Voces huecas. 6

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cyber_freak

Emma nunca hubiera imaginado que sería tan fácil. Todos eran diferentes entre sí, pero contaban con ese diseño único que les permitía arrojarse al precipicio cuando un botón específico en su interior era presionado. No había discriminación entre razas, géneros o edades; al final eran igualmente reducidos a un nuevo cuervo en el cielo.

 

 

-¿Por qué aves? -le preguntó a Lilliand mientras volvía a casa del metro.

 

 

Las conversaciones entre ellos se habían vuelto una costumbre. En algo tenía que ocupar el tiempo mientras esperaban el momento adecuado para obrar sobre los objetivos.

 

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Voces huecas. 5

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Lo habían contratado al muchacho una semana atrás para reemplazar a Alejandro (al final este prefirió dedicarse de lleno al estudio), pero era la primera vez que lo tenía tan cerca.

-Hola.

Desde entonces habían compartido un sólo turno a la mañana otras palabras que el saludo obligatorio del primer encuentro, cuando se lo presentaron. Era de un nombre corto que no recordaba haber oído antes junto a un apellido que le sonaba extraño, más propio de la invención que de la realidad.

-¿Te llamás Emma, no? Sigue leyendo

Siempre se vuelve a Buenos Aires

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Resumen: El día en que Lilliand descubrió a un nuevo vacío.

A Lilliand nunca se le habría ocurrido seguir al muchacho de no ser por aquel incidente. Los diarios electrónicos amarillistas, sin los cuales la sociedad parecía incapaz de vivir, advertían que cada vez se estaban volviendo más máquinas que humanos, menos en contacto con la realidad real que la virtual. Mostraban, estudios, estadísticas y se sacaban expertos de distintos expertos para avalar sus palabras. Inútil. La gente no dejaría su estilo de vida por una pérdida que ni siquiera notaban, que, para ellos, ni siquiera era perjudicial.

Voces huecas. 4

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Capítulo 4
capitulo 4
En los últimos días Miguel había notado algo diferente en Emma. Desde siempre lo había considerado un sujeto tranquilo, callado y hasta distraído, al punto que había que decirle dos veces las cosas, pero simpático a fin de cuentas. Sus otros compañeros no veían bien su afán de aislarse en los recesos para ir a escuchar música o hacer quién sabe qué en el Anon. Al principio llegaron a tomárselo como una ofensa personal cuando lo único que el muchacho hacía era negarse a participar de las actividades después del trabajo. Nadie entendía cuál era su problema. ¿Qué se creía?

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Voces huecas. 3

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capitulo 3

El cumpleaños de papá era ese día. Emma no lo hubiera sabido de no ser por el aviso de su siempre confiable Anon. Inmediato al mensaje salía la opción para llamar o no al contacto cuya fecha de nacimiento había accionado su recordatorio.  Acababa de salir de su turno en el trabajo. Anon no iba a molestarlo con algo así en medio de él. Decidió escribirle algo rápido. No sabía qué iba a decirle a papá si lo veía de repente en la pantalla.

Tampoco supo qué escribirle una vez se le apareció el teclado. Su mente estaba tan en blanco como la pantalla sin usar. Acabó enviando una tarjeta virtual, de colores cálidos y sin brillos, apropiados para provenir de un vástago a su padre. Este todavía no habría salido del trabajo, de modo que ni siquiera lo vería hasta más tarde.

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Le festin

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fanart

¡Hola! ¿A quién vas a enviarle un regalo este día de San Valentín?

El mensaje llenó su visión de forma horriblemente brusca. Alrededor de las letras destellantes había miles de opciones para que uno pudiera hacer feliz a la pareja; una actualización del sistema, un nuevo Anon, un reproductor de música con miles de temas oficiales románticos y artículos con los que aprovechar semejantes productos, como auriculares que brillaban en suave y amistoso rosa. Seleccionó “cerrar” casi de inmediato y regresó al menú principal. ¿Quería explorar la zona del Estado Beta o deseaba ubicarse en una posición específica? Sigue leyendo

Voces huecas. 2

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Capítulo 2

capítulo 2

Antes de abrir los ojos, se dijo que era un sueño. No podía ser que en serio se hubiera librado de la jaqueca tan fácilmente. No en serio. Se lo había imaginado, caído del cansancio. Esperó unos diez segundos a la punzada, al terrible golpe de todos los días. Incluso contrajo las cejas como si debiera concentrarse para ello, como si fuera un leve olor en el aire cuyo origen debía conocer. Sigue leyendo