Los juegos de Gaster. 3

Tercera parte

Gaster tomó una profunda bocanada de aire y se irguió. La magia azul de sus creaciones nunca podría afectarlo más allá de unos segundos. Pero ni bien consiguió levantar la cabeza, Sans volvió a atacarlo del mismo modo y su cráneo resonó contra su escritorio.

-No vas a ir a ningún lado hasta que me digas qué le hiciste a mi hermano.

Gaster resopló con irritación. La gracia de haberse saltado el desayuno en casa era poder evitarse cualquier recordatorio de lo que había pasado anoche. No le gustaba la sensación que tenía en su alma al pensar en ello. Quería creer que era la mera amargura por haber fracasado en obtener resultados satisfactorios, pero incluso él sabía esa era una débil excusa. Conocía las sensaciones que le provocaban tales ocasiones y ese retortijón en su estómago psicológico era del todo nuevo. Sería una novedad fascinante si no le pusiera tan incómodo.

Y ahora, por lo visto, tenía que lidiar con cualquier locura sus creaciones hubieran ideado en sus cabezas huecas.

-Espero que tengas una excelente razón para esto -masculló, casi aliviado al percibir su rabia, por fin algo familiar.

-Cállate -dijo Sans.

Había sacaso el celular de su bata y tecleaba rapidamente algo. Gaster volvió a enderezarse a tiempo de tener el dispositivo dispuesto frente a su rostro. La pantalla le mostraba que se trataba de la escucha de un mensaje de voz dejado a través del número de Papyrus, marcado como jefe en los contactos.

Ni bien la pantalla se apagó, la voz de Papyrus llenó el laboratorio:

-¡Sans! Necesito que le pases un mensaje a nuestro padre. Se lo diría yo mismo, pero ya sabes que él nunca tiene su celular encendido cuando trabaja. Obviamente padre no quiere ninguna distracción mientras realiza sus importantes descubrimientos científicos, no como otros que podría nombrar y aprovechan la más mínima oportunidad para abandonarlo. ¡Pero me salgo del tema! Solo necesito que le digas que ya no tiene que preocuparse por mí. Nuestra charla de anoche ha sido de lo más… reveladora. Sé que cuando se trata de honrar el nombre familiar he estado un poco atrasado, incluso detrás de esos mismos que podría nombrar… -Gaster pasó la mirada entre el celular y el llameante ojo rojo de su creación. Parecía que mientras volvía a escuchar las palabras de su hermano, su rabia no hacía crecer hasta el punto en que su mano extendida temblaba-. Pero como el Terrible Papyrus sólo es terrible en el sentido de instigar miedo a sus oponentes, y no terrible en general, rectificaré esta penosa situación. ¡Hoy voy a tomar mi justo lugar como capitán de la Guardia Real, como debí haber hecho hace tiempo! ¡Undyne deberá reconocer mi superioridad cuando le muestre la extensión de mi poder! Así padre ya no estará decepcionado de mí ni… deberá castigarme. ¡Haré que esté orgulloso en cambio! Esperaba poder contarte esto pero deberá ser que estás tomando uno de tus descansos ahora. La próxima vez que nos veamos, hermano, las cosas habrán cambiado para peor.

Ese era el final del mensaje. Sans volvió a guardarse el celular.

-¿Puedes explicarme algo de eso? -inquirió Sans. Un costado de sus dientes se curvaba sobre su colmillo dorado como si emitiera un gruñido silencioso-. ¿Por qué Papyrus piensa que tiene que hacer eso? ¿Y que mierda es eso acerca de un castigo? ¿Qué le hiciste?

La última parte Sans la pronunció con un tono lento y deliberado, algo que probablemente haría temblar a otros monstruos. Incluso si Gaster no había llegado a sentir miedo de sus creaciones y o iba a empezar ahora, una señal roja se activó en su mente. Aun así la ignoró porque sin duda que esa acusación estaba de más.

-Nada que él no puede manejar -dijo el científico, desdeñoso-. Nosotros lo hemos visto con peores heridas. ¿Y qué? Sería una cosa buena que consiguiera matar a la actual capitana y tomara su lugar. No entiendo cuál es la necesidad de entrar a mi laboratorio sólo para molestarme con esto.

-¿Entonces tú le dijiste que debía hacerlo? ¿Que iba a ser una decepción para ti si no?

-No creí que fuera a tomárselo en serio -dijo Gaster y era la verdad-. ¿No se suponía que ustedes dos saben que es todo un juego? ¿Que saben que siempre estarán a salvo con Papaíto Gaster y por eso nunca tienen necesidad de preocuparse? Pero si resulta que de hecho lo ayudé a tomar la iniciativa en su trabajo, ¿cuál es el problema?

-¿Acaso me estás embromando? -dijo Sans, dejando escapar una risa gutural, como si estuviera a punto de escupir-. ¿Cómo puedes ser tan listo y tan jodidamente estúpido al mismo tiempo?

Gaster se le quedó viendo unos segundos. Nadie jamás lo había llamado estúpido o cualquier epíteto que contradijera su genialidad. Su propio puño tembló ahora sobre el escritorio.

-¿Cómo te atreves…? -llegó a mascullar antes de que Sans le interrumpiera.

-¡QUE TE JODAN!

El grito salió de repente, sorprendiéndolo. A pesar de que sabía que Sans también tenía su malhumor, eran más bien pocas las ocasiones en que se lo podía escuchar elevando la voz. Incluso en medio de un combate su creación sólo prefería irritar a sus oponentes antes de expresar su propia furia. Era una estrategia inteligente, pues el que perdía control de sus emociones podía perderlo sobre su magia. Ni siquiera recordaba la última vez que hubiera visto a Sans genuinamente molesto.

Por un mero momento la mera novedad del hecho le asombró.

-Que te jodan, Gaster -continuó Sans, soltando cada palabra con un desprecio venenoso-. A mí puedes hacerme lo que quieras, yo ya sé qué clase de pedazo de mierda eres. Pero mi límite es mi hermano. No puedes ir diciéndole esas cosas y esperar que no se las crea. La única razón por la que te ha dado el gusto con tus estúpidos juegos es porque ve que eso te gusta. El tipo te adora. ¿De verdad eres tan imbécil que no te has dado cuenta?

Gaster movió unos segundos la mandíbula antes de percatarse de lo ridículo que se veía si no emitía ninguna palabra. La cerró justo para finalmente encontrar una respuesta.

-No tienes ningún derecho de hablarme así. Soy tu superior aquí.

Sans se rió, un sonido hueco y amargo que resonaba dentro del propio cráne del esqueleto, creando un extraño hueco.

-Ya veo cómo es -dijo su creación y se embolsó ambas manos, tomando un paso al frente-. Dime sólo una cosa, “jefe”. ¿Te importamos alguno de nosotros? ¿Siquiera un poco? ¿O solo somos unas cosas con las que puedes hacer lo que quieras y desechar cuando estés aburrido? Es eso, ¿verdad? -Gaster no respondió. Era exactamente lo que antes pensaba de ellos, pero dicho en voz alta por alguien sonaba incorrecto de alguna manera instintiva. No entendía de dónde provenía la disonancia, nada más que estaba ahí. Sans volvió a darle esa risa que a un humano podría ponerle los pelos de punta y a él le daba la impresión de que no quería volver a oírla-. Ya veo. Bueno, espero que sepas que esta ha sido la última vez. Voy a asegurarme de que mi hermano no acabe matándose o matando a la única amiga que tiene en toda esta mierda de mundo. Pero a lo mejor ya es tarde y está jodido de cualquier manera. Tomaré un descanso si no te molesta, “jefe”.

Con eso Sans dio un paso hacia atrás y se transportó fuera de la habitación. Gaster se giró a tiempo de verlo pasar a toda velocidad por la ventana que daba al pasillo. Su usual postura encorvada en sí misma parecía haberse desvanecido como por arte de magia.

——-

Amistades como tales eran raras en el mundo subterráneo. Los monstruos podían formar aianzas de mutuo beneficio, grupos apretados destinados a sobrevivir y tal era el caso de los perros sanguinarios que formaban en gran parte a la Guardia Real. No era el caso de la capitana y el malhumorado esqueleto. Se gritaban insultos a diario, se daban amenazas que helaban la sangre de los que los oían y siempre estaba retándose mutuamente a hacer la estupidez que el otro sugería.

Si alguien se hubiera molestado en llevar la cuenta de cuántas habían conseguido al parecer alterarse los nervios, cuadernos enteros se habrían llenado de marcas o al menos eso parecía a veces. Cualquier extraño asumiría que se odiaban y la única razón por la que se toleraban su mutua presencia era porque al menos resultaban útiles para sus causas. Pero eso no era lo que los monstruos que realmente ponían atención pensaban: a ellos no se les escapaban los puñetazos amistosos de Undyne, la sonrisa arrogante del esqueleto que al final casi se volvía una sonrisa más, el hecho de que a pesar de todas sus peleas los dos siguieran con vida.

Por todo eso, cuando Papyrus solicitó una pelea, nadie pensó la gran cosa al respecto. Otra forma más de poner en práctica su magia combativa y prepararse para el momento en que un humano se les enfrentara. El único cambio fue que el esqueleto insistió en tener el enfrentamiento en el bosque de Snowdin en lugar de Waterfall como era costumbre. A la capitana le pareció bien. Más espacio para patear trasero huesudo a gusto.

Lo único malo es que desde el punto en que Papyrus les dijera al resto de la guardia detenerse no iba a permitir que todos contemplaran el espectáculo.

Cuando Sans llegó jadeando al lugar, habiendo agotado todas sus otras opciones, uno de los perros le dijo que ya llevaban un par de horas en las mismas. De vez en cuando un ataque luminoso se dejaba ver por encima de las copas de árboles o les llegaba el sonido de algún tronco partiéndose o vislumbraban las sombras de los dos monstruos agarrando velocidad en persecución del otro. Desde el lugar en que estaban no era un espectáculo de lo más entretenido, pero los mantenía ahí la curiosidad por saber qué resultaría del enfrentamiento. Incluso el Perro Menor, quien todos reconocían como la luz más tenue del candelabro, se daba cuenta de que había algo diferente respecto a esa ocasión, un nuevo aire que volvía el asunto en algo más que una mero juego. Le mencionaron a Sans que para entonces Undyne ya habría determinado que habían tenido suficiente. El que no lo hiciera les intrigaba.

Ya desde que Papyrus apareciera a la reunión de la mañana les había parecido que el esqueleto tenía sus propios planes. Todos concordaban en que olía a tensionado (lo que fuera que fuera eso, Sans no pensaba preguntar) y que se veía todavía más serio que de costumbre. Ni bien tuvo confirmado que, al menos físicamente, su hermano estaba en perfectas condiciones esa mañana, Sans se transportó lejos del grupo y en el bosque. No tenía la menor idea de lo que podría hacer o siquiera si sería capaz de hacer algo, pero no podía quedarse en casa o en el laboratorio esperando a tener una noticia.

Conocía a su hermano y sabía que éste no iba a detenerse fácilmente. Una vez se fijaba su meta, era terminante, no había más vuelta que darle y pobre del que intentara interponerse en su camino. Si su idea era deshacerse de Undyne de forma definitiva para conseguir su lugar, sólo podía concebir dos finales posibles: un Papyrus bien posicionado pero destrozado por ese asesinato o un Papyrus vuelto polvo en el suelo. Undyne, por su parte, era demasiado orgullosa para cancelar una pelea ni bien veía que iba en serio, no importaba quién la iniciara. Incluso si a la capitana le afectara igualmente deshacerse del esqueleto, todavía lo haría sin dudarlo un segundo.

Se internó todavía más entre los árboles. Al poco rato escuchó sin problemas la conmoción más adelante y unos segundos más tarde vio a su hermano pasando en frente a toda velocidad, la cabeza hacia adelante y entre sus manos un largo hueso rojo. La armadura de la Guardia Real era grande y pesada, pero el acostumbrarse a practicar incluso fuera de horario con ella había conseguido que pudiera moverse con la misma gracia y desenvoltura que si sólo estuviera cargando sus propios huesos.

Por un solo segundo Sans no pudo sino admirarlo por eso. Sin piel ni músculos que sostuvieran, probablemente estas se verían ridículas en cualquier otro esqueleto. Sin embargo el jefe conseguía darles la impresión amenazante e imponente que correspondía a su título autoimpuesto de El Terrible Papyrus. Su alma dio un más que inoportuno latido. ¿Cómo podía haber nadie que dudara de que su hermano era sencillamente el mejor? Nunca lo entendería.

Pero el segundo pasó y detrás de él Undyne lo seguía, arma brillante de verde fosforescente en su mano y los dientes amarillos al aire en una mueca de feroz determinación, antes de que los dos volvieran a desaparecer de su vista. Los dos habían estado demasiado concentrados para percatarse de él en lo absoluto y eso que Sans estaba seguro de que al menos su hermano debería poder hacerlo sin mucho esfuerzo. Era el tipo de cosas que se podían esperar cuando eran las dos mitades accidentales de una misma alma.

Iba a moverse en pos de ellos cuando una mano se posó en su hombro, haciéndole pegar un salto. En el mundo en que vivían, ser tomado por sorpresa podía resultar fatal y esa era una lección que había aprendido por las malas en más de una ocasión. Conjuró a una serie de Gaster Blasters que lo rodearan antes de darse la vuelta del todo y encontrarse a Gaster. El científico se cruzó de brazos y esperó a que Sans se calmara lo suficiente para hacer desaparecer su ataque.

El más bajo no lo hizo. En cambio Sans encendió su ojo con una mayor intensidad y dirigió los hocicos de las bestias mágicas hacia su creador.

-¿Qué estás haciendo aquí? –exigió-. Si vienes a impedirme a que haga algo porque tanto quieres que Papyrus tenga ese asenso de mierda…

-Me alegra saber que piensas tan bien de mí –dijo Gaster, elevando una cuenca sobre la otra-. Pero harías mejor en escucharme y cerrar la boca.

Sans no quería hacerlo, pero entonces oyó no a uno, sino dos troncos destrozándose y la idea de que lo mismo acabara pasándole a la espina de su hermano le congeló el alma. La magia para sus ataques se desvaneció y con ellos toda la voluntad que Sans había recolectado para llegar hasta ahí.

Antes de esa mañana, no había un claro en el bosque. Había zonas con menos árboles y otras con más árboles, pero eso era todo. Por lo general eso lo hacía el sitio ideal para que se arreglaran asuntos ilícitos o que los niños pudieran molestarse entre sí sin la interrupción de los adultos. Pero luego de los sucesivos ataques que se habían enviado uno contra el otro, en esa específica zona ahora sólo quedaban las bases carbonizadas y troncos incompletos alrededor. Los dos guardias estaban cansados y sus puntos de vida más por debajo de la mitad, pero no mostraban ninguna señal de echarse hacia atrás.

Undyne dejó escapar un gruñido y gritó, esbozando una sonrisa desafiante:

-¿Hasta cuándo vas a estar satisfecho de que te destroce, saco de huesos? Si tanto querías que te matara, podrías simplemente haberlo dicho. ¡Esto no es nada! –recalcó, recuperando el aire-. ¡Puedo seguir así todo el día!

-Nyeh –se rió el esqueleto, irguiéndose mientras una aureola de huesos brillantes aparecían a su alrededor-. ¡Yo también! Y no te preocupes, cuando termine contigo me encargaré de que todos sepan bajo la bota de quién has caído. Así al menos no será una derrota tan vergonzosa. No es ninguna vergüenza caer frente al mejor.

-¡Ha! –dijo Undyne, conjurando más lanzas con apenas un gesto de la mano-. ¡No me hagas reír, huesudo! ¡Hablas mucho pero todavía falta ver qué haces para darles valor! Sigue soltando estupideces, que ya me encargaré de hacértelas tragar una por una.

-¡Aquí te espera El Terrible Papyrus para ponerte en tu lugar!

Undyne se lanzó al frente. Papyrus levantó un escudo de huesos por sobre su cabeza. Sin embargo las lanzas jamás llegaron a hacer contacto y un segundo más tarde las que seguía al monstruo acuático se desvanecieron en un parpadeo. Papyrus miró por encima de su magia para percatarse de que Undyne yacía bocabajo en el suelo.

-¿Nyeh? –se preguntó.

Undyne no era de las del tipo estratégicas y sabía que tampoco le gustaban las trampas. En todo caso ¿qué clase de técnica era esa? Si pensaba que era tan idiota como para acercarse y comprobar cómo estaba…

-Perdón, jefe –escuchó a su espalda.

Iba a volverse, pero entonces sintió un pinchazo en el principio de su cuerpo. Reconoció el efecto de inmediato. Padre solía usar una fórmula parecida cuando era más pequeño y estaba demasiado ansioso para dormir. Claro que entonces eran dosis mucho más reducidas. La sensación de perder la consciencia de golpe, sin posibilidad de pelear, fue casi bienvenida.

Sans se transportó al frente de su hermano y atrapó su cuerpo antes de que hiciera contacto con el suelo. Sus piernas temblaron bajo él mientras se las arreglaba para arrodillarse y darle la vuelta al inconsciente esqueleto en sus brazos. Las sutiles marcas que veía por la armadura y los huesos expuestos le hicieron estremecer, pero no tenía idea de lo que era el miedo hasta que vio sus puntos de vida. Tres miserables puntos era todo lo que le quedaba.

-Dios… -susurró, sin saber si estaba aliviado de que todavía tenía al menos o sólo increíblemente asustado de que en cualquier momento la barra descendiera del todo hasta cero.

-Están bien –dijo Gaster, sus zapatos crujiendo sobre la nieve. Al elevar la vista, vio que el científico traía el cuerpo inconsciente de la capitana, elevándola desde los brazos con la ayuda de un par de manos mágicas. Gaster chasqueó la lengua-. Ella tiene sólo dos puntos. Es impresionante que haya tenido tanta energía mágica con un nivel tan bajo.

Sans no respondió. No sabía qué responder. Dejó que su hermano se acostara sobre el suelo y le aplicó las manos sobre el pecho. No era un gran sanador, pero desde siempre había sido capaz de hacer algo por Papyrus cuando se metía en problemas y ese no iba a ser el día en que cambiara la tradición. Era a través de valores fraccionales, muy lentamente, pero poco a poco estaba consiguiendo que sus números aumentaran.

-Sabes que no podemos dejarlos volver así, ¿verdad? –dijo Gaster, mirándole con curiosidad. Él era un peor sanador incluso. Lo suyo eran medicinas y pociones-. Quiero decir, no podemos dejar que sepan que estuvimos aquí ni podemos ir a devolverlos en estas condiciones. Undyne lo escucharía, e incluso si no tuviera idea de lo que ha pasado, todavía creería que fue un error que debe corregir. En cuanto a Papyrus… probablemente tampoco le guste la idea de saber que estabas aquí.

-¿Tienes alguna idea entonces? Porque yo no pienso dejarlo aquí a esperar que esos perros idiotas lo encuentren.

-Sí, de hecho –dijo el científico y dejó a su cuenca izquierda brillar con un brillo púrpura. A su lado, una inmensa cabeza de Gaster Blaster surgió desde el aire mismo, su mandíbula abierta mientras reunía energía en su centro. Sans se movió como para cubrir a Papyrus con su cuerpo, pero entonces Gaster cerró su puño y la mandíbula de la bestia se cerró de golpe, la bola de energía en su interior todavía creciendo-. Un ataque que se salió de control y llevó a ambos hacia este estado no suena tan imposible. Pueden incluso debatirse entre sí quién lo lanzó. De esa manera es un justo empate y con suerte no tendrán motivo para quejarse.

Sans parpadeó, mirando de su creador a la más nueva creación, cuya figura ya empezaba a temblar por la creciente energía contenida.

-¿Y qué hay de ti? –preguntó.

-Los veré más tarde –respondió el científico simplemente-. Debes hacerlo ver como si el impulso los hubiera enviado lejos. Hazlos azules y arrójalos. Luego desaparece para que no te vean y aparece por otra parte. Vas a necesitar estar ahí para asegurarte de que no les den el golpe final. Dudo que Papyrus sea el único con ambiciones de acabar con la capitana.

Sans todavía no se movía. Gaster chasqueó la lengua y conjuró una mano para agarrarle del collar que guardaba debajo de su suéter. Era un accesorio ridículo y vergonzoso que si fuera por él no existiría. Más de una vez se había preguntado por qué no insistía en que se lo quitara. ¿Qué iba a pensar la gente si veían a su asistente portando algo así, como otro vulgar perro? Pero Sans al menos tenía el buen juicio de ser discreto con el mismo y resultaba obvio que tanto a él como a Papyrus les gustaba, de modo que no le quedaba de otra que soportar su existencia.

Ahora que lo pensaba, la verdad era que hacía muchas concesiones así. Muchas más de las que le gustaría, si debía ser honesto, y sin embargo nunca era capaz de detenerlas.

-¿Necesito repetirme acaso? –insistió, intentando traerle de vuelta con un tono serio e impaciente-. No sé si te has dado cuenta, pero no voy a poder mantener esta cosa para siempre.

-E-está bien –dijo Sans, poniéndose de pie.

Envolvió en su magia al alma de los dos guardias y los elevó por sobre el aire, los dos todavía idos del todo. Gaster asintió con aprobación, pero la irritación volvió a hacer presa de él cuando Sans no hizo ademán de moverse, mirándole. Gaster apretó los dientes, empezando a ponerse incómodo. Los insultos que el más bajo le tirara antes todavía le quemaban en su cráneo, pero incluso podía admitir que no era el momento para pensar en eso.

-Estaré bien –aseguró a regañadientes-. Por dios, Sans, es mi propio ataque. ¿De verdad te parece que sería tan irresponsable con él?

Sans frunció el ceño.

-Te estoy tomando la palabra –dijo, finalmente alejándose unos pasos con el par de monstruos flotando a su espalda-. Iré más tarde al antiguo puesto de vigilancia de Papyrus. Será mejor que lleves tu trasero ahí ni bien los haya dejado. Quiero verte esperándome ahí.

La única pupila de Gaster giró en su cuenca.

-Está bien –concordó-. ¿Harías el favor de moverte de una vez?

-Más te vale que lo cumplas –dijo Sans y se dio la vuelta del todo, en dirección a la entrada del bosque.

En cuanto perdió de vista tanto a su creación como el brillo de las armaduras, Gaster finalmente se permitió relajarse. Llegados a ese punto el Gaster Blaster había crecido casi el doble de su tamaño, hasta el punto en que podría tragarlo de una sola mordida si esa fuera su intención. La magia púrpura se estaba derramando por los costados de la mandíbula. Iba a necesitar ser rápido o en verdad iba a pasar un mal rato.

Sans contó al menos unos cinco minutos cuando escuchó la explosión mágica a sus espaldas. Se adelantó corriendo hacia la entrada. Si tuviera que preocuparse por la inteligencia de los perros debería considerar que la onda expansiva, que apenas sintió como un soplo contra su nuca, no podría ser suficiente para empujar los cuerpos hasta semejante distancia pero ellos iban a estar bien. Ninguno de ellos iba a tener ilusiones de detective.

Ni bien consiguió ver a los perros, todos de pie y las orejas en alto, Sans giró la muñeca y movió su brazo, llevándose a las almas de los guardias por el aire y liberando su agarre sobre ellas en medio del aire. El sonido del metal y huesos dando contra el suelo le intranquilizó un poco, pero el piso no tenía la intención de herirlos y así sus números deberían estar a salvo. Una vez los perros se acercaron, Sans se desapareció lejos de ahí para pretender que acababa de regresar al lugar de los hechos.

Papyrus iba a ser llevado a un médico o tratado. Undyne seguía con vida. Todo iba a estar bien. Sans se obligó a no girar la cabeza en dirección al antiguo puesto de vigilancia mientras corría para encontrarse con el grupo. Iba a estar bien.

Gaster examinó por cuarta vez la manga de su suéter negro. La maldita explosión se lo había quemado hasta el codo. Estaba completamente insalvable ahora y eso era una lástima, porque le gustaba la maldita cosa. Desde luego, habiendo sido la magia suya y sin ningún deseo de infringir daño sobre un objetivo, ese era el máximo daño con el que había salido y ahora sólo le quedaba esperar en el mismo sitio adonde Papyrus empezara antes de poder llevar su propia armadura. Era pequeño, tanto que no le sorprendía que su creación hubiera estado tan deseoso de abandonarlo, pero en buen estado a pesar de que ya nadie la utilizaba. Con la cubierta baja, podía resultar cálido y algo reconfortante. Pero sobre todo resultaba increíblemente aburrido.

Lo único que había eran un par de historietas que recordaba haberle dicho a Papyrus que debían ser deshechas hacía años, puesto que no podían resultar en una lectura enriquecedora para él. Por entonces todavía creía que podría hacerlo estudiar las mismas materias que Sans y salir tan sobresaliente como éste.

Sentía que su paciencia estaba agotándose en cada segundo, y sin embargo, todavía no se levantaba para salir de ahí. No quería pensar en por qué. Golpeando un dedo huesudo sobre el pequeño escritorio adonde los vigías realizaban sus reportes, calculaba que por lo menos diez minutos debían haber pasado desde que llegara. En ese tiempo habría podido resolver las ecuaciones en las que estaba trabajando y quizá descubrir una nueva fórmula que sirviera para replicar la esencia de las almas humanas. Qué diablos, incluso jugar al solitario en su computadora sería más productivo. ¿Por qué Sans no podía haber elegido su laboratorio como punto de espera?

Una interminable hora más tarde, en los que apenas estaba comenzando a interesarse en la trama desplegada en aquellos paneles dibujados, Gaster escuchó unos pasos acercándose y una mano sobre la manija de la puerta. Dejó rápidamente a la historieta exactamente adonde la había encontrado y retomó su posición original, apoyando una mejilla sobre la mano. Reconocería la esencia mágica de sus creaciones adonde fuera, de modo que no tenía la menor duda de que se trataba de Sans.

-Finalmente. ¿Tienes algún concepto de lo que es tener un trabajo? No puedo ir tomándome estos descansos con tu misma… -Se interrumpió frente a un violento tirón del collar de sus ropas, que lo llevó a chocar los dientes contra los de Sans.

Sin ninguna intención de separarse, el más bajo esqueleto le rodeó el cuello con los brazos, acercándose a él.

-¿Nunca cierras la boca? –preguntó Sans y su lengua roja le recorrió los dientes.

Gaster sintió… ¿alivio? ante el familiar contacto. Sus propias manos atrajeron al esqueleto, subiéndolo a su regazo. ¿Cuántas veces habían estado en la misma posición en diferentes sillas? Demasiadas para llevar la cuenta y generalmente después de alguno de sus juegos más intensos en casa. Incluso cuando Sans era claramente un adulto y no cabía tan cómodamente, todavía era una postura en la que podía envolverlo del todo y creer que podía proteger hasta el más minúsculo hueso en ese cuerpo.

-No digas eso cuando buscas abrírmela –gruñó Gaster casi con reproche, conjurando su propia lengua.

El intercambio de magia al contacto de sus lenguas no fue el arrebato pasional con el que a veces empapaba a sus creaciones y, más raramente, estas a él. Resultaba un gesto tranquilo, profundo, en el que cada movimiento era igualmente apreciado y sentido entre ellos, el calor de la magia cercana familiar haciéndole saber que sus latidos estaban sincronizándose. Luego de un rato que le supo demasiado corto, Sans se separó de él y apoyó la cabeza sobre su pecho. Gaster esperó a que hablara primero.

-El jefe está bien –informó Sans-. Llamaron a Alphys y ella les dio algo para reponer sus números del todo. Estuvo a punto de darle un veneno a Papyrus, pero luego vio que no tenía las agallas de esta conmigo ahí y decidió descamarlo para otra ocasión –Gaster gruñó. No tenía la menor idea de dónde le había salido ese sentido del humor. Era uno de los pocos misterios que su mente científica prefería dejar como tal-. Me dejaron llevarlo a casa, así que lo hice. Está descansando en su cama ahora, tranquilo como un bebito de huesos. Undyne estará en observación pero más que nada creo que es porque Alphys quiere tenerla cerca. Me dijeron que llamaron por ti, pero no respondías el celular y nadie te encontró en el laboratorio.

-¿Y? –dijo Gaster. Esa no era información nueva para él y no entendía el punto de traerla a colación-. Por supuesto que iban a buscarme ahí. A diferencia de otros, yo tengo un horario que cumplir. Un horario al que estoy faltando ahora mismo.

-¿Por qué no te has ido entonces?

Gaster le clavó una mirada helada a su coronilla. ¿Era un nuevo chiste que no entendía? No le veía la menor gracia.

-Debes estar bromeando…

Sans se echó a reír, descolocándolo en el acto para luego hacerle recordar toda su irritación. ¿Era esa manera de tratarlo después de todo?

-Lo siento –dijo Sans, secándose unas lágrimas rojizas del rostro-. No se me ocurrió nada mejor entonces y, para ser honesto, no creí que tomaría tanto tiempo. Pero, hablando en serio, deberías llevar tu celular encima. Por un momento hasta yo pensé cosas.

-Sans, era mi propio Blaster. Lo tenía perfectamente bajo control.

-Ya sé, ya sé. Pero ya sabes cómo es, ¿no?

Gaster abrió la mandíbula para decir que no, no sabía, pero se le ocurrió pensar en cómo sería si Sans hubiera sido el que hiciera una explosión con sus propias manos y tuvo que reconocer que, inmediatamente después de eso, un informe completo de su estado posterior a los hechos estaría al orden. Seguía sin ser lo mismo, debido al estado de los puntos de vida del otro, pero creía que podía realizar un estimado de la situación.

-Eso creo –reconoció fingiendo que no le interesaba, encogiéndose de hombros-. Ahora bien, si toda esta pequeña aventura ha finalizado sin mayores penas o glorias, me parece que ya es hora de retomar nuestras responsabilidades como corresponde.

-No le vas a hacer pasar un mal rato a Papyrus de nuevo porque no es capitán –dijo Sans, su voz volviendo a retomar ese extraño tono hueco que utilizara antes.

Debido al mismo, Gaster no pudo discernir si simplemente le informaba, amenazaba o preguntaba al respecto. No le costaría creer que era una combinación de los tres.

-¿Cuántas veces voy a tener que decirlo? –suspiró-. No se suponía que Papyrus se tomara en serio nada de lo que decía. No creí que fuera a hacerlo. Era un simple experimento que se salió un poco de las manos.

-¿Un poco? –repitió Sans.

Su voz sonó cavernosa y casi burlona. Esa leve intranquilidad, que no era miedo pero sí un primo cercano, volvió a cubrirle el alma.

-De acuerdo, entiendo el punto –replicó el científico-. Me disculparé con Papyrus una vez despierte y le haré saber que no tiene que hacer nada como esto de nuevo. Él… hace lo que puede y supongo que eso tiene su mérito en sí. No en las áreas que habría elegido pero…

Una breve risa por parte del otro le cortó.

-Todo eso suena bien, pero yo que tú cortaría esa última parte –dijo Sans, irguiéndose. Sus pupilas rojas estaban a un nivel normal y su sonrisa nerviosa de siempre parecía un poco más cálida-. Gracias.

Gaster desvió la vista.

-Son mis creaciones –apuntó-. Soy responsable de ustedes. No puedo ser responsable si permito que acaben en estas situaciones, ¿no es así? Así que cualquier agradecimiento por lo que se supone que debería hacer en primer lugar está de más.

-Mmm –murmuró Sans, irguiéndose un poco hasta poner su rostro contra el cuello del científico. El esqueleto le dio una leve lamida, como una caricia al pasar, sobre los huesos sensibles-. ¿Así que quieres cuidar de mí? Puedo darte algo de lo que encargarte y no recibir ningún gracias luego.

-Sans –dijo Gaster, tratando de transmitir un tono de advertencia y fallando espectacularmente mientras una nueva lamida, esta vez más larga, apareció mientras aún pronunciaba el nombre.

-Vamos, Dings, tú eres la cabeza del laboratorio, ¿no? Puedes tomarte un descanso tan largo como quieras por un día –Sans se movió encima de él, poniendo ahora cada uno de sus piernas a los costados, sentándose sobre sus rodillas. Gaster se encontró subiendo las manos para sostenerle de los huesos de su cadera, sobresaliendo de sus pantalones cortos, pero era un agarre preventivo, para evitar que se cayera. Claramente disconforme, Sans subió hasta que sus dientes le acariciaron la mejilla en el camino por donde otros monstruos tenían su oreja y, como tal, cualquier sonido dado ahí le llegaba con una mayor claridad-. Recuérdame a quién le pertenezco, padre.

El más bajo esqueleto soltó un respingo de sorpresa cuando se vio de pronto elevado en los brazos del científico, sólo para ser ubicado contra el escritorio. Cualquier palabra que hubiera tenido intención de soltar se vio abruptamente cortada ante el beso feroz al que lo sometía el científico. En poco tiempo estaba gimiendo debajo de él, agarrándose al frente de su suéter.

-Si vamos a hacer esto, que sea rápido –gruñó Gaster, presionando su entrepierna, todavía indefinida pero ya caliente contra la otra en igual estado-. Tengo muchas cosas que hacer.

Sans emitió una suave risa.

-Como digas, viejo.

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