El monstruo del circo. 3

Capítulo 3: Circus

“There is only two kinds of people in the world. Those who watch and those who entertain.”


Al día siguiente la señorita Frida se le acercó antes de su acto para devolverle su brazo. Después de haber dormido toda la noche y gran parte del día, Sans la verdad se encontraba mucho mejor que tras su último encuentro, pero todavía se sentía mareado al caminar e inseguro sobre sus pasos a pesar de que su tobillo se había conseguido recomponerse del todo. Otra diferencia entre los monstruos y los humanos: a los monstruos las heridas se les curaban de prisa, asi que no había que esperar demasiado para crear unas nuevas. Sans todavía percibía el picor de las marcas más profundas en su espalda para recordarle cómo él y la señorita Frida habían descubierto ese detalle cuando era más joven.

-Gracias, señorita –dijo al recibir su propio miembro y se alegró de que ahora sí tuviera la suficiente magia para hacer la unión sin problemas. Era de verdad una suerte porque no tenía idea cómo iba a conseguir ponerse su traje con una sola mano.

-¿Necesitas ver lo que haces para hacer el espectáculo, Sans? –preguntó la mujer pelirroja, cruzándose de brazos-. ¿O ya lo tienes bien memorizado?

-Eh… sí, podría hacerlo con los ojos cerrados –Sans prefirió mencionar que ya lo había hecho varias veces en el pasado, que literalmente lo había hecho dormido y sólo despertado cuando los aplausos le arrancaron de su sueño-. ¿Puedo saber por qué?

-Hoy he decidido cambiar un poco el escenario. Prepárate ahora y no llegues tarde a tu acto.

Después de dicho lo cual, la mujer se dio la media vuelta sin darle más explicaciones. Sans supuso que cambiar el escenario significaba que no iban a vendarle los ojos en el escenario y supuso que eso era algo de apreciarse. Hasta que no llegó, vestido y apropiadamente cubierto con esa porquería brillante en el cráneo, Sans no supo que habían colocado unas luces reflectoras en el suelo, justo por detrás y en un nivel inferior adonde su nueva marca estaba.

Francis se estaba cambiando de ropa, de modo que le tocó a Leonard explicarle los pormenores de su acto. Leonard era el único otro monstruo que quedaba en el circo y su nombre no podría haber sido menos original, considerando que él mismo era un tipo león al que le encantaba disfrazarse, especialmente con vestidos y ropas femeninas. Debido a semejante flexibilidad, el monstruo podía realizar hasta tres actos por noche y todos básicamente consistían en los actores humanos confiando en que él era quien decía ser, disfrazado y tal, para finalmente ser descubierto y sacado del escenario a patadas entre las risas del público. El sujeto era agradable, pero bastante nervioso y peor desde que viera a su mejor amigo ser convertido en polvo en frente a sus ojos por haber desobedecido a la señorita Frida. Nadie lo culpaba, desde luego.

Entre tartamudeos, el monstruo león le explicó que él tendría que mantenerse arriba de una pequeña plataforma en frente de una sábana blanca sobre la cual se proyectaría su sombra gracias al reflector. El público todavía podría escucharlo y ver el efecto de su magia, pero ahora sólo verían su silueta. Sans pensó que no era tan diferente a cualquier otro titiritero y normalmente no le importaría, pero estaba el hecho de que sabía por qué era. Incluso si Papyrus volvía a encontrarse entre el público ninguno de los podría verse directamente.

Todavía recordaba el extraño discurso que le diera en forma de despedida. El alto esqueleto parecía tan confiado al decirle que después lo resolvería que Sans casi quería creerle, pero lo más probable fuera como Francis había dicho, que los esqueletos estaban un poco tocados de la cabeza. Era una idea más segura que dejar lugar a la inevitable decepción. De modo que, por lo que a respectaba a Sans, podía ser la primera vez que alguna vez señorita Frida le había hecho un favor y sin tener la menor intención de hacerlo. Quizá era lo mejor que podía pasarle para volver a lo que era la vida normal en el circo, en el que sólo estaba para entretener a un montón de rostros anónimo sin dedicarle el menor pensamiento a ninguno de ellos. Sí, la vieja rutina de siempre.

Sus movimientos no podían ser tan fluidos como le hubiera gustado, sintiendo aún una que otra punzada de dolor al hacer movimientos rápidos, pero para lo que necesitaba estaría bien. Esta vez no se molestó en crear una historia feliz. Ahora ni siquiera sabía por qué lo había hecho antes.

Después de que se hubiera cambiao, Nicky se le acercó. Llevaba una nueva bolsa de comida, pero en lugar de anunciarle su recompensa, el niño se lanzó contra su cuerpo y frotó el rostro contra adonde debería tener el estómago pero sólo había una cubierta mágica invisible simulando uno debajo de su camiseta. A falta de brazos, era lo más cercano que podía proveer como abrazo. Sans le palmeó la cabeza.

-¿Qué tal te fue, niño? –preguntó.

-Bien –dijo Nicky contra la superficie de su traje.

Sans dio un paso hacia atrás y, como se lo imaginaba, el pequeño monstruo fue con él, poco dispuesto a romper el contacto.

-Nick, aprecio la preocupación pero ya estoy bien, en serio -Y no mentía.

Después de una segunda noche de sueño iba a estar todavía mejor.

-¿De verdad? –preguntó el pequeño con una voz minúscula.

-Sí, desde luego. Vamos a comer lo que trajiste, ¿te parece? –ofreció, deseando más que nada sólo sentarse.

Tras mantenerse de pie para su acto, se hallaba bastante cansado. Nicky asintió contra su estómago y le dio una sonrisa dentuda que Sans sólo pudo corresponder a su vez. Se pusieron en camino a su jaula. Al llegar ahí Sans subió al niño con su magia y se acomodó a su lado en el borde.

-¿Manzanas de nuevo, eh? –dijo, inspeccionando el contenido de la bolsa

Al menos estas no estaban tan suaves o a punto de pudrirse como las anteriores, pero sólo eran tres esta vez. Sans escogió la más madura entre ellas y la limpió contra su pecho antes de sostenerla para que el más joven pudiera hincarle el diente sin problema. Pero en lugar de hacerlo, este sólo le dirigió una mirada de reproche testarudo.

-Nick, está bien, tú sabes que no necesito…

En ese mismo momento se escuchó una explosión seguida de varios gritos. El ojos izquierdo de Sans se encendió por instinto, pero no parecía que hubiera un peligro inmediato. Los dos se vieron cuenta de que un humo negro se estaba elevando de la carpa y lo que se escuchaban eran los gritos desesperados de los humanos que tenía estaban viendo el último acto. Una segunda explosión pareció darles nueva vida. Sans se bajó de la jaula, justo a tiempo de ver a Francis corriendo nada más que con los pantalones puestos.

-¿Qué sucede? –preguntó Nicky.

-No lo sé, pero quédate ahí –ordenó Sans sin volverse.

¿Qué se suponía que debía hacer? No podía dejar al niño solo, pero la señorita Frida probablemente iba a echarle otro regaño encima si dejaba que su preciosa carpa se arruinara. Su incertidumbre sólo le duró unos instantes antes de que una voz familiar le arrancara de sus pensamientos.

-¡Sans!

-¿Papyrus?

Sans se sorprendió a sí mismo respondiendo en el acto, como si fuera parte de un instinto primario. En efecto, la alta figura del esqueleto se acercaba a pasos acelerados hacia él. Justo detrás, corriendo lo más que podía, iba un monstruo amarillo mucho más bajo.

-Sans, discúlpame por esto –le dijo Papyrus.

El otro esqueleto no tenía idea de a lo que se refería hasta que finalmente las manos del más alto llegaron hasta él, poniéndole los brazos en la espalda. Sans estaba demasiado sorprendido para reaccionar. ¿De qué se trataba todo eso?

-¡Oye, suéltalo! –dijo Nicky y Sans escuchó el claro sonido de la cara del niño dando contra el suelo en su intento de salir de la jaula por su cuenta.

Sans intentó mover aunque fuera sus dedos para conjurar algo de magia, el agarre de Papyrus se apretó más sobre sus huesos, cubriéndole toda la mano.

-¡Doctora Alphys, rápido! –ordenó el alto esqueleto.

El monstruo amarillo que había estado siguiéndolo se detuvo jadeante en frente de Sans y acercó un aparato metálico brillante hacia su cuello, hacia el lugar adonde tenía…

-¡No, no! –gritó Sans, luchando por primera vez. Era inútil. Su magia era poderosa, pero físicamente no tenía posibilidad contra Papyrus. Aun así, lo intentó, su ojo flameando con acelerado pánico y su alma queriendo romper la jaula de sus costillas-. ¡¿Qué estás haciendo?!

-¡He dicho que lo sueltes! –se oyó de nuevo la voz de Nicky.

-¡Está bien, está bien! –dijo Alphys, elevando ambas manos.

Al hacerlo Sans notó algo pasar por el frente de su pecho y cuando miró abajo vio en el suelo lo que podría parecer una simple tira de cuero, un cinturón demasiado pequeño cortado por el medio. Su collar estaba roto… y él seguía vivo. Estaba libre del collar.

-¡Owie! –exclamó Papyrus.

De pronto Sans recuperó sus manos. Nicky le estaba dando de patadas a las largas piernas del esqueleto y, aunque sin duda que estas no podían causarle gran daño, si había sido suficiente para sorprenderle.

-¡Abusivo! –estaba reclamando el niño y abrió la mandíbula.

Papyrus le detuvo poniéndole una mano sobre el rostro. Nicky continuó pegándole dentelladas al aire.

-Doctora Alphys –llamó el alto esqueleto.

-S-sí –tartamudeó la susodicha, acercándose al niño, el cual se volvió a ella a punto de morderle, sólo para ser retenido por los brazos de Papyrus. Los pies del niño ahora pataleaban a centímetros del suelo-. Oh, dios… ¿tan pequeños? Eso es espantoso.

-Por favor, doctora… esto es incómodo…

-Oh, sí, disculpa –Alphys acercó el aparato metálico que antes usara al niño mientras este se revolvía.

Un segundo más tarde el collar de Nicky dio contra el suelo y este miró los trozos, demasiado impresionado para hablar. Papyrus lo dejó en el suelo. El pequeño monstruo se acercó dubitativo a la imposibilidad de cuero y la tocó suavemente con un pie, echándose inmediatamente detrás como si temiera que fuera a atacarlo. Pero nada parecido sucedió. Sans encontró su mirada y los dos no podían quitarse la vista del cuello del otro. Nicky empezó a extender una sonrisa por su rostro que se cortó en seco cuando Francis llegó gritando:

-¡Qué te dije sobre venir aquí!

El monstruo conejo se estaba acercando a pasos agigantados. Él sólo tenía ojos para Papyrus, sin siquiera percatarse de la presencia de Alphys. Leonard, corriendo a sus espaldas, en cambio, sólo los tenía para la figura del esqueleto más pequeño.

-¡S-Sans! ¡Rápido! ¡Necesitamos que nos ayudes con tu ma…!

Las palabras del monstruo león se cortaron en seco cuando Sans rodeó su alma y a la del monstruo conejo en un aura azul. Con un movimiento de muñeca, Sans atrajo al par de monstruos más altos y pesados hasta ponerlos en frente de la tal Alphys.

-¿Qué crees que estás haciendo? –preguntó Francis, rabiando llegados a ese punto.

Leonard sólo gimoteó, comenzando a lagrimear. Sans en verdad lo entendía. Tener el alma agarrada de ese modo no podía ser más que desagradable, pero eso no era lo más importante ahora. Le lanzó una mirada de apremio al dinosaurio amarillo y ella pareció captar el mensaje de inmediato, estirándose para llegar al cuello de los monstruos con su pequeño milagro. Ninguno de los dos podía mover más que la cabeza de modo que fue fácil realizar el corte. Ni bien estuvo seguro de que estaba hecho, Sans los dejó ir.

Leonard cayó sus rodillas y recogió los trozos de su collar en sus garras, sollozando. Francis parecía estar en busca de aclaraciones. Sans le dio todas las que necesitaba al elevar un poco su mentón, mostrándole su propio cuello al descubierto. En cuanto pareció entender lo que estaba sucediendo, las orejas del monstruo conejo se dispararon hacia arriba y se volvió para echar a correr.

-¡No te vayas! –gritó Papyrus-. O más, ¡ve pero en la dirección contraria! ¡Tenemos que llevarlos lejos de aquí!

Sans había notado hacia dónde se dirigía.

-Tranquilo, ya volverá –declaró con calma y se volvió hacia él-. ¿Qué es lo que pensaban hacer después de esto?

-Irnos, desde luego –respondió Papyrus con tono de obviedad-. ¿Tienen otros monstruos de los que no sepamos?

-No, estás viendo a los últimos que quedan.

Papyrus abrió la mandíbula como si estuviera a punto de preguntarle algo, pero debió decidir en su contra y pronunció algo más en cambio.

-Me pregunto adónde están los otros… -dijo el alto esqueleto como para sí mismo.

-¿Otros? –inquirió Sans, pero nunca recibiría respuesta.

Un impresionante rugido los sacudió a todos de sus sitios y antes de que pudieran recuperarse, el sonido de un disparo se dejó escuchar. Francis apareció entonces por el costado de otra casa rodante, apretando algo duramente contra el pecho y las orejas pegada al cráneo. Justo detrás de él, unos segundos más tarde, otro disparo explotó antes de que la señorita Frida apareciera con un arma.

-¡Oh, dios! –exclamó Alphys.

Todos ahí, menos Nicky, tenían una clara idea de lo que semejante objeto era y lo que podía hacer. Pero incluso sin ese conocimiento, el niño sintió un escalofrío sólo porque toda el alma de la señorita Frida apestaba a peligro. Desde la casa rodante, la mujer se irguió sobre sus piernas desiguales (un tacón perdido) para apuntar a su enorme objetivo. Mientras Francis corría, la señorita Frida presionó el gatillo pero la bala nunca llegó a hacer contacto, detenida en seco por una seguidilla de huesos celestes. Sans encantó el arma y la envió de un manotazo lejos del alcance de su dueña. A Sans se le ocurrió que ella sólo era una humana. Se le ocurrió que sin su preciosa pistola ella estaba completamente indefensa mientras él finalmente podía hacer uso de todo su poder. Sería tan fácil, tan fácil hacerla pagar. Por las heridas, el abuso, el miedo, los frascos llenos de sus amigos… Sería como aplastar una cucaracha.

Un alarido que nunca había escuchado antes se dejó escuchar, haciéndolo pegar un respingo.

-¡MUÉVANSE, MUÉVANSE! –estaba diciendo alguien y seguido ¿la risa de un niño?

-¡Síganme! –indicó Papyrus y empezó a echar a correr en dirección al estacionamiento, adonde varios vehículos ya se habían puesto en movimiento. Luego de unos pasos, mientras el resto continuaba siguiendo a Alphys, Papyrus se volvió-. ¡Sans!

Sans todavía tenía la mano levantada y su ojo cambiaba de celeste a dorado furiosamente, fijo en la señorita Frida, la cual sólo podía encogerse en el suelo. No era estúpida. Sabía lo que podía hacerle y por unos segundos Sans saboreó ese miedo antes de encogerse de hombros, diciéndose que no valía la pena. Él no era un humano. No podía simplemente ir actuando como uno.

-Creo que ya la función no va a poder continuar –dijo, guiñándole un ojo a la mujer antes de hacerse transportar.

Un segundo más tarde estaba al lado de Papyrus.

-¿Llamaste? –preguntó, sonriente, aterrizando suavemente en el suelo.

Papyrus pegó un sobresalto, pero parecía aliviado antes de tomarle de la mano para continuar tirando de él. Sans no pudo sino echar un último vistazo a las jaulas antes de que fueran consumidos por la masa de personas al borde del pánico absoluto. Aquella jaula había sido el único hogar que conociera desde que tuviera memoria y ahora se estaba alejando de ella para nunca volver. Había un dejo de melancolía en ese pensamiento, pero también de infinito alivio. Apretó la mano de Papyrus antes darle la espalda al circo para siempre.

-¡Papyrus, conduce! –Ahí estaba otra vez la voz gritona y Sans finalmente pudo conectarla a la voz del monstruo cabra que viera la otra noche.

Lo que en definitivo no se esperaba era que hablara desde un carruaje funerario. El monstruo cabra sacaba la cabeza por una ventana mientras Alphys en la parte de atrás, sosteniendo abierta la portezuela para permitir a Leonard y Francis meterse en el interior. La parte adonde se metían a los cuerpos de los humanos muertos. Sans no tenía idea de cómo se sentía al respecto, pero si sabía que no tenía tiempo de pensar mucho antes de que se viera de pronto empujado al interior y la portezuela diera contra su espalda.

-¿Están todos aquí? ¿No falta nadie? –preguntó Papyrus, hablando desde una ventana que separaba la zona amplia de la del conductor.

Sans se vio entonces sin aire cuando la gran cabeza de Nicky se estrelló contra su pecho, enviándolo contra el piso. El niño le frotó el rostro y Sans no pudo sino reírse por lo bajo, palmeándole la cabeza.

-Todos aquí –respondió.

Papyrus soltó un claro suspiro de alivio.

-Bien, entonces podemos irnos. ¡Sujétese todo mundo de lo que pueda porque este va a ser un viaje agitado!

Cumpliendo con su palabra, ni bien Papyrus activó el motor del vehículo todos se sintieron empujados hacia atrás de golpe. La zona en la que se localizaba el circo estaba literalmente en medio de la nada y por eso no había problema para que los otros vehículos se movieran. Aun así, a Sans le tomó unos segundos darse cuenta de que ellos iban por una dirección casi completamente opuesto a los humanos. La sirena de los bomberos les pasaron por al lado. Lo que fuera que hubiera sucedido parecía que ya podría ser manejado. Sans apoyó su espalda, sus brazos rodeando al pequeño niño que todavía se apretaba contra él, y por primera vez vio al resto de los ocupantes.

Leonard parecía sumergido en un trance de shock, abrazado a sí mismo y una expresión hueca en el rostro. Probablemente estaría bien. O se pondría histérico ni bien se le bajara la impresión. Pero estaría bien incluso entonces. ¿Cómo no hacerlo sin esos malditos collares encima? Pero aparte de él y Francis, también estaban con ellos el par de niños humanos con suéteres a rayas y el monstruo cabra. Ni bien se percató de su presencia, la luz de los ojos de Sans se desvaneció y acercaron más a Nicky a su pecho. Eran niños, lo entendía. No eran tan peligrosos como los adultos, lo sabía. Pero eso no quería decir que tenía que gustarle el tenerlos cerca.

El niño del suéter amarillo y verde estaba nuevamente acomodado sobre el regazo del monstruo cabra, el cual por primera vez Sans notó no era más que un adolescente. A diferencia de Frisk, quien se recostaba contra el monstruo, aparentemente dormido, este tenía los ojos rojos abiertos del todo y miraba a Francis con una evidente curiosidad.

-¿Qué tienes ahí? –preguntó, señalando lo que llevaba entre sus brazos.

Francis dio un respingo, lanzando al niño una mirada alarmada. Claro, el último humano que le había dirigido la palabra había estado a punto de llenar su alma de balas y la manera tensa en la que se encogía sobre sí mismo decía a las claras que todavía estaba recomponiéndose del susto. Dándose cuenta de no se encontraba en un peligro inmediato, el monstruo conejo relajó un poco los brazos, dejando ver su carga. Un frasco lleno de polvo con la tapa pintada en verde.

Rick había sido en verdad un monstruo amable, a pesar de su imponente apariencia de dragón. Callado, seguro, pero nunca se negaba a prestar una mano a quien lo necesitara. Incluso si estos eran niños pobres de las calles que pidieran algo de comer. Incluso si él tenía que robar de las reservas para todo el circo. Incluso si eso representaba consecuencias fatales para él. Francis nunca había sido el mismo desde entonces. Antes Sans siquiera podía arrancarle una sonrisa a regañadientes con sus juegos de palabras y chistes. Después del hecho se había vuelto más serio, más propenso a irritarse, menos conversador.

El monstruo cabra abrió los ojos al ver el frasco y miró a Francis con nada más que compasión en su expresión.

-Si no quieres decirlo, está bien –dijo.

Francis negó con la cabeza y cerró los ojos con fuerza, tomando aire. No respondió.

-No entiendo –dijo el niño de ojos rojos, frunciendo el ceño-. ¿Qué tiene de especial un frasco de polvo?

-Chara –dijo el monstruo cabra en un claro tono de reproche y apremio, casi hablando entre dientes-. Te lo diré cuando lleguemos a casa, ahora déjalo ser.

El susodicho Chara giró los ojos.

-Lo que sea. Al cabo que ni me importaba.

Sans decidió que ya tenía suficiente con su propia curiosidad.

-Disculpen pero ¿a qué casa se refieren? –preguntó. El niño y el joven cabra le miraron-. Quiero decir, no me malentiendan, apreciamos que nos sacaran los collares y, seamos honestos, prácticamente cualquier cosa sería mejor que el circo, pero todavía no tengo idea de quiénes son ustedes o adónde nos dirigimos.

-Oh, cierto, disculpen –dijo el joven cabra-. Supongo que con tantas emociones se nos olvidó hacer las presentaciones formales. Mi nombre es Asriel, él es Chara –dijo, refiriéndose al chico en su regazo- y el que tengo al lado es Frisk. La doctora Alphys es quien creó el dispositivo para deshacer la magia de los collares y Papyrus está al volante. ¿Y ustedes?

-Francis –dijo el enorme conejo, todavía abrazado al frasco. A Sans no le sorprendería que no quisiera volver a separarse de él.

-Le-leonard.

-Comic Sans pero pueden llamarme Sans. Em –Sans miró hacia abajo, pero el niño monstruo se había dormido acurrucado contra su cuerpo- y este es Nicky.

-Un gusto conocerlos –Asriel les dirigió una sonrisa antes de volverse a Sans-. Respecto a dónde nos dirigimos, nos dirigimos a la mansión. Es ahí adonde llevamos a todos los monstruos maltratados que podemos. Ya verán, les va a encantar el lugar. Hay muchísimo espacio, camas calientes y no deberán preocuparse por nada mientras se recuperan antes de volver a servir en la sociedad.

-¿Así que es un lugar de rehabilitación? –preguntó Sans, inseguro sobre qué pensar al respecto.

La mención de la cama había sido estupenda, pero no tenía idea de a qué podía referirse el volver a la sociedad. La sociedad no había hecho más que verlo cantar para la señorita Frida e incluso antes de eso no había sido precisamente amable con él. Con ninguno de ellos, de hecho. Era por eso que habían aceptado los collares en primer lugar. Creyeron que era un precio razonable por comida, trabajo y un techo, hasta que empezaron a descubrir que ese precio venía con intereses. Siempre acababan enterándose muy pronto.

-No exactamente. Si me preguntas a mí tiene más pinta de hotel que nada, pero mi madre me mataría si me escucha decirlo –Asriel emitió una ligera risa-. Ustedes no tendrán que hacer nada ahí. Ya han pasado por suficiente. Sólo concéntrense en tomarse un descanso. Ahora están a salvo.

-E-eso su-uena lindo –admitió Leornad, esbozando una sonrisa tímida.

-Eso ni que dudarlo –concordó Francis.

Sans lanzó una mirada al niño Chara, el cual se estaba acomodando contra Asiel, al parecer aburrido con toda la conversación.

-Oye, Asriel, pero dime –dijo, sabiendo que no había manera de ser suave al respecto- ¿qué hay acerca de los padres de esos niños? ¿De cuántos humanos estamos hablando en ese lugar?

Asriel desvió la mirada.

-Bueno, eh…

-Mis padres murieron –contestó Chara por él, jugando con la manga de su suéter- y Frisk es huérfano así que somos los únicos humanos que hay. Pero a mamá le molesta que diga eso –El niño se encogió de hombros-, aunque sólo sea la verdad.

-¿Mamá?

-Se refiere a la mía –aclaró Asriel-. Mi familia ha servido a la de Chara incluso antes de que yo naciera. Nosotros nos criamos juntos. Cuando el padre de Chara falleció, nos dejó la mansión y la fortuna a nuestro nombre hasta que él fuera lo bastante mayor para reclamarla. Como pueden ver, uno de sus negocios son las funerarias.

-¿Es eso… legal? –preguntó Sans. La verdad no le importaba el cumplimiento de la ley, pero no quería empezar a relajarse sólo para tener su trasero pateado en una redada sorpresa de la policía-. ¿Monstruos ocupándose de cosas así?

-No hay ninguna ley que explícitamente lo prohíba y eso estaba en el testamento del padre de Chara así que… -Ahora fue el turno de Asriel de encogerse de hombros, una sonrisa de plácida resignación en los labios. Luego bajó la vista a Chara antes de volverla a Sans-. Normalmente no los habríamos traído con nosotros. Entendemos que algunos monstruos necesitan aclimatarse antes de volver a tener humanos cerca de nuevo, pero…

-Si Frisk venía, entonces yo también –acotó Chara.

-Frisk tampoco se suponía que viniera –acotó Papyrus desde detrás del volante-. Los pequeños diablillos se escabulleron mientras el gran Papyrus no miraba y cuando nos quisimos dar cuenta ya llegábamos tarde a la función, de modo que no pudimos volver.

Se oyeron unos murmullos sin palabras dentro del automóvil. Asriel se volvió a su costado, adonde Frisk le estaba tironeando de la manga para llamar su atención. El monstruo cabra se inclinó hacia él y levantó una oreja para dejar que el niño le hablara en confidencia. Pasados unos segundos, Asriel esbozó una sonrisa y se dirigió a Papyrus.

-Frisk dice que habrías extrañado a tu mejor amigo y ahijado favorito.

-¿Todavía con esas? Soy el único ahijado que tiene –comentó Chara con hastío, como si hubiera debido repetir lo mismo miles de veces-. Por favor, incluso cuando era más pequeño creía que eso era tonto.

-Bueno, las dos afirmaciones son verdaderas –dijo Papyrus-. Lo de mi único ahijado y lo de extrañarlos, claro está.

Frisk emitió una risita complacida mientras Chara giraba los ojos. Sans pudo captar en la penumbra del automóvil que el niño se sonrojaba y para disimularlo, enterraba la cara en el pecho de Asriel mientras este le revolvía el cabello. Un humano… mejor amigo de un monstruo. Ahijado de un monstruo. Criado junto a monstruos. Llamando mamá a un monstruo. Monstruos siendo cabezas de negocios. Era demasiado para tomar en una sola noche, de modo que Sans decidió que ya había tenido suficientes preguntas por ahora.

Se acercó una mano temblorosa al cuello y por un segundo, sólo un segundo, casi podría haberse echado a llorar de la pura felicidad al no encontrar nada más que su clavícula.

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