A su servicio, mi señor. 2

Capítulo 2

La siguiente vez Papyrus le dijo a Sans acerca de los reinicios a Sans. Eso era que nunca había pasado antes y no tenía ninguna intención de cambiarlo hasta que Sans hizo una pregunta inocente referente a un deja vü que había llegado a confundirlo. Ya no tenía ningún motivo para ocultar nada de su señor, de modo que Papyrus le dijo que era sólo otro reinicio y de ahí hasta que Sans tomara toda la información disponible que tenía en su cabeza no tuvo que pasar mucho tiempo.

El humano era de especial interés. La séptima alma que les hacía falta para romper la barrera. La barrera que los mantenía atrapados, miserables y limitados. Con esa alma podrían ser libres al fin para hacer pagar a los humanos por el castigo que les habían impuesto. Obtenerla se volvía una prioridad, pero estaba claro que Sans no iba a conseguirlo sólo con la ayuda de su perro.  Necesitarían un plan más elaborado si querían presentar una mejor pelea. ¿Y quién mejor para el trabajo sino la científico real, que tenía un ojo en todas partes y era la única que quedaba viva sobre la investigación de las almas que se había llevado a cabo?

Por lo general nadie se acercaba al laboratorio de Undyne, por miedo a acabar siendo otro de sus sádicos experimentos, pero aparecer en la puerta con sendos Gaster Blaster a sus espaldas la puso en la perfecta disposición de ánimo para escucharlos. La monstruo acuática les habló acerca de sus fracasos anteriores para replicar la naturaleza de un alma humana y acabó mencionando Determinación como un factor clave en su investigación. Sans quiso saber cuáles eran los efectos de semejante sustancia, de modo que la científica sonriente los llevó hacia las jaulas adonde mantenía a los Amalgametes.

Undyne mencionó que eran prácticamente inmortales, pero demasiado inestables para enseñarles nada y por lo tanto inútiles para defender nada que no sea a sí mismo. Sans se les quedó viendo un largo rato antes de separarse de ellos, diciendo que tenían trabajo que hacer.

Cuando el humano llegó, las trampas desperdigadas en su camino lo forzaron a reiniciar un buen montón de veces. De alguna manera, sin importar qué tan complicada y letal fuera el instrumento con el cual se encontrara, el humano siempre acababa encontrando ese pequeño hueco, moverse al segundo exacto y pasar al siguiente. No se desanimada a pesar de los obstáculos. Si es que nada, llegaba a reírse de la diversión que estaba teniendo. Al final el humano apenas si tuvo oportunidad de tocar a cualquier monstruos porque estos acababan muertos al ser alcanzados de improviso por un proyectil o descubrir que el suelo bajo sus pies desaparecía.

Su polvo se reflejaba en la luz mágica que entraba por los ventanales del último pasillo. Parecía un día opaco. Desde afuera sólo llegaban los continuos gritos de sorpresa y dolor. El humano apareció sosteniendo un cuchillo. Papyrus acarició su collar con las iniciales de su hermano grabadas en el centro. Era una pequeña ayuda para situarse en el momento presente, para recordarse que era real y no otra memoria reproduciéndose en su cabeza.

La batalla fue despiadada por ambas partes, pero el punto límite sobre su cuerpo ya se acercaba. Papyrus pronunció un chiste cualquiera, uno tonto (“Me estás haciendo trabajar hasta los huesos, niño”), que apenas le hizo emitir una suave risa antes de que tuviera que gritar de dolor. Sans, oyendo la señal, se había acercado por atrás y clavado la Determinación directamente en su columna. Se sintió como si le hubiera prendido fuego a todo su cuerpo y era la sensación más fantástica que recordaba haber experimentado en toda su vida. ¿Era así como se sentían los humanos todo el tiempo? No era ninguna sorpresa entonces que no resistieran la tentación de matarlos.

Pero algo que no se esperaba fue que Sans se uniera a su modo batalla a partir de ese momento. No era eso lo que habían acordado. Se suponía que su hermano iba a escapar con Undyne hacia su refugio para que estuviera a salvo hasta el próximo reinicio. No había ninguna razón por la que su señor debería ponerse en peligro de esa manera. Sin embargo se mantuvo callado; un perro no podía ir cuestionando las decisiones de su Amo.

Era extraño que nunca antes se les hubiera ocurrido hacer equipo. Estaban ambos tan familiarizados con cómo funcionaba y se movía el otro que sus ataques, sin importar qué tan numerosos, no hacían más que complementarse el uno al otro hasta dar con el mayor resultado posible. Papyrus habría asumido que con su cuerpo lleno de Determinación Sans iba a tener dificultades para mantener su mismo ritmo, pero nada por el estilo estaba sucediendo. Desde luego, debería haberse esperado algo así. Su hermano era el mejor, después de todo.

El humano, por su parte, continuaba como si fuera incapaz de cansarse. Ya no les quedaba mucho tiempo. Enviaron un último ataque devastador entre los Gaster Blasters y huesos mágicos antes de que Papyrus sintiera que sus piernas se estaban volviendo una literal gelatina a partir de sus caderas. Su cuerpo entero estaba perdiendo forma, desintegrándose. Era su turno y no podía usarlo. Toda su concentración estaba en simplemente mantenerse con vida. Sans se puso de rodillas y le abrazó. Papyrus le palmeó la cabeza, solo para darse cuenta de que su palma se fundía con las vértebras en su cuello.

Cuando Papyrus quiso volver a ver el rostro de Sans, notó cómo sus facciones parecían derretirse, llevando hacia abajo la amplia sonrisa que ningún infierno había conseguido quitar. Los brazos de Sans ahora formaban parte de sus hombros. ¿Cómo no se había dado cuenta antes de que existía más de un dial de Determinación y que Sans no iba a dejar que se desperdiciara?

-No le va a gustar esto –dijo Papyrus, chocando sus dientes contra la frente de su hermano. La superficie suave pareció hundirse e inflarse debajo del contacto-. Mi señor, debería haber huido.

Era una protesta ridícula, fuera de lugar, indigna de su posición. Lo sabía y sin embargo, ¿qué más daba?

-Está bien –dijo Sans y su sonrisa continuó tan amplia como desde el principio… alargándose más allá de las proporciones normales de su mandíbula-. No iba a dejar que mi perro se fuera sin mí. ¿Qué harías sin el Terrible Sans para guiarte?

Con eso dicho, Sans se abrazó con más fuerza a él. Sus almas se estaban volviendo líquido, derritiéndose, sus consciencias diluyéndose entre sí, permitiéndoles conocer al otro de una manera que nunca antes les había sido posible. De todavía poder formar un pensamiento coherente Papyrus habría asumido que a su manera era un final feliz. Al menos ahora estarían juntos y por lo que Undyne les había dicho… sería para siempre.

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