El monstruo del circo. 8

Capítulo 8:  Circus for a Psycho

Cause you´re killing me slow, I ain´t ready to die

A la mañana siguiente, Sans apenas estaba empezando a despertarse por el sonido de pisadas y risas infantiles en el pasillo cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe y, unos segundos más tarde, antes de que pudiera siquiera abrir las cuencas, Nicky gritó en su cara:

-¡Sans, Sans! ¡Despierta, despierta!

El susodicho se irguió en el acto en la cama, el alma palpitándole. Todavía necesitó un momento para entender que las luces estaban apagadas, las cortinas corridas y Nicky estaba saltando al lado de su cama. Vio que la cama de Papyrus estaba tendida y lista sin la menor arruga.

-¿Qué hora es? –preguntó.

-¡Ya es la hora del desayuno! –dijo Nicky y tomó sus sábanas con los dientes, tirando de ellas-. ¡Levántate, holgazán! ¡No vas a querer perderte el fantástico día que hace afuera!

-¿Holgazán, eh? –dijo Sans y se estiró para agarrar al monstruo bajo su brazo, frotándole la coronilla-. ¿Esa es manera de hablar a tus mayores?

-¡Es tu culpa por ser un dormilón! –replicó Nicky entre risas antes de morderle el brazo. Bueno, más bien de aplicarle la boca sobre su antebrazo y dejárselo empapado en babas. El resultado fue inmediato: Sans le soltó con un gesto de asco en tanto el más joven tenía el descaro de sacarle la lengua, sonriente-. ¡Levántate!

-De acuerdo, jefe, ya te escuché –dijo Sans, agitando su brazo mientras se salía de la cama-. ¿Por qué tan impaciente?

-¡Yo hice el desayuno! –anunció el niño-. El señor Papyrus apenas me ayudó esta vez.

-Oh –dijo Sans y pensó qué suerte tenía de carecer de un verdadero estómago-. Genial. Seguro que será toda una experiencia.

El niño apenas esperó a que Sans se colocara una camiseta holgada sobre sus pantalones antes de moverse a la puerta, impaciente y nervioso. Como era el fin de semana los niños no debían ir al colegio, Papyrus no debía prepararlos y por lo tanto el alto esqueleto solía ser más indulgente respecto a si lo dejaba dormir más tiempo o no. En el comedor, en el que ya todos estaban ubicados, se escuchaba la cháchara usual domestica entre ellos. Al pasar no pudo sino notar la manera en que Mettaton se inclinaba hacia Francis y entrelazaba una de sus manos con él. No tenía claro qué era lo que pasaba entre esos dos, sobretodo porque el frasco colorido seguía al lado del plato de Francis como cada mañana desde que llegaran a la mansión, pero parecía que al menos estaban cómodos el uno con el otro.

Como de costumbre, él era el último en llegar y eso significaba que el único sitio que quedaba disponible… era justo el que estaba al lado de adonde se sentaría Papyrus, quien todavía debía estar en la cocina con Toriel. Por un momento Sans contempló mover a Nicky para que sirviera de  barrera entre él y el otro esqueleto, pero era una idea absurda y la descartó en el acto. Se suponía que eran adultos, ¿no? O al menos tenía la edad que lo calificaba como tal, por lo que él sabía. ¿Y qué si había sido rechazado por el único monstruo por el cual alguna vez se había interesado en un sentido que no fuera platónico? ¿Y qué si el mero recuerdo le hacía desear enterrarse en su cama y no volver a salir en lo que le restaba de existencia? ¿Y qué si se sentía un completo idiota? Había dejado ir tantas cosas e incluso evitar las cosas costaba trabajo

Lo único que debía hacer era reducir sus interacciones con el otro esqueleto hasta que esos sentimientos murieran dentro de él, nada más complicado que eso. Debía ser fácil. No era como si hubiera pasado cada día de su vida en la mansión detrás de Papyrus como un cachorro esperando por su premio. Claro que no, eso habría sido más allá de patético, heh heh… Heh.

En cuanto se acomodó en su silla, la puerta de la cocina se abrió de golpe y Papyrus entró con los brazos literalmente cargados de platos. Toriel venia justo detrás de él con un bol lleno de pan y frutas frescas. Parecía que en cualquier momento algo estaba destinado a resbalársele y caerse al suelo, pero en lugar de eso el alto esqueleto le sirvió su montón a cada residente dejando a Sans (y por extensión sí mismo) como los últimos.

Por ese día Nicky había querido experimentar intentando un omelette y la única evidencia de que eso era lo que se suponía que debía ser residía en los pedazos blancos que, tras una más cercana inspección, comprobó que se trataba de los cascarones de los huevos empleados. Si tuviera que imaginar lo que había pasado, diría que el pequeño monstro asumió que quedaría mejor su platillo si hacia derretir el queso primero y luego aplicaba los huevos, pero los cálculos habían sido menos que idóneos y los huevos eran prácticamente puro líquido mientras que el queso era una masa de marrón y negro con sólo unos minúsculos puntos que podrían haber sido amarillo o blanco.

-¡Muy buen provecho! –dijo Papyrus a la mesa entera antes de dar el primer bocado.

Incluso después de que el esqueleto tragara con un obvio suspiro de satisfacción, todavía tomó unos momentos para que el resto de los residentes se animaran a comer. Sans cortó un pedazo bien grande, a sabiendas de que a su lado Nicky estaba siguiendo cada uno de sus movimientos, y comió sin demora. Estaba duro… el centro apenas contenía algo de queso en verdad derretido… sentía el calor a través de los dientes… y dentro de todo, no estaba tan mal. El orégano era un interesante detalle, aunque probablemente no debían formar montones duros en el interior. Sans levantó un pulgar en el aire, asintiendo con aprobación.

-Excelente, Nick.

Otros cumplidos se extendieron a lo largo de la mesa. Sin embargo, nuevamente, sólo él y Papyrus repitieron ante el entusiasta anuncio de Nicky de que todavía quedaba más en la cocina. Debían haberse mantenido calientes con magia porque Sans no se explicaba de qué otra manera podía ser que todavía humearan cuando trajeron sus platos. Él dijo que no podía esperar a ver qué tenía preparado para ellos mañana y Papyrus afirmó que, fuera lo que fuera, seguro iba a ser estupendo si lo seguía preparando con el mismo entusiasmo y pasión de ahora.

Por un segundo sus codos se rozaron. Sans apartó su brazo en el acto y agradeció que pareciera que Papyrus no se había dado cuenta. Ni bien limpió su plato, Nicky se salió de su silla de un salto y salió corriendo con los otros niños. Gracias a la asignación de tareas en la mansión, ese día le tocaba a Sans lavar los platos, de modo que empezó a recoger aquellos dejados por la mesa. Le alegró comprobar que una mayoría habían comido grandes porciones antes de finalmente admitir la derrota.

Mientras lo hacía no pudo evitar enterarse de que Papyrus le estaba murmurando algo a Asgore acerca de ir a buscar las carpas que habían ordenado en la ciudad, y eso sólo podía ser atribuido a la insistencia de Papyrus por mirar sobre su hombro en su dirección para asegurarse de que no lo estuviera escuchando (por lo tanto arriesgándose a que le rompieran los huesos) y al hecho de que por sí el esqueleto tenía problemas hablando en un tono bajo. Lo que para él era un intencionado murmullo, para el resto de las personas sería un habla normal. Luego de recibir un asentimiento por parte del monstruo cabra, Papyrus se irguió de su asiento y Sans estaba seguro de que le echó una mirada de unos segundos antes de salir del salón del comedor. Si el peso que había sentido sobre su nuca antes no fuera evidencia suficiente, Asgore se lo acabó de confirmar sin saberlo.

-¿Ha pasado algo entre ustedes? –preguntó el monstruo.

-Nah –dijo Sans, encogiéndose de hombros-. No es nada para preocuparse. Sólo fue una tonta broma mía que lo puso algo incómodo. Me disculpé anoche, pero a lo mejor eso no fue suficiente. Oh, bueno. Ya lo arreglaremos.

Era una historia más segura con la que ir. Confiaba en el monstruo cabra y sabía que nunca se burlaría de él, pero en verdad prefería que la mortificación que sentía se quedara sólo para sí mismo. Así sería más sencillo sofocarlo todo y, quizá algún día, olvidarlo.

-¿Seguro? –preguntó todavía Asgore-. Yo podría hablar con Papyrus si lo necesitas. A lo mejor en frente de una taza de té podrían arreglarse. Sé que a él le encanta el de naranja.

-No hará falta, pero gracias. Creo que los dos sólo necesitamos algo de tiempo y ya se resolverá.

O al menos eso esperaba. Papyrus no había hecho nada malo y no lo culpaba en lo absoluto por cómo había reaccionado a su acción impulsiva. Qué diablos, era mucho mejor que muchas otras respuestas que podría haber recibido. Podía soportar algo de incomodidad si eso era todo lo que se requería para que las cosas volvieran a la normalidad. Era lo único que quería ahora en lugar de esos sentimientos molestos que le dejaban agotado mentalmente.

-Bueno –dijo Asgore, no del todo seguro-. No creo que Papyrus sea el tipo de monstruo capaz de mantener resentimientos, de modo que estoy seguro de que pronto lo resolverán.

-Ojala –Sans volvió a encogerse de hombros, sintiéndose de pronto más cansado de lo usual.

Asgore se levantó para ir a atender el jardín y Sans llevó todo a la cocina, adonde Toriel ya estaba concentrada en tratar de limpiar las sartenes adonde parecía que los restos de omelette se habían fusionado con la superficie.

-Tori, yo puedo hacerlo -ofreció, aunque en verdad no tenía ningún deseo de batallar contra la suciedad como la monstruo estaba haciendo.

-No, no -dijo ella sin dejar de restregar-. Prefiero hacer esto yo misma, Sans. Puedes dejar el resto de los platos ahí y me encargare de ellos.

Sans casi le tomó la palabra en esa oferta,  pero viendo la cantidad de sartenes en igual necesidad de limpieza le pareció que la monstruo ya tenia suficiente. Además, era su turno de empezar a contribuir en la casa y no tenía absolutamente nada más que hacer. De modo que tomó otra esponja y se puso a limpiar lo que le tocaba en el lavavajilla de al lado.

Sin embargo, pronto fue demasiado evidente que había subestimado las habilidades de Toriel para encargarse de lo suyo, porque no habían pasado ni diez minutos cuando la mayoría de las sartenes recién limpiadas eran puestas a secar y Sans sólo iba por su tercer plato. Probablemente no ayudaba nada tampoco a su eficiencia que estuviera mucho más concentrado en salir con nuevos chistes con los cuales hacerla reír. Era de verdad toda una nueva experiencia tener a un público tan complaciente, especialmente uno que se ponía al tanto con su sentido del humor al instante y era capaz de hacerle competencia. Era sin duda mucho más estimulante que la tarea entre manos. Pero en cuanto Toriel acabó con su trabajo, ella debía encargarse de otros asuntos y le dejó a su propio aburrimiento en la cocina.

Se entretuvo el primer par de minutos pensando que podría contarle otros nuevos esa misma tarde. Luego pensó que era una lástima que ahora sólo serían ellos dos contándolos porque Nicky al parecer había encontrado su nueva pasión en la cocina y no expresaba deseo de convertirse en comediante de nuevo… Lo que le hizo pensar en el circo y cómo se aburrían allá sin chistes, lo que le hizo pensar en la carpa… lo que le hizo pensar en Papyrus respetando, dentro de sus posibilidades, su juramento de meñique acerca de no mencionarle una palabra acerca del proyecto que los Dreemurr querían llevar a cabo…

De repente la voz de Nicky llamándolo lo arrancó del sueño en que no se había enterado estaba cayendo. Por sólo un instante, por el volumen alto, pensó que se trataba de Papyrus deseándole buenos días y recordándole que debía salir de la cama, que no debía ser un vago cuando era un día casi tan genial como él el que los esperaba afuera… hasta que un tirón de su brazo acabó de espabilarlo del todo y casi dejó caer el vaso que todavía sostenía en su mano.

-¿Todavía no acabaste? –preguntó el niño, soltándole la manga de su ropa.

-No, no, ya casi estoy –dijo Sans, suprimiendo apenas un bostezo. Por fortuna eso era cierto y sólo le faltaban un par de tazas, una con un diseño de cabras saltando por un claro y otra de un pescado azul. Por primera vez se dio cuenta de que había limpiado un montón de tazas decorativas junto a los platos -. ¿Qué sucede, Nick? ¿Necesitas algo?

-Cuando termines ven al patio trasero –indicó el niño-. Chara, Frisk y yo queremos darte algo.

-Hum, ¿me debería estar preparando de alguna forma especial? –inquirió, un poco picado por la curiosidad.

-No. Sólo trae tu huesudo trasero, ¡y nada de holgazanear, nyehe!

Y con eso como despedida, Nicky salió corriendo de la cocina. Sans estaba sinceramente impresionado. ¿Sólo un par de semanas habían bastado para tener tanta influencia sobre él? No le importaba mucho, desde luego, porque Papyrus sin duda era un mejor ejemplo a seguir que él mismo, pero aun así no pudo sino sentir una leve punzada de melancolía. Le parecía que era sólo ayer cuando Nicky intentaba imitar su canto, con resultados menos que melodiosos. Suponía que era de esperarse cuando se trataba de competir frente a alguien tan genial.

Mejor no seguía pensando en eso. Mojándose un poco la cara para acabar de disolver lo último de sueño que le quedaba, acabó con su trabajo y salió al exterior. Era en realidad un día bastante agradable. Pájaros cantaban en los árboles cercanos. Las flores de Asgore se veían coloridas y llenas de vida despidiendo suaves fragancias y los niños de la mansión… estaban cuchicheando entre sí formando un apretado círculo en torno a algo que Sans no podía distinguir. La cabeza de Chara, por ser el mayor, destacaba encima de los otros, seguido por Frisk llegándole al hombro y Nicky, tan alto como el hombro de este último. Entre los tres formaban una pequeña escalera. Todavía no tenía idea de cómo convertir ese conocimiento en un chiste, pero, en los raros momentos en los que olvidaba que se trataba de un par de humanos, casi le parecían adorables. Como si de verdad fueran hermanos.

Uno podía soñar locuras, ¿no?

-Hola –dijo, haciendo saltar a los tres niños al mismo tiempo. Ellos se dieron la vuelta y no tardó en notar que Chara ocultaba diligentemente algo en su espalda, pero al ver de quién se trataba, ellos se relajaron-. ¿Qué pasa?

Los niños se miraron entre sí. Después de que Chara cabeceara, Frisk y Nicky se adelantaron hasta Sans y lo llevaron de cada brazo, el monstruo amarillo tirando de su manga con los dientes, hasta ponerlo en el centro del círculo en el que se habían reunido, de espaldas a Chara, y le hicieron extender los brazos. Unos segundos pasaron en los que Sans no tenía idea de qué era lo que querían hasta que una bufanda le cayó por encima y Chara empezó a usarla para envolverle el cuello. Sans llevó una mano a inspeccionar el material y se sorprendió de ver que parecía hecho de lanas de distinto tipo, pero Nicky volvió a tirarle de la manga para que regresara a la posición original. La larga bufanda le cubrió parte del mentón, la cabeza, la nuca y Chara continuó pasando la prenda por su pecho en tanto Frisk le embutía en una mano un guante unidos igualmente a extensiones para el resto de sus brazos.

-No creo que esto sea exactamente de mi talla, chicos –comentó, siguiendo con curiosidad sus movimientos.

-Quizá no, pero servirá –dijo Chara, tapándole la zona del estómago y asegurando un extremo con un gancho que se sacó de un bolsillo.

-Haremos uno mejor más adelante –dijo Nicky-, pero por ahora queremos ver cómo funciona.

-De acuerdo… ¿y qué se supone que debe hacer esto? No hace tanto frío para que necesite el abrigo.

-Es una armadura –dijo Chara con una sonrisa-, para evitar accidentes la próxima vez que juguemos a la pelota.

-Oh –respondió Sans, entendiendo en el acto-. Chicos, de verdad que no hace falta. Nicky puede decirles. No soy tan cabeza hueca como parezco.

-Sans, si no fuera por Papyrus esa pelota te habría dado –discutió Nicky poniéndose en frente de él en tanto Chara continuaba cubriéndole el otro brazo-. ¿Tienes idea de lo mucho que me asusté?

El pequeño monstruo lo miraba con los ojos brillantes mientras los clavaba en sus cuencas. Ah, demonios, pensó Sans. ¿Cómo se suponía que debía negarle si le ponía esa cara? Nunca había podido hacerlo. Apenas la veía sabía que el otro había ganado cualquier cuestión que hablaran. Sans suspiró, dejando caer los hombros, pero debiendo levantar los brazos de inmediato ante la insistencia de Chara, quien todavía no había terminado de envolverlo.

-Está bien –aceptó-. De todos modos esto es algo que sólo usaría para jugar con ustedes, ¿no?

Frisk le lanzó una mirada a Nicky, el cual el monstruo evadió saliendo del campo de visión de Sans. El esqueleto se dijo que podían arreglar los detalles más tarde y les dejó hacer, decidiendo retomar la siesta que se había visto interrumpida antes.

-¿Qué le pasa? –escuchó la voz de Chara a su lado.

-No se preocupen, sólo duerme –respondió Nicky-. No se va a mover hasta que terminemos.

Sans agradeció que el niño lo conociera tan bien antes de que finalmente se dejara llevar a la inconsciencia. No tuvo idea de cuánto tiempo estuvo descansando cuando Nicky le llamó de vuelta. Todavía estaba cansado, de modo que la primera respuesta de Sans fue rezongar sin hacer esfuerzo de nada más. Estaba en un estado tal que todo lo que sentía era calidez y suavidad como si estuviera especialmente bien arropado en su cama. Era agradable y no quería dejarlo, no tan pronto. No quería ni siquiera pensar. Pensar era tan agotador.

-¡SANS! –vociferó Nicky en su cara y no tuvo otra alternativa que abrir los ojos, sorprendido, apenas enfocando un manchón amarillo.

Su primer instinto fue el de usar los brazos y las piernas para intentar quitarse las sábanas de encima, pero apenas consiguió moverse antes de que percibiera que su equilibrio peligrara y en unos segundos se encontró con su cara dando contra el suelo. O más bien, con su rostro a unos centímetros del césped porque el montón de lana que lo cubría permitía unos centímetros de diferencia.

-¡Oh, dios! ¡Sans, ¿estás bien?!

-Sí –respondió, parpadeando hasta que finalmente pudo recordar qué había estado haciendo antes. Definitivamente no podía mover ningún miembro excepto los tobillos-. Disculpa, Nick, creo que perdí la espinilla.

Ni siquiera un bufido de risa contenida. Público difícil.

-¿Puedes levantarte? –preguntó Chara.

Sans pudo verlo por el costado de su hueco agachándose a su lado.

-Nope. Pero por el lado positivo, ahora me siento mucho más seguro. Supongo que esto es misión cumplida.

-Esta no era la idea. Vamos a tener que trabajar en eso –determinó Chara. Unos segundos después el niño continuó-. No, no creo que cartón sea bueno. Eso sería muy incómodo.

-La lana es cómoda –aportó Sans porque, en realidad, no tenía razón para no hacerlo-. Pero tal vez no es tan flexible cuando juntas muchas capas.

-¿Quizá otro tipo de lana? –dijo Chara, como pensando en otro tipo de lana. Se quedó unos segundos en silencio y replicó a quien Sans imaginó debía ser Frisk-. ¿Ese de mamá? Puede ser.

-Fantástico –dijo Sans-. Pero, oigan, ¿creen que podríamos intentar esto en otro momento?

-Vamos a tener que hacerlo. No puedo tejer tan rápido –remarcó Chara-. La mayoría de lo que tienes encima eran restos de otras cosas.

Eso explicaba porque tenían distintas texturas y colores.

-¿Quieres que te ayudemos, Sans, o…? –ofreció Nicky a su otro lado.

-Nah, estoy bien aquí –respondió Sans al instante. ¿Cuál era el apuro? Se hallaba bastante grato en esa nueva situación. Incluso el césped contra su rostro le daba una agradable frescura. Y curiosamente era bastante parecido a lo que había querido hacer esa mañana al levantarse. Por no mencionar que había algo bastante apropiado respecto a ser uno con la tierra. No era como si tuviera nada más que hacer-. Cuando quiera salir de aquí ya me las arreglaré, no se preocupen.

-¿Estás seguro? –siguió inquiriendo Nicky.

-Totalmente.

-¿No quieres que te demos vuelta? –preguntó Chara.

-No hace falta –contestó Sans-. No quisiera quemarme con el sol.

-¿Los esqueletos pueden quemarse con el sol? –inquirió Chara.

-No –dijo Nicky. El esqueleto escuchó su voz un poco más cerca-. ¿En serio estás bien si te dejamos así, Sans?

Sans no consideró ni por un segundo decirle la verdad. ¿Para qué? No iba a servir de nada.

-Sí, no hay problema. Ustedes sigan trabajando, chicos. Mi seguridad está en sus manos

-Bueno… -Nicky todavía estaba indeciso.

-Como gustes –dijo Chara-. Vamos, tenemos que buscar una lana elástica o algo así.

Sans oyó el césped quebrándose bajo dos pares de pies, pero Nicky continuaba en su mismo sitio, mirándolo con lo que Sans presentía era una expresión inquieta.

-No te preocupes, Nick. Estaré con ustedes para la hora de la cena, ¿de acuerdo? Prepara algo extra delicioso para mí.

-Bien –resopló el pequeño monstruo. Sans estaba seguro de que estaba formándole un puchero frustrado-. Buscaremos algo mejor para ti y esta vez podrás moverte.

-No lo dudo, amigo –afirmó Sans con un sincero cariño.

Todavía tuvieron que pasar unos segundos antes de que Nicky volviera a erguirse y se fuera detrás de los otros niños. Sans se preguntó si Papyrus le habría dejado en esa posición sin importar lo que él dijera. Probablemente no porque esa era sólo otra manera de holgazanear. A lo mejor hasta era una suerte que el alto esqueleto tuviera otros asuntos de los que encargarse en los que no podia incluirlo. Si, una suerte. Esa era una manera de verlo.

Las horas pasaban agradablemente sin que tuviera que pensar al respecto de nada. El clima descendio unos grados pero el apenas lo noto, envuelto como estaba. Mas o menos calculo que debian haber pasado por lo menos un par de horas cuando sintio el peso de unos pasos acercandose. Eran vibraciones notables incluso a traves de la lana de modo que Sans imagino que solo podían tratarse de dos monstruos y, seguramente, pronto pudo vsualizar un par de pies de monstruo cabra. La ausencia de cualquier esmalte en las garras le aclaro de quien se trataba antes de que Asgore decdiera tomar asiento. Llevaba en sus manos una pequeña bandeja de plato que dejo en frente de sus garras. Sans pudo ver que llevaba la tetera, un recipiente lleno de galletas dlces y otro de porcelana con terrones de azucar.

-¿Sans? -preguntó el imponente monstruo con amabilidad.

-¿Qué tal? -dijo Sans de buen humor-. ¿Todo bien, Asgore? Te ves un poco más bajo que de costumbre.

-Estoy perfectamente, gracias -respondió el otro en el mismo tono agradable-. Espero que mi césped no te esté molestando.

-En lo absoluto. Supongo que tendría que felicitarte por mantenerlo en tan buen estado.

-Bueno, muchas gracias. Me alegro de saber que en momentos puntuales sirva como una cama opcional -Asgore tomó una taza desde la que ya humeaba su té y sopló por encima del mismo antes de beber el primer sorbo-. Es la hora del té. Todo el mundo está teniendo un agradable momento en la sala. El pequeño Nicky andaba preocupado por ti, pero dijo que si querías salir siempre podías hacerlo por ti mismo. ¿Es eso cierto, Sans?

Sans le aseguró que no habría el menor inconveniente. Lo habían visto tomar varios de sus atajos antes y salir de su prototipo de armadura no iba a ser nada distinto. El esqueleto se preparó para que el monstruo cabra le preguntara cuánto tiempo más pensaba quedarse en esa misma posición entonces, qué le sucedía, en qué pensaba, si Papyrus y la incomodidad entre ellos tenía algo que ver con su renuencia a abandonar el suelo.

Si lo hacía no tenía claro cómo iba a responderle, pero la opción más atractiva incluía tomar un atajo directo hacia su cuarto después de afirmar que había cambiado de opinión y su cama debía ser un mejor centro de descanso que la madre naturaleza. Pero nada de eso fue necesario porque la siguiente pregunta de Asgore no estaba relacionada a nada de lo que podría haberse imaginado en el momento.

-¿Te gustaría una taza de té?

-Me encantaría, pero no creo que esté en posición para… -Antes de que terminara la frase, Sans vio cerca de su rostro, al alcance de su boca, un sorbete de plástico colorido. Sobresalía desde una nueva taza de té-. Está bien… -dijo un poco descolocado y atrajo su objetivo con un poco de magia, tomando un sorbo tentativo. Sabor zarzamora-. Un poco de azúcar caería bien.

-¿Un terrón o dos? -inquirió el monstruo tomando unas pequeñas pinzas metálicas.

Se veían casi ridículas en unas manos tan grandes como esas, pero Asgore las manejaba con la tranquila elegancia del que estaba más que acostumbrado a manejar instrumentos así.

-¿Tres? –intentó Sans. Era la cantidad que solía ponerle él cuando se haya en la posibilidad de hacerlo. Le gustaban bien dulces.

-De acuerdo –asintió Asgore sin comentar más al respecto y dejó caer los terrones en la taza, mezclando su contenido luego con una pequeña cuchara-. ¿Mejor?

Sans tomó otro sorbo. Estaba mucho mejor ahora y por eso se lo agradeció al monstruo. También acabó pidiéndole a este que le acercara las galletas y Sans se las arregló para comer una buena cantidad moviéndolas con magia hacia su boca. Asgore le ofreció traer un pedazo del nuevo pastel que Toriel había cocinado, pero Sans lo negó. Ya había hecho pasar suficientes molestias al monstruo mayor.

-¿Me podrían guardar un pedazo para después de la cena? –pidió pasado un tiempo, tímidamente.

El pastel de Toriel era delicioso, después de todo.

-Con la cantidad que hizo, me sorprendería que no quedaran una buena cantidad para entonces –le tranquilizó el monstruo, acabando con su propia taza de té-. ¿Quieres algo más, Sans? Me encantaría poder ayudarte en lo que sea que pudiera.

A Sans no se le pasó por alto la implicación en las palabras de Asgore y, a pesar de que ya se estaba cansado de repetir la misma cosa, podía apreciar la oferta como el gesto que era.

-Nah, estoy bien. Gracias. Los veré a todos más tarde.

-Muy bien –dijo Asgore y recogió todo lo que se había traído antes de ponerse de pie-. ¿Le digo a Nicky que no tiene ningún motivo para preocuparse?

-No lo tiene en verdad, así que eso sería fantástico –afirmó el esqueleto con ligereza.

-Nos veremos, Sans. Espero que cumplas con lo que sea que quieres hacer –dijo el monstruo y Sans volvió a percibir sus pasos pesados alejándose de él, dejándolo a su propio capullo lanudo de nuevo en soledad.

Pensó qué conveniente era no tener piel o probablemente ya estaría en riesgo de que alguna hormiga entrometida le picara. La temperatura bajó todavía un poco más, lo notaba en sus tobillos. ¿Sería ya la hora de comer? En algún momento de preguntarse, volvió a dormirse y no enteró de cuando alguien más se le acercó hasta que una mano empezó a moverlo desde su espalda, una voz no precisamente suave llamándolo.

-¿Eh? –soltó-. ¿Nick…? ¿Ya está la cena?

-No todavía –le respondió la voz de Papyrus.

Cualquier rastro de cansancio se disolvió en el acto. Al mirar a su costado Sans vio los zapatos y el dobladillo de los pantalones de Papyrus, quien se agachaba para hablarle.

-Sans, has estado aquí todo el día –Sans se esperó un comentario acerca de los vago que había sido, una lista de sugerencia sobre las otras mucho más productivas actividades que podría haber estado haciendo en lugar de permanecer recostado así, pero el esqueleto sólo suspiró-. Ya sé lo que le dijiste a los niños y a Asgore, pero de verdad no parece que estés bien.

-Sólo estaba algo cansado –dijo Sans, tratando de tener un tono que no le daba importancia al latido de su alma, el cual se había vuelto una costumbre infaltable en presencia del alto esqueleto y había conseguido evitar con éxito hasta ese momento-. Pero creo que esto ya es suficiente incluso para mí. Saldré de aquí ahora y así podrán relajarse, ¿de acuerdo?

-Está bien pero… -El otro monstruo se sentó en el suelo, juntando las piernas contra su pecho-. ¿Podríamos hablar?

Sans supuso que había tenido mucha suerte de evitar esa conversación tanto como ya lo había hecho. Vivían juntos y dormían en la misma habitación. Era sólo cuestión de tiempo. Sólo que hubiera preferido alargar ese momento un poco más.

-Claro, Paps –dijo, rindiéndose.

Pero a pesar de que le había dado permiso para hablar, Papyrus no habló por unos segundos. Sans estaba sintiendo el palpitar de su alma acelerarse dentro de sus costillas y el deseo de rascarse sus manos sudorosas dentro de los guantes. Tampoco se decidía a pronunciar un chiste para romper el silencio cuando se trataba del turno del otro de romperlo.

-Nyehe, vaya, esto es incómodo –comentó Papyrus y vaya que tenía toda la razón-. Hum. Asgore mencionó que tú le hablaste acerca de lo que pasó anoche…

-¿Ah, sí? –dijo Sans y un segundo demasiado tarde recordó exactamente qué le había dicho al monstruo cabra.

Cómo no, el alto esqueleto confirmó sus temores al poco rato:

-Mencionó que tú le dijiste que había sido una broma. ¿Eso fue de lo que se trató, Sans? Porque si es así yo… en serio que no entiendo la gracia. ¿Podrías explicármelo? A lo mejor es un chiste demasiado complicado para que yo lo entienda.

Papyrus ni siquiera sonaba molesto por la posibilidad de que así fuera. Sólo había confusión y dolor en su voz haciendo sentir a Sans el mayor idiota sobre la tierra.

-Por supuesto que no fue una broma, Papyrus –replicó, gruñendo con irritación dirigida sólo hacia sí mismo-. Sólo dije eso porque… no sabía cómo más llamarle. Fue sólo una tontería. No debería haberlo hecho en primer lugar. Lo lamento.

-Si era una tontería tan grande, ¿por qué lo hiciste? –preguntó Papyrus con la misma inocencia, como si sólo fuera un problema de lógica a resolver.

Sans casi hubiera preferido que se irritara con él, que le regañara… lo único que estaba haciendo esa conversación era hacerlo sentir cada vez más vulnerable, incluso si estaba cubierto por lo que se suponía debía ser una literal armadura. Jamás había estado en una situación parecida y no tenía idea de qué hacían las personas en momentos así, cómo se suponía que debía arreglar lo descompuesto. Imaginaba que al menos podía contar con la buena suerte de que se tratara de Papyrus, el monstruo más seguro con el cual mostrarse vulnerable y el único al que sentía que podía confiar incluso entonces.

-No lo sé –dijo, honestamente-. Parecía una buena idea en el momento, heh. Sólo… se me ocurrió hacerlo. Pero no volverá a pasar si no quieres, desde luego. Incluso puedo cambiarme de habitación si eso te hace sentir algo más cómodo.

-¿Mudarte? ¿Es… eso lo que tú quieres hacer, Sans?

Si ese fuera el caso el alma no se le sentiría estirada, apretada y como asfixiada.

-No, pero…

-¿Entonces? –dijo Papyrus y por primera vez Sans pudo escucharle un tono irritado-. Sans, si tú quieres deshacerte de mí, aunque no entiendo por qué,  podrías sólo decírmelo. Lo único que haces es actuar como si yo te estuviera rechazando. En ningún momento he dicho nada parecido –Sans estuvo a punto de hablar, pero el otro todavía no había terminado-. ¡Lo mismo hiciste anoche! ¡No me diste ninguna oportunidad de sobreponerme de la sorpresa cuando ya te habías ido!

Sans no supo cómo responder a eso y esta vez el otro esqueleto le dio tiempo más que suficiente para contestar. Después de un largo rato en silencio, finalmente Papyrus suspiró y se puso en pie.

-Bien, si eso quieres no te detendré. Hubiera preferido que fueras solo honesto conmigo pero si es así como quieres terminar nuestra amistad solo me quedará aceptarlo.

-¡Espera, no! -exclamó Sans y se transportó afuera de su armadura hacia donde imaginaba estaba Papyrus, pero no tomó en cuenta la posición original en que estaba y acabó aterrizando de cara contra el suelo, esta vez sin que hubiera nada que suavizara el impacto… y un poco a la derecha de donde Papyrus se estiró rápidamente para atraparlo, perdiendo el equilibrio sobre sus piernas en el proceso.

El resultado final fue que los dos acabaron en el suelo, Sans encima de Papyrus, quien exclamó alarmado:

-¡Por Dios, Sans, ten más cuidado!

El alto esqueleto cambió a una posición arrodillada, ayudando a Sans (quien sentía sus piernas un poco entumecidas) a hacer lo mismo tomándole de los hombros.

-¿Estás bien?  ¿No te golpeaste?

-Sí, pero no fue la gran…

-Espera un momento – djo Papyrus y le examinó las estadísticas sin darle tiempo de agregar nada más. El esqueleto pareció que no iba a poder estar tranquilo hasta asegurar que su único punto de vida continuaba intacto. Entonces liberó por fin un gran suspiro de alivio. Sans nunca antes se había dado cuán parecido a Toriel el monstruo podía ser a veces. Incluso el bufido que emitió a continuación era bastante parecido al que la monstruo cabra lanzaba después de que alguno de sus hijos cometiera una estupidez ilesos-. Eso fue muy peligroso, Sans.

En otro momento a Sans le habría encantado encogerse de hombros y contestar con un juego de palabras, pero en cierta manera le relajó que al menos ese aspecto de su mutuo trato permaneciera igual y, de todos modos, no era por eso que lo había hecho en primer lugar.

-Papyrus, lo siento -dijo apresuradamente, desviando la vista-. Actué como un idiota, ¿de acuerdo? No supe cómo manejarlo y me puse nervioso. Se podría decir que tenía la cabeza hecha un revuelto de nudos y no podía salir de ahí, heh.

No podía detenerse con los chistes. No sabía cómo. Pero por primera vez desde que se conocieran, Papyrus no estaba frustrado. El alto esqueleto le puso la mano en la mejilla y la movió gentilmente de manera que no le quedara otra opción que estar de frente a frente. Sans arriesgó una mirada a las cuencas ajenas y ahí estaba, la misma mirada amable de la que estaba seguro ya no podía prescindir.

-Sans, está bien -dijo el esqueleto. Un leve brillo naranja comenzó a colorear su rostro por debajo de las cuencas. Sans observó ese fenómeno con las cuencas abriéndose. Había llegado a creer que él era el único que hacía eso-. Si realmente eso es lo que sientes…

-Sí, sí -afirmó Sans-. Papyrus, ya deberías saber que nunca haría una broma así a costilla tuya.

De inmediato el otro monstruo lo soltó. El “sonrojo” continuaba ahí, pero ahora Sans se alegró de ver el principio de una sonrisa ser eliminado por una expresión de reproche.

-¡Sans!

-Lo digo en serio. Eso es algo más allá de mis huesos. Podrías decir que eso nunca me llegaría a la coronilla. No tengo el corazón para ser tan cruel. Ni ningún otro organo en todo caso.

Esta vez la sonrisa tensa tuvo tiempo de formarse por dos segundos enteros antes de ser suprimida.

-¡Eres imposible! -comentó el monstruo.

-Sí, pero a ti te gusta -respondió Sans, guiñándoe una cuenca.

Ese tipo de interacciones eran mucho mejores entre ellos. Era algo mucho más fácil de manejar. Papyrus se quedó pensativo un momento y el brillo anaranjado volvió.

-Creo que sí -dijo, como reconociéndolo a regañadientes.

-Heh -Se rió Sans suavemente.

Todavía estaban hablando acerca de los juegos de palabras, ¿no?

-Supongo… que podemos intentarlo -agregó Papyrus y el brillo naranja alcanzó su máximo, de modo que incluso el alto esqueleto debia ser consciente del mismo.

-Heh… ¿intentar qué? -preguntó Sans, confundido e incrédulo a partes iguales.

No podía ser lo que él estaba pensando, ¿verdad? Definitivamente que no. Él no podía tener tanta suerte de estar escuchando lo que creía estar escuchando. No había ninguna manera de que Papyrus se refiriera a…

-Lo de salir juntos, ¿qué más? ¡Nyehe! –De pronto la cara de Papyrus se iluminó-. ¡Wowie! ¡Nunca había considerado hacer eso con otro monstruo! Frisk quiso pedirme a salir hace mucho tiempo, pero creo que lo hace con cualquiera que le guste un poco. ¡De modo que esta será toda una nueva experiencia! ¿Adónde crees que podríamos salir?

-Heh –dijo Sans, sintiendo que el peso de toda una montaña acababa de caerse de sus hombros-. Heh, heh.

Era una sensación increíble. Hasta se sentía mareado. El mundo estaba girando fuera de control. Se dejó caer de lado y giró para quedar recostado en el suelo cuando la risa incrédula se convirtió en una carcajada en toda regla. Papyrus, claramente preocupado se agachó a su lado y se puso a la altura de su rostro.

-¿¡Nyeh!? –inquirió, inquieto, y Sans, esta vez no tuvo idea por qué, sólo pudo reírse con más ahínco-. ¡Sans, no entiendo cuál es la gracia!

-¡Paps, Paps! –dijo Sans entre risas, levantando sus manos para sostener el rostro del otro esqueleto-. ¿Ya te dije que eres el mejor, no?

-Bueno, desde luego que eso es obvio, pero no sé qué tiene que ver con nada –replicó Papyrus, inclinando las cuencas.

-Nada, sólo que es cierto –Sans finalmente consiguió calmarse y se irguió, sentándose sobre la hierba. Su sonrisa sólo se mostraba un poco más ancha que en su estado natural, pero adentro de su alma su parecía latir con una nueva vida, finalmente libre. Se rascó la nuca bajando la mirada, todavía algo nervioso-. Heh, no lo sé, Paps… Creo que cualquier cosa que quieras hacer será perfecta.

-¡Nyeh! –El alto esqueleto infló el pecho, llevándose la mano adonde tenía su alma con una dramática solemnidad-. ¡Entonces así será! ¡Prepárate, Sans, porque vas a tener la mejor cita del mundo, cortesía del gran Papyrus! –En  un momento el monstruo se lanzó hacia adelante y Sans se vio de pronto presionado contra el otro en un abrazo feroz, del tipo que no dejaba ninguna otra opción que aceptarlo y dejarse ahogar por él. Sans no tenía ningún problema en hacer eso si se trataba de Papyrus, de modo que sus brazos se levantaron a rodearlo casi al instante. Percibió contra su rostro la suave vibración del alma bajo esos huesos y cómo parecía ir un poco más rápido de lo normal. Era… extrañamente familiar. Agradable-. Wowie… para ser sincero me asusté por un momento, cuando Asgore me dijo que lo que había pasado era una broma…

Ninguno de los dos podía ver al otro a los ojos en esa posición y tal vez fuera para mejor. Sans le palmeó la espalda, tomando nota de lo desagradable que debió haber sido escuchar eso.

-Lo lamento, Paps. Creía… bueno, ya no importa. El caso es que fue no debí decir eso. Nunca jugaría así contigo.

-Te creo, mi buen… -Papyrus dudó en el uso de sus palabras. Desde que lo conociera, eso había sucedido en ocasiones tan poco frecuentes que Sans tuvo que mirar para arriba y vio al otro frunciendo el ceño-. ¿Debería decir mi buen novio? ¿Prospecto de pareja? ¿O eso es muy pronto todavía?

Sans sintió una explosión de magia caliente extenderse por su rostro y lo enterró contra el pecho del esqueleto, esperando que este no se hubiera dado cuenta.

-Lo que quieras, Paps –consiguió decir, luchando contra su propio impulso de reír de los puros nervios de nuevo-. Yo… estoy bien de cualquier manera.

-Me gusta novio –declaró Papyrus y volvió a apretarlo. Una leve transferencia de magia y el sonido de sus huesos chocando brevemente le hizo saber que Papyrus acababa de dejarle un beso en la coronilla. “Oh, dios”, pensó Sans. ¿Cómo se le había llegado a ocurrir que conseguiría matar esas emociones? ¿En qué había estado pensando al imaginar que podría vivir sin ellos?-. Y me gustas tú, Sans. Discúlpame tú por hacerte pensar lo contrario. Estaba sorprendido. Nadie antes había querido hacer eso conmigo.

-Encuentro eso difícil de creer –dijo Sans, subiendo por su pecho hasta su cuello y abrazándolo desde ahí, provocando que el otro esqueleto se inclinara-. Pero si está bien contigo, creo que prefiero que sencillamente nos olvidemos de todo eso y empecemos de nuevo, ¿te parece?

Papyrus se quedó en silencio. Un súbito acceso de ansiedad tuvo a Sans pensando que de alguna manera había dicho algo inapropiado de nuevo, pero pronto entendía que no era sólo eso de lo que se trataba.

-¿Significa que no puedo contar ese como mi primer beso? –preguntó el alto esqueleto y la ligera nota de decepción detrás de sus palabras llenó a Sans con el impulso de llenarle el cráneo de nuevos besos.

Pero se suponía que era todo nuevo para él. Para los dos. Tenía que aprender a ir con algo más de calma, dejar a las cosas ir a su propio ritmo. La ironía de que tuviera que decirse a sí mismo, a sabiendas que en otras circunstancias era lo mejor que podía hacer, era de lo más graciosa.

-Bueno –dijo, sin levantar la cabeza-, no quisiera sonar esternón respecto a estas cosas, peroné no tendría que decir que puedes tener todo el contacto maxilar que quieras y contarlo como el húmero uno si eso quieres.

La cara de Papyrus se tensó entre soltar una sonrisa y mostrarle la irritación que debía. Sans esperó sonriente hasta que finalmente escuchó una risa ahogada tras la mano del alto esqueleto. Victoria.

-Estás muy orgulloso de esa, ¿nyeh? –inquirió Papyrus, atrapando la expresión que Sans ni se molestó en disimular. Este cabeceó-. Bien, te tomaré la palabra.

Antes de que Sans acabara de procesar lo que implicaba esa declaración, el alto esqueleto le tomó el rostro y lo llevó al suyo, haciendo contacto entre sus dientes. Sólo fue eso, un mero contacto que nunca parecería la gran cosa para criaturas con más carne, pero el subidón de magia que Sans sintió ascender directo de su alma hasta los dientes le llenó con una placentera sensación de desolación deseable, como si de pronto ellos dos fueran los únicos seres del universo y no lo quisiera de ningún otro modo en ese instante. Al separarse vio la misma mirada soñadora que él debía tener en Papyrus y, dentro de su propia felicidad, sintió la satisfacción de poder causarle ese efecto. Quería hacerlo sentir tan bien como podía durante tanto tiempo como pudiera.

-Listo –dijo Papyrus, adorablemente pintado de naranja el rostro-. Ese será nuestro oficial húmero uno, nyehehe.

Sans se podría haber derretido contra él. En cambio subió a besarle la mejilla y le abrazó de nuevo, riendo como no lo había hecho desde ayer. Con verdadera alegría y, tras unos segundos, ni siquiera estaba solo en ella.

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