El monstruo del circo. 5

Capítulo 5: Trick and treat

“Come on, come on, it will be fun! Let´s play a game.”

Sans despertó como no lo había hecho en lo que parecían siglos: descansado, recuperado y temprano. La ventana estaba abierta, dejando entrar toda la luz del sol, revelando a un Papyrus semidesnudo. Todavía adormilado, Sans creyó ver algo curioso en los huesos de su espalda antes de que el resto del esqueleto se volviera y le viera con los huecos abiertos, dirigiéndole una amplia sonrisa.

-¡Sans! –dijo el monstruo con su usual voz de mayúsculas, despertándole del todo en el acto-. ¡Buenos días! ¿Descansaste bien?

Sans desvió la vista antes de que se encontrara mirando fijo a las costillas expuestas. En momentos así de verdad apreciaba el hecho de no tener poros que colorearan su rostro para demostrar su embarazo. Papyrus sólo estaba en proceso de vestirse con una camisa y los huesos de su cintura sobresalían de sus pantalones, blancos y al parecer suaves al tacto como solían serlo al ser intactos. Sans intentó no pensar en eso tampoco. Se dijo que sólo era la novedad de ver a otro esqueleto que no fuera él mismo, que ya pasaría cuando se acostumbrara todavía más a la idea.

-Eh, claro. Buenas –dijo Sans, frotándose los huecos más de lo necesario hasta que Papyrus continuó poniéndose una camisa blanca y se la abotonó hasta la mitad del pecho. Sólo entonces Sans se sentó en la cama-. ¿Qué hora es?

Papyrus se lo dijo. En verdad era temprano. Por lo general dormía hasta que Nicky lo despertaba para que lo dejara salir de su jaula y eso sólo para echarse en su colchón justo después hasta la hora del almuerzo.

-¡Por eso debes prepararte para tomar tu desayuno caliente, dormilón! –dijo Papyrus con entusiasmo.

Sans se salió de la cama y se calzó sus gastadas zapatillas en medio de profundos bostezos. Luego hizo un gesto teatral con los brazos extendidos en frente del alto esqueleto, conjurando una serie de huesos celestes brillantes para que le rodearan como un aura.

-Tadá –dijo con una sonrisa.

Por un momento Papyrus pareció en verdad impresionado por su despliegue magia, pero pronto se rió llevándose una mano a la cintura. Era una risa aguda y alegre. Sans guardó ese sonido en su memoria.

-Lo lamento, Sans, olvidé decirte –Papyrus se volvió hacia una cómoda y abrió un cajón. Cuando se volvió tenía conjunto de ropa completo-. Por supuesto que no íbamos a traerlos aquí sin estar preparados. Pruébatelos y si no llegan a acomodarte del todo iremos a conseguir de tu talla.

Sans tomó las prendas en sus manos. Se trataba de una camiseta, camisa blanca, pantalones azul oscuro y tirantes negros. La ropa era obviamente nueva, sin la menor rasgadura, sin ninguna arruga y el color tan puro como recién salido de la tienda. No le avergonzaba admitir que era la primera vez que tenía ropa en tan buen estado en sus manos y sin tratarse de un disfraz al que debía cuidar más que nada no sea que quisiera recibir un castigo de la señorita Frida. Con manos inseguras, Sans extendió el pantalón sobre sus piernas. Eran un poco más largos de lo que le hacía falta, pero parecía que iban a estar bien ajustados en la cintura.

-Oh, no te preocupes por eso –dijo Papyrus, malinterpretando su expresión incrédula por una incómoda-. Eso es fácil de arreglar con un poco de hilo y aguja. También conseguimos algunos zapatos de distintas tallas porque no sabíamos cuál podría irte mejor –El esqueleto más bajo todavía no respondía-. Eh, ¿eso está bien contigo?

Sans levantó la cabeza de golpe.

-¿Me estás preguntando a mí si está bien? –dijo, arqueando un hueco ocular-. Cielos, Papyrus, apenas puedo creer nada de esto. No sé cómo se supone que tengo que agradecerlo.

La cara de Papyrus se iluminó.

-¡No tienes que hacer nada más que vivir y seguir adelante, Sans! –dijo el alto esqueleto con una súbita animación. Sans estaba comenzando a pensar que el sujeto era en realidad incapaz de calmarse y ese pensamiento le resultaba divertido-. ¡Eso es en lo único que vas a tener que preocuparte estando con nosotros! Ahora, si me disculpas, tengo que ver a los pequeños diablillos. Los zapatos están en el armario. Los que no consigan entrarte los donaremos para que sirvan a alguien que también los necesite. ¡Nyeh!

Dicho eso, el esqueleto se vio la vuelta y salió de la habitación, dejándolo solo para arreglarse. Sans se quitó de encima los simples shorts y camiseta que llevara desde la noche anterior para las nuevas prendas. La camisa también era de unas tallas más grandes de lo que necesitaba, pero no lo suficiente para que le resultara incómoda. Con arremangarse las mangas y acomodar el resto debajo del pantalón casi podría lucir como un ciudadano normal listo para comenzar su día a día. La única contra era que todavía seguía siendo un esqueleto, pero de verdad ya no podía hacer nada al respecto.

En el armario encontró los zapatos, todos negros y su superficie brillante y pulida. El segundo par que se probó resultó calzarle a la perfección. Se echó una mirada evaluativa en el espejo que había en un rincón y no le sorprendió notar que no se reconocía en lo absoluto. Todavía tenía una sensación molesta de que las cosas eran demasiado buenas para ser verdad, pero procuro ignorarla lo más posible hasta que tuviera una verdadera razón para preocuparse. Por ahora podía siquiera el permitirse disfrutar de las pequeñas comodidades. ¿Y no había Papyrus mencionado que los esperaba un desayuno? Su alma se sentía un poco vacía. Algo de comida podría caerle bien.

Salió de la habitación, adonde de inmediato percibió el sonido de movimiento, charla y risas elevarse desde el otro pasillo. Cuando llegó hasta ahí vio la puerta de la habitación de los niños abierta y a Asriel de pie apoyándose contra el marco, vestido con un chaleco tejido encima de su camiseta. El joven no lo miró por estar concentrado en el interior.

-¡Nyehehe! –llegó a escuchar-. ¡Muy bien, ahora todos están listos! ¿Tienen todos sus útiles escolares? Entonces ¡vamos!

De la habitación uno de los niños vestido con un uniforme escolar salió corriendo, arrastrando a Asriel de la mano mientras éste se dejaba conducir fácilmente. Segundos más tarde Papyrus salió cargando a otro de los humanos en un brazo mientras un par de mochilas infantiles colgaban del otro. El alto esqueleto se percató de su presencia y le sonrió.

-Sans, me alegra ver que las ropas te entra… -pero sus palabras fueron cortadas cuando Nicky salió corriendo de entre sus piernas para estrellarse de cara contra el estómago de Sans. El comediante le dirigió una sonrisa de disculpa a Papyrus, pero este se encogió de hombros sin perder la suya amistosa-. Los veremos en la mesa del desayuno. ¡Y no se tarden o se enfriará!

El esqueleto desapareció por el pasillo con su carga. Sans se mantuvo mirando ese espacio vacío por un segundo más de lo necesario antes de dejarla caer sobre el pequeño monstruo que ahora se alejaba, saltando en su sitio.

-¡Sans, Sans, mira! –dijo, dando una vuelta, mostrándole la nueva prenda de ropa que le habían dado a él: era un sencillo suéter azul con estrellas de distintos colores por toda la superficie.

Lo que le llamó la atención a Sans fue notar que las mangas no estaban atadas o colgaban inútiles a los lados, sino que esa prenda directamente carecía de ellas. Habían estado preparados para el niño también. Incluso los pantalones blancos que llevaban tenían un hueco para permitir el movimiento libre de su cola. ¿Cómo habían podido tenerlo todo listo en sólo un día?

-¿No es genial? Dijeron que tenía todo un cajón de ropa así si quería –El monstruo se detuvo y finalmente pareció caer en cuenta de la nueva vestimenta de su amigo, causando que abriera los ojos en franca admiración. Sans se rascó ligeramente la parte trasera del cuello cuando el más joven inhaló aire sonoramente-. ¡Sans! ¡Ellos también te dieron algo a ti! ¡Te ves bien, viejo! ¡Pareces casi un adulto!

Sans soltó una risa espontánea.

-Lo sé. La ilusión es convincente, ¿eh? –Le palmeó la cabeza y le guiñó el ojo-. Tú también te ves bien, Nicky. Vamos ahora a comer, ¿te parece?

Nicky asintió con entusiasmo y caminó justo a su lado mientras se dirigían al comedor más grande. Sans lo había visto al pasar al salir de la cocina anoche. Al llegar a la amplia entrada se sorprendió de ver que la larga mesa del centro estaba literalmente llena de monstruos, todos ellos hablando animadamente entre sí. Francis y Leonard ya estaban sentados, el conejo hablando con lo que parecía un maniquí de madera viviente (propenso a acariciar los abultados bíceps y acercarse quizá demasiado) y el león con un fantasma blanco. Justo en frente de ellos la que todos llamaban doctora Alphys estaba sentada al lado de un alto monstruo acuático con un brillante cabello rojo recogido en un rodete en su nuca. Por alguna razón este último monstruo llevaba lo que parecía ser un uniforme de policía, pero eso no podía ser correcto ¿verdad? Debía ser un disfraz, aunque no tenía idea de para qué. Luego estaban Asgore y Toriel, cada uno sentado en la cabecera de la cama, llenando el vaso de alguien cuando se acababa el jugo, pasando las tostadas y lo que a cualquiera le hiciera falta para un satisfactorio desayuno.

Papyrus, levantando la vista del niño humano al que hablaba, le hizo un gesto señalando las sillas a su lado.

-¡Sans! –dijo sin controlar el volumen de su voz-. ¡Tú y yo amigo pueden sentarse aquí! ¿Qué les gustaría tener?

Sans sabía que todos en la mesa ahora le estaban prestando atención y él trato de ignorar ese hecho mientras se adelantaba a acomodarse en la silla disponible, concentrándose en ver sus opciones. Tenían tostadas, tocino, salchichas, cereal, pastelillos, galletas, jugo, leche, café… toda una variedad de la cual escoger. ¿Era así como los monstruos libres comían en libertad?

-Pueden servirse lo que gusten –les dijo Papyrus.

-¿Qué es lo que desean? –preguntó Toriel, pasándole un tazón lleno de tostadas.

Una de ellas salió flotando dentro del montón y, luego de temblar por unos segundos, aterrizó sobre el borde del plato en frente de Nicky. El niño tenía una expresión de intensa concentración, la punta de su lengua asomando de entre sus dientes, mientras sus ojos emitían un leve brillo amarillo. Un frasco de jalea de frambuesa se agitó contra la mesa seguidamente. Sans le hizo un gesto a Toriel, quien había hecho ademán de ayudar, para que se detuviera y activó el brillo de su propio ojo, dándole el empujón mágico que el más joven necesitaba. El frasco se movió con fluidez sobre el aire hasta aterrizar sin problemas al lado de la tostada. Cuando vio eso, Nicky le enseñó los dientes a Sans y este le guiñó el hueco ocular.

-Muy bien, Nick. Estás mejorando el uso de tu magia.

Lo mejor era que decía la verdad. Lo máximo que antes podía hacer era volver las hojas de un libro o apagar la luz de su linterna, pero lo de la tostada había sido un notable progreso que le dejó sorprendido.

-Lo sé –dijo el niño, moviendo alegremente las piernas que le colgaban de la silla-. ¡Sólo me gustaría que no me doliera tanto la cabeza después, ja ja!

-No debes estar acostumbrado a usarla de ese modo, querido –intervino Toriel con una sonrisa comprensiva-. ¿Quisieras que te untara las tostadas por ti?

-Eso estaría genial –dijo Nicky, sonrojándose un poco. Era la primera vez que interactuaba con nadie que no perteneciera al circo y Sans no lo culpaba por estar un poco nervioso. El chico era naturalmente simpático, así que confiaba en que se le pasaría pronto-. ¡Ah! ¡Gracias, señora! –agregó rápidamente, como acordándose de golpe sus modales.

Toriel emitió una risa llena de encanto materno y el sonrojo de Nicky se intensificó, mirando hacia su plato mientras la monstruo agarraba la tostada y la jalea. Sans entonces llenó su plato con lo que más le apeteció comer, lo que no era mucho de por sí. Como no tenía papilas gustativas no podía degustar la comida de la misma manera que otro tipo de monstruos, pero todavía tenía algún sentido del gusto para diferenciar lo más fuertes sabores de los desagradables de los agradables. Lo que más le gustó fue que se trataba de comida mágica, por lo tanto la energía fue directo a alimentar su alma, dándole una placentera sensación de llenura con unas pocas mordidas.

-Ustedes dos son adorables –comentó una voz y el esqueleto levantó la vista de golpe para encontrarse con los ojos de cristal del maniquí. Este tenía unas facciones que suponía los humanos encontrarían atractivas, pero el lado izquierdo de su rostro permanecía cubierto por una peluca de largo cabello negro. Sans guardaba un vago conocimiento de fantasmas posesionando objetos para tener una forma corpórea y no le costó hacer la relación en el acto. Jamás había escuchado de monstruos hechos de madera. El maniquí sonrió y extendió una mano sobre la mesa. Aunque no tenía uñas, la punta de sus dedos estaban pintadas y barnizadas para disimularlo-. Tu amigo me dijo que tu nombre es Sans, ¿no es así? Y el pequeño es Nicky. Mi nombre es Mettaton, mucho gusto.

-Igualmente –respondió Sans, estrechándosela.

Esta vez no cometió el error de mantener el gesto por más largo tiempo del necesario o intentar besarle el dorso. Unos segundos más tarde era el otro quien abría la palma y el esqueleto supo interpretarlo como señal de que ya podía dejarlo ir. Mettaton hizo un ademán en referencia hacia el fantasma que se sentaba justo a su lado.

-Este es mi primo Napstablook –dijo. El fantasma tenía la mirada baja, pero dio una leve inclinación de cabeza en reconocimiento-. Ya habrán conocido a nuestros anfitriones, la doctora, los niños, a nuestro caballeroso Papyrus…

-¡Nyehe! –dijo Papyrus, inflando el pecho.

Mettaton le guiñó su único ojo visible y señaló con un dedo perezoso hacia el otro lado de la mesa.

-Y ella es nuestra querida Undyne.

La monstruo acuática pelirroja al lado de Alphys levantó un pulgar y enseñó toda una serie de afilados dientes amarillos en una sonrisa, bastante parecida a la de Nicky pero todavía más amplia. Sans ni siquiera sabía que eso era posible.

-Hola –dijo Sans, levantando la mano hacia ella.

-Si tienes algún problema, búscame, boludo –dijo la monstrua con un acento que le llamó la atención. No sabía qué significaba lo que acababa de decirle. La monstrua golpeó su propio pecho con el puño-. Yo soy la ley ahí afuera y me encargo de proteger a todos los monstruos en mi camino. No lo olvides, ¿está bien?

Sans no pudo sino mirarla sin poder encontrar palabras que responder a eso. Nicky, acabando de devorar su tercera tostada, dio un salto en su asiento.

-¿Eres una policía? –inquirió.

Undyne asintió con notable entusiasmo.

-Mejor que lo creas, pendejo –dijo ella.

-¡Vaya! –expresó Nicky, sus ojos centellando de emoción-. Eso es genial.

Sans notó que Alphys bajaba la cabeza hacia su regazo en el acto, como si no quisiera tener nada que ver con la conversación.

-Querida –dijo Asgore, levantando un brazo en el que tenía a un reloj de muñeca.

-Oh, cielo, ¿ya es tan tarde? –Toriel dejó la nueva tostada untada de Nicky en su plato-. ¿Ya han comido, niños? Tienen que ir a la escuela.

-Yo puedo llevarlos –se apresuró a ofrecer Undyne-. Mi turno empieza temprano hoy.

-Muy bien, vamos –dijo Toriel, poniéndose de pie.

Los niños humanos recogieron sus mochilas y se salieron de la mesa. Papyrus se inclinó para que Chara le besara en la mejilla y Frisk le diera un rápido abrazo mientras Undyne hacia las mismas dos cosas con Alphys, lo que la dejó a esta con la cara tan roja como el cabello del monstruo acuático. Undyne luego le dio un puñetazo al hombro de Papyrus y, a pesar de que era evidente de que el impacto había sido bastante fuerte, el esqueleto apenas se movió y soltó un simple “nyeh” que sonó a que sabía que ella esperaba otra reacción. Undyne levantó el pulgar y se despidió del resto de la mesa con un amplio gesto amistoso.

En cuanto ella, Toriel y los niños desaparecieron de la sala comedor, Papyrus se frotó la zona golpeada con un claro gesto de dolor pero en el momento en que se percató de que Sans lo veía, esbozó una sonrisa encogiéndose de hombros. Sans le dio una sonrisa comprensiva. Sus huesos tampoco sentían el dolor de la misma manera que otros monstruos, pero todavía eran sensibles al maltrato, incluso si era realizado con ánimo amistoso.

-Nosotros también nos iremos –dijo Mettaton, levantándose de la silla, dejando deslizar su mano por el brazo de Francis con toda la casualidad posible-. Bloocky y yo volveremos para el almuerzo. Que disfruten el resto de su desayuno, dulzuras.

El maniquí les dirigió un guiño en general y se marchó con su primo siguiéndole por detrás. Asgore se levantó para recoger los platos ya dejados por el resto de la familia, silbando bajo para sí mismo. Papyrus se levantó para llevar los restos de la comida que todavía sobrada hacia la cocina. Sans sintió un golpecito en su lado y cuando vio hacia abajo Nicky volvió a erguirse.

-Sans, ¿qué es escuela? –preguntó el niño.

Oh, diablos. Eso podía ser una conversación incómoda.

-Es un lugar adonde los humanos van para aprender cosas –explicó, tratando de no darle importancia.

-¿Qué cosas?

-Eh, leer. Sumar y restar.

-Oh –dijo Nicky, abriendo los ojos-. ¡Yo ya sé hacer esas cosas!

-Sí –afirmó Sans. En las horas muertas del circo no habían quedado muchas cosas que podían hacer más que pasarle esos conocimientos básicos al niño-. Es por eso que tú no vas a necesitar ir a la escuela, Nick. Ya eres demasiado listo –le guiñó el hueco.

El niño se irguió, contento consigo mismo. Sans se preguntó brevemente cuánto duraría esa ignorancia antes de que tuviera que explicarle que los monstruos ni siquiera tenían permitido acercarse a las escuelas de los humanos.

-Ah, eso podrá ser verdad –dijo Toriel, apareciendo desde el pasillo- pero, si a ustedes dos les parece bien, me gustaría tener la oportunidad de poder enseñarle algunas cosas más a Nicky. Este lugar podría ser su nueva escuela. ¿Qué les parece la idea?

Sans miró a Nicky, el cual lo miró a su vez. El niño encogió un poco el cuello a falta de hombros y Sans sonrió, realizando el gesto a su vez.

-Claro, por qué no –dijo.

Toriel se animó como si fuera lo más maravilloso que hubiera escuchado en toda la mañana e incluso llegó a dar una palmada de emoción.

-¡Fantástico! Ven conmigo, querido, podemos empezar tu educación ahora mismo si ya acabaste con tu desayuno.

Nicky esperó a que Sans asintiera con la cabeza antes de bajar de su silla y seguir al monstruo cabra.

-Mmm –murmuró Alphys, súbitamente incómoda- Voy a estar trabajando en el taller si alguien me necesita.

Dicho lo cual, la monstruo saltó fuera de su silla y se deslizó hacia el exterior.

-Bueno –dijo Asriel, recogiendo su plato y el de la doctora, dirigiéndose a los últimos tres monstruos-, ¿ya saben lo que van a hacer hoy?

Ninguno de los monstruos le respondió. No estaban acostumbrados a no tener obligaciones que cumplir. Asriel sonrió como para tratar de cortar la incomodidad.

-Está bien, no se preocupen –les calmó-. Pueden hacer o no hacer lo que quieran aquí. No hay ninguna presión.

-¡Pero también podrían ser productivos! –intervino Papyrus, apareciendo en la entrada con las manos en las cintura-. Hoy voy a ir a la ciudad hacer unos encargos. Si quieren, caballeros, pueden acompañarme y así pueden evitar a esa horrible bestia que es la pereza.

-Yo paso –dijo Francis, levantándose-. Prefiero estar en mi cuarto.

El monstruo conejo salió de ahí sin dar mayores explicaciones. Sans sabía que él había ido el único de ellos que había acompañado a la señorita Frida cuando iba a conseguir las provisiones del circo. De pasaba les había comentado que las personas no eran del todo amables con un monstruo que no podía lucir como otra cosa que como un monstruo, collar o no.

-Y-yo paso también –dijo Leonard-. Creo que quiero leer en la biblioteca. ¿E-eso estaría bien? –preguntó el león, jugando con sus garras.

-Por supuesto –contestó Asriel, dándole una sonrisa amable.

-¿Sans? –dijo Papyrus-. ¿Qué me dices? ¡Podríamos conseguir helado en el camino!

-Bueno –dijo Sans, levantando las manos-, no puedo discutir con semejante argumento.

En realidad no se le ocurría qué más hacer en lo que restaba del día. Sin un espectáculo que preparar ni estar al pendiente de Nicky, acompañar al más alto esqueleto parecía una opción como cualquier otra. Desde luego que el poder pasar más tiempo con el monstruo era una ventaja a tomar en cuenta. Papyrus le dirigió una amplia sonrisa simpática que, por alguna razón, Sans no pudo resistir mirarlo de frente por mucho tiempo. Después de haber vivido toda su vida en el circo, temiendo que el menor error les provocara la muerte, no estaba acostumbrado a alguien que fuera tan abierto con sus emociones. Era incómodo, pero no necesariamente de una mala manera.

Salieron en un vehículo diferente a la carroza fúnebre. Su misión, según Papyrus, era conseguir la comida que les tocaría en las siguientes semanas. Considerando la cantidad de comida que había sobrado de su desayuno, a Sans se le hacía increíble que necesitaran todavía más pero qué sabía él. Cuando estaban en el circo sólo Francis y a veces Leonard habían tenido oportunidad de acompañar a la señorita Frida de compras mientras el resto se quedaba en sus jaulas, de modo que era la primera vez que Sans podía caminar por esas calles libremente y de vez en cuando se sorprendía a su mismo con su mano cerca del cuello, comprobando una y otra vez que de verdad podía hacerlo, que no había ningún collar maldito ahorcándolo.

Estaba seguro de que Papyrus había conseguido mirar ese gesto más de una vez, pero en ningún momento el esqueleto le preguntó al respecto ni le dio la menor importancia, como si ya tuviera una idea de lo que debía estar sintiendo. Sans en realidad esperaba que no. No le gustaba la idea de que alguien como Papyrus tuviera que llevar esa carga.

Consiguieron la comida y estaban en camino a la panadería cuando un par de humanos saltaron en frente de ellos. Los dos tenían navajas en las manos. Uno de ellos tomó la bolsa de comida que Papyrus llevaba en sus brazos sin ningún esfuerzo mientras su compañero extendía de sus manos hacia Sans, exigiéndole la bolsa que él llevaba. Cuando el monstruo más bajo no se la entregó simplemente, dio un paso al frente con su arma al frente de su cuerpo, agarrándola firmemente. Sans levantó su mano libre y dejó a su ojo iluminarse con el color de su magia. Pero antes de que consiguiera completar el gesto, Papyrus le puso la mano encima de su brazo y trató de bajárselo.

-No, Sans –dijo el alto esqueleto con una voz inusualmente suave.

Un segundo más tarde Sans se dio cuenta del contexto que los rodeaba. Estaban en mitad de una calle a una hora en la que estaba concurrida. Los humanos a su alrededor sabían lo que sucedía. Sentía el peso de varias de sus miradas. Nadie estaba reaccionando al asalto excepto para mantener su distancia. Podría sólo congelar el alma de los humano para quitarles las navajas y alejarlas hasta la otra calle, sin pretender hacerles ningún daño, pero los humanos no sabrían eso. Sólo sabrían que era un monstruo libre usando su magia sin permiso en contra de unos humanos.

Algo que no se suponía que debía ser. Algo contra lo que podrían ponerse en contra. Todo eso podría todavía no importarle (después de todo, se suponía que ya era libre) sino fuera por el pedido de Papyrus y su voz, de antemano rendida. Se preguntó cuántas veces habría pasado por una situación similar. Las suficientes para saber en realidad cuál era la mejor respuesta.

Ni siquiera se trataba de una ciudad en la que estaban de paso. Ese era su nuevo definitivo hogar hasta que tuviera mejor idea para su futuro. Crear ese tipo de precedente podría resultarles contraproducente.

Sans enterró como pudo la súbita rabia que quería subir por su pecho y extendió la bolsa de comida, dejando que el ladrón se la arrancara de la mano para que él y su compañero les dieran un brusco empujón para salir corriendo. Como no se lo esperaba, Sans sintió perder el equilibrio sobre sus pies y acabó apoyándose contra la pared de un edificio.

-¿Sans? –se acercó Papyrus con voz preocupada.

Sans trató de no fijarse en los humanos y en el hecho de que si ellos no fueran monstruos entonces seguro que los habrían detenido a los ladrones. Seguro que ni siquiera los habrían asaltado de tratarse otros humanos.

-Está bien –dijo Sans, dejando escapar su frustración en un profundo suspiro para sonreír al alto esqueleto. No era tampoco como si no hubiera podido esperar algo así. El circo ya no estaba pero el mundo seguía siendo el mismo-. Supongo que vamos a tener que ir por más, ¿no?

-Sí, pero no me gusta gastar más dinero del designado para nuestro presupuesto –dijo Papyrus, frotándose el mentón con aire pensativo. De pronto el esqueleto chasqueó-. ¡Pero ya sé dónde podemos conseguir más!

-¿Ah, eso es v…? –empezó Sans pero se vio cortado de golpe cuando Papyrus le tomó de la mano y empezó a llevárselo por la calle-. Eh, ¿Papyrus?

-No te preocupes, mi buen amigo Sans. El gran Papyrus se encargará de todo.

Sans se encogió de hombros, sonriendo perezoso. Si el otro quería tomar responsabilidad, le parecía bien. Menos trabajo para él.

-Tú dirás –dijo, dejándose conducir.

-¡Nyeh! –afirmó Papyrus cuando llegaron a la plaza, en cuyo centro se elevaba una gran fuerte que echaba agua cristalina desde la boca de un dragón.

A Sans nunca dejaba de confundirle decoraciones así, considerando el trato que los humanos le daban a lo monstruos, incluyendo los dragones, que encontraban a su paso, pero su atención pronto se vio atraída a una persona sentada en el borde, tocando melodías agradables en un saxofón. Incluso si no hubiera sido a ese individuo frente al cual Papyrus se detuviera todavía le habría dedicado una mirada debido a lo curioso de su apariencia: estaba completamente cubierto de los pies a la cabeza con una capa color vino tinto, guantes negros y un sombrero de copa que, por la posición en la que estaba, inclinado sobre su instrumento, no dejaba ver nada de su rostro. Cuando Papyrus se acercó, el ser se bajó un poco la bufanda negra que llevaba y una sonrisa pudo distinguirse entre las llamas que componían su rostro.

Era un elemental de fuego disfrazado. Sans se relajó en el acto.

-¡Grillby! –dijo Papyrus, estrechándole la mano. Ni una porción de sus llamas estaban a la vista. Eso no podía ser cómodo-. ¿Cómo te ha ido esta mañana?

Grillby habló con una voz suave y baja, como el crepitar de unos troncos consumiéndose en una chimenea.

-No puedo quejarme –respondió e hizo un leve gesto de cabeza hacia el estuche de su instrumento que descansaba a sus pies, adonde algunas monedas brillaban rodeando un par de billetes. Luego movió igualmente su atención hacia la figura al lado de Papyrus-. ¿Otro esqueleto?

-Sí –Papyrus afirmó, poniéndose a un lado para permitir que Sans diera un paso al frente-. ¡Él es un nuevo miembro de la mansión! ¡Llegó ayer! Sans, este es nuestro querido amigo Grillby.

-Un gusto –dijo Grillby, extendiéndole la mano.

-Igualmente -Se la estrechó.

Al estar más cerca se percató de que el monstruo usaba unos lentes de sol. Le sorprendió que sus huesos no estuvieran recibiendo grandes emisiones de calor al contacto, incluso a pesar de los guantes. Le sonrió antes de que Grillby volviera a bajar la vista, disimulando otra vez sus llamas.

-¿Necesitas ayuda, Papyrus? –preguntó el monstruo.

-Sí, por favor –dijo Papyrus y al mirar arriba Sans notó que parecía un poco avergonzado, sus mejillas manchadas con un tinte anaranjado-. Unas personas se llevaron nuestros comestibles de nuevo y no tenemos el dinero suficiente para reponerlas todas.

¿De nuevo?, repitió Sans mentalmente. ¿Cuántas veces había sucedido exactamente lo mismo?

Grillby asintió sin necesidad de más explicaciones y movió su estuche a un lado corriéndolo con el pie. Al parecer eso debía ser un acuerdo, porque Papyrus soltó un satisfecho “nyeh” mientras le daba a Sans un suave empujón para que se pusiera al lado del monstruo de fuego.

-Quédate aquí, Sans, y ponte cómodo–dijo el alto esqueleto y le sonrió antes de volver a Grillby-. Cuando estés listo, amigo.

Grillby volvió a acomodarse en el borde de la fuente y se llevó el instrumento a la boca, haciéndole un gesto de invitación a Papyrus, el cual se puso de pie al frente. Sans no tenía idea de lo que esos dos iban a hacer, pero igualmente se subió al borde y se reclinó hacia atrás, contemplando cómo Papyrus realizaba una pose con sus dos brazos en alto, cruzados por la muñeca y un pie descansando sobre la punta detrás de su pierna. Sólo eso atrajo la atención de algunos humanos, pero no duraban demasiado antes de que volvieran a continuar con su día a día.

Grillby empezó con una melodía lenta, entre melancólica e invitadora, y Papyrus fue acorde al ritmo, moviéndose con suavidad de un lado a otro deslizando las piernas apenas separando los pies del suelo. En cuanto dio un giro Sans pudo comprobar que sus dos huecos oculares emitían en su centro una ligera luz anaranjada. El monstruo tenía una expresión que se veía concentrada y relajada al mismo tiempo, lleno de una calma que parecía ajena a él en cualquier otro escenario. A su alrededor se formó un círculo de huesos anaranjados que parecieron nacer de la misma tierra y se elevaron hasta ser tan altos como su creador.

Sans reconoció ese color y recordaba cómo funcionaba. Uno de los monstruos del circo había utilizado esa magia brevemente en sus espectáculos, utilizándola para hacer malabares. Representaba el exacto opuesto de la magia azul, dañando a su objetivo sólo cuando el objetivo se quedaba completamente quieto, de modo que la única manera en la que se podía realizar algo interesante para el público era mantenerse en constante movimiento. Y cuando la música tocada por Grillby empezó a coger velocidad, eso fue exactamente lo que pasó. Los huesos anaranjados se movieron en el acto por en un círculo que constantemente se mantenía a la misma distancia del esqueleto sin importar por dónde se moviera, cruzándose constantemente con el esqueleto pero jamás haciendo contacto unos con otros. Mientras tanto, el esqueleto volvió más ágil su baile, coincidiendo sus pasos con el paso de los huesos para que ninguno llegara a hacerle daño.

No tenía idea de si era un estilo de baile o siquiera algo que el esqueleto hubiera ensayado con anterioridad. No lo parecía. Incluso si los movimientos, las patadas, los amplios gestos de sus brazos, de alguna manera estaban en sincronía con la música y parecían nacer en conjunción con ella también lucían una creación completamente independiente, posibles sólo por la ligereza, control y precisión absolutos del bailarían. Ni una sola parte de su cuerpo quedaba en el aire por mucho tiempo y el círculo de esqueleto sólo se estaba volviendo cada vez más borroso para la vista.

Teniendo algo así a la vista, desde luego que no pasó mucho tiempo hasta que una pequeña multitud empezó a formarse, saliendo de las tiendas o sólo paseando, se detenían para el espectáculo y a veces dejar su dinero encima del estuche cerca del músico. De haber podido despegar los ojos del cuerpo danzante de Papyrus, Sans se habría asombrado con la rapidez con la que el estuche se estaba llenando para luego irritarse con los humanos. Estos dejaban que les quitaran sus compras de las manos sin parpadear, pero iban a disfrutar lo mismo cuando fuera que les ofrecieran algo interesante a cambio. Su magia sólo era aceptable cuando era para divertir, nada más, habría pensado y esa idea le amargaría por unos segundos el espectáculo.

Pero no podía apartar los ojos. ¿Quién podría, realmente? Papyrus no tenía músculos a los que debía entrenar para que se doblaran a su voluntad, de modo que era capaz de realizar los movimientos más inusitados en un segundo sin perder el ritmo. Cuando Grillby empezó a alargar más sus notas, haciéndolas todavía más impresionantes, Papyrus alargó su círculo de huesos y lo hizo inclinarse un poco, dirigiéndolos como lanzas hacia su mismo creador. Mientras los objetivos llegaban desde distintos ángulos, Papyrus estaba cada vez en menos contacto con la tierra, usando las manos para sostener su cuerpo y dar un giro en el aire que arrancó más de una exclamación. Hubiera sido creer que el esqueleto también usaba su magia para elevarse a sí mismo o mover sus propios huesos, pero Sans lo habría notado antes que nadie y no se trataba de eso en lo absoluto.

Lo que estaba viendo, por increíble e impresionante que fuera, era la habilidad del alto esqueleto y su pasión por el baile al descubierto. Grillby a su lado se echó un poco hacia atrás (pero no lo bastante para revelar sus llamas) y el sonido de su instrumento se alargó, bajando de intensidad hasta llegar a su indeseado final. Todavía siguiendo ese ritmo en sus últimos momentos, Papyrus conjuró todavía más huesos en frente de él, les hizo girar sobre sus propio eje y en cuanto Grillby tocó su última parte, los huesos chocaron entre sí y se deshicieron en un estallido de chispas anaranjadas mientras Papyrus permanecía en su centro, mostrando su misma pose del inicio.

En cuanto los aplausos empezaron a esparcirse, Papyrus cambió a otra para poder inclinarse en agradecimiento por su apoyo. Sans también quería aplaudir, mostrar de alguna manera que él también había disfrutado con la demostración de magia, pero cualquier intento de moverse habría sido muy por la baja en lo que respectaba a expresar el latido furioso de su alma. No se le había pasado por alto el pequeño plagio artístico que Papyrus había hecho copiando la manera en que él finalizaba sus actos, pero eso sólo agregaba para su admiración por el monstruo. Deshacer la magia para crear ese efecto era algo que había conseguido hacer sólo después de una intensa práctica llevada a cabo a lo largo de días y Papyrus lo había realizado aparentemente sin esfuerzo como si fuera la cosa más natural del mundo para él.

A pesar de que la primera vez que hablaron el monstruo había mencionado sentir celos (pero de los buenos) respecto al manejo de su magia, ahí estaba enseñándole que podía igualarlo y tal vez hasta superarlo sólo con haberlo visto en un par de ocasiones. Papyrus no tenía absolutamente nada que envidiarle y aquellas palabras de entonces parecían tener cada vez menos sentido mientras más las pensaba. Él nunca podría haber hecho algo como eso y hacerlo ver sencillo. Él nunca podría lucir tan imponente, tan grande, tan… genial como el alto esqueleto podía hacer naturalmente. Era la primera vez que se encontraba con un monstruo que le causara semejante impresión y de verdad no sabía cómo se suponía que debía manejarlo. Incluso el acto de aplaudir parecía vulgar respecto a lo que un acto así se merecía.

Se vio de inmediato sacudido por sus pensamientos cuando algo peludo pasó encima de sus nudillos y Sans emitió un pequeño resoplido de sorpresa que se tornó en una mueca cuando vio a una araña subir por el brazo de Grillby. Pero pronto se dio cuenta de que no era una araña común, sino una araña monstruo y esa diferencia estaba clara en la forma circular de su cuerpo y el hecho de que llevara un pequeño lazo morado en la zona por la que debía tener la cabeza. La araña continuó subiendo hasta posarse en el hombro del músico. Grillby inclinó la cabeza un poco en su dirección y pareció mantener una conversación privada con ella, aunque Sans no pudo escuchar nada.

-Nyeh –dijo Papyrus irguiéndose de nuevo. A sus pies estaban llegando más billetes y monedas de las manos de los humanos que al parecer no habían visto el estuche. Papyrus se arrodilló para empezar a recogerlos, haciéndoles un amplio gesto con la mano de despedida-. ¡Muchas gracias a todos!

En cuanto las personas se dispersaron un poco, el alto esqueleto miró al bajo por sobre su hombro y le guiñó su hueco. Lo genial que se veía haciéndolo era más allá de lo que Sans podía soportar de momento, de modo que empezó a emitir una risa nerviosa mientras elevaba un pulgar en señal de aprobación. Era una patética muestra de apoyo, pero Papyrus pareció lo bastante contento con ella antes de continuar recogiendo el dinero. Sans se bajó de la fuente para empezar a ayudarlo. Le sorprendió ver que un par de billetes llegaban incluso a los dos dígitos.

-Vaya –dijo, impresionado.

Nunca había visto dinero de tanto valor. Papyrus tomó su carga y la dejó caer en el estuche con el resto. Sans le acompañó.

-Mmm –dijo Papyrus, frotándose el mentón-. ¿Tú crees que esto sea suficiente para reponer lo perdido, Sans?

-No lo sé –dijo el más bajo esqueleto-, pero de verdad que es mucho. Has…eh, estado de verdad impresionante, Papyrus. Ahora entiendo por qué eres grande.

Sans se rió un poco para tratar de cubrir sus nervios. Papyrus no se percató o no le dio importancia al leve brillo azul que Sans sabía estaba justo debajo de sus huecos oculares.

-Bueno, ¡desde luego! –afirmó el alto esqueleto y se arrodilló para empezar a contar, dividiendo el dinero en dos montones de igual cantidad hasta que Grillby agitó una mano en frente de él. Papyrus se detuvo y siguió los movimientos del monstruo de fuego, quien señaló el dinero y luego a él. Papyrus frunció el ceño o el equivalente de lo que podía hacer sin cejas ni piel-. ¿Estás seguro de eso? Hoy has tocado el saxofón tan bien, es lo menos que podría hacer.

Grillby agitó la cabeza y esa fue toda la respuesta que iba a darle al asunto antes de erguirse y dedicar un saludo a alguien que ellos no veían. Mientras Papyrus todavía debatía consigo mismo si debía tomar en serio el ofrecimiento del monstruo, Sans siguió la dirección de la mirada de este hacia una calle. Por ahí se acercaba lo que parecía una mujer vestida con un amplio abrigo morado, en la cabeza un sombrero con una tela negra simulando el rostro y una cesta colgando de su brazo. Ella levantó una mano en reconocimiento a Grillby y comenzó a acelerar sus pies, sus tazones resonando contra el adoquinado. En cuanto estuvo a una distancia segura de unos pasos, Sans notó el brillo de por lo menos cuatro ojos mirando desde detrás de la tela y dejó escapar la tensión que se le había subido al imaginar que se trataba de una humana. La monstruo se acercó hasta Grillby y extendió la mano hacia su hombro para dejar que la araña monstruo que todavía estaba ahí fuera subiendo por su brazo.

-Buenas días, querido –dijo la monstruo y se sentó al lado del músico en la fuente, dándole un golpe coqueto en la cadera con la suya. Grillby le devolvió el minúsculo empujón sin levantar la vista-. Papyrus, precioso, te vi desde las vitrinas. Has dado un verdadero espectáculo para los humanos. No sabía que podías hacer todas esas cosas. Ha sido una delicia incluso a la distancia.

-El crédito no es todo mío en realidad –admitió Papyrus, sus mejillas brillando en naranja-. Yo tampoco sabía que podíamos hacer ese tipo de cosas hasta que vi a Sans hacerlas antes.

-¿Quién, amor?

-¡Oh, cierto! –Papyrus señaló al esqueleto de pie a su lado-. ¡Comic Sans, pero yo puedo llamarlo Sans! ¡Y supongo que ustedes también! ¡A Grillby ya lo presenté de modo que está bien! Llegó la noche anterior a la mansión. ¡Sans, esta es Muffet, la esposa de Grillby!

-Encantada, queridito –dijo la monstruo, emitiendo una risa encantadora mientras le extendía la mano con el dorso hacia arriba, exactamente igual a como hacía la señorita Frida. Esta vez, tomándose su tiempo para asegurarse de que no la estaba poniendo incómoda ni nada por el estilo, Sans tomó la mano en la suya y dobló algo las rodillas (arrodillarse del todo no tenía sentido para él) para poder besarle la mano como una vez intentara hacer con Papyrus. Esta vez pareció ser la correcta decisión porque Muffet volvió a reírse, con evidente complacencia-. Pero qué caballeroso nos salió el esqueleto. Queridos, ustedes dos podrían aprender un par de cosas de él.

-¡Oh, vaya que sí! –afirmó Papyrus, entusiasmado-. Sans tiene un excelente manejo de su magia. Si creen que eso fue impresionante, lo que por supuesto lo fue, les habría encantado el acto de Sans.

-¿Acto? –dijo Muffet-. ¿Así que ya tienen actos preparados para el circo tan pronto?

Sans soltó la mano que todavía sostenía con la suya y se echó atrás, sus huecos oculares perdiendo toda la luz antes de que se volvieran a Papyrus. El alto esqueleto tuvo la parte superior de sus cuencas inclinadas en expresión compungida, como si se arrepintiera de haber abierto la boca.

-¿Circo? –repitió Sans con una voz engañosamente tranquila-. ¿De qué está hablando? ¿Papyrus?

Papyrus se encogió.

-¡No es lo que piensas! –dijo el monstruo apresuradamente, mirándole suplicante. La confianza que había presumido durante su baile parecía haberse esfumado de momento-. ¡Es un proyecto que los Dreemur querían llevar a cabo para recaudar todavía más dinero del que disponemos ahora! La fortuna de la familia de Chara no va a durar para siempre así que pensaron en esa solución. ¡Pero, desde luego, eso no quiere decir que van a forzar a nadie a hacerlo! ¡Toda la idea es que fueran monstruos voluntarios que quisieran poner sus particulares talentos para crear más recursos para otros monstruos! Quería hablarles a ustedes sobre eso, pero no sabía si a ustedes… bueno, les interesaría oírlo…

El esqueleto no se atrevió a seguir el hilo de esa conversación. Sans no lo necesitaba tampoco. Movió las manos para meterlas en los bolsillos de sus pantalones y apretó los puños desde ahí. Un montón de ideas cruzaban por su mente y no sabía a cuál ponerle atención: la sinceridad aparente del alto esqueleto, la ausencia de humanos excepto por los niños, la presencia de esos asquerosos collares que según Toriel eran inofensivos pero en verdad no podía comprobarlo … Pero sobre todas las cosas, su alma palpitaba con miedo ante la mera mención de otro circo, la posibilidad de estar en otra jaula, de sentirse asfixiado y a punto de morir cada día de su vida.

-Supongo que no me equivoqué –dijo Papyrus y suspiró. Sans le dirigió una dura mirada que, para variar, no conmovió al esqueleto de otra forma que agregando más pena a su rostro-. Sans, lo siento, fue insensible de mi parte no decírtelo antes. Te prometo que no volveremos a mencionarlo mientras estén todos ustedes en la mansión. Por favor, créeme, lo único que queremos es el bien de todos los monstruos. Nunca haríamos nada que fuera en contra de ese ideal.

Papyrus sonaba sincero mientras hablaba. Eso lo hacía más doloroso. Sans apartó la vista de nuevo. De pronto, Papyrus emitió un “nyeh” testarudo y le sacó una mano de su bolsillo para entrelazar un meñique con él.

-Prometo, prometo –dijo el alto esqueleto con convicción-, y que si no cumplo se me rompan los huesos.

-¿Eh? –inquirió Sans, incapaz de formular otra reacción.

-Dije que lo prometía, ¿no? Pero entiendo que a lo mejor necesitas algo mejor que sólo palabras, ¡así que un juramento tendrá que ser! Undyne se lo enseñó a los niños y dice que es la mayor prueba de amistad que puede haber. Y que si lo rompo la otra persona está en todo su derecho de cumplirlo, lo que quiere decir que podrás romper mis huesos si llego a mentirte.

El alto esqueleto le dio una alegre sonrisa, como si no le hubiera permiso básicamente para matarlo. Sans no pudo contenerse una risa insegura. Ese tipo de verdad estaba loco.

-¿No te parece un poco extremo eso? –dijo.

Sus meñiques todavía estaban unidos. Papyrus llevó su otra mano a cubrirlos a los dos y se puso a la altura del otro esqueleto, sus ojos brillando con una incuestionable decisión.

-¡En lo absoluto! Porque yo, el gran Papyrus, nunca haría nada que lastimara a un amigo y por eso estoy totalmente seguro de que no habrá necesidad de romper mis huesos, ¡nyeh!

Sans no pudo evitarlo. Soltó una risa incrédula y se llevó la mano al rostro, negando con la cabeza. ¿Cómo era posible que un esqueleto así existiera?

-¡Sans! –recriminó Papyrus, soltándole para llevarse ambas manos a la cintura-. ¿Se puede saber de qué te ríes? ¡Intento tener una conversación seria aquí!

La risa de Sans sólo fue un aumento al escuchar eso, pero tuvo compasión suficiente para levantar una mano y hacerle un gesto a Papyrus de que no le hiciera caso. El alto esqueleto se cruzó de brazos y esperó hasta que el más bajo finalmente pudo calmarse y lo miró con su sonrisa perpetua. Sans no sabía qué decirle, pero sabía que no podía forzarse a desconfiar de ese monstruo. Intentarlo siquiera prometía ser demasiado doloroso para pensarlo, de modo que abandonó esa idea en el acto.

-Está bien, Paps –dijo Sans, volviendo a su pose relajada-. Si tú dices que está bien, te creo.

Papyrus soltó un chillido de emoción, apretando las manos contra su pecho.

-¿Paps? ¿Ese es un nuevo apodo para mí?

-Eh, claro, si quieres… -Sans se vio de pronto enmudecido cuando Papyrus lo rodeó entre sus brazos y lo elevó consigo para darle un abrazo. Oh, diablos, pensó el esqueleto más bajo… ¿era colonia lo que Papyrus tenía encima? Trató de mantener la calma a pesar de su alma palpitante porque, en verdad, ¿qué más podía hacer? Le dio un par de palmadas al hombro del otro-. Heh… no es para tanto en realidad.

-¡Es la primera vez que alguien me llama así! Me gustaría poder devolverte el favor, pero Sans de por sí es un nombre muy corto –El esqueleto le dejó en el suelo y puso una expresión solemne-. Gracias por tu confianza, Sans. Te aseguro que no será en vano.

Sans se rió nerviosamente, asintiendo con la cabeza. No encontraba en ninguna parte de sí nada que quisiera contradecir al otro monstruo y, peor que eso, de verdad quería creerle. Decidió dejar esos pensamientos de lado y seguir al monstruo mientras pudiera. No sabía qué pensar acerca de esa idea del circo y, si nadie esperaba que participara, a lo mejor ni siquiera tendría que formar ninguna idea al respecto. Tampoco estaba seguro de lo que iba a hacer con el resto de su vida, pero estaba seguro de que ser un entretenimiento a la orden y capricho de los humanos no era un plan que le atrajera y no iba a permitir que esa fuera todo lo que Nicky conociera.

Después de recoger el dinero del estuche (Grillby finalmente convenció a Papyrus de tomar la mayor cantidad de las ganancias) y aceptar unos pastelillos que Muffet había traído en su cesta, ellos se volvieron a reabastecer las compras que le robaron. Esta vez, mientras volvían caminando a la mansión, no tuvieron más incidentes. En el camino hacia la entrada pasaron por el jardín delantero y vieron a Nicky sosteniendo con su boca una regadera e inclinándose para dejar caer el agua en la base de los arbustos. Cerca de él, Asgore podaba con las tijeras las ramas altas y les saludó con la mano cuando los vio pasar.

-¿Todo bien, Nick? –preguntó Sans y el niño asintió entusiasta, derramando agua del recipiente.

Asgore dejó las tijeras de podar colgando de su cinturón para acercarse al niño y ayudarle a secarse los pies con un trapo antes de que hiciera barro con el suelo. Sans ya sabía que iba a ser una tarea inútil esperar que el niño saliera completamente limpio de ayudar con el jardín, pero le alegró ver que al menos se estaban haciendo cargo de él. Adentro de la mansión dejaron las compras en la cocina. Toriel llegó con ellos unos momentos más tarde.

-Se tardaron un buen rato –comentó la monstruo-. Ya casi es la hora de almorzar. ¿Sucedió algo en la ciudad?

Sans se tomó más tiempo del necesario acomodando los comestibles en la nevera como para evitar la conversación. Papyrus, luego de echarle una mirada, se volvió hacia la monstruo.

-Nos quitaron las primeras provisiones que habíamos comprado así que tuvimos que conseguir más dinero para conseguir más –explicó el esqueleto con un evidente nerviosismo en la voz, mismo que se apresuró a cambiar por uno forzado de optimismo-. ¡Pero nadie salió herido ni hubo problemas mayores! ¡No hace falta preocuparse, Toriel!

-Ya veremos sobre eso –dijo Toriel y se escucharon sus pasos rápidos sobre el piso.

Sans espió por el borde de la puerta para ver a la monstruo cabra chequeando las estadísticas de Papyrus, a pesar de las protestas de este. Toriel no lo dejó en paz hasta que estuvo segura de que sus números estaban en su máxima capacidad, pero todavía tenía el ceño fruncido y su cabeza se volvió hacia Sans, el cual creyó que en ese solo instante el alma se le había caído a los pies. Su mente empezó a correr en un segundo en busca de una excusa o qué tanto le perjudicaría sólo transportarse lejos de la cocina, pero antes de que pudiera tomar una decisión al respecto Papyrus intervino poniendo una mano de esqueleto sobre el brazo de la monstruo.

-Toriel, estamos bien. Sólo fue un pequeño atraso, nada de lo que preocuparse. Estoy seguro de que ellos lo necesitaban más que nosotros.

Toriel resopló, volviéndose al alto esqueleto con una sonrisa. Sans imaginó que debía ser un hecho recurrente enfrentarse a la buena voluntad de Papyrus. Podía ver cómo una característica así podía volverse irritante, pero comprobarla incluso refiriéndose a esos ladrones le daba una extraña sensación de envidia y calma. Al menos alguien podía pensar de ese modo, lo que suponía era mejor que nadie lo hiciera.

-Tienes razón, querido –afirmó Toriel-. Lo importante además es que los dos estén sanos y salvos. ¿Quieres ayudarme a empezar a preparar el almuerzo, querido?

-¿En serio? ¡Desde luego! –exclamó el esqueleto-. ¡El gran Papyrus será el maestro chef de hoy para el deleite de todos!

-¿Cocinero también, eh? –intervino Sans, finalmente cerrando la heladera y se acercó al par-. Vaya. ¿Existe algo en lo que no seas bueno, Papyrus?

-¡Nyehe! ¡Por supuesto que no! –dijo Papyrus, sacando pecho.

Dios, pensó Sans, sin poder contenerse la risa. ¿Por qué tenía que ser tan adorable el sujeto? No era justo para su pobre alma. Era el exacto opuesto de justo y sin embargo Sans se encontró asintiendo con la cabeza.

-Sí, eso imaginé.

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