenía sólo un punto de vida y el otro…

-Magia naranja –continuó Sans- y el otro magia celeste. ¿Qué con eso? Las magias de los monstruos sólo pueden tener tantos tonos antes de que deban repetirse. Todo esto es una completa locura –Sans se levantó de la silla y Alphys se encogió sobre la suya, como si temiera que se acercara. El esqueleto emitió una suave risa, mostrando su usual calma en su pose-. Es una sacra coincidencia, lo admito. ¿Pero cómo más vas a llamarle? No puedes esperar en serio que esos seamos nosotros. No tiene el menor sentido. Deja de tirar de mi espinilla, Alphys.

-¿Entonces no tienes la marca? –dijo Alphys, levantando las cejas.

Las pupilas se apagaron en las cuencas de Sans.

-Sí la tienes, ¿verdad? –insistió la doctora, irguiéndose-. Uno en la pierna, otro en la espalda. Lo recuerdo muy bien porque el día que él decidió marcarlos… -Alphys se detuvo y las lágrimas comenzaron a caer de su rostro antes de que se lo cubriera con las manos-. Dios, sólo eran unos niños y lloraron tanto… Incluso hoy los sigo escuchando…

-Si era tan malo, debiste hacer algo –dijo Sans y estaba de verdad impresionado con que incluso entonces podía mantener el tono amigable-. En lugar de dejar a un par de infantes en las manos de un maniático genocida, quizá la mejor idea habría sido hacer algo respecto. Creo que ya es un poco tarde para lamentar las cosas, “doc.”

-¡Lo intenté! –chilló Alphys y se movió a su archivero de nuevo. Abrió el cajón más alto, revolviendo en su interior con una mano, sin siquiera poder ver debido a su estatura antes de sacar algo que Sans no alcanzaba a ver. Cuando ella se giró, el esqueleto pudo ver que se trataba de un collar roto. Sollozando, la monstruo volvió a cerrar la cosa alrededor de su propio cuello con una mano-. Lo intenté, Sans, lo juro. Incluso intenté contactar humanos para que lo detuvieran, pero nadie quería escuchar a un monstruo tomado y él tenía el control sobre mí.

-Heh, buena esa –dijo Sans-. Por un momento casi me lo creo. Pero los collares no funcionan entre monstruos, sólo entre humano y monstruo. Es así como nos mantienen bajo control, ¿no?

Alphys soltó el collar, volviéndolo de nuevo una mera cinta de cuero y se le quedó viendo con el ceño fruncido.

-N-no, así no es como es. Cualquiera puede crear un collar si saben el procedimiento y tienen la magia para hacerlo. Los humanos… siempre han usado a otros monstruos para crear collares ya que ellos se olvidaron de su propia magia –Alphys arrojó la cosa hacia un montón de chatarra en el suelo-. Gaster conocía el procedimiento. Hasta que él no renunciara al poder o… ya sabes, yo no podía hacer mucho. Un día regresé a la granja adonde tenía preparado todo y no había nadie… ni siquiera los niños. Busqué por todas partes, pero era como si hubieran desaparecido y, en realidad, creo que eso fue lo que pasó. ¿Leíste la segunda parte de las notas? ¿Acerca de su segundo proyecto?

-No.

Por un segundo Alphys frunció la boca como si estuviera a punto de regañarle que no lo hubiera leído completo, pero el impulso duró sólo ese segundo y volvió a frotarse una garra contra otra.

-De acuerdo. Después de que Gaster estuviera seguro de que… eh, los niños estaban listos él empezó a hablar acerca de retroceder en el tiempo para corregir toda la situación… hacer que los monstruos fueran los temidos para variar. Lo sé –Alphys soltó una sonrisa nerviosa al ver su expresión escéptica-. Una locura, ¿no? Pero no iba a ser muy diferente a lo que ya había hecho. Gaster había estado almacenando magia para hacer lo que quisiera… No sé qué habrá pasado, pero imagino que eso ha tenido algo que ver con el hecho de que ahora no esté. Mi collar todavía estaba activo incluso después de eso. Todavía quedaba suficiente material de modo que pude crear un aparato para contrarrestar la magia y, bueno… sólo digamos que fue un alivio deshacerme de él.

-Pero todavía lo guardaste –remarcó Sans. Alphys se sonrojó  y agachó la cabeza. El esqueleto suspiró y se rascó la nuca. En realidad esa parte podía entenderla. Si él hubiera podido deshacerse de su collar por su cuenta también habría guardado los pedazos sólo para recordarse que ya era libre, que podía seguir adelante-. De acuerdo. Asumamos que algo de esto es verdad… ¿Por qué decirme nada al respecto? Gaster ya no está. Ni Papyrus o yo íbamos a descubrirlo por nuestra cuenta. No tenías ningún motivo para mostrarme esa carpeta. Podrías habértelo guardado todo para ti y decir que no sabías nada.

-L-lo sé –Alphys tragó con fuerza-, p-pero… es la verdad. Y-y estaba harta de guardar el secreto. He estado temiendo el momento en que Papyrus o tú llegaran a recordar algo concreto –La monstruo se apretó los antebrazos, todo su ser temblando-. No quería que ustedes pensaran que lo había hecho por elección. No quería que me vieran de esa manera… Desde entonces no he hecho más que culparme. ¿Podría haberlo detenido? ¿Podría haberlos llevado a otro sitio? ¿Podría haberlos encontrado si hubiera seguido buscando? No lo sé, no lo sé…

Alphys ahora estaba empezando a respirar con más fuerza y las lágrimas caían de su rostro, la expresión de sus ojos hueca y miserable. Entre sus labios temblorosos la frase “lo siento” salía en un acelerado murmullo, una y otra vez. Sans no podía simplemente quedarse como un espectador viendo semejante espectáculo. Se acercó a la monstruo.

-Alphys, hey, doc –Puso con cuidado sus manos en los hombros de la monstruo y ella dio un respingo, mirándole con ojos rojos. Sans suavizó su tono-. Doc… está bien. No tenías otra opción, ¿verdad? No habría habido nada que podrías hacer. Y… y luego de eso ayudaste a otros monstruos, ¿no? Así que al menos está eso, ¿cierto? Hiciste cosas buenas después de eso. Haces cosas buenas ahora. Eso es lo que de verdad importa, ¿no es así?

Sans sólo dejaba salir las palabras sin tener ningún plan en mente. Siempre había sido terrible para los discursos y manejar crisis emocionales. Era más del tipo que dejaba a las personas descargarse y luego hacía un chiste para aligerar el ambiente, ofreciendo su apoyo de cualquier pequeña manera que fuera posible, fuera un abrazo o una canción. Con Nicky eso había sido más que suficiente en más de una ocasión. Pero eso no iba a ser suficiente para esa ocasión. Al menos no se trataba de nada que tuviera que inventar en el acto. A pesar de toda su confusión y los sentimientos que le había generado ver esas notas, no guardaba ningún resentimiento hacia Alphys y menos ahora que la veía así.

Al final ella sólo había sido una víctima, igual que todos ellos.

Sans sonrió.

-Femuro que nadie te lo va a tomar en cuenta. Es un cúbito del pasado. Hay que dejarlo en nuestros omoplatos y seguir con las costillas al frente.

Un embarazoso momento de silencio pasó después de eso. ¿A lo mejor era demasiado pronto para bromas? ¿Había canalizado demasiado a Papyrus o lo había hecho mal? ¿Siquiera sabía si Alphys tenía algún sentido del humor? No recordaba ninguna ocasión en que la hubiera visto reírse de buena gana, así que quizá… Sans estaba en medio de esos pensamientos cuando la monstruo de pronto cayó sobre sus rodillas, sollozando con el rostro entre las manos. Sus hombros se agitaban y su cola se curvaba alrededor de sus pies. No parecía que iba a parar en ningún momento próximo, de modo que Sans se sentó en el suelo a su lado a esperar que se calmara.

Largos minutos pasaron en los que sólo se oyó a la monstruo descargando lo que debió haber estado conteniendo por años. Sans todavía no conseguía recordar nada de ese pasado supuestamente compartido y dudaba que el caso fuera muy diferente para Papyrus. No podía concebir que el alto esqueleto fuera ocultándose información de ese calibre. Ocultar las pesadillas para no preocupar a nadie, eso lo entendía, pero no esos detalles acerca de ellos mismos.

Dejó su mirada vagar hacia la mesa adonde la lámpara iluminaba los montones de papeles de la carpeta abierta. Había visto las fotos de zonas destrozadas, flameantes, marcadas como “resultados” en el reverso. Las imágenes de niños esqueleto durmiendo lado a lado por lo que no podía ser más que un montón de paja y cómo sus pequeñas almas flotaban en el espacio entre ellos, iluminando sus rostros. Sólo había podido echarle un vistazo antes de que tuviera que hacerle a un lado para seguir leyendo.

De acuerdo con Gaster, ese era un fenómenos que sólo lo había visto presentarse con sus “sujetos” y lo encontraba vagamente curioso pero en lo absoluto relevante. No incrementaba sus niveles de magia, no alentaba su curación, tampoco suplía por las claras deficiencias que cada uno sufría, así que sólo podía concluir que no servía para nada en lo absoluto. Sólo era una reacción a sus almas buscando unirse sin jamás conseguirlo del todo. Un esfuerzo inútil. Nada más digno de apenas unas líneas en las notas.

La sensación que había tenido la noche anterior no se sentía inútil para él.

Cuando Alphys sacó un pañuelo de su bata para sonarse la nariz, Sans decidió dejar esos pensamientos más tarde y se volvió hacia ella. La monstruo se sacó los lentes para secarse los ojos.

-L-lo siento por ponerme así. No tienes idea de cuánto tiempo he esperado porque alguien diga eso.

Sans levantó la mano y dudó unos segundos antes de darle una amable palmada en la espalda. Aunque en realidad no era mucho considerando que seguían siendo huesos contra escamas, era la intención lo que contaba. Alphys se sonó una vez más, haciendo un sonido de trompeta, antes de seguir hablando.

-S-significa mucho… en especial viniendo de ti. Espero que sepas que si yo hubiera…

-Está bien –dijo Sans antes de que continuara. Si empezaban a concentrarse en todas las posibilidades y los futuros que podría haber tenido sólo iban a perder el tiempo. Probablemente con otras emociones en el camino que preferiría evitar-. Eso ya no importa ahora. Lo hecho, hecho está –Luego suspiró reclinándose hacia atrás sobre sus brazos-. Supongo que puedo alegrarme de no recordar a ese tipo. Parece un verdadero aguafiestas, ¿no?

Alphys asintió con un cabeceo, su pañuelo siendo estrujado entre sus manos.

-Y-yo también quisiera poder olvidarlo a veces –dijo en un susurro bajo, casi como para sí misma.

———————

Asgore, Asriel y Papyrus llegaron justo antes por la cena, agotados pero notablemente satisfechos. Sans alcanzó a ver a Asriel explicarle con gestos grandilocuentes a su madre el terreno que habían visitado antes de que Papyrus, como alertado por una alarma, se diera vuelta en su dirección.

-¡Sans! –dijo el alto esqueleto y prácticamente saltaba en cada paso. Su amplia sonrisa no era nada menos que contagiosa-. ¡Encontré el lugar perfecto! ¡Podremos ir mañana mismo si quieres!

Sans sintió un pinchazo en la parte trasera de su cuello. Trató de no darle mucha importancia, sin embargo.

-Eh, Paps, me alegro de que te haya gustado… pero ya sabes que a mí no me interesa particularmente nada de eso.

La expresión del alto esqueleto decayó al instante y este dio un paso hacia atrás.

-¿No estás interesado en tener una cita con el gran Papyrus? –preguntó el susodicho, con una sonrisa nerviosa tirando un costado de su mandíbula.

El pinchazo se desvaneció en el acto. Sans volvió a relajarse y sonrió, casi con tristeza.

-Desde luego que sí, ¿quién no? Pero… eh –La verdadera duda era si Papyrus querría salir con él después-. Paps, ¿puedes venir conmigo?

-¿Sucede algo malo?

¿Era demasiado obvio o Papyrus demasiado observador? Probablemente las dos.

-Puede ser –admitió al fin, realmente incapaz de dar alguna respuesta más honesta que esa-. Supongo que eso va a depender de ti al final. Quiero mostrarte algo.

Después de dejar a Papyrus con la carpeta con los informes de Gaster en su habitación, Sans excusó que realmente necesitaba beber algo en la cocina. No quería estar ahí presente cuando Papyrus conectara todas las piezas y descubriera la verdadera relación que había entre ellos y sus almas. No quería estar ahí para ver su expresión de sorpresa y asco cuando se enterara de que había estado besando y pensando en tener una cita con lo más cercano a un hermano que iba a tener. Si iba a recibir ese golpe, prefería alargar el momento del impacto lo más que pudiera.

No tenía ninguna duda acerca de sus propios sentimientos en el tema. Desde el momento en que se diera cuenta de cuál era el nombre que recibía el apego que le tenía al esqueleto hasta que viera aquella carpeta, nada había cambiado para él. Si es que nada, ahora más que nunca tenía una razón para continuar al lado del esqueleto de cualquier forma que le fuera posible. La idea de volver a separarse de él, después de tantos años y sin siquiera saber que se habían perdido, era más de lo que podía soportar. Creaba un hueco en su alma en la que creía que iba a perderse para no volver. Le daba terror descubrirse solo de nuevo.

Por eso, lo que sea que Papyrus quisiera ser, eso se volvería ley. Si creía que sería mejor que permanecieran como un par de amigos, lo tomaría. Si pensaba que sería mejor que se mudara de habitación para no sufrir las consecuencias de su atracción, lo haría. En tanto le permitiera verlo, hablarle, seguir viéndole, aceptaría cualquier trato que el alto… que su hermano quisiera darle. Cuales fueran las emociones que la nueva información pudiera causarle, iba a respetarlas. No era una cuestión de si quería o algo que deseara hacer. Era absolutamente necesario garantizar que Papyrus estuviera bien de cualquiera manera que pudiera.

Sans se sirvió un vaso de agua casi hasta el fondo y se bebió lentamente, a sorbos distraídos, haciendo tiempo. Odiaba ese tipo de espera y lo peor era que sabía que no podría dormir para dejarla pasar. Desde que Alphys le dejara ir de su taller había intentado distraerse de todas las maneras posibles que ofrecía la mansión, sólo para descubrir que su mente sólo estaba a un segundo de volver a Papyrus y cómo iban a tratarse entre sí después de esa noche. Ni siquiera podía imaginarse un escenario concreto, bueno o malo, que pretendiera predecir el futuro.

Que él supiera, muchas de las normas sociales que plagaban la vida humana no tenían ningún valor para los monstruos. Pero aun así no estaba seguro de que relaciones así fueran vistas tan diferentes por unos u otros. No tenía la menor idea de cuál era la posición de la mansión al respecto. Si lo contaban podrían arriesgarse a ser echados a la calle. Sabía que Alphys no iba a contar nada, y ella en particular no había emitido ningún juicio al respecto, ¿pero y si a Papyrus se le metía en la cabeza que era algo sobre lo que debía ser sincero con todos? Al final eso sólo era otra razón para olvidarse de toda la idea de salir juntos, ¿no?

-Sans  -dijo una voz.

Al bajar de su negra nube, Sans vio a Francis y a Leonard en la entrada de la cocina.

-¿Podemos hablar un rato, viejo? –preguntó el monstruo conejo.

-Claro –dijo Sans, preguntándose cuántos más problemas podían sumarse en un solo día-. ¿De qué se trata?

Francis y Leonard intercambiaron una mirada. En cuanto recibió un asentimiento del león, Francis se volvió hacia el esqueleto.

-Queremos hablarte acerca del circo.

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