A su servicio, mi señor. 1

Fandom: Undertale.

Pareja: Sans/Papyrus, sanspapy.

Resumen: Para Papyrus todo había dejado de importar hacía un largo tiempo. Todo, excepto su hermano.

Advertencia: Algo de gore, muerte.

Nota: Este fic está basado en el universo de Swapfell, el cual consiste en que todas las personalidades están invertidas (Papyrus es Sans y viceversa) pero además todos son malvados. No tengo idea de por qué, pero estoy enamorado con esta versión de los personajes y simplemente ya me debía escribir algo. Será una cosa cortita (esta vez sí) de creo sólo dos capítulos.

Todo era más fácil con Sans. Olvidar que un paso en falso podía causarles la muerte. Olvidarse de su miserable punto de vida que le hacía un blanco viviente para que cualquier monstruo subiera de nivel. Olvidarse de los reinicios. Olvidarse de que era un absoluto fracaso por su propia cuenta. Mientras siguiera las órdenes de su señor y bajara la cabeza debajo de su bota, al menos era útil ahí. Era necesitado. Era querido.

No siempre había sido así. Recordaba un tiempo en que su hermano dependía de él y el estrés lo hacía tener arranques de malhumor en su contra. Cuando estar juntos era un trabajo constante entre su propia resistencia, culpa y deseo por darle a su hermano lo mejor que pudiera a pesar de todo. Para al final resultar así, con él entregándole lo poco que le quedaba sin ninguna reserva.

Cuando finalmente decidió olvidarse de su propia voluntad para entregársela a su hermano, Papyrus encontró por fin una nueva clase de libertad que ningún reinicio podría quitarle. Ya ni siquiera intentaba encontrar al maldito niño al final del pasillo porque ¿qué era un perro sin su dueño? Un solo punto de vida entonces se convertía en una especie de bendición. Daba igual que el ataque viniera de un enemigo o de sí mismo, igual se iba.

Era por eso que cuando todo regresaba, incluso su hermano estaba sorprendido de que no tenía que entrenarlo, del nivel de devoción ciega al que estaba dispuesto a entregarle. Y su hermano era terrible manejando el poder cuando lo tenía en la palma de su mano. Su ambición era demasiada para contentarse con sólo el dominio de un monstruo, especialmente si este tenía sus niveles de magia. Terrible y fantástico, seguro y letal, de pie con su pequeña figura y encomendándole con meros gestos lo que debía hacer. Era así como acabaron haciéndose con el castillo y el dominio del mundo subterráneo. Prácticamente nada podía ir en contra de sus Gaster Blaster y especialmente cuando el propio Papyrus estaba lleno con la voluntad de su señor, con el deseo de herir alimentando su magia.

Las flores rojo sangre en la sala del trono se marchitaron y murieron. La corona fue encogida para encajar en un cráneo, la rasgada capa real fue reemplaza por una más ligera de opulento púrpura. Papyrus veía el brillo de la locura centellar en los ojos celestes de su hermano, por primera vez en varias líneas de tiempo, y un estremecimiento de fascinado horror le sacudía de arriba abajo cada vez. Por los más breves segundos se preguntaba en qué clase de locura los había arrastrado a todos, por qué había permitido que su hermano llegara a tales extremos. Pero luego veía la sonrisa de puro éxtasis sádico, escuchaba su inusual risa suave llena de satisfacción, sentía el tirón en su collar, era forzado a caer sobre sus rodillas de nuevo y era como volver a esos primeros días de entrenamiento, cuando había empezado a usar su título sólo como una broma porque estaba cansado de sus regaños. Nada importaba, ni antes ni ahora. Nada excepto Sans.

Era más fácil así.

Cuando el humano volvió a caer por el hueco, no había un largirucho esqueleto para recibirlo con una broma detrás de los dientes. Nadie intentaría tocarlo en su paso por el submundo. Sólo si este atacaba primero estaba permitido matarlo o al menos defenderse, pero en realidad deberían dejarlo que llegara eventualmente al castillo a su ritmo. Papyrus recibiría informes de lo que había hecho, pero era sólo por un sentido de vaga curiosidad por ver cuánto variaba su estrategia al ver que esta vez ellos habían cambiado las reglas. Lo que hiciera el humano al final daba igual. Dependiendo del ánimo del rey, el perro mataría todas las veces que hiciera falta o los dejaría sólo medio muertos para que el rey aplicara el golpe final.

En cuanto lo vio avanzando por el pasillo, Papyrus se rascó con sus garras sus nuevos largos colmillos dorados. Había sido un infierno de puro dolor sostener la lija metálica para afilar sus huesos hasta que estos tuvieran una forma que el rey aprobara y el arrancarse los dientes para tener toda una nueva dentadura no se quedaba atrás, pero había valido la pena sólo por ver la mirada de sorpresa y aprensión en ese demonio en forma de niño. Papyrus esperó su señal: un chasquido de dedos huesudos, antes de lanzarse hacia adelante. El sonido de la carne desgarrándose era algo que nunca había escuchado antes, en ninguna línea de tiempo. Era en cierto modo relajante, como rascarse por fin una molestia de encima.

Pero, claro, eventualmente el humano se adelantó a sus movimientos y consiguió darle el único golpe que necesitaba. Se lo esperaba, desde luego. Había pasado las suficientes veces para que recordara con claridad que siempre le daba en el mismo sitio, un corte limpio en su cuello. La única variación fue la voz de su hermano llamándolo desde la distancia. Había tanto dolor, sorpresa e ira contenido en esa sola palabra que Papyrus sólo pudo volverse y sonreír mientras su cuerpo comenzaba a desintegrarse.

-No te preocupes, mi rey –dijo, viéndolo acercarse a la carrera.

Sans aterrizó de rodillas en frente de él, justo a tiempo de atraparle la cabeza.

-Nos veremos en casa –aseguró Papyrus antes de que toda su consciencia se desvaneciera entre los dedos de su hermano.

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