El monstruo del circo. 2

Capítulo 2: Dark Woods Circus

“It´s impossible”, I can hear them say. There is no way so I guess I am here to stay.

Sans no esperaba volver a verlo, no realmente. Los humanos podían repetir el espectáculo y la mayor parte del tiempo lo hacían si se quedaban el suficiente tiempo en algún lugar, pero resultaba más sencillo para su alma asumir que los ricachones dueños del alto esqueleto iban a estar satisfechos con permitir aquella salida una sola vez. Ver que se había equivocado del todo le hizo sentir un nuevo latido, varios de hecho, que Sans no se molestó en cuestionar. Ni bien las luces de los reflectores le pasaron por encima, el alto esqueleto conectó miradas con él y juntó las manos bajo su mentón apenas conteniéndose el entusiasmo, sus piernas moviéndose de arriba abajo.

Era de verdad una visión adorable, tanto que Sans tardó unos segundos más en percatarse de que para variar no era el único monstruo entre el público.  Justo al lado del alto esqueleto, de hecho, había un monstruo cabra con un suéter verde lima con un par de rayas amarillas. No sólo eso, en el regazo de éste se sentaba otro niño humano con un suéter de igual diseño. El de los ojos entrecerrados estaba en el otro lado del alto esqueleto. A lo mejor eran hermanos y a cada uno le tocaba su propio niñero monstruo. Lo único que le descolocaba era la ropa parecida porque parecía algo que debería ser entre familia, pero a lo mejor sólo era para prevenir que el niño del suéter verde se perdiera.

En cuanto la música comenzó a sonar, el monstruo cabra se estiró para hablarle al alto esqueleto y este le respondió asintiendo con obvio entusiasmo sin despegar la vista de él, como si temiera perderse incluso el más insignificante detalle.

Bueno, no podía hacerle perder el tiempo a su fan, ¿verdad?

Sólo que en lugar del número usual, Sans quiso variar su espectáculo. Inventar cosas de la nada significaba más trabajo, pero ellos sólo iban a quedarse un par más de días en la ciudad y era lo menos que podía hacer por otro esqueleto. Su canción empezó como de costumbre, formando las figuras de niños alegres  jugando y riéndose en un parque indeterminado. Cada forma estaba constituida por varios huesos pequeños conjurados, brillando tan intensamente en un suave celeste para que no se notaran las grietas. Sabía que era usar una gran cantidad de magia o al menos eso le había dicho sus compañeros monstruos, pero para Sans era tan sencillo como sólo extender su mano. ¿Sería algo propio de los esqueletos? ¿Podría el otro hacerlo? Quería creer que sí. Quería creer que el otro podía hacer eso y todavía más.

“Come, little children, I will take thee away into a land of enchantment…”

Arriba de todos los niños de huesos, encima de una nube de huesos, miraba una figura alada. Los humanos las llamaban ángeles, al parecer. Originalmente Sans hacia a ese rol salir de la tierra, pero la señorita Frida había insistido en que nadie se iba a sentir encantado por ver a un topo arrastrando consigo niños bajo la tierra. Ni siquiera sabía qué era un topo.

“Come, Little children, the time´s come to play, here in my garden of shadows…”

Las luces del escenario bajaron de intensidad, marcando el final de un nuevo día para los niños huesos. Los juegos y las risas se detuvieron mientras se miraban los unos a los otros, entristecidos porque debían regresar a casa. Antes de que salieran del parque, la figura alada descendió suavemente, siguiéndolos por detrás.

“Follow, sweet children, I will show thee the way through all the pain and the sorrows…”

Los niños hablaban y se sonreían mientras caminaban, contándose sus aventuras reales e imaginarias. A su alrededor el parque había desaparecido y también todo lo que conocían. La figura alada movía sus propios brazos y tal parecía que ella era la responsable de que todo estuviera cambiando, pero esto no representaba la menor preocupación para los niños. Les parecía simplemente parte de otro juego. Se subían a los árboles antes de que estos volvieran a sumergirse en la tierra y pasaban por debajo de los peces voladores que aparecían y desaparecían en un instante.

“Weep not, por children, for life is this way, murdering beauty and passions…”

La figura alada comenzó a tomar trozos del camino por donde andaban, pero ellos no se caían o perdían equilibrio. Al contrario, ellos descubrían pronto que podían elevarse con la misma facilidad que la figura alada y ellos, aunque al principio no entendían, creían que era de lo más divertido. Algunos confiados estiraban los brazos y los movían como ranas en el agua intentando elevarse más alto sobre sus amigos.

“Hush now, dear children, it must be this way to weary of life and deceptions.

Rest now, my children, for soon we´ll away into the calm and the quiet…”

Sans sabía que la letra de su canción podía ser siniestra y esa era precisamente la idea. A los niños les encantaban ser asustados, pero no demasiado como para sentirse inseguros y ponerse a llorar. Ese susto inquieto y de no saber lo que sucedía, el miedo al cambio, a lo inevitable… y otro montón de tonterías para mantenerlos entretenidos. En el circo los monstruos sólo servían para actuar como los monstruos que ellos creían que era, en hacerlos creer que tenían razón al pensar así. ¿A quién no le gustaba que le confirmaran sus opiniones, después de todo? Incluso Nicky, que era pequeño y tan inofensivo como cualquier niño, debía pretender que odiaba balancearse sobre las pelotas y atacar a su supuesto entrenador humano, corriendo de un lado a otro del escenario, burlado una y otra vez por el movimiento veloz de una capa amarilla mientras soltaba gruñidos que no saldrían de él de ningún otro modo.

Era un acto. Era sólo diversión sana para toda la familia humana. Incluso cuando Nicky pretendía darse contra una pared y caer al suelo inconsciente, sólo risas llenaban la carpa. Podría contarle al pequeño chistes hasta el final de los tiempos y nunca tendría oportunidad de pronunciarlos frente al público. A veces Sans creía que sólo iba a ser cuestión de tiempo hasta que el niño se diera cuenta de cuál era su rol y cuando ese día llegara sabía que el alma iba a rompérsele otro poco.

Para el final de la canción, luego de que la figura alada se llevara a los niños al horizonte adonde la luna de huesos los esperaba, Sans creaba un pequeño cementerio adonde todos los padres huesos se mantenían de pie en silencio por su progenie perdida antes de que el ángel llegara a consumirlos a todos dentro de un torbellino de luz, sin dejar nada en su sitio, mientras Sans acompañada las últimas notas de su canción con una especial dosis de melancolía. La historia podía ser deprimente, pero era tan hermosa la ilusión en tanto duraba que a nadie le importaba y sólo quedaba asombro, maravilla.

Pero esa noche quería ofrecer algo mejor que eso. Dejó a los niños volar lado a lado con la figura alada en lugar de sólo seguir su pista hacia la luna. Los hizo jugar  a atraparse por ellos incluso más allá del escenario, hasta los límites en lo que podía llegar al público, arrancando audibles exclamaciones de admiración y risas de los más jóvenes, mientras la figura alada los acompañada con una clara sonrisa en su rostro. Cuando finalmente todos los niños lograron reorientarse y llegar a la luna, sus pequeños pies aterrizaron sobre la superficie y la figura alada se mantuvo sobre todos ellos, viéndolos tomarse de las manos y bailar en círculos, desvaneciéndose de poco a poco hasta que Sans deshizo sus formas en explosiones de celeste y blanco chispeante.

Los aplausos estallaron apenas la música tocó sus últimos acordes. Sans se inclinó quizá un poco más dramáticamente que de costumbre. Esperaba que esa historia hubiera resultado mejor que la otra. Todavía estaba el punto de niños perdidos en la luna sin sus padres, pero  nadie iba a pensar en eso, ¿no? Sans se irguió, buscando de inmediato al alto esqueleto, y la sonrisa que tenía preparada para él se disolvió cuando vio que el espacio ocupado por él y el niño de los ojos entrecerrados estaba vacío. Los únicos del grupo que quedaban eran el monstruo cabra y el otro niño. Sólo el monstruo cabra aplaudía mientras el humano lucía decepcionado de que se hubiera acabado ya.

¿Era posible que el alto esqueleto llevara al otro a los baños portátiles afuera? Si era así, Sans podía entender que no era necesariamente culpa del humano pero de todos modos sintió irritación hacia él. ¿Y quién sabía si iban a aparecer al día siguiente? Por lo que sabía el inicio de su espectáculo había sido su última oportunidad de ver a otro esqueleto. Pero tan pronto como el enojo se le subió, Sans lo dejó ir y continuó inclinándose hasta que las luces se apagaron del todo, dándole oportunidad para transportarse detrás del telón. ¿De qué valía molestarse, en serio?

Suponía que podía considerarse afortunado de que hubiera podido verlo en primer lugar. Con eso debería ser suficiente. Suspirando, Sans salió de la carpa  y se dirigió a la casa rodante para quitarse el traje. Hoy se desvestiría y caería dormido en su cama sin más demora. Quizá así podría diluir más pronto el mal trago y empezar a olvidar a aquel miembro de su audiencia.

-¿Disculpe? –dijo una voz detrás de él.

-¿Yeah? –dijo Sans antes de volverse. Le habían enseñado a ser siempre cordial y respetuoso en presencia de los humanos. Pero quien le había hablado no era humano y Sans se encontró de repente enfrentándose al alto esqueleto, el cual se aproximó todavía más cuando se detuvo.

Sans dio un paso atrás de forma inconsciente, pero el otro pareció no darse cuenta.

-Hola –dijo el alto esqueleto.

Era una voz de mayúsculas, pero el tono era suave, casi nervioso. El niño humano no estaba por ningún lado. Estaban ellos dos solos, los dos únicos monstruos esqueletos de los que Sans tenía conocimiento, y Sans tuvo que patearse para forzar una respuesta, lo que fuera.

-Hey.

Bueno, mejor que nada. El alto esqueleto sonrió, animado porque siguiera con la conversación.

-He visto tu espectáculo y tengo que decir que ha sido muy impresionante. ¡Ni siquiera sabía que los esqueletos podíamos conjurar tantos huesos a la vez y controlarlos así! Estoy casi celoso de tus habilidades. ¡Pero un buen celoso! ¡Como un celoso alegre de que haya podido verlo, no quiero que pienses mal! ¡El gran Papyrus nunca sería del celoso malo!

Sans no pudo contenerse una ligera risa. El tipo le estaba resultando adorable y eso no era bueno, para nada, pero así eran las cosas y qué más daba.

-Gracias, eh… señor. Se aprecia mucho.

-¡Por favor, llámame Papyrus! –dijo el alto esqueleto, adelantándose con la mano extendida.

Sans dudó un segundo antes de tomarla. Nunca había tenido necesidad de hacer ese gesto con nadie, pero había visto a la señorita Frida realizarlo con otros humanos y creía que era eso lo que el otro esperaba de él. Permanecieron con las manos juntas unos momentos, moviéndolas de arriba abajo, sin soltarse, y como no parecía que Papyrus iba a hacerlo, Sans se inclinó un poco para besarle en el dorso de la mano. Él no tenía labios, desde luego, pero la presión de sus dientes contra los huesos debería servir igual. Era así como se saludaban, ¿no?

-Nyehehehe –pronunció Papyrus, obviamente incómodo.

La mano contra sus dientes se había vuelto tensa. “Diablos”, se dijo Sans, soltándole en el acto y sonriéndole simpático como para cubrir el gesto.

-Papyrus, vaya, gracias. Es la primera vez que escucho semejante cumplido por parte de otro esqueleto así que, ya sabes, significa mucho. Yo soy Comic Sans, pero puedes decirme Sans. Hey, si no te importa que pregunte, ¿dónde está tu dueño ahora? –Si podía, Sans prefería evitarse el ver al humano.

Papyrus inclinó la cabeza.

-¿Mi… dueño? ¿A qué te refieres? El gran Papyrus no tiene más dueño que sí mismo.

Sans soltó una risa antes de que se diera cuenta de que no era un chiste, de que Papyrus ahora lo estaba mirando con una expresión preocupada en el rostro.

-Ya… veo -dijo Sans y se fijó en el cuello del alto esqueleto, adonde sólo llevaba un pañuelo rojo.

Había asumido que debajo de él era que se ocultaba el collar que todos los monstruos en el circo llevaban, incluyéndole, la única cosa que impedía que cualquiera de ellos intentara escapar, pero ahora que lo tenía más cerca podía ver que no era el caso. El alto esqueleto andaba sin ataduras de ningún tipo. Su cerebro estaba teniendo problemas para entender eso.

-Sans, ¿es por tu… dueño que tienes ese collar? –preguntó Papyrus, señalando dubitativo el suyo que debía haber visto incluso a pesar del cuello de su traje.

Sans se llevó la mano a la superficie de cuero negro y la alejó ni bien la punta de sus dedos entraron en contacto. Odiaba esa maldita cosa. Odiaba sentir su peso, odiaba que le molestara al cambiarse de ropa, odiaba lo que le recordaba y por lo general trataba de olvidar de que estaba ahí, mientras más seguido mejor, porque ni bien empezaba a pensar en él una sensación de asfixia y ahogo subía por su pecho. Cerrando los huecos de los ojos con fuerza, forzándose a controlarse, Sans bajó la cabeza (como un buen perro, como un buen monstruo) y asintió.

-Oh… -dijo Papyrus y la compasión que destilaba de esa sola vocal era más de lo que podía aguantar.

Papyrus podía ser que no usara un collar él mismo, pero estaba claro que sabía perfectamente lo que hacían, para qué servían. Cómo los mantenían bajo control.

-¡Bueno! –dijo con falsa animación. Estaba oficialmente incómodo y no le gustaba sentirse así-. Si ya hemos terminado aquí yo tengo que ir a…

-¡Señor! Perdóneme, pero no está permitido… –dijo una voz imponente, dándole un susto de muerte que apenas logró calmarse cuando vio a Francis, todavía sin vestir para su acto, acercándose hacia ellos. Se había dirigido a Papyrus creyendo que era un humano perdido, pero al notar que no lo era abandonó la formalidad anterior y sonrió abiertamente-. Oh, hey, amigo. ¿Qué te trae por acá? ¿Te interesa aplicar para el circo acaso? Nunca vendría mal uno más.

Papyrus elevó la vista hacia él y ubicó fácilmente la línea negra que aplastaba el pelo del cuello. Sans vio la cara normalmente amigable del alto esqueleto por una de severa desaprobación que le sorprendió.

-Su circo es un lugar espantoso y abusivo. Ni en un millón de años me gustaría participar en él –declaró el alto esqueleto duramente, llevándose una mano a la cadera-. Quien sea que esté a cargo de esto debería darle vergüenza.

Sans nunca habría creído que podría sentirse tan impresionado. Francis parpadeó en confusión al primer momento, pero al siguiente ya estaba tomando un paso hacia adelante y gruñendo por un costado de su hocico, las orejas aplastadas contra su cráneo.

-Escúchame, amigo, nadie ha preguntado tu opinión. ¿Por qué no te largas de aquí mientras todavía puedes?

Sans notó que un temblor pasaba por el alto esqueleto y no lo culpó. Francis sobrepasaba a Papyrus por dos cabezas y era por lo menos dos veces más ancho. Pero en lugar de echarse hacia atrás, Papyrus mostró una sonrisa confiada.

-¿Es un desafío acaso lo que me sugiere, caballero?

Francis arqueó una ceja peluda.

-¿Qué? ¡No, viejo, te estoy diciendo que te largues de aquí! ¡Nadie quiere ver y menos escuchar tu huesudo trasero!

-¡Le haré saber, mi estimado, que mi trasero no emite ningún sonido, excepto cuando me siento sobre sofás de cuero y entonces es sólo culpa de los sofás, no de mi glúteos máximus! ¡Además, es de muy baja consideración hablar de los glúteos máximus de otros en tan desagradable tono!

Sans casi se echó a reír, más que nada porque la expresión de absoluto desconcierto en Francis era impagable, pero estaba más preocupado de lo que podría acontecer si dejaba que el asunto llegara a mayores. Podía acabar verdaderamente mal para todo el mundo. Alzó las manos dispuesto a intervenir, cuando una pequeña tos se dejó escuchar entre el par de monstruos enfrentados y los tres bajaron la vista a la vez.

Francis y Sans se echaron atrás a la vez, Francis con la velocidad de quien temía aplastar al ratón siendo un elefante y Sans sólo con el deseo de poner distancia. El niño humano de los ojos entrecerrados pasó la mirada (o al menos el rostro) por cada uno de ellos antes de volverse a Papyrus y darle un par de tirones a su pantalón.

-¡Oh, Frisk! –dijo Papyrus, volviendo a su tono amigable del inicio, arrodillándose en frente del humano-. ¿Cómo te fue?

El niño levantó sus manos y realizó una serie de gestos en el aire. Sans se sorprendió a sí mismo consiguiendo entenderlos en el acto, a pesar de que estaba seguro de que era la primera vez que los veía. “No hubo suerte. Creo que será mejor que nos vayamos por ahora.”

-Oh, ya veo –dijo Papyrus, mostrando brevemente una expresión decepcionada. A Sans pensó que no le quedaba bien en lo absoluto, pero pronto Papyrus volvió a sonreír, poniendo ambos manos sobre los hombros del niño-. ¡Pero estoy seguro de que ya lo resolveremos! ¡Todo estará bien, ya lo verás!

El niño (¿Frisk? ¿Qué clase de nombre era Frisk para un humano?) asintió con su misma determinación. Papyrus le revolvió el pelo y lo tomó en sus brazos, acomodándolo sobre su pelvis cuando se irguió.

-Bueno, caballeros, si nos disculpan nos estaremos retirando. Señor –dijo, inclinándose ante Francis-, tendremos ese duelo en otra oportunidad. Sans… -En cuanto el susodicho conectó miradas con él, Papyrus sonrió-, todo estará bien, ¿de acuerdo? Sólo espera un poco más para que el Gran Papyrus resuelva la situación.

-Eh, claro –dijo Sans, sin la menor idea de lo que hablaba.

Francis lo miró interrogante y él sólo supo encogerse de hombros como respuesta. Papyrus, llevando al niño, les dio una leve inclinación de despedida antes de volverse hacia la entrada de la carpa, adonde los vehículos estaban estacionados.

-¿Qué diablos sucede con ese tipo? –dijo Francis en cuanto perdieron de vista al humano-. ¿Es que todos los esqueletos están locos?

-Probablemente –contestó Sans, relajándose al fin-. Ya sabes que sólo estamos huecos por dentro.

Su alma todavía latía furiosa por el susto pasado, pero al menos el polvo de nadie iba a ser esparcido esa noche. Eso siempre era bueno.

-Yo que tú me alejaría de ese tipo. Va a acabar matándonos a todos –declaró Francis con irritación, volviéndose a la carpa, probablemente para preparar el escenario del siguiente acto.

Sans continuó su camino hacia la casa rodante después de haber echado un vistazo al camino por donde

Una vez de vuelta en sus ropas normales, Sans estaba a punto de subir a su jaula, dispuesto a dormir y olvidar la escena que había presenciado antes, cuando escuchó unos jadeos aproximándose y se volvió a tiempo de atrapar a Nicky antes de que se diera de cara contra el suelo. Llevaba una nueva bolsa alrededor del cuello, por encima de su propio collar, pero no era tan pesada como la de ayer.

-¡Hoy tengo bombones! –declaró el niño, contento.

Sans lo dejó ponerse de pie.

-¿En serio? Qué bien, Nick. Debiste hacer un muy bien trabajo también esta noche.

Nicky le dio una alegre sonrisa dentuda, parecida a la que daba durante su acto para pretenderse una bestia salvaje y a la vez completamente diferente. Su cola se movía fuera de control detrás de él.

-Deja que te ayude –dijo Sans, subiéndose al niño en sus brazos y abriendo la puerta de su jaula con magia.

Luego de lo cual dejó al monstruo libre en su interior, pero no sin quitarle la bolsa de encima e inspeccionar su contenido. En efecto, la envoltura de un par de bombones reflejaba la luz desde el fondo de unos pedazos de pan. El pan estaba empezando a endurecerse, pero milagrosamente de nuevo no había marcas de dientes a la vista.

-Oh, cierto –dijo Nick, como si acabara de acordarse-. La señorita Frida quiere que vayas a verla.

Sans se detuvo en el proceso de impulsarse hacia la jaula. Una impresión de que el alma se le caía a los pies le pasó por encima y la dejó ir de inmediato. La señorita Frida no lo había llamado personalmente en un largo tiempo y la última vez no había sido para algo bueno, pero ¿de qué valía preocuparse, realmente? A lo mejor no era nada. A lo mejor lo era. ¿Qué más daba?

-¿No te dijo por qué, amiguito? –preguntó, a sabiendas de que sería una tarea inútil. En efecto, Nicky negó con la cabeza-. Bueno, entonces iré en cuanto termine con esto.

Sans sabía que a la señorita Frida no le gustaba esperar, pero también sabía que si se iba el niño se iba a tragar sus recompensas sin ningún miramiento y sencillamente no podía dejar que hiciera eso. Desenvolvió los bombones, los dejó encima de la bolsa de plástico, al lado de los panes y le dio una palmada a la cabeza del monstruo antes de retirarse.

La señorita Frida tenía su propia casa rodante alejada de todas las jaulas adonde los monstruos dormían. Antes eran más, pero ahora sólo eran tres y el resto eran las viviendas móviles de los humanos. A menos que se tratara de un día especialmente caluroso o algún anuncio importante, por lo general la mujer se mantenía adentro y podían pasar incluso días tuviera que verla. No era un simple accidente que así fuera, sino un calculado esfuerzo llevado por el más profundo desagrado. Sans estaba agradecido que, dentro de todo, y que él supiera, la mujer todavía consideraba a Nick lo suficientemente lindo para no descargar su rechazo sobre él de forma tan obvia. No como un niño esqueleto, al que no se le podía ver y encontrarle algo lindo.

Sans tocó la puerta y esperó.

-Adelante –indicó una voz femenina.

Sans expandió sus costillas hasta el límite y las dejó volver a su posición normal antes de entrar, subiendo por los escalones. Lo primero que vio en frente de sí fue a otro niño humano sentado en la mesa, concentrado en dibujar con sus crayones. Apenas giró la cabeza hacia Sans en cuanto éste cerró la puerta.

-Hey, Walter –dijo Sans, levantando tentativo una mano.

El pequeño niño bufó con un obvio desagrado y volvió a u dibujo, apretando el lápiz en su mano con más fuerza de la necesaria. Sans regresó la mano al bolsillo de sus pantalones. Se lo esperaba. Incluso a él se le hacía difícil creer que sólo hacía tres años había sido la persona favorita del niño y eso había sido un resultado directo de ser su niñero principal durante los primeros años de su vida, gracias a un padre desconocido y una madre que no quería lidiar con él hasta que fuera lo bastante mayor para no resultar tan molesto.

-Sans, déjalo en paz –dijo la misma voz femenina de antes.

-Lo que usted diga –respondió de forma automática.

Se volvió hacia el fondo de la casa rodante, adonde una mujer pelirroja, alta y delgada estaba sentada sobre su cama en su habitación abierta, llevando un sencillo vestido rojo de verano. Sans comenzó a adelantarse y apretó los puños dentro de sus bolsillos, tratando de reprimir un leve temblor cuando pasó en frente de un estante en el que había media docena de frascos con las tapas pintadas en distintos colores, cada uno lleno hasta el borde con un polvo blancuzco. El temblor no era tanto por miedo como por ira. Lo que antes habían sido monstruos ahora compartía espacio con la pimienta, el orégano y la sal, como si fueran otro condimento. Los conocía a todos, podía recordar sus nombres si veía los colores que antes tuvieran sus almas, y no podía pensar en eso, no ahora que justo tenía que enfrentarse con su dueña.

-Hey –dijo con simpleza.

-Cierra la puerta –indicó la mujer, poniéndose su largo cabello a su espalda.

Ella le miró de arriba abajo y no se contuvo un gesto de desagrado. Sans lo ignoró como tantas otras veces y se giró para cumplir la orden, poniendo el seguro como sabía que se esperaba de él. Ni bien se volvió la señorita Frida, Sans volvió a sumergir las manos en sus bolsillos.

-¿Me necesita para algo? –preguntó, sonando tranquilo pero recorriendo todo lo que había hecho en los últimos días que requiriera un castigo.

Lo único con lo que salía eran resultados nulos.

-Un niño vino preguntando por ustedes –empezó la mujer-. Niño o niña, la verdad no sé. Quería saber qué tal la pasan ustedes aquí. Si comen bien, si son felices… Le pregunté adónde estaban sus padres y me dijo que había venido con su mejor amigo, y entonces recordé adónde había visto ese suéter que llevaba antes. Andaba con un monstruo esqueleto, ¿no? Uno más alto que tú –La mujer tenía una leve sonrisa. Si el gesto dependiera sólo de sus labios podría haber sido amable, pero sus ojos de celeste claro sólo eran paredes heladas-. Lo vi en medio del público y también te vi a ti muy concentrado la noche anterior. ¿Es un amigo tuyo?

Sans ladeó la cabeza, tratando de encontrarle sentido a eso. No sólo el niño humano preguntando por ellos, si no la mera sugerencia de tener amigos afuera del circo. ¿En qué momento iba a tener oportunidad de hacer algo así? Estaba su poder de transportación, por supuesto, pero ¿cuál sería el sentido de usarlo para hablar con extraños? Con los humanos que conocía ya era más que suficiente para arriesgarse.

-No –contestó con honestidad-. Nunca en mi vida lo había visto antes. Ni a él o al humano.

La señorita Frida se puso de pie. Llevaba tacones, pero incluso sin ellos Sans tenía que elevar la cabeza hasta niveles incómodos para mirarle al rostro de modo que ni siquiera lo intentó. A la señorita Frida le gustaba más así de todas formas. Desde que era niño se lo había hecho saber de varias maneras. Al parecer los huecos de sus ojos con sólo un punto de luz mágica como pupila la ponían demasiado incómoda.

-¿Sabes qué es lo que pasaría si me enterara de que ustedes intentan escapar?

Mismas luces que se apagaron al escuchar eso. Sans volvió a ser consciente del peso de su collar y esa sensación de asfixia regresó. Pero debía conservar la calma, así que forzó a su cabeza a ignorarlo.

-Sí, señorita, por eso nunca se me ocurriría –dijo con un tono ligero-. No, nunca lo haría.

-¿Y qué hay del niño amarillo? –continuó la mujer. Sans sintió sus manos temblar-. Él es muy simpático, ¿no? ¿No crees que él podría irse de la lengua por ahí y decir algo que atraería atención de afuera?

-No, señorita –contestó Sans, manteniendo el mismo tono relajado-. Estoy con él todo el tiempo y ni siquiera puede salir de la jaula a menos que yo le abra. Si ha hablado con alguien yo sería el primero en saberlo. Tiene mi palabra, señorita, de que el chico se ha portado bien.

Sans escuchó a la mujer abrir un cajón de un mueble por un costado de su visión. No tenía que ver para saber qué era lo que sacaba.

-No lo sé, Sans. La verdad es que nunca sé si debo confiar en ustedes o no. Me han causado tantas decepciones en el pasado… -Sans sintió sus tacones aproximarse de vuelta y cuando volvió a erguir la cabeza, en las manos de la mujer se balanceaba un cinturón de cuero blanco. El esqueleto no habría podido moverse ni aunque lo quisiera. Era como si alguien hubiera aplicado sobre él su magia azul-. Creo que será lo mejor recordarte las consecuencias de jugar con mi confianza.

Ahora bien, había algo bastante desventajoso cuando se trataba de una pelea entre un humano y un monstruo. Los monstruos tenían su magia para defenderse, pero esa misma energía los volvía vulnerable a las emociones propias y ajenas. En otras palabras, si un humano realmente quería lastimar a un monstruo, prácticamente le bastaba con la sola intención para que su mínimo esfuerzo causara el mayor impacto. La señorita Frida había practicado lo suficiente para saber este hecho y cómo usarlo en su ventaja sin ir más allá del punto sin retorno. La mayor preocupación no era que le quitaran todos sus puntos de vida, sino lo que podría hacer mientras estos duraran.

Sans, paralizado, esperó el primer golpe.

Nicky había terminado con sus bombones y comido el pan que podía sostener entre sus piernas hasta que se sintió satisfactoriamente lleno. Ahora balanceaba sus pies por el borde la jaula, esperando por el regreso de Sans. Desde que lo enviara hacia la señorita Frida un buen rato había pasado y estaba que no se aguantaba el aburrimiento. Por el rabillo del ojo vio al enorme monstruo conejo acercándose hacia él.

-Ya es tarde, amiguito –dijo, cruzándose de brazos-. ¿No deberías estar durmiendo ya?

-Sans todavía no regresa –explicó el más joven-. No puedo cerrar la cortina o la puerta yo solo.

Era la razón más sencilla pero no la única. No tenía ganas de admitir que en verdad estaba preocupado y que además se sentía un poco culpable. Él había sido quien enviara a Sans a la señorita Frida después de todo. ¿Y si lo despedía? A lo largo de los años un puñado de monstruos habían sido despedidos y, aunque no tenía idea de adónde se fueron, sabía que ya no estaban y que probablemente nunca volvería a verlos. No quería que eso le pasara al esqueleto. Francis debió imaginar por ese camino iban sus pensamientos porque se apoyó contra la jaula y suspiró.

-Bueno, entonces yo me quedaré esperándolo mientras tú te echas a dormir. ¿Te parece ese un buen trato, amiguito? Vamos, los niños no están para desvelarse –insistió el conejo al verle hacer un puchero.

-No tengo sueño –dijo Nicky con testarudez, aunque la verdad ya sentía los párpados pesados-. Estoy bien.

-Seguirás estando bien arropado en la cama.

-Hmm –murmuró Nicky. El pensamiento de su cama de pronto se le antojaba muy atractivo-. Mmm, bien. Pero tú esperas por Sans, ¿no?

-Sí, amiguito, no hay problema.

Ni bien se volvió hacia el interior y se arrojó encima de su colchón, Francis se encargó de cerrar la puerta colocándole el seguro y luego se estiró hacia el cordón que sostenía a la cortina. El monstruo esperó a que el niño se acobijara a gusto antes de perderlo de vista. Nicky se acurrucó sobre sí mismo. Quería dormir pero en su lugar permaneció despierto, atento a la sombra del conejo contra la tela. No supo cuánto tiempo estuvo en esa posición hasta que las orejas de Francis se irguieron de pronto y él se movió. Procuró ponerle atención a su sentido del oído y, en efecto, escuchó al césped crujiendo bajo unos lentos pasos.

-Oh, viejo… -dijo Francis. Sus orejas descendieron.

-Se ve peor de lo que es –replicó la voz de Sans. Estaba claro que todavía intentaba mantener un tono despreocupado, pero Nicky supo identificar lo agotada que en realidad estaba su voz-. ¿Nicky ya está dormido? ¿Te fijaste si comió?

-Sí, sí, viejo. El amiguito sólo estaba esperándote. Oh, vaya… deja que te traiga algo de comer. Con algo dulce debería ayuda, ¿no?

-No hace falta –Sans ahora se escuchaba más cerca. Su huesuda mano apareció por debajo de la cortina. Nicky se arrebujó entre las sábanas y cerró los ojos-. Ya sabes que no importa lo que coma siempre seré huesos y piel, menos la piel. Heh. Estaré bien después de una noche de sueño.

-Viejo… ¿estás seguro? ¿Qué pasó con tu brazo?

-Ella lo tiene. Me lo devolverá para el acto de mañana. Igual intentó darme una mano, ¿sabes?, pero no hubo manera de hacerla unirse al resto.

Nicky sintió una brisa entrar la jaula cuando Sans abrió la puerta y se impulsó en el interior. Los huesos vibraron uno contra otro por el esfuerzo, pero sólo duró un segundo antes de que pudiera volverse para cerrar de nuevo.

-Gracias por encargarte del niño, en serio –dijo Sans-.Buenas noches. Que no te devoren las pulgas.

-Viejo ¿pero qué hiciste? –siguió preguntando Francis.

-Lo dices como si ella necesitara una razón. Buen chiste –Sans emitió una risa amarga. El sonido parecía innatural en él y a Nicky le congeló el alma escucharla-. No… sólo fue un estúpido malentendido pero ya lo hemos arreglado. O al menos ella cree que lo hicimos, lo que es casi lo mismo. Ya no importa.

Francis se quedó en silencio un largo rato. Sans todavía no había hecho descender la cortina de nuevo.

-Estaré bien, en serio –dijo Sans tras un suspiro-. Ahora, si me disculpas, de verdad quiero echarme.

-Claro, viejo –respondió Francis-. Eh, que te mejores. Y, lo decía en serio, si necesitas algo…

-Lo tomaré en cuenta, amigo. Gracias. Buenas noches.

-Buenas noches.

Finalmente Sans dejó caer la cortina, sumergiendo al interior de la jaula en completa oscuridad. Nicky se mantuvo completamente quieto mientras Sans rodeaba su colchón para llegar al que le pertenecía, luego de lo cual se recostó con pesadez, soltando suspiros de alivio hasta finalmente estarse acostado.

-Es grosero escuchar a tus mayores a escondidas, niño –dijo Sans sin ningún tono de malicia.

Nicky ni siquiera se molestó en negarlo. Pateó las sábanas lejos de su cuerpo y giró sobre las camas hasta que se encontró con su rostro apretado contra el costado del esqueleto, dejando escapar una seguidilla de lágrimas que no sabía desde hacía cuánto estaba conteniendo. Sans emitió un resoplido de dolor, pero no se movió ni hizo nada por apartar al más joven. En su lugar, Sans conjuró las sábanas para que los cubrieran a los dos y palmeó las escamas en la nuca del niño con la única mano que tenía mientras éste se descargaba en paz.

No había nada que decir. Así que no dijo nada. Eventualmente los dos cayeron dormidos, exhaustos.

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