Los juegos de Gaster. 2

Knife play + exhibitionism

 

Segunda parte

 

No era algo que debiera decir, pero a veces Gaster se preguntaba de dónde había salido Papyrus. No era debido a una cuestión de desconocer de dónde venían sus huesos, la esencia de su magia, incluso alguno de sus rasgos faciales. Todos esos detalles los conocía, los había diseñado de ese modo y los conocía a la perfección. Eran las cosas que no se podían medir o ver con la misma facilidad lo que le desconcertaba.

 

Desde el inicio Papyrus había demostrado ser… No diría tonto, pero sí tener un patrón de pensamiento distinto al suyo y de Sans, más abstracto, menos concentrado en los detalles. Servía perfectamente para grandes proyectos como para el mantenimiento de los trampas mortales en Snowdin y entender principios generales si se le explicaban. Pero cualquier esperanza de que realizara cálculos complejos o de alguna vez le sirviera como asistente en el laboratorio se le habían desvanecido a la vista de los primeros resultados. Papyrus podía haber sido hecho para la investigación, sólo que no como sujeto investigador.

 

Era precisamente su objeto de estudio preferido gracias a ello. Con Sans siempre podía tener más o menos una idea de lo que pasaba por su cabeza gracias a que sus habilidades cognitivas eran tan similares, y esto podía ser parte ser parte de la diversión cuando su propio orgullo se inflamaba frente a los adelantos que su creación realizaba en sus propios proyectos, pero con Papyrus había más incertidumbre, más posibilidades, nuevo material que no podía sacar de ningún otro lado.

 

Eso era al menos hasta que Sans rompiera su burbuja con una sola frase que sin duda no significaba nada para él. Mientras él creía estar llevando de la mano a su creación por una cueva oscura, dándole pistas falsas y riéndose en silencio cuando lo veía perder el camino, su creación había sabido exactamente lo que se hacía y actuó como un bufón para su entretenimiento a sabiendas de que Gaster jamás le pondría en un peligro mortal porque entonces se le acabaría la diversión. Para Sans sólo era entretenido qué otra nueva locura sacaba su padre del sombrero.

 

Era irritante darse cuenta tan tarde. Era frustrante de que en su fuero interno su sentido del orgullo se negaba a apagarse frente al buen juicio de su hijo. Era difícil molestarse cuando sabía que él habría actuado probablemente igual, con la única diferencia de que habría intentado escapar hacía tiempo. Afortunadamente Sans no había heredado sus mismos estándares de dignidad y no tenía problema con su situación actual. O su ambición, para el caso. Siempre había sido un monstruo de gustos sencillos. Que le dieran comida, techo, quizá algo de compañía y estaría más que satisfecho de la vida.

 

La situación pintaba otro color cuando se trataba de Papyrus. Su más alta creación creía, y no sin razón, que él debía ser tratado con repeto. Quería ser el guerrero más eficiente de la Guardia, el brazo de hierro que mantenía el orden. El más imponente, el indispensable, al que nadie debía dejar de mirar y escuchar. Su voz en mayúsculas permanentes, la postura siempre recta. El gran Papyrus, el más joven de los “hijos” de Gaster, con su ética de trabajo incorruptible… ¿le había estado mintiendo todo ese tiempo? ¿Siguiéndole la corriente sólo para darle el gusto?

 

No había necesidad de mentir al respecto: esa idea en particular le afectaba. No solo porque significaba que sus años de observación resultaban ser ahora completamente inútiles, aunque sin duda que eso era una parte, sino porque de entre todos ellos siempre había asumido que Papyrus era el más honesto. Probablemente el monstruo más honesto de todo el mundo subterráneo. En lugar de actuar con crueldad despiada solo para entretenerse un rato, su creación llegaba a ese punto sólo después de que no le quedara otra opción.

 

Esa cualidad, que otros menos imaginativos podrían ver como una desventaja, le había servido para escalar posiciones, para mantenerse en ellas y tener cero indulgencias con los monstruos que no la poseyeran en su presencia. Por lo que al Científico Real respectaba, la honestidad podía ser tan mortal y temible como el mejor ataque si se le ponía a buen uso. Sobretodo si vivían en medio de monstruos que dirían lo que fuera con tal de salvarse los cuellos.

 

Por eso el que ahora resultara ser todo un acto entraba en directa contradicción con todo lo que creía saber de una de sus creaciones. El aceptar que se había equivocado tanto como para haber confundido la base de todo lo que Papyrus hacía, decía y razonaba era sencillamente imposible. Sans era una cosa, ese esqueleto podía ser un demonio si lo quería de todas formas, pero no su Papyrus. Se estrellaba contra una pared sólida tratando de encontrar sentido a esa locura.

 

Claro que Sans podría haber estado hablando acerca de sí mismo, ¿pero y si también hablaba de su hermano? ¿Y si le había dicho a éste que no debía preocuparse, que todo era simplemente un pasatiempo del viejo y más convenía actuar acorde para acabar todo más pronto? ¿Quién no le decía que habían tenido una conversación así desde el primer juego y desde entonces poseía a una imitación del verdadero Papyrus?

 

No podía aceptarlo. Él les había dado la vida. Una casa, educación, trabajo, recursos, el tener todas sus necesidades básicas cubiertas, incluso… Todo de sí que era capaz de dar. Mucho más de lo que jamás fue capaz de darle a cualquier otro monstruo en el pasado, al menos. Sus juegos eran para divertirse, de acuerdo, pero el hecho de que nunca los había puesto en un peligro inmediato debería gritar por todo lo alto que eran mucho más que sus “hijos”, como todos insistían en llamarles. Para tener un hijo no se necesitaba más que otro monstruo y estos se podían tener hasta por accidente, dando testimonio de lo vulgar que era todo el proceso, hecho sin el menor esfuerzo, producto de reacciones biológicas o magia de almas que no siempre estaba bajo control.

 

Comparar todo el trabajo e investigación que había precedido a la existencia del par de esqueletos con eso le parecía un insulto, pero sabía que era una perdida de tiempo tratar de hacerles entender algo así a los monstruos que incurrían en ese error. ¿Qué iban a comprender si ellos nunca iban a poder estar en su misma posición, si nunca en sus miserables vidas iban a comprender lo que era saberse el único responsable de que hubiera no una sino dos vidas nuevas en el mundo subterráneo, teniendo la pericia incluso de saltarse las facetas más molestas como la infantil?

 

No, no tendrían la menor idea. Lo que también significaba que nadie tendría una idea del sabor agrio a traición y frustración que sentía ahora.

 

Una situación así no podía dejarla ser. Debía hacer todo lo que estuviera en sus manos para rectificar la imagen de su creación en su mente. Si resultaba que todo ese tiempo Papyrus había sido lo bastante astuto por engañarlo y él lo bastante crédulo para permitirlo… Bueno, una parte de sí estaría aliviada, eso seguro. Pero el resto, ni siquiera quería pensarlo.

 

Su mente comenzó a bullir con ideas sobre qué hacer y no tardó demasiado en encontrar una respuesta satisfactoria. En realidad se trataba de algo que planeaba hacer de todas maneras, pero con algunas modificaciones menores serviría para un nuevo propósito y sería capaz finalmente de ver quién era Papyrus.

 

 

 

Como todas las noches, después de volver del trabajo, mientras Sans subía a sacarse la para parafernalia de asistente de laboratorio, murmurando que quería que lo llamaran cuando la cena estuviera servida, Gaster encontró a su creación más alta en frente de una olla hirviente en la cocina.

 

Había empezado como un mero reto que la capitana Undyne le impusiera después de que Papyrus fuera ibcapaz de disimular su desarado por la comida hecha por ella, pero desde entonces parecía que el esqueleto había tomado un sincero agrado por las artes culinarias y así lo veían constantemente buscando nuevas recetas en la Undernet o libros sobre cocina en la biblioteca. No estaba mal lo que conseguía, la verdad. Ciertamente era mejor que la comida de Chillby’s que Sans solía traer casi cada noche o los fideos instáneos que Gaster traía.

 

Después de tanto tiempo solo conociendo esos sabores, era bueno finalmente tener más opciones. Al acercarse silenciosamente por detrás, Gaster notó que Papyrus estaba echando sal a lo que parecía espagueti hirviendo. Olía bien.

 

Papyrus dio un respingo al sentirle el peso de su mentón en el hombro. Gaster dejó que su mano rodeara la cintura del otro. Sabía que al otro le encantaba el contacto físico y la verdad era que a él no le costaba nada dárselo en la privacidad de su hogar, de modo que se había vuelto una costumbre tener gestos así con él. Nadie que conociera su fama como el Gran Guardián de Hotland podría imaginar esa particular manía sua, que solía incluir envolver a su hermano en muestras de afecto bastante seguido, y era mejor que la ignorancia de público al respecto permaneciera intacta.

 

Dentro de su pequeño grupo, podían permitirse ese pequeño lujo pero nunca con nadie del exterior. La imagen del guerrero estoico y sin misericordia era mucho más conveniente para todos ellos. Desde luego, el hecho de que la idea de otro monstruo tocando a sus creaciones más de lo necesario fuera menos que preferencial no tenía la menor importancia. Era sólo otra medida necesaria para su supervivencia.

 

-Buenas -saludó Gaster, poniéndose cómodo en su posición. A pesar de ser esqueletos solía encontrar los cuerpos de sus creaciones de lo más cómodos. Algo que ver con el calor que la magia recorriéndolos como la sangre a otras especie emitía, seguro-. ¿Qué tendremos hoy?

 

-Espagueti linguini, querido padre -anunció Papyrus con un claro orgullo. Sans jamás lo llamaba así a menos que fuera como burla o en un intento de manipularlo para obtener algo. Pero cuando Papyrus lo hacía no le incomodaba, incluso si no le gustaba considerarlos sus hijos. Esa palabra en posesión del alto esqueleto tenía un cierto deje reverente del que le sería difícil desprenderse-. Yo mismo lo preparé todo, incluyendo los fideos, así que ya sabrás que esto sólo puede ser una obra maestra.

 

-Sin duda -dijo Gaster, apretándole un poco su pecho contra la espalda del otro. No estaba seguro de que tanto le haría falta el presionar esas particulares teclas del otro, pero nunca estaba de más ser precavido. Gaster se acercó al sitio por donde el otro no tenía oreja y continuó-. El Terrible Papyrus nunca podría hacer nada más que fantástico.

 

Papyrus se aclaró la garganta un poco mientras revolvía la pasta. Pero Gaster ya había sentido el pequeño temblor que sacudió sus hombros, ahora algo más rígidos, y sonrió para sí.

 

-Bueno, eso por supuesto que es una obviedad decirlo -contestó Papyrus, tratado de mantener la postura orgullosa-. ¿Sans está arriba?

 

-Sí, dijo que lo llamemos cuando esté la mesa.

 

-Oh, bien -Gaster le acabó de rodear la cintura con su brazo. Papyrus tenía una hermosa espina acorde a estándares de esqueletos, y claramente lo sabía, teniendo su ropa de casa compuesta en su mayoría por prendas que se la dejaban expuesta. Esa camiseta negra con calaveras llameantes que llevaba ahora había sido cortada con ese expreso propósito. Gaster no podía decir que se quejara al respecto. Si es que nada sólo era otra evidencia de que su creación no le temía a nada y así dejar semejante zona sin protección era otra forma de establecer su superioridad. Sintiéndosela por encima con una mano, Gaster claramente notó el estremecimento que pasó de arriba abajo-. ¿N-necesitas algo, padre?

 

-¿Cómo estás de trabajo esta noche, Papyrus? ¿Te toca guardia nocturna hoy?

 

Los horarios de la Guardia Real podían cambiar tan pronto como a la capitana se le ocurría castigar a alguien, de modo que en realidad nunca podía estar seguro de cuándo el alto esqueleto estaría libre o no. Su regla personal era nunca mezclar el trabajo con sus asuntos, suyos o de sus creaciones.

 

Pasó la mano hacia abajo, hasta el borde de los pantalones de Papyrus, esperando su respuesta. El rostro del otro ya se había pintado de un ligero rojo, pero las pupilas rojas se mantenían pegadas a la olla.

 

-N-no, padre. Undyne… -Papyrus apretó la mandíbula un segundo al sentirle subir de nuevo, rozando sus últimas costillas- dejó a la pareja de perros para encargarse de eso hoy. ¿P-puedo saber por qué la pregunta?

 

-Oh, por nada en particular. Sólo pensaba que después de la cena podríamos pasar un momento en mi oficina. ¿Tienes algún problema con eso?

 

El brillo rojizo en el rostro del esqueleto se intensificó. Había pasado demasiadas veces por esa situación para no adivinar en el acto qué implicaba ser invitado a su oficina, adonde por lo general nadie entraba.

 

-En lo absoluto, padre -dijo su creación-. Ahí estaré.

 

-Bien, así me gusta -afirmó Gaster, dándole una amable caricia por los omoplatos.

 

De pronto tomó la mandíbula del esqueleto y mientras este partía los dientes en sorpresa, Gaster aprovechó de meterle su lengua recién conjurada. Papyrus demoró apenas un segundo en hacer manifestar a la suya propia y rendirse bajo su presión, soltando un pequeño gemido. El esqueleto se veía de lo más tentador con ese tono suave en sus mejillas y la luz de sus pupilas como una chispa en medio de las penumbras antes de que los cerrara en su entrega. Fue ese momento que Gaster escogió para dejarlo ir, dejándole una lamida sobre los dientes. Papyrus soltó un placentero suspiro.

 

-Huele delicioso -comentó.

 

Enlazó sus manos a la espalda. Papyrus parpadeó confundido una vez antes de aclararse la garganta y regresar a la pasta. Su sonrojo solo se había intensificado.

 

-¡Por supuesto que así es! -se apresuró a asegurar el esqueleto-. ¡Y su sabor será todavía superior que su aroma de por sí supremo! Sus pupilas gustativas no sabrán qué las golpeó.

 

Gaster no pudo contenerse una pequeña sonrisa. Con toda la práctica que Papyrus hacía, en verdad había mejorado mucho desde la primera vez que tomara la cocina como su zona especial. Y era verdad que olía bien. Decir mentiras blancas era más bien la especialidad de Sans. Mientras no fuera necesario para un nuevo experimento, Gaster prefería creer que la honestidad era la mejor política con sus creaciones.

 

No quería ni imaginar cuánto potencial de Papyrus se echaría a perder si pretendiera protegerlo en la misma medida en que su hermano lo hacía.

 

-Muy bien, Papyrus, estaré esperando -dijo Gaster con un tono en el que simulaba el hecho de que no se refería a la cena.

 

El mensaje debió haber llegado porque Papyrus hundió el mentón en su inseparable bufanda y asintió enfáticamente de manera innecesaria. La sonrisa de Gaster se desvaneció. De verdad sería una lástima el descubrir que todo era un acto. Excepcional, sí, pero todavía contraproducente para su ánimo.

 

Pensó que de poco importaba especular. Esa noche obtendría su respuesta.

 

———————

 

El experimento resultó ser un fracaso. Papyrus había salido de su oficina conteniéndose los sollozos y Gaster con la amarga sensación de que había cosas que todavía entendía menos que antes.

 

Después de que hubieran terminado de comer y Sans subiera de vuelta a su cuarto para dormir como un tronco, Gaster le dijo a Papyrus que luego podría encargarse de limpiar todo y lo llevó de la mano consigo antes de que pudiera protestar. Si tenía que ser honesto, a lo mejor estaba un poco ansioso por empezar de inmediato y quizá algo de eso podía atribuirse a repasar lo que haría mientras masticaba la comida (que estaba aceptable) sin despegar sus cuencas ni un segundo de Papyrus, acrecentando exponencialmente el nerviosismo de este. Sans debía saber lo que hacía (pasaba en frente de él después de todo), pero aparte de decirle a su hermano que se había superado a sí mismo de nuevo no dijo nada relevante a la situación.

 

Eso último, de nuevo, si se veía forzado a ser honesto, era posible que le hubiera irritado un poco. Era un indeseable recordatorio de que para ellos sólo se trataban de inofensivos juegos. Las horas y puede que incluso días que se pasara planeándolo todo no significaban nada. ¿De qué valía preocuparse en lo más mínimo cuando sabían que todo iba a salir bien?

 

Así que dedujo que quitarles de encima ese senntido de seguridad era lo que debía hacer. Devolverlos a un estado ideal de alerta e indefensión en el que entendieran que debían tomarse en serio lo que hacía con ellos y no como una broma para reírse entre ellos. Casi podía escucharlos. “¿Puedes creer que el viejo haya creído que podía asustarme con eso? Nyeh, ¡pero qué ingenuo!” Era una sutil humillación.

 

Con tales ideas repitiéndose y complicándose en su mente, Gaster empezó con Papyrus como lo había hecho en otras ocasiones, incluso cuando lo único que buscaba era distraerse un momento con el cuerpo del muchacho, ordenándole que se quitara toda la ropa mientras él solo se desprendía de una corbata que luego utilizaría para atarle las muñecas a la espalda. La bufanda de Papyrus iría a parar las cuencas de este, volviéndole ciego a sus actos.

 

A pesar de todo, fuera realidad o fantasía, Gaster suponía que podía considerarse afortunado de ser el único monstruo frente al cual el Guardia Real se pondría en semejante posición vulnerable de forma voluntaria. El acto de Papyrus consistía en uno corriente: el hjo bucando la aprobación de su padre.

 

No importaba lo que le pedía hacer, siempre había un aire de incertidumbre envolviendo al monstruo como si estuviera esperando confirmación de que lo había hecho bien. Gaster había creído que a Papyrus de hecho le gustaba tomar ese papel sumiso como una forma de liberar tensiones de una manera que su rol dominante en todas las otras áreas de su vida no le permitía. Tenía mucho sentido que así fuera, del mismo modo que Sans prefería la sumisión porque le ahorraba el trabajo de tomar la iniciativa. Creía haber entendido la lógica interna de sus creaciones pero ¿era de verdad sumisión cuando cada gesto estaba pensado para hacerle creer que era sumisión? ¿Adónde era dibujada la línea entre lo que salía del alma y lo que solo formaba parte de un guión prestablecido?

 

Luego de quedar cegado del todo, Papyrus movió la cabeza como si ya temiera perder la ubicación de su creador. Normalmente ahora sería cuando Gaster le diría qué buen chico que era, tan obediente y listo para escucharlo, un verdadero ejemplo de disciplina, lo que sería en parte la verdad pero más que nada servía para relajar a Papyrus e incitar un estado de bienestar en él. Esa noche, sin embargo, por el bien del experimento, Gaster pasó de esas palabras mientras guiaba a Papyrus hacia un amplio sofá cerca a su librero y le indicaba de manera que quedara sentado sobre sus rodillas en el centro, las piernas abiertas para exponer fácimente sus huesos ya relucientes de magia roja.

 

Esa no era una posición que estuviera en lo absoluto acostumbrado. De por sí estaba desnudo, pero estar así lo hacía tomar especial consciencia de que nada impedía a Gaster ver hasta el rincón más íntimo de su cuerpo y la forma en que sus piernas temblaban hablaba de su deseo de volver a cerrarlas.

 

Ni bien vio que en serio se estaba moviendo para hacer justo eso, Gaster le agarró las rodillas y se las abrió con brusquedad, de vuelta a su posición original. Dejó que sus manos apretaran lo suficiente para arrancar un quejido de su creación y entonces le habló con una voz fría, casi clínica.

 

-¿Eres un buen chico, Papyrus?

 

-Nyeh -dijo Papyrus, moviendo tanto sus piernas como sus brazos pero ambos estaban restringidos así que solo salió el intento como si se acomodara sobre el asiento. Estaba acostumbrado a que le reafirmaran que lo era, no a tener que responder a ello. Gaster creyó que no tendría problemas para contestarle debido a su tendencia a engrandecer sus virtudes, pero parecía más bien que estaba batallando para encontrar las palabras correctas-. Nyeh… ¿sí?

 

-¿Es una pregunta o lo estás afirmando?

 

-Sí -repitió Papyrus, recuperando en algo el balance-. Afirmándolo, desde luego. El gran Papyrus es el mejor en todo lo que aspira intentar.

 

Esa ya era la clase de respuesta que se esperaba. Ocultando pronto su sonrisa, a pesar de que el otro no podía verla de todos, Gaster le soltó para erguirse en frente de él. Papyrus elevó la cabeza un poco.

 

-¿Entonces por qué continúas siendo una constante decepción para tu “querido padre”, Papyrus?

 

-Yo… -dijo Papyrus, pero no parecía tener idea de cómo seguir. Hasta ahora Gaster solo había empleado refuerzos positivos porque así obtenía los mejores resultados, pero si estos estaban corruptos desde el inicio entonces no le quedaba otra opción que cambiar la fórmula. Si a fin de cuentas se lo tomaban como un juego en el que sabían de todas formas iban a salir ganando, entonces debería dar igual un método que otro. En respuesta a sus palabras, Papyrus pareció encogerse sobre sí mismo-. No… no entiendo, padre. ¿Qué hice mal?

 

-Y todavía tienes el descaro de preguntarlo -siguió Gaster con la misma voz helada.

 

No se perdía detalle del esqueleto, que se estremeció bajo sus palabras como si fueran ataques físicos.

 

-¿Hace cuánto tiempo que entraste oficialmente en la Guardia Real, Papyrus? ¿Tres meses? ¿Y aún sigues las órdenes de Undyne como uno más de los perros? Quedamos en que si no podías serme útil en el laboratorio, la Guardia iba a ser la mejor segunda opción pero incluso después de haber entrado continúas siendo nada más que un subordinado. Hasta como asistente tu hermano se las ingenia para hacer sus propios adelantos científicos para formarse un nombre. Tenía altas expectativas puestas en ti, Papyrus. Todos las teníamos, en parte gracias a ti asegurándonos de que teníamos razón al hacerlo.

 

Mientras hablaba, sin moverse de su sitio, Gaster conjuró a un par de manos para que se dirigieran hacia su escritorio y sacaran los siguientes instrumentos que deseaba emplear: un cuchillo y una cámara con su propio trípode. Papyrus, sin enterarse de nada, hizo sonar sus huesos entre sí brevemente.

 

-Estoy seguro de que pronto verás los frutos de mi esfuerzo, padre –respondió el esqueleto, no demorándose ni un segundo en aferrarse a su confianza. Siempre había sido obstinado para dejarla ir ahora-. ¡Ya verás! Undyne sólo necesitará un poco más de tiempo para poder ver el natural liderazgo en mí.

 

-Palabras, palabras, Papyrus –dijo Gaster, tomando el cuchillo en su mano real y presionó la punta aguda contra la formación de magia roja sin definición. Los tubos deslizándose y el trípode siendo ubicados alertaron a Papyrus-. Estoy empezando a preocuparme de que tampoco eres apto para las batallas. ¿Cuántos criminales has convertido en polvo desde que tienes la autoridad para ello?

 

-T.tres, padre –Papyrus trataba de alejarse del cuchillo helado, pero Gaster lo seguía ubicando para mantenerlo apoyado sobre el hueso en su entrepierna-. Yo… yo creí que sería mejor dejarlos ir con sus puntos disminuidos como una advertencia. Incluso Undyne ha reconocido que la disciplina y los crímenes disminuyeron conmigo al frente. Estoy seguro que con el tiempo suficiente…

 

-Tus números son más grandes –apuntó el científico, hundiendo y moviendo el cuchillo rápidamente por la cadera. Era sólo una marca más entre las muchas que el cuerpo de Papyrus ya ostentaba, pero tenía toda la intención de hacerle algún daño y así ese pequeño gesto creó una grieta un poco más grande de lo el cuchillo por sí mismo podría lograr. La mandíbula del alto esqueleto se apretó con fuerza-. ¿Por qué sigues respondiendo a ella? Los creé a ustedes dos para ser depositarios de una mayor magia que el común de los monstruos. ¿O es que me has fallado incluso en eso, Papyrus?

 

 

-N-no, padre –masculló Papyrus apenas separando los dientes-. Sólo… estoy esperando el momento perfecto. ¡Eso es! Ganarme su confianza ¡y así ella no tendrá idea de cuándo vendrá mi ataque! ¡Estará completamente indefensa!

 

Al decir esto, por un momento Papyrus pudo regresar a su compostura usual, el pecho salido y una sonrisa arrogante en el rostro. Gaster subió hasta sus costillas inferiores y las marcó igualmente con un rápido tirón. La grieta se expandió hasta la punta y un poco de ella se desprendió, deshaciéndose en una pizca polvorienta en el aire. Papyrus apenas consiguió reprimir un gemido de dolor mientras el resto de su cuerpo era sacudido. Gaster notó que la venda que cubría a su creación se oscurecía un poco en la zona de las cuencas, lo que le generó no poca sorpresa.

 

No le parecía que fuera para tanto. Papyrus era un guerrero. Lo había visto enfrentarse a pruebas de fuerza y pelear llevándose peores heridas, sólo para resurgir al final con una risa triunfante ¿y esa pequeña rotura era la que lo rompía, la que le forzaba a mostrarle su debilidad? ¿Qué significaba algo así en el contexto del experimento? Ellos sabían que no le excitaban especialmente las lágrimas o al menos nunca les había dado nada que les permitiera pensarlo. ¿Era entonces una manera para manipularlo emocionalmente, quizá con el fin de que lo dejara ir nada más con una advertencia?

 

-No sé si debería creerte, Papyrus –Gaster se sentó en el sofá al lado del otro y le permitió ver-. Ya he tenido bastante paciencia contigo. Probablemente más de la que mereces.

 

Ante el súbito cambio, Papyrus demoró unos segundos entre parpadeos para percatarse de la lente dirigida hacia él. La pequeña luz roja le estaba haciendo saber que ya estaba siendo filmado. Gaster esperó que se levantara y escapara, que enviara una seguidilla de huesos a destruir la cámara, que rugiera en indignación por su dignidad mancillada. Papyrus no tenía el poder de transportación de Sans, de modo que esas serías las únicas maneras que le quedarían para evadirse de la situación. Gaster estaba preparado para esa eventualidad. Estaban dentro de su oficina de modo que ni siquiera pelearía demasiado antes de dejarlo ir sin más.

 

No quería empezar a romper sus cosas para lo que no era más otro de sus experimentos. Si lo hacía entonces tendría claro que Papyrus era tan consciente como su hermano de la naturaleza de los mismos y que no estaban en verdadero peligro, pero que aun así había cosas inadmisibles para su carácter.

 

Si por otro lado, por la misma certeza, se entregaba al juego alegremente… bueno, esa sólo sería una mayor prueba de cuán equivocado estaba respecto a su creación y que debería empezar a cambiar todo su marco técnico en busca de mejores resultados. Ya se había mentalizado a sí mismo para cualquiera de esos dos escenarios, pero ese no fue el curso de acción que tomó su creación.

 

Papyrus, desnudo y expuesto frente a la cámara, se quedó ahí como si estuviera paralizado. Gaster reconoció que un instante para reponerse de la sorpresa quizá debería ser de esperar, después de todo era un escenario completamente nuevo, pero pasado ese tiempo ya se estaba impacientando por la falta de nuevos datos.

 

-¿No tienes nada que decir en tu defensa? –inquirió bruscamente.

 

Papyrus se encogió sobre sí mismos y se giró hacia él. Dos líneas de rojo aguado corrían por su rostro. Todavía no percibía ningún llamado mágico en el aire. Sólo había un esqueleto mirándole de una manera que francamente le estaba hartando, pues ni siquiera entendía qué quería decir ahora. ¿Estaba enojado? ¿Estaba triste? ¿Estaba fingiendo? ¿Qué suponía debía tomar de eso? Pronto Papyrus volvió a bajar la cabeza.

 

-L-lo siento, padre. Voy… voy a tratar…

 

Gaster chasqueó la lengua. La situación estaba empezando a incomodarlo y lo peor era que ni siquiera sabía por qué.

 

-Más palabras que no sirven de nada –dijo y chasqueó los dedos.

 

Cinco manos surgieron del aire, emitiendo su propio brillo púrpura y sostuvieron tanto las costillas como el mentón y las piernas de Papyrus. El alto esqueleto se agitó un poco, pero no intentó huir de ellas, no realmente, ni crear huesos con los cuales deshacer su magia. Casi se podría decir que el esqueleto se dejó manipular hasta ser puesto en el regazo del científico, las piernas abiertas y dándole la espalda a la cámara.

 

Una nueva mano empezó a subir y bajar por la columna de Papyrus, haciéndolo a este vibrar. Ni siquiera podía bajar o volver la cabeza hacia ninguna otra parte y así no podía evitar mirar de frente a sus creador, una cuenca en forma de medialuna y la otra de luna llena, las dos iluminadas con una pupila morada que permanecía impasible en frente de él. Gaster acercó el cuchillo a su clavícula, lo bastante cerca para que pudiera verla sin problemas.

 

-¿Padre? –Su vista pasando rápidamente del cuchillo a su rostro, como si no supiera a quién le debía más atención. Su respiración se oía más rápida y seca, y aun así no intentaba pelear-. ¿Esto es un castigo? ¿Por todo el tiempo que te hice esperar?

 

Gaster sintió el fugaz impulso de cancelarlo todo, echar todo por la borda y admitir la derrota, que no tenía idea de quiénes eran esos monstruos con los que convivía y eran lo más cercano a una familia que le quedaba. Pero la idea sólo flotó ahí, sin llegar a tomar una forma concreta unida a un plan de acciones, y se desvaneció sin dejar rastros.

 

Papyrus sólo estaba jugando con él. Eso debía ser. No había manera de que verdad fuera tan suave, tan… frágil. ¿De dónde había salido ese súbito lado suyo si no era un juego?

 

-Sí –respondió y esbozó una sonrisa para intentar arrojarlo del todo, obligarlo a actuar.

 

Que hiciera lo que fuera excepto quedarse ahí.

 

-Y-ya veo –dijo Papyrus y una nueva sucesión de lágrimas empezó a caer-. Lo siento, padre.

 

Esta vez Gaster no le respondió y siguió con el experimento. En algún momento debía cambiar. Sólo necesitaba llegar a su punto límite y sin duda que obtendría la respuesta que necesitaba. Estaba seguro.

 

Papyrus le mostraría su verdadera cara cuando ya no pudiera resistirlo. No debería demorar mucho más.

 

—-

 

Gaster estaba revisando una nueva fórmula en su computadora cuando escuchó su puerta ser abierta de golpe. No tuvo tiempo de girarse antes de que magia azul rodeara su alma y se viera de pronto incapaz de levantar su rostro del escritorio. Unos pasos se arrastraron por el suelo hasta él, cerrando la puerta brutalmente. Los pasos distintivos de unas zapatillas.

 

Desde que sintiera la magia Gaster no tenía ningún motivo para dudar de quién se trataba, pero ni aun así estaba listo para escuchar el gruñido bajo y grave provenir de su creación. Jamás lo había escuchado así antes, no dirigido a él al menos.

 

-¿Qué mierda le hiciste a mi hermano?

 

Por el costado de su cuenca vio el flameante ojo rojo de Sans, atravesándolo.

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